I
 

 

Era la mañana, y los primeros rayos del sol derramaban copiosa luz sobre Bogotá y la extensa planicie que demora al frente de la ciudad andina. Leves vapores se alzaban desde el pie de la cordillera inmediata, escalando lentamente las majestuosas cimas de Monserrate y Guadalupe, cuya sombra se proyectaba bien adelante de sus bases contrastando la suave oscuridad de éstas con la brillante iluminación de las crestas y picachos salientes de la parte superior. El ambiente puro y perfumado con los innumerables olores de los arbustos de la ladera y de los rosales y campánulas que crecen silvestres a orillas de los vallados y alamedas, producía en todo mi ser una impresión indefinible de bienestar, sintiéndome vivir desde el fácil movimiento del pulmón, vigorizado al aspirar aquel aire diáfano y fresco, hasta la palpitación de las más pequeñas arterias de mi cuerpo. Una brisa tenue mecía los flexibles sauces de la "Alameda vieja", por entre los cuales se veía a intervalos la vecina pradera, verde esmeralda, matizada de innumerables flores de achicoria, y poblada de reses que pastaban la menuda yerba cubierta de luciente rocío de la noche. Todos los sonidos misteriosos de la naturaleza, al despertar, el balido de las ovejas, el mugir del ganado vacuno, la voz de los campesinos y el sordo murmullo de la ciudad, llegaban a mí claros y distintos con la vibración peculiar que adquieren en medio de la atmósfera enrarecida de las altas regiones de los Andes. La magnificencia de una mañana como esta, llenaba mi alma de recogimiento, y un género de tristeza agradable sellaba mis labios. Detrás de mí dejaba a Bogotá y todo lo que forma la vida del corazón y de la inteligencia: delante de mí se extendían las no medidas comarcas que debía visitar en mi larga peregrinación. Mi ausencia de la ciudad nativa era voluntaria; y, sin embargo, a cada vuelta del camino mis ojos buscaban la distante mole de edificios más y más oscurecida, hasta que se me oculto del todo, y en un suspiro impremeditado exhalé mi adiós al hogar querido.

El resoplido de un caballo que se acercaba a medio galope, y el ruido de las grandes espuelas orejonas, chocando contra los sonoros estribos de cobre en forma de botín, característicos de la montura en estas regiones, interrumpieron mi recogimiento. Era mi compañero de viaje  que se me reunía en el acto de cerrar su cartera en que, sin detener la marcha, apuntaba sus observaciones y fijaba las bases de nuestras futuras tareas. Por entonces costeábamos el repecho llamado "Boquerón de Torca", y admirábamos la vigorosa vegetación de este lado de la cordillera, en contraste con la inmediata planicie de la "Venta del Contento", árida y cubierta de frailejón cual si fuese un páramo, no obstante que la altura de aquel llano sobre el nivel del mar es solo de 2.660 metros y la región del frailejón comienza, según Caldas, a los 2.923 metros de altura. Todo era efecto de la configuración del terreno, causa frecuente y notabilísima de los fenómenos de vegetación rica o pobre que en incesante variedad y a trechos cortos presenta el suelo de las regiones andinas. En efecto, una simple abra de la cordillera del E. fronteriza a la "Venta del Contento", le envía los vientos del páramo y esteriliza el terreno: al paso que el abrigo de los cerros de Fusca y la acción prolongada de los rayos solares sobre la ladera de Torca, determinan allí, a más de 2.700 metros de altura sobre el mar, el crecimiento de un bosque robusto y elevado. De esta manera no solo la altura de las planicies y valles de nuestro país y la constitución geológica del terreno, sino aun las meras sinuosidades y accidentes del suelo, producen la inagotable variedad de frutos con que la Providencia ha enriquecido las bellas y deliciosas comarcas de los Andes.

A poco andar llegamos a un arroyuelo claro y purísimo que baja de las peñas de Fusca y atraviesa el camino en demanda del río de Funza para precipitarse con él hacia el abismo de Tequendama. La agreste belleza del sitio y el murmullo de las límpidas aguas que bajan al camino por entre rocas sombreadas de floridos arbustos, nos obligaron a detener el paso y beber en aquella fuente solitaria, no enturbiada hasta allí por la mano del hombre, sometida a cauce artificial más adelante, turbia y revuelta con otras aguas después, hasta caer tributaria en el vecino río y lanzarse con él en las profundidades del "Salto": imagen fiel de la vida, inocente y pura al principio, oprimida después por las reglas sociales, perturbada y tumultuaria al fin, perdiéndose en las insondables tinieblas de lo futuro. Tal es la "Fuente de Torca" admirablemente descrita por nuestro joven literato José Caicedo Rojas en una lindísima composición que lleva aquel título, y cuyas bien sentidas estrofas reprodujo allí mi memoria en fuerza de la fidelidad de la descripción y la naturalidad de las imágenes que contienen.

De la fuente de Torca a la venta "Cuatro esquinas" hay un corto trecho de camino; o como si dijéramos, de lo más poético a lo más prosaico imaginable, no hay sino un paso. Cuatro ranchos de paja que no forman cuatro, ni dos, ni esquina alguna, constituyen la famosa e histórica Venta, tan antigua como el Virreinato y tan estacionaria como los cerros adyacentes. Una pequeña sala en cuya testera hay una larga y tosca mesa arrimada a un banco fijo, y anexo a la sala un dormitorio, rara vez barrido, con dos camas de cuero, mondas y desamparadas conforme salieron de la rústica

fábrica, he aquí el aspecto interior de la posada. En compensación las paredes presentaban la más copiosa colección de letreros que pudiera desearse, inclusos muchos modelos de retórica de taberna que se hallan siempre en las cercanías de las ciudades populosas como advirtiendo al viajero que al lado de la cultura crecen siempre el cinismo y la indelicadeza, bien así como en los campos labrados asoma por entre los tallos del trigo la silvestre cizaña que le roba el alimento y le marchita la belleza.

"En haciendo techo para los aguaceros y paredes para resguardarse del viento helado, nadie debe quejarse de la posada", decía mi compañero filosóficamente: "los muebles y el aseo son accesorios inútiles, puesto que mientras se duerme todos los gatos son pardos". No siendo, pues, lícito, estar despierto en tales posadas, me apresuré a gastar el resto del día en visitar el "Puente del Común", objeto de nuestra detención allí. Mide 440 varas de longitud, inclusos los camellones adjuntos, y la obra es de sillares y mampostería, bastante sólida para resistir el abandono en que yace. Sobre el cuerpo principal del puente, sustentado por un arco grande y dos laterales pequeños echados sobre el manso y tortuoso río Funza (Bogotá), se levanta una rotunda adornada de pilastrones en los cuales se leen, medio borradas por la intemperie y los porrazos, las siguientes inscripciones con la ortografía macarrónica de antaño:

 

R  E Y N A N D O  L A  M A G E S T A D  D E

E L  S. D.  C A R L O S I V,  Y  S Y E N D O

V Y R R E Y  D E  E S T E  N U E V O  R E Y N O

D E  G R A NA D A  E L  E X M O . S E Ñ O R

D O N  J O S E F  D E  E Z P E L E T A  Y

G A L D E A N O  S E  C O N S T R U Y O  E S T A

O B R A  D E L  P V E N T E  Y  S U S 

C A M E L L O N E S  E N  3 1  D E  D I C I E M B R E  D E

1  7  9  2.

 

Y en el pilar fronterizo:

 

H A  D I R I G I D O  E S T A  O B R A  E L

S E Ñ O R  D.  D O M I N G O    E S Q U í A Q U I 

T H E N.  C O R.  D E L  R.  C V E R P O

D E  A R T I L L  Y  C O M A N .te  E N  L A

P L A Z A  Y  P R O V.  D E  C A R T A G .  D E

Y N D I A S  S Y E N D O  D I P U T A D O  P O R

E S T E  Y L U S T R E  C A B I L D O   E L

R E G I D O R  D .  D.  J O S E F  CA Y Z E D O.

 

El penúltimo renglón explica la denominación "del Común" dada a este puente; y la obra, por la importancia de los cantones que enlaza al través del Funza y los pantanos laterales, facilitando el comercio y comunicación entre Bogotá y Zipaquirá, es uno de los muchos testimonios que de su ilustración y bondad dejó en este país el Virrey Ezpeleta. 

Regresé a la pseudoposada y hallé a mi compañero confortablemente acostado sobre el pellón de su silla con los zamarros por almohada, y como no fueran suficientes para este oficio, les había agregado el blando aditamento del freno, entre cuyas paletas de hierro colocó la cabeza y se puso a dormir deliberadamente. Imitélo en todo, a más no poder, salvo en lo del freno, que me pareció un refinamiento superfluo, y tuve la flaqueza de no poder conciliar el sueño hasta bien entrada la noche, extrañando el cuerpo el regalo de la desusada cama. ¡ Extraña posada a siete leguas no más de la capital de todo un ex virreinato! Y prediquen ustedes contra el "lujo corruptor" de nuestro país, señores del púlpito, a imitación de nuestros talentosos comunistas que declaman contra "los suntuosos palacios" y "los dorados salones" de los opulentos de esta tierra, siendo en realidad meras casas de tapias modestamente empapeladas y algo alfombradas con cualquier cosa. No podemos negar que los árabes son nuestros consanguíneos, y que abrigamos con fidelidad ejemplar sus dos más preciosas características y virtudes: la bambolla y las calaveradas sociales, llamadas en genuino español pronunciamientos, y en español americano bochinches; palabra más alta, sonora y significativa que la de nuestros tíos los chapetones, e indicativa de nuestro adelanto en esta interesante materia.

De Bogotá a Zipaquirá hay diez leguas granadinas (5 miriámetros) de camino llano, cuya mayor parte tiene el mismo piso que nos dejó el buen Bochica cuando desaguó el gran lago cuyo lecho constituye la hermosa planicie que habitaron y labraron los inocentes chibchas. Ellos, según refieren los cronistas de la conquista, tenían cultivada palmo a palmo toda la llanura: nosotros la mantenemos convertida en potreros de ceba, es decir, hemos dado un paso atrás, puesto que la ganadería es el primer escalón de la civilización, la cual no se radica verdaderamente sino con la agricultura. En las diez leguas de llano mencionadas, solo el pueblo de Cajicá presenta sus terrenos labrados y sembrados con esmero, conservándose allí, como en otros pueblos de indígenas, el primitivo genio agricultor en contraste con nuestra perezosa industria pecuaria.

La entrada de Zipaquirá es bella y pintoresca por un trecho de camino recto sombreado de sauces y mejorado con buenos puentes sobre las quebradas y el riachuelo, obra debida a la pertinacia y actividad del corregidor español don Josef de Ancizar, vizcaíno de sanas intenciones, si bien un tanto militar en su modo de administrar el antiguo corregimiento. La importancia de Zipaquirá depende de sus ricas minas de sal gema y carbón, y de la gran fábrica de elaboración del primer artículo perteneciente al gobierno, copiosa fuente de Ingresos para el tesoro nacional. Con todo, al recorrer las calles de la ciudad, al notar sus edificios anticuados y la muchedumbre de mujeres harapientas que concurren a las cercanías de la fábrica de sal a raspar los tiestos desechados, y recoger pacientemente las partículas de sal arrojadas con las basuras, no puede uno menos de preguntarse: "¿Zipaquirá es lo que debiera ser, vistas su aventajada posición y la riqueza no común de sus terrenos cultivables?" De ninguna manera. Semejante a una preciosa joya descuidada y empolvada, la ciudad querida de los zipas, solo necesita que sus vecinos la sepan apreciar y cuidar como ella merece, para convertirse en el lugar más lindo y alegre de la planicie. Fuertemente impregnados de sal los terrenos vecinos, guardan en su seno una fertilidad inagotable, hasta ahora desaprovechada. Todo la revela: el verdor y la lozanía de los campos, el fresco follaje de los árboles, el lujo de los arbustos y aun el tamaño extraordinario y vivísimo colorido de las flores innumerables que en vano ostentan su nativa magnificencia, pues no encuentran una mano agradecida que las reduzca al cuidado de un jardín; Ingratitud tanto más notable, cuanto el amable, ingenuo carácter de las damas zipaquireñas y su vivir recogido parecen destinarlas a mantener Intimas relaciones con las representantes de la belleza en el mundo físico, las flores, santuario brillante y delicado en que la naturaleza ha colocado sus callados misterios de amor, como un reflejo de los ricos tesoros de afecto y modestia guardados en el alma de la mujer. Sin embargo, las flores permanecen desdeñadas por sus legítimas tutoras, así como los campos vecinos esperan todavía el genio diligente que haga valer su fecundidad.

Pero ¿qué mucho que así vayan las cosas en orden a lo material, cuando en lo intelectual tiene que lamentar el patriota la ausencia de una simple escuela primaria? Fincan su empeño los zipaquireños en añadir lentamente piedra a piedra en la fábrica de una iglesia colosal, esponja que embebe inútilmente dineros que empleados en fundar escuelas y mejorar caminos, mantendrían hoy próspera y floreciente la ciudad, en vez de hallarse reducida a la condición de un apéndice inerte de la salina y un humilde contraste de la interminable iglesia. ¡Genio español, cuán adverso eres al verdadero y sólido progreso social!

Perdónenme los zipaquireños el sermón. En aquella ciudad pasé mi infancia: allí tengo recuerdos queridos e imperecederos, y no puedo mirar con indiferencia la situación decaída y el inmerecido abandono del antiguo Edén de los chibchas.

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