DISCURSO XVIII.
Sobre un proyecto de la conquista de los Guagiros, presentado en la córtede Madrid, y después en la de Santa Fe por el cacique de los mismosGuagiros, unido con un caballero español
§ I.
Viendo que su majestad católica mostraba tanto celo y empeño por la conquista de los Guagiros, se animaron algunos á procurarla para mas complacer á su majestad. Entre otros, el mismo cacique de los Guagiros, don Cecilio, cobró alientos, y entró en los nobles pensamientos y designios de entregar á su real majestad toda la nacion conquistada. A ese fin emprendió el viaje á España, presentóse en la córte solicitando la gracia y favor del soberano para la ejecucion del proyecto que traia formado. Expuso sus intenciones, y manifestó su plan, ante quien podia examinarlo y proponerlo á la alta comprehension del monarca. Verdaderamente era este un golpe maestro, ni se podia proyectar medio, al parecer, mas inmediato y eficaz para la reducion y conquista de aquellos Indios, que el empeño de su mismo cacique dominante entre ellos. Pero como apenas hay proyecto de particulares individuos en semejantes asuntos que no arrastre cola de algun interés propio, temiendo la córte (á lo que yo pienso) que latebat anguis in herba, remitió á don Cecilio al tribunal é inspeccion del virrey de Santa Fe, que era entonces el excelentísimo señor don José de Solis, para que ante su excelencia se tratara el asunto, y segun su aprobacion se procediera á la ejecucion de los concebidos designios. No obstante, parece que la córte dió buenas esperanzas á don Cecilio para la empresa, la cual en sí era sin duda del real agrado, y conforme á las anteriores providencias que habia dado su majestad para la conquista de aquellos Indios. Volvió de España el cacique con grandes alientos, y esperanzas de poner luego en ejecucion sus designios. Pero antes de llegar á Santa Fe, no sé si ya en Cádiz ó en Cartagena, se unió don Cecilio con un cierto caballero, comerciante español, que lo acompañaba, y ladeaba para hablar con el señor virrey, y tratar de las pretensiones que ya ambos traian. Digo ambos, porque este caballero habia entrado en el proyecto de don Cecilio; y como era de mayores luces, se las daba al cacique; y como era de familia noble, rica, y bien conocida en Andalucía y en el Nuevo Reino, le hacia honor, y le servia de apoyo y proteccion para lograr el intento. En efecto, llegaron á Santa Fe, y comenzaron á entablar sus pretensiones con el señor virrey, á quien, á primera vista, no disgustaba el proyecto. Entretanto, por haber conocido yo y tratado antes á don Cecilio en sus tierras de los Guagiros, y por otros motivos, vino á hacerme algunas visitas, acompañado del caballero su protector: me expusieron ambos todo el plan de la conquista, y hablaban con tanta certidumbre de su ejecucion, que me hicieron dar palabra de que iria yo con ellos, con el seguro beneplácito del señor virrey, con quien habia ya antes hablado yo, y procurado la reducion de los Guagiros por otros medios. No habla propuesta para mí de mayor gusto; y así con todo el corazon me ofrecí á servirlos y acompañarlos en expedicion tan de la gloria de Dios, y gusto de su real majestad. ¿Pero qué sucedió? Propusieron al señor virrey su gran proyecto, instaron por sí, y por otros; sin embargo, nunca quiso su excelencia aprobarlo, ni condescender con sus intentos. Los justos motivos que tuvo el señor virrey para rechazar el plan que le proponian, se pueden rastrear de las condiciones que ponian para entrar ellos en la conquista. El proyecto era de que el dicho caballero y don Cecilio tomaban á su cargo y empeño el conquistar la nacion guagira á su costa, y sin que el real erario les suministrara un maravedí. Tan desinteresados andaban en la empresa los buenos conquistadores. ¿Qué mas se podia desear? A propias expensas, y personales trabajos, ofrecian al soberano la nacion guagira pacificada y rendida. Solo ponian la condicion de que su majestad se dignara concederles el permiso de poner asiento de negros esclavos en Santa Marta, ó en el rio de la Hacha, y de traer de las colonias harinas para el consumo de toda la costa, y todo esto, supongo, sin registro, ni pagar derechos. De esta suerte, sin desembolsar plata las reales cajas, llevarian ellos adelante la empresa, y quedarian los Guagiros en breve reducidos y conquistados. El señor Solis no ignoraba las sutilezas del comercio. Sabia que á las veces, bajo la capa de los negros, vienen envoltorios, y dentro las pipas ó barriles de harina, suelen esconderse ciertos fardos de mas valor que la blanca harina que los cobre. Y si hubiera dado mano su excelencia á los conquistadores; si estos hubieran querido usar de estos sutiles arbitrios (de lo que yo prescindo), seguíase gran daño y atraso á los demás comerciantes del reino, porque se atestaban de géneros los almacenes, bajaban precisamente los precios por la abundancia; y los mercaderes, surtidos de ropas venidas directamente de España, por via legítima, y pagados los correspondientes derechos reales, no podian despacharlas á tan bajo precio como los que de las colonias extranjeras las habian traido entre negros y barriles de harina. Por eso, y por otros motivos, no quiso su excelencia entrar jamás á fomentar el proyecto, y así este se deshizo como la sal en el agua; se volvieron rio abajo á tierra caliente los dos proyectistas, sin haber obtenido el deseado fin de sus ideas, y los Guagiros se quedaron como antes con su don Cecilio. Del caballero español nada mas supe, solo el nombre me quedó en la memoria, que, honoris causa, omite la pluma. Cada uno juzgue del mencionado proyecto y de su éxito desgraciado como mejor le parezca, que yo no me meto en eso; solo digo, y concluyo, que la sinceridad española, y nobleza del real corazon del soberano, ama la ingenuidad en quien suplica y propone. Ni creo que la generosidad del Monarca Católico dejara de premiar con honores y hacienda á quien desinteresadamente, á propias expensas y gloriosas fatigas, se metiera con feliz éxito á ofrecerle conquistada y reducida á la religion y á su real cetro una nacion tan numerosa y valiente como la guagira. Es mas larga y generosa la mano de un justo soberano en premiar servicios, que la de los súbditos en prestarlos. Pero dejemos ya este proyecto que no tuvo buen éxito. De buena gana insinuara otro que pudiera ser mas eficaz y del real servicio que el mencionado; mas por no atediar al lector con tanto proyecto consecutivo, lo reservo para cuando venga el discurso de la Bahía Honda, perteneciente á los Guagiros. Allí vendrá mas al caso todavía: y ya que no pudimos entrar en los Guagiros, vamos á ver por qué, no entrando en la conquista de los Guagiros los misioneros á ese fin mandados por su majestad, no fueron mandados al Darien, como prevenian al señor Pizarro los reales órdenes. Satisfaremos á este justo y discreto reparo, mostrando al mismo tiempo el infeliz estado en que se halla el Darien por la mezcla fatal de extranjeros negociantes de los oros del Chocó, hombres sin ley ni religion, que tienen aquella provincia pervertida, irreducible, é inconquistable sino á mano fuerte y poderoso brazo del soberano.
