DISCURSO XVI.

Del celo del Católico Monarca, y sabias providencias emanadas de la real

piedad para la reducion y conquista de los Guagiros

§ I. 

Ya es tiempo de manifestar al público las sabias disposiciones, que en consecuencia de las mencionadas representaciones del señor Polo y del señor Eslava, dió la majestad católica á favor de las naciones bárbaras de Santa Marta, y singularmente de la guagira. Oyó la real piedad del señor don Fernando VI el deplorable estado y críticas cicunstancias en que se hallaba la nacion de los Guagiros, y la necesidad urgente que habia de mandar nuevos operarios á aquella inculta viña, y mandó luego que se dieran las oportunas providencias, arregladas á los informes que de ambos jefes habian ido á la córte, y á medida de sus súplicas y deseos. Ordenóse luego que fueran para Santa Marta, y conquista de los Guagiros, siete mi­sioneros jesuitas (que no lo habia en aquella provincia), sacerdotes todos, jóvenes, robustos, y tales, que pudieran entrar con apostólicos alientos en tan gloriosa empresa, segun las instrucciones que llevaba el nuevo señor virrey, nombrado entonces, el señor don José Pizarro, marqués del Villar. En efecto, casi á un tiempo mismo, en el año de 1749 llegaron al puerto de Santa María para embarcarse los siete misioneros sacerdotes, y el señor Pizarro, que mostraba grandísimo gusto en el destino y providencias de su real majestad. Yo tuve la suerte de ser uno de los siete misioneros, y el mínimo de todos, para que pudiera después decir: Mihi autem, omnium Sanctorum mínimo data est gratia hæc, evangelizandi in gentibus investigabiles divitias Christi. Texto que tomé siempre después por tema en las misiones del Nuevo Reino en el primer sermon, desde que las comencé en la catedral de Santa Marta. Acuérdome, con mucho gozo de mi corazon, que afabilísimo el señor Pizarro, venía á visitarnos en el puerto, y nos llamaba por distintivo : Los misioneros de Santa Marta; y de ahí vino el nombrarnos así toda la ciudad. Por fin, iban con tanta solidez y con tanta individualidad ordenadas por su real majestad las disposiciones para el efecto, que mientras se trataba del embarco en las naves la Guaricochea y la Margarita, vino al señor Pizarro una carta del señor marqués de la Ensenada, de órden de su majestad, en que se le daban á su excelencia los órdenes é instrucciones mas conducentes para asegurar la empresa de la deseada conquista. Recibida esta carta, vino luego su excelencia á honrarnos con su visita; y rebosándole en su plácido semblante la alegría, nos comunicó, y aun entregó y dejó por algunos dias el real pliego, para aumentar nuestro gozo. Con esta ocasion, siendo el asunto de tanta consolacion y gusto, aprendí de memoria la dicha carta, y estaba concebida en estos términos, como podrá verse, quizás, en la real correspondiente se­cretaría, al año 1749 por el mes de julio ó agosto. Me ha parecido ponerla aquí, no solo para comprobar la verdad de lo que llevo dicho, sino tambien porque me abre camino pará tratar de otro punto no menos importante á la real corona. La carta decia asi:

 

“EXCELENTISIMO SEÑOR,

» Me ordena su majestad dar á vuestra excelencia la
» noticia de haber determinado mandar siete misioneros,
» ya sacerdotes, á la conquista de los indios Guagiros de
» la provincia de Santa Marta, perteneciente al gobierno
» del virrey del Nuevo Reino. Por tanto, es voluntad ex-
» presa de su real majestad que partan luego tales misio-
» neros, y esten siempre debajo la proteccion de vuestra
» excelencia, á cuyo cargo queda prevenirles competente
» buque en la misma nave en que se embarca vuestra
» excelencia, y llegados á su destino, proveerá vuestra
» excelencia de darles la escolta necesaria y conveniente
» para entrar en la dicha conquista: mas si por no tener
» estos sacerdotes práctica todavía de la lengua y costum-
» bres de los bárbaros, no tuviere vuestra excelencia por
» conveniente meterlos luego entre aquellos Indios, po-
» drá vuestra excelencia mandarlos entretanto al Darien á
» tlomar luces y experiencia de las naciones incultas, y
» después de algun tiempo, llamarlos é introducirlos en
» la provincia de Santa Marta, á fin de reducir y pacifi-
» car esa nacion de los Guagiros. De la prudencia y celo
» de vuestra excelencia en ejecutar las órdenes del real
» agrado, espera su majestad las mas oportunas providen-
» cias para el feliz éxito de la conquista, etc., etc. 

      » MARQUÉS DE LA ENSENADA. »

 

Recibidos estos órdenes de su real majestad, trató su excelencia de prevenir buque para los misioneros de Santa Marta, y de acelerar el viaje hácia Cartagena. No habiendo lugar en la misma nave donde iba su excelencia, nos lo hizo prevenir en la fragata Margarita: en esta iba su excelencia, el señor teniente general don Ignacio de Sala, á quien como ingeniero, que rayaba en España entre los mejores, con las luces que dejó á la posteridad en su libro de Fortificaciones impreso, y como hombre de notable y singular integridad, mandaba su majestad de gobernador á Cartagena, para reparar los daños ocasionados por los Ingleses, y para fortificar la plaza con nuevas fortalezas, como realmente lo hizo su excelencia. Embarcado el señor Pizarro en la Guaricochea, y nosotros en la Margarita, zarpamos á los 23 de setiembre de 1749 de la bahía de Cadiz, y con navegacion favorable, aunque larguita, llegamos á mediado noviembre á Cartagena. En esta se mantenia aun el señor Eslava, esperando el sucesor en el virreinato, y navío para partir á España, donde lo llamaba superior destino para nuevos honores merecidos en la defensa de aquella plaza. Fuimos luego á presentarnos, y á rendir nuestros obsequios á su excelencia, el cual así que nos vió, lleno de gozo. exclamó: gracias á Dios, etc. Y comenzó á manifestarnos la necesidad de la conquista de los Guagiros, y á referir ciertos casitos (que omito por no ofender á nadie) sobre las circunstancias y estado de los Guagiros; y animados, por fin, para la empresa, nos despidió afabilísimo, ofreciéndonos su proteccion y favor en cualquiera lance que se ofreciera.

 

§ II. 

Entretanto que se esperaba la real cédula formal y ejecutiva para entrar en las tierras de los Guagiros, y para que los padres capuchinos que en ella estaban tomaran otro destino, hízose á la vela para España el señor Eslava; y el nuevo señor virrey, marqués del Villar, subió para su córte de Santa Fe. Al mismo tiempo llegó á Santa Marta el nuevo señor obispo, don José Javier de Arauz, habiéndose abocado con el señor Eslava en Cartagena pocos dias antes de partir su excelencia. Apenas habia llegado á su sede episcopal el señor Arauz, me tocó á mi la suerte de ir á acompañar á su ilustrísima, y á servir á su amabilísima persona en todos los ministerios espirituales que á su ilustrísima en la ciudad y diócesis se ofrecian; y al mismo tiempo, para ir, como dicen, tomando lengua de las naciones de la provincia, y prepararme para entrar en la reducion de los Guagiros. La esperanza del bien que se tarda aflige el alma, dice el Espíritu Santo: y así nos acarreaba afliccion la tardanza de la real cédula que de dia en dia se esperaba. Mas vé aquí que en vez de esta tan deseada cédula, viene á pocos meses otra, al parecer contraria, bien que absolutamente no era mas que prescisiva, originada (á lo que yo pienso) de informes ó representacion, que prescindiendo de la providencia anterior dada por su majestad, le suplicaba y representaba otra cosa, que bien podia componerse con la primera real disposicion sobre la conquista. Por fin, después de haber el real erario costeado enteramente, no solo el viaje de los siete primeros misioneros de Santa Marta, sino de otros siete que vinieron aun después de haber llegado la segunda real cédula, al parecer contraria (para que se vea que la posterior determinacion de la córte no excluía la primera, mas esta persistia en su vigor), nunca pudimos entrar en la conquista de los Guagiros, ni de otra bárbara nacion de Santa Marta, los catorce misioneros mandados expresamente á ese fin por su real majestad con tantos costos, y tan prolijas disposiciones acertadísimas de la córte. Si me preguntan el por qué, digo que no lo sé, y aunque lo supiera no lo dijera. Basta decir que las intenciones y providencias de la córte eran piadosas, sabias, y convenientes para obtener el éxito feliz de la conquista. El decir por qué no tuvieron efecto, y el deshacer entuertos de particulares sobre este punto, sé que no trae utilidad á la provincia, ni á las naciones de Santa Marta, y así vamos á otro discurso.

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