¿QUE DEBO HACER?
El parlamento del Coronel Torres con el Jefe de los "marines" del "Nashville" fue breve. Torres, sencillamente, propuso que fuera a Panamá el Alcalde de Colón, Coronel Eleázar Guerrero y "algún otro" (Joe Lefevre quien, se abstuvo de cumplir su cometido) para verse con el General Tobar y pedirle órdenes. El Oficial estadinense convino en ello. Torres se retiró entonces a sus reales y, sentándose a la mesa, escribió la siguiente carta que habría pasado a los fastos de una historia gloriosa si la entereza de ánimo allí revelada hubiese sido a la postre respaldada con hechos; pero que, a juzgar por lo que realmente ocurrió al día siguiente, debió estar inspirada por nueva visita del "Dios de las Viñas".
"Generales Juan B. Tobar y Ramón G. Amaya,
Panamá.
Hoy a la 1:00 p. m. supe de boca del Prefecto que Uds. han sido
reducidos a prisión y la misma persona propúsome hacer entrega de
armas y municiones en la seguridad de que se me proporcionarían los
medios de regresar a Cartagena con mi gente. Pero puede Ud. estar
persuadido de que ni yo ni el regimiento a mis órdenes habremos de
ceder un ápice dejándole a Uds. en condición de presos. Y así,
aunque Arango, el dirigente separatista en esa ciudad, haya
conferenciado conmigo por teléfono sobre ésto exhortándome a que
aceptase la propuesta o de no sería atacado inmediatamente, le
contesté que mis tropas estarían prontas a resistir cualquier
ataque antes que ser traidoras. Va el Alcalde a parlamentar en mi
nombre con los representantes del nuevo Gobierno en orden a obtener
la libertad de Uds. El mismo Alcalde lleva, por indicación mía;
petición de las familias principales de Colón, con el objeto de
hacer que ese gobierno los restituya a Uds. aquí cuanto antes. Es
mí deber avisarles que por ningún motivo recibiré órdenes para
hacer algo si no me las trasmiten Uds. a mí de viva voz; será
ocioso por tanto mandarme instrucciones escritas. Yo no temo ningún
ataque de las fuerzas traidoras; pero me anticipo a advertirles que
en, último recurso pereceremos entre las llaman de la ciudad
incendiada. En todo caso pueden Uds. contar con que yo sabré
mantener el honor de las armas.
Su adicto y fiel servidor y subalterno,
Elíseo Torres G.
Nota: El Subteniente Jiménez los acompañará a Uds. en su regreso a
esta ciudad; de lo que dependen sola y exclusivamente o la ruina
total de ella o su salvación; pues que en no viniendo Uds.
procederé a obrar sin pérdida de tiempo.
Colón, Nov. 4 de 1903 (Esta parte a las 4:15 p. m.) Torres G." 396.
Esta carta fue, efectivamente, entregada al General Tobar en su prisión de Panamá.
Allí el doctor Amador Guerrero, previa y debidamente informado de todo por teléfono, había ido a visitarlo, con el propósito de ablandarlo diciéndole algo así como que lo sucedido era resultado de un plan largamente concebido y madurado en Panamá y Washington, y ejecutado bajo la protección y garantía del Gobierno de los Estados Unidos con quien se había llegado a un arreglo y de quien se habían recibido US$ 250.000.00 para los primeros gastos de la República; que era por lo tanto inútil toda resistencia; que Tobar debería ordenar el regreso a Colombia del Batallón "Tiradores", aprovechando para tal fin el vapor "Orinoco", de la Mala Real, que acababa de llegar a Colón; y que en fin, se evitaría así, con espíritu humanitario, inútil derramamiento de sangre.
Decididamente, la sangre obsesionaba al doctor Amador. Y eso que era médico.
Oyendo lo cual, al bizarro General Tobar se le subió la suya a la cabeza (es decir, la misma que se le había quedado quieta cuando lo puso preso el Capitán-recluta Marco Salazar) y protestó indignado, según cuenta su sobrino Angel María, diciendo que prefería ver su espada rota que manchada por acto indigno como el que se le proponía 397. O sea, que le respondió a Amador lo mismo que le había contestado al doctor José Joaquín Casas cuando éste le propuso, un año atrás, que le siguiera Consejo de Guerra al General Uribe Uribe. Y Amador, ante aquella negativa, resonante, salió preocupado y con el rabo entre las piernas.
Pero llegó el Alcalde de Colón, con la carta de Torres y entonces las cosas se pusieron más serias. Había que tomar una determinación. Con el agravante de que también el dicho Alcalde había sido secretamente ganado para la defección, y cuando entregó la misiva, aprovechó para comentarle a Tobar, con toda la perversidad posible, que cualquier sacrificio sería inútil y que, en su concepto, la destrucción de Colón proyectada por Torres no aprovecharía nada, entre otras cosas porque acababan de llegar a ese puerto otros dos navíos de guerra norteamericanos...
Tobar permaneció callado. Y de su mutismo no salió en toda la noche. Pero amaneció el 5 de noviembre; y como el Alcalde de Colón deseaba evacuar de una vez por todas su difícil encargo, volvió temprano a ver al prisionero, esta vez en compañía de Eusebio A. Morales (otro bolivarense, sincelejano, para mayores señas, involucrado en esta deplorable historia) y entonces Tobar se dignó hablar. Pero poco. "Me limité a decir, cuenta en su parte Militar, a los dos señores, para que así lo transmitieran al Comandante del Batallón "Tiradores" que, siendo inútil contestarle por escrito como él mismo me lo decía, mal podía impartirle órdenes verbales; que yo estaba satisfecho de su comportamiento y confiado en que siempre haría su deber; y que, en consecuencia, no dudaba en la determinación que tomaría" 398.
Y con este recado para Torres, salió el Coronel Guerrero, Alcalde de Colón, para su sede, aquella misma mañana. Con la intención, como es obvio, de no dárselo, o de decirle al Jefe del "Tiradores" todo lo contrario, como veremos adelante.
Ahora bien: mientras llegan noticias de Panamá, Torres había convenido con su presunto contrincante el Comandante Hubbard, que éste reembarcaría sus "marines" en el "Nashville" y aquél se retiraría al lugar denominado "Monkey Hill", en las afueras de Colón, para que la ciudad quedara a cargo de la policía local y Hubbard cumplió lo acordado; pero Torres, alegando, con razón, la insalubridad de "Monkey Hill", se acuarteló en varias casas de los alrededores de la ciudad y allí estaba cuando a las 10:45 a. m. del día 6 llegó resoplando el tren de Panamá, con el Alcalde de Colón a bordo; quien, apenas puesto el pie en tierra, se fue donde Torres para decirle... "que el General Tobar se abstenía de dar opinión en la materia..." con lo que el pobre Torres quedó anonadado. ¡Bonito aprieto en que lo colocaba el Destino!
Invocó entonces de nuevo al "díos de las Viñas" y lanzó el siguiente telegrama:
"Colón, noviembre 5 de 1903 (2:15 p. m.).
General Ramón G. Amaya o Juan B. Tobar.
Panamá.
Pongo en su conocimiento que ayer el crucero
"Cartagena" se fue, contrariando por completo mis
órdenes. Estoy esperando las de Ud. acerca de lo que debo hacer. El
Comisionado que le envié vino diciéndome que Ud. se abstenía de dar
opinión en la materia. Una vez más, y será la última, deseo saber
su parecer para cumplirlo. He obtenido permiso de comunicarme con
el General Tobar por teléfono, con el fin de recibir sus últimas
instrucciones. Las fuerzas enemigas y las mías se preparan para el
ataque. Los americanos se han atrincherado y están desplegándose en
línea de batalla. ¿Qué debo hacer? Espero respuesta inmediata.
Servidor, Elíseo Torres G."
Este telegrama llegó a manos del General Tobar, y es él quien lo transcribe en su Parte o Informe al Gobierno de Bogotá; pero añade que sus carceleros no le permitieron contestarlo, cosa apenas lógica.
Todo, pues, seguía presagiando una tragedia.
Mas, en aquellos momentos, le iba a ocurrir al desdichado Oficial colombiano, algo que, sumado a la fuga cobarde del General Elías Borrero con el Crucero "Cartagena", contribuiría y no poco, al derrumbamiento último y completo de su moral. Y va de cuento...
Era don Pompilio Gutiérrez un ciudadano colombiano muy importante, hijo de uno de los patricios fundadores de Manizales, que se había hecho rico en negocios varios, entre otros el de arriería, contratista de correos y rematador de rentas departamentales; que, como buen conservador, al estallar la Guerra de los Mil Días, creyó que era su deber tomar las armas en defensa de su gobierno a cuya sombra había medrado; y que en el ejercicio de las armas militó en Panamá, y alcanzó el grado de General después de haber combatido, con buen éxito innegable, al "Negro Marín", el más famoso de los guerrilleros liberales del Tolima. Además, el General Gutiérrez había militado en el Istmo panameño en las prostrimerías de la guerra, por lo que se suponía que era conocedor de aquella región del país.
Pues bien, el mismo día 5 de noviembre, como a las 11 de la mañana, mientras el Coronel Torres se devanaba los pobres sesos preguntándose "qué debo hacer, qué debo hacer", llegó a Colón, deslizándose suavemente sobre la bahía, el vapor mercante "Yenny", de bandera austriaca. Y en él, por casualidad, venía un pasajero verdaderamente importante: el General Pompilio Gutiérrez.
Según se pudo comprobar después, Gutiérrez llegaba a Panamá en viaje de negocios y en compañía de los señores Francisco Gutiérrez y Alfonso Villegas Arango. No llevaba como entonces se afirmó, misión oficial alguna, pero sí portaba en el bolsillo cartas de recomendación del Vicepresidente Marroquín para personas de importancia en el Istmo. Sea lo que fuere, lo cierto es que poco después de que el "Yenny" echara anclas en Colón, el Coronel Torres se enteró de que en ese barco estaba un General del Ejército colombiano y pensó en seguida que era el hombre que iba a sacarlo del aprieto. Pues, ¿cómo imaginar que aquel alto y bizarro Oficial no asumiría incontinente el mando de las tropas? Torres no dudó más de su buena estrella, y seguro de que Gutiérrez lo reemplazaría, se dispuso a gestionar el desembarco de don Pompilio. Y lo consiguió al fin, gracias a los buenos oficios del Cónsul francés y á pesar de las órdenes en contrario que había dado Hubbard. Pero, eso sí, el permiso para el desembarco no se le otorgó al General Gutiérrez sino con una condición: la de que se reembarcaría en el vapor "Orinoco" que debía zarpar ese mismo día para Cartagena. Gutiérrez aceptó la condición, y dio su palabra de honor de que la cumpliría.
Entonces, si es que los hechos narrados anteriormente no nos hubieran ya acostumbrado a respirar una atmósfera de inverosimilitud, vino lo increíble. Pues ocurrió que el valeroso don Pompilio, después de entrevistarse en el Hotel Suizo con Torres, a quien acompañaba Orondaste Martínez; luego de manifestarle que no podía hacerse cargo del Batallón "porque él no tenía misión ni cargo militar en esos momentos, ni habría podido entenderse con los norteamericanos por carecer de credenciales para ello; y, en fin, de aconsejar a Torres "que permaneciera en Colón y reuniera Consejo de Oficiales para pedirles opinión autorizada sobre lo que debía hacer", el valeroso don Pompilio, "no obstante, dice él mismo, haberme sentido inclinado a ponerme al frente de las fuerzas y cargar contra los extranjeros que humillaban a mi patria y morir por ella, dejé más bien que la voz de la razón ahogara la del sentimiento y resolví cumplir mi palabra de reembarcarme en el vapor "Orinoco" 399.
¡Vaya, vaya! 400.
Puede imaginarse lo que aquella nueva deserción provocaría en la anímula del pobre Eliseo Torres. Por un lado, Tobar, según le había dicho falazmente el Alcalde de Colón "se abstenía de dar opinión"; por el otro, Borrero, con el Crucero "Cartagena" se esfumaba por el horizonte; y, como remate del drama, todo un General de la República, que por casualidad providencial se presentaba en la escena, rehuía la responsabilidad de asumir el mando de las tropas y dejaba que su patria quedara en manos que él sabía subalternas, y en peligro de ser humillada; y encima de todo esto, ya no era sólo un buque de guerra, el "Nashville" el que los Estados Unidos tenía en Colón, sino que él, Torres, con sus propios ojos, había visto cómo acababa de arribar y echar anclas en el puerto, uno nuevo, el "Dixie" de cuyo flanco se habían desprendido 19 embarcaciones menores, con 400 marinos como perros de presa con orden de patrullar la ciudad, y finalmente, frente a él, visitándolo con insistencia mefistofélica, acosándolo, estaban don Porfirio y don Orondaste, con los bolsillos llenos de oro y plata, ofreciéndole, siempre entre copa y copa, lo que quisiera para él y sus soldados. O si no quería para él, que por lo menos aceptara el pago del transporte de éstos en el "Orinoco", hasta Cartagena.
Oscuramente, pero ya no tanto como el día anterior, en el alma del infeliz Oficial se debía librar aún una batalla; y la pregunta, la misma pregunta retornaría obsesiva a su mente: ¿qué debo hacer?
Poco a poco su resistencia se iba debilitando.
Hasta que al fin se derrumbó. Entre el cajero de la Compañía del Ferrocarril y Joe Lefevre le entregaron dos sacos con cinco mil dólares tintineantes, en águilas americanas; y tres mil más en una letra de cambio que se entregó al contador del "Orinoco" 401 y se procedió al embarque de las tropas. En resumen, en todo aquel episodio, el Coronel Torres hizo, y esta es una cita ya clásica pero inevitable en los autores que se han ocupado del asunto, "como los valentones que hacían reír a Cervantes:
"Caló el chapeo, requirió la espada,
Miró al soslayo, fuese y no hubo nada" 402.
Inmediatamente, apenas ido el "Orinoco" para Cartagena con Torres, su Batallón y don Pompilio, el Comadante Hubbard, que había salido fiador ante la Mala Real hasta por mil libras esterlinas para responder del pasaje de toda aquella gente, cablegrafió a Washington: "El Orinoco" soltó amarras y se hizo a la mar a las 7:35 p. m. conduciendo tropas colombianas que consistían en 474 hombres por todo, o sea 2 Comandantes, 21 Oficiales, 438 soldados y 13 mujeres". Y de Colón hacia Panamá, vibraron los alambres telegráficos con la noticia feliz: "Colón, 5 de noviembre de 1903. Junta Gobierno Provisional, Panamá. Sólo ahora 7:30 p. m. puede decirse que la Independencia de Panamá está asegurada". Y era verdad. Porque, de haberse desencadenado una batalla, o una resistencia cualquiera, pero efectiva, de parte de las tropas colombianas, lo más probable es que los norteamericanos la hubieran aplastado, pero los problemas políticos que ese acto de violencia habría creado al Presidente Roosevelt, habrían frustrado sus designios y los de sus cooperadores en la opereta tropical.
Con lo cual, añade don Oscar Terán, se inició la hora de la francachela y del champán, "único aporte positivo con que contribuyeran los coloneros a consolidar la situación creada en Panamá" 403. Eso sí, al día siguiente, 6 de noviembre, el Mayor Murray Black, en su completo uniforme militar estadounidense, izó personalmente la nueva bandera en el mástil destinado antes, en el Edificio de la Prefectura, a la bandera colombiana.
De este modo quedó ya definitivamente instaurada la nueva República independiente y la gran burguesía panameña vio coronada su vieja aspiración de dirigir y manejar a su acomodo los intereses y la vida del Istmo. Para algunos, aquello fue como una comedia de equivocaciones, en la que Roosevelt "creía" que Bunau-Varilla era el portavoz auténtico de los revolucionarios, sin serlo; y el doctor Amador Guerrero "creía", por su parte, que el mismo Bunau-Varilla era gente de Roosevelt, también sin serlo; y que, en fin, Bunau-Varilla "creía" que Roosevelt le había dado luz verde para su tramoya revolucionaria sin que tal hubiera sucedido. Y aun es probable que nunca pueda presentarse la prueba diabólica, concluyente y final, ni siquiera la propia confesión de Roosevelt cuando años más tarde declaró haberse "tomado a Panamá", de la connivencia entre todos estos personajes. Pero siempre será imposible creer que tantas coincidencias y ocurrencias complejas y concatenadas, fueran el fruto del azar.
Es verdad, y así lo hemos demostrado a lo largo de esta obra, que en aquellos tiempos en que la integración internacional era incomprendida, no les faltaron a los dirigentes panameños razones para aspirar a una plena independencia de Colombia. Además, ya podían reasumirla, al menos con la protección norteamericana, puesto que voluntariamente se habían despojado de ella en 1821. Lo doloroso fue el modo como lo consiguieron mediante la confabulación de un grupo de panameños con los grandes intereses económicos, políticos y militares internacionales, con la complicidad, la venalidad, la inexperiencia o la cobardía de otros tantos colombianos. Ahora bien: los panameños son concientes de todo esto y mucho más los jóvenes de la nueva generación entre quienes palpitan sentimientos de renovado afecto por Colombia y de reivindicación por su postura frente al Tratado Herrán-Hay, así como de desapego y aun de animadversión hacia los próceres del 3 de noviembre. Y quizá por lo mismo y como para conjurar al espanto, "el establecimiento" panameño repite y repite con insistencia en textos, periódicos y revistas, que el 3 de noviembre "fue un acto espontáneo y limpio" que debe celebrarse "con fruición patriótica y sin reato de conciencia". Es decir que a los panameños les ocurre algo parecido a lo que le pasó al propio Teodoro Roosevelt, para quien el episodio de la separación de Panamá terminó convirtiéndose en el acto central y más honroso de su vida, y se empecinó en defenderlo a macha martillo hasta su muerte.
Mas todo será en vano. El hecho, o los hechos históricos están ahí frente a nosotros y hablan por sí solos. No hay manera de sacarles el cuerpo.
____________
396.
|
El pobre Coronel Torres fue engañado tristemente por el alcalde Guerrero, quien en vez de llevar a Panamá una representación para que Tobar y sus compañeros fueran liberados, llevó otra bien distinta, firmada por varios señores de Colón pidiéndole a Tobar "que ejerciera su influencia sobre el General (sic) Torres.... en el sentido de evitar todo derramamiento de sangre" (ver Terán, Opus cit. Tomo III parte 2a. Pág. 287 ) |
397. |
Informe inicial del general Angel María Tobar, fechado en Barranquilla el 15 de noviembre de 1903. |
398.
|
Informe oficial del General Juan B. Tobar, reproducido por Terán, Opus Cit. Parte III. Parte 2a Página 244 . |
399.
|
Esta actitud elusiva, por decir lo
menos, del General Pompilio Gutiérrez, le valió completo
desprestigio y gran animosidad en toda Colombia durante mucho
tiempo. Al llegar a Cartagena, fue sometido a indagatorias más o
menos benévolas por las autoridades locales; pero cuando pasó por
Magangué la recepción que allí se le hizo no fue cordial, como se
desprende de esta noticia que aparece publicada en la edición del 5
de enero de 1904 de "El Nuevo Tiempo" bajo el título "Panamismo".
Sabemos de buena fuente que en la noche del 23 del presente mes
(diciembre) al atracar el vapor "Cauca" al puerto de Magangué, el
pueblo de este lugar, al saber que a bordo de aquel vapor estaba el
señor General Pompilio Gutiérrez se aglomeró en el atracadero para
protestar contra el Jefe Colombiano, y que sólo la presencia del
señor Prefecto de la Provincia, General Santiago M. Alvarez pudo
contener el oleaje popular. La protesta se fundaba en la versión
que corre de que el General Gutiérrez le fue desleal a su bandera
en el puerto de Colón cuando los dolorosos acontecimientos de
Panamá". Algún tiempo después el General Gutiérrez publicó
un folleto en que se defendió superficialmente y con cierto
desdeñoso cinismo, de los cargos que se le hacían por no haber
cumplido con lo que la opinión generalizada consideraba que habría
sido su deber. Allí acusa a Torres de "irresponsable,
vendido y borracho"; dice de él que "sólo tiene
riesgo de quemarse por combustión espontánea debido al alcohol que
consume" y afirma categóricamente "que el día que
salimos de Colón (Torres) en mi concepto estaba embriagado y me
pareció que prestaba poca atención a las maniobras
militares". Es decir, que Gutiérrez utilizó la táctica de
defenderse atacando, pero sin explicar satisfactoriamente su
conducta. Tal vez, por eso, el pueblo colombiano, no pudiendo
castigarlo, por la complicidad general de las autoridades con todo
lo que ocurrió en Panamá en 1903, lo sancionó anónimamente,
clavándole, como habría hecho un entomólogo con un bicho raro para
su muestrario, con este alfiler epigramático:
|
400.
|
Preguntando judicialmente algún tiempo después uno de los abogados de la Compañía del Ferrocarril, el doctor Juan Antonio Henríquez, si sabía lo que había inducido a Torres a volverse a Colombia, contestó: "Yo le oí expresiones de desesperación y desaliento cuando el General Pompilio Gutiérrez rehusó venir en su ayuda... Torres dijo, más o menos: Si usted que es un General de tanta fama en mi Patria, se niega a ayudarme y a aconsejarme sobre lo que yo debo hacer, yo, que apenas soy un oscuro oficial, no puedo soportar tanta responsabilidad". Y repreguntado (Henríquez) "¿Le oyó usted decir eso a Torres?, se ratificó diciendo: Sí, se lo oí". Ver Terán, Opus Cit. Tomo III, parte 2a página 260 |
401.
|
En la indagatoria que se hizo al Coronel Torres a su llegada a Cartagena, declaró haber entregado dichas sumas a las autoridades locales, menos la pequeña cantidad de $ 200.00 que había tomado para necesidades del servicio y transporte de sus tropas, lo cual resultó cierto. |
402. |
Alvaro Revolledo, Opus Cit. Pág. 225. |
403. |
Terán, Opus Cit. Tomo III, parte 2a. Pág. 266. |
