CAPITULO II
LA DECLARACIÓN DE GUERRA
1739
Reinaba en Inglaterra Jorge II, el segundo también de la familia de Hannover, que fue soberano de la Gran Bretaña. Nada querido por su padre, el primer Jorge, que le conocía como a un mal hombre, fue a su vez mal padre: tenía un carácter tan frío, que decía su ministro Walpole de él "que hablar al rey de compasión, de consideración por servicios prestados, de caridad, de generosidad, era como si se le hablase en un idioma desconocido para él". No sabía qué era benevolencia, y jamás hizo ningún bien por su gusto, sino forzado. Nunca tuvo lástima de nadie, ni protegió a nadie, sino cuando era preciso para fines políticos. La reina, Carolina de Brandenburgo, tenía grande influencia sobre el espíritu del rey. Ella había rehusado la mano del rey de España, por no hacerse católica, y prefirió la de Jorge II de Inglaterra, de quien fue una verdadera mártir, y fingía ser humilde esclava con tal de ganar influencia y contentar su ambición de mando, que era ilimitada en ella, aunque la ocultaba. Este par de soberanos eran padres de un hijo digno en todo de su estirpe. Aquel príncipe de Gales, que no reinó nunca, porque murió antes que su padre, era, dice el historiador Hervey, falso, débil, avariento en cuanto se trataba de algo bueno, y gastador en todo lo malo; al mismo tiempo se mostraba despilfarrado y codicioso; generoso con lo ajeno y nada liberal con lo propio, era apretado sin ser económico; nadie que le conocía le apreciaba ni le quería. Mentía descaradamente cuando pretendía ser franco, y decía verdades atroces y desvergonzadas cuando quería manifestarse familiar. No comprendía la justicia, ni la integridad, ni la sinceridad, ni era constante en sus afectos, ni tenía dignidad en sus costumbres, y aun carecía de sentido común en sus conversaciones. El rey le aborrecía tanto, que por un motivo baladí le desterró de la corte y no le permitió siquiera ver a su madre en el lecho de muerte.
Mientras que los miembros de la familia real se ocupaban en sus negocios particulares y en viajes a Hannover, gobernaba el reino su primer ministro, Roberto Walpole, el cual profesaba este principio corruptor: todo hombre tiene su tarifa; y por ese medio gobernaba el país. Sin embargo, era un hombre que conocía su época y los hombres de su tiempo; era prudente, afable, y cuidó siempre de la honra de su país dentro y fuera de él.
Sucede en muchas monarquías que el presunto heredero de la corona generalmente se opone al gobierno del soberano remante. Como Walpole era el jefe del partido whig, el príncipe de Gales era el jefe de los tories, y sus partidarios tenían animados debates en las cámaras.
Es cosa sabida que el comercio inglés era muy diferente entonces de lo que es actualmente: no era nunca franco y honorable, sino que buscaba la ganancia por veredas que hoy día se considerarían deshonrosas, y no tenían empacho los negociantes en hacer el contrabando en las colonias españolas, con el pretexto de que abogaban en favor de la libertad del comercio. La vigilancia de la marina española y la de los guardacostas impedía en mucho los malos manejos de los comerciantes ingleses. Estos se quejaban amargamente y elevaban sin cesar memoriales a su gobierno en los que pedían lo que ellos llamaban justicia. Sin embargo de que el parlamento atendía con gusto a los reiterados lamentos de los comerciantes, el ministro Walpole, que conocía a fondo la cuestión, no hacía caso de las injustas quejas del comercio inglés, y entorpecía adrede aquellas cuestiones cuando llegaban a manos del gobierno. Por otra parte, veía que no convenía a Inglaterra interrumpir la paz europea: temía que las dos familias de la estirpe de Borbón que ocupaban los tronos de España y de Francia, se uniesen contra la Gran Bretaña, y no estaba preparado para hacer frente a fuerzas tan formidables. La política de Walpole era protegida por la reina Carolina; pero a la muerte de ésta el ministro perdió su influencia en el espíritu del rey, a pesar del estado floreciente en que estaba Inglaterra, merced a una paz de doce años, que difícilmente Walpole había logrado guardar con sus vecinos.
El parlamento, secretamente pagado por Walpole para que le conservase en el poder, se hizo tan exigente, que al fin no pudo él contenerle, y vio que no solamente perdía terreno en el favor del rey y en el del parlamento, sino que cada día se hacía más impopular entre el pueblo inglés, azuzado por los comerciantes que pretendían hacerse ricos en las colonias españolas y deseaban que se declarase la guerra a España con el objeto de apoderarse por entero de las codiciadas riquezas americanas.
Llegó a tal grado la efervescencia en Inglaterra contra España, que Walpole hubo de prometer que se pediría cuenta a Felipe V de los sufrimientos de los comerciantes ingleses en las colonias españolas. Después de algunos meses en que el gobierno inglés hizo lo posible para entretener la opinión pública con otros asuntos, Jorge II al fin anunció, al abrir las sesiones del parlamento en febrero de 1738, que se había celebrado una convención entre el rey de España y su gobierno, por la cual Felipe V se había comprometido a pagar cierta indemnización1 por las pérdidas sufridas en el mar por el comercio inglés durante cierto tiempo en que había tenido que suspender sus negocios con las colonias americanas. Aquella era una concesión inmensa que hacía España, y sin embargo los ingleses no se contentaron con ella; pretendían que los comerciantes ingleses traficasen en las colonias sin examen ni pesquisa alguna, de manera que pudiesen circular los buques mercantes de Inglaterra de puerto a puerto, especulando a su gusto y sin pagar nada al gobierno español. Un grito inmenso de disgusto se levantó en Inglaterra contra el ministerio que había ratificado el convenio firmado en el palacio de El Pardo, y los jefes de los partidarios de la guerra con España recorrieron ciudades y aldeas, enardeciendo el odio contra los que así olvidaban los deseos y la voluntad del pueblo inglés y en bien de su comercio.
Los partidarios de la guerra con España, y los enemigos de ella, habían reunido todas sus fuerzas para luchar, unos en favor, otros en contra del convenio de El Pardo, en una sesión de la Cámara de los Comunes que debía tener lugar el 8 de marzo de 1739.
Walpole pidió que se ratificase el convenio con España, hablando en su favor varios miembros distinguidos del parlamento, en tanto que el príncipe de Gales y sus partidarios y paniaguados azuzaban a los miembros de la oposición para que hablasen en contra del tratado.
Los miembros de uno y otro partido se acaloraban cada momento más en la cuestión, hasta que uno de los más adictos partidarios del príncipe de Gales anunció que podía presentar a la vista de los miembros de la Cámara una de las muchas víctimas de la barbarie española: un honrado capitán de un buque mercante inglés, que había sido mutilado por un guardacostas español.
-¡Que se presente! -gritaron los ya aleccionados enemigos de España, que sabían su papel.
Inmediatamente hicieron entrar y situarse delante de una mesa a nuestro antiguo conocido el capitán Jenkins, el cual, al quitarse el sombrero, puso de manifiesto que le faltaba una oreja.
-Decid, -le dijeron- quién os mutiló así, y por qué motivo.
Refirió entonces, con aire candido y modesto, que yendo tranquilamente por el mar de las Antillas había sido atacado, registrado su buque, sin motivo ninguno, por un guardacostas español; y añadió que, como los españoles no encontrasen en su barco ninguna mercancía de contrabando, le habían maltratado cruelmente, amenazando matarle, y por último cortádole una oreja...
Aquella relación causó la sensación deseada por los enemigos de España; un rumor de indignación corrió por todo el salón.
-¡He aquí mi oreja! -exclamó la víctima-; y aquellos crueles papistas, -añadió-, al devolvérmela entre esta caja me notificaron que me presentase a mi rey y le dijese que así tratarían a su real persona si se ofreciera la ocasión.
Y al decir esto levantó la oreja en alto para que la viesen todos los circunstantes.
La indignación subió de punto; los gritos de odio a España, de amor a Jorge II, de afecto a la familia real, se hicieron generales, y los mismos que habían estado en contra de la guerra con España, tuvieron que manifestarse también indignados para no pasar por desleales.
-¿Y qué pensasteis, capitán, en el momento en que aquellos bárbaros cometían esa crueldad? -preguntó un miembro del parlamento en un momento en que se calmó un tanto la tempestad.
-Levanté mi alma a Dios, -contestó el hipócrita escocés-, para pedirle misericordia, y juré pedir venganza a mi patria.
Aquello llenó la medida; inmediatamente se pasó a tratar seriamente de la declaratoria de la guerra. Los discursos, las proposiciones patrióticas y agresivas a España menudearon; los que habían apoyado hasta entonces al ministerio y sus actos, viendo por dónde soplaba el aura popular, como el duque de Argyle y otros, se volvieron contra Walpole y denunciaron sus actos como obra de persona traidora a su patria, destructora de la dignidad británica, y otros improperios por este tenor. El ministerio fue defendido con calor por los pocos que le fueron fieles; pero la mayoría resultó siempre contra el convenio de El Pardo. Entre los que votaron contra el convenio hallábase la firma del príncipe de Gales, de seis duques, cuarenta y dos condes y la mayor parte de la alta nobleza de la Gran Bretaña, coaligada con los comerciantes.
Jenkins fue aclamado como héroe en las calles de Londres; le dieron una alta colocación en la marina de la compañía de las Indias Orientales, y en breve se hizo rico y renombrado.
Una fuerte escuadra se mandó preparar en Spithead; pero, a pesar de todos estos preparativos, no se declaró la guerra a España de una manera franca y decisiva, y el ministro de Inglaterra en Madrid aseguró a la corte española que aunque el rey de la Gran Bretaña estaba muy indignado con la conducta de los servidores españoles en América, no interrumpiría todavía la paz que reinaba entre las dos cortes, y aguardaba que su majestad católica diera las satisfacciones que se le pedían.
Felipe V contestó con dignidad que quien pedía satisfacciones era él, y que si no se las daban muy amplias, confiaba en Dios y en sus armas para sostener la justicia que defendía.
Inglaterra había enviado al mar de las Antillas una escuadra a órdenes del almirante Hosier para que vigilase los buques mercantes ingleses y les hiciese justicia en todo caso; es decir, que sacase con bien a los suyos, aun atacando a los españoles. Quejóse repetidas veces el gobierno español de aquel abuso; pero el inglés contestaba con recriminaciones casi insultantes, que provocaban a guerra sin declararla a las claras.
A pesar de la efervescencia que cundía en Inglaterra, y de los preparativos que se hacían para armar escuadras y preparar ejércitos, España, con su natural inercia, no supo ponerse a la defensiva como debiera, y fue dejando tomar cuerpo al enemigo sin adoptar medidas en las colonias para defenderlas de las llamadas represalias, que habían declarado lícitas los ingleses.
Ya los ingleses se habían apoderado de buques españoles en alta mar, haciendo uso de lo que llevaban, como presa de guerra, cuando el 23 de noviembre de 1739, Jorge II, apremiado vivamente por la nobleza, el comercio y la nación entera, declaró formalmente la guerra a España.
Pero antes de que se declarase turbada la paz, ni pudiesen tener noticias en América de lo que sucedía en Europa, ya el gobierno inglés había despachado una escuadra a órdenes del almirante Vernon, con el encargo de que asaltase las ciudades de Portobelo y Chagres. Veamos quién era este almirante.
Eduardo Vernon se había distinguido desde muy joven en la marina inglesa, de manera que a los veinticuatro años era contraalmirante, y después, como miembro del parlamento, se había hecho notar por su palabra agresiva y audaz y por la enemistad que manifestaba al ministro Walpole.
Durante los debates contra el convenio de El Pardo, Vernon, cada vez más violento contra España, había dicho varias veces que él se consideraba capaz de apoderarse de las fortalezas de Portobelo con una reducida escuadra. Como Walpole no podía sufrir la jactancia y las palabras insultantes de aquel marino, a quien encontraba en su camino por todas partes, le hizo preguntas en son de mofa, y como para probarle sobre si se consideraba capaz de tomar a Portobelo con seis buques de guerra, que era lo único que le podía ofrecer por entonces.
-Si me los entregan y los ponen a mi disposición -contestó el marino-, respondo del buen éxito de la empresa.
Walpole le mandó dar los seis buques de guerra y la orden para que se hiciese a la vela inmediatamente. Muchos consideraron que el ministro había confiado a Vernon una empresa tan arriesgada, no para que la llevase a cabo con felicidad, sino con el objeto de que se diese una deslucida por lo menos, o quizás para perderle por completo.
Los comerciantes ingleses levantaron hasta las nubes el valor y la audacia de Vernon; su popularidad no tuvo límites. Dirigiéronle cartas laudatorias, manifestaciones entusiastas de estimación y le llamaron un segundo Drake y el futuro salvador de la dignidad del comercio inglés.
Con tan felices auspicios, lleno de entusiasmo y de deseo ardiente de acabar de ganarse la popularidad de que gozaba ya, el almirante Vernon se hizo a la vela con su escuadra, en dirección a Portobelo, antes de la declaratoria de guerra, puesto que llegó a este lugar el 21 de noviembre de aquel año.
1 |
95.000 libras esterlinas. |
