DISCURSO XX.

Del tabaco, sal, vainilla, leños preciosos, resinas y bálsamo de la provincia de Santa Marta

§ I.

No quiero con molestia de mi lector detenerme en estos ramos de comercio, porque ya se sabe que los unos son propios y comunes de tierras cálidas en la América, otros de tierras templadas, y otros finalmente de los terrenos situados, ó en la costa del mar, ó sobre las márgenes de los rios, ó junto las dilatadas cienegas, que se forman de las aguas del mar, de los rios, ó de propios manantiales. La provincia de Santa Marta tiene de todo lo dicho y así goza la felicidad de poder dar á todos estos géneros. Puede dar el tabaco en toda la orilla del rio grande Magdalena, que por unas setenta leguas baña la provincia de Santa Marta. Y como hay algunos tabacales presentemente fundados en aquellas márgenes del rio, pudiera. haber á millares; si, ó la provincia fuera mas poblada, ó la gente no fuera tan desidiosa y aplicada á otros ramos de menos sudor de rostro, ó no estuviera tan apoderada del pánico terror de los indios Chimilas, cuyas emboscadas, presentadas no mas á la fantasía de los vecinos, les quitan los alientos para cultivar aquellas tierras. En la otra banda del rio, que pertenece á la provincia de Cartagena, á la de los Remedios, á la de Mariquita, y á la de Neiba , hay tabacales innumerables, y solo un triste miserable pueblo llamado Ambalema basta á dar abasto de tabaco á muchos pueblos. ¿Con cuánta mayor abundancia pudiera la provincia de Santa Marta abastecer á otras muchas en solas las orillas del Magdalena? Mas no solo en estas tierras puede dar este fruto, sino en otras muchas que son del mismo temperamento. De suerte, que como no tiene en este ramo que envidiar á otras provincias la de Santa Marta, así tambien á ninguna cede la ventaja de poder abastecer pueblos enteros, y cargar naves de tan estimado género.

§ II.

Vamos á la sal: no hay mas que leer enciclopedias francesas, y gazeteros americanos, que vinieron de Inglaterra para entender la abundancia de sal que hay en la provincia de Santa Marta. Tengo por ocioso trasladar y repetir las palabras de unos y otros: pues yo no vengo tanto á decir de la provincia lo que otros han dicho, cuanto lo que yo he visto. El que no quisiere creerme, vaya por las letras correspondientes registrando esos diccionarios, y verá si lo que yo afirmo en esta punto confronta con lo que en ellos se escribe. Abunda la sal en la ciudad de Santa Marta, y en la del rio de la Hacha. San Hilario, que no habia visto las famosas salinas de Cardona en el principado de Cataluña, ni las celebradas de Cipaquirá en el Nuevo Reino, unas y otras de tierra dentro, y situadas sobre elevadas colinas, dijo lo que juzgaba: sal, ut arbitror, terræ nullum est. Que no habia sal de tierra: lo mismo puedo decir yo, hablando de la provincia de Santa Marta. Salina, ó mineral de sal en la tierra, no la hay, por mas que la supongan unos, y afirmen otros enciclopedistas. Como este no es género para lucro del comercio de Europa, abundante de sales, poco les importa á los extranjeros dejar correr la pluma en semejantes rasgos. Mas yo digo que en el giro de toda la provincia, ni he visto ni oido salinas de tierra. Con todo eso se recoge mucha sal en el rio de la Hacha, y en Santa Marta, porque de la agua del mar, con el debido cuidado y beneficio, la sacan los vecinos de estas ciudades. Y me parece aun que el comercio mas fuerte de la sal está en el pueblo llamado la Sienega, á seis leguas de la ciudad de Santa Marta, y no en esta misma ciudad. Como el dicho pueblo es una península fundada entre una laguna y el mar mismo, tiene la comodidad y ventaja de sacar la sal de un lado y otro, del mar, y de la laguna, cuya agua es salada por extremo. Y en este género principalmente tiene su comercio este pueblo compuesto de negros, zambos y mestizos. Los de la villa de Mompox, y otros que habitan en una y otra orilla del Magdalena, por un brazo que echa este rio (entre otros) á esas lagunas, entran en ellas, que son tres y las atraviesan navegando hasta el pueblo dicho de la Sienega. Allí venden unos géneros á aquella pobre gente, y dejan otros para los vecinos de Santa Marta, y se vuelven con las canoas cargadas de sal para la provision de sus tierras. Y esta es la sal, que puede acreditar singularmente de muy abundante de sal la provincia de Santa Marta, como la describen los mismos enciclopedistas extranjeros. Por fin, no es poca ventaja de la provincia tener la sal tan á mano para si, y en tanta abundancia, que pueda subministrarla á otras tierras.

§ III.

Vamos ahora tras de la suavísima fragancia de la vainilla. Este género tan estimado en Europa, y singularmente en Italia, donde se vende casi al peso del oro, poco ó nada se ve ni se busca en la provincia de Santa Marta; mas yo juzgo que hay montes enteros de ella. Hay dos especies de vainilla; á la una llaman de bejuquillo, á la otra, vainilla de platanillo. La mas preciosa y estimada por la suavidad de su olor y gusto es la de bejuquillo. Y en efecto, merece ser estimada, porque en todo es finísima, aun en el tacto y color. La otra, llamada de platanillo, es de inferior calidad; pero es tambien aromática, de buen gusto y fragancia, y se aplica á los usos mismos de la otra. El que no fuere muy práctico, y de sentidos muy vivos, no conocerá diferencia entre la una y la otra: sino que la de bejuquillo es chiquita, la otra mas grande. El término de vainilla es diminutivo de vaina, nombre general, que conviene realmente á muchos frutos, que los árboles, como los algarrobos, y va­rias plantas, como las de habas y bisaltos, producen en vainas. Pero este término general se ha aplicado con diminutivo á este fruto, porque á los primeros Españoles, al ver aquellas vainas chiquitas no se les ofreció otra expresion mas viva y distintiva de otros frutos, sino la de vainilla, ó vainica, como todavía la llaman otros. La de bejuquillo llámase así, porque realmente es fruto de un bejuco cuyas ramas son mas delgadas, y cuyo tronco es menos grueso que el tronco y ramas de otros bejucos. En la América llámase bejuco una cierta planta que se dobla y enrosca tambien á manera de hiedra por los árboles inmediatos; pero es mas duro y grueso regularmente el bejuco que la hiedra, que tambien se cria en aquellos paises. La otra vainilla mas larga y gruesa es de una especie de arbolito ó junco llamado platanillo: una y otra planta se cria en tierras húmedas, como son las orillas de los rios grandes y lagunas. Y así en los contornos de la laguna, y ciudad de Maracaibo fundada sobre ella, hay gran abundancia de vainilla. Y de aquí arguyo que la misma debe de haber en la provincia de Santa Marta, contigua á la de Maracaibo, y del mismo temperamento, en todas las márgenes del Magdalena, y en toda la costa que confina con la de Maracaibo. Yo de propia vista no puedo asegurar otra cosa, sino que navegando por las lagunas que hay desde el Magdalena hasta el pueblo de la Sienega, ví, puedo decir, montes de bejucos, que se extienden desde la orilla de las dichas lagunas hasta la playa del mar; y como el clima y terreno es tal cual el de Maracaibo, propio y á propósito para la vainilla, juzgo que deben aquellos bejucos producir mucha: mas como nadie se toma el gusto de entrar en aquellos montes, y registrar con curiosidad los bejucales, allí creo que se queda la vainilla para pasto de las hormigas y pájaros. Tambien es creible haya mucha en los montes situados sobre las orillas de muchos rios, que corren entre la ciudad de Santa Marta, y la de el rio de la Hacha, y en las tierras de los Guagiros confinantes con la ciudad y laguna de Maracaibo. La uniformidad del clima, del terreno, y de la situacion de los montes, de los árboles y bejucos de la provincia de Santa Marta, con la de Maracaibo, y de otros paises abundantes de vainilla, como son los llanos de Meta y Casanare, me hacen creer que no hay menos vainilla en la provincia de Santa Marta que en esas otras nombradas. Es cierto que la vainilla es reputada por calida en el Nuevo Reino, y como en la mayor parte predomina el temperamento tambien cálido, no se hace gran uso de ella; pero no tan poco, que muchas personas de buen gusto no la metan en el chocolate; como este en aquellos paises se labra á millares, de suerte que el millar de chocolate es de cuatro á cinco libras, se mete poquísima, y solo lo que basta para darle una punta del suave gusto y olor de la vainilla. Otros usan meter una vainilla, ó mas, en el cajon ó alacena donde guardan la ropa blanca, ó el chocolate labrado; y esto basta para que tome este el gusto y fragancia de la vainilla, sin exponerse quien así lo toma á los efectos nocivos que pudiera acarrear á la salud género tan cálido. Lo que dice en su historia el señor don Felipe Gili, que en Orinoco los Españoles la tienen en concepto de que hace volver éticos á los que la usan, juzgo que es un mero juicio de aquellas gentes, que ciertamente en ninguno han experimentado tal efecto. Y creo que ni en la América ni en Europa habrá muerto jamás persona declarada tísica ó ética por haber usado la vainilla. Otros géneros aromáticos se usan en mas crecida dosis y mas frecuentemente, tanto en América cuanto en Europa, que son mas eficaces á acarrear esa enfermedad que la vainilla, cuyo uso en todas partes es siempre escasísimo por varios motivos. Ni se le reconoce á la vainilla otras calidades sobresalientes sino la suavidad del olor, el buen gusto, y el ser ardiente como la canela, la pimienta, clavo, y otras especies aromáticas mas fáciles á causar inflamaciones internas, fluxiones, dolores de gota, y otros que la tisis. Por fin, juzgo que como las citadas especies tomadas con exceso pueden dañar á la salud, asimismo digo que puede la vainilla: pero usadas con la debida moderacion, y segun la complexion de cada cual, unas y otras no dañan. Y si, como no es efecto particular y característico de la canela y de los otros aromas ocasionar la tisis, tampoco lo es de la vainilla.

 § IV.

En orden á bálsamos, resinas y leños estimabilísimos de la provincia de Santa Marta, pudiera decir mucho, como tambien sobre la canela y pimienta, pájaros hermosísimos, animales comestibles, y fieras de los montes, caimanes ó cocodrilos, abundancia de peces en los rios, y otras muchas cosas: pero no quiero entretenerme en estas curiosidades por ahora; porque mi intento no es divertir á los curiosos con noticias singulares, pero infructuosas, y poco eficaces para promover la poblacion, el cultivo y fomento de la provincia. A mas de eso, contemplo ya al público aburrido y fastidiado con semejantes noticias de la América, que por tan repetidas y replicadas en tantas historias, singularmente del Orinoco, ya no son raras ni singulares, sino tan comunes como los viajes de la América. Y juzgo que á mi intento basta decir que cuanto de precioso ó estimable el señor abate Gili y otros nos cuentan como por cosas raras del rio Orinoco, y de sus playas y montes que baña, tanto, con toda verdad, pueden creer que se halla en el rio grande Magdalena y tierras adyacentes, y por consiguiente en la provincia de Santa Marta, como mas claramente demostraré en la geográfica descripcion del Magdalena, que separadamente presentaré al público por remate y complemento de esta obrita. No obstante, diré alguna cosa que pueda conciliar mayor aprecio á la provincia, y servir al público para comun utilidad.

El árbol de pimienta lo vi en uno de los montes de Ocaña, y me acuerdo que pagó amargamente su curiosidad un caballero gallego que desde el caballo andaba divirtiéndose en cortar hojitas de los árboles, y saboreándose en mascarlas; pues sin conocer el árbol, tiró de él una hojita, metiósela en la boca, y probó luego ser de pimienta. Y como este habria muchos otros en aquellos montes espesísimos, y de clima templado. Las resinas y bálsamos las veia por los montes del valle de Upar chorrear de varios árboles, en cuyo tronco se divisaba el corte que les habian hecho para que destilara el bálsamo, ó bien de si echaban fuera los árboles el bálsamo ó la resina por alguna hendidura que la misma naturaleza habia abierto. De los árboles ó leños excelentes para labrar primorosas obras de iglesias, sacristías y casas, y aun para fábricas de navíos y árboles altísimos, hablaré en el discurso particular del puerto y arsenal de Santa Marta. Solo daré aquí noticia de un árbol particular, que ni vi en otra provincia ni oí jamás que lo hubiera. Este es el tanané. La madera es de color morado lo mas, pero tiene varias manchas ó vetas de otros bellísimos colores. Vi trabajada de este leño una alacena grande para conservar los libros, y aseguro que era pieza hermosísima. Era de buen gusto el Italiano que la hizo labrar.

Y ya que ha ocurrido hablar de esta pieza labrada al gusto italiano, quiero añadir algo sobre otra mejor sin cornparacion que en mi tiempo, y demora en Roma, se ha labrado para la nueva sacristía de San Pedro, fabricada con la magnificencia digna del presente reinante nuestro santísimo padre Pio VI. Habia sonado mucho en esta hermosa ciudad que se estaba labrando una cajonería para la sacristía de maderas exquisitas, mandadas acá de la piísima reina de Portugal para el efecto, á insinuacion de su santidad. Abrióse en vísperas de san Pedro la nueva sacristía, concluida, y hermoseada con mil primores. Entré, como todos, á verla, y reconocí la cajonería, que verdaderamente es pulida y hermosa á maravilla. Observé la madera, y conocí que entran en la labor, bien repartidas, tres especies de leño. El uno es el palo del Brasil, el otro es el amarillo o naranjillo, y el otro caoba; leños todos preciosos. Mas para instruccion de algun Italiano ó Romano, si por contingencia esta obrita diere en sus manos, he de decir que no era menester que del Brasil y Lisboa se hicieran venir tales maderas, ni que en Roma sonara tanto, y como cosa rara y privativa de Portugal se celebrara la venida de tales leños. Todos estos y otros preciosos son comunes en las primeras tierras y puertos de los dominios del rey de España; y si como se ofreció labrar la cajonería de San Pedro se ofrece labrar otra para San Pablo, ó para Santiago de los Españoles, sepan los Italianos que no es menester acudir á Lisboa. Madrid, y Cádiz, y Cartagena de Levante están mas cerca de Roma, y la Isla Española, y la Habana, y Cartagena, y Santa Marta, mas vecinas á Europa que el Brasil. Alabo el devotísimo y magnífico proyecto de su santidad; alabo la piedad y desempeño real de la fidelísima reina de Portugal; pero desengaño el vulgo de la Italia, que por oir celebrar maderas de Portugal, piensa que no hay otras en el mundo iguales. Su santidad es libre para pedir á las cortes lo que fuere de su gusto, con el seguro de que será complacido; pero no es prueba que las otras carezcan de lo que una se sirve mandarle. Acabo con la canela para dar mas copiosa luz al público de la que ha dado el señor abate Gili (1) en este punto. Dice una cosa indubitable, y omite otra certísima sobre la canela. Dice que no habla de la canela asíatica que se trae á Europa de las islas Molucas; de Ceilan, y de otras partes. Porque esa canela, por cuanto él sabe, no la hay en América. Y eso es indubitable que la canela asiática, y traida de Ceilan y de las Molucas, no se produce en la América; pues en esta solamente se cria y se coge canela americana, que no puede ser asiática, no siendo producida en la Asia. Omite otra cosa certísima, y es, que en la América, no solo en rio Negro, ni solo en Orinoco, sino en el centro mismo del Nuevo Reino, y en otras provincias, y en la gran provincia del Quito, llamada Canelos, en la otra de Quijos, y en la de Mojos, se halla en abundancia la canela. Y con decir eso, no se daba á entender que el país donde se ha bailado la primera canela americana es el rio Negro y el Orinoco. Dígase enhorabuena, que esta especie aromática, conocida ya, y descubierta en varias partes del Nuevo Reino, se descubrió tambien después de los años de 46 0 47 del corriente siglo en el Orinoco, ó en el rio Negro. Pero no vengan a dar á entender al público, cómo por rara maravilla del Orinoco, que no habiendo canela asiática en la América, sin embargo en el rio Negro se halla cierta especie de canela americana, á la cual luego se le da el nombre de canela orinoquesa. Luego saldrá un diccionario francés o inglés de agricultura, ó mercantil, y en la palabra canela meterá y celebrará la canela orinoquesa por aroma particular del Orinoco, que es capaz de formar una novísima especia, y levantarse con el título de canela de la América, y pensarán los aplicados á diccionarios que es el Orinoco otro Ceilan de la canela americana, y otras Molucas del Occidente abundantes de canela, que no sea asiática. No solo en las insinuadas provincias del Quito, sino en la provincia de Velez en las jurisdicciones del Socorro, de Oiva, de Chalalá, etc., que están en el centro del Nuevo Reino de Granada, y aun en la riquísima provincia de Antioquia es viejísima ya la canela. Es verdad que siendo de la América, nunca será asiática, y siendo del Nuevo Reino de Granada, nunca será de las Molucas, ni de Ceilan, sino del Occidente, ó americana. Pero ella es canela, y tiene el olor, el color y sabor de canela. Es verdad que no es ella tan suave al gusto, y que es algo amarga, pero á decir lo que siento, juzgo que realmente es de las mismas virtudes y de la misma especie de canela que la del Oriente; mas, ó no le saben dar, O no cuidan de darle algun beneficio para quitarle lo amargo y áspero que tiene. Se me hace muy verosímil, que si los que la manejan fueran extranjeros, á golpe de beneficio é ingenios la hicieran pasar por canela de Ceilan. He tenido mucha de esta en mis manos, y sé que semejante canela sirve muy bien á los boticarios con otros ingredientes para suplir el cinamomo ó canela asiática. Perdónese esta digresion hecha aposta para informar al público de la verdad pura y entera. Y concluyamos con la canela de Santa Marta. Yo no la he visto, pero creo que la haya en los montes de Ocaña, donde reina el mismo temperamento de Velez y de otras partes donde se produce, como dije arriba. Pero la gente no se entretiene en buscarla porque hay en la provincia otros géneros á la vista, y á las manos, de mayor comercio. He visto á las orillas del Magdalena el árbol de la casia, llamada allá cañafistola. He visto el hermoso y frondosísimo árbol de tamarindos, he visto el del sen, y apenas se hace caso de tan apreciables y medicinales frutos. Solo para las urgentes necesidades se buscan, á excepcion de los tamarindos, de los cuales suelen proveerse algunas personas de buen gusto para hacer botijuelas de conserva, ó para su uso propio, ó para mandar de regalo á Santa Fe y Cartagena. No sabiendo dar á la canela el debido beneficio, no está á cuenta el buscarla, y así se queda en los montes como otros frutos muy preciosos. Mas aunque faltara en la provincia de Santa Marta este género aromático, le bastan para hacerla apreciable los ramos mas abundantes de comercio que en esta primera parte quedan expuestos. Ni me hubiera entretenido en aromas, ni en bálsamos, si la ocasion no me los hubiera traido á las manos; y no los hubiera considerado algo conducentes tambien para atraer con la suavidad de su olor á la poblacion y cultivo de aquella provincia, que con tanta riqueza gime ocupada y tiranizada de la barbarie de las naciones de Indios, como vengo á demostrar en la segunda parte.

 

(1)
Lib. 4, c. 4.

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