DISCURSO III.
De los Aruacos y Tupes de la provincia de Santa Marta
§ I.
Estos son los únicos habitadores de la Sierra Nevada. Hablaré
primero de los Aruacos, después de los Tupes. Son al presente pocos
los Aruacos, y sospecho que son pocos, porque muchos de ellos, ó
amedrentados de las crueldades del aleman Alfinger, ó vencidos del
temor de las armas españolas, se fueron con alguna otra nacion
hácia el Orinoco, como otras, á otras partes del Nuevo Reino. Fundo
mi sospecha en dos razones. La primera es que se tiene por cosa
cierta en Orinoco, y lo he leido en los manuscritos de un antiguo
padre misionero, que entre otras la nacion de los Caribes, tan
cruel y bárbara, como hemos dicho arriba, huyendo de los
primeros conquistadores, vino de las islas de Santo Domingo, de
Puerto Rico, de la Trinidad, de la Margarita y de otras partes á
refugiarse al Orinoco. A mas de esto leo en la vida de san Luis
Beltran, que despues de haber el santo bautizado mas de quince mil
Indios, que habitaban á las faldas de la montaña de Santa Marta, se
internó mas en la provincia hasta llegar á dos poblaciones de
Caribes, llamadas Sepencóa la una, y la otra Petua, y
halló sus habitadores engañados del demonio, que les persuadia la
veneracion á los huesos de un sacerdote de los idolos, que habia ya
mucho antes muerto en aquellos lugares. Y tales Caribes no se
hallan ya en la provincia de Santa Marta, ni hay memoria de tales
pueblos. Por otra parte hallo en las bocas del Orinoco á los
Aruacos poblando aquellas riberas, y á mas de lo que dijimos ya que
aquel celoso obispo francés habia hecho en Orinoco una poblacion de
Indios Aruacos, y que fueron todos sacrificados al furor de los
Caribes y extranjeros, leo en un geógrafo francés (1), bastante antiguo y exacto, en su
descripcion del universo, que los Aruacos y Caribes tenian sus
pueblos cerca de las bocas del Orinoco: Proche de
lembouchure de la riviére de Paria, ou Orénoque, où lon
trouve les peuples Aruaques, Caribes, etc. Como presentemente
faltan los Caribes, que por los años de 1560 por lo menos estaban
en la provincia de Santa Marta, y lograron de la apostólica
predicacion de san Luis Beltran, y los Aruacos son poquísimos, se
me hace verosímil que unos y otros, y quizás en diversos tiempos,
abandonaron sus tierras, y se huyeron al Orinoco buscando refugio.
Sea por el motivo que fuere, los Aruacos hoy en dia no tienen mas
que dos pueblos muy reducidos. De ambos era cura y doctrinero en el
año de cincuenta del corriente siglo un sacerdote, gallego de
nacion, y vino con parte de su pueblo á visitar y besar la mano al
señor obispo, que pasaba al rio de la Hacha. Con esta ocasion vi
aquellos pobres Indios, vestidos á la moda de tierra fria, porque
están debajo de la gran nieve que cubre perpetuamente la cumbre de
la altísima Sierra Nevada, los piés descalzos, la melena larga, el
color mas que trigueño, propio de Indio de país frio, gente de poco
espíritu, pacífica, de genio corto: los hubiera tenido por salvajes
mansos, si no vienen con su cura. Este me dijo que, ó habia algunos
todavía no reducidos á la santa fe, ó si lo eran, no dejaban de
tener aun los resabios de la idolatría. Contóme á este propósito
que no habia mucho tiempo que los habia hallado congregados en un
gran caney, esto es, casa grande de paja, donde celebraban á su
moda una fiesta, y realmente se reducia á idolatría. En vez de
alguna imágen de Cristo Nuestro Señor, de María Santísima, ó de
algun santo, tenian colocada en lugar eminente una quijada de mono,
bien adornada y arreada de joyas y cadenas de oro, y le hacian
fiesta, y le daban culto, como á no sé qué Dios, si de los micos ó
de las sierras, Ó de los salvajes. El cura los echó á todos para
afuera, los reprehendió y afeó con debidos términos tal accion, y
los mandó á sus ranchos. Es menester que esten muy alerta los curas
con los Indios recien convertidos, porque difícilmente se quitan
los resabios de la gentilidad. Es una lástima que después de
doscientos y mas años que ministros evangélicos entraron á plantar
la verdadera religion en aquellas tierras, se anide la idolatría al
pié y á los contornos de aquella famosa sierra, como veremos aun
mas adelante. Vamos ahora á tos Tupes.
§ II.
Estos vienen á ser como los ermitaños de la Sierra Nevada. Se mantienen tan retirados del humano comercio, que á lo menos con gente blanca no tienen comunicacion alguna; pero sí creo yo que la tienen con los Indios Aruacos sus vecinos. Por esta falta de comunicacion son poquísimas las noticias que de ellos hay en la provincia. Lo mas que se sabe es, que todos, ó casi todos están envueltos todavía en las tinieblas de la gentilidad. Dije casi todos, porque tengo alguna especie que el cura de los Aruacos tiene algunos Tupes tambien en uno de los pueblos. A mas de eso, como á nadie inquietan, son tenidos por Indios mansos y pacíficos como los mismos Aruacos. Ni se dejan ver en el valle de Upar, ni en el rio de la Hacha, ni hay quien los vaya á sacar de aquella sierra, ni hay quien sepa mas de ellos que lo dicho. Sin embargo, puedo yo dar alguna mayor noticia que puede servir para dar alientos y luces á algun ministro evangélico para internarse en la sierra, y emprehender la reduccion de los miserables Tupes. En cierto tiempo llegó á mis manos un cuaderno verídico, estampado años hace, en forma de memorial á la majestad católica del siempre pio y magnánimo señor Felipe V de gloriosa memoria; pero no me consta si llegó realmente á presentarse en la córte. Allí encontré la siguiente y breve historia de los Tupes. Por los años de 1721 pasando dos padres misioneros jesuitas, que iban á Santa Fe por el valle de Upar, y costeando la falda de la Sierra Nevada, se encontraron sin pensar con una tropa de Indios Tupes. En vez de disparar estos pobres Indios sus flechas contra los padres, los recibieron con mil demostraciones de reverencia y cariño; correspondieron los misioneros mostrándoles la complacencia que tenían en tal encuentro y recibimiento. No sabian los buenos Indios que hacerse con aquellos padres. Por fin, los convidaron á que fueran á ver sus tierras; y gustosos admitieron el convite los dos peregrinos misioneros para informarse de la nacion, de sus costumbres, y habitaciones en país tan desconocido. Los condujeron obsequiosos los Indios á su poblacion. Llegados á esta los padres, concurrieron muchos otros de la nacion, y andaban á porfía unos y otros á besar la mano á los sacerdotes, y á reverenciarlos como hombres venidos del cielo, y aparecidos en sus tierras por gran fortuna de la nacion. Para abreviar, los padres reconocieron aquel terreno, y hallaron veinte y un mil caneyes ó ranchos de Indios Tupes. Quedaron sorprendidos los padres al ver tanto número de Indios en aquel retiro, y habiéndose informado bien del terreno trataban de seguir su viaje, pero no consentían los Tupes que se les ausentaran sus padres. Les hicieron mil instancias para que se quedaran á predicarles é instruirles en la ley del cielo, que decian ellos, y absolutamente no querian que partieran. Mas alegando los padres sus justos motivos, y distribuyéndoles algunas alhajitas de regalo, condescendieron los Indios con la condicion y pacto de que al cabo de tantas lunas (que vienen á ser meses) habian de volver á instruirlos y consolarlos. Con este pacto, entendido en buenos términos, partieron los des padres para Santa Fe, penetrado el corazon de ternura, de compasion, de dolor y sentimiento de no poderse quedar entre aquellas pobres gentes. Por faltar muchos requisitos para nuevas entradas en los Indios, y no ser aquel país señalado á los operarios de la compañía, sino á otros, no pudieron jamás volver aquellos padres, ni emprehender otros tal conquista. Así se quedó aquella miserable docilísima nacion, que constaba de mas de veinte mil familias, dando á cada caney una familia por lo menos. ¡Qué lástima que algun operario evangélico no emprehenda la reducion de estos Tupes y de todos los Aruacos! Fuera esta una de las mas fáciles, deliciosas y ventajosas reduciones que se puedan hacer para gloria del Señor, bien de aquellas almas tan dóciles y pacíficas, y para adelantamiento de la real corona, por ser montaña de tesoros preciosos la Sierra Nevada que tales Indios habitan, sin aprovecharse de sus riquezas. ¡Qué delicia fuera para la devocion española ver desde la nave engolfada en aquellos mares, de cuarenta á cincuenta leguas de distancia, enarbolada la santa cruz en la nevada cumbre de aquella sierra! Pero dejemos ya las naciones pacíficas, y vamos á las bárbaras y terribles.
(1) |
M. Mallet. |
