CAPITULO I
INTRODUCCION DE PLANTAS Y ANIMALES:
ENUNCIACIÓN

 

Antes de hacer la historia pormenorizada de cada especie de planta o animal introducidos del Viejo al Nuevo Mundo a partir del primer viaje de Cristóbal Colón, conviene analizar, así sea esquemáticamente, el asunto de la introducción misma y de sus antecedentes, procedimientos y consecuencias.

Cuando se ponen en contacto dos pueblos de orígenes y cultura diferentes, aunque el contacto sea pacífico y amistoso, se presentan fenómenos de intercambio y aculturación que traen consigo automáticamente la destrucción o modificación total o parcial de técnicas, costumbres, creencias, gustos y modos de vivir, para permitir la fusión o sustitución de uno o varios elementos de la cultura material o espiritual de cada grupo. Cada uno toma del otro lo que está más de acuerdo con los valores preexistentes, fenómeno que los sociólogos llaman "compatibilidad" (Rogers, 1962, 126).

Cuando el contacto es violento, como en una guerra de conquista, y cuando las diferencias de cultura, costumbres y modos de vivir son tan antitéticas como ocurrió a raíz del descubrimiento de América, el traumatismo es mucho más dilacerante y perturbador. En tales casos, el pueblo que domina impone sus propias costumbres, concepciones y actitudes, de grado o por fuerza, tomando del vencido, por derecho de conquista, lo que le convenga, y destruyendo o tratando de destruir lo que estime inferior o indigno de aprecio. El hombre busca subyugar los gustos y voluntades de sus aliados o sujetos (Fermín, 1769, 1, 94). Esta destrucción de los elementos culturales del vencido, es característica del señorialismo, de las castas sociales, de la dominación de un grupo por otro (Lipschutz, 1963, 132-133).

La imposición de la cultura del grupo dominante al grupo vencido opera por las vías jerárquicas, o por las relaciones entre los sexos. Siempre hay jefes vencidos (mientras más jerarquizados más lo son) dispuestos a congraciarse con el vencedor, como ocurrió con muchos caciques americanos, que para estar en buenos términos con los europeos, extremaron la opresión sobre los indios de la masa. Asimismo, hubo indias que de grado o por fuerza se unieron a los forasteros, constituyéndose en muchos casos en el vehículo más eficaz para imponer las nuevas costumbres y concepciones. Ambos aspectos se tratarán mejor en obras separadas.

1. Pareceres encontrados. Posiciones radicales.

Al enjuiciar el descubrimiento y la conquista del hemisferio americano, se han polarizado dos tendencias: la de que el Viajo Mundo dio al Nuevo todo lo bueno o excelente, en aportes de cultura material y espiritual, sin recibir casi nada o dando muy poco en cambio; y la de que si bien el Nuevo Mundo recibió aportes fundamentales, pagó con creces lo recibido.

a) En el prólogo de su relación sobre la conquista del Perú, al encarecer la acción española que había dominado más tierra que la conocida hasta entonces, decía Francisco de Jerez en 1538, que tales proezas las habían hecho sus conterráneos, "manteniéndose con los mantenimientos bestiales de aquéllos [los indios], que no tenían noticia de pan ni vino; supliéndose con yerbas y raíces y frutas, han conquistado lo que ya todo el mundo sabe. . ." (Jerez y Sancho, 19I7, 5;-----: Vedia, I947, 1I, 319).

En 1552 Francisco López de Gómara sintetiza en la siguiente forma las diferencias fundamentales en cuanto a civilización material que distinguían al Nuevo Mundo del Viejo: "Carecían [los amerindios] de bestias de carga y leche, cosas tan provechosas como necesarias para la vida; y así, estimaron mucho el queso, maravillados de que la leche se cuajase. De la lana no se maravillaron tanto, pareciéndoles algodón. Espantáronse de los caballos y toros: quieren mucho los puercos, por la carne; bendicen las bestias porque los relevan de carga, y ciertamente les viene dellas gran bien y descanso, porque antes ellos eran las bestias" (Gómara: Vedia, 1946, 1, 452). Es justificable que los españoles de esa época, correspondiente a la “Hispania Victrix”, señalaran con orgullo la magnitud de la obra que habían realizado en poco más de medio siglo, dispersando a lo largo de sesenta o setenta grados geográficos los elementos de que constaba la cultura, tanto material como espiritual de entonces.

En el siglo siguiente, Bernabé Cobo no sabe qué admirar más, si la iniciativa española y el interés de introducir plantas y animales a América, o la facilidad y rapidez con que unas y otros se habían difundido por las favorables condiciones ambientales (Cebo, 1891, 11, 343-344; -----, 1956, I, 375-379).

Ya no con este ánimo de sopesar con relativa imparcialidad los respectivos aportes de cada continente y de las civilizaciones del Viejo y del Nuevo Mundo, sino para fines políticos, o por el resentimiento de haber perdido las colonias, o por otras causas, algunos escritores peninsulares, a quienes corearon no pocos americanos que en sus propios países se sintieron ellos mismos inspirados por la mentalidad del conquistador, llevaron la cuestión hasta el grado de negar en absoluto a América o de minimizar sus aportes a la civilización universal, destacando en cambio los de Iberia.

Uno de los primeros en este movimiento fue el jesuíta español Ricardo Cappa. De él, quién más, quién menos, han bebido después los demás. Cappa sugería que se imaginara, quitando del virreinato peruano todo lo que trajeron los españoles cómo podría ser aquello, y asevera: "Parálisis mortal en todas las articulaciones del imperio incásico, fue lo que hallaron los españoles de la conquista, y movimiento y vida lo que dieron a América, realzando de este modo los primores que al Señor plugo depositar en ella" [la tierra americana] (Cappa, 1890, VI, 294-302).

Otros se refieren al enriquecimiento de América por los españoles, y destacan que el Nuevo Mundo carecía de los más valiosos y preciosos vegetales, y casi por completo de animales domésticos (Puente y Olea, 1900, 369; Latorre, 1919, 133; Real, 1944, 315-433; González Blanco, 1945).

b) Casi todas las opiniones opuestas se produjeron a raíz de la independencia de las colonias españolas. Algunas de talas opiniones son tan poco imparciales como las que se acaban do ver, y pecan por el extremo opuesto.

El nivel de la producción agropecuaria e industrial en las posesiones españolas era bajo, a pesar de las buenas condiciones naturales. Aun colonias pequeñas como las francesas e inglesas de las Antillas, estaban más adelantadas en el siglo XVIII, y mucho más en el XIX, en el ramo agrícola industrial, que las españolas. Recuérdese solamente lo que les debieron la tecnología azucarera y la difusión y cultivo del café.

Un sociólogo peruano, refiriéndose a la agricultura, después de enumerar los argumentos en pro y en contra de cada tesis, y de pronunciarse por la superioridad de la agricultura incaica sobre la española de su época, concluye: "1° quo no es justo, en el orden moral, exigir a los españoles hubieran hecho en beneficio de América, lo que ellos no practicaron en su propia patria; 2º, que es pueril sostener lo contrario, o sea que se preocuparon los españoles, con mayor solicitud, de la suerte económica de las colonias que de la metrópoli; 3º que los hábitos de trabajo de los indígenas y las riquezas naturales de la tierra conquistada explican el muy superior desarrollo de la agricultura entre los indios; al punto que pudiendo neutralizar, en parte, las costumbres refractarias de los españoles para esta industria, ofrece mayor prosperidad el Virreinato [del Perú] que la Península; 4° que, en el orden económico, son los españoles causantes del abatimiento de la agricultura en el Perú, sin dejar de reconocer, tampoco, que tropezaron con graves obstáculos, como la naturaleza del suelo, falta de brazos y de centros de consumo; contra lo que ellos, ineptos tanto para dedicarse a los trabajos agrícolas, como para comprender su importancia, no pudieron luchar como lo habían hecho los incas por la intuición del espíritu de su raza (Prado, 1941, I, 64-65; 59-66).

 

2. Planteamientos.

Hay que pasar revista a algunos hechos básicos, antes de pronunciarse sobre el diferendo.

I) Hasta donde han llegado las investigaciones sobre la materia, sólo se encontraban simultáneamente en el Viejo y en el Nuevo Mundo, en la época del descubrimiento de América, con absoluta certidumbre, el cocotero (Cocos nucifera L.); el algodón (Gossypium), aunque con especies diferentes en los dos hemisferios; y la calabaza (Lagenaria siceraria (Mol.) Standl.). Algunos autores incluyen en esta lista la batata (Ipomea batatas (L.) Poir) (Merrill, 1954, 194), cosa no suficientemente demostrada. De estas especies, el coco nunca se cultivó en Europa, como no haya sido en invernaderos; el algodón sólo cuando lo trajeron los árabes del oriente a España y al sur de Italia, quizá hacia el siglo VIII de la Era Cristiana. La calabaza fue conocida de antiguo en la ribera meridional del Mediterráneo (Ames, 1953, 86-90).

También había perros domesticados en el Nuevo Mundo, pero de especies distintas a las conocidas en el Viejo (Patiño, 1966, 182-185).

II) No hubo influencia de culturas foráneas en el proceso de domesticación por los pueblos aborígenes, de los vegetales sativos de origen americano, así como de los pocos animales que tuvieron la categoría de domésticos. Ese fue en América proceso local, autóctono. Los amarillos asiáticos -si son ellos los pobladores originales- pudieron haber traído a América su mentalidad, su arte culinario y sus técnicas mágicas; no sus plantas (Haudricourt et Hédin, 1943, 133-134; Métraux, 1950, 22-23).

III) La península ibérica fue incluída por Vavilov en el quinto foco de origen y domesticación de plantas, o sea la cuenca del Mediterráneo (Vavilov, 1951, 118-119). De las 84 especies que dicho autor cree originarias de allí o allí mejoradas como en un centro secundario, un número muy reducido pueden adscribirse a la parte más occidental de dicha área, y por consiguiente a España.

IV) La mayoría de las plantas útiles de gran cultivo, incluyendo varios cereales, frutas, viña, hortalizas y flores, fueron recibidos en la península ibérica de los pueblos asiáticos o norte africanos. Aun especies nativas, el olivo entre ellas, sólo cobraron importancia económica por el impulso catalítico de invasores como los fenicios. En general, tanto las plantas, como la agricultura del oeste europeo son introducidas (Haudricourt et Hédin, 1943, 124, 126, 127, 128; 116-130). Juan Cotarelo, en su "Manual de la Provincia de Madrid", trae esta lista de introducciones, que aunque no sea totalmente correcta en cuanto al origen de las especies, revela por lo menos que el grueso de ellas vinieron por préstamo de otros países: "Del oriente vinieron las uvas, la nuez y el ajo. De la India oriental o Asia, la granada, la naranja, las alubias, el castaño salvaje y el trigo. De Egipto, el anís, la cebolla, la berza y la lombarda [col morada]. De Africa, los melones y la almendra. Del Brasil (América) las patatas. De Persia, el melocotón. Del Asia Menor, las espinacas. De Cerdeña, el perejil. De Chipre, la coliflor. De Italia, las peras, nabos, zanahorias y lentejas. De Astrakán, el cardo. De Sicilia, el centeno. De la isla de Cos, la lechuga" (Cappa, 1890, VI, 393-394).

Lo mismo ocurrió en otros países de Europa occidental (García Badell, 1951, 216-217; Sauer: Thomas, 1956, 61; Heichelheim: Ibid., 166, 170; 175, 176; 178).

De los animales domésticos difundidos en el Nuevo Mundo, primero por España y Portugal y después por Inglaterra y Francia, casi ninguno fue domesticado en esos países.

V) Al mismo tiempo, la península ibérica es un mosaico de endemismos raciales y lingüísticos. Sumado esto a las introducciones de elementos de distintas procedencias y en diferentes oleadas al través de los siglos, se tiene que aquí hizo clímax el carácter complejo y de préstamo de la cultura occidental (Ortiz, 1940, 160-161).

VI) Desde el punto de vista de estos dos elementos fundamentales de la cultura material, plantas y animales domésticos, los pueblos antiguos y modernos pueden dividirse en dos grandes categorías: la de los “domesticadores” y la de los “difusores”. La labor de los primeros es más lenta y difícil que la de los segundos, y presupone la existencia de ciertas dotes en grado excelso: capacidad de observar los fenómenos de la naturaleza; perseverancia y tenacidad; agilidad mental para concebir sistemas, descubrir relaciones e interrelaciones entre fenómenos de diversa índole, y habilidad manual para ejecutar trabajos que tengan por resultado el objetivo deseado. Es una labor anónima, ingrata, de sedimentación (Saner: Stone, 1959, I, 218). Un autor contemporáneo juzga que la domesticación de plantas para cultivo, es una de las realizaciones más grandes de la mente humana (Schwanitz, 1966, 2).

Que los aborígenes americanos de la porción ecuatorial poseyeron en grado excelso la capacidad de domesticar plantas, está demostrado por más de 200 especies que se cultivaban en América a la llegada de los europeos (Robledo, E., 1945, 169-170; Patiño, 1963, I; 1964, II; 1968, 111). Aun se ha llegado a afirmar con algo de exageración, que en los cuatrocientos años de dominación europea, ninguna nueva especie fue domesticada (Hooper, 1945, 161-162).

Como la historia conocida es la de los grupos o personajes dominantes y no la de los pueblos, no ha quedado constancia de quiénes fueron los domesticadores de plantas. El expediente más común, ya que no se podía minimizar la importancia de algunas plantas en la economía de los pueblos, consistió en atribuír su origen a divinidades, emperadores o reyes. Pero éstos no hicieron otra cosa que sancionar, consagrar o promover adquisiciones ya conocidas y utilizadas (De Candolle, 1883, 1-2; 4).

Los difusores toman este material vivo elaborado ya y lo dispersan por un ámbito geográfico mucho más vasto que el núcleo originario. Por esta razón, las formas primitivas se diversifican para adaptarse a nuevos ambientes, y se vuelven más complejas por las diferentes destinaciones y usos que se les dan. Los pueblos difusores tienen mayor habilidad política para aprovechar hallazgos y descubrimientos hechos por otros, llevándolos a sus últimas consecuencias, de acuerdo con fines preconcebidos; mientras que dejan como en la sombra, sin tocarlos, aquellos conocimientos o adquisiciones que no se presten a sus miras inmediatas. Por este motivo, ha sido siempre más espectacular el papel de la difusión que el de la creación. Fueron pueblos difusores -en cuanto importa al presente estudio- los fenicios, griegos, romanos, árabes, españoles y portugueses (Ficalho, 1957, 29), por una y los incas, aztecas y caribe-arawakos, por otra.

Características diferenciales de los pueblos difusores son el cosmopolitismo y la movilidad (Rogers, 1962, 29), ventajas innegables que los pueblos pastores tienen sobre los pueblos agricultores (Schwidentzky, 1955, 46, 61-62, 138-139).

Esto no quiere decir que la difusión no sea meritoria; pero presupone un esfuerzo anterior hecho por otros, sin el cual los últimos llegados no encontrarían la mesa puesta que les facilita saltar etapas.

VII) Tanto los imperios mejicano y peruano, como el español-portugués, en el momento de ponerse en contacto, estaban haciendo el papel de difusores de elementos culturales que todos ellos tomaron de pueblos que los precedieron en la ocupación de sus respectivos territorios. Algunos de estos pueblos son considerados por los antropólogos "tribus marginales" como todas las amazónicas, que en realidad parecen haber sido las que hicieron los primeros hallazgos de plantas económicas. La situación de los mejicanos y peruanos en el momento en que empezaron a sujetar a otros grupos, y a difundir dondequiera que alcanzó su influencia política- los elementos propios y los tomados a pueblos sojuzgados, es comparable a la que tenían los pueblos ibéricos cuando expulsaron definitivamente a árabes y judíos. Desde este punto de vista los hispano-portugueses, al difundir en América las plantas y animales, hicieron lo mismo que habían hecho los árabes cuando ocuparon la península. Todos fueron difusores, no domesticadores.

 

3. Móviles de la difusión.

Ya incorporados a su propio haber cultural las plantas y los animales domesticados o transportados por otros, los pueblos difusores llevan tales elementos de cultura material en sus desplazamientos, para asegurar en el nuevo ambiente o territorio las cosas de consumo a que están acostumbrados en el país de donde proceden (Robledo, E., 1945, 168; Cué Cánovas, 1960, 57, 58-59).

En el caso de América, los españoles empezaron trayendo a las Antillas todos los elementos de cultura material a que estaban acostumbrados: trigo, aceite, ganados. Fue a los principios muy difícil vencer la repugnancia de los peninsulares para aceptar los alimentos americanos (yuca, maíz, verduras), que a ellos les parecían insípidos (Anglería, 1944, 43, 107-108; Cobo, 1956, 1, xii: 165), y aun abominables (Garcilaso, 1945, II, 189). Muchos españoles no pudieron habituarse al régimen alimenticio, y regresaron a su patria.

Aun tan avanzada la época colonial como el siglo XVIII, cuando se había operado una profunda aculturación y fusión de elementos, en muchas partes los españoles peninsulares no podían vivir sin importar vino, aceite y conservas. A la diferencia de alimentos se atribuía el poco éxito de la inmigración a las Antillas en 1699 (Rodríguez-Demorizi, 1942, I, 354). Por falta de carne fue reducido el número de misioneros jesuítas en el Amazonas, pues los recién venidos no se podían habituar a los alimentos nativos ni prescindir de los tradicionales (Rodríguez, 1684, 411). De modo que al traer a los comienzos semillas, plantas medicinales y aun flores (porque el hombre quiere reconstruir en todas partes aun su paisaje nativo), sólo se quería prolongar en el nuevo escenario el sistema de vida tradicional.

El arzobispo de Méjico pedía en ........que se trajeran cosas de España para evitar que los españoles estuvieran "piando por Castilla" (Arias y Miranda, 1854, 95). Comentando el pasaje de Cieza de León en que manifiesta los altísimos precios que las cosas tenían recién conquistado el valle del Cauca, dice Garcilaso: "estos excesos y otros semejantes han hecho los españoles con el amor de su patria en el Nuevo Mundo, en sus principios, que, como fuessen cosas llevadas de España, no paravan en el precio para las comprar y criar, que les parecía que no podían vivir sin ellas". En otro pasaje, a propósito de la introducción de las vides, apunta: "porque las ansias que los españoles tuvieron por ver cosas de su tierra en las Indias han sido tan vascosas y eficaces, que ningún trabajo ni peligro se les ha hecho granda para dexar de intentar el efecto de su deseo". Aun objetos de poca importancia, con tal de ser peninsulares, adquirieron gran valor en un principio (Garcilaso, 1945, II, 258; 268; 277, 278; Arias y Miranda, op. cit., 94; Durand, 1953, I, 41-42).

Esto no ocurrió solamente con los españoles: los franceses e ingleses que colonizaron la costa oriental de Norte América, añoraban las plantas, aun las malezas, que conocieron en su juventud, y las hicieron llevar (De Candolle, 1855, II, 755).

Hubo, fuera de los móviles puramente egoístas, otros más elevados. Los españoles en muchos casos traían semillas por impulso difusor incontrolado e incoercible, en que no había metas económicas, sino más bien ansia de fama y aun vanidad. El jesuíta italiano Gilii observó que los "españoles quisieran- poner de todo en todas partes" (Gilü, 1955, 138), así fuera en algunos casos empeño manifiestamente inútil, por las disímiles condiciones ambientales.

En el siglo XVII, cuando ya se había atenuado el proceso de las introducciones, todavía se conservaba la noticia de quiénes habían traído primero plantas y animales, y algunos se preciaban de que aquello se debía a sus antecesores (Cobo, 1890, I, 332;-----1956, I, 155).

El bienestar que los nativos americanos pudieran derivar de tales introducciones no se tuvo en cuenta, sino incidentalmente. En cédula de 15 de febrero de 1504 se permitió la libre introducción de abastos durante 10 años a la isla Española: "todos los mantenimientos de comer e beber e vestidos e calzado e ropas e ganado e bestias de carga e yeguas e otros animales e plantas e semillas e herramientas e otras cualesquier mercaderías e cosas que fueren menester para mantenimientos e proveimiento e trato de los vecinos e moradores <cristianos> de la dicha isla ... porque nuestra voluntad fue e es poblar e enoblescer las dichas islas de cristianos cuanto pueda ser..." (Navarrete, 1964, II, 307; 307-308). Es decir, la medida favorecía solamente a los cristianos. No se mencionan los indios, a quienes, no obstante, correspondía el trabajo de criar los animales y cultivar las semillas introducidas, como suficientemente se demostró en otra obra (Patiño, 1966).

Alguien ha sostenido que el beneficio recibido por los americanos con las plantas y animales introducidos, queda contrapesado con las enfermedades importadas y con la pérdida de sus valores culturales (Haring, 1939, 167-168). Otro es aún más radical al enjuiciar el asunto: "Los conquistadores y los colonizadores fueron animales de costumbres, como cualquier humano. Como animales de costumbres, para irrumpir en nuestras costas, se pertrecharon con alimentos, con caballos y cerdos, con armas y herramientas indispensables para la compostura de sus embarcaciones y de sus armas. En nuestras tierras, los dichos animales de costumbres no podían conformarse con sólo sus frutos (fréjol, papas, quinua, camotes, aguacates, guabas, guayabas, capulíes, maíz y sus variedades). Les era urgente necesidad la de paladear los alimentos elaborados con trigo, cebada, hortalizas, especies, y en consecuencia, por dicha necesidad vegetativa se vieron forzados a introducir las primeras semillas de dichas plantas. Entregadas las semillas a los indios, éstos se encargaron de los ensayos de cultivo y de su difusión; con su trabajo fue posible la aclimatación de tales plantas; para sí poco o nada cultivaron; Porque carecían de tierras propias y el producto de las que tenían era arrebatado por el encomendero, por el teniente, por el corregidor, por el cura doctrinero o por cualquier ladrón colonizador. Si por atender a sus necesidades trajeron. semillas, ¿cuál fue el bien concedido a la población aborigen si mientras nuevas semillas llegaban mayores eran los sacrificios que se le imponía para su trabajo en lugares de diversos climas, ausente de su hogar por largo tiempo y separada por grandes distancias? En las mismas ordenanzas de cabildos, de virreyes y de reyes, al tenor de las reproducidas en páginas anteriores, se determinaba el maíz como fruto vegetal de consumo, la coca como estupefaciente, y los demás productos de la tierra ¿quiénes los consumían?" (Pérez, A. R., 1947, 369-370; 369-373).

No dejó de tenerse en cuenta, sin embargo, por algunos ejemplares humanos excelsos de las naciones conquistadoras, el bienestar de los indígenas americanos. Especialmente se pidió a los principios con insistencia desde Méjico el envío de animales domésticos, para que se aliviara el trabajo de los indios en la conducción de cargas. Que este objetivo no se hubiera logrado (véase tomo V), no demerita los esfuerzos de gente como Ramírez de Fuenleal y otros esclarecidos españoles, tanto religiosos como laicos.

Siendo la cultura unitaria, las necesidades espirituales formaban parte del bagaje cultural traído por los europeos. Pan y vino en la religión cristiana, como originada en un país donde esos eran alimentos básicos, tenían importancia fundamental. Se atribuyó a Jerónimo Lebrón la introducción de vino y harina a Santa Fe de Bogotá, sabiendo que, por carencia de ambos elementos, no se decía misa allá, con el resultado de que entre la harina iban unas semillas, que habrían sido las primeras en llegar a esta parte del Nuevo Reino (Piedrahita, 1942, II, 157).

En resumen: los móviles que guiaron la introducción de todos los elementos de cultura material por parte de los europeos en el Nuevo Mundo, fueron: 1° la satisfacción de sus propias necesidades en aquellas cosas a que estaban acostumbrados; 2° como una consecuencia de lo anterior, la emulación personal por figurar como introductores de tal o cual elemento, con el consiguiente prestigio social, aunque no siempre económico; 3º la satisfacción de necesidades espirituales, que son en ciertos casos tan premiosas como las materiales, o se confunden con ellas.

Las creaciones del ingenio humano se difunden por una tendencia incoercible, aun en casos en que se intente monopolizarlas por parte de individuos o agrupaciones. A veces emigran más velozmente que los propios creadores (Schwidenzky, 1955, 84-85). Así, no es de extrañar que en pocas décadas se hubieran difundido por el Nuevo Mundo varios de los elementos aportados por los europeos, y aun llegaran hasta tribus remotas, antes de que los hombres blancos pudieran ponerse en contacto con ellas.

 

4. Agentes de la difusión.

En una época de gobiernos absolutistas como la del descubrimiento, el estado fue agente difusor de gran entidad. La reglamentación nimia de las cosas que se podían llevar al Nuevo Mundo está profusamente documentada en cédulas de. las primeras décadas a partir del descubrimiento. Unas veces la corona española ordenaba el embarque de plantas y animales (Haring, 1939, 157-159); otras veces lo autorizaba o permitía, con ciertas limitaciones.

Pero los particulares también hicieron introducciones por propia iniciativa, "pues casi no hay hombre curioso que destas Indias vaya a España que a la vuelta no procure traer semillas y posturas de algunas frutas que todavía faltan en ella" (Cobo, 1891, II, 343;-----, 1956, I, 375; II, 317; Prado, 1941, 102). Ex-profeso se dejó constancia de casos como el de Inés Muñoz y su segundo marido Antonio de la Rivera en Lima (Cobo, 1956, II, 431).

El carácter anónimo es el más acusado. Hay la tendencia a adscribir a una persona dada la introducción de tal o cual especie. Pero es más lógico que varios individuos se hayan interesado o hayan tomado parte en la introducción de plantas o animales.

Este carácter anónimo y popular impide hacer la historia de la introducción de algunas plantas, por no haber quedado registros oficiales del hecho. Así se dice, por ejemplo, de la traída de cítricos a América (Puente y Olea, 1900, 390).

Como es absurda la división de los humanos en ángeles y réprobos, inclusive los negreros acometieron a veces -aunque fuera por egoísmo- la introducción de elementos de cultura material. Ocurrió en algunas colonias inglesas, que varios tratantes de esclavos tenían establecimientos agrícolas, y traían en sus viajes plantas para aclimatarlas (Carrier, 1923, 282). El ñame (Dioscorea alata L.), el aki (Blighia sapida Koenig), la nuez de kola (Cola acuminata R. Br.), el sorgo (Sorghum spp.) y algunos pastos, éstos quizá no intencionalmente, fueron traídos a América desde el Africa en barcos negreros.

Los esclavos mismos, pese a las condiciones de absoluta impotencia en que viajaban a América, pudieron ser eventualmente portadores de semillas. Se atribuye a un negro esclavo de Pánfilode Narváez, llamado Juan Garrido, la introducción del trigo a Méjico.

La intervención de los piratas tampoco puede excluirse en este particular.

Expediciones hechas a propósito para la introducción de plantas, tienen un ejemplo en la del capitán Bligh, cuyas novelescas incidencias son sobradamente conocidas. Las de Bouganville, Baudin, La Bourdonnais y otros marinos, geógrafos y naturalistas, aportaron nuevas especies al llamado mundo occidental.

Por fin, la dispersión de plantas pudo haber sido en algunos casos fortuita y casual, sin intervención humana consciente. Casi todas las malezas han sido dispersadas en esa forma. Las semillas pueden viajar en el material de empaque de otros productos; en las bodegas ds de barcos; en las patas, el pelo, el tubo digestivo de los animales etc..

 

5. Vías de la difusión.

En los tiempos iniciales del descubrimiento, la primera escala de todos los elementos de cultura material introducidos fue la isla Española o Santo Domingo (Cobo, 1891, II, 342). A medida que la navegación se fue diversificando, algunas cosas llegaron directamente al continente.

En el siglo XVIII las colonias francesas e inglesas (Guayanas, Trinidad, Jamaica etc.) sirvieron de escala para la penetración al continente de varias plantas, especialmente originarias de Asia.

Al hacer la historia de cada especie se dan detalles sobre esto.

 

6. Mecánica de la difusión.

Los granos y semillas se trajeron a América en vasijas de distintos materiales, especialmente en toneles o barriles de madera. Así, cuando Gil González Dávila se embarcó en San Lúcar de Barrameda en la armada que iba para Indias, que zarpó a las cinco y media de la mañana del 13 de septiembre de 1521, traía entre otros bastimentos, "13 botas y 73 barriles que van con los garbanzos y habas" (Cuervo, 1894, IV, 94). Las pérdidas de semillas en los primeros viajes fueron bastante severas. Los cereales debieron ser importados varias veces, pues se perdían en las largas travesías.

Las mudas, estacas y plantas ya prendidas, se traspusieron en tinajones y otras vasijas de madera, barro, loza (Cappa, 1890, V, 20; Puente y Olea, 1900, 393). En tinajones llegaron los primeros olivos al Perú en 1560 (Cabo, 1891, II, 382;-----, 1956, I, 393). Se recomendaba a principios del siglo XVII, que las guindas y cerezas, únicas frutas europeas que no se conocían todavía en Chile, se llevaran en barriles con tierra (González de Nájera (1614), 1889, 23). Pipas de vino aserradas por la mitad, que se ponían sobre cubierta, parece fueron usuales (Ministerio del Trabajo, Esp. 1935).

A la península se importaban en el siglo XVI matas ornamentales en vasijas. Para las plantas de cebolla o bulbo, un tratadista de la época recomendaba: "... se pueden pasar y traer de Italia, llevándolas en una caja con su tierra, que allí se conservan..." (Ríos, 1951, 54).

En la última mitad del siglo XVIII se difundieron otros sistemas para transportar plantas vivas a largas distancias. El botánico Hipólito Ruiz da cuenta de una hoja de instrucciones sobre el particular publicada en Inglaterra (Ruiz, 1952, I, 399), debida a John Ellis, quien escribió sobre esto en 1770 (Klose, 1950, 11). Probablemente se trataba del uso de musgo (Gómez Ortega, 1780, 32). En el siglo XIX se perfeccionaron los sistemas de empaque y transporte de plantas y semillas. Buenas muestras son las instrucciones que acompañan una carta del Secretario del Tesoro de EU, de 6 de septiembre de 1827 (Klose, op. cit., 142-145), y la invención por el médico inglés Natanel B. Ward en 1829, de las "cajas wardianas", de vidrio (Ibid., 47), en que se llevaron de América las semillas y plantas de quina.

Algunos animales valiosos eran transportados desde los puertos hasta su destino en el interior, o en algunas campañas conquistadoras, a lomo de indio (véase la historia de los perros y caballos en el tomo V).

 

7. Inventario de la difusión.

El proceso se entenderá mejor cuando se estudien las formas que adopté la difusión. Los españoles, 1º) Trajeron plantas y animales de Europa; 2º) Llevaron a Europa plantas y animales de América; 3°) Trajeron plantas de África; 4º) Llevaron plantas a Filipinas; 5°) Llevaron plantas a Oceanía y las trajeron; 6º) Dispersaron plantas de ambos subcontinentes americanos en los otros y en las Antillas. Varios de estos movimientos fueron simultáneos.

1° Los europeos trajeron a América, a partir del segundo viaje de Colón en 1493, y de allí en adelante con ritmo primero creciente y después decreciente hasta quizá fines del siglo XVII y principios del XVIII, cereales (trigo, cebada, arroz); granos (habas, arveja, lenteja, garbanzos); hortalizas (repollos, coles, nabos; cebollas y ajos; zanahoria y después remolacha; acelga); condimentos (culantro, perejil, eneldo, hinojo, anís); feculentas (ñame, plátanos); frutas (datilera, higuera, frutales de hueso y otras Rosáceas, cítricos, tamarindo etc.); oleaginosas (higuerilla, olivo, sésamo); sacarinas (caña de azúcar); bebidas (café, té); fibras (cáñamo, ramío, lino); medicinales (zábila, ruda, verbena, llantén, manzanillas etc.), Y forrajeras (alfalfa y tréboles).

2° Los españoles llevaron a España y dispersaron por otras partes de Europa que les estuvieron sujetas durante el siglo XVI Y parte del XVII, varias plantas americanas. Estos movimientos empezaron simultáneamente, pues en el retorno del primer viaje de descubrimiento en 1492, Colón llevó varias plantas a España, habiendo dejado algunas semillas de hortalizas en Fuerte de Navidad (Colón, H., 1947, 13). Insistentemente se pedía a los virreyes, audiencias y gobernadores en América que enviasen a la península semillas y mudas de toda planta útil o curiosa.

Dice Colmeiro: "En cambio de los muchos granos y semillas, árboles, plantas y animales útiles que los españoles esparcieron por la América (beneficio olvidado de aquellos que sólo tienen palabras para denostar a los conquistadores y pobladores de las Indias, acusándolos de avaricia y crueldad sin mezcla ninguna de virtud) recibimos el maíz cuya siembra empezó a generalizarse a fines del reinado de Felipe II. Antes se cosechaban el mijo y el panizo en nuestras provincias septentrionales, y ahora los reemplaza este cereal que también se propagó por Valencia y Murcia, como tan propio de las tierras frescas y regadías. Media España se sustenta hoy con maíz, añadiendo a los frutos conocidos de los romanos y los moros otro nuevo, sano, nutritivo, barato y en fin acomodado a las circunstancias que pide todo artículo de general consumo. Por el mismo tiempo también se enriqueció nuestra agricultura con lo patata, aunque- el cultivo de tan precioso tubérculo no se extendió hasta fines del siglo pasado [XVIII], y más aún durante la primera mitad del presente. Toda la nación debe regocijarse de ambas aclimataciones, y principalmente deben estar agradecidos los pobres, porque con el maíz y la patata remedian su necesidad, cuando el cielo envía cortas cosechas de otros frutos. Pasamos en silencio las legumbres, hortalizas, árboles frutales, aves de corral y ganado menor que vinieron a España por el mismo camino, que si cada cosa de por sí representa poco, todas juntas aumentaron el caudal de nuestra agricultura en compensación, siquiera fuese muy escasa, del desmayo y flaqueza general del cultivo" (Colmeiro, 1863, II, 85-86).

Al maíz y a la papa, que es a lo que se refiere Colmeiro, hay que agregar la batata, cuyo cultivo en el mediodía de España como uno de los principales renglones alimenticios empezó a principios del siglo XVIII (Boutelou: Herrera, G. A., 1819, 111, 229-233), y tomó fuerza a fines del mismo (Reynoso, 1881, 50).

Otros aportes valiosos de América al Viejo Mundo fueron el tomate y el ají; la yuca; varias clases de fríjoles; el girasol; Cucurbitáceas comestibles; vainilla; frutales (guayabas, papayas, chirimoyas, cactáceas, marañón y una hueste de frutas menores); Agav es y Fourcroyas; tabaco y quina; caucho etc..

Envíos de plantas medicinales y ornamentales se hicieron de América en diversos tiempos a Sevilla para el médico Laguna y otros (Alvarez López: RI, 1945, 221-228).

Finalmente entre los animales figuran el pavo y el cuí.

3º Las dos principales especies introducidas desde el Africa por los españoles, fueron el plátano y el ñame. Llegaron también el millo y el guandul; pero la introducción de estas dos parece haberse debido más a portugueses, ingleses y holandeses encargados de la trata de esclavos, puesto que España no hizo, sino muy a los principios, ella misma el transporte negrero. La sola importación del plátano a América bastaría para que los españoles merecieran un tributo de agradecimiento; pues ninguna de las plantas alimenticias introducidas se ha generalizado tanto y ha tenido tamaña importancia para la alimentación en las tierras calientes y templadas, que constituyen inmensa proporción en América intertropical.

La caña de azúcar, aunque originaria de Asia, llegó a América desde Canarias, Azores, Madeira y la costa africana, aunque también se cultivaba en el mediodía de España en la época del descubrimiento.

4ºMenos importante para América fue la actividad de los españoles con el Asia, vía del Pacífico, que a la inversa. En efecto, a raíz del establecimiento del servicio anual de navegación entre Acapulco y Manila (1575), se reunieron todos los factores favorables para que España hubiera dotado a América tropical de gran número de especies útiles. No lo hizo. La mayor parte de las plantas filipinas, malayas, chinas, polinésicas y melanésicas que han venido a América, las trajeron primero franceses, ingleses y Holandeses a sus colonias del Caribe o de las Guayanas, y de aquí se comunicaron a la América española.

Entre las cosas traídas por españoles menciona Cobo una especie de toronja de gran tamaño, que podría ser Citrus maxima, o sea un pomelo; una casta de gallinas y otra de perros, as como la costumbre de los gallos de pelea.

A la inversa, se llevaron, no siempre intencionalmente, plantas de Méjico a Filipinas, como lo atestiguan los nombres mejicanos para ellas que se conocen en gran pare de Asia (Merrill, 1945, 228-230; -, 1945: CB, X, 313-315).

5° Los contactos de España con las islas de Polinesia, Melanesia y Micronesia fueron eventuales. Aun la ocupación de Tahití sólo duró unos pocos años. Allá se llevaron semillas, plantas y animales del Perú y se trajo una especie de plátano (x Musa acuminata Colla), y quizá otras especies de que no quedan testimonios fehacientes. Pero aunque se trajo de allá el árbol del pan al Perú, la introducción se malogró, y España se dejó arrebatar de Inglaterra esta iniciativa.

Ni siquiera introdujeron los españoles el búfalo de agua, cuya labor en los campos de arroz debieron apreciar en Filipinas, y que, sí no para América, hubiera aligerado mucho el trabajo de los cultivadores de arroz en Valencia (Reynoso, 1867, 209, 216-217).

En la expedición de Alvaro de Mendaña y Sarmiento de Gamboa que salió del Perú a las islas Salomón en 1567, se llevaron semillas (Torres de Mendoza, 1866, V, 212).

6º Los españoles aceleraron el proceso de dispersión de plantas útiles que estaba en marcha cuando ellos llegaron al Nuevo Mundo, entre los dos subcontinentes septentrional y meridional, así como entre la América ístmica y la insular. Tal proceso de difusión es mejor conocido en cuanto a las tribus caribe-arawaks que estaban llevándolo a cabo en el momento de arribar los europeos; pero también se operaba en el continente.

Es natural que esto hubiese ocurrido así, primero, por la centralización de toda la América intertropical en una unidad lingüística y política; y segundo, por los medios más eficaces de di fusión que los europeos tenían en sus manos, como barcos de mayor capacidad, animales de carga etc..

Pese a esto, la intensificación del proceso tropezó también con ciertos obstáculos. De nada valió que el pueblo conquistador tuviera los medios y la capacidad de llevar todos los productos de una región a la otra dentro del continente americano. Porque si algunos elementos se difundieron, otros han quedado confinados hasta nuestros días a sus países originarios.

Entre los que viajaron, están en primer lugar las frutas. Papaya, aguacate, que eran continentales, pasaron a las Antillas, lo mismo que el cacao. El guajolote o pavo fue llevado al sur del istmo panameño, de donde no Había pasado en la época prehispánica.

Entre los que nunca se han generalizado, están algunos tubérculos altoandinos (ullucos, oca); granos cono tanwi, quinoas y cañahuas del hemisferio sur, y el chian del hemisferio norte; y ciertas frutas que no han salido de sus lugares de origen. Para no hablar sino de una sola familia, la de las Sapotáceas, el lúcuma del Perú (Lucuma bifera Mol. = L. obovata H.B.K.) nunca pasó al norte; ni fue al sur el canistel (Lucuma nervosa D.C.) (1).

 

8. Consecuencias de la difusión.

El contacto de las culturas trajo consecuencias insospechadas, que escaparon a la previsión de los difusores.

No se pudo trasplantar la mentalidad o la psicología respecto de plantas y animales introducidos, porque es muy difícil cambiar los hábitos de vida y de alimentación de un pueblo, ni aun en el curso de varios siglos. Hubo renuencia inicial de los indios a aceptar y cultivar plantas de españoles; lo hacían en muchos casos para poder pagar el tributo, o para el suministro compulsorio de los núcleos de población llamado "mita de alimentos"; pero continuaban usando las propias (Cappa, 1890, V, 82-83; J. de la Espada, 1897, 111, 84-85; 208).

Cosas que constituyen lo más importante de la subsistencia en España, como son pan, vino, aceite, carne de cordero o de oveja, son de uso muy restringido en América, con excepción del primero, que cobra importancia día a día. No se convirtieron los países americanos, ni aun los bien dotados para ello como Méjico, Chile y Argentina, en emporios trigueros durante la colonia, ni en asiento de una industria lanar poderosa. El incremento triguero de la Argentina, por ejemplo, data de la época republicana; obedeció a factores no tenidos en cuenta por el imperio español, y ni siquiera se basó en las variedades y tipos introducidos por los españoles (Vavilov, 1951, 228; 294-295).

Algunos autores han señalado el hecho, advertido primero por Humboldt, de que los colonizadores europeos fomentaron cultivos de lujo en América, o de cosas tenidas en algún tiempo como tales, y que poco a poco han venido a ser comunes y corrientes. Entre ellos pueden contarse el azúcar, el tabaco, el añil, el cacao (Haudricourt et Hédin, 1943, 166, 172-177). La yerba mate, bajo la influencia de esta misma mentalidad, pasó de la categoría de especie subespontánea a la de árbol cultivado, uno de los pocos casos de domesticación postcolombina que se conocen.

Cultivos tales como el café, que no fueron introducidos a América por los españoles, sino por los holandeses y franceses, y luego escapados a las posesiones españolas, han cobrado importancia qué nunca se soñó.

Lo mismo ocurrió en el caso de plantas americanas llevadas a otros continentes.

Humboldt, citando a Tessier y Desantoy, dice que el maíz y la papa hicieron desaparecer la miseria en las Canarias (Humboldt, 1941? I, 240). Un historiador de la agricultura en Europa y América destaca el papel de la papa en el mejoramiento de la alimentación de Irlanda (eras, 1946, 185-186).

No es sino mirar en un mapa la creciente extensión del cultivo de la papa y del maíz, no sólo en Europa sino en Asia, para darse cuenta de la tremenda importancia que las plantas americanas han tenido en la economía universal.

Así puede afirmarse del maní respecto del Africa; del girasol para Rusia; de la yuca para Indonesia y el Africa; de la batata para todas las zonas subtropicales y tropicales del mundo.

Si se pasa de los renglones alimenticios a los de pura satisfacción y lujo, se encontrarán el cacao enriqueciendo al Africa ecuatorial y a Indonesia; el tabaco, convertido en riqueza de naciones del oriente de Europa y del Asia menor.

El último aporte de América en el orden histórico ha sido el caucho. No podría concebirse la actual civilización del mundo sin él.

No se debe excluír la quina en esta enumeración, aunque haya sufrido tantos altibajos económicos.

 

9. Migración geográfica-económica de plantas cultivadas.

Ciertas plantas, por razones no bien averiguadas, no alcanzan su máxima importancia en los lugares de origen sino en otros a donde han sido transportadas, dentro de ciertos límites geográficos y a un ambiente que sea más o menos semejante al original. Plantas del Asia Meridional, como la caña, aunque conserven allí su puesto de renglones básicos de la producción, mantienen esa categoría en naciones americanas, como Cuba, Brasil, Perú y ahora Colombia.

El café, de origen africano, ha encontrado en América intertropical su principal área de cultivo, a título de planta económica producida en grande escala.

El trigo continúa siendo importante en sus lugares de origen, pero no lo es menos en las dos zonas templadas del continente americano y en Australia.

El arroz es ahora casi tan imprescindible en los países tropicales y subtropicales de América, como en China, India e Indonesia.

A la inversa plantas americanas, ya comestibles, ya de lujo o industriales; han alcanzado su máxima expresión como cultivos fuera de América. El maíz es tan importante en ciertas regiones de Europa (España, Italia, Balkanes) como en América; la papa lo es más y abarca mayor extensión geográfica y tiene más importancia económica que en América.

El cacao se ha desplazado a Africa y al Asia suroriental corno producto cultivado en grande escala.

El tabaco comparte su valía entre Norte América y el Brasil, por un lado, y los Balkanes, Turquía y otras naciones asiáticas, por el otro.

El caucho Hevea, originario de América y domesticado en el término de pocas generaciones, se desplazó desde la región amazónica hasta Indonesia y Malaya.

 

10. Balance.

Es difícil, arriesgado y prematuro comparar especie por especie y grupo por grupo, entre las plantas de origen americano y las introducidas, lo mismo que entre otros elementos de civilización material.

Difícil, porque no en todos los casos los términos de comparación coinciden, teniendo en cuenta que las necesidades y tendencias que dieron origen a la domesticación y uso de cada especie o de cada grupo fueron diferentes. Por ejemplo, no se concibe en América el cultivo de plantas forrajeras, desde el momento que no hubo animales herbívoros de gran talla (excepto los auquénidos) que necesitasen pastos en cantidad y volumen apreciables.

Arriesgado, porque quizá en este mismo momento se esté gestando el cambio de condición de ciertas especies, que pueden desaparecer del cultivo como consecuencia del hallazgo de sustitutos químicos, tal como ocurrió con el añil, que tanto predicamento alcanzó en el pasado.

Prematuro, porque siendo tropical, o mejor ecuatorial, la vegetación predominante en América, y estando todavía sin catalogar en su totalidad, y mucho menos sin conocerse sus posibilidades, puede ocurrir que en el inmediato o remoto futuro surjan nuevas plantas alimenticias, industriales, medicinales o de lujo, que desequilibren el estado actual de nuestras adquisiciones y conocimientos. Europa dio todo lo que tenía; América no ha acabado de dar de sí todo lo que tiene. Como decía Pedro Mártir en los años que siguieron al descubrimiento, "nuestro Nuevo Mundo todos los días procrea y da de sí nuevas producciones sin cesar, por las cuales los hombres de ingenio y aficionados a las cosas: grandes, y en particular a las nuevas, pueden tener a mano continuamente con qué alimentar su entendimiento" (Agleria, 1944, 241).

Esto, sin tener en cuenta los aportes de piedras y metales preciosos americanos, cuya influencia en el mundo capitalista desencadenó procesos de tremenda significación, cuyo impacto continúa sintiéndose, pero que por las limitaciones temáticas, quedan excluídos de este volumen.

 

Listas Parciales

Pero hay que intentar aunque sea un esquema de comparación de aportaciones. Esto se hará en doble columna. Debe recordarse que se trata de plantas cultivadas solamente o de animales domesticados, y no se incluyen vegetales extractivos ni animales amansados, ni mucho menos salvajes.

Elementos
americanos 
N° de especies o grupos de especies
Elementos de otros
continentes
N° de especies o grupos de especies
A) VEGETALES (2)
Feculentas (tubérculos y otros): Papa, yuca, batata, arracacha; tubérculos menores: yautía etc., jícama oca
17
Plátanos; ñame; Colocasia, árbol del pan
5
Cereales y seudocereales: Maíz; quínoa, cañahua
4
Trigo, cebada, avena, arroz, sorgos etc.
8
Granos y menestras: Fríjoles, pallares etc.
5
Arveja, lenteja, haba, garbanzo; guandul; soya; Vigna
17
Oleaginosas: Maní, girasol
2
Palma africana; higuerilla, ajonjolí etc..
10
Hortalizas y verduras: Tomates, ajíes: zapallo etc.   
15
Espárrago, cebollas, remolacha, apio, berenjena, alcachofa, lechuga etc.
34
Sacarinas:
0
Caña de azúcar
1
Plantas de lujo; bebidas estimulantes: Tabaco; cacao; guaraná; mate (involucradas en el acápite siguiente)
Cafés; te, kola
4
Medicinales: Quenopodio, bálsamo, barbascos, coca, cuassia, piñón de purga, molle; yerba mate, guayusa; guaraná; yoco; allamanda, tabaco, quina etc.
28
Zábila, cáñamo; ruibarbo; cañafístula; borraja; llantén,    saúco;    manzanillas etc.
29
Condimentos, especias, aromáticos:  Vainilla. Pimienta dulce etc.
7
Vetíver, limoncillos; gengibre; pimienta; nuez moscada; canela; clavo; culantro; anís; romero etc.
34
Cauchíferas: Castilla, Hevea, Manihot.
2
Frutas: Pijibay; piña; chirimoya, guanábana, anon; aguacate, icaco; guamos; algarrobo Hymenaea; Casimiroas; marañon; ciruelas y hobo; mamoncillo; cacao; mamey; madroño; passifloras; papayas; nueces de Lecitidáceas; guayaba y otras Mirtáceas; nísperos y otras Sapotáceas; tomate; lulos; borojó; sicana.
113
Higuera; manzano, durazno y otras Rosáceas; tamarindo; cítricos; grosello; mango; vid; granada; pomarrosa y otras Mirtáceas; sandía y melón.
65
Fibras: Iraca; Agaves y Fourcroyas; algodón etc
12
Abacá, cáñamo, ramio, lino, yute, kenaf
9
Tintóreas: Añil; achiote; chica; jagua  
3
0
Avío y menaje: Calathea, totumo etc.
8
Estropajo
1
Maderables: Lista no elaborada todavía. Va en otro volumen.  
?
Ciprés, bambúes, Casuarina,eucaliptus, teca etc.
24
Ornamentales:Para suplemento. (Aproximado).
[400]
Para suplemento (aproximado)
[400] 
Forrajeras: Stenothaphrum, micay, imperial; guatemala; leguminosas y otras.
22
Pasto Rhodes, gordura, puntero, guinea, pará, kikuyo, pangola; alfalfa; treboles
33
238
274
B) ANIMALES DOMESTICOS
Pavo, peno, mudo, cui; llama
4
Gallina; aloma; perro; gato; caballo; vaca; ovejas; cabra; puerco
9
C) TECNICAS DE PRODUCCION
El balance de la tecnología agropecuaria aportada por cada grupo étnico en América, al través del tiempo y del espacio, se ha hecho en otra obra (Patiño, 1966).

 

(1)
Ya en prensa este trabajo, el autor vió en casa del señor Juan Baró, cubano de nacimiento, en Cereté, Córdoba, un ejemplar de canistel que fructifica abundantemente. Tiene unos 15 años
(2)
Adviértase que algunas plantas pertenecen a dos o más grupos. Aquí no se han hecho repeticiones, pues a enda planta se la ha incluido en el acápite correspondiente a su principal aplicación.

 

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