XVI
La Mayor parte de mis compañeros ignoraba, lo mismo que el lugar en
que estaba situada la cárcel a donde se nos conducía; pero el
tercero de los sentidos corporales se encargó de anunciárnoslo con
alguna anticipación. Era este un edificio para cuya construcción o
adaptación sólo se había tenido en cuenta la seguridad de los
presos, con absoluta prescindencia de toda condición higiénica, por
ejemplo, la libre circulación del aire; y a él se destinaba un
número de prisioneros dos veces mayor del que razonablemente podía
contener. Allí debían permanecer privados de comunicación, por todo
el tiempo que durase la guerra, los altos funcionarios públicos
civiles y militares del Estado de Santander, empezando por el
Presidente; lo más selecto de su juventud liberal, y con un
considerable número de ciudadanos de elevada posición política y
social que habían acudido a otros Estados a ejercer generosamente
su sangre en defensa del Gobierno legítimo de Santander, cuya lista
no incluyo en seguida por temor de incurrir en alguna misión.
Los albañales de una casa de prisión llamada El Retén, descargaban a cierta hora del día -que ojalá hubiese sido de noche- sus torrentes de inmundicias en el patio de la casa que íbamos a ocupar, y el nauseabundo olor trascendía hasta fuera del zaguán. Esto dio origen, dos meses después, a un chiste, demasiado propio quizá del lugar, y expresivo de la indignación que aquel inhumano proceder suscitó en el ánimo de los prisioneros. Fue algo como una venganza, consistente en equiparar la pestilencia avenida a la desgraciada flotilla que destinó el gobierno a ocupar la posición del Banco. Cada vez que el ruido de las aguas desestancadas se hacía oír, alguno de los presos que ocupaba los bajos del edificio gritaba con atronadora voz: "La flotilla!". Y esta era la señal para que unos llevasen el pañuelo a la nariz, y otros se precipitaran dentro de los calabozos.
Espero que se me perdonará el naturalismo de la relación de este incidente, en atención a que, omitiéndola, perdería su fidelidad en parte muy principal, la fiel narración que me he propuesto hacer del modo como fuimos tratados, por espacio de once meses y dos días, los presos políticos de 1860.
Durante los primeros treinta o cuarenta días de prisión nuestra incomunicación no fue absoluta. Mediante ciertas formalidades podían entrar amigos de fuera a visitar a los prisioneros; pero como se hubiesen aprovechado de esta franquicia alguno de ellos, para evadirse de la cárcel, tomando el disfraz de visitantes, esto dio lugar a una orden de absoluta incomunicación, que nunca fue revocada.
Muchos de los prisioneros carecían de recursos propios para atender a sus gastos de subsistencia en la cárcel, y la perspectiva de tener que vivir a expensas de algunos de sus compañeros de prisión, o de la caridad pública, tuvo quizá mayor parte en la resolución de evadirse a cualquier riesgo, que el natural deseo de recobrar la libertad.
Todos los días, a las seis de la tarde, teníamos la visita del Alcaide de la cárcel, señor Vicente Ramírez, persona que por sus maneras y por su insoportable locuacidad, más parecía a propósito para manejar presidiarios que no prisioneros políticos. La entrada de este Alcaide era anunciada por su estentórea voz que resonaba en todos los departamentos de la prisión. Visitaba los calabozos, haciendo a los prisioneros con acento regañón importunas prevenciones; y luego, dirigiéndose al más numeroso grupo de los que había en el corredor, les enderezaba una prédica tan larga como impertinente, sobre la obligación que tenían de llevar en paciencia la prisión, y de reconocer la magnanimidad del Gobierno.
Terminada la perorata, daba orden a los prisioneros de entrar en sus respectivos calabozos; corría en seguida los cerrojos de las puertas; colocaba un centinela en cada una de ellas, y se retiraba dejándonos en paz hasta la misma hora del siguiente día.
Por ese tiempo llegó a Bogotá la noticia del combate de Manizales y de la esponsión celebrada entre los respectivos jefes de operaciones, Generales Mosquera y Posada, como preliminar de un tratado de paz.
Por no haber dado el Gobierno publicidad a ese documento, se extendió el falso rumor de que el caudillo de la revolución no había estipulado cosa alguna en favor de los prisioneros de El Oratorio; de modo que, aún en el supuesto de que tal esponsión fuese aprobada, no quedaba a estos desgraciados otra perspectiva que la del presidio o la deportación. En efecto, a juzgar por los antecedentes de que atrás se ha habla do, nada tenían ellos que aguardar de la magnanimidad del Gobierno, sin embargo de estar oyéndola ensalzar día tras día por el Alcaide Ramírez, quien, como hombre sencillo, hablaba sin duda de buena fe. Coroboraba esa presunción la noticia de estarse tratando a esa hora en las altas esferas oficiales, sobre la conveniencia de destituír al General Herrán de la candidatura para Presidente de la República, y de reemplazarle con el señor Julio Arboleda. Conocidos como eran estos dos personajes políticos, y vista la actitud asumida por el Gobierno respecto de sus prisioneros, fácil era comprender que el objeto de tal combinación no era otro que asegurar el severo castigo de los llamados rebeldes.
Esta presunción vino a evidenciarse algún tiempo después, en vista de una carta dirigida por el Presidente Ospina al Gobernador de Antioquia, señor Giraldo, carta que se halla publicada en los Anales de la Revolución, del doctor Pérez, páginas 450 y siguientes.
Por este documento se ve que el cambio de candidatura fue hecho "con anuencia" del Presidente, y que éste trató de justificarlo haciendo notar que el General Herrán era federalista y partidario de la amnistía para los revolucionarios.
Tanto en ésta como en otras producciones de la pluma del doctor Ospina, publicadas también en la citada obra, resalta de manera muy notable el encono de este Magistrado contra los federalistas, sin embargo de haber pertenecido él mismo, dos años antes, al número de los más decididos partidarios de ese régimen, y un profundo rencor contra los que él llama esponsionistas, aludiendo al General Posada, y en general contra los partidarios de las amnistías. Pero todo esto se queda en pañales ante el siguiente juicio, expresado con aterradora concisión en la citada carta al Gobernador Giraldo:
"Es que todos comprendemos -dice el Presidente- que es necesario EXTERMINAR al partido contrario a toda costa; eso dice la razón, eso explica la conciencia pública".
Por mi parte no tengo noticia de que a ningún otro ciudadano de cuantos han ocupado la silla presidencial de Colombia y a quienes la Historia llamará Padres de la Patria, le haya ocurrido, tratando de sus adversarios políticos, un exabrupto semejante!
Sabido es, por lo demás, que la esponsión de Manizales no fue aprobada, y que el transcurso de treinta y tres dos no ha sido bastante para que los conservadores le hayan perdonado tan enorme falta al hombre que había sido hasta entonces oráculo de su partido.
He aquí lo que se estipuló en aquel célebre instrumento:
1° La suspensión de hostilidades del Gobernador del Cauca contra
el Gobierno General;
2° La revocación del Decreto de 8 de mayo, que separó el Estado del
Cauca de la Confederación;
3° El sometimiento de ese mismo Estado al Gobierno general;
4° La expedición de un indulto a favor de los caucanos que se
habían rebelado contra el Gobierno del Estado; y
5° La entrega de las armas de la Confederación que parasen en manos
del ejército caucano.
El Gobierno general, por su parte, debía expedir una amnistía en favor de los comprometidos en los movimientos políticos contra el orden general.
Después de haber leído lo que el Presidente Ospina dijo en su carta al Gobernador Giraldo, a nadie parecerá aventurado el concepto de que el principal obstáculo que encontró el Presidente para aprobar tal convenio fue la expedición de la amnistía general. El señor Ospina quería a todo trance hacer traer a la cárcel de Bogotá al General Mosquera, para que fuese juzgado y sentenciado, al par con los prisioneros de guerra que a esa fecha se encontraban allí.
Hecha esta oportuna digresión, continuaré mi interrumpido relato.
Acostumbrado como estaba yo de largo tiempo atrás a soportar la acción de climas deletéreos, me forjé la ilusión de que el mefítico ambiente de la cárcel lo vencería mi probada constitución. Pero no sucedió así, y al cabo de mes y medio una afección pulmonar me llevó a la cama. Menos infortunado que otros de mis compañeros que habían enfermado también, fui prontamente trasladado al hospital militar de Las Aguas, donde podía recibir las atenciones de mi familia.
Este singular favor lo debí a la caritativa mediación del señor Arzobispo Herrán, espontáneamente pedida por un legado suyo y buen amigo mío, el doctor Manuel María Zaldúa, quien tuvo además la fineza de acompañarme en el tránsito de la cárcel al hospital, junto con otro de mis amigos, el doctor Antonio Vargas Vega. Este último me presentó al médico del establecimiento, doctor Libardo Rivas, y le hizo a mi favor encarecidas recomendaciones.
De la pieza en que se me colocó habían sacado tres días antes para el cementerio al señor Urbano Villar, preso político de Santander, y persona distinguida tanto por su posición social, su cultura e inteligencia, cuanto por su franco y benévolo carácter.
Nunca he sabido que este ciudadano hubiera tomado armas en la defensa del Gobierno legítimo de Santander en 1860, y antes me consta que él no fue de los vencidos en El Oratorio.
¿Por qué se le aprisionó días después de aquella batalla, y se le llevó atado como un criminal a las cárceles de Bogotá?
Indudablemente porque los rebeldes de 1859, que al amparo del Gobierno de la Confederación se habían alzado contra el Gobierno del Estado, no pudieron olvidar que entre sus generosos vencedores en Girón se había encontrado el señor Villar.
Sin embargo de la repugnante vecindad de una enfermería que se comunicaba con la pieza que me servía de habitación, y a pesar de la incomodidad que me causaba la constante presencia de un centinela, me pareció preferible el hospital a la cárcel, porque allí podía estar en comunicación con mi familia; y habiéndolo manifestado así al doctor Rivas cuando empecé a entrar en reposición, este benévolo profesor -que vino a ser después excelente amigo mío- me dijo en respuesta: que prisión por prisión, lo mismo debía ser para el Gobierno esa que la otra, y que él contribuiría gustoso al cumplimiento de mi deseo, absteniéndose de darme de alta; requisito sin el cual no se me podía sacar de aquel establecimiento. Más el Gobierno eludió poco después esta formalidad reglamentaria, mandando habilitar para sala de enfermería una de las piezas bajas del Colegio del Rosario, a donde se me trasladó sin dilación.
Apenas hube entrado en esta mi segunda cárcel, cuando fui informado del proyecto que tenía los cientos y tantos prisioneros que allí había, de intentar evadirse sorprendiendo el cuerpo de guardia y abriéndose paso a la calle en cierta hora del día.
La seriedad de este plan era tanto más verosímil cuanto que dichos prisioneros, jóvenes de veinte a veinticinco años casi en su totalidad, estaban literalmente hambreados. Sólo se les servía una comida diaria, y ésta era debida a la caridad pública.
El principal instigador de aquel pretendido y descabellado golpe era un Comandante Colmenares, hombre de aspecto huraño, que parecía estar atacado de elefancia y que tenía gran reputación de valiente; reputación que confirmó después combatiendo hasta morir en la batalla de Subachoque. Todo lo cual me hizo comprender que era difícil tarea la de disuadir a mis compañeros de prisión de su halagador proyecto; y me limité, por lo tanto, a manifestarles que la ejecución del plan debía diferirse para cuando se acercase a la capital alguna fuerza amiga, a la cual pudiéramos incorporarnos para quedar prontamente a salvo de individuales persecuciones y poder prestar inmediatamente eficaces servicios a nuestra causa. Debido a la deferencia que por mí tenían esos compañeros, especialmente los santandereanos, que eran los que formaban el mayor número, esa indicación fue atendida.
Si este proyecto llegó a trascenderse por el Gobierno, y si a mí se me atribuyó participación en él, es cosa que todavía ignoro; pero a poco de hallarme en aquella cárcel se presentó un día muy temprano en mi dormitorio el Alcalde de ella, y me manifestó que, en cumplimiento de una orden verbal del Prefecto de la ciudad, señor Plácido Morales, comunicada la noche anterior, iba a ponerme grillos; que sentía tener que servirse de unos muy pesados, que eran los únicos que había.
Este Alcaide era un hombre de pueblo, de apellido Bernal, de quien los demás presos se quejaban por el duro tratamiento que solía darles; pero por lo que se refiere a mí -debido tal vez a mi condición de enfermo no dado de alta- nunca me causó la menor incomodidad.
El Gobierno, interesado en evitar que llegaran a conocimiento das que él Prisioneros e sus mandaba publicar, dictó sal efecto las medidas que creyó convenientes, sin entrar seguramente en detalles, los que debió dejar al criterio de los encargados de cumplirlas. Mas, como ordinariamente sucede en casos semejantes, el celo de los subalternos excedió la medida de lo que, en punto a precauciones, había querido el Gobierno que se tomasen.
Habiendo obtenido mi esposa un permiso para enviarme de visita a la cárcel a la niña que era entonces la menor de mis hijas, y que apenas había cumplido un año, el primer día que la enviaron a la cárcel la descalzó el oficial de guardia para ver si llevaba correspondencia en los zapatos; y la segunda vez fue hasta registrarle el vestido, razón por la cual renuncié inmediatamente a tal permiso.
Al recibir a la niña por la estrecha ventanilla por donde entró, observé que le llamaban mucho la atención los grillos que yo arrastraba. Así le tocó a esta hija mía ver a su padre aherrojado como un criminal; pero afortunadamente a una edad en que no podía comprenderlo.
Ocasiones hubo, y muy frecuentes por cierto, en que se removía con la bayoneta la sopa destinada a algunos presos, dizque para averiguar si dentro de ella había instrumentos adecuados para facilitar la fuga.
Pero esto no era nada en comparación de las requisas.
So pretexto de buscar armas, que no podían entrar, y correspondencia, que sí entraba, pero que era destruída inmediatamente después de leída, se ultrajaba brutalmente a los prisioneros.
A mi condición de enfermo no dado de alta, por inolvidable favor del doctor Rivas, y quizá también por recomendaciones particulares, de que no tuve conocimiento, debí el privilegio de no ser requisado ni obligado a contestar a lista a las cinco y media de la mañana en el patio del Colegio del Rosario; privilegio este último a que debí tal vez la conservación de la salud en aquella cárcel.
Corrían los postreros días del mes de noviembre de 1860, y el Gobierno tenía fija la atención del lado del Sur, a donde había destinado la primera División del ejército a las órdenes del General París, con el objeto de cerrarle el paso al General Mosquera por el Guanacas. Los presos, a quienes nada de esto se ocultaba, nos hallábamos por ese tiempo en la más anhelosa expectativa, como que la única esperanza de rendición estaba cifrada en el triunfo del ejército caucano.
En uno de esos días se presentó en la cárcel del Rosario el señor Arzobispo Herrán, con el objeto de visitar a los presos y de distribuír entre la mayor parte de ellos una cantidad de dinero. Después de haber hecho esta obra de caridad, se dirigió el dignísimo Prelado a la pieza que yo habitaba.
Apenas de vista conocía yo al señor Herrán, y ya le era deudor de un importante servicio, según puede recordarse. Mis primeras palabras para él después de un respetuoso saludo fueron, pues, de agradecimiento. En seguida entramos en conversación sobre un tema cualquiera (el de la vida en las prisiones, si mal no recuerdo); y de ahí tomó pie el señor Arzobispo para darme una gran noticia: la del triunfo obtenido por las armas revolucionarias, el 19 de ese mismo mes, en el campo de Segovia.
Por respeto a tan eminente personaje procuré disimular la viva emoción que aquella noticia me causó. En seguida, con esa voz ahogada que recuerdan todos cuantos le conocieron, pronunció estas concisas pero significativas palabras: "Así lo han querido"; y se despidió.
Hallándome en posesión de ciertos antecedentes, no podía dejar de ser trasparente para mí el sentido de aquella frase; y al punto le di la siguiente traducción, que los hechos confirmaron después, a saber:
"El círculo de exaltados políticos que ha rodeado al Presidente de la Confederación desde 1860 y que en la actual situación de guerra es árbitro en materia de elecciones, ha destituído a mi hermano de la candidatura para Presidente de la República, candidatura con que le honró el partido conservador. Después de tan inaudito ultraje no podía decorosamente continuar mi hermano al servicio de un Gobierno que así menospreciaba sus grandes merecimientos e irrespetaba sus canas. En consecuencia, fue llamado a reemplazarle en el Puesto de General en Jefe del Ejército de la Confederación el General Joaquín París, que si bien es una de nuestras más preciadas glorias militares de la época de la Independencia, es incapaz, por su avanzada edad, de dirigir una campaña, y en particular de hacer frente al más estratégico de nuestros Generales. El resultado puede preverse".
De este modo ejerció aquel día el señor Herrán la virtud que más le distinguió, distribuyendo un auxilio en dinero a los que de él necesitaban, y dando por mi conducto a todos los prisioneros el consuelo de una gran noticia.
A consecuencia de ella, el proyecto de fuga de los presos del Rosario quedó aplazado para mejor ocasión.
Sin embargo, en noviembre de 1860 se fugaron cerca de catorce presos del Colegio del Rosario, abriendo un hueco en la pared de la pieza baja de la esquina.
Nuevas prisiones políticas fueron decretadas, y las requisas con que tanto se atormentaba a los presos vinieron a ser más frecuentes y vejatorias: todo indicaba el estado de alarma en que había entrado el Gobierno, alarma que, debiendo ir en aumento a medida que el ejército vencedor en Segovia avanzase hacia la capital, había de determinar, como determinó en efecto, un aumento de rigor para con los prisioneros de guerra. Con todo, fue en esos días cuando tuvo lugar un incidente que me favoreció de modo especial.
El señor Vicente Murillo Alcantuz, quien también estaba con grillos en la cárcel del Rosario fue trasladado, por empeño de su señora esposa a la cárcel del camellón de la Concepción (llamada por los presos cárcel de abajo), donde se hallaba el señor Santiago Izquierdo, hermano de la señora, y a quien ella suministraba alimentos, lo mismo que a su esposo, por lo cual deseaba que se les reuniese en un mismo local.
El Alcaide de la cárcel de abajo, que fue el encargado de conducir a ella al señor Murillo, y que le hizo quitar los grillos para facilitar su traslación, le dijo al entrar: "Aunque usted estaba con grillos en el Rosario, yo no se los haré poner aquí sin orden expresa".
Al tener mi familia conocimiento de este incidente, solicitó por igual motivo al que había alegado la señora de Murillo, y obtuvo mi traslación a la cárcel de abajo, donde se hallaban Trino y José María Parra. Este cambio de prisión tuvo lugar en la misma forma y manera que el del señor Murillo; y fue así, por tan inesperado y fácil modo, como vine a quedar libre de unos grillos que había arrastrado por espacio de tres meses, y que, a causa de su excesivo peso, me habían verdaderamente abrumado.
Fue tanto lo que anduve ese día, y a tan largos pasos, por el nauseabundo patio de la cárcel, que el día siguiente no pude moverme.
Por demás es advertir que el bondadoso Alcaide a que ahora me refiero no era don Vicente Ramírez, de tan ingrata memoria. Este había sido reemplazado por el señor Juan Castillo -persona que si bien pertenecía, lo mismo que su antecesor, a la clase media de la sociedad- revelaba en todo mejor educación. Lejos de complacerse, como lo hacía Ramírez, en molestar a los presos con impertinentes amonestaciones en tono regañón, procuraba no hacerse sentir de ellos en más de lo necesario para el puntual cumplimiento de su deber. Si mis escasos conocimientos fisonómicos no me engañaron, a este Alcaide no se le había podido comprar con ningún dinero. Había en él algo, mucho tal vez, del Jefe de Policía Javert que figura en Los Miserables.
En esta cárcel, a donde ingresaba por segunda vez, me esperaba una sorpresa semejante a la que había tenido en el Rosario: un proyecto de fuga no menos temerario que aquél, pero contraído a los prisioneros que tenían su dormitorio en el salón del edificio que llevaba el nombre de La Capilla.
Amigos de fuera, entre ellos el caballeroso y simpático Milciades Gutiérrez -que murió poco después combatiendo en Subachoque- y el tipo del verdadero amigo, Miguel Salgar, habían tomado a su cargo el arreglo de los preparativos para la fuga. Esta debía efectuarse saliendo los presos por una abertura que se haría en la techumbre del salón y descendiendo de allí por una escala.
Pero es el caso que la Capilla, que era la única pieza ventilada del edificio tenía dos ventanas que comunicaban, lo mismo que la puerta, con el interior de la cárcel, y en cada una de ellas había un centinela de vista.
Posible era sobornar a esos soldados, y con ello se contaba indudablemente; pero una operación tan lenta e inevitablemente ruidosa como la proyectada, daba tiempo para que llegara la hora del relevo, o se percibiese en el cuerpo de guardia. Todo esto lo veía yo con entera claridad, y sin embargo no tuve valor para oponerme a la tentativa. Amigos de mis mayores simpatías, como Luis Bernal y Januario Salgar, habían hecho colocar mi cama en el mencionado salón para hacerme partícipe del beneficio de la pronta libertad que ellos esperaban alcanzar. Yo acepté con agradecimiento esa demostración de cariño; pero hoy no tengo incoveniente en declarar que habría preferido no ser objeto de ella. Y no era la probabilidad de ser descubierto infraganti y atravesado por las bayonetas de la guardia, lo que me aterraba, sino el descenso de tan grande altura (el edificio tenía dos pisos) asido de una cuerda. Si aún los hombres dotados de extraordinario valor suelen tener lados débiles, cuánto mayores debemos tenerlos los que no hemos sido favorecidos con tan brillante cualidad. Recuerdo haber oído decir que el General Santo Gutiérrez -que era un Cid en las batallas prefirió hacer largo rodeo por las inmediaciones del páramo de Ruiz, para asistir a la Convención de Rionegro, a embarcarse en cáscaras de nuez, como él llamaba los vapores del Magdalena, para bajar de Honda a Nare. Y esto debe de ser tanto más común cuanto se cita como caso excepcional el del valor a toda prueba, y para toda clase de peligros, que exhibió siempre el héroe favorito de un grande historiador, Guillermo III.
De esa expectativa tan angustiosa para mí, como halagüeña para mis citados compañeros, vino a sacarnos una de las frecuentes requisas a que estábamos sometidos.
Habiéndose encontrado una lima entre el guarniel del Coronel Arnedo, los soldados que presenciaron tal descubrimiento atacaron a bayonetazos a los seis u ocho prisioneros que se hallaban en el calabozo en que tuvo lugar la requisa. Estos prisioneros, entre quienes se encontraba mi hermano Trino, trataron de salvarse huyendo hacia el corredor, pero los soldados siguieron en su alcance y lograron herir a Marcelino Gutiérrez, Narciso Cadena y Trino Vargas.
Sea porque no hubiesen podido dar alcance a todos los fugitivos para satisfacer en ellos su sed de sangre o porque alguno de éstos se hubiera refugiado en la capilla, el hecho es que ésta fue invadida por los enfurecidos soldados a quienes al entrar tendieron sus fusiles sobre los doce o quince presos que allí estábamos y tres de ellos ratrillaron sus fusiles, que afortunadamente no dieron fuego. Por el momento se creyó que esos fusiles no estaban cargados; mas luego, a virtud de queja presentada por varios presos al oficial de guardia (quien no se presentó sino demasiado tarde en el lugar del conflicto) se vino en conocimiento de que todos estaban cargados. Eran fusiles de chispa, que no habían sido limpiados; y a ese feliz descuido, como también a la entrada del Alcaide en el momento oportuno, debimos los prisioneros, según toda la probabilidad, el no haber sido sacrificados aquella noche.
Luis Bernal, que había estado junto a mí, también de pie, en el instante en que estuvimos a punto de ser fusilados, dirigió el día siguiente a su padre, por exigencia de algunos de nuestros compañeros, una carta en que le pintó el lance ocurrido aquella noche. En vista de esta carta el señor Bernal, padre, que era un conservador caracterizado, persona benévola y de elevada posición social, interpuso su valimiento para con el Presidente en demanda de garantías para la vida de los presos políticos, pero solo obtuvo, como acto visible al menos, la excarcelación de su hijo.
La compañía de soldados que aquella noche prestaba el servicio de guardia en la cárcel hacía parte de un cuerpo che voluntarios del barrio de Egipto, conocidos generalmente con el nombre de chicharroneros; cuerpo de tropa indisciplinado, que cuantas veces estuvo de facción en la cárcel dejó conocer el odio que profesaba a los prisioneros, en quienes no veía, como veía el Gobierno, rebeldes que debían ser juzgados y castigados, sino enemigos de Dios y de la Iglesia, a quienes era conveniente exterminar.
Al día siguiente fuimos distribuídos en distintos calabozos varios de losa presos que teníamos por dormitorio la Capilla. A mí me tocó uno de los más estrechos, en compañía de tres prisioneros, dos de los cuales estaban enfermos.
A las seis de la tarde se nos encerraba en el calabozo, donde quedábamos reducidos a la más completa inmovilidad, Pues que un solo paso que diésemos sobre el suelo enladrillado, he Podido dormir más de cinco horas, del y aquella vez, la vecindad de dos enfermos que pasaban malas noches, vino a privarme completamente del sueño. Diez o doce noches de vigilia, respirando un ambiente viciado, bastaron para quebrantar mi salud de un modo verdaderamente grave.
Sobre la certificación de un profesor de Medicina -el doctor Antonio Vargas Reyes- y mediante una fianza de cuatro mil pesos que, en forma de prenda, prestaron los señores Pereira Gamba, Camacho Roldán y C a, se permitió mi traslación al Hospital de San Juan de Dios, la que se efectuó al siguiente día, en silla de manos. A cuatro pasos de distancia de la puerta de la cárcel encontré a mi desolada esposa acompañada de la señora María Josefa Navarro de Uricoechea, a quien no tenía el honor de conocer y que, movida por un sentimiento de caridad y por simpatías políticas, que en tales situaciones son un vínculo tan poderoso, acudió a ofrecerme sus servicios. A esta respetable matrona, que acompañó a mi esposa hasta el hospital, fui deudor en esa ocasión de atenciones y servicios que jamás olvidaré.
Cuatro horas después de instalado en una celda del antiguo convento, y cuando empezaba a recobrar la tranquilidad de espíritu, se presentó el Alcalde de la ciudad, señor N. Villalobos, seguido de cuatro soldados que conducían una silla de manos, y me notificó la orden que acababa de recibir para reconducirme inmediatamente a la cárcel.
En el estado de verdadera postración en que me hallaba, esa orden podía ser mi sentencia de muerte. Así lo comprendió al punto mi angustiada esposa; y fácil es adivinar la manera como ella dejó conocer tan dolorosa impresión.
Pero como los momentos eran premiosos, ella hubo de sobreponerse a su estado de anonadamiento y salió precipitadamente de la habitación, no sin haber suplicado al señor Alcalde que aplazase por una hora el cumplimiento de la orden que había recibido.
Yo había permanecido en silencio durante la dolorosa escena, y de ese modo continué hasta que el reloj de la Catedral, al dar la hora de las seis, anunció la expiración del plazo concedido a mi señora. A costa de grande esfuerzo material y de un gran sacrificio de orgullo -lo confieso- me incorporé para decir al señor Alcalde: "Hágame usted, si le es posible, un gran favor: quédese usted por esta noche en esa antecámara, y dé orden a sus soldados de que permanezcan en la puerta de la celda, para que así pueda usted responder de que yo no me moveré del lecho en que me hallo. Mañana, a la hora que usted tenga a bien, me haré llevar a la cárcel". "Créalo usted -añadí con balbuciente voz -no le hago esta súplica por mí, sino por esa infeliz señora, a quien usted ha visto salir de aquí en la mayor tribulación".
Y era que, efectivamente, no podía resignarme a la idea de que mi señora, que debía volver dentro de pocos instantes, no me encontrara.
Patente como era para el señor Alcalde el estado de gravedad en que yo me hallaba, y movido a compasión por el terrible sufrimiento de mi esposa, no vaciló en manifestarme que, bajo su responsabilidad, difería el cumplimiento de la orden hasta el siguiente día, sin necesidad de pernoctar allí.
Hay horas terribles en la vida, y como ésta fue para mí una de las que más honda impresión me ha dejado, no debe extrañarse que interrumpa por un instante este relato, para manifestar -anticipado los sucesos- que al hallarme en libertad el 19 de julio de ese mismo año, fue mi primer cuidado el de dirigirme a casa del señor Villalobos para ofrecerle mis servicios en aquellas circunstancias en que podría él necesitarlos; y que fui dolorosamente sorprendido con la noticia de que había muerto.
Al salir mi esposa del hospital, se dirigió a casa de la señora Navarro de Uricoechea, quien la acompañó a la del doctor Juan Antonio Pardo, que era entonces Secretario de Relaciones Exteriores. Por demás es decir que las dos señoras fueron recibidas y atendidas por el doctor Pardo con la cortesanía y amabilidad que le distinguieron.
Como resultado de este paso, tuve a las siete de la noche una visita de inspección, practicada por los señores Pedro Dávila y Plácido Morales, Intendente general de Guerra, el primero, si mal no recuerdo, y Prefecto de la ciudad, el segundo.
Al entrar en la pieza se acercó a mi cama el señor Morales, Y habiendo comprendido por mi respiración y por mi aspecto el estado grave en que me hallaba, dijo prontamente a mi esposa: "Que le hagan los remedios con actividad"; y tanto él como el señor Dávila se retiraron sin despedirse. Tan penosa así debió de ser para esos caballeros la comisión que acababan de cumplir, pero ella puso fin al terrible trance en que yo me hallaba. Añadiré que si el Gobierno hubiera empezado por donde acabó habría procedido humanitariamente.
Fue aquella la primera y la última vez que vi al señor Dávila; por lo cual puedo decir que no le conocí personalmente, aunque sí de reputación. Era él, en ese tiempo, una de las figuras políticas más respetables del partido conservador; tenía gran valor civil y militar, y como hombre acaudalado que era, puede juzgarse que el deseo de servir a su partido era lo único que le movía a aceptar destinos públicos.
Por los años de 1844 y 1845 conocí al señor Morales, desempeñando la Gobernación de la provincia de Vélez. Aunque yo era entonces muy joven, tuve buenas relaciones con él, debido a su carácter complaciente y accesible a cuantos querían tratarle. Imposible figurarme entonces que persona tan benévola y afable estuviese destinada a un fin trágico.
Como un lenitivo a aquella situación, recibí esos días la segunda y última visita del Ilustrísimo señor Herrán, y con ella la noticia del inesperado triunfo obtenido en Hormezaque por el verdaderamente invicto Santos Gutiérrez, sobre fuerzas de la Confederación, que mandaba el Coronel Rosario Guerrero.
Los asiduos cuidados y las duras faenas impuestas a mi esposa por el mal estado de mi salud, la predispusieron para uno de esos accidentes que casi nunca se prevén. El primero de Marzo, a las once de la noche, empezó a sentirse indispuesta. Nos hallábamos con sólo una sirvienta, que no conocía el interior del espacioso edificio; el centinela que había en la puerta de la celda tenía la rigurosa consigna de no permitir la entrada ni la salida de persona alguna, después de las seis de la noche; yo estaba imposibilitado para levantarme de mi lecho; la enfermedad de mi esposa avanzaba, y las horas corrían con desesperante lentitud…
Por fin amaneció, y a las siete de la mañana llegaron, uno en pos de otro, los doctores Joaquín Maldonado y Antonio Vargas Vega, llamados con urgencia por mi familia; Pero ya era tarde, y pocos momentos después nació un niño de ocho meses, que apenas vivió el tiempo necesario para recibir el agua bautismal.
Fue este mi único hijo varón.
Con motivo de tan desgraciado suceso, la señora doña Soledad S. de O'Leary, y tres señoritas hijas suyas, que venían con frecuencia al hospital a prestar auxilio a los enfermos, entraron a mi estancia y se informaron de los pormenores del suceso; hicieron quitar el centinela que había en la puerta y por espacio de algunos días nos prodigaron a mi señora y a mí muy finas atenciones.
Se acercaba el siete de Marzo. Como a las tres o cuatro de la tarde de aquel nefando día empezaron a oirse descargas de fusilería hechas por el lado de Las Aguas. Yo no dejé de sospechar lo que pensaba, pero disimulé mi estupor para tranquilizar a mi esposa, cuya situación era muy delicada, como puede suponerse. Díjele que aquello debía de ser un ejercicio de cazadores, hecho con el objeto de adiestrar la tropa. Ah! Cuan cerca estuve de la realidad, con la sola diferencia de que aquello no era simulacro, sino verdadera y espantosa cacería!
Los presos del Rosario se habían fugado y dirigídose hacia el lado de la serranía. Setecientos soldados del Gobierno los perseguían a fuego y sangre!
No teniendo presentes los detalles de aquella carnicería, insertaré en seguida la relación que de ella se hizo, un año después, en los Anales de la Revolución.
Hé aquí la parte esencial de esa relación:
..."Entonces pasó una escena de caníbales, que heló de espanto a los que la presenciábamos, sin más consuelo que el furor y la indignación que nos dominaba. Los legitimistas, en vez de coger a los fugitivos como pudieron hacerlo se pusieron a darles caza como si fuera una madriguera de lobos lo que se hubiera descubierto; y a presencia de sesenta mil personas, la mayor parte mujeres y niños, que con el llanto en los ojos y el escozor en el alma, desde las azoteas, ventanas, balcones y tejados de las casas veían aquel asesinato en masa y a sangre fría, ejecutado por los esbirros de Ospina, sin poder intervenir en nada ni prestar Socorro a los presos; porque entre las víctimas y la población inerme, aterrada, estaba formado en batalla un ejército entero. Además el General Herrán en persona había sido desatendido en sus justos clamores sobre el campo mismo de la matanza; y lo que es todavía más escandaloso, el Ilustrísimo señor Arzobispo, que había concurrido también a interponer sus lágrimas, sus canas y la santidad de sus títulos en beneficio de los asesinados, había sido insultado atrozmente por el Prefecto Morales".
A continuación de este relato se halla una lista de heridos, cuyo número alcanza a treinta y cuatro, incluyendo tres muertos, y al pie de ella se lee el siguiente aparte:
"Con excepción de Chacon, que recibió de lejos el balazo, los demás fueron heridos después de aprehendidos, unos, haciéndolos arrodillar, y otros sentados; algunos soldados se resistían a hacer fuego a los rendidos, a pesar de las órdenes de los oficiales".
Ahora bien: atenúese en cuanto se quiera el colorido de este cuadro, por haber sido hecho estando todavía fresca la impresión de aquel suceso, y se tendrá sin embargo, como un hecho incontrovertible, destinado a dejar mancha imborrable en la historia del partido conservador, el de que habiendo podido reducir nuevamente a prisión a esos infelices fugitivos, prefirió asesinarlos!
Desde ese aciago día hasta fines de Mayo del mismo año, ningún incidente notable ocurrió en las casas de prisión; pero entretanto, grandes batallas, como las de Tunja y Subachoque, y movimientos militares de suma trascendencia, como la reunión de los ejércitos del Sur y el Norte, y la aproximación de ellos a la capital, habían tenido lugar, sin que el gobierno hubiese logrado impedirlos.
Habiendo sido estos acontecimientos verdaderamente decisivos, se extrañará acaso el que no me detenga a referirlos; lo cual me obliga a recordar a mis lectores que al escribir estas páginas sólo he tenido en mira el contarles mi propia historia. De modo que cualquier suceso en el cual no haya tenido yo participación directa, o que no me haya afectado individualmente, puede y debe considerarse como extraño a esta narración. Ello no impide, por supuesto, la ocasional mención de aquellos acontecimientos que pueden considerarse como puntos salientes en el cuadro histórico que se llama la revolución de 1860, y a cuya categoría pertenecen también los siguientes: la expiración del período presidencial del señor espina; la iracunda alocución con que este Magistrado se despidió de sus compatriotas; la prisión del mismo ex-Presidente, ejecutada por vecinos de La Mesa, cuando él se dirigía a Antioquia a reanimar en sus copartidarios el espíritu de resistencia; y la dictatorial sentencia de muerte pronunciada contra él por el Supremo Director de la Guerra.
La noticia de que el señor Ospina había sido puesto en capilla recorrió instantáneamente el ámbito de la capital, produciendo, como era natural, profunda indignación entre los amigos del Gobierno y algo así como estupor en el opuesto bando.
Por consecuencia de lo primero se difundió la especie -nada inverosímil después de lo acontecido el 7 de Marzo- de que, a ser fusilado el señor Ospina, todos los presos políticos existentes en la capital seríamos pasados por las armas.
La noche de ese mismo día se presentaron en mi estancia, a tiempo de hallarme solo, el doctor Artorveza y un padre jesuita, cuyo nombre no llegué a saber.
El objeto de esta visita era pedirme una carta para el General Mosquera o para el General Gutiérrez, en la que me interesara a fin de que no se fusilase a los dos señores Ospinas, pues el hermano del ex-Presidente, don Pastor también estaba en capilla.
A nadie le ocurrirá sospechar -así me lo prometo al menos que yo me hubiese podido complacer en la ejecución de un acto tan escandaloso e inicuo como habría sido el fusilamiento del ex-Presidente de la Confederación, ni aún siquiera que lo hubiese mirado con indiferencia; pero es el caso que estando yo comprendido en la amenaza de muerte de que ya he hablado, mi situación era sumamente embarazosa. Se me hacía imposible, por esa circunstancia, escribir la carta, pero encontraba dificultad para excusarme de hacerlo. Al fin apelé a consideraciones de solidaridad, ciertamente justas con relación a los demás presos políticos, y dije a mis amables visitantes que si aquellos compañeros míos en desgracia convenían en dirigir la carta en referencia, yo tendría el mayor gusto en suscribirla.
Satisfechos o no de mi respuesta se despidieron de mí atentamente, y al otro día se presentaron en la cárcel a desempeñar su caritativa misión. No menos cortés, pero unánime, fue la negativa que recibieron de los ciento cincuenta o más prisioneros que allí había.
A renglón seguido tuve de visita a un personaje político a quien no conocía de vista: el señor Miguel Saturnino Uribe.
Después de haber tenido este sujeto la amabilidad de presentarse él mismo, me manifestó que venía de parte del doctor Murillo a ofrecerme asilo en el consulado dinamarqués que estaba a cargo de su yerno el señor Carlos Michelsen, cuya casa distaba pocos pasos del hospital.
Di las gracias al señor Uribe del modo más expresivo que puede suponerse, y le manifesté que en caso de ser posible la evasión, esa misma noche aprovecharía el benévolo ofrecimiento.
Anheloso como estaba de saber de buena fuente cuál era en aquellos críticos momentos la respectiva situación de los beligerantes, me permití preguntar al señor Uribe, no obstante su conocida adhesión al Gobierno, si era verdad, como se me había asegurado, que el General Mosquera tenía seis mil hombres.
-No, señor, me contestó sin vacilar: el General Mosquera no tiene seis mil hombres, pero tampoco los necesita.
Esta concisa respuesta colmó la medida de mis esperanzas.
No había cerrado aún la noche de tan azaroso día, cuando se supo que el señor Ospina estaba fuera de capilla. Esta circunstancia, unida a la seguridad de que mis bondadosos fiadores perderían los $4.000 en cupones de renta sobre el Tesoro, que valían casi a la par, y que habían consignado como garantía de mi permanencia en el hospital, más los informes recibidos de Vélez sobre la completa ruina a que me había dejado reducido la revolución, influyeron para que suspendiese mis preparativos de fuga.
A decir verdad, yo no había llegado a creer que el General Mosquera fuese, en la vía de sus anunciadas represalias, hasta el inaudito extremo de pasar por las armas al ex-Presidente de la Confederación. No porque al voluntarioso caudillo le distinguiese el respeto por la vida humana, sino porque ese atentado debía tener en todo Hispano-América una resonancia funesta para la reputación personal del mismo caudillo y para el crédito político del movimiento revolucionario que con tan grande habilidad como fortuna había conducido.
Mas hoy, al cabo de treinta y dos años de ocurrido aquel incidente, sin que en tan largo tiempo haya vuelto yo a fijar la atención en él, reflexionando sobre el peligro de muerte a que en esas horas de crisis revolucionaria estuvimos expuestos los presos políticos, reconozco que hubo impresión de mi parte en no haber tratado de aprovechar el bondadoso ofrecimiento del señor Uribe, pasado por sobre cualquiera consideración.
El trance de una sangrienta batalla librada a las puertas mismas de la prisión, como era el que por instantes se esperaba, ponía en inminente peligro la vida de los prisioneros. Bien que el triunfo del Gobierno parecía ya improbable, aunque no del todo imposible, caso de obtenerlo, nadie habría podido responder de la vida de los presos políticos que se hallaban en las cárceles de la capital.
La sed de sangre que se despierta en los combates y el deseo de vengar la de los amigos cuando está humeante todavía, suele saciarse con frecuencia derramando la de los vencidos. Por eso me arrepiento de no haber intentado evadirme del hospital en esa ocasión, lo mismo que de no haber aprovechado el momento que otros aprovecharon, aunque sin buen éxito, para huir del campo de El Oratorio, después de decidida la batalla. Lo menos a que queda expuesto el rendido en la generalidad de los casos es a sufrir crueles y aún ignominiosos ultrajes de parte del vencedor. Entre otros hechos que recuerdo está el de dos caballeros amigos míos, a quienes, bajo la vara de un soldado, se obligó aquella vez a recoger y enterrar muertos.
En los días 6, 12 y 13 de Junio se libraron combates parciales entre las fuerzas del Gobierno y las del General Mosquera, acampadas ya estas últimas a dos leguas de la capital.
En el segundo de esos encuentros, obtuvieron las fuerzas del Gobierno alguna ventaja, que fue estrepitosamente celebrada en la ciudad, en la noche del mismo día. Sin embargo, era tal la confianza que yo tenía en el definitivo triunfo de las armas federalistas, que aquella estruendosa manifestación no me privó del sueño.
A esos combates se siguió una tregua que duró hasta el 18 de Julio, día en que el ejército del General Mosquera atacó la ciudad y la ocupó, después de seis horas de combate
Cuando la guardia del hospital abandonó su puesto, salí de la prisión acompañado de mi esposa, y me dirigí a casa de mi suegro el Coronel Antonio María Díaz.
La prisión de los tres Ospinas y Calvo -hecho notable, pero de que sólo hablo incidentalmente- además de estar autorizada por el derecho de la guerra, era exigida por las circunstancias; pero el haberlos obligado a marchar a pie en dirección a Honda, como equivocadamente se afirma, habría demostrado un rencor político y una mezquindad impropia de un hombre verdaderamente grande, como lo fue sin duda el General Mosquera, a pesar de sus defectos, que también fueron grandes. Por lo demás, bien sabido es que la guerra, lo mismo que la necesidad, carece prácticamente de ley, como que es una manifestación de barbarie.
Todavía se oían disparos en varios puntos de la ciudad, y discurrían por las calles soldados cancanos vestidos de uniformes harapientos y en actitud medicante. Este espectáculo, unido a la noticia que circuló en aquel mismo instante de que uno de esos infelices negros acababa de ser asesinado en el puente de San Victorino, empezó a acibararme el placer de la victoria; y esta situación de ánimo se agravó cuando, al llegar a la casa, tuve noticia de que el triunfo nos había costado, entre otras lamentables pérdidas, la del eminente José María Plata y la de los denodados Coroneles Joaquín Suárez Fortoul y Samuel Guerrero.
A esa hora se victoreaba a los vencedores en la Plaza de Bolívar y se cambiaban entre éstos y los recién libertados prisioneros abrazos de congratulación.
Sin embargo de que el sentimiento de gratitud que me animaba para con mis heroicos libertadores, no podía ser menor que el que abrigaban mis compañeros de prisión, no salí a tomar parte con ellos en la espléndida ovación; pero sí fui por la noche a velar ante el cadáver del grande estadista que acabábamos de perder.
Al siguiente día fui a ofrecer mis pequeños servicios a la distinguida y simpática familia del Coronel Moreno.
