DISCURSO IV.

Cuantas suertes hay de perlas, y cuales son las más estimadas y preciosas

§ I. 

Por lo menos nueve suertes ó layas de perlas cuentan los comerciantes inteligentes, y las distinguen así, no por la fineza y valor, sino por la grandeza de ellas, porque en una misma suerte se hallan más o menos finas y bellas. Para separar estas suertes con facilidad y presteza, tienen los traficantes del río de la Hacha tantos harneros cuantas son las layas de perlas, y a cada suerte corresponde su harnero. Estos harneros como los vi yo, son de bronce, fabricados sin duda en Inglaterra. No son grandes como los de pasar el trigo, sino pequeños y redondos, tal cual una patena con agujeros de diverso tamaño cada uno, y de mayor a menor, correspondientes a las suertes de perlas. De modo que las perlas de mayor grandeza se quedan en el primero, y en el segundo las de segunda, en el tercero las de tercera, y así se van separando hasta que las menores quedan en el último harnerillo por ser de agujeros muy pequeños.

Hallándome en la ciudad del río de la Hacha con el ilustrísimo señor obispo don Javier de Arauz, fui a hacer una visita de atención á una persona de distinción, y la hallé cabalmente en la gustosa y nada inútil diversión de escoger las perlas. Cayóme en gracia el entretenimiento, y sentéme con él junto al bufete en que se hacía operación tan divertida. Vi que tenía sobre el bufete un montoncito de harneritos de bronce, y en el suelo, a su mano derecha, un buen canasto, no del todo lleno, pero bien cargado de millares de perlas. Yo nuevo todavía entonces en las indias, quedé sorprendido a la vista de tanta perla amontonada, y con la curiosidad de entender también en punto tan precioso, le pregunté varias cosas, y como que era peritísimo en la materia el dicho sujeto, y de genio muy abierto y afable, por otra parte me informó plenamente de cuanto deseaba yo saber. Para divertirme, y prácticamente informarme, comenzó a hacer delante de mí la noble operación de pasar y escoger las perlas, y entretanto me fue dando varias noticias con que yo puedo ahora servir al público con utilidad.

 

§ II. 

En orden al valor y estimación de las perlas, conviene saber que no se atiende tanto a la grandeza cuanto a la belleza y fino color que los inteligentes llaman el oriente de la perla. Y así no es más estimada una perla por ser mayor, sino por ser más fina, y de mejor oriente. Las más estimadas y buscadas son las de una competente grandeza, si son ellas bien formadas, redonditas, pulidas y lustrosas, con oriente hermoso. Mas en qué consista el oriente de la perla, y de qué causa provenga, no alcanzan á explicarlo filosóficamente los negociantes: les basta para su fin entenderlo prácticamente a su modo, estudiando en la escuela de comercio. Pero según lo que oyendoy observando llegué a entender, llaman oriente de la perla un cierto color blanco, pero fino, vivo, lustroso y transparente, y como dorado, de suerte que las perlas parece que han tomado color al reflejo del sol. Pero en orden a la causa física de tal oriente, confieso que no oí jamás examinar tales asuntos a los negociantes, ni los he visto tratados ni resueltos de los  filósofos investigadores laboriosos de los primores de la naturaleza, ni me toca decidirlo en esta historia. Sin embargo quiero exponer mi tal cual sentimiento al público, siquiera para dar ocasion de investigarse a más claras luces la pura verdad. Juego, pues, que el tal color de la perla puede realmente provenir del verdadero natural oriente del sol: de suerte que según se halla dentro de la concha, la perla en su formación, hacia el oriente, recibe la fineza de tal color, el cual creyéndose por común persuasión de aquellas gentes efecto del sol oriente, se llama también oriente. Puede ser que a ese efecto contribuya no poco las arenas de oro que ciertamente arrastran a aquella costa de mar varios ríos que vienen de la famosa Sierra Nevada, y de la serranía de Maracaibo, como es el río mismo de la Hacha, ó de las Perlas; y de las que éste particularmente con el caudal de sus aguas despide al mar, puede ser que provenga el que junto a su boca se hallan los criaderos de perlas: pues no me parece ajeno de la buena física el sospechar que de las arenas ó polvos más sutiles de oro filtrados, y pasados en nutrimento del pececillo que se cría dentro de la concha se vaya poco a poco formando la perla, atendidas singularmente las cualidades y efectos tan homogéneos del oro, y de las perlas molidas, llamadas de los médicos Pulvis margaritarum. Y quizás del oro que tienen las perlas les vienen el ser cordiales, y eficaces para recrear los espíritus y alegrar el corazón; pues ya se sabe que no hay mejor cordial para el corazón del hombre que los polvos del oro, particularmente cuando se manejan, ó se miran propios.

 

§ III. 

Insinuado ya mi pensamiento, quiero concluir este punto con una reflexión ocasionada de una conferencia que tuve en Roma con un maestro platero inteligente, y traficante en piedras preciosas, en joyas y perlas. Escrito ya lo que dije en orden al valor, estimación y suertes de perlas, fui a propósito á visitarlo como amigo, para explorar de su pericia cuál era el sentimiento común en Italia, y en la Europa, sobre las perlas. Preguntéle directamente: ¿cuantas suertes hay de perlas? Díjome que dos, orientales y occidentales. Repliquéle: ¿cuales eran las orientales? Y cuando yo esperaba que me respondiera: les que vienen de Oriente, y asimismo occidentales las que vienen del Occidente, no respondió así, sino que orientales eran aquellas que tenían bello orientale; y las que no lo tenían se decían occidentales, y se llamaban en Italia de los peritos scaramazze, Fui internándome con varias preguntas y prolijo examen en el punto, y en suma concluí dos cosas. La primera es, que las perlas más estimadas en Europa son las orientales; la segunda es, que orientales se llaman las que son redondas, lisas, pulidas, ligeras y lustrosas; y en fin, como concluía el maestro italiano, di bello orientale, que nosotros llamamos bello oriente, no porque vengan del Oriente; pues también en las que vienen de la India oriental hay muchas que no tienen buen oriente y son el desecho y descarte de los oficiales peritos, y justos estimadores de perlas: como por el contrario, hay muchísimas venidas de las Indias occidentales, tan preciosas y de tan hermoso oriente, como las que vienen realmente del Oriente. Pero sean del Oriente o del Occidente venidas, se llaman occiden­tales, y con otro nombre propio de los oficiales de joyas, se llaman en Italia scaramazze las que son puramente blancas, pero no lustrosas, de mayor peso, pero sin aquella especie de resplandor que vibran las de bello oriente. De todo lo cual infiero que puede haber equivocaciones en la mayor parte de los europeos traficantes en perlas, y en muchos diccionarios y librillos extranjeros que desprecian las perlas de las Indias occidentales, esto es, de la América, con la falsa preocupación de que las más preciosas y estimadas son las orientales; no sabiendo que más se llaman orientales las perlas por su oriente hermoso, pulidez, lustre y resplandor, que no porque sean traídas del Oriente. Concluyo este discurso con estas tres proposiciones. Primera, que es innegable el que de las innumerables perlas que vienen de la América española, y he visto yo en la provincia de Santa Marta, y reino de Santa Fé, haya muchísimas orientales, ó de oriente tan hermoso como el que tienen las que vienen de Oriente. Segunda, que gran parte, si no es la mayor de las perlas más estimadas en Europa, y que lucen las joyas de más gusto, son sin duda de la América española, singularmente de la provincia de Santa Marta, pues es continuo el tráfico y comercio que hay de ellas en el río de la Hacha y de allí vienen a Europa por mano los españoles legítimamente; y por manos de los extranjeros clandestinamente, y píamente se puede creer que éstos las vendan por perlas del Oriente, y tales se creerán por el oriente hermoso, lustre y brillante reflejo que tienen. Tercera, se me hace muy probable, que si los criaderos de perlas que hay en América no pertenecieran al dominio del rey de España, sino a los extranjeros, las perlas americanas fueran, más decantadas y celebradas que las del Asia; y se tirara con el mayor empeño, y más oculta inteligencia, a que fueran más estimadas las perlas de las Indias occidentales, que las de la India oriental. Es efecto sobrado común de cierta pasión dominante, unida con la codicia, el apocar, envilecer y despreciar los géneros, los preciosos ramos de comercio de España; ensalzar y poner en mayor estima los extranjeros, y aprovecharse y enriquecerse al mismo tiempo más de los de España que de los otros. Vienen los extraños y toman de los reinos de España las cosas preciosas, y can sólo el nombre que se les da de extranjeras, se ponen en crédito y aprecio en los países extraños, y se envilece la fama y lucro del comercio de la monarquía española. Y éste puede ser el origen de haberse tirado á dar mayor estima y valor a las perlas orientales que a las occidentales, habiendo entre estas de oriente tan hermoso como pueden tener las traídas del Oriente.

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