SOLEDAD ACOSTA DE SAMPER

I

En el período de transición que va de la independencia al establecimiento del orden democrático en la Nueva Granada, se encuentra un nuevo modelo de mujeres, diferente del tipo de las de la Gran Colombia, que sin desinteresarse de la vida civil -o acaso por eso mismo- comienzan a interesarse por las letras. Era llegada la época del romanticismo, y los jóvenes poetas de la generación "gólgota" y "filotémica" hallaron almas gemelas para combustible de sus ideales. La mujer más interesante de esta nueva época, la precursora del tipo moderno de la colombiana intelectual, fue, sin duda alguna, la ilustre esposa de José María Samper.

Doña Soledad en efecto, tuvo salón, habló varios idiomas, conoció el mundo y escribió muchos libros. Vivió una larga vida; fue amiga de presidentes, de ministros y de políticos; respiró la atmósfera de la Nueva Granada, de los Estados Unidos de Colombia y de la República central y unitaria; trató a plenipotenciarios extranjeros y a intelectuales nativos e hispanos; sostuvo correspondencia con escritores europeos de la talla de don Juan Valera; fue hija de un estadista e historiador, esposa de un polígrafo y político de lucha, y madre de una religiosa-poetisa. La tradición la señala unánimemente como una mujer de voluntad, de cultura y de espíritu, que fue la ninfa Egeria del poeta-soldado y la Corina que celebró los grandes hombres y las obras maestras de su patria.

Nació en Bogotá, del matrimonio del general Joaquín Acosta con la honorable dama inglesa Carolina Kemble, el 5 de mayo de 1833, en una vieja casona santafereña de la calle 14, conocida antiguamente en su cuadra sexta con el nombre de "Calle de los Enfardeladores".

A la edad de doce años fue llevada a Halifax -Nueva Escocia-, donde a la sazón residía su abuela materna. Poco después pasó a París, y allí completó en varios colegios, durante un lustro, la esmerada educación que había empezado a recibir en el hogar.

De regreso a Bogotá, y muerto ya su meritísimo padre, casó con el notable escritor José María Samper, en 1855, con quien volvió dos años después a Europa. Residieron allí hasta 1862, cuando fueron a pasar un año en el Perú, donde su esposo redactó "El Comercio" y fundó la "Revista Americana", de Lima, casi con la exclusiva colaboración de doña Soledad.

Vueltos a Colombia, ambos continuaron dedicados de lleno a labores intelectuales. Durante algunos años fue muy conocida en la prensa de Bogotá con los pseudónimos de "Aldebarán", "Bertilda", "Andina", "Olga" y "Renato", y los periódicos de la capital, desde 1862 hasta su muerte, o sea durante medio siglo, contienen gran copia de artículos, novelas y revistas del extranjero, escritos por ella.

"Empezó doña Soledad ya casada -dice uno de sus biógrafos- a ensayarse como escritora traduciendo algunas piezas del inglés y del francés para los periódicos que dirigía su esposo; luego se encargó de escribir revistas de modas y de sociedad para algunos diarios del Perú; en seguida se ensayó como cuentista y novelista; y, por último, en medio del dolor que le causó la muerte de dos de sus hijas, buscó la distracción en los estudios serios, y de allí surgió historiadora, con todos los conocimientos necesarios para llenar lucidamente esta difícil empresa.

"Mujer de altas energías, no sólo con la pluma sino también con decorosa industria, supo hacer frente a la precaria situación a que se vio reducido su hogar a consecuencia de las persecuciones de que fue objeto su esposo durante la guerra civil de 1876. Mientras él se hallaba en los campamentos, el gobierno confiscaba su imprenta y hacía que la noble dama desocupase y entregase en el término de veinticuatro horas su casa de habitación. Desde entonces, y durante muchos años, sin secar la pluma, ejerció el comercio y ganó así lo necesario para la subsistencia propia y de sus hijas sobrevivientes".

Forman las primicias de sus labores, como escritora, una serie de cartas enviadas a la "Biblioteca de Señoritas", de Bogotá, periódico en donde aparecieron, en 1859, bajo el título de "Revista parisiense"; y otra de artículos muy interesantes sobre sus recuerdos de Suiza y viajes por Europa, publicados en ese mismo año en "El Mosaico", con el pseudónimo de "Andina", y posteriormente completados en "La Mujer".

A instancias de su esposo publicó su primer libro en Bélgica, en 1869, con el epígrafe de "Novelas y cuadros de la vida sudamericana". A partir de entonces dio a la estampa, con extraordinaria abundancia, novelas, estudios sociológicos, ensayos, impresiones de viaje, biografías, crónicas y libros de historia; fundó y sostuvo revistas femeninas; obtuvo, en 1883, con la "Biografía del general Joaquín París", el premio en el concurso abierto en Bogotá con ocasión del primer centenario del Libertador; ganó otro en Caracas, en 1909, con su "Vida del Mariscal Sucre", y asistió, como delegada de Colombia, al Congreso de Americanistas celebrado en Huelva a fines de 1892, con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de América, en donde presentó varias "Memorias" que le valieron el aprecio de las primeras mentalidades hispanas. Profesora de un feminismo sano, señaló nuevas rutas a su sexo, y adaptó a la educación de la mujer las ideas de Smiles en su "Self-Help", editando en París tres libros sobre asuntos sociológicos, en los cuales desarrolla admirablemente aquellas teorías, con profundidad en el razonamiento y en forma gallarda y placentera.

Amaba a Colombia con un patriotismo digno de los tiempos heroicos. Cuando, el 3 de noviembre de 1903, Panamá efectuó su separación, mediante el apoyo armipotente del los Estados Unidos del Norte, redactó ella un enérgico y bellísimo manifiesto, que fue firmado por más de trescientas damas bogotanas, en el cual señalaron éstas una línea de dignidad y de altivez al vicepresidente de la República, para dejar enhiesto el pabellón de la patria en medio de la infausta tribulación: "No os faltan, señor, ejemplos qué imitar -le decían-. No necesitamos recordar a los héroes de otras razas; en la nuestra los hay con profusión. ¿No arrojaron los españoles de su suelo a todo un Napoleón, que llevaba por séquito la Europa entera? Y en Suramérica no olvidéis las hazañas de Francisco Solano López, aquel presidente de una nación mucho más débil, mucho más atrasada, mucho más pobre que la nuestra. ¡Ah! Permitid que os hablemos de este heroico paraguayo y de su nación...

"En nombre de la dignidad humana, señor -concluían las matronas con un grito de angustia que parecía lanzado en un desierto, pues no halló sino un eco de estirada cortesía en las altas esferas-, en nombre de nuestra futura reputación, en nombre de nuestros nietos, que os pedirán cuenta de la herencia que debe bajar inmaculada a las generaciones venideras, os pedimos, señor, que levantéis en alto el estandarte que nos legaron Bolívar y Santander, de manera que de las cenizas del pendón nacional que algunos bandidos miserables se atrevieron a quemar en Panamá, surja nuestra fama, nuestro honor y futura gloria".

Y la señora Acosta publicó luego cuatro artículos, "Relaciones de los Estados Unidos con las naciones vecinas", en los que puso de presente los peligros que amenazaban a la patria por las artimañas del poderoso Tío Sam, clamando cual sacerdotisa del patrio amor:

"Nuestro deber es abandonar las ideas de ambición, olvidar los resentimientos de partido, apuntalar la casa de nuestra madre, mientras que acarreamos las piedras del cimiento del edificio que hemos de levantar... Salvemos a Colombia de la muerte que la amenaza, unámonos todos, y por medio de la predicación, los consejos y ese amor patrio que mora, más o menos desconocido, en el fondo de todo corazón humano, lancémonos juntos a salvarla, a volver por su honra y a sacarla del abismo".

En agosto de 1907 publicó otro artículo, "dedicado a los bogotanos", sobre "El general Antonio Nariño, primer patriota colombiano", en el que, después de referir cuanto aquél hizo y sufrió por darnos vida independiente, inicia la idea de levantar una estatua en la capital, digna del precursor, no costeada por el gobierno sino por los compatriotas del ínclito procer: "que los amigos de la justicia se interesen en ello; que propaguen por la prensa y particularmente esta idea; que se formen comisiones para ir de casa en casa a pedir a cada uno su óbolo, sea grande o chico, y que la lista de los contribuyentes para esta patriótica obra se publique y se conserve, en honor de los conciudadanos del gran Nariño".

Mujer caritativa, que unía el ejemplo a la palabra, destinó los bienes de la herencia paterna, consistentes en unos lotes de área de población en el municipio de Guaduas, a la obra de la Infancia Desamparada, de donde surgió el portentoso Asilo de San Antonio, fruto de la perseverancia del apóstol que respondió en vida al nombre de Manuel María Camargo. Y así como en las clásicas efemérides se ponía doña Soledad a la cabeza de las más notables damas para rendir glorioso homenaje a los próceres de la patria, en las cruentas calamidades de ésta era la columna que guiaba a la aristocracia femenina en cuerpo colegiado, para aplacar con su influyente respetabilidad el desborde de las pasiones políticas, o para impetrar con súplicas cristianas gracia humanitaria respecto de los sentenciados al cadalso.

La señora Acosta de Samper no se señaló únicamente como escritora distinguidísima en nuestra lengua; también publicó en francés su novela "El esclavo de Juan Fernández", y vertió al español algunas obras de autores ingleses y franceses. Perteneció a las academias de historia de Colombia y Venezuela, a la Sociedad de Geografía de Berna, a la de Escritores y Artistas de Madrid, a la Jurídico-literaria de Quito y a otras similares.

Tan sólo la muerte hizo que la pluma cayera de sus manos. Sus últimos artículos fueron publicados en "La Crónica", de Camacho Carrizosa, y revelan el patriotismo desvelado de la ilustre anciana: en uno se refería a la debatida cuestión panameña, que por aquellos días agitaba los espíritus, con motivo de las gestiones entre las cancillerías para el reparo de la ofensa causada a Colombia; en otro dio la primera voz de alarma contra la fiebre tifoidea, que se trataba de hacer endémica en el suelo bogotano.

Confortada por los consuelos de su fe, entregó el alma al Señor el 17 de marzo de 1913 esta escritora, considerada por la prensa suramericana como "la más notable de Colombia y una de las más gloriosas figuras de la intelectualidad femenina de América".

II

La señora Acosta de Samper, escritora -y escritora de una pieza-, tuvo en toda su producción una característica esencialmente femenina: la de recibir las huellas de cuantas influencias le salieron al pasó.

Empero, este aserto debe tomarse en el sentido de mayor amplitud. Tratándose de un espíritu de tan potente eficacia como el de esta autora, ocioso es subrayar que las influencias que podían avasallarlo no habían de ser meras modalidades del momento. La personalidad de doña Sola afirmóse desde un principio lo bastante enérgica para sacudir las normas tediosas y frívolas del ambiente de aristocracia criolla en que vivía, y por lo mismo no iba a dejarse arrastrar de buenas a primeras por una u otra corriente literaria. Mas su misma curiosidad; esa curiosidad insaciable que la hacía entregarse de lleno a unos estudios o a unas lecturas comenzados poco menos que al azar, y sustituirlos por otros estudios u otras lecturas, cuando aún no se le habían revelado los primeros sino muy superficialmente; su mismo afán de saber y de avanzar de continuo, no le permitieron nunca equilibrar, en un credo literario sereno, el ideal propuesto y el ideal aceptado.

Al abrir los ojos al mundo literario tropezó con Víctor Hugo y Balzac e imitó a estos maestros en "Dolores", en "Teresa la limeña" y en "El corazón de la mujer", sus primeras novelas. Los cuadros de costumbres fueron el punto fuerte de la literatura colombiana en el pasado siglo: desde la "Manuela", de Eugenio Díaz, hasta "El Moro", de Marroquín, toda la producción de ese género constituye el verdadero aporte idiosincrásico de Colombia a las letras hispanoamericanas. La señora Acosta de Samper, que no admitía el yugo del naturalismo francés, y que siempre quiso sentar plaza de casticista en literatura y en ideas, siguió en sus comienzos la escuela de un naturalismo moderado, con ribetes románticos, no el del autor de los "Rougon Macquart", sino ensayándose en escenas de una encantadora espiritualidad, a la vez que se internaba en el estudio psicológico del corazón femenino, auscultado a través de varios tipos de mujer.

"Dolores" apareció por primera vez como folletín de "El Mensajero", el diario que en 1867 preparó el golpe de Estado del 23 de mayo contra Mosquera, -y dos años después fue recogida en el volumen "Novelas y cuadros de la vida sudamericana"-. La acción, que se desarrolla veinte años atrás, versa sobre los amores de una muchacha de aldea, romántica y artista, hacia cierto joven bogotano, a quien conoce en una fiesta de su pueblo. Mas la fatalidad, el implacable "moira" de los griegos, viene a interponerse entre los dos enamorados: el terrible mal de Lázaro, heredado de su padre por Dolores, se apodera del cuerpo grácil de ésta, y hace imposible la unión de los jóvenes. La autora nos describe con grave sencillez los estragos físicos y morales de la enfermedad, y el proceso del drama interior que desgarra el corazón de la protagonista, hasta rendir su carne a la madre tierra, aislada del mundo, con el recuerdo de su amor en la mente y el nombre del amado en los labios.

Esta breve novela, de menos de 100 páginas, produjo sorpresa y admiración. Era la verdad Cotidiana que entraba en el arte. Frente a los vuelos imaginativos resaltaba allí la sencilla realidad; frente al lenguaje y estilo literarios, el lenguaje natural y corriente. El efecto que produjo lo tenemos bien reflejado en el hecho de haber sido vertida al inglés y publicada en Nueva York bajo el título de "Dolores: The story of a leper". El tema era nuevo en las letras, aunque después haya sido explotado con maestría por novelistas y dramaturgos. La autora era desconocida aún, y firmó su obra con el pseudónimo de "Alderabán". El mayor mérito de esa novela consiste seguramente en la gran verdad de los caracteres y de las descripciones; y si la labor de la señora Acosta de Samper, comparada con la de insignes maestros que vinieron después, nos parece hoy algo pálida, en relación con sus predecesores, en relación con el estado en que se hallaba entonces la novela, merece, ciertamente, el tributo de grandes elogios.

Siguieron a "Dolores": "Teresa la limeña", relato de la vida de una peruana, que se publicó primeramente en 1868, en el folletín de "La Prensa", de Bogotá, y que fue el resultado de la experiencia de sus observaciones en la sociedad del Rímac; "Laura", novela psicológica, de índole sentimental y docente, que se basa en un caso de adulterio, o mejor dicho de bigamia, terminado en tierno idilio de ultratumba entre el esposo culpable y la digna compañera ofendida, quien sólo perdona y vuelve a amar en el instante supremo de la muerte, y "Constancia", hechicera figura de mujer apasionada y superior, cuya historia vemos deslizarse entre rosas y espinas. Estas dos últimas aparecieron en "El Bien Público", de Bogotá, años de 1870 y 1871.

Mas ya por esa misma época, sin proponérselo, sin saberlo tal vez, la señora Acosta de Samper, dilettante de todas las novedades exóticas; catadora, con frecuencia serena, y con frecuencia algo ingenua, de todas las modalidades y modas literarias, encontróse a sí misma, encontró su "razón de ser", agrupándose simplemente junto. a los novelistas que explotaban los temas históricos y de que era jefe el escocés Walter Scott, enamorado de la naturaleza y de las tradiciones de su patria. Aficionóse, quizás por sugestión de su ilustre esposo, al estudio de los grandes hechos que narran las crónicas americanas, y pensó penetrar el secreto de hacer resurgir el pasado con su espíritu propio y en todos sus detalles. "Desconfiando de mis facultades para escribir una historia verdadera de la vida de los conquistadores de mi patria -confiesa ella misma-, intentaba trazar una serie de cuadros histórico-novelescos que pusieran de manifiesto los hechos de aquellos héroes cuasi fabulosos, cuando toqué con una dificultad -¡quién lo creyera!-: la de que la vida, desnuda de toda trama novelesca, sin quitarle ni ponerle cosa alguna, sin tener que añadir ninguna aventura a la narración de cada uno de aquellos personajes, bastaba para interesar al lector y surtía todos los efectos de un cuadro histórico-novelesco".

Y fue así como escribió en 1870 "José Antonio Galán", episodio novelesco sobre la insurrección de los comuneros, ampliado y complementado diez y ocho años después con una segunda parte sobre "Juan Francisco Berbeo", recogida, con la anterior, en libro que vio la luz pública en 1887. El buen éxito de "Galán" le animó a iniciar la más ambiciosa empresa novelística que hayamos tenido. Propúsose pintar las costumbres y el carácter del español en su tierra natal antes y después del descubrimiento de América, con el objeto de que esto sirviera de introducción a un vasto plan de vulgarización de la historia de Colombia, para darla a conocer al pueblo en la forma novelada en que lo estaba haciendo con la española el insigne Pérez Galdós con sus "Episodios Nacionales". Empezó por "Gil Bayle", leyenda histórica de la España de fines del siglo XIV, publicada primitivamente en el folletín de "La Ley" -1876-, en cuyo protagonista describe al guerrero hispano del feudalismo puro. A esta novela siguióle la titulada "Los hidalgos de Zamora", en que estudia al peninsular del siglo XVI, con todos sus defectos y cualidades, su heroísmo, su valor y galantería exquisita, sus instintos de arrogancia, de dureza y de orgullo llevado hasta la crueldad. Aunque apareció por la primera vez en el folletín de "El Deber", en 1878, lleva al pie fecha de julio de 1873, por lo cual ésta y la anterior debieron ser escritas entre el último año y el de 1870.

Tornó a la novela de costumbres con "La holandesa en América", publicada en el folletín de "La Ley", -1876-, en la que aparecen dibujadas con mano hábil algunas costumbres de los habitantes provincianos de Holanda, y otras de las gentes rústicas y también de las cultas de Colombia, acompañadas de largos e interesantes episodios de la historia moderna de esta república, como la insurrección de Meló, entretejidos con reflexiones y sentencias bien meditadas, al favor de una trama novelesca que hunde sus raíces en la naturaleza humana, y de acuerdo con el estado social y político del país en la época que abraza la parte narrativa de la fábula desarrollada por la autora.

En 1878 reanudó la serie histórica con "Alonso de Ojeda", el descubridor de nuestras costas atlánticas, tipo acabado del capitán aventurero del siglo XVI, cuya vida fue realmente una novela. Apareció en "La Mujer", primera revista dirigida por doña Soledad, y muchos años después, en 1907, se reeditó en libro con el título de "Un hidalgo conquistador". Sólo en 1905 publicó en "Lecturas para el hogar" la cuarta novela de la serie: "Aventuras de un español entre los indios de las Antillas". Y se quedaron inéditas "Vasco Núñez de Balboa", "El Tirano Aguirre", y otra que tenía proyectada sobre los extraños viajes de Nicolás de Federmann al través de Venezuela y los Llanos, la súbita llegada a la sabana de Bogotá, en donde tropezó con otros dos conquistadores: Quesada, que había trepado a la altiplanicie desde Santa Marta, y Benalcázar que venía de Quito. La época de la colonización quedó representada en el libro de crónicas histórico-novelescas, "Los Piratas en Cartagena", publicado en 1886, que es, sin duda, el más interesante de los que escribió doña Soledad dentro del género, por su estilo preciso y claro, y por la habilidad en la distribución de los resortes novelescos, en que mezcla la parte histórica con la romántica, a fin de atraerse la atención del lector. También pertenecen al estudio de esta época las relaciones cortas: "Francisco Martín", "La esposa del contador Urbina", "El ángel de doña Juana", "Bartolomé Sánchez", "La nariz de Melchor Vásquez", "La india de Juan Fernández" y "Una aparición en 1651". Y en cuanto a la guerra de la independencia, la señora Acosta de Samper la describió en tres novelas: "La juventud de Andrés", "La familia de tío Andrés", y "Una familia patriota", publicadas entre 1880 y 1885 en "La Mujer" y "La Familia", revistas que dirigió la autora por esos años.

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No desmerece un escritor porque sus obras completas comprendan muchos títulos, cuya trascendencia esfumóse a la par que su actualidad. La señora Acosta de Samper está todavía demasiado próxima a nosotros para que sus escritos, "de actualidad" en su época, no parezcan viejos; se necesita el transcurso de algunas generaciones para que lo viejo adquiera pátina de antiguo, y recobre su interés. Podrá ser solamente un interés histórico o de mera erudición, pero al fin y al cabo brillará su nombre en medio de la densa oscuridad. Nos será lícito entonces darle el título que nadie le ha disputado, de uno de los más insignes escritores colombianos de la época inmediatamente anterior a la nuestra.

GUSTAVO OTERO MUÑOZ

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