Carta dedicatoria

Al excelentísimo señor doctor don Rafael Núñez, Presidente de Colombia.

Estimado señor y antiguo amigo:

¿A quién, sino a usted, podría yo dedicar esta obrita, fruto de mis veladas de los últimos dos meses?

Cartagena ha sido siempre para mi espíritu una de las ciudades más interesantes de Colombia, no tan sólo por su poética belleza, por la amable hospitalidad que siempre he recibido en ella las veces que la he visitado, y por su heroica historia -desde el descubrimiento, al empezar el siglo XVI, hasta los acontecimientos ocurridos allí en el año último-, sino también porque en sus playas vaga para mí el recuerdo de mi padre, a cuyo lado visité en la infancia aquellas magníficas murallas; aquellas ruinas asombrosas de una grandeza que aún no ha muerto. A él oí referir por la vez primera la historia de Cartagena, y lo sucedido allí en la época colonial y en el glorioso sitio de 1815. Estos recuerdos no se han borrado nunca de mi mente.

Hacía mucho tiempo que yo deseaba escribir algo por extenso acerca de las tragedias históricas ocurridas en Cartagena; pero no había tenido ocasión de realizar aquella idea, hasta que, al encargarme del folletín de La Nación, se me ocurrió que éste debería contener algunas narraciones histórico-novelescas de interés en la actualidad, y empecé a escribir los cuadros que usted ha tenido la bondad de leer, según entiendo con algún aprecio, no por el escaso mérito que ellos tengan, sino por referirse a su ciudad natal.

Suplico, pues, a usted que acepte esta dedicatoria, como un público testimonio del grande aprecio y verdadera amistad que profeso al regenerador de mi patria y al más ilustre de los hijos de Cartagena.

Me repito de usted atenta servidora y amiga,

SOLEDAD ACOSTA DE SAMPER

Bogotá, enero 24 de 1886.

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