DISCURSO XIV.
De la lengua guagira, valor marcial y comercio pernicioso de los Guagiros con los extranjeros
§ I.
Es casi increíble la diversidad de lenguas entre las naciones bárbaras americanas; y este ha sido el tropiezo de los misioneros, y lo es todavía, al entrar en la reducion de nueva nacion, encontrarse con nuevo lenguaje. Algunas lenguas ha habido, y aun se conservan generales y extendidas en muchas naciones, y gran parte de un reino; sin embargo, por lo menos en el Nuevo Reino cada nacion, que no depende de otra, suele tener diferente lengua. La celebrada lengua inga era la dominante en el Perú y Quito, y aun se habla corrientemente y con gusto en las conversaciones de gente blanca y civil, y se examinan primero de ella los que pretenden curatos de algun pueblo de Indios. Pero en el reino de Santa Fe, antes llamado de Bogotá, dominaba la lengua de los Mozcas, nacion numerosísima, que habitaba en las sabanas ó llanos deliciosos y vastísimos de Bogotá, de los cuales goza ahora la vista, delicias y frutos la ciudad de Santa Fe. Fuera de esos llanos, y pasando á otros climas, se hablaban ya diversas lenguas. Ahora todas las naciones reducidas á nuestra santa religion, y sujetas á la corona de España, segun el cuidado de los misioneros, regularmente hablan la lengua española, y muchas no se acuerdan mas de su propio antiguo lenguaje. Mas viniendo á la lengua guagira, debo decir que segun lo sonoro y terso de ella me pareció una dé las mejores que se hablaban en la América. Yo he oido hablar, y aun interpretar de quien la sabia bien, la lengua inga, y varias del Orinoco: he leido las gramáticas, ó artes de la lengua mozca, que compusieron y dieron á la estampa los primeros padres misioneros de Santa Fe; mas en la dulzura y grato sonido, en la brevedad de las voces y facilidad en la pronunciacion, me parece preferible á todas esas la lengua guagira. Ella es sonora, clara, breve en sus expresiones: no tiene el fastidioso monton de letras y sílabas en una sola palabra, ni la molesta retahila de consonantes sin vocal alguna como tienen otras, ni el tormento de raras inflexiones de labios, ni aberturas ni contracciones de narices para la pronunciacion como algunas del Orinoco. La pronunciacion es natural, las vocales frecuentes, los téminos cortos y fáciles, regularmente dé dos ó tres sílabas, rara que pase de cuatro. Yo tenía de esta lengua un diccionario, que para entrar en la reducion de los Guagiros, sabiendo ya algo de su lenguaje, me habia regalado el buen eclesiástico hermano del cacique don Cecilio: pero me hizo en Santa Fe tantas instancias para que se lo diera un amigo médico de profesión; y académico de Suecia, que se lo hube de alargar, y me duele hasta ahora: ni retengo ya por esa pérdida en la memoria otro término de la lengua guagira que el nape, que significa padre, ni puedo ahora con otras voces comprobar lo que llevo dicho de la dulzura y otras excelencias de tal lengua. Pero el haberme entretenido en otro tiempo en registrar aquel diccionario, en aprender términos, en cotejarlos con otros de diversas lenguas, basta para que pueda afirmar lo que dije.
En órden al marcial valor de los Guagiros, diré lo que se tiene
por cierto en el rio de la Hacha, y lo que cuentan y creen los que
tratan con ellos, y conservan por tradicion las antiguas noticias
de sus marciales hazañas. Es belicosa la nacion, y se ha mostrado
valiente en las muchas batallas que ha tenido con sus confinantes
los Cocinas. Lo particular que de su valor se cuenta es: que cuando
sus enemigos les mueven guerra, y los provocan á salir en campo
abierto, salen los Guagiros montados todos en sus briosos y
ligeros caballos, se van escuadronando en la campaña frente á
frente al enemigo; y cuando llega el tiempo de presentar la
batalla, cortan las piernas á todos sus caballos, para quitar de
una vez la ocasion de huir del campo, y volver la espalda al
enemigo. Quédanse firmes en el puesto, constantes en el combate,
animosos en defenderse, y resueltos á morir ó vencer: así aguantan
la descarga de flechas que les disparan los Cocinas: así disparan
ellos las suyas, hasta que unos y otros, trepando por entre nubes
de flechas, se van acercando hasta venir á las manos, y entonces se
decide la victoria á pulso de mano, y á esfuerzos del valor que
milita en los combatientes; mas esto seria en aquellos tiempos y
siglos mas bárbaros. Yo aseguro que si ahora se ofreciera á los
Guagiros guerra contra los Cocinas, de otro modo pelearan.
Proveidos de armas blancas y de fuego, con el comercio que tienen
con los extranjeros, y adiestrados ya por estos á manejarlas, en
vez de arcos y flechas, usaran de los sables y bocas de fuego, y no
quedara en la campaña Cocina vivo. Por eso quizás, de mucho tiempo
acá, no se oyen ya combates entre Cocinas y Guagiros.
§ II.
Y ya que ligeramente he tocado el comercio de estos Indios con gentes extranjeras, quiero proseguir confirmándolo con algunas pruebas que he oido, y he visto tambien con mucha displicencia y abominacion. Ya en otra parte he dicho algo sobre el mismo punto, y así, por no atediar al lector, añado solamente: que hablándome en el rio de la Hacha, en el año 51 del corriente siglo, por el mes de enero, el ya citado eclesiástico, hermano del cacique, hombre respetable por sus canas y antigua sinceridad, me dijo una cosa, que siempre la he tenido impresa en mi memoria y clavada en mi pecho. Díjome pues así, a en voz baja, y haciendo confianza de mí. Si no se trata presto de conquistar y reducir á estos Guagiros, dentro de poco tiempo será ya imposible la conquista, y pueden seguirse fatales resultas de la tardanza. Como era un hombre tan experimentado en aquellas tierras este eclesiástico, y de tanto juicio y trato con estos Indios y su cacique, me dió golpe la expresion, y preguntéle el por qué; dióme luego como práctico dos razones evidentes y palpables: razones, que obligado del celo del bien de la nacion guagira y de la monarquía, descubro ahora. La primera es, la provision y uso que tienen de las armas de fuego con el continuo comercio con los extranjeros; y la segunda es, que por medio de estos se han introducido ya los negros y negras, y mezclado con los mismos Indios é Indias que los compran y retienen esclavos, y de ahí proviene que no solamente se aumenta el número de gente entre los Guagiros, sino tambien se multiplica la diversidad de razas temibles de mestizos, de mulatos, de zambos, etc., los cuales unidos con los Guagiros harán siempre mas formidable esta nacion, y mas difícil cada dia su conquista. En efecto, cuando entramos en las tierras de los Guagiros, vino el cacique al encuentro con dos negros de lacayos, vestidos con vistosa librea colorada, con sus vueltas y galones correspondientes, cosa que verdaderamente me hizo novedad é impresion grandísima. A todo esto se ha de añadir la perversidad de máximas contra la religion, contra la corona de España, contra el gobierno de los Españoles y contra los pobres misioneros en que inbuirán los extranjeros á los Guagiros y gentes mezcladas con ellos. Por fin, es de temer que no venga con el tiempo á ser la tierra de los Guagiros otro Darien, impenetrable ya á los misioneros apostólicos por la confusion babélica de lenguas, de naciones, de costumbres y religion, como mas por extenso diremos ofreciendose ocasion. Entretanto, con este comercio con los Guagiros, se llevan los extranjeros lo precioso de la provincia, y les dejan á los Indios la peste de tantas máximas contrarias á la religion y monarquía, y quedan muy insolentes los Guagiros, y se van haciendo inconquistables.
