II
 

 

Tres leguas más adelante de Zipaquirá concluye el camino llano y empieza la subida del "Boquerón de tierra negra", midiendo legua y cuarto hasta llegar a la cumbre, 2.868 metros sobre el nivel del mar. El viandante perdona entonces, de buen grado, el craso error de conservar el camino por encima de este cerro, abandonando el llano que lo rodea: la fatigosa pena de tanto subir queda resarcida con la contemplación del grandioso espectáculo que a uno y otro lado se presenta. Hacia el sur se ven, como una alfombra matizada de hermosos colores, las ricas y extensas llanuras que se desarrollan desde el pie del "Boquerón" hasta la distante azulada cordillera del antiguo Camanaos y del Tequendama, dominándose la serie tumultuosa de cerros extendidos a derecha e izquierda de los valles. Hacia el norte surgen las multiplicadas crestas, desnudas y despedazadas, de las dos ramas principales de la cordillera, y más abajo se extiende un anfiteatro de cerros menores, formados a expensas de los primeros, que atestiguan las tremendas sublevaciones y los hundimientos posteriores que en tiempos no muy remotos trastornaron aquel territorio. Desde esta altura se ven clara y manifiestamente los dos grandes sistemas de valles que se inclinan al norte y al sur, y cuyo suelo limpiamente nivelado y compuesto de capas de aluvión, conserva todos los caracteres del fondo de grandes lagos tranquilos, uno de los cuales tuvo su principal y último desagüe por Tequendama, y el otro por las roturas y abras al noroeste de Simijaca, confirmándose la tradición chibcha que establece la existencia de esos mares dulces, próximamente hasta dos siglos antes de la conquista, según lo indican la composición y conformación actuales del terreno, y según puede juzgarse por la antigüedad histórica de los chibchas, puesto que solo en 1470 empiezan los anales de los zipas y las crónicas de la civilización de aquel pueblo, que sin duda necesitó el transcurso de tres siglos, por lo menos, para poblar y labrar las vastas planicies comprendidas entre el Tequendama y los últimos cerros de Sugamuxi, después que las aguas las hubieron abandonado. 

Transpuesta la cima del "Boquerón" se baja un trecho de dos leguas, hasta el pueblo de Sutatausa, dejando a la izquierda a Tausa envuelto en la niebla y en el humo de su salina, que solo a ratos descubren las humildes casas de paja, agrupadas en torno de la iglesia. El terreno que corta el camino en este espacio es árido, revuelto y trastornado, minado hasta lo profundo por la filtración de las aguas, e inútil hasta que adquiera su definitivo carácter. Los altos cerros de uno y otro lado son producto de un alzamiento súbito y colosal, manifestando una confusa mezcla de rocas estratificadas en capas más o menos verticales, desnudas por lo común y descubiertas del lado de la imperfecta llanura, como que por esta parte han sufrido el cercén de un hundimiento espantoso. Allí se ostentan en toda su grandeza las ruinas de un ramal entero de la altiva cordillera: rocas estupendas han sido rodadas a grandes distancias, donde permanecen solitarias y aisladas sobre un suelo extraño: extensas y gruesísimas capas estratificadas han sido sublevadas por un lado a más de 1.000 metros de altura, mientras por el opuesto se hunden bajo los pies del observador: el gres, el calcáreo, el feldespato y la greda están aglomerados en confusa mezcla, sin coherencia y presentando grandes grietas donde las aguas llovedizas se pierden, sin fecundar aquel atormentado y deleznable suelo. A las tres de la tarde marcó

el termómetro centígrado 230, y siendo la altura del lugar 2.634 metros, el cactus (tuna) se ostentaba entre las rocas con una lozanía igual a la que adquiere en los arenales del nivel del mar; como si la naturaleza hubiese arrojado allí esta tribu de plantas no creadas para los Andes, en demostración de haberse trastornado por una potente convulsión todas las leyes geológicas. Tal es, en todo lo que he visto, la historia de estas sublimes cordilleras, escrita en sus moles gigantescas, con caracteres grandiosos: 105 volcanes y las sublevaciones del viejo mundo son fenómenos pequeños y comunes, en comparación de los cataclismos de que ha sido teatro la región andina, cada vez mayores conforme nos aproximamos al ecuador, en donde el viajero estudioso deja caer de las manos los libros escritos por los geólogos europeos, convencido de que estas comarcas rechazan las clasificaciones ordenadas y la miniatura de los sistemas que los sabios de ultramar han creído universalmente aplicables. 

Poco antes de avistarse Tausa se pasa el "Boquerón" que lleva su nombre, rotura violenta de la cordillera, en la dirección S.-N. A la derecha sombrea el camino un gran peñón avanzado, que antes constituía el corazón del alto cerro: a la izquierda yacen amontonados en una profundidad los fragmentos confusos de la derruida eminencia:

el estrecho y desigual camino rodea el peñón, formando un áspero desfiladero en que un puñado de hombres resueltos podrían rechazar fuerzas numerosas. Por los años de 1540 los indígenas de Tausa, Suta y Cucunubá, concertaron un alzamiento contra los españoles, más para resistirles y librarse de la cruel sujeción a los repartimientos que para atacar a los insufribles dominadores. Retiráronse con sus familias y mantenimientos al Peñón de Tausa, y en él se fortificaron haciendo acopio de piedras y peñascos para rodarlos sobre los odiados enemigos. Cien españoles salieron de Santafé en demanda de los indios rebelados, y después de una desesperada resistencia quedaron aquellos infelices rotos y desalojados, con gran mortandad de hombres, mujeres y niños. "Por muchos días, dice Acosta, no se vio otra cosa en estos lugares de desolación, sino bandadas de aves de rapiña, que se cebaban en los cadáveres de los destrozados indios." Escenas de la misma naturaleza, repetidas en todo el país de los indefensos chibchas, explican suficientemente cómo se verificó la rápida despoblación de estas fértiles comarcas, en términos que para 1576, según la "Relación del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quezada", jefe de los conquistadores, apenas quedaban unos pocos indios, ¡resto infeliz de más de dos millones de habitantes que hallaron en esta planicie los españoles, treinta y nueve años antes! El recuerdo del sangriento suceso me hizo pasar el desfiladero con cierta veneración por la memoria de los vencidos, defensores de su patria y hogares y de la santa libertad, por entonces perdida. Al pie del Peñón detuve el caballo, procurando imaginarme la situación de los asaltados y el trance del combate, que sin duda fue recio y peligroso mientras los pertinaces conquistadores trepaban aquellos peñascos y laderas verticales. El viento, encajonado en el desfiladero, mugía contra las concavidades y ángulos salientes de la rata, y en la cumbre agitaba con sordo y prolongado rumor los árboles enanos que la coronan. Parecíame oír el clamor de los combatientes, tumultuario en lo alto, ronco y amenazador en lo bajo de la casi inaccesible fortaleza. La ciencia de la destrucción triunfó del mayor número, y la yerma soledad se estableció donde antes era poblado y resonaban los cantares de las inocentes indias y la risa de sus inmolados hijos. Hoy los sucesores y deudos de tantos mártires pasan por el Peñón de Tausa, sin saber lo que significa, y humildes y abatidos piden la bendición al hijo de españoles que paga allí su tributo de respeto a la desgracia inmerecida. "¡ Nuestro Seooor le corone de gloria!", exclamó con efusión un pobre Indio de Tausa, al re

cibir de mí el pequeño don que pidió, con el roto sombrero en la mano, sobre las mismas rocas regadas con la sangre de sus abuelos. ¡ Oh ignorancia!, me dije entristecido, y me apresuré a dejar aquellos lugares...

 

Dos leguas escasas más adelante de Sutatausa se encuentra a Ubaté, que los indígenas llamaban "Ebaté", cabecera del cantón y centro de un valle bastantemente cultivado, dividido en su mayor parte en pequeñas heredades, labradas por los sucesores de los indios. La llanura es fértil, abierta y anchurosa, compuesta de capas de sedimento, depositadas por las aguas del antiguo lago. El cultivo, reducido hasta ahora a trigo, maíz, cebada, papas y algún otro fruto menor, puede llegar en este valle a un grado de perfección y variedad de que hoy no se tiene idea. Atraviésanlo en la dirección S.-O. N.-E. los riachuelos "Hato de Subia" y "Ubaté", alimentados por las vertientes de la alta cordillera del oriente, los cuales son la base de un sistema de irrigación apenas bosquejado, y que en lo futuro asegurará la felicidad permanente de la llanura, constantemente enriquecida con los despojos de los cerros vecinos. En medio de las sementeras y trojes de hermoso trigo, y a pequeñas distancias, se alzan las habitaciones de los cultivadores, feas y toscas más de lo que pudiera esperarse de gentes muy lejos de la indigencia, y tan reducidas en extensión y altura, que difícilmente se concibe cómo pueden albergarse en ellas sus rústicos habitantes. Por ventura, las casas de los primitivos chibchas eran sin comparación mejores: la conquista no produjo en esta raza desventurada otros resultados que la humillación y el embrutecimiento, matando hasta la raíz todos los gérmenes generosos del espíritu junto con la personalidad moral de los conquistados y sus descendientes. 

El camino que conduce a Ubaté es ancho, desembarazado y alegre, teniendo a la izquierda altos cerros de calcáreo, labrados a pico por el embate de las aguas del lago que llenó en otro tiempo la planicie. Lo fértil y cultivado de la comarca, la lozanía de los ganados que pastan en los lejanos potreros, y la belleza misma del paisaje, del claro cielo y la olorosa vegetación, cobijado todo por una atmósfera ligera, diáfana y templada, hacen esperar que Ubaté sea una villa alegre, limpia y bien trazada. Nunca la esperanza del viajero se ve tan completamente burlada: las tortuosas y descuidadas calles, y las casas desguarnecidas, en las que solo se ha procurado tener techo y suelo, forman un contraste sobresaliente con la espléndida y abundosa comarca asiento del pueblo. Era la tarde de un día de mercado cuando llegamos: las calles estaban obstruidas por bueyes enjalmados, con carga y sin ella, y por muchedumbre de indios y mestizos, más o menos alegrones, a causa de la chicha, los unos disputando a gritos en mitad de la calle, y los otros agrupados en las tiendas y pasándose de mano en mano sendas totumas del licor popular, mientras algún tañedor de tiple rasgaba con entusiasmo las cuerdas, y entonaba el monótono recitado en que expresaba su pena delante de la rechoncha Dulcinea, objeto de sus esfuerzos artísticos. Allí el chircate de la india y las enaguas de bayeta de la mestiza andaban amigablemente juntos, y el calzón corto y ruanilla parda del chibcha degenerado fraternizaban con el largo pantalón azul y la pintada ruana del labrador blanco, quien con el sombrero ladeado, plegada una orilla de la ruana sobre el hombro derecho para lucir el forro amarillo, y puesto al desgaire el tabaco en un extremo de la boca, se dignaba escuchar y responder dogmáticamente al indígena su interlocutor. Por en medio de aquel tumulto de bueyes, mulas y devotos de la totuma, caminábamos despacio mi compañero y yo, inquiriendo dónde podríamos alojarnos, hasta que al fin dimos con nuestros cuerpos y cabalgaduras en la única posada que se nos dijo hallarse disponible.

Por una pequeña y desvencijada puerta entramos a un pasadizo, obstruido con vigas, cueros y tablas viejas, y en seguida al patio poblado de animales y nada limpio. Mostráronnos al frente la sala, dando este pomposo nombre a una pieza larga con pavimento natural, es decir, de tierra pisada, mesa empolvada próxima a un poyo de ladrillo, dos sillas de cuero contemporáneas de la conquista, y en las paredes toda la corte celestial, representada en estampas al humo, grabadas en madera, iluminadas valerosamente con azafrán y achiote, y un San Antonio de bulto, perdidos los colores, raído el hábito, y extendiendo las mutiladas manos hacia dos sartales de frisoles interpolados con musgos que invadían la puerta del nicho del afligido santo, como para impedirle la salida; y en verdad que los bienaventurados no debían permanecer allí sino prisioneros y mal de su grado, en compañía de las escandalosas gallinas, que de cuando en cuando trepaban hasta el andamio beatificado con la manifiesta intención irrespetuosa de convertirlo en nido. La posadera en jefe era una viejecilla enjuta de carnes, de genio agrio y al parecer rezandera, muy celosa de una muchacha mofletuda y desgreñada, de quien se hacía acompañar, y la cual, según las apariencias del rostro, manos y pies, profesaba tenazmente la teoría gallega de que "la cáscara guarda al palo". No quise visitar la cocina porque estaba seguro de perder, con detrimento del apetito, el resto de las Ilusiones que aún me quedaban. Llegó por fin la hora de comer y cenar en compendio, y salimos heroicamente de aquel mal paso, disponiendo en seguida nuestras penitentes camas en la sala y en presencia de los santos susodichos, por cuanto el dormitorio no se había barrido desde la construcción de la casa, y las dos cujas allí soterradas no daban muchas garantías.

-"¡Oh Señor!", prorrumpió la voz de la patrona por debajo de su alto y amarillento sombrero

de palma: "¿cómo no se acuestan en el dormitorio y no aquí por onde una tiene que dir a su cuarto?"

-"Nada temas, rígida virtud", contestó mi compañero, "pues te hallarás libre de asechanzas".

-"¿Chanzas?" dijo ella, sin atender lo demás. "No, señor, que les pondré un junco en cada cuja, y estarán mejor allá adentro".

-" ¡ Ilusiones engañosas! " le repliqué en el mismo tono de capilla de mi predecesor en la palabra. 'Nada de cujas, ¡abajo las cujas!"

-"¿Y hora?", continuó la interesante patrona un tanto picada, "¿puss nostá bueno que no tenga una por onde pasar sin que...?"

Un ronquido nasal y vigoroso de mi compañero, y una súbita carcajada mía dieron fin al importuno diálogo; salióse la vieja gruñendo, y a pocos momentos volvió, procurando no hacer ruido y empujando por delante a la jaspeada Maritornes, causa de sus desvelos, hasta encerrarse entrambas en su aposento.

He aquí el aspecto y atractivos de nuestra posada en Ubaté. Sin embargo, sea dicho en honor del lugar, que hay otra posada mucho mejor, situada en la plaza, y a la cual no tuvo por conveniente llevarnos el señor Felipe Cordero, jefe político del cantón, cuyos buenos oficios imploramos con el éxito que queda referido. A él y a su desatención deben culpar los ubatereños, si la pintura fiel de la posada que nos deparó mortificare su amor propio; si bien es de todas maneras cierto que la cabecera del cantón no corresponde a lo que la riqueza agrícola de los alrededores promete. Salvo raras excepciones, los pueblos que median entre Zipaquirá y Chiquinquirá no brindan al viajero las comunes y ordinarias comodidades que podrían esperarse de su feliz situación sobre un suelo rico y cultivado. Nace esto, sin duda, de que entre nosotros aun los propietarios más acomodados viajan llevándolo todo consigo. En los cojinetes o bolsones de la silla de montar acomodan la parca comida que basta a la sencillez de su gusto gastronómico: el pellón con que cubren la silla, tendido sobre una estera de junco, y los zamarros por cabecera, forman la cama en que duermen perfectamente en un rancho cualquiera. Por tanto, habiendo muy poca demanda ocasional de mesa y camas, nadie se aventura a intentar el establecimiento de posadas propiamente dichas, y el viajero inexperto sufre mucha escasez en medio de la abundancia de estos vecindarios.

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