VI

La triste y humillada guarnición se hallaba reunida a la entrada de la fortaleza.

-Bien, -dijo el general arrojando una mirada sobre unos treinta negros y mulatos y algunos veteranos heridos que allí aparecían-; llamad, señor, al resto de vuestra tropa.

-Esto que veis, general, es todo lo que hay; los demás, que no eran muchos, han muerto...

-¿Y con estos pocos hombres, señor castellano, habéis resistido tres días con sus noches a un ejército de diez mil hombres con gruesa artillería y armados lo mejor que se ha visto?... ¡En verdad, -añadió, dando una patada en el suelo-, que este atrevimiento es inaudito!

-No lo considero atrevimiento, barón, -repuso don Sancho con sosiego-; ni creo que era faltar a mi deber como caballero, tratar de defender con un puñado de hombres el castillo que se me había encomendado. ¡Oh, -añadió-, si éstos no fueran tan cobardes, primero hubiéramos visto volverse polvo estos muros que entregamos!... Sin embargo, si consideráis que mi conducta no ha sido como debería ser, aquí estoy en vuestras manos; podéis hacer de mí lo que os plazca.

No respondió cosa alguna el francés, sino que se apartó con su estado mayor a un salón interior, en donde pasó largo rato conferenciando a solas con sus oficiales.

Entre tanto don Sancho se había sentado sobre un cañón en lo alto de un muro, de donde contemplaba con honda pena los preparativos que hacía el enemigo para emprender marcha hacia Cartagena. Una voz desconocida para él le arrancó de su triste meditación.

-Señor Jimeno, -decía en malísimo castellano un coronel francés que acababa de ser nombrado por su jefe comandante del castillo-: vengo a pediros que me entreguéis por inventario los víveres y municiones que debéis de conservar en los almacenes de la fortaleza.

-Yo no tengo nada que entregaros, -repuso el español arrugando el entrecejo.

-¡Cómo!

-Buscad al artillero Francisco Vives, -repuso Jimeno-: él os dará cuenta de todo eso; él tenía las llaves de los almacenes y no yo...

Y diciendo esto volvió la espalda al coronel, y siguió contemplando los movimientos de la escuadra enemiga.

Fuese muy quejoso el coronel a dar cuenta a sus jefes de la manera como le había recibido el español.

-¡La firmeza de carácter de este hombre es asombrosa! -exclamó el barón-; y si así fueran todos los cartageneros, gastaríamos un siglo en rendir la plaza.

-¿Qué pensáis hacer con él? -preguntó el antiguo negrero Ducassé-. Anda solo por la fortaleza y si no fuera porque yo le he puesto centinelas de vista...

-¡Le insultáis con eso! -exclamó el general-. Ese hombre es un héroe, y exijo que le dejéis en libertad.

-¡En libertad!... Si Jimeno pasa a la ciudad de Cartagena, nos puede hacer muchísimo daño. ¿No sería mejor dejarle en esta fortaleza prisionero?

-Hacedme el favor de suplicarle que pase a hablar conmigo.

Momentos después el castellano de Boca Chica entraba con sombrero en mano en el salón en que le aguardaba el francés. Este, al verle, se descubrió:

-Os escucho.

-¿Deseáis vuestra libertad?

-Soy vuestro prisionero; ya no puedo tener opinión acerca de mí mismo; pero es muy natural desear la libertad.

-Podéis hacer uso de ella...

-Sois generoso...

-Con una condición, empero...

-¿Cuál?

-Que no iréis a la ciudad de Cartagena. Esta fortaleza, que era el puesto que se os había señalado, ha sucumbido; no tenéis obligación de ir a defender otra.

-Es verdad... pero un súbdito debe morir defendiendo la propiedad de su rey...

-Entonces ¿rehusáis vuestra libertad?

-¿Para qué engañaros?... No puedo hacer uso de ella sino para combatir de nuevo hasta rendir el alma, si es preciso, en la lid.

-¿No tenéis familia?

-Sí; una esposa idolatrada...

-¿Está acaso en Cartagena?

-No; debe hallarse en una estancia que tengo no lejos de aquí.

-Comprendéis, señor don Sancho Jimeno, -dijo el francés-, que yo sería un imbécil si os permitiera salir de aquí para ir a animar a los que quiero combatir...

-Yo tampoco, -dijo el otro gravemente-, obraría de ese modo si estuviese en vuestro lugar.

-Sin embargo... yo no quiero dejaros preso aquí... Me he enamorado de vuestro denuedo y noble ánimo; me interesáis muchísimo y deseo vuestro bien; pero ¿qué hacer en este caso? Ayudadme a favoreceros.

-Os lo agradezco en el alma, barón, pero...

-¡Vamos! Ablandaos un poco; transijamos la dificultad: en lugar de dejaros encerrado en estos calabozos os mando preso cerca de vuestra esposa. ..

-¡Yo no puedo llevar soldados a mi casa!

-No enviaré sino un centinela, que no os desagradará.

-¿Cuál?

-Vuestro honor. Me bastará vuestra palabra de permanecer preso cerca de vuestra esposa durante mi permanencia en estas costas, y al momento mismo os enviaré allá, y estaré más tranquilo que si os tuviera encerrado en una jaula de hierro.

El español se puso a pasear en silencio de una punta a otra del aposento.

-Acepto, -dijo al fin-, con una condición.

-Veamos cuál es.

-Que escribiréis las bases de nuestro tratado en un papel que firmaremos ambos; no quiero que se sospeche jamás que he obrado con poca lealtad.

..........................................................................................

Una hora después el castellano de Boca Chica saltaba en un bote, y acompañado por un oficial francés, que llevaba un salvoconducto, y por el religioso de San Juan de Dios, que había suplicado al barón de Pointis que le permitiese seguir al lado de Jimeno, dirigió él mismo la embarcación hacia las vecinas playas de Barú. Cuando de lejos descubrieron la casa de la propiedad de don Sancho, el oficial dijo:

-Mi comisión ha concluido, caballero: el general me encargó que os dejase antes de entrar en vuestra casa.

Saludó cortésmente don Sancho Jimeno, y mientras que el francés volvía a buscar su embarcación, él se dirigía a su casa.

Todo estaba solitario; no se veía un esclavo en las plantaciones de caña; la casa de habitación estaba cerrada, y no había animal doméstico en ninguna parte.

-Sin duda Teresa se ha marchado a Villanueva, como yo le mandé, -dijo don Sancho.

-¿Qué haremos ahora? -preguntó el desconsolado padre, el cual, después de haber pasado tantos sustos, ansiaba llegar a un lugar seguro en donde poder descansar.

En aquel momento se presentó el mayordomo de la hacienda; confirmó lo que había pensado el español, y les ofreció su casa, que estaba a alguna distancia.

-Yo no puedo quedarme aquí -contestó el castellano de San Fernando-: he sido enviado por el general enemigo, bajo mi palabra, al lugar en que se halle mi mujer; allí debo permanecer hasta que nos veamos libres de los franceses.

-Descansad vuesamerced en mi casa hasta mañana, -dijo el mayordomo.

-No; no puedo hacerlo hasta no llegar a mi destino; dadme un guía, -añadió-, y un caballo ensillado, y ahora mismo seguiré camino. Su paternidad, -añadió dirigiéndose al religioso-, puede quedarse aquí en paz, y así dirá al barón, si me manda llamar, adonde he tenido que irme; pues yo me considero preso aún, aunque no rendido...

-Pero ya llega la noche...

-Por lo mismo, debo emprender viaje inmediatamente, pues no he de descansar hasta llegar a Villanueva.

El religioso le tomó la mano.

-¡Jesús, María! -exclamó-, estáis ardiendo de calentura.

-Hace seis noches que no duermo y otros tantos días que no he podido pasar casi ningún alimento... De ahí proviene la calentura.

-No llegaréis, señor, por caminos extraviados, como vuesamerced ha de llevar, sino hasta mañana; mejor será que descanséis aquí hasta mejoraros.

-Repito que si no me dan lo que pido inmediatamente, me iré a pie y solo...

Hubieron de darle gusto. El mayordomo mismo lo fue a acompañar, y fue bien pensado, porque algunas horas antes de llegar a Villanueva, a pesar de su grande ánimo, las fuerzas desampararon por completo al castellano; perdió el movimiento y la voz, y no llegó al lado de su esposa sino en un estado tal de postración, que por muchos días estuvo entre la vida y la muerte.

VII

El gobernador don Diego de los Ríos, después de la caída de la fortaleza de Boca Chica, creyó conveniente abandonar todas las fortalezas y castillos de la bahía y el de San Felipe y la Popa, lugares que el enemigo fue tomando uno a uno y estableciéndose en ellos, con el objeto de prepararse a un ataque serio dirigido a la ciudad. La heroica defensa del castillo de San Fernando había hecho comprender a los franceses que, no obstante su enorme artillería y el gran número de tropas que llevaban, no era tan fácil, como habían pensado, la rendición de aquella plaza fuerte.

Al fin quedó todo preparado para el ataque definitivo, siendo el día y la hora un secreto hasta para los oficiales de las tropas francesas y los jefes mismos de los filibusteros, de quienes el barón desconfiaba siempre, por su falta de disciplina y espíritu revoltoso.

Don Diego de los Ríos había concentrado sus fuerzas en los lugares más peligrosos, y encargado su custodia a los oficiales de su mayor confianza. Uno de éstos era el capitán don Francisco Santarem -el amo de aquel negro infiel de quien hemos hablado en otro capítulo-. Habíasele encomendado el baluarte llamado de la Media Luna, el cual tenía una brecha por donde debía defenderse contra la tropa que llegara por la vía de tierra. La brecha encomendada a dicho capitán no medía más de tres varas, en donde le habían dado orden de situar dos cañones. Varias veces el gobernador había preguntado a Santarem si ya tenía arreglado el parapeto, a lo cual éste contestaba que inmediatamente se pondría a la obra; pero con varios pretextos se descuidaba, pasaban los días así y él nada hacía.

La noche del 1° de mayo cerró lluviosa y oscurísima; ni una estrella brillaba en el cielo, negro como un manto de terciopelo; recias ráfagas de viento sacudían las banderas y rugían entre los mástiles de los navíos enemigos anclados en la bahía. Los centinelas sobre las murallas no alcanzaban a distinguirse a dos varas de distancia, y el ¡quién vive! era continuo en contorno de la ciudad, enteramente sitiada por los franceses.

Serían las doce de la noche cuando un bote fue arrojado al agua por el lado de Tierra Firme, frente al baluarte de la Media Luna, y con los remos envueltos en lienzos para que no hiciesen ruido; los cuatro hombres que iban en el bote remaron activamente con dirección al barrio de Getsemaní.

Los centinelas que se hallaban en la puerta del puente dieron un estentóreo ¡quién vive! y llamaron al cabo de guardia. En el mismo momento la tenue lluvia que había caído hasta entonces se convirtió en un recio aguacero, y los soldados que se vieron cegados por la lluvia y por el viento, volvieron instintivamente la espalda al temporal.

Cuando pasó la ráfaga y dirigieron las miradas hacia el punto en que habían visto una sombra deslizarse sobre el agua, nada vieron ya... Una pequeñísima luz, como la de un cigarro encendido que fue arrojado al agua, sirvió de guía y señal a los del bote, y éstos, en breves momentos arrimaron al pie del baluarte de la Media Luna; arrojáronles de arriba una escala de cuerdas, de la cual uno de los embarcados se asió y subió ligeramente a lo alto de la brecha, mientras que los otros ataron el bote, y todo volvió a quedar en silencio, salvo el caer de la lluvia, que se deslizaba por encima de las murallas y goteaba dentro de la arrimada embarcación.

No había sobre aquel baluarte sino un solo hombre, envuelto en una capa, y un negro agazapado, que era el que había arrojado las cuerdas.

-¿Quién va? -exclamó el de la capa, en voz baja, bien que el ruido causado por la lluvia impedía que se oyese ningún otro a corta distancia.

-Yo... ¡Ducassé!... ¿Hablo con el capitán Santarem? -contestó en francés y muy paso el recién llegado.

-No os equivocáis. ¡ Qué noche tan propicia para nuestro objeto! ¿No es así? -repuso el de la capa en el mismo idioma, y también a media voz.

-¿Nadie nos oye?

-Nadie absolutamente... Yo ofrecí a mis compañeros de guarnición velar aquí con Juan, mientras que ellos aprontaban los cañones para traerlos cuando escampe la lluvia.

-¿Y los haréis traer?

-Según lo que dispongáis... Ya sabéis cuáles son mis condiciones.

-¡Pedís demasiado!

-¡Demasiado, cuando os entrego la llave de la ciudad!

-¡De todos modos hemos de entrar en ella!

-Acordaos de Boca Chica: aquí todos son por el estilo de Sancho Jimeno, y con gusto rendirán la vida por su rey...

-También hay otros como vos: don José Márquez, don Pedro Cañarete y don Juan de Berrío... los cuales son accesibles a rendirse por interés.

Santarem dio un paso atrás y se mordió el labio.

-Transijamos, -repuso el jefe de los filibusteros-: el tiempo urge y tengo que volverme al campamento... La lluvia empieza a ceder, y si aclara nos pueden ver desde los baluartes inmediatos.

-¿Qué me ofrecéis en resumidas cuentas?

-Dinero no...

-¿Dinero no?

-Mercancías.

-¡Bien! Las que yo escoja...

-No tanto así... Pero unos cuatrocientos mil pesos en ropas, cuyo precio fijarán peritos escogidos por mí...

-Y por mí también... y una balandra en que llevarlas fuera de aquí; pues yo tendré que dejar la plaza con vosotros, repuso Santarem.

-Convenido...

-¿Tengo vuestra palabra?

-La tenéis... Os juro por mi honor que si cuando ataquemos la ciudad, este puesto se halla desamparado, tendréis lo que habéis pedido.

-¿Y cómo sabré la hora del ataque?

-Oiréis un tiro primero, y dos más, uno tras otro, en seguida, aquí enfrente, al pie del castillo de San Felipe... Aguardad la señal quizás antes del día de mañana.

Al decir esto, y sin despedirse, se acercó al baluarte, se deslizó por la escala de cuerdas que había quedado pendiente, bajó al bote, y los que lo tripulaban remaron aceleradamente hacia la opuesta orilla, mientras que el negro quitaba las cuerdas y las ocultaba en un hoyo que cubrió con una piedra.

La lluvia había cesado enteramente, cuando la luna asomó sobre el horizonte plateando torres, campanarios y murallas, y haciendo brillar las armas de los centinelas que se paseaban sobre los baluartes. Hacía rato que los soldados que estaban a órdenes de Santarem habían regresado a la muralla, y avisado a éste que todo estaba listo para transportar los cañones a la Media Luna.

-Aguardemos el día, -dijo él.

A pesar de las precauciones que tomaban los franceses para no ser oídos, sentíase por todas partes cierto rumor extraño, que probaba que algo inusitado ocurría en el campamento enemigo.

Santarem se sentó sobre un parapeto y empezó a quejarse, diciendo que estaba muy enfermo, y que si continuaba así tendría que retirarse de las murallas.

De repente se oyó al pie del castillo de San Felipe un tiro seguido de otros dos, y reinó después el silencio.

Inmediatamente arrecióle el mal al capitán don Francisco Santarem; pidió que le llevasen una silla para que le transportasen a su casa, que estaba al otro lado de la ciudad, y sin dar órdenes ningunas con respecto a la defensa del baluarte, se hizo llevar en la silla, fingiéndose muy enfermo. Sus soldados, que eran los peores de la plaza (escogidos así exprofeso por el traidor capitán), al verse sin jefe se desbandaron en silencio y esa parte de la muralla quedó abandonada.

VIII

Empezaba apenas a clarear el día 2 de mayo de 1697, cuando todos los ejércitos franceses atacaron la ciudad por tierra y por mar.

Viendo que el baluarte de la Media Luna había sido desamparado por su capitán y abandonado por los que le acompañaban, el jefe de la plaza ordenó a un don Pedro Cañarete que corriese a ocupar ese baluarte con los ochenta hombres que tenía a sus órdenes; pero éste, en lugar de obedecer, se fue a ocultar al otro lado de la ciudad. Un don Juan de Berrío dejó solo el baluarte de San Lázaro, cuya defensa le habían encomendado, y aunque otros cartageneros hicieron resistencia, los franceses se apoderaron antes de anochecer de todo el barrio de Getsemaní, y empezaron a arrojar bombas sobre la parte de la ciudad de Cartagena que se sostenía, y en donde se hallaban las casas más ricas e importantes de ella.

La población entera se hallaba sumida en la mayor consternación el día 3 de mayo. Las bombas habían arruinado muchas casas, entrádose hasta el interior de las iglesias y causado graves daños, y al mismo tiempo no faltó quien difundiese por la ciudad la especie de que si no se rendía la plaza, los filibusteros asesinarían a cuantos hallasen vivos en la población, y que no dejarían piedra sobre piedra. A esto se añadía que nadie tenía confianza en la pericia y el valor del gobernador, y todos abrigaban el temor de que muchos oficiales de la guarnición estuviesen vendidos a los enemigos, y aun se susurraban sospechas contra don Diego de los Ríos mismo.

A medio día el gobernador vio asediada su casa por una turba de revoltosos, que pedían a gritos que procediese a capitular. Que no había esperanza ni posibilidad de sostenerse aún, era la convicción de todos. Cartagena era entonces un emporio de riqueza, la riqueza lleva consigo la molicie y el temor de perder la vida; así, pues, pocos eran los que sentían amor a su rey y a su honor, y no les importaba humillarse ante las huestes enemigas, si aquello podía reportarles mayores bienes que si resistiesen con valor al empuje de los contrarios.

Vacilaba el perezoso y débil gobernador ante la imponente voz de los revoltosos, cuando se presentó una diputación enviada por una compañía de valientes que guardaba el baluarte de Santo Domingo, compuesta de comerciantes de Santafé de Bogotá y de Quito que estaban establecidos en Cartagena. Estos pedían con instancia que no se cejase ante las exigencias de la plebe; aseguraban que con la guarnición que existía en la plaza y los recursos que poseían, podrían defenderse hasta fastidiar al enemigo, que había tenido ya muchas bajas y estaba descontento. Pero no bien hubo hablado la comisión de los comerciantes de Santo Domingo, cuando se presentó otra respetabilísima: iba de parte de los dos cabildos, que pedían se capitulase inmediatamente, porque no había resistencia posible. Después de esto llegaron varios religiosos, los cuales, en nombre de las comunidades religiosas de la ciudad, suplicaban que no se derramase sangre inútilmente, porque no había esperanza de rechazar al enemigo... Ante estas opiniones, a las que se añadía la suya propia, el gobernador resolvió capitular. Mandó enarbolar bandera blanca y envió emisarios al general de la armada francesa ofreciendo, bajo condiciones muy honrosas, entregar la plaza. Accedió a todo el barón de Pointis, y el día 4 de mayo por la mañana salió la guarnición de Cartagena (dos mil hombres) con sus armas, los empleados del gobierno civil, con una parte de sus haberes, el Tribunal de la Inquisición y las monjas del Carmen y de Santa Clara, que prefirieron quebrantar su clausura más bien que permanecer en la ciudad en que imperaban los filibusteros, a pesar de que se había estipulado que los vencedores respetarían las iglesias y los conventos.

Tranquilizáronse un tanto los espíritus cuando vieron que Pointis se dirigió a la catedral inmediatamente que entró en la ciudad, y pidió respetuosamente al provisor, que le había salido a recibir, se entonase el Te Deum.

Nombró en seguida gobernador de la ciudad al gobernador de Petit-Goave, Juan Bautista Ducassé, el cual dio amplias licencias de hacer su gusto a los filibusteros. Pero los habitantes, que se veían maltratados, y robados los templos por aquella horda de bandidos, acudieron a quejarse al general de la escuadra francesa, y aunque éste se indignó y quiso arbitrar remedio, Ducassé no pudo o no quiso poner término a aquellos abusos, y cruzáronse entre los jefes palabras muy hirientes. En resumen los cartageneros no obtuvieron las garantías que se les habían ofrecido, y el susto y la aprehensión reinaron en todos los ánimos, pues no se sabía hasta qué punto llegarían las vejaciones de los filibusteros, quienes recorrían las calles tomando para sí cuanto se les antojaba y aterrando a los pobres vecinos con sus amenazas.

Entre tanto que sucedían estas cosas, el capitán Santarem alojaba en su casa a algunos de los franceses, compraba -ya sabemos a qué precio- un cargamento de mercancías, expropiadas por los enemigos a sus conciudadanos, las cuales embarcaba en una balandra de los filibusteros; y aunque era mal mirado por los cartageneros y despreciado por los franceses mismos, él se manifestaba muy satisfecho con sus mal adquiridas riquezas, de las cuales fue a disfrutar en Francia muy a su sabor, y después se radicó en Portugal, de donde era oriunda su familia.

IX

Veamos ahora qué había sido de nuestro héroe Sancho Jimeno durante todas las semanas en que le hemos perdido de vista.

Cuando se vio curado de la enfermedad que le había acometido después de la rendición de Boca Chica, tuvo la pena de saber que Cartagena se había rendido, no obstante los muchos recursos que poseía. Hallábase, pues, retirado en Villanueva al lado de su esposa, cuando se presentó un negro que le enviaba el mayordomo de la hacienda que tenía en Barú, el cual le dijo que llevaba una carta que había escrito el padre de San Juan de Dios que allí estaba asilado.

-Dame la carta, pues, -dijo Jimeno alargando la mano.

-La carta me la dio el mayordomo...

-¿Y qué la hiciste?

-Hacía una hora que había salido de la hacienda y me preparaba para pasar al estero, frente al pueblo de Pata de Caballo5, cuando me cogieron preso unos blancos de Cartagena que están allí escondidos, me quitaron la carta, la leyeron, y me mandaron que siguiera mi camino, que ellos sabrían qué habían de hacer con la carta.

-¡Atrevidos! -exclamó Jimeno-. Pero tú a lo menos debes saber el motivo que tuvo el religioso para escribirme.

-Debió ser para avisar al amo que estaban en la hacienda unos franceses que iban de parte de su general, a ver si sumerced estaba todavía en su casa de campo, como él se lo había mandado.

-Vuélvete otra vez, hijo, -repuso Jimeno-, y di a los franceses que si no estoy en Barú, es porque mi mujer se había venido para acá, y que aquí como allá estoy a sus órdenes, como prisionero que soy de su gobernador.

Dos días después de aquel en que estuvo el negro a dar cuenta a su amo de lo que hemos sabido, Jimeno recibió una orden del gobernador Diego de los Ríos, mandándole que aclarase un cargo que tenía contra él el barón de Pointis, el cual le acusaba de traición, porque los soldados franceses que fueron a su hacienda de Barú habían sido llevados presos al gobernador por los aldeanos de Pata de Caballo, y que no habían apresado al oficial que les mandaba, porque éste logró escapárseles y pasar a avisar al barón de la mala partida que les había jugado Sancho Jimeno.

-¡Yo hacer traición! -exclamó el ex-castellano de Boca Chica-. Inmediatamente pasaré a vindicarme.

Mandó llamar al negro que se había dejado quitar la carta, llevó consigo a varios habitantes de Villanueva, como testigos de que no había salido de allí, y que los soldados no fueron llevados presos al gobernador, y se presentó a vindicarse delante de los franceses dueños de Cartagena.

Ya no halló en la ciudad al barón de Pointis: indignado éste con la conducta de Ducassé, o deseoso de hacerse dueño absoluto de los caudales, decían otros, que había tomado de las cajas reales (de ocho a nueve millones de francos), habíase embarcado en sus bajeles, después de transportar a ellos todo el oro, que fue llevado al puerto, cargado en ciento diez mulas.

Pointis recibió muy bien a Jimeno, y le dijo que jamás había dudado de su honorabilidad, y que le relevaba de su palabra, de manera que en adelante ya no debería considerarse como prisionero suyo, ni le exigía ningún rescate.

-Valientes como vos, -dijo-, son rarísimos en el mundo, y el molde en que se fabrican caballeros de vuestro temple, se ha quebrado, y no se encuentra en ninguna parte de la tierra.

Cuando Pointis salió del puerto en dirección a Francia, Sancho regresó a Cartagena, en donde fue muy aplaudida su conducta, y todos deseaban ver la espada que le había dado el general francés cuando no rindió el castillo de Boca Chica.

Era la espada de poquísimo valor; la empuñadura de cobre, y la hoja, no de acero toledano, que eran las más preciadas en aquella época, pero se la envidiaban todos, y algunos hubieran dado por merecerla su peso en oro.

Ducassé, en tanto, con sus filibusteros acababa de recoger las mercancías que más le convenían, las alhajas de las iglesias, entre otras un soberbio y riquísimo sepulcro de plata maciza, que era el orgullo de los cartageneros. Pesaba ocho mil pesos de plata, y pertenecía al convento de San Agustín, de donde una piadosa cofradía, que lo había regalado a la iglesia, lo sacaba el viernes santo en procesión por las calles de la ciudad. Aquellos piratas desmantelaron los castillos y escogieron los mejores cañones para llevárselos, de manera que embarcaron cerca de cien piezas de artillería que sacaron de la fortaleza. Los cañones que no pudieron o no quisieron llevarse, fueron precipitados al mar; trataron de volar las fortalezas y derribar los muros; y, por último, resolvieron irse, a instancias de Ducassé mismo, que temía que aquellos energúmenos acabasen por volver cenizas la ciudad cuyos edificios él había dado su palabra de respetar.

Los filibusteros estaban disgustados con Pointis porque no había distribuido entre ellos equitativamente el botín sacado de Cartagena. Estos decían que había sacado veinte millones de francos en monedas, barras y efectos, mientras que el general francés aseguraba que el botín no valía más de nueve a diez millones, sumándolo todo. Ducassé trató de calmarles, ofreciendo poner su queja al rey de Francia, y por último les hizo embarcar y salir definitivamente del puerto.

¡Cuál no sería la alegría de aquella desgraciada ciudad cuando desaparecieron en el horizonte las últimas velas de los bajeles de los filibusteros! El gobernador que, como hemos visto, era lento en sus movimientos, indeciso y enemigo de la actividad, ordenó desde Mahates, en. donde estaba desde cuando salió de la ciudad, que Sancho Jimeno permaneciese mandando en la ciudad, como que era la persona más querida en Cartagena y la de su mayor confianza.

Jimeno mandó inmediatamente a llamar a su mujer y con ella entraron muchas familias que habían huido desde el principio del sitio de Boca Chica. Los lamentos, los gemidos, las expresiones de espanto y las escenas de dolor que se representaban por todas las calles a medida que los míseros habitantes encontraban sus casas saqueadas, llenaban de indignación a Sancho Jimeno, el cual aseguraba que si el gobernador le hubiese enviado la guarnición que le pidió, y si después se sostuviera en la plaza, los franceses hubieran partido sin entrar en la ciudad, pues el barón mismo le había dicho que más gente había perdido por causa del clima y de las fiebres, que en los combates que había sostenido; de manera que si atacaron a Boca Chica cerca de diez mil hombres, cinco mil escasos se embarcaron al partir.

Ocupábase Sancho Jimeno en reunir y armar a la dispersa tropa, en tapar las brechas de las murallas, remendar las fortalezas y poner en orden todo, cuando le fueron a avisar que entraban nuevamente por Boca Chica siete bajeles de piratas filibusteros, con banderas negras desplegadas, los cuales, sin duda, tendrían intención de acabar de arruinar la ciudad.

Efectivamente, yendo por la mar, algunos jefes de los filibusteros se habían separado de Ducassé, quien siguió para Santo Domingo, mientras que aquéllos regresaron a Cartagena con las más negras intenciones.

X

La ciudad no estaba en situación de resistir: no había un cañón montado, ni las armas se hallaban en buen estado, y la mayor parte de los vecinos permanecían fuera... Era preciso, pues, manifestarse impávidos y aguardar de pie firme, pero sin tratar de defenderse, a la horda de piratas que se acercaba.

Don Sancho Jimeno aconsejó a las mujeres que saliesen inmediatamente de la plaza, llevándose a sus niños y los pocos haberes que aún conservaban; mandó con ellas muchos de los hombres que de nada le podrían servir, y él permaneció con unos pocos en la casa de la gobernación.

Aunque hizo muchos esfuerzos para que partiera su mujer, ésta se resistió valientemente a sus súplicas y permaneció en su casa.

Empezaba a desaparecer el sol tras el horizonte, cuando un mulatito muy vivo que se hallaba en acecho, entró en el salón en donde don Sancho estaba con unos pocos de sus amigos, y le dijo que acababan de desembarcar los piratas, y que se dirigían hacia aquel lado.

-Iré a encontrarles, -dijo él calándose el sombrero, abrochándose la espada y tomando una pistola-. Quiero manifestarles que no les temo, -añadió.

Miró a sus compañeros como para invitarles a que le acompañasen, pero ninguno le contestó, ni siquiera se movió del sitio en que estaba.

Don Sancho salió, bajó la escalera, y llegaba al portal, cuando se encontró con los filibusteros.

-¿Qué se os ofrece aquí otra vez? -preguntó con sosiego a los jefes.

-¿Quién sois vos para atreveros a preguntárnoslo? -contestaron con insolencia.

-El encargado de la comandancia de la plaza.

-¡Que le encadenen y le metan en las bóvedas! -exclamó el que iba adelante.

-No, no, -repuso otro-. A éste debemos tratarle con consideraciones, ¡es Sancho Jimeno!

¡Es tan cierto que el valor se impone a todos!

Rodeáronle los filibusteros con curiosidad.

-Bien, pues, -repuso el que iba adelante, dirigiéndose a algunos de los que venían atrás-: le llevaréis a su casa en lugar de sumirle en las bóvedas, pero le pondréis guardia y me responderéis de él.

Quisieron algunos atarle.

-¡Atrás! -dijo el español-. ¡Nadie me toque! Aquí están mis armas... Yo iré solo; no me escaparé.

Los bandidos recibieron la pistola y la espada, y le dejaron tomar la cabeza de la escolta, que se dirigió a su casa, en donde la desventurada Teresa le esperaba temblando. La escolta registró todas las habitaciones, y robó cuanto había en ellas; en seguida encerraron a los dos esposos en un cuarto y pusieron un centinela frente a la puerta.

Toda la noche los presos estuvieron oyendo los gritos de espanto, los clamores de los vecinos que pedían auxilio, a quienes saqueaban y maltrataban los piratas. Don Sancho se paseaba en su aposento, lleno de angustia al verse impotente para hacer cosa alguna en favor de los desgraciados, mientras que Teresa sollozaba en un rincón.

En las puertas de todas las casas había centinelas que no dejaban salir a nadie, en tanto que los bandidos robaban y ponían en tormento a los que no entregaban su dinero, y a los esclavos y sirvientes para que denunciasen a sus amos. Esto se hacía con método y orden, registrando la ciudad manzana por manzana y llevando el botín a una casa cerca del puerto, en donde habían de distribuirlo después. Aquella gente no robaba para sí, sino que todos los bienes eran comunes hasta que llegase la hora de la distribución. Al aclarar el día siguiente se presentó una escolta en la casa de don Sancho Jimeno.

-Venimos a que nos entreguéis cuanto tengáis en oro, plata y alhajas, -dijo el oficial de la escolta.

-¿No ha estado la casa a vuestra disposición?

-No hemos hallado en toda ella nada de valor.

-Pues entonces no conseguiréis más, porque todos los valores que yo poseía estaban aquí.

-¡Mentís! -exclamó el filibustero-. Nos han dicho que sois millonario...

Jimeno no contestó una palabra, y se contentó con sonreír con aire despreciativo.

Eran ellos muy despreciables para que él se resintiese de sus insultos.

-¿No me contestáis? -preguntó el filibustero, tratando de reportarse, pues comprendía que con un hombre como aquél no valían los insultos.

-No,-dijo Jimeno-; no contesto, porque es bien sabido que no tengo más renta que la que me produce mi sueldo de empleado, y la de una pequeña estancia que tengo en Barú.

-Me entregaréis cien mil pesos, o vuestra avaricia os costará la vida. -No poseo cien maravedís... Haced lo que queráis; y puesto que no me puedo defender, me mataréis si se os antoja.

-Iréis entonces con los otros condenados a muerte.

Jimeno se puso el sombrero y se dirigió a la puerta, después de haber arrojado una mirada de despedida a Teresa, que parecía una estatua de mármol: tan pálida y rígida estaba en un rincón del aposento.

-¡Sancho, -exclamó ella-, llevadme también!

Este miró al oficial como para consultarle.

-¿Es vuestra mujer? -preguntó el bandido.

-Es mi esposa...

-Puede seguir con nosotros.

-Ven, Teresa, -dijo Jimeno, tomándola de la mano-. Mejor estarás a mi lado, indudablemente.

Condujeron a los dos esposos a la catedral, en donde se hallaban reunidos gran número de prisioneros, entre otros el provisor, el guardián de San Francisco y varios dominicanos y muchas señoras y unos pocos vecinos de los más acomodados de Cartagena...

-O entregáis el dinero, -dijo el pirata a Jimeno, o podéis escoger confesor entre todos estos señores, -añadió mostrando a los sacerdotes-, porque vais a morir.

Por toda contestación, don Sancho se arrojó a los pies del provisor y le pidió que le confesara.

Algunos momentos después se puso en pie y dijo tranquilamente:

-Estoy listo.

-¿Y vuestra mujer? -preguntó el filibustero como para probar su fortaleza.

-A ella le dejaréis la vida, puesto que yo voy a morir.

-Teresa no oyó esto, porque conversaba en un rincón de la iglesia con algunas señoras amigas suyas.

-¿No os despedís de ella?

-¡Para qué causarla esa pena! ¡Pobrecilla! Hacedme el favor de ocultarle mi muerte por ahora, -añadió en voz baja.

-Venid, pues, a vuestra casa; quizá allí me diréis en dónde escondiste vuestros tesoros... en cambio de vuestra vida.

Jimeno salió nuevamente del templo con su escolta, sin mirar a Teresa, que aún no había caído en la cuenta de lo que sucedía.

Apenas hubo salido Jimeno, cuando los filibusteros pusieron en la puerta al provisor, a los religiosos y a los vecinos que estaban allí presentes; unos habían entregado cuanto tenían, y los piratas se habían persuadido de que los demás no poseían nada, o no podrían obligarles a hablar, a pesar del tormento que les habían dado.

Quedáronse, pues, solas las mujeres con los filibusteros. Cuando éstas se vieron encerradas en aquel recinto sin ninguno de los protectores, su espanto subió de punto, y abrazándose unas a otras permanecieron largo rato calladas, aguardando su suerte, sin atreverse a respirar siquiera y temblando de miedo.

Los corsarios hablaron breve rato entre sí en francés, lengua que ellas no entendían, y pusiéronse a hacer regueros de pólvora en dos filas, por el centro de la iglesia.

-Señoras, -dijo uno de los filibusteros, fingiendo hablarlas con cortesía-: ¿confesaréis en dónde habéis ocultado vuestro dinero?

Ninguna contestó, porque en realidad aquellas desgraciadas no tenían qué denunciar.

-Si no poseéis nada propio, -repuso el corsario-, a lo menos debéis saber quiénes son los propietarios ricos que hay en esta plaza, y en dónde pueden haber ocultado su dinero.

Las pobres mujeres se miraron unas a otras, y, como si estuviesen animadas de un mismo espíritu, dijeron los nombres de varios vecinos ricos, pero que ellas sabían estaban fuera de la ciudad.

-Está bien, -dijo el que servía de intérprete-. Dignaos situaros una tras otra entre estos regueros de pólvora; mandaremos buscar a los ricos que habéis mencionado, y si éstos no se hallaren en Cartagena, se incendiará la pólvora y pereceréis todas quemadas.

Algunas se pusieron a llorar a gritos; otras empezaron a temblar de susto; unas pocas quisieron hablar, pero los corsarios las mandaron callar; y una joven se espantó tanto que se desmayó, dejándose caer largo a largo entre los regueros de pólvora.

A cada rato entraba alguno de los emisarios que los piratas habían mandado a averiguar por el paradero de los ricos que mencionaron las desventuradas prisioneras, avisando que ya uno, ya  otro, había dejado a Cartagena, y no se les encontraba en ninguna parte.

Los crueles bandidos amenazaban entonces a las míseras mujeres con pegar fuego a la pólvora con el botafuego de los artilleros que habían llevado consigo, y a cada momento aquellas malaventuradas pensaban que llegaba el último día de su vida.

Teresa pensaba en su noble y heroico esposo, a quien habían sacado fuera del templo; ella no sabía con qué objeto, porque, como hemos dicho antes, no alcanzó a oír las frases que se cruzaron entre él y sus perseguidores, y no supo que le habían sacado para llevarle al suplicio. Recordaba las horas de su pasada dicha, e invocaba fervorosamente la protección de la Virgen de los Desamparados.

Hincándose levantó las manos al cielo y empezó a pedir misericordia, nombrando uno a uno a todos los santos de su devoción. Las demás mujeres la imitaron, y cada una de ellas se puso a rezar a voz en cuello, con tan sentidas frases, que hubieran ablandado los corazones de las fieras; pero no ablandaron los de aquellos duros piratas, aleccionados en toda suerte de crímenes y enseñados ya a oír lástimas sin compadecerlas jamás.

Pero dejemos, entre tanto, a estas infelices, y sigamos fuera del templo a Sancho Jimeno. Conducido de nuevo a su casa, los que le llevaban le metieron dentro, cerraron la puerta y le notificaron que era llegada su última hora, si no entregaba inmediatamente por lo menos cien mil pesos de lo mucho que tenía allí enterrado.

-¡Matadme de una vez! -exclamó él-, que ya me fastidiáis con tantas idas y venidas; como nada tengo, nada os puedo dar, según tantas veces os lo he advertido... Pero como creo que sois católicos y no herejes, llamadme a un sacerdote para que me ayude a bien morir, que será lo menos que podréis hacer en favor del alma que me vais a arrancar.

Encerráronle entonces los bandidos en un aposento, y no volvieron sino cuando empezaba a oscurecer el día. Con ellos llegaron el provisor, un dominicano y un clérigo llamado don Tomás Beltrán, muy amigo de Sancho.

-Despachaos brevemente, -dijo uno de los bandidos-, que vamos a concluir la comedia: o confesáis en dónde habéis escondido el dinero, u os vendaremos los ojos para acabar de una vez...

Sancho se acercó al provisor, y pidió que le reconciliase y rezara con él algunas oraciones de los agonizantes.

Suplicó entonces el doctor Beltrán que le dejasen salir, que él trataría de recoger alguna suma para rescatar la vida de aquel hombre heroico.

-Está bien, -dijeron los piratas-; pero si dentro de media hora no estáis aquí de vuelta, encontraréis su cadáver...

Sancho Jimeno seguía conversando con el provisor y el padre dominicano, recomendándoles encarecidamente que amparasen a su pobre mujer, que quedaba viuda, siendo tan joven y bella.

-¡Se ha pasado la media hora! -exclamó de repente el jefe de la escolta-: Como no viene vuestro amigo, se hará lo dicho.

El provisor y el dominicano empezaron a suplicar que aguardasen un rato más; decíanles que era una inaudita crueldad despachar para la otra vida a un hombre tan valiente, etc.

Fatigados al fin los bandidos con los ruegos de los sacerdotes, les mandaron que saliesen, y tomando un lienzo vendáronle los ojos al ex-castellano de Boca Chica.

Este, entre tanto, no había atravesado palabra en voz alta, y decía apenas algunas por lo bajo, invocando la misericordia del cielo para su alma, pero sin manifestar tribulación alguna exterior.

Arrimáronle, después de vendado, contra una puerta y pusieron al frente a cuatro soldados con sus armas.

Estando en esto llegó otro de los piratas a decir que de orden del jefe de todos ellos llevasen al prisionero a la catedral, en donde iban a fusilar a algunos otros, y querían hacerlo al mismo tiempo y a la vista de las mujeres que estaban allí.

Quitáronle la venda a la víctima, y cuando le notificaron que le llevaban a sacrificarle delante de su mujer, por primera vez palideció e inmutóse don Sancho. El no temblaba por sí mismo, sino que le dolía en el alma pensar cómo sufriría su Teresa con semejante espectáculo.

Pidió entonces como un favor, como la merced más grande que le pudieran conceder, que le matasen allí mismo y al momento, pero que no llevasen la inhumanidad hasta hacer padecer tan horriblemente a una pobre mujer.

Riéronse de él los piratas y le mandaron que saliese del aposento.

-¡Aguardad! ¡Aguardad, por Dios! -gritó en aquel momento la jadeante voz del doctor Beltrán, el cual llegaba corriendo, con un negro cargado con una caja llena de plata labrada, que valía, poco más o menos, unos mil pesos. Era todo lo que tenía el pobre clérigo, y acababa de desenterrarla para ir a rescatar a su amigo.

Aunque los piratas gruñeron y se quejaron del poco valor que tenía aquello, al fin consintieron en soltar al atormentado español y recibieron en cambio la plata labrada.

Corrió don Sancho al momento a buscar a su mujer en la catedral, la cual había sido puesta en libertad con las demás mujeres, cuando creyeron los bandidos que ellas no tenían nada que poderles quitar. Confesaron aquéllos entonces que nunca habían pensado matar a Sancho Jimeno, sino que, suponiéndole realmente muy rico, se habían propuesto obligarle a entregar una crecida suma por su rescate.

Cansados aquellos hombres de robar, reunieron todo en una sola parte, e iban a pegarle fuego a la ciudad, cuando un barco filibustero entró en el puerto y avisó que se dirigía hacia Cartagena una flotilla de ingleses y holandeses reunidos, los cuales indudablemente les quitarían el botín que habían hecho, si no dejaban inmediatamente el puerto. Sin embargo, antes de darse a la vela repartieron el oro, la plata y las piedras preciosas, y tocó a cada uno de los soldados cerca de mil escudos. Reservaron las mercancías y los esclavos negros para hacer una última partición, después de valuarlo todo equitativamente, en la isla de Santo Domingo, en donde no tenían riesgo de encontrar enemigos; y olvidando poner fuego a la ciudad como lo habían ofrecido, se alejaron de las costas de Cartagena, esta vez ya definitivamente.

EPILOGO

Todas las campanas de las iglesias de Cartagena eran echadas a vuelo, y sus habitantes, vestidos de gala, circulaban gozosos por las calles de la ciudad antigua y por el barrio de Getsemaní.

Como Cartagena careciera de obispo desde 1691 (y careció de prelado hasta 1713), el provisor y los altos dignatarios de la Iglesia que había en la ciudad salieron bajo vara de palio hasta el puerto a recibir con toda solemnidad el santo sepulcro de plata que habían robado los piratas años antes, el cual era devuelto por Luis XIV. Cuando hizo las paces con España, después del tratado de Riswick, el rey de Francia, para congraciarse con el monarca español, mandó que se devolviesen a sus dueños el sepulcro y algunas otras joyas robadas a las iglesias durante aquella época.

Entre los más contentos que hubo en Cartagena aquel día de fiesta, señalaban a don Sancho Jimeno y a su esposa, los cuales eran siempre muy felices, y no tuvieron jamás otra pena que la de carecer de sucesión. Dolíale particularmente a Teresa que su marido no dejase hijos que heredasen su valor y su nobleza de carácter, y a él le pesaba que su bella esposa no tuviese hijas que se pareciesen a su madre en prendas físicas y morales.

Digamos de paso -entre tanto que llega la procesión a la catedral, en medio de los vivas del pueblo y del incienso y los cohetes- qué había sucedido a los piratas cuando salieron de Cartagena, después de haberla saqueado. Encontráronse en alta mar con la escuadra, compuesta de naves inglesas y holandesas, de la cual iban huyendo. Estas naciones estaban entonces aliadas a España, y como ya hubiese corrido la noticia por las Antillas de lo que había sucedido en Cartagena, los aliados iban en persecución de los filibusteros; diéronles caza, y lograron apresar a dos de los bajeles, que llevaban una gran parte del botín, y obligaron a otros dos a naufragar en las costas de Jamaica.

Los ingleses enviaron entonces a Cartagena la tripulación de los buques apresados, para que, en calidad de galeotes, ayudasen a reedificar las fortificaciones que habían derribado.

Lo que no dice la historia es si a más de la tripulación devolvieron los ingleses el botín tomado a los filibusteros.

Cuando los jefes de los piratas que se salvaron se reunieron en Santo Domingo con Ducassé, suplicaron a éste que pusiese pleito ante los tribunales franceses contra el barón de Pointis, por no haber repartido equitativamente entre todos lo tomado por él en Cartagena. Después de un 1argo litigio que costó un dineral, al fin los filibusteros obtuvieron una orden de los tribunales para que se les devolviese un millón y cuatrocientos mil francos. Sin embargo, los gastos del pleito, que duró largos años, y de los agentes pagados en Francia para que se ocupasen en el asunto, absorbieron casi toda aquella suma, y muy pocos de los piratas percibieron algo de ella.

Entre tanto habían enviado de España requisitorias contra el gobernador don Diego de los Ríos, por haber dejado perder a Cartagena, cuando hubiera podido defenderla con buen éxito.

Don Sancho Jimeno envió una relación circunstanciada de todos aquellos acontecimientos, corroborada por muchos testigos que firmaron en el expediente. El gobernador fue llamado a España para ser juzgado; un amigo suyo, don José Márquez, que con otros había salido de Cartagena con la escuadra enemiga, fue encarcelado en Madrid, con otros más, complicados en aquellos asuntos.

Como en España los juicios eran inacabables entonces, y a veces se empezaba a seguir alguna causa a un joven, el cual llegaba a viejo y moría sin que le hubiesen sentenciado, nunca se supo en el Nuevo Reino de Granada en qué paró la causa contra don Diego de los Ríos, y si al fin fue declarado culpado y castigado por su pereza y descuido, o si se le encontró reo de un delito más grave.

Ducassé fue llamado a Francia, en donde continuó sirviendo como jefe de escuadra en la marina real; se halló en las guerras de sucesión de Felipe V, y después de haber tomado parte en el bloqueo de Barcelona murió en 1715.

Pointis regresó a Francia y escribió una relación de lo sucedido en Cartagena. En las guerras de sucesión fue a servir en España bajo Felipe V; tuvo mal éxito en Gibraltar, y murió muy honrado por el rey de aquel país en 1707.

Tan de diverso modo juzga el mundo los hechos de los hombres, que los mismos a quienes unos llaman malandrines y bandidos, otros les consideran como caballeros a carta cabal.

Lo que no hemos podido averiguar es qué hacía la escuadra de don Diego de Zaldívar, conde de Saucedilla, que se dice se hallaba en la feria de Portobelo durante todo aquel tiempo. ¿Cómo no pudo auxiliar a Cartagena -que está a dos o tres días apenas distante de Portobelo-, desde los primeros días de abril hasta los primeros de junio en que partieron definitivamente los filibusteros?

Según el Aviso Histórico de don Dionisio Alcedo y Herrera, quien trató de levantar de la ruina a Cartagena, después de aquellas desventuras, fue el virrey del Perú don Melchor Portocarrero Lasso de la Vega, llamado vulgarmente Brazo de Plata, por tener de ese metal el brazo derecho, que había perdido en una batalla. Este, apenas supo lo que había sucedido, mandó socorrer la plaza por la vía del istmo y por la de Quito y el Magdalena.

Mandó desde el Perú una guarnición de infantería, víveres y pertrechos, y envió como gobernador de la desmantelada plaza fuerte al maestre de campo don Juan Díaz Pimienta, gentilhombre de nobilísima familia, el cual llegó a Cartagena y al momento se ocupó de fortificarla de nuevo y con más acierto que antes del sitio de los filibusteros. El mismo autor dice que el marqués de Villahermosa6 reedificó las murallas de la Media Luna; que el brigadier don Antonio Salas aumentó y levantó el lienzo del muro de la playa marítima, y el brigadier don Pedro Fidalgo acabó de fortificar la ciudad con particular esmero.

Esta vez -es decir, en 1697-, fue la última en que los piratas se hicieron dueños de Cartagena. Los sitios que ha sufrido después han sido pocos, y solamente una vez entró el enemigo dentro de sus muros, aunque no puede decirse que la plaza se hubiera rendido, puesto que los patriotas la abandonaron, pero no la entregaron, ¡hoy hace setenta años!

Bogotá, diciembre 5 de 1885.

 

5
Hoy día se llama Pasacaballos.
6
Parécennos interesantes las siguientes noticias que de estos gobernadores de Cartagena encontramos en una nota de la obra intitulada "Piraterías en la América Española", por don J. Zaragoza:
"Don Juan José de Andía, marqués de Villahermosa, mariscal de campo, nombrado por muerte de su antecesor, don Luis de Aponte, entró en Cartagena el año de 1725, y gobernó hasta el de 1731, cuando pasó promovido a la presidencia de Panamá".
"Don Antonio de Salas, coronel que había sido del regimiento de Saboya, sucedió al marqués de Villahermosa en 1731 y gobernó hasta su muerte, ocurrida en 1735. Le siguió don Pedro Fidalgo, brigadier y capitán de reales guardias españoles, que se encargó de aquel gobierno en 1736, y murió en 1799". ("Diccionario Geográfico-Histórico" de Alcedo).
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