DISCURSO X.

De los santuarios y sepulcros de los Indios, y piezas de antigüedad que en ellos se hallan en la provincia de Santa Marta

§ I. 

Santuarios llámanse con mucha impropiedad en la América los sitios donde está algún tesoro escondido. Y así varias personas tienen la fama de ricas, porque se dice que hallaron algún santuario. Unos buscan santuarios, y no los hallan, y otros sin buscarlos los encuentran. No será ajeno de mi historia tocar en esta materia dos puntos para luz y desengaño singularmente de los que pasan a las Américas. Hay mucho engaño y ficción en este punto, y algo, no sé si diga de superstición, ó perjuicio ocasionado de varias tradiciones, y fingidos acaecimientos. Hay mucho engaño, porque donde se percibe algún ruido extraordinario, o se divisa alguna luz ó resplandor de noche (que puede ser alguna exhalación, ó efecto de otra causa natural), luego se levanta corre, y se cree la voz de que en tal sitio hay santuario, y despues de mucho trabajo en cavar y registrar sitios, nada se halla. Hay también algo de superstición o vana creencia, porque están muchos en la persuasión que el diablo anda también escondido en los santuarios. Cuentan y tengo especie de haberlo también oído referir á un devoto de estos santuarios, que cuando despues de haber cavado bien la tierra, comienzan a descubrir el tesoro, se levanta entonces como una culebra de fuego, que llenando de pavor y miedo á los circunstantes, los ahuyentan y les quita los alientos y gana de volver otra vez, y piensan que esto sucede por arte del diablo, que no quiere que le roben, o que se lleven el tesoro. Por fin creen, que o el diablo, u otra causa que no es natural, interviene en eso. Siempre he tenido por fábula esta y otras semejantes tradiciones comunes y bien recibidas entre el vulgo aun en la Europa; y, lo que es mas, en la culta Italia. Sin embargo, por algunos sucesos que han pasado por mis manos, y me han dado mucho que pensar, sospecho que a las veces suceden realmente cosas extraordinarias en el acto de buscar el santuario; y no sé si como está escondido el tesoro también hay escondido, como solemos decir, algún misterio ó secreto de la Divina Providencia. Sea porque aquel Señor de quien se dice Ponens in thesauris abysos, no quiere por ese medio enriquecer a los que buscan; sea por operación diabólica, ó sea finalmente porque los interesados no profundizan en la tierra cuanto se requiere para hallar el tesoro; lo cierto es que se hallan en la excavación señales y mas señales de tesoro escondido, y este no parece. Fuéme secretamente descubierto un santuario imaginado. y creído en cierto sitio de una casa donde el extraordinario ruido, segun me referían, no dejaba dormir de noche a los que en el cuarto inmediato habitaban. No quise yo meterme en esos enredos; mas por fin, a puras é inoportunas instancias de la persona molestada de los golpes nocturnos , que le quitaban el sueño, comuniqué la especie a un secular de mucho espíritu y valor. Luego entró en el empeño, y con otros dos sus amigos, comenzaron á cavar en el indicado sitio hallaron primero enladrillado, á poco mas que cavaron se encontraron con carbón, luego cavando mas vieron una bella piedra sepulcral: allí está el tesoro sin duda, dijeron ellos. Alzaron la piedra, encontraron otra vez carbón, ó cosa semejante. Aburridos por fin de encontrar señales y no hallar tesoro, abandonaron la empresa. Así sucede las mas veces a otros: hallan rastros y señales de tesoro, cavan y profundizan en las entrañas de la tierra, y se hallan por fin con las manos vacías. No obstante, muchos que no piensan en santuarios los hallan. Yo he conocido y he tenido amigos ricos por haberlos encontrado. Uno de ellos, en Santa Marta, me confesó haber hallado en su huerta uno de catorce mil escudos, y quedó no menos rico que pío y devoto con tal santuario.
 

§ II. 

Los santuarios mas seguros en la provincia de Santa Marta (y aun en Otras) son los antiguos sepulcros de los Indios, y de ellos se han sacado muchas riquezas y preciosas alhajas. A estos sepulcros llaman en la America guacas. Era ceremonia de los Indios en el Nuevo Reino poner en los sepulcros, ó sobre las sepulturas, á mas de los mantenimientos de comer y beber, mucha cantidad de oro, esmeraldas y otras piedras preciosas, con varias alhajas de oro, de tumbaga y de bronce, labradas con exquisito primor. Y si era rey ó cacique, enterraban también con él los criados y mujeres que lo habían servido. El ilustrísimo señor Piedraita, probando la venida de algún apóstol del Señor á aquel reino., é inclinándose , con grandes fundamentos, á que fue san Bartolomé el apóstol del Nuevo Reino, llega á afirmar que los Indios, singularmente los Moscas de Bogotá, creían en la inmortalidad del alma; pero mezclaban el error de que los que morían pasaban á otras tierras muy retiradas, donde habían menester toda la prevención, así para el camino, como para su servicio; y guiados de esa escasa luz, confusa con las tinieblas de la gentilidad, enterraban con el difunto los caudales y alhajas que juzgaban necesarias para su mantenimiento, decoro y servicio. Añade otra noticia bien singular, que no quiero omitir, y es, que tenían los Indios Moscas la costumbre de poner sobre la sepultura de los que morían de picadura de culebra la señal de la santa cruz. Vestigio clarísimo de la cristiana religión predicada por algún apóstol de cuya boca quizás oyeron los prodigios de la serpiente de metal en el desierto (figura de la santa cruz), a la cual mirando los picados de las serpientes de fuego, al instante sanaban. Si tal costumbre tenían los Indios de la provincia de Santa Marta, no es fácil averiguarlo: mas es cierto que tenían la otra de poner en los sepulcros cantidad de oro, y curiosas alhajas, vasijas para beber, y aún sonajas o panderos para divertirse el difunto al llegar á los Campos Elisios. Estas alhajas y tesoros regularmente las metían dentro una tinaja, ó vaso semejante, que enterraban también junto al cadáver. Y así, hallándose tinaja, señal de tesoro. De estos sepulcros había muchos, y habrá todavía en la provincia. Yo vi un gran trecho de tierra sembrado de esos sepulcros, pero evacuados ya de sus tesoros. Lo que desde los principios de la conquista sacaron de ellos los españoles, y sucesivamente despues han ido sacando otros es indecible. Tuve en Santa Marta el gusto de ver y tener en las manos algunas de las piezas ó alhajas de estos sepulcros, y me las mostró cierto caballero que las había encontrado. Eran dos leoncitos de oro, y dos columnitas de mármol blanco, pero con algunas manchas de jaspe. No extrañé tanto la materia cuanto la forma de los leones y columnas: todo tan bien formado, todo labrado con tanto primor y finura, que no podía salir á mi parecer ni leones ni columnas con mayor perfección de las manos de un artífice europeo. Los leoncitos serían como de una libra cada uno, chiquitos, pero de cuerpo entero: las columnas eran chiquitas, a manera de las que suelen verse en los sagrarios, con su base y chapitel, pulidas y hermosas a maravilla. Basta decir que eran unas y otras piezas dignas de un museo, por su antigüedad, por su belleza y primor.

§ III. 

Mas aquí entra una dificultad tan fácil de ofrecerse a cualquiera hombre discreto y crítico, como difícil de soltarse para los que no tienen mas luces que las de los instrumentos que usan los artífices en Europa. Y porque el declarar este punto, y dar en él nuevas luces al público, me ha impelido á formar este discurso, quiero detenerme un poco yendo en busca de la verdad. Es indubitable que los sepulcros donde se hallaban las sobredichas alhajas, y otras muy diversas y mas preciosas, eran sepulcros antiguos, y de los Indios muertos en la gentilidad. Uno y otro prueban las tinajas antiguas de barro en que con los tesoros se encontraban también las provisiones y tazas para beber llamadas totumas. y semejantes alhajas, que solamente en las sombras de la gentilidad podían aprenderse necesarias para pasar al otro mundo con toda prevención el difunto sepultado. Es también innegable que en tales sepulcros se hallaron y alguna vez se encuentran todavía no solo pedazos de oro en bruto , sino también labrado en varias figuras de águilas, culebras y otros animales, que se labraban en la fragua del valle de Tairona; como también joyas y bellas piezas de filigrana. La dificultad entra ahora en averiguar y entender cómo y con qué instrumentos labraban tales figuras los Indios, no constando que tuvieran ellos los que para labores tales usan los plateros y joyeros en nuestras partes. Oí a una persona preciada de crítica, que soltaba para sí fácilmente la dificultad, negando absolutamente tales alhajas y joyas labradas por los Indios en su gentilidad y barbarie. Pero este modo de soltar dificultades es tan expuesto á la temeridad, como propio de los que niegan todo lo que no entienden, y blasfeman de todo lo que ignoran. En las procesiones que hacían los Indios Moscas en Santa Fe de Bogotá, á vista aun de los primeros españoles, y en presencia de su invicto conquistador Gonzalo de Quesada (1) que lo refiere, era tanta la riqueza que llevaban los Indios en distintas joyas y figuras de oro, como máscaras, mitras, patenas, medias lunas, brazaletes, leones y otros animales, que dice el mismo señor Quesada, testigo ocular, no poderse avaluar aun por poco mas ó menos, sin aventurar el crédito. Y es esto. tan cierto, que aun despues de formada la real audiencia de Santa Fe, de común acuerdo condescendió está á la súplica que le presentó el cacique de Ibagué para hacer la procesión acostumbrada con sus Indios; representó este cacique, que pues á los españoles se les permitían fiestas de toros y cañas, máscaras y carnestolendas, no seria razón que á ellos se les prohibiese algún desahogo en sus procesiones, con tal que en los cantos y bailes no hubiese cosa que oliese a la pasada idolatría. Acordó la gracia la real audiencia, con la providencia muy acertada de que a la función se hallase presente uno de los señores oidores. Hicieron los Indios su procesión, concurrió a verla mucha gente de Santa Fe de todas clases, y vinieron asombrados todos de las grandezas y curiosidades que vieron, especialmente de la gran suma de oro repartida en joyas y mitras, y otras alhajas y adornos. Y de este hecho auténtico se deduce claramente ser un arrojo de temeridad el negar tales piezas y figuras, labradas por los antiguos Indios. ¿Pues cómo las labraban? Unos dicen que con instrumentos de piedra, otros de macana, que es un leño fortísimo. ¿Pero con qué cuchillo o martillo, con qué cincel, ó gubia, ó sierra, labraron los primeros instrumentos de leño y piedra? No sé como responden á esta pregunta los autores de la dicha, opinión, que son muchos. Otros dicen que todas las dichas piezas o alhajas eran fundidas no mas. Pero el primor, finura y pulidez de ellas, y singularmente las de filigrana, evidencian lo contrario. En fin, hay quien diga, que con instrumentos de oro ó de plata, en defecto de hierro y acero, hacían semejantes labores, y enseñados por los primeros pobladores del modo é instrumentos de labrar metales en otras regiones, suplían con oro y plata lo que les faltaba de hierro. Cuando esta conjetura no tuviera otras dificultades, y pudiese tener su verosimilitud en otros países de la América, no la tuviera en el Nuevo Reino de Granada, donde no faltan minas de hierro. Mas todas estas conjeturas y opiniones hasta ahora insinuadas, caen de su peso y firmeza con la sola reflexión de no leerse en las historias de la América, ni haber en toda ella tradición, ni monumento de haberse jamás hallado un instrumento, ó de piedra, ó de hierro, ó de bronce, ó de plata, ó de oro, para tales fábricas y labores. Digo para tales labores, porque me consta que en la provincia de Antioquia se encuentran por los campos frecuentemente todavía regatones de Indios, que llaman á ciertos instrumentos que servían de azada para labrar la tierra, pero rematan en punta ancha de cuatro dedos, y formada de una cierta piedra preciosa llamada gallinazo, trasparente, y de un color negro finísimo; piedra que abundaba en varias provincias del Nuevo Reino. Y estos instrumentos y otros de cobre se hallaron en Quito también en algunos sepulcros antiguos de los Indios, como refiere el señor don Jorge Juan. Mas estos no podían servir para labores tan finos como los mencionados. Cada uno crea lo que le parezca, que no me detengo fuera de mi propósito a impugnar opiniones. Basta lo insinuado para excitar a los amantes de la verdad la solicitud en buscarla. Yo voy á decir dos cosas, la una hablando de los Indios, y países americanos en general; otra en particular de la provincia de Santa Marta, donde va a terminar mi discurso. Natura docet. La naturaleza misma es la maestra de las artes. Los Indios, especialmente de ciertas naciones, son muy ingeniosos, y así creo que con modo e instrumentos naturales, que no sabemos nosotros, se in­geniaban en hacer de plata y de oro, y de bronce, y de filigrana las figuras diversas que hemos insinuado, como al presente hacen muchas cosas increíbles para quien no lo ve. Pero hablando de la provincia de Santa Marta, digo que la tradición general, y voz común en la provincia, es: que en la Sierra Nevada y las contiguas sierras, que son las arriba vistas del Tairona, tenían y conocían los Indios, singularmente los Taironas, una yerba de tal virtud, que ablandaba y amoldaba los metales como ellos querían; y con ella, segun la fantasía y habilidad del Indio, el que era bruto pedazo de oro, o de plata, venia a reducirse a la figura de un león, de un sapo, y de lo que se antojaba al Indio. Esto se dice, esto se cree, esto he oído constantemente y de hombres cuerdos en la provincia: ni puedo producir otro monumento para comprobar la existencia de yerba tan particular. Puedo sí quitarle la nota o apariencia de increíble, con otra noticia que me dio un amigo en Roma, conflrmándome en que podía ser mucha verdad que se hallara aquella yerba emoliente en la Sierra Nevada; porque tenia él amistad en Milán con cierto religioso, el cual a su presencia ablandaba el hierro en tal conformidad , que lo cortaba y lo doblaba a gusto suyo, como si fuera una lamina de plomo, sin los instrumentos ni violentas industrias de los herreros. Este caballero que me lo dijo era comerciante de sedas en Turín, y nada lerdo, muy instruido, y aun graduado de doctor en el Derecho civil en Bolonia. Este vio hacer la experiencia en el blando hierro; mas no le quiso jamás el religioso comunicar el secreto, ni decirle si se valía de alguna simple yerba, o de algún mixto de varios ingredientes. Lo cierto es, añadióme el caballero Novares, que el tal religioso de cuando en cuando se va a recorrer las montañas llamadas de Griggioni, situadas entre Novarra y los Suizos, y me dijo una vez que había preciosidades en dichas montañas, y quizás en ellas ha encontrado alguna yerba semejante a la que se dice usaban los Indios para ablandar los metales. Con esto confirmó el dicho caballero lo que se cree en la provincia de Santa Marta en orden a las varias figuras de oro, plata y otros metales que se hallan en los sepulcros antiguos de los Indios. Unusquisque in suo sensu abundet. A mí me basta haber dicho lo que he visto y oído en este asunto; y voy a cosa mas importante.

 

(1)
Piedraita, Lib. 1, c. 4.

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