CAPITULO XI

EL DESENLACE DE TODO

Keith se había lanzado sobre la primera escala que fue puesta contra la muralla exterior del castillo de San Lázaro, y con toda la agilidad de un marino había subido por ella con la espada desenvainada y alentando con sus voces a los soldados que le seguían.

Pero no bien hubo dado el salto sobre el parapeto, cuando recibió una descarga cerrada, y que le atravesó ambas piernas, y cayendo de redondo, largo a largo, quedó allí sin sentido, hasta que concluyó el combate y los españoles fueron a hacer las rondas sobre las murallas.

-¡Otro cadáver! -exclamó uno-, y parece ser el de un oficial de alta graduación.

-Es el de un marino, capitán de un navío de guerra por lo menos. Vea usted, señor don José de Leyva, los galones que lleva, -repuso otro.

Al decir esto, volvió sobre el costado al supuesto muerto.

-¡Ay! -exclamó Keith, volviendo en sí.

-¡No ha muerto! -dijo el bueno de don José, y añadió, dirigiéndose a los que le acompañaban-: Es un gallardo joven. Que traigan una camilla para llevarle al hospital militar; quizá podremos salvarle.

Una pálida sonrisa se dibujó sobre los labios del herido, y murmuró entre dientes:

-¡Gracias!

-¡Habla español! -dijo el otro-; así es mejor, porque nos podremos entender más fácilmente.

En el momento en que iban a levantar al herido, éste llamó al que le había amparado, y haciendo un esfuerzo, dijo con voz debilitada:

-Le he oído llamar a usted don José de Leyva. ¿Ese es el nombre de usted?

-Sí; pero...

-Tengo que hablarle antes de morir: no me abandone usted...

A pesar de los cuidados con que transportaron al herido al hospital militar, el dolor agudo que le causó el movimiento le hizo perder de nuevo el sentido.

-Será preciso amputarle ambas piernas, -dijo el cirujano, después de examinarle cuidadosamente.

-¡Pobrecillo! -repuso don José de Leyva, el cual andaba vestido de militar, pues había tomado las armas para defender los muros de Cartagena, apenas se acercaron los enemigos; pero aquel día lo había pasado casi íntegro al lado del herido inglés, que parecía haberle cobrado súbito cariño.

-¿Qué hará así mutilado? -añadió con acento de compasión.

Keith había recobrado su conocimiento; pero estaba muy débil, y casi no podía articular palabra. Sin embargo, algunas cucharadas de caldo que le administraron1 le volvieron el ánimo.

-Prefiero la muerte, -dijo al cirujano que le ponía los últimos vendajes, después de un minucioso examen-. ¿No hay esperanza de salvarme de otro modo?

-En este clima no la hay... Y aún así la operación podrá costarle la vida; mi deber es advertírselo. Vendré dentro de dos horas a saber cuál es su resolución definitiva.

-Yo no temo la muerte, -repuso Keith-, y tanto menos, cuanto he tenido el gusto de encontrarme con el señor don José de Leyva.

Este le miró sorprendido.

-No entiendo, -dijo-, y hace doce horas que me devano el entendimiento para comprender cuál es el interés que usted me ha manifestado.

-Mi nombre es Roberto Keith...

-Sí será; pero...

-¿Es decir que usted nunca recibió una carta que tuve el honor de dirigirle ahora algunos meses?

 -¿Una carta de usted a mí? ¿Y con qué objeto?

-Esta le explicará a usted el misterio, -contestó Keith-, sacando un papel cerrado de un bolsillo secreto de su chaqueta de marino, que aún conservaba puesta.

-¡Está dirigida a mí y fechada en Londres!...

-Efectivamente.

-¿Quién me puede escribir de Inglaterra?

-Vea usted la firma.

-¡Albertina de Leyva, esposa de Keith!... -gritó el otro, mirando al herido con asombro.

-Mi esposa, sí señor.

-¿Usted fue quien me arrebató mi hija de Portobelo? ¡Usted!...

Y al decir esto se acercaba con aire amenazante al herido.

-Lea usted primero la carta de Albertina, -contestó el capitán-, y en seguida, le daré todas las explicaciones que exija, pues yo...

No pudo hablar más por ser extremada su debilidad. Acercóse Leyva a un mechero que ardía en un rincón del aposento -pues ya era de noche-, y no sin dificultad leyó una larga carta que su hija le había escrito, para el caso de que Keith se encontrase con su padre en Cartagena, por alguna casualidad. Cuando el español hubo concluido la lectura, se acercó de nuevo al capitán, y sin desarrugar el entrecejo, le dijo:

-¿Y quién me garantiza que usted no engañó a esa desgraciada, y que su matrimonio no sea una farsa para acallar sus escrúpulos?

-Mi palabra de honor, -contestó el herido-, y estos documentos que, con el objeto de satisfacer a usted, he traído de Londres.

Al decir esto le alargó un paquete de papeles.

Don José de Leyva los estuvo mirando largo rato, y al fin dijo:

-Yo no entiendo inglés.

-¿Y no habrá quién le explique a usted lo que allí está escrito?

-En Cartagena quizá... Iré a pedir licencia para pasar a la ciudad con un destacamento que debe ir a tomar órdenes del virrey dentro de un rato.

Y sin mirar al herido, salió desolado del hospital, y rato después bajaba del castillo con un piquete de soldados, con dirección a Cartagena.

Don José de Leyva permaneció ausente toda la noche, y no regresó al castillo de San Lázaro sino al romper el alba, y en el momento en que el capitán Keith estaba agonizando.

El cirujano no se había atrevido a hacerle la amputación, y entre tanto se le gangrenaron las heridas. Sin embargo, Keith reconoció a su suegro, le alargó la mano, se la apretó, y, al entregarle un papel, le dijo, antes de expirar:

-Pida perdón a Albertina en mi nombre. Si la hice desgraciada... mi muerte la deja libre otra vez; mi deseo era hacerla feliz; otro quizá lo conseguirá.

El papel que entregó a don José de Leyva era la copia del testamento que había hecho en Londres antes de partir, y por el cual dejaba todos sus bienes a su viuda.

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Volvamos ahora al campamento de Wentworth, y veamos qué había sucedido allí después del frustrado asalto al castillo de San Lázaro. Aquello había hecho comprender a los ingleses que sería enteramente impracticable la toma de la plaza de Cartagena, e inútil, y hasta un crimen, acabar de hacer morir, delante de los inexpugnables muros de la ciudad, las tropas que habían quedado sanas. De hora en hora aumentaban las enfermedades, y el pánico que se había apoderado de todos no era de las balas del enemigo, sino de las fiebres y demás enfermedades que sus médicos no sabían curar y que habían matado ya casi las dos terceras partes del ejército y de los marinos. Por otra parte, la mala voluntad entre el almirante Vernon y el general Wentworth, crecía sin cesar: el primero no permitía que los buques y sus tripulaciones sirviesen en cosa alguna para el asedio y el ataque de la plaza, y el segundo aseguraba que la tropa sola no podría jamás obtener triunfo alguno.

Después de varios débiles ataques a la fortaleza de San Lázaro y a algunos de los baluartes avanzados de la ciudad, al fin se resolvió abandonar definitivamente la empresa. El 16 de abril se levantaron las tiendas de campaña; la tropa se formó sobre la playa, y fue embarcándose con todo orden en los botes enviados para el caso, sin que los españoles la hostilizasen en cosa alguna en su retirada.

La tropa y la marinería se ocuparon después en destruir los fuertes y castillos de la bahía, prender fuego a los buques de guerra que habían tomado a los españoles cerca de Boca Chica, y hacer todos los daños posibles en los lugares del contorno. Más de un mes gastaron en aquella obra de destrucción y en los preparativos para abandonar el asedio de la plaza. Entre tanto, continuaba la mortandad entre la tropa y los marinos, y no se oían sino los ayes de los moribundos y las imprecaciones de los enfermos y de los que temían estarlo.

Al tiempo de abandonar la bahía de Cartagena, la escuadra de Vernon dejaba sepultados en sus playas a más de nueve mil hombres, que perecieron, unos de resultas de los combates, pero la mayor parte víctimas de las enfermedades que les habían acometido. Dícese que murieron allí siete coroneles, tres tenientes coroneles, catorce capitanes y diez y ocho tenientes. Algunos historiadores aseguran que la pérdida de los ingleses no bajó de diez y ocho mil hombres; pero aquel concepto parece exagerado.

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Era ya el 20 de mayo, cuando los sitiados cartageneros tuvieron la satisfacción de ver desaparecer la última vela enemiga.

El virrey Eslava se había manejado con tanto valor personal, que aun recibió una herida, aunque leve; y en cuanto a su pericia y actividad, los historiadores no cesan de encomiarle. Ayudábale en todas aquellas faenas, sin descansar día ni noche, el jefe de escuadra don Blas de Lezo, a quien hemos visto que tanta ojeriza tenía el almirante Vernon, el cual tuvo que volverse a llevar las famosas medallas, con las que de antemano había pretendido humillarle.

Deseosísimo don José de Leyva de recuperar a su hija, que no podría indudablemente vivir contenta en Londres, lejos de su padre y de sus compatriotas, pidió permiso al comodoro Ogle para embarcarse en un buque que éste iba a despachar para Inglaterra, con el objeto de irse a reunir a Albertina y llevarle la noticia de la muerte de Keith.

Por haber partido con la escuadra inglesa, don José de Leyva no estuvo presente en la magnífica fiesta de iglesia que el virrey mandó celebrar con gran pompa en acción de gracias por el felicísimo triunfo obtenido sobre los ingleses.

El virrey Eslava fue premiado en España por el rey, que le concedió un título más alto de nobleza, a él y a su hija mayor, y a su regreso a la madre patria le dio el ministerio de guerra.

Desgraciadamente don Blas de Lezo, fatigado con los muchos trabajos que tuvo en el sitio de Cartagena, sucumbió el 4 de septiembre de aquel mismo año, y sus huesos se conservan en la Ciudad Heroica. Como no hubiese tiempo de premiarle, el rey de España agració a su primogénito con el título de Marqués de Oviedo, y le hizo otras mercedes.

En cuanto a Albertina de Leyva, no hemos podido averiguar qué fue de ella después de su regresó a Cartagena con su padre, adonde llegó un mes después de la muerte de don Blas de Lezo, y desembarcó en el momento en que se celebraban en la catedral de Cartagena unas suntuosas honras por el descanso de su alma.

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Hasta aquí el lector nos ha acompañado a través de los siglos, desde la primera expedición de piratas sobre Cartagena, encabezada por Roberto Baal, en 1544, hasta la frustrada tentativa del almirante Vernon, dos siglos después. Quisiéramos describir también el más heroico de los sitios que ha sufrido Cartagena: el del pacificador Morillo en 1815... Pero preferimos no discutir aquellos hechos dolorosísimos de la epopeya de nuestra independencia, en la cual los descendientes de los mismos que combatieron juntos para rechazar al extranjero, se hacían entre sí tan ruda guerra... Corramos un velo sobre aquellos acontecimientos; y por ahora no recordemos sino que las glorias de España fueron también las nuestras durante tres siglos en América, así como las habían celebrado nuestros mayores desde la época de Numancia hasta la de Zaragoza, bajo una misma bandera.

 
1
Los ingleses confiesan en todas sus historias y documentos oficiales, que los prisioneros fueron tratados por los españoles con la mayor humanidad. El virrey mandó que tratasen a los prisioneros heridos, al igual de los españoles, y los que quedaron vivos, en el momento en que partió la expedición, fueron devueltos al almirante.
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