XV


En pos de la comitiva formada al Presidente y al General en Jefe fuimos conducidos los prisioneros de El Oratorio, entre dos filas de soldados, a la ciudad del Socorro. Durante las primeras horas que siguieron a nuestra llegada a esa ciudad estuvimos alojados en espacioso local, ofrecido al efecto por un copartidario nuestro; pero a las seis de la tarde de ese mismo día se nos trasladó a los inmundos calabozos de la cárcel pública, para satisfacer, según se dijo, las exigencias de los guerrilleros de Charalá, que habían huído la víspera en vergonzosa derrota, quienes nos dirigieron al paso los más soeces insultos, y pidieron nuestras cabezas, so pretexto de vengar la muerte del Coronel Melchor Corena, ocurrida horas después de terminado el combate, a manos de un oficial fugitivo.

En tan estrechos calabozos estuvimos a punto de asfixiarnos, a causa del enrarecimiento del aire, tan fácil de producirse en una temperatura de 25 grados, cuando en reducido local se aglomera mucha gente.

Al día siguiente se nos trasladó al salón de sesiones de la Asamblea, y allí pudimos respirar con mayor libertad.

Uno o dos días después tuvimos conocimiento de un decreto llamado de indulto que acababa de expedir el presidente de la Confederación; decreto por el cual se concedía esa gracia a los individuos de tropa que, hallándose al servicio del Gobierno de Santander, habían caído prisioneros en la última batalla; pero a condición de servir durante tres años en las filas del Ejército de la Confederación.

Como todo indulto supone la comisión de un delito, puesto que significa remisión de una pena legalmente establecida, claro es que el Presidente de la Confederación declaró delincuentes a los individuos de tropa que habían sido hechos prisioneros, sin tener en cuenta que esos individuos, reclutados o no por autoridades santandereanas, debían obediencia al Gobierno legítimo del Estado, y que una vez enrolados en ejército se habían visto materialmente incapacitados para eludir el cumplimiento de esa obligación, aunque así lo hubiesen deseado.

Práctica corriente ha sido en este país, desde la guerra de la Independencia, la de incorporar los vencidos al ejército vencedor; pero lo que nunca se había hecho, al menos que yo sepa, era indultarnos para hacerlos vestir luego por vía de castigo el uniforme del soldado.

Este decreto del Presidente, y aquel en que se dispuso "sumariar la revolución", como alguien lo ha dicho, mandando abrir causa criminal al resto de los prisioneros, varios de los cuales fueron tratados realmente como reos de atroces delitos, fueron actos que dejaron comprender que la política de aquel alto Magistrado estaba encerrada en el Código Penal. Y si alguna duda pudiera haber quedado acerca de ello, la conducta observada algún tiempo después por el mismo Presidente en lo tocante a la esponsión de Manizales, habría bastado a disiparla.

Volvamos a la casa de prisión.

Tres o cuatro días después de nuestra derrota se nos hizo saber que debíamos marchar para la capital de la República, divididos en dos grupos, uno a las órdenes del Coronel Gregorio Trujillo, y otro a las del Jefe de igual graduación, señor José de J. Moreno.

El primero de esos grupos debía salir al día siguiente de notificada la resolución del Gobierno.

Como se nos hubiese dejado libertad para tomar puesto en cualquiera de los dos, acababa de inscribirme en la primera lista, cuando sentí que alguien me abrazaba por la espalda; Y al volver la vista me encontré cara a cara con el Coronel Moreno. Años antes, subiendo en vapor el Magdalena, él de regreso de Riohacha y yo de Magangué, nos habíamos conocido y tratado.

- vengo a pedirle a usted un servicio, me dijo con afectuoso acento el Coronel.
-¿Cuál podré yo prestarle a usted en mi actual situación?

Uno muy sencillo, me replicó al punto: el de no partir mañana y esperar dos días para salir conmigo. No irá usted como prisionero, añadió abrazándome nuevamente, sino como amigo y compañero mío.

Por demás está decir que acepté tan bondadoso ofrecimiento, y que lo manifesté así al Coronel con verdadera gratitud.

No bien hubo partido al otro día el primer grupo de prisioneros cuando se me presentó de nuevo el Coronel Moreno, y tomándome del brazo me preguntó a que hotel o casa particular deseaba que nos condujese a mi hermano Trino y a mí. En este singular favor habría quedado comprendido mi sobrino José María Parra, si no hubiese salido fugitivo del campo de El Oratorio, después de terminado el combate, para caer, como cayó, prisionero en el tránsito a Vélez, junto con los señores doctor Alejo Morales, José María e Ignacio Vanegas y algunos otros caballeros que con los brazos atados por la espalda fueron conducidos a Bogotá, en donde a todos aguardaba un calabozo, y a los dos primeros pesadísimos grillos, que arrastraron por espacio de once meses.

Habiendo quedado en libertad mi hermano y yo, por el especialísimo favor del Coronel Moreno, pudimos conseguir caballos ensillados para nuestra marcha a la capital, cosa que no le fue dado hacer a ningún otro de los prisioneros de la segunda partida.

Penosa por todo extremo iba siendo para mí aquella singular distinción, cuando, al salir de la ciudad en compañía del coronel Moreno, encontré a los demás prisioneros marchando a pie entre dos filas de soldados. Notando mi embarazo el Coronel, se apresuró a decirme: "No tenga usted cuidado, sus compañeros serán bien tratados, y usted queda constituído desde ahora en padrino de ellos"; y como a ese mismo tiempo mis amigos se oponían resueltamente a mi determinación de acompañarlos a pie, hube de seguir a caballo.

Recuerdo que al llegar a Oiba, habiendo sido ellos conducidos al cuartel, mientras que Trino y yo nos apeábamos en el hotel, donde se tenía preparado al Jefe de la fuerza un decente hospedaje, me dijo éste con su acostumbrada bondad "Sus amigos de usted necesitan procurarse alimentos, vamos a ver de qué modo podemos servirles"; y al entrar al cuartel, de brazo conmigo, se dirigió al oficial de guardia en estos términos: "Puede usted dar puerta franca a todos los prisioneros por cuya seguridad responda el señor Parra".

Fácil es suponer que no quedó uno sólo sin libertad para salir del cuartel, siendo como eran todos ellos personas de distinción.

De ahí en adelante la custodia de los presos fue asunto de mera forma; y sin embargo, con sólo dos excepciones, todos respondieron a lista el día de nuestra entrada en Bogotá.

De ese modo se hizo aquel hidalgo jefe acreedor a la gratitud y estimación de los ochenta prisioneros que le tocó conducir a la capital. Y es justo añadir que los presos del primer grupo quedaron también reconocidos al Coronel Trujillo por el trato decente que recibieron de él.

Mas todo debía cambiar desde el día mismo de nuestra entrada a Bogotá.

El sólo hecho de habérsenos dado provisional alojamiento en un aseado edificio de la Calle de la carrera, suscitó tal enojo en algunos exaltados partidarios del Gobierno (probablemente de aquellos que no habían olido el humo de la pólvora) que, para satisfacerlos, se nos trasladó, sin darnos siquiera tiempo para tomar un lunch que estaba servido, a la cárcel pública, donde estaban ya asegurados los prisioneros del primer grupo.

Debiendo salir en formación, me tocó casualmente el primer puesto en la fila; y sucedió que, al poner el pie fuera del portón, por entre una multitud de espectadores, oí una voz a mi derecha que decía: "Presos, marquen el paso!".

Confieso que no supe en tal instante lo que pasó por mí. "Insolente! Miserable!" dije al oficial de quien había partido la cobarde intimación.

Por fortuna este incidente pasó sin consecuencias.

 

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