DISCURSO II.

Noticias generales de la provincia de Santa Marta que muestran el aprecio que ella se merece

§ I. 

Entre todas las provincias de la América es singularmente acreedora del mayor aprecio la provincia de Santa Marta, por su antigüedad, por las riquezas y géneros de comercio que suministra, por su amenidad y comodidad para el tráfico, introducción y extracción de sus frutos y ramos de reciproco comercio. Por lo que toca a la antigüedad de conquista, basta decir que fue Santa Marta la primera tierra firme que se descubrió en la América. En la conquista la primera, y la primera donde con el estandarte de la santa cruz se enarboló y fijó la bandera de España con sus armas. El primer gobernador que empuñó el bastón en toda la Tierra Firme fue el de Santa Marta. El primer obispo el de Santa Marta, y Santa Marta fue la primera plaza de armas del rey de España, el pié filo y escala segura para la conquista gloriosa de todo el Nuevo Reino. Quien la descubrió no fue Américo Vespucio, sino el almirante don Cristóbal Colón en su cuarto viaje. Por cuya razón algunos historiadores reprueban el común nombre de América que se da á la Tierra Firme, y aun á las Indias Occidentales, no debiéndose el descubrimiento de éstas á Américo Vespucio, sino al invicto Colón.

Por los años de 1525, reinando el grande emperador Carlos V en España, fue mandado a Santa Marta, con el empleo y titulo de adelantado, don Rodrigo Bastidas, natural de Sevilla. Este, pasando por las islas de Jamaica, Puerto Rico, y de Santo Domingo, sacó de ellas porción de gente y ganado, y llegó felizmente a tomar puerto en la provincia de su destino el día 29 de julio, día dedicado en honor de la gloriosa Santa Marta, por cuya razón a la ciudad que luego fundó junto al puerto puso de nombre de Santa Marta, nombre que se exten­dió a toda la provincia, por ser aquella la capital donde residen comúnmente los señores gobernadores y obispos. El primer obispo de Santa Marta que se nombró en la Corte fue el reverendo fray Tomás Ortiz, dominicano, el cual había ya pasado con los conquistadores a la América, por protector general de los Indios. Fue electo, mas nunca consagrado obispo, porque antes de consagrarse fue, según dice el cronista Herrera, remitido por sus mismos frailes a España, donde oprimido de aflicciones acabó su vida. A esté sucedió el licenciado Tobes, famoso teólogo, y colegial mayor de San Bartolomé en Salamanca. Y si Ortiz tuvo la gloria de ser el primer obispo electo, éste tuvo la de ser también consagrado, mas no el cumplido gozo de llegar a su diócesis, por haber muerto en España antes de pasar a la América, como dice el citado cronista, bien que Gonzalo Jiménez de Quesada, en su relación, afirma que murió el ilustrísimo Tobes a pocos días de haber llegado a Santa Marta. El primer obispo, pues, si damos crédito a Herrera, que llegó a gobernar la diócesis y capital de Santa Marta, y se vio en la Tierra Firme con la mitra en su frente, fue el licenciado don Juan Fernández de Angulo, en el año de 1536.

 

§ II. 

Las primeras naciones de la Tierra Firme que se rindieron voluntarias a las armas de España, y abrazaron la religión cristiana, fueron la de los Gairas, y la de los Tagangas, inmediatas á la misma ciudad de Santa Marta. La primera conquista donde lucieron y triunfaron las armas de España, fue la de los Bondas. Esta nacion belicosa, no sabiendo con quién entraba en combate, armada en guerra con arcos y flechas, salió al encuentro al conquistador adelantado Bastidas, y á su poca, pero valiente tropa. Mas conociendo los Bandas al primer choque, que ni su valor ni sus frías armas eran capaces de resistir al fuego que hervía en el pecho de los españoles, y al que con inaudito estruendo vomitaban sus armas, se rindieron y admitieron la paz y amistad que con toda humanidad les ofreció el jefe Bastidas. Allí fue donde vieron primero lucir en sus manos los vencedores españoles los ricos despojos de oro que recogieron en esta conquista. Y esa cuantiosa presa de oro fue también el origen de las desgracias de Bastidas. Pretendió la execrable codicia de la tropa, y oficiales subalternas, que se repartiesen entre todos la presa del oro: resistióse el adelantado a tal repartimiento, queriéndola reservar para los generales costos de la armada. Esta resistencia le costó la vida, que perdió al cabo de un año a crueles puñaladas que le dio, cogiéndolo acostado en su cama, su teniente Villafuente, conjurado con otros amigos del oro. Tales son los desastrados insultos y fines de la codicia: y tal muerte tuvo el fundador y el primer conquistador de la provincia, Rodrigo de Bastidas, por querer extinguir las primeras centellas de la codicia que excitó despues incendios entre los conquistadores del Nuevo Reino.

En ésta y otras batallas que trabaron los españoles con diferentes naciones, y singularmente con los Indios Taironas, se amaestraron a lidiar con Indios, y cobraron alientos para emprender nuevas conquistas. Ejercitado en las guerras de la provincia de Santa Marta el teniente don Pedro de Heredia, salió para conquistar la provincia de Calamari, nombrado adelantado de ella, y fue el fundador de la ciudad de Cartagena, de la cual ha tomado despues el nombre toda la provincia. De Santa Marta, por fin, salió aquella famosa y decisiva expedición del invicto Gonzalo Jiménez de Quesada, que eternizó su memoria en el descubrimiento y conquista del Nuevo Reino de Granada. De suerte que la provincia de Santa Marta, siendo la más antigua de conquista, tiene la gloria de haber sido la primera de Tierra Firme en que se vieron las naciones bárbaras entregarse al reino de Jesucristo, sujetarse al cetro del Católico Monarca, y de haber servido a los conquistadores de plaza militar y escala para todas las conquistas de innumerables naciones del Nuevo Reino, y el origen de la población, no sólo de gentes españolas y americanas, sino también de generosas caballos y ganados, que despues han inundado con gran fruto las vastísimas campañas de todo el reino.

 

§ III.    

Mas como la antigüedad por sí sola no hace recomendable a persona alguna, ni provincia, cuando no va acompañada con la bondad, fondos y cualidades que se merecen aprecio, vamos á ver los fondos y riquezas con que desde el principio se granjeó la provincia de Santa Marta el aprecio de los antiguos conquistadores, y se lo merece todavía de quien bien la conoce. Basta decir que en la provincia de Santa Marta sola, y tan reducida, depositó la divina providencia casi todos los géneros y tesoros que en las otras provincias de la América celebra la fama, busca la codicia, desea el comercio, y aprecia la monarquía. Las riquezas que se hallan en las demás esparcidas, casi todas se hallan juntas y recogidas en sola la provincia de Santa Marta; con la privativa excelencia que ésta abunda de muchas de que otras carecen.

Hállanse en la provincia de Santa Marta el oro, la plata, piedras preciosas, perlas, conchas finísimas, palo del Brasil, cacao, tabaco, azúcar, trigo, y maíz, el añil, bálsamos, aceites, y gomas aromáticas y medicinales, pórfidos, jaspes, y mármoles, árboles altísimos muy estimables por sus colores y varias cualidades, en fin, ganado sin número, con pasto abundantísimo y caballos singularísimos, por su rara velocidad llamados aguilillas. Y en suma, cuanto solícito en sus ganancias el comercio busca en otras partes, y la civilidad apetece para la cómoda población y bienestar de los habitantes, todo abunda en esta provincia, como demostraré en particular en esta primera parte.

Otra bella excelencia tiene la provincia de Santa Marta, que realza su mérito sobre muchas otras provincias de la América, llenas de tesoros, pero cuasi inaccesibles, abundantes de géneros de comercio, más de caminos intransitables sin continuos peligros de vida y caudales. No así la de Santa Marta. Es provincia amenísima, deliciosa y comodísima para el tráfico: tiene la ventaja grande de poder igualmente recibir ajenos géneros, que de expender y extraer los propios por mar, por ríos, por tierra. Es la provincia de Santa Marta en toda la costa de mar, en las orillas del río Grande, y en los llanos vastísimos del Valle de Upar, de temperamento cálido; mas en la ciudad de Ocaña, y en lo que pertenece a su jurisdicción, goza del temperamento gratísimo de primavera. Tiene siete ciudades, y unos veinte y cinco pueblos de Indios, y varias razas. Sobre las arenas y playa del mar del Norte está su capital, dicha Santa Marta, a once grados, y diez y siete minutos de latitud, y a cuatro jornadas hacia el oriente está la ciudad del Río de la Hacha, situada también á la playa del mar. Tierra adentro está la ciudad de los Reyes, vulgarmente dicha del Valle de Upar, por estar situada en dicho valle, famoso en el tiempo de las primeras conquistas; despues la ciudad propiamente llamada la Nueva Valencia, más vulgarmente Pueblo Nuevo. En los confines de la provincia, hacia mediodía, está la ciudad de Ocaña, la mejor ciudad de toda la provincia. Sobre las márgenes del Magdalena está la ciudad de Tamalameque se halla á jornada y media bajando de Ocaña, ó por tierra, o por el río mismo, desde Puerto Real. Despues bajando por el río hacia el Norte, y a Santa Marta, se halla sobre una amena colina la ciudad de Tenerife, y navegando por cuatro días el río Grande hacia sus bocas al mar del Norte, y ciertas ciénagas formadas de las aguas que río y mar despiden, se llega al pueblo llamado la Ciénaga, donde se termina la navegación, y de allí con seis leguas de viaje por tierra, sobre la costa del mar, se llega otra vez á la ciudad de Santa Marta, dada la vuelta a toda la provincia, lo que de una ojeada se puede ver en el mapa. Y esto baste para dar una general idea de la provincia, mientras pasamos a descubrir en los siguientes discursos las riquezas y ramos de comercio que en ella depositó la Divina Providencia.

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