III
 

Desde Ubaté empiezan a verse al N.-E. los restos del antiguo lago de Fúquene, en que su origen, debió colmar toda la llanura comprendida entre los altos de Sutatausa, Simijaca y Saboyá, S.-N., y los ramales O. y E. de la cordillera, ocupando un espacio de más de ocho leguas de longitud y dos de latitud con 2.000 metros de profundidad por lo menos, y formando con la planicie de Bogotá el segundo sistema de grandes lagos interandinos de que antes he hablado. El aspecto de los cerros vecinos confirma esta observación, que espero ver demostrada al examinar la rotura de la cordillera hacia Saboyá y Puente Nacional, pues de la parte del llano se presentan rápidos y descarnados con escalones que manifiestan los sucesivos derrumbes que han padecido, al paso que del lado opuesto conservan íntegros sus declives desde la cumbre, y entera su formación primitiva. Además de esto, los cronistas de la conquista mencionan por incidencia la gran laguna de "Cucunubá y Ubaté", lugares hoy enjutos y labrados, lo que hace creer que entonces comenzaban en el primero de estos pueblos las aguas del lago de Fúquene, restos del antiguo mar dulce. 

Poco más adelante de Ubaté se acaba el camino llano y sigue por encima de cerros escarpados, uno de los cuales, el "Alto de Buenavista", mide 2.769 metros de elevación, y la cumbre siguiente llamada "Volador de Fúquene", 2.895 metros, alargándose y dificultándose notablemente el camino por aquellas eminencias, cuando podrían rodearse fácilmente siguiendo la orilla de la laguna de Fúquene hasta Susa. Sin embargo, la costumbre y el espíritu de rutina conservan esa dispendiosa y bárbara vía de comunicación abierta por los indios y frecuentada por los españoles cuando la llanura estaba anegada. Entonces la necesidad los disculpaba: ahora, variadas las cosas, es de admirarse cómo no se ha pensado en mejorar y acelerar la comunicación entre los productivos valles de Ubaté, Susa y Simijaca. 

De lo alto del "Volador de Fúquene" alcanza la vista sobre una grande extensión del país, hasta los linderos de la planicie de Chiquinquirá. Largo rato estuve contemplando aquella escena magnífica, aquel océano de cerros perfectamente verdes, aquellas comarcas antes henchidas de chibchas laboriosos, después cubiertas de escombros y anegadas en sangre por los conquistadores, ahora naciendo de nuevo a la civilización en medio de nuestros afanes políticos y de las barreras que los Andes oponen al comercio de estas regiones con el extranjero. Fatigados los ojos de recorrer tantos objetos colosales desparramados en el ancho espacio inferior, volvílos al suelo que pisaba y le vi cubierto en todas sus alturas por innumerables cruces formadas de ramas de arbolillos y sembradas de tres en tres. Un poco más abajo, del lado en que el escarpado cerro hace frente a Chiquinquirá, las cruces se multiplican con una profusión que dará mucho que pensar al diablo. Ya no guardan orden ni simetría, sino se apiñan y juntan como matorrales, y la invasión es tal, que las modernas derriban a las antiguas y se alzan sobre un espeso montón de sus predecesoras, cual si fueran la imagen de las generaciones del hombre, de sus luchas y de su efímera ambición. De vez en cuando, y en algún lugar apartado, aparecían tres crucecitas curiosamente labradas y regado el pie con musgo y flores silvestres. Adivinábase la mano de la mujer en aquella obra, limpia y cuidadosa en la ofrenda, previsora en retirarse del torbellino de las otras cruces, sentimental y exquisita en los adornos. ¿El amor también no concurriría en auxilio de la devoción para formar estos altares misteriosos? No lo dudé al encontrar en el camino cabalgatas de bellas damas de las ciudades distantes, que regresaban de su promesa, acompañadas por mancebos muy diligentes en cuidarlas. Si la ley de Dios es amor, el amor es también devoción, pensé involuntariamente; y volviéndome a un baquiano que iba con nosotros:

-"¿Son estas cruces -le pregunté-, tributo de gracias de los pasajeros tímidos, por haber subido estas cuestas sin romperse la crisma?

-"No, señor, todo peregrino que por primera vez pasa esta cumbre, de viaje a Chiquinquirá, a cumplir promesa, pone su cruz de madera, o la graba en las peñas o en la corteza de los árboles, conforme vaya de prisa o despacio.

-"Según eso, y por la cantidad de muestras devotas que cubren este camino, la peregrinación a Chiquinquirá debe ser muy numerosa.

-"¡Oh, señor, silo es! El cura de Chiquinquirá coge más de 20.000 pesos al año en misas, salves y ofrendas, por enseñar la Virgen milagrosa.

-"¿Y él dice o canta todas esas misas?

"-¡Quién sabe, señor! -contestó el buen baquiano-. La verdad es que el año pasado me curé de una disentería visitando a la Virgen y ahora le llevo una misa para sanarme del pecho, que me trae con cuidado".

Miré a m8i hombre para descubrir en su cara si era la malicia o la candidez de su última respuesta lo que en él predominaba. Alto y seco de carnes, se mantenía derecho sobre su pensativo caballo, los pies metidos en labrados estribos de cobre, los zamarros flojos y colgantes, la roja y amarilla ruana un tanto arriscada para comodidad de una larga escopeta terciada al hombro, el rostro serio, moreno y ampliamente barbado, terminando la figura un pañuelo rabo de gallo atado a la cabeza, coronado por el indispensable sombrero de paja con hule amarillo. La imperturbable gravedad de su aspecto me convenció de que hablaba de buena fe, y no insistí en mi interrogatorio; pero involuntariamente recordé una nota que trae Acosta en su "Historia compendiada de la conquista y colonización", hablando de las peregrinaciones de los chibchas a los santuarios de ciertas lagunas sagradas:

"El reverendo padre Moya, cura de Chipaque, erigió una capilla en su pueblo a principios de este siglo y colocó la imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá, tratando de persuadir a los indios que para encomendarse a la Reina de los Cielos no necesitaban hacer un viaje tan largo y dispendioso como el de Chiquinquirá, que dista veinte leguas de Chipaque. Ellos respondían: "Es cierto,

mi amo cura; mas siempre iremos de cuando en cuando a Chiquinquirá, porque estamos acostumbrados desde tiempo de nuestros padres a ir bien lejos a nuestras devociones

El terreno, como se ve, estaba bien dispuesto para recibir la semilla de estas peregrinaciones semiidolátricas. La sangre española, esencialmente devota de imágenes privilegiadas, mezclada con la sangre chibcha, también inclinada al culto de santuarios especiales, ha producido una raza de hombres que aunque no creen que el cura de Chiquinquirá dice todas las misas que le encomiendan, persisten en creer que si no van allá a visitar a la, Virgen, nada obtendrán de ella. Van, pues, con el ánimo puesto en el divertido viaje, y bien distante de las cosas del cielo, y de la genuina devoción del cristiano: la Virgen se contenta con verlos en su templo, y en saliendo de él no ve lo que hacen. ¡ Oh cristianismo! ¿Dónde estás?

Pasado el Volador de Fúquene y andados tres cuartos de legua granadina, se llega al pueblo de Susa, vecindario casi todo de indígenas y antigua encomienda concedida por Quesada al capitán Antonio de Santana, con otros pueblos vecinos. La situación de Susa es bella, en terreno llano y limpio, haciendo frente a la laguna, y próximo a la hermosa hacienda de Simijaca, cuyas rectas alamedas de frondosos sauces empiezan a la salida del pueblo y forman parte del camino que lleva a Chiquinquirá, el cual constituye también la ancha y desembarazada calle de Susa, pobladas sus orillas de casas de paja modestas pero blancas por de fuera y conservadas en el interior con la minuciosa nitidez que el genio indígena sabe dar a sus cosas propias. Después de haber andado a sol abierto por la rasa llanura anterior, se siente un verdadero placer al entrar en la alameda de Simijaca, fresca y sombreada por altísimos sauces que oscilan con agradable susurro a impulsos de la brisa, recibiéndose de cuando en cuando un torrente de perfumes emanados de las rosas silvestres y de los borracheros que llenan los intervalos de sauce a sauce. Tiene aquel trecho de camino un aire de fiesta que regocija involuntariamente, y la sensación de salud y bienestar que se experimenta se extiende hasta las cabalgaduras, que avivan el paso de por sí y hacen resonar la alameda con alegres y ruidosos resoplidos; sensación de que solo en las regiones andinas se disfruta, porque uno de sus principales elementos consiste en aspirar el ambiente leve, purísimo y embalsamado que lo vivifica todo sin oprimir el pecho con la densidad del aire de las tierras calientes. Razón tienen los nativos de estas comarcas para amarlas con delirio y no hallarse bien fuera de ellas, obedeciendo a un sentimiento de gratitud y apego hacia las infinitas bellezas que la naturaleza siembra con profusa mano en las alturas de la tierra, profesado Instintivamente por todos sus moradores en ambos hemisferios.

El deseo de visitar el famoso "Salto de Olalla" y la bella laguna de Fúquene, y acaso también la amenidad del lugar y la amistosa bondad del señor Enrique París, propietario de Simijaca, nos llevaron en derechura a la casa de la hacienda, fabricada en el mismo lugar en que en 1565 edificó sus aposentos al encomendero Gonzalo de León. 

Hechos los preparativos necesarios salimos en demanda de la laguna. Antecédele una considerable extensión de terreno anegadizo, apenas desocupado por las antiguas aguas permanentes. Embarcámonos en una canoa y por las zanjas abiertas para el desagüe nos dirigimos a dos pequeños cerros, antes islas, en uno de los cuales, según leí en las noticias y escrituras de la encomienda de Simijaca, se refugiaron los indios huyendo del pueblo, hasta que en 1791 los redujo a salir de allí el dueño de la hacienda. Explorada la islita hallé de trecho en trecho señales de sepulturas en que los tristes emigrados se hacían enterrar, siempre a la banda del cerro que mira al pueblo, como si aun después de muertos buscasen el consuelo de los hogares queridos de otro tiempo. No sin repugnancia de un pobre labriego a quien llamé en mi auxilio, hice abrir una de las sepulturas que las aguas llovedizas habían dejado más patentes, y en ella se encontraron catorce morrallas o esmeraldas imperfectas, varias cuentas de piedra muy gastadas, los restos de un esqueleto que, a juzgar por la longitud de la fosa, debió medir dos varas granadinas, y finalmente una olla de barro cocido figurando un pequeño barril abierto por un costado, y en la abertura un reborde afianzado por dos asas labradas, que vistas de frente formaban las orejas de un rostro humano toscamente esculpido en ambas paredes externas del reborde. La olla contenía dentro fragmentos de arcilla endurecida, y a falta de base estaba acuñada por dos pedazos largos de ocre, en que aún se notaban los restos de dibujos con que estuvieron adornados. Nunca se han encontrado joyas de oro, sino rara vez alguna argolla de tumbaga, y piedrecitas de pizarra cónicas, horadadas en el centro, iguales a las que todavía ponen las indias en el extremo de los husos en que tuercen el hilo de algodón. El tiempo había pulverizado gran parte de los huesos, incluso el cráneo, que era lo que yo buscaba para establecer algunas conjeturas frenológicas. Burlada en esto mi esperanza, hice cubrir de nuevo la fosa y volviendo a tomar la canoa nos dirigimos a la laguna por el río Símijaca, que es su desagüe, profundo y sin corriente sensible. Mide la laguna una legua y un quinto en su mayor longitud y una legua en su mayor latitud, sin contar las ensenadas, y catorce metros de profundidad en el centro. Es de hermosa y alegre apariencia, y encierra cuatro islas, dos de ellas cultivadas por unos pocos habitadores que, con los de los lindos valles del litoral, forman una población extraña a cuanto agita la república, y feliz en su pintoresco retiro. El trigo, el maíz, las papas, unas pocas reses y ovejas y el abundante pescado de la laguna, suministran a aquellos pobladores segura subsistencia y sobrantes de fácil cambio en los mercados vecinos, a los cuales salen en balsas compuestas de haces de junco formando un conjunto estrambótico, semejante a una gran tortuga. Trescientos años de conquista y cuarenta de libertad política e industrial han pasado por allí sin dejar huella, salvo algunas innovaciones en la vida doméstica que han alterado muy poco la manera de existir de los primitivos señores del suelo. El político podrá lamentar esta situación de las cosas; mas el filósofo la aplaude y casi la envidia en el fondo de su corazón. 

En la falda del alto cerro que limita al norte la llanura de Fúquene, está situado el pueblo de Simijaca, donde mismo lo hallaron los conquistadores. Consta de un caserío regular, en parte de teja, y una iglesia bastante aseada. La población indígena va desapareciendo absorbida por la raza blanca, de la cual hay algunas familias de cierta importancia, base de la futura "sociedad de buen tono" de aquel retirado pueblo, cuya prosperidad depende en gran parte de las mejoras que en la agricultura intenta introducir en su hacienda el señor París, de donde indudablemente se extenderán a los alrededores. Había fiesta solemne en Simijaca, y, por consiguiente, mercado y concurrencia extraordinaria. Cuando llegué a la plaza la procesión acababa de recorrerla y regresaba a la iglesia en medio del humo de los cohetes y bajo un repique general de tres campanas infatigables. En cada esquina de la plaza se habla erigido un altar de reposo, adornándolos con cuadros, espejos y flores, ciertamente con más decoro que algunos altares que he visto en las afueras de Bogotá durante las octavas de Corpus. Hacia el centro de la plaza, haciendo frente a los cuatro lados, lucían cuatro tendales adornados de arrayán y flores silvestres, y llenos de frutas, animales y producciones de la industria de los indígenas concurrentes. Pendían del travesaño superior racimos de plátanos, mazorcas de maíz, espigas de trigo, redondos quesos, sendas calabazas y variedad de raíces y hortalizas. De los horcones colgaban entre el follaje tórtolas, palomas y tal cual pollo afligido de verse en exhibición pública. Al pie yacían aprisionados algunos corderos pacientes, cerdos escandalosos y hasta un desventurado armadillo, cuyo afán constante era esconder la cabeza en un agujero que había logrado practicar en la tierra, no obstante los regaños y tirones de cuerda de la indiecilla que vigilaba su conducta. Había no se qué de ingenuo y plausible en aquel alarde de los frutos del trabajo, en la carrera que recorrió el santo patrono, como para pedirle que bendijera y prosperara los productos del sudor de los honrados indios cultivadores. Y de seguro que si Dios protege a los limpios de corazón, las fisonomías formalotas, los trajes modestos y las encallecidas manos de los labriegos concurrentes, daban testimonio de merecer la protección solicitada. Terminada la procesión fueron desbaratados los altares y tendales, y a la tarde se jugaron seis toros benévolos, más inclinados al sistema de la paz universal que al de los combates a que los excitaban con mucho ruido y poco fruto. Llegó la noche: los toros volvieron a sus potreros tranquilamente, las notabilidades del lugar se congregaron en un baile que fue de etiqueta durante las dos primeras horas, y al mismo tiempo la gente llana, y feliz en su llaneza, improvisó tantos bailes borrascosos cuantos tiples resonaban en las diversas chicherías, los cuales bailes fueron de rigurosa etiqueta desde el punto en que comenzaron hasta la hora en que todos, inclusa la orquesta, quedaron achíchados y dormidos donde y como les fue faltando el equilibrio. 

Pregunté por el "Salto de Olalla", y nadie, ni aun el cura del lugar, acertó a determinarlo, pero sí me refirieron dos cuentos a cual más estrambóticos acerca de la significación de aquel nombre. Mediante el examen atento de las escrituras antiguas de los Aposentos de Simijaca, salí de dudas, hallando que la escena había pasado en la cresta de un alto y peinado cerro que demora pocas cuadras al sur de las casas de la hacienda. Cuando el alzamiento de los indios, que produjo en 1540 la carnicería del peñón de Tausa antes mencionada, los indios de Simijaca se hablan hecho fuertes en lo alto del indicado cerro, el cual termina por un extremo en dos picos inaccesibles, y por el otro, hacia el S.-S.-O. en una rotura perpendicular labrada por la corriente de un riachuelo. Allí fueron atacados por los españoles, renovándose la matanza de Tausa; y en lo recio del combate los indios estrecharon tanto a Alonso de Olalla, que hubo de cejar defendiéndose, sin advertir que detrás le quedaba el terrible precipicio, hasta que, faltándole el suelo, cayó despeñado hacia el río. El animoso castellano se dejó ir al abismo sin soltar la espada ni la rodela, y hubiera perecido si la ramazón de los árboles que entonces crecían abajo no le hubiese atajado en la caída, de la cual salió con una pierna rota y herido en el rostro con su propia espada, dejando su nombre al peligroso e involuntario salto. Hoy los árboles han desaparecido quedando en completa desnudez el precipicio; y el riachuelo, testigo de la tragedia, corre apresurado a dar movimiento a dos molinos de trigo inmediatos. Nadie recuerda allí el suceso; ni los sucesores de los victoriosos, ni los descendientes de los desventurados simijacas, muertos a millares e insepultos en aquel sitio. 

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