DISCURSO VIII.

Del oro plata y piedras preciosas de Santa Marta

§ I 

Apenas hay diccionario mercantil, o geográfico, que no asegure hallarse en la provincia de Santa Marta grandes riquezas, oro, plata, metales diversos, esmeraldas, topacios, y semejantes piedras preciosas. Pero yo, que poco o nada me fío de noticias vocabularias, por haber hallado crasísimos errores en varios diccionarios extranjeros, singularmente cuando se habla de los países americanos pertenecientes al rey de España, diré sólo lo que aseguran historiadores fidedignos, apoyados en las relaciones auténticas de los primeros Conquistadores; añadiré lo que por mis ojos he visto, y lo que, ó por tradición, ó por experiencia, confirma la voz común y general persuasión de toda la provincia.

No admite duda que ha habido en la provincia de Santa Marta mucho oro y plata. Y de que hay todavía oro, lo aseguro yo, porque lo he visto y tenido en las manos. Y no es sólo un sitio donde se halla sino en varios cerros, valles, quebradas y ríos. Junto a la misma ciudad de Santa Marta, en la primera refriega que los españoles tuvieron el año de 1526 con los Indios, que fueron los Bondas, tuvieron ya por albricias de la victoria conquistadores una buena presa de oro que ocasionó luego la muerte al valiente jefe don Rodrigo Bastidas. Entre Santa Marta y le ciudad del Río de la Hacha, recogió con su tropa el capitán don Pedro Badillo otra gran cantidad de oro el año de 1527, que se repartió en las sabanas o campos de Orino a gusto de los que la habían adquirido en pocas jornadas. Llegando al deliciosa valle de Buriticá don García de Lerma con su tropa, buscando y preguntando dónde estaban las minas de oro, año de 1529, aunque no halló minas, se halló con el oro en las manos, que le presentaron los indio, en agasajo de su temor y tributo preventivo de paz y seguridad. Con detención de solos cuarenta días, en el valle celebrado de Tairona, don Pedro de Lerma y sus capitanes, sin otra más conquista regresaron a la ciudad de Santa Marta con sesenta mil castellanos de oro, sin lo que se dijo haber ocultado. En la vuelta que dieron por el Valle de Upar y Cesare, el mismo don Pedro y otros capitanes, con orden del gobernador don García de Lerma de correr y reconocer la tierra por la banda del río de la Magdalena, llegaron efectivamente hasta las márgenes de éste, y hasta encontrarse con el río de Lebrija, que desemboca en el Magdalena, como a sesenta leguas del mar, y de paso no más, cogieron en giro tan feliz cuarenta mil castellanos de oro. Por fin, desde la Sierra Nevada hasta la Ciénaga y valles ocupados de las Chimilas, consta haber hallado los mismos conquistadores varios minerales de oro, y en uno de éstos una punta de oro tan preciosa, que pesó más de seiscientos castellanos, según consta de los primeros libros de la caja real de Santa Marta, en que se tomó la razón del quinto: quinto que hasta ahora es regalía de la majestad católica, y justo tributo de quien saca el oro de las reales minas. Mas dejemos lo que fue en otros tiempos del oro de Santa Marta, y vamos a lo que es presentemente. Porque aunque es tan preciosa la materia, es para mí más precioso el tiempo que nece­sito pura tratar cosas todavía de mayor gusto y aprecio.

§ II. 

Vamos, pues, a lo presente, a lo que yo he visto y he oído de personas fidedignas en la misma provincia. Y vaya de cuento para amenizar la materia y aliviar a mi lector el fastidio. En las cercanías de la Sierra Nevada se me apareció un buen eclesiástico ya anciano, y tan cano su cabello, que parecía más que de plumas de cisne, coronado de los campos de nieve de la siempre Nevada Sierra. Este, llamándome aparte, me dijo: que venía de las faldas de la Sierra, de un cierto sitio de negros, llamados los Palenques, de donde era párroco. Y aunque tan retirado del mundo entre serranías, venía a hacerme una propuesta que le parecía del divino agrado: y diciendo y haciendo, sacó del bolsillo, y me presentó un papel de polvos y puntas de oro, cuyo precio era de dos mil escudos. Me los daba el devoto y celoso cura para cierta pía fundación que en sus soledades y tebaidas de Indios había considerado de mucha gloria del Señor y gran bien de la provincia. Y añadía, que metiéndose ya mano a la obra, iría siempre dando más cantidades hasta verla concluida. Instóme mucho que tomara aquellos oros: mas yo no quise, por no cargarme de caudales ajenos. Díjele que los retuviera en sí, que yo le daría aviso en llegando el tiempo y sazón de ponerse en planta la proyectada idea. Así quedamos; pero lleno de buenas intenciones el honradísimo eclesiástico, quiso en todos modos darme un papel firmado con su nombre, en el cual se obligaba a dar la cantidad ofrecida cuando yo le avisara. Por varios contratiempos no pudo efectuarse el proyecto, y así se quedó él con el oro. Este fue el que vi y tuve en mis manos. Los negros por si, ó valiéndose del comercio con los Indios más internados hacia la Sierra Nevada, recogían los oros de las quebradas, o de las vetas y minas de la Sierra, y estaba el pasto muy gordo y rico sin despellejar las ovejas que le vestían de oro, y con polvos de oro le doraban sus venerables canas.

Que yo no haya visto  más, no prueba que no haya más oro en la provincia, ó haya muy poco oro. Como este cura lo tenía, es creíble que lo tuviera de las mismas vetas, ó ríos y quebradas, otro cura inmediato de los Indios aruacos, situados al pie de la misma Sierra, y que haya también de estos y otros oros secreto comercio en otras tierras vecinas a la Sierra y al mar. Porque es fama constante de que hay mucha riqueza en aquella serranía, y que arrastran muchas arenas de oro los ríos que bajan de la Sierra Nevada y vienen lamiendo los cerros y valles de donde sacaron potosíes de oro los conquistadores. Mas porque en el siguiente discurso quiero a propósito tratar del Dorado de Santa Marta, dejemos por ahora los oros, y vamos a tratar de las piedras preciosas.

§ III. 

Entro otros muchos que aclaman riquísima de estas piedras la provincia de Santa Marta, es el noticioso y exactísimo en sus relaciones Juan Botero, y dice así (1):

“El país de Santa Marta es también riquísimo de ámbar, jaspes, calcedonios, zafiro. y esmeraldas. El ilustrísimo señor Piedraita (2) asegura que “en las sierras de los Indios Taironas, dominantes sobre todos en la provincia de Santa Marta, cuando entraron los conquistadores, había canteras, o minas de pórfidos, jaspes, mármoles y piedras de hijada, sangre y riñones, y se hallaban labradas con extraordinario arte y curiosidad para el arreglo de las mujeres”. Mármoles y jaspes he visto, sacados de los antiguos sepulcros de los Indios, como diré en el discurso de los santuarios; mas esmeraldas, zafiros y otras piedras preciosas, que supiera yo ser de la provincia, no las vi. No obstante, creo que las hay, unas u otras, sean esmeraldas o topacios, amatistas ó zafiros, calcedonios, ó de otras especies. Fundo mi persuasión en tres razones. La primera es, que estas sierras Santa Marta, singularmente las sobre todas eminente, Sierra Nevada, es el principio y la madre, diremos, de todas las montañas donde se hallan las minas, o de plata, corno las vetas de Pamplona, o de esmeraldas, como las de Muzo, ó de topacios, amatistas, rubíes, zafiros, y otras como las de Somondoco, y por fin de oro, dentro de cuyas puntas se han encontrado diamantes algunas veces. Por lo cual es muy verosímil que en estas tierras de Santa Marta, que son la cabeza de toda la cordillera de montañas que siguen por el Potosí hasta Chile y Paraguay con inmensos tesoros que encierran, hayan muchos criaderos de las preciosas piedras y metales que se hallan en la fila de las montañas del Nuevo Reino, contiguas a las de Santa Marta. Veo que esa es razón general, que por probar demasiado, nada probará tal vez. Mas a ella conviene añadir otra y es la antigua fama, y presente voz común, y persuasión general de que en esa Sierra Nevada, y en las contiguas que circuyen la provincia, hay grandísimos tesoros y criaderos riquísimos de oro, de plata y de piedras preciosas. Y no carece de fundamento esta general opinión, pues tiene el apoyo incontrastable de la experiencia de los primeros conquistadores que penetraron las cumbres y corrieron los valles de las sierras habitadas de los Taironas. En el centro del valle de Tairona tenían los Indios Taironas una fragua para la fundición de los oros, que de los ríos y quebradas y cerros se recogían, y como afirma el ilustrísimo Piedraita había también platería de joyas, las cuales serian regularmente de piedras preciosas engastadas en oro o plata, que de las canteras o vetas de aquellos cerros sacaban los Taironas. Confirma esto la tradición y relación de algunos Indios, que penetraron hasta la cumbre de un cerro, donde hallaron los rastros de hornillos y otros vestigios y señales de que allí estuvieron las fundiciones antiguas. De todo lo cual paréceme se puede colegir con fundamento, que en la provincia de Santa Marta no sólo hay abundancia de oro, sino también minas y canteras de plata y piedras preciosas (3). Porque, ¿cómo puede creerse que sólo en este provincia se hayan extinguido o desaparecido las minas de oro, las vetas de plata, y desvanecídose todos los tesoros y riquezas que hubo en los cerros, en los valles, en las quebradas y ríos, y que en las demás provincias del reino perseveren las mismas vetas, canteras y ríos, de los tesoros mismos que se hallaron desde la conquista? En Muzo se hallaron las minas de esmeralda, y aún duran; en la montuosa alta y baja Pamplona, están aún las celebradas vetas de Pamplona; en el río de Oro, junto a Girón, continúan las arenas de oro; en Somondoco las canteras de diversas hermosísimas piedras preciosas se crian y se encuentran todavía; en Mariquita las famosísimas minas de plata se trabajan aún ahora. Por fin, en Simití, Cáceres, los Remedios, en el Chaparral, en el Chocó, en Antioquia. las vetas y minas de oro, que se descubrieron en lo antiguo, de ellas todavía se sacan los oros y de ellas se proveen las casas de monedas para fundirlos, labrarlos y marcarlos a beneficio de todo el Nuevo Reino y aumento de las reales cajas. ¿Y es posible que sólo en la provincia de Santa Marta se haya acabado todo? ¿Que los ríos no arrastren ya más arenas de oro? ¿Que los valles, que los cerros tan fecundos antes de oro, de plata y de preciosas piedras se hayan vuelto tan estériles que no produzcan más tan preciosos frutos? Sólo una maldición semejante a la que se pronunció sobre los montes de Gelboe: Nec ros, nec pluv¡a veniat super vos, pudiera así secar las fuentes, agotar los ríos, y estirilizar cerros y montes de oro y de tantas riquezas. Pero juzgo no es así. La presente constante fama, la tradición recibida y creída en toda la provincia, y singularmente el correr tantos oros en las faldas de los cerros, y tanta tumbaga, metal que se forma de plata y oro, que se labra y gira más que en ninguna otra, por la provincia de Santa Marta, dan a entender que no se han acabado en ella los tesoros. Que muchos estén escondidos, lo confieso y luégo diré el por qué. Mas que no los haya lo niego. Dónde están lo diré en el siguiente discurso.

(1)
Lib. 3.
(2)
Lib. 3, c. 1.
(3)
 “Ab. oppido S. Mattae ad Ramadam auri reperiuntur metalla: in “Tayrona quoque plurimae, Lemmae, quantumvis pretii”. Joan Laet in Novo orbe.

   
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