MI PERMANENCIA EN EUROPA COMO ENCARGADO DE NEGOCIOS Y SECRETARIO DE LA LEGACIÓN DE COLOMBIA EN INGLATERRA Y FRANCIA. 1866 á 1868.
 

 

No pudiendo resistir al deseo de ir á contemplar las maravillas de la próxima Exposición Universal de los productos de la industria, que debía abrirse en París en 1867, pedí y obtuve del Gobierno del General Mosquera, que se me nombrara Encargado de Negocios en Inglaterra y Francia, con cargo de servir la Secretaria de la Legación, que con el carácter de Ministro residente desempeñaba el señor D. Manuel María Mosquera, hermano del Presidente, en los mismos países; y aunque esta circunstancia solo me autorizaba para suplir las faltas del señor Mosquera, sin embargo, mi título me daba la categoría de jefe de misión, y como tál era invitado, con la precedencia que me correspondía, á todas las fiestas y recepciones de la Corte. Con efecto, El Monitor del martes 6 de Noviembre de 1866, número 310, dió cuenta de la admisión de mis credenciales en los siguientes términos:

 

« PARTIE OFFICIELLE

 

París le 5 Novembre. M. le docteur Aníbal Galindo a remis á 5. E. le Ministre des Affaires étrangères les lettres qui l'accréditent auprès du Gouvernement de l'Empereur en qualité de chargé d'affaires des Etats Unis de Colombie.»

 

 

EL CADÁVER DEL EMPERADOR MAXIMILIANO

 

Del recuerdo escrito por mí en el Album ó Memento de mi querido, de mi inolvidable amigo doctor Teodoro Valenzuela, copio lo siguiente:

 

«El día 20 de Junio de 1867 recibía el Sultán Abdul- Azziz, el mismo que tan trágico fin tuvo en 1876, las felicitaciones del Cuerpo Diplomático, en el precioso palacio del Eliseo Bourbón, entonces Eliseo Napoleón. Era aquella la época en que mareaba, en que desvanecía la grandeza de la Francia imperial en medio de las fiestas y de las magnificencias de la Exposición.

 

La Legación americana á cargo del General Dix, precedía inmediatamente á la colombiana, porque habían sido recibidas en un mismo día, una en pos de otra por el Emperador. En el momento en que el Maestro de ceremonias nos decía: "prenez vos rangs, Messieurs," y en que el Nuncio del Papa, Monseñor Chigy, que presidía el Cuerpo Diplomático, ocupaba su puesto junto á la puerta por donde debía salir el Sultán, llegó á toda prisa un edecán militar del Príncipe de Metternich, Embajador de Austria, y entregó una esquela al Nuncio. Era una excusa de asistencia, porque el cable acababa de trasmitirle la noticia del fusilamiento del Emperador Maximiliano (acaecido el día anterior á las 5 p. m. en Querétaro). El Nuncio palideció, y buscando con la mirada extraviada el puesto que en aquel brillante cortejo ocupaba la Legación americana, se adelantó á grandes pasos hacia el General Dix, á cuya izquierda estaba yo, como si buscara en el Representante del poderoso Gobierno de la Unión, una última duda de esperanza contra aquel infausto suceso, ó un medio sobrenatural de arrancar del patíbulo al ilustre ajusticiado. "¿Es esto cierto? le preguntó enseñándole el billete del Príncipe; ¿los Estados Unidos han consentido en esto?"

El General Dix, que sin duda sabía la noticia, tartamudeó algunos monosílabos; y el Legado del Papa, lívido, con el semblante desencajado por el estupor, volvió á ocupar su puesto en el momento en que salía el Sultán. Venía acompañado de su principal Secretario de Estado, de varios edecanes militares y de un intérprete del Ministerio de Negocios Extranjeros. Correspondía apenas con una ligera inclinación de cabeza á cada? presentación que le hacia el intérprete: sólo el General Dix mereció el honor de un apretón de manos y de un cordial saludo para el pueblo y Gobierno de los Estados Unidos.

Mas no crea usted, por lo que acabo de referirle, que yo haya aprobado, ni menos admirado á Juarez por los fusilamientos de Querétaro. Nada disculpa el asesinato político, y aquel, como todos los de su clase, fué un exceso inútil. El Emperador Maximiliano y los Generales Miramón y Mejía, aléguese lo que se quiera, eran simples prisioneros de guerra del ejército republicano, y su vida, de acuerdo con el moderno derecho de la guerra, estaba bajo la salvaguardia del vencedor. Además, tratándose de tan extraordinario episodio de la historia del mundo, siempre habría sido más grande la magnaminidad que la justicia. La historia no cubrirá con su aprobación los fusilamientos de Querétaro. El nombre de Juárez pasará con esta mancha á la posteridad.>>

Este juicio coincide, letra por letra> con el emitido por mí sobre la ejecución de Luis xvi en mi libro Las Batallas Decisivas de la Libertad, al tratar de la Revolución francesa en la batalla de Valmy, y qué dice:

«El 10 de Agosto el pueblo de París, azuzado por los agitadores de las Secciones, derribó la monarquía en medio de horrorosas matanzas. La Asamblea declaró vacante el trono, y encerró al Rey en el Templo. Aquí terminaba su derecho, ó mejor dicho, el de la nación. La ejecución de Luis XVI y la de la Reina fué un abuso de la fuerza, tan injusto é innecesario como cobarde. De todos los sofismas con que la tiranía cubre sus crímenes, ninguno más hipócrita ni más pérfido que el que pretende justificar el sacrificio de sus víctimas diciendo que es para matar con ellas una idea; como si las instituciones ó las ideas estuvieran vinculadas á la vida de un hombre; como si hubiera faltado quien hubiese recibido la corona en caso de quien el absolutismo hubiera triunfado sobre la nación.» 

 

« EL PARAÍSO PERDIDO » DE MILTON

 

Careciendo de ocupaciones oficiales como Encargado de Negocios in partibus, pues era bien poco lo que tenía que hacer como Secretario de la Legación, donde el señor Mosquera no pretendió nunca emplearme como amanuense, además de que habría sido inútil pretenderlo, por mi absoluta carencia de aptitudes para ese oficio, pensé en concluir una obra de largo aliento, en la que había venido ensayándome de algunos años atrás, y de la cual poseía ya numerosos fragmentos, á saber:

Dotar á la lengua castellana de una traducción completa, literal, pero elegante, de El Paraíso Perdido de Milton, trabajo que después de constante labor llevé á cima y edité en un volúmen de 500 páginas, texto inglés y español, en Gante (Bélgica), tipografía de Eug. Vanderheghen, Rue des Champs 66, 1868.

Antes de mi traducción sólo existía en castellano la paráfrasis del Canónigo Escoiquiz, el preceptor de Fernando VII, que es una verdadera rapsodia del poema, como puede verse por los siguientes trozos.

Haciendo la pintura de Adán le resulta esta caricatura:

 

Sus poblados cabellos de un brillante

Negro color, de la cabeza hermosa

Por el nevado cuello repartidos,

En naturales rizos caen ondeando

Hasta los hombros sólo, con graciosa

Negligencia y los cubren esparcidos.

De la primera plegaria de Adán bastará copiar el apóstrofe al sol:

 

Tú también, alma á un tiempo y refulgente Farol del mundo.

 

De la misma clase son los versos empleados para hacer la descripción de la higuera, que parecen escritos por Milton en pleno cielo indostánico:

Debajo de ellos el pastor tostado,

Del sol ardiente, que en aquella zona Abrasa, encuentra para su persona,

            Y no menos también para el ganado, Un fresco y vasto asilo en que esconderse Mientras pasa el calor del medio día, Y tierna yerbecilla en qué tenderse,

 

La entonación bíblica del canto vII á la creación, aquellos acentos que Milton oyó en mi arrobamiento divino, entre las tinieblas de los sentidos, han salido, al evaporarse en el alma del señor Escoiquiz, así:

 

 

A su vista el dilatado

Caos está sin fondo:

Desde allí de una ojeada á lo más hondo

Penetra, en tanto que su comitiva,

Fija en la altura, ve con la más viva

Admiración aquella sima fiera,

Océano espantable sin ribera,

En tinieblas sumido,

De perpetuas tormentas conmovido,

Y cuyas olas sin cesar bramando,

Como horribles montañas elevadas,

A los muros del cielo encaminadas,

Los están sediciosas asaltando.

Pára la marcha, y en la poderosa

Mano toma el compás que se conseva

Solo para medir en ocasiones

Iguales, del espacio las regiones.

 

En el prefacio que encabeza el libro, titulado: Qué entiendo por una traducción literal, quise probar, con el estudio á fondo que allí hice del genio de las dos lenguas, queme era familiar el inglés, y que poseía los conocimientos léxicos suficientes para acometer tan delicada tarea. Como una muestra de ése trabajo, en sí mismo muy importante, y que puede calificarse de una curiosidad literaria, reproduzco lo siguiente:

 

«Tratemos ahora de explicar, con las reglas del arte, de qué se forman los complementos que necesariamente deben emplearse al traducir del inglés al español, basados en la diferencia radical entre el genio de las dos lenguas, de donde resulta que es imposible que una traducción literal en lengua española no sea más extensa que el original inglés.

1.o El inglés se distingue por su rica abundancia de verbos. Puede asegurarse que no hay modo de ser ó de sentir, ni en la naturaleza ni en el hombre, que no tenga su expresión simple por medio de un verbo, con la circunstancia de que las partículas un y dis se unen casi siempre al verbo para expresar la acción contraria ó la ausencia de la acción.

 

Ejemplos:

 

Insatiate to pursue vain war with heaven

And by success untaught.

Nosotros tenemos el verbo aprender, pero el nuestro no admite partícula negativa para formar el contrario, no aprender; por consiguiente, para traducir esta frase literalmente con el participio untaught de un verbo que no tenemos, es preciso usar de un circunloquio y decir:       

Insaciable en proseguir una guerra temeraria contra el cielo, sin que los resultados le hayan enseñado nada.

Then strows the ground

With roses aud odours, form the shrub unfumed.

Y por último, el suelo riega con rosas y perfumes que ningún incensario había quemado aún; porque no podemos decir inquemados, ni se comprendería lo que el poeta había querido decir.

Where thy abundance wants partakers and

Uncropt falls to the ground.

 

Donde hay necesidad de otros seres que participen de tu abundancia, que cae al suelo sin cosecharía, porque no puede decirse incosechada.

Into their inmost vower handed they went.

Y entraron asidos de la mano en el santuario de sn morada, porque carecemos de verbo que por si solo exprese el acto de asirse dos personas de la mano.

Or rage

Of Turnus by Lavinia disespoused.

O la cólera de Turno cuando Lavinia rompió su fe de prometida, porque aunque tenemos el verbo desposar y desposarse, no podemos decir desesposado.

2.o       Los verbos ingleses tienen mayor diversidad de modos que los verbos españoles. Se comprenderá la importancia de esta observación, si se considera que los modos son las variaciones que recibe el verbo con relación ab acto interno que significa. Los signos shall y will, que se unen al infinitivo inglés rara formar el futuro, tienen tal fuerza, tal vehemencia, dan al juicio que expresan tal determinación, tal precisión: el uno para afirmar ó negar simplemente, will; el otro, shall, para significar el deber, la necesidad, la infalibilidad del acontecimiento ó de la acción, que hay casos en que el futuro español sólo seria un reflejo muy pálido del futuro inglés. Lo mismo sucede con los signos del subjuntivo should, would, might y could.

3.o       La concisión proverbial de la lengua inglesa depende principalmente de que abunda en locuciones afirmativas en que no se halla el verbo, encontrándose así períodos enteros en que se expresa una serie de juicios con muchos verbos sobreentendidos. El español, por el contrario, extiende sus períodos como mina gota de tinta sobre un papel de estraza, interponiendo un verbo para expresar la conveniencia de cada predicado á un sujeto. Por excepción se prescinde del verbo, como observa Balmes, en las máximas y en los refranes:

'Lamujer honrada, la pierna quebrada y en casa.'

'La mujer del viñadero, mal otoño y buen invierno.'

En el estilo descriptivo el inglés arroja los elementos sustantivos de sus cuadros por decirlo así, al acaso, sin relativos y sin verbos, dejando que la armonía resulte, no de la concordancia de las palabras, sino del enlace mental de las ideas.

And overhead up grew

Insuperable height of loftiest shade,

Cedar and pine and fir aud branching palm,

A silvan scene, and as the ranks ascend,

Shade aboye shade, a woody theatre

Of stateliest view.

Sobre sus cumbres crecen los cedros, los pinos, los abetos y las coposas palmeras, levantando á una altura inaccesible su magnifico follaje, que ofrece la perspectiva de una selva, y como las hileras de árboles ascienden agrupando sombra sobre sombra, aquello forma un panorama de espesura de la más grandiosa perspectiva.

Which not nice art,      

In beds and curious knots, but miature boon

Pour'd forth profuse on hill and dale on plain.

 

Flores que un arte delicado no ha oprimido en eras, ni en ramilletes escogidos, sino que la naturaleza generosa derrama con profusión en los montes, en las llanuras y en los valles.

Ambiguous between sea and land

The river horse and scaly crocodile.

Y el caballo marino y el escamoso cocodrilo permanecen indecisos entre el mar y la tierra.

En los cuales ha sido preciso suplir los verbos marcados en bastardilla. Y como éstos se encontrarán abundantes ejemplos en cada página del poema.

4.o       Hay algunas preposiciones que no pueden traducirse simplemente por las correspondientes españolas sin usar de un circunloquio, porque aquellas llevan casi siempre unido el significado de una expresión verbal: off significa alejamiento, distancia; from, separación, desprendimiento, desvío; in, penetrar en; within, estar encerrado, contenido en ó dentro de otra cosa; by, estar al lado de, ser el instrumento ó el medio por el cual se hace una cosa. El circunloquio español no solo se necesita, pues, en tales casos para aclarar el sentido, sino para la belleza literaria de la frase.

 

While smooth Adonis from his native rocks

Ran purple to the sea.

 

Mientras el manso Adonis escapándose de sus rocas nativas, rojo corría hacia el mar.

And thou, my word, begotten son, by thee

This I perform.

Y tú mi Verbo, Hijo engendrado, sirviéndome de ti, pongo por obra esta creación.

The rest to several places

Disparted, and between spun out the air.

 

Diseminando los demás á diversos lugares, y ente todos ellos extendió el aire.

 

Perfect within, no outward aid require.

 

Perfecto por el espíritu, sin necesidad de auxilios extraños.

The angel up to heaven.

From the thick shade.

 

Dejando el follaje umbrío el Angel subió á los cielos.

5.o       La facultad que tiene el inglés para juntar palabras expresivas de una idea compleja.

Sail-broad. vans.

 

Sus alas anchas como las velas de un navío.

 

Like á black mist low creeping.

Semejante á una de esas neblinas negras, que van rastreando el suelo.

If chance with nymph-like step fair virgin pass.

 

Pero si acierta á pasar una de esas hermosas doncellas semejantes á una ninfa por su porte.

6.o El inglés es riquísimo en palabras á propósito para expresar la idea del predicado bajo la forma de un adjetivo; porque su raza lleva al idioma, para darle todas las inflexiones, el mismo atrevimiento, la misma lógica, la misma audacia con que conquista y civiliza el mundo, haciendo de los nombres verbos y de estos nombres, etc.

Others from the dawning hills

Look'd round.

 

Otros desde las colinas que el sol naciente dora en torno al campo miran.

Then when I am thy captive, talk of chains,

Proud limitary cherub.

 

Espéra para hablar de cadenas á que sea tu cautivo, orgulloso querubín, reducido al oficio de custodiar este recinto, porque qué poesía quedaría si se tradujese orgulloso querubín custodio, ó guardián?

How camest thou speakable of mute?

Cómo siendo muda has conseguido hablar?

And made INTRINCATE seem STRAIGHT!

Y aquel laberinto de ondas parece una línea recta.

7.o La necesidad que hay de repetir, para la inteligencia de las ideas, los nombres, en vez de los relativos y de los pronombres. Los ejemplos de esta clase son tan numerosos y tan fáciles de comprender, que es inútil citarlos.

Fuera de los complementos, se encuentran también, necesariamente, en una traducción literal del inglés al español, las transposiciones, que no siendo sino una descomposición sintáxica de las largas frases, para cortar los períodos con cadencia, armonía y lucidez, no han menester de justificacion ni de explicación.

Quedan, además, algunos pocos casos, muy excepcionales, en que el genio de las dos lenguas, y principalmente eso que se llama el gusto, indefinible como la luz y la belleza, no permiten que se conserve la forma original en que se ha expresado el pensamiento, teniendo necesidad de traducirlo con palabras enteramente distintas. Basta un ejemplo de los más notables, para que por él se juzgue de los otros que se hallan en el mismo caso.

En el canto á la Creación, cuando la tierra está brotando de su seno todas las criaturas vivientes, dice el poeta:           

Now half appeared
The tawny lion, pawing to get free       
His hinder parts.

Ahora aparece á medias el pardo león, escarbando para sacar sus cuartos traseros.

 

Lo cual es forzoso traducir así:

Allí asoma el pardo león y pisotea impaciente la tierra, por acabar de nacer.

 

El señor Conde de Clarendon, que fué por mucho tiempo Embajador de Inglaterra en Madrid, y que se preciaba, y con justicia, de conocer el, español tanto como su propio idioma, tuvo la bondad, de dirigirme en respuesta á la carta con que le envié el libro, la que á continuación inserto :    

"London, Grosvenor Crescent. May 3:68

Sir.

I have many apologies to offer for the delay which has taken place in answering your letter and thanking you for your translation of Milton which you had the kindness to send me. I admire the noble spirit which led you to undertake this great work. I congratulate you upon the fidelity and vigour of the transíation, and I hope that the book will obtain the wide circulation it deserves.

I have the honour to be, sir, your obedient servant,

CLARENDON.
TRADUCCIÓN
Señor:

Tengo que pedir á usted mil perdones por el retardo que he tenido en contestar su carta y en dar á usted las gracias por su traducción de Milton, que usted tuvo la bondad de enviarme. Admiro el noble espíritu que ha guiado á usted al emprender esta grande obra. Le felicito á usted por la fidelidad y el vigor de la traducción, y espero que el libro obtendrá la vasta circulación que merece.

Tengo el honor de ser de usted obediente servidor,

CLARENDON.

Al señor Galindo, París».

 

El corresponsal parisiense de La Reforma de Madrid dió cuenta de la aparición del libro en su correspondencia de 19 de Mayo de 1868, inserta en el número del 24 del mismo, del que conservo un ejemplar, y del cual copio lo siguiente:

«Otra obra más clásica, de más relevante mérito literario y de vida más duradera, ha sido puesta igualmente á la venta en estas semanas en las librerías de París. Es una traducción literal del Paraíso Perdido de Milton, hecha por un escritor neogranadino, de erudición y gusto exquisito el señor Aníbal Galindo.

En una traducción del libro, capital de Milton, no cabía medianía; tenía que ser, ó una rapsodia infiel é indigesta, ó un trabajo perfecto, de un valor extraordinario La traducción del señor Galindo merece esta segunda calificación y no, soy yo quien le otorga este certificado de nobleza literaria,  sino autoridad de gran peso en los dos países, a quienes el libro de Galindo interesa, Inglaterra y España, un escritor versado en ambos idiomas, un erudito de gran fama, Lord Clarendon»

Y finalmente, mi noble y generoso amigo el Conde

Enzemberg, Ministro de Hesse, que, como Lord Clarendon, se preciaba de conocer y gustar las bellezas de la lengua castellana, y á quien le era igualmente familiar el inglés, habiendo hecho llegar á manos de Su Majestad la Emperatriz Eugenia un ejemplar de la traducción, recibió de la noble señora, para que me fuese obsequiada en su nombre, como premio de aquel trabajo, una hermosa medalla de oro de 5 centímetros de diámetro y 50 gramos de peso, que lleva en el anverso su precioso busto, y en el reverso esta leyenda:

 

LA EMPERATRIZ EUGENIA, AL TRADUCTOR DE MILTON.

 

1868.

 

Hé aquí los documentos oficiales justificativos de aquel don:

 

<<Estados Unidos de Colombia.-Poder Ejecutivo Nacional .-Secretaría de lo Interior y Relaciones Exteriores.-Departamento de Negocios Extranjeros.-Sección 1.a Número 69.- Bogotá, Febrero 15 de 1870.

 

Señor doctor José María Torres Caicedo, Ministro Residente de Colombia. París.

 

Sabe el Poder Ejecutivo de la Unión que usted recibió oficialmente por conducto del señor Conde de Enzemberg, Ministro de Hesse, una medalla de oro que la Emperatriz de Francia dedicó al señor Aníbal Galindo por la traducción del Paraíso Perdido de Milton. Como este don se ha hecho á un colombiano que merece la estimación del Gobierno de la Unión, el Poder Ejecutivo desea que usted lo manifieste así á la Emperatriz y al señor Conde de Enzemberg, y les dé las gracias por ese acto, que honra á dicho colombiano.

 

Soy de usted atento servidor,

ANTONIO MARíA PRADILLLA.>>

 

<<Legación de los Estados Unidos de Colombia.-París, 3 de Abril de 1870.-Número 219.

Señor Secretario.

Manifesté también al señor Conde Daru que el Gobierno

de Colombia había recibido con placer la noticia de que la

Emperatriz hubiera honrado al inteligente y distinguido doctor Aníbal Galindo con una medalla de oro por la hermosa traducción que hizo, del Paraíso Perdido de Milton, aquel literato y publicista colombiano. El señor Ministro de Negocios Extranjeros tuvo la benevolencia de ofrecerme que transmitiría á la Emperatriz la expresión de los sentimientos del Gobierno de la Unión á ese respecto. Por lo demás, ya había expresado yo los mismos sentimientos á la Emperatriz en la última audiencia que me hizo el honor de acordarme.

Me propongo comunicar al señor Conde de Enzemberg, Ministro Residente de Hesse, la parte en que se hace referencia á él en el oficio de usted, número 69, por la benévola intervención que tomó ese caballero en dar á conocer el mérito del traductor de Milton.

Tengo la honra de suscribirme de usted, señor Secretario, su muy atento servidor,

 

J.         M. TORRES CAICEDO.

Son copias.

El Oficial Mayor de la Secretaria de lo Interior y Relaciones Exteriores,

Teodosio Castro.»

Y sin embargo, ninguno de estos títulos pudo protegerme contra el clandestino despojo de la propiedad y del honor de la obra. Pocos años después apareció en Barcelona la magnífica edición de lujo de El Paraíso Perdido, ilustrada con los soberbios grabados de Gustavo Doré, sin decir de quién es la traducción que copia la obra. Atraído por la curiosidad fui á examinar aquel texto, y ¿con qué me encuentro? Pues con mi propia traducción, producto de veinte años de constante estudio de la lengua inglesa y de los demás conocimientos históricos y literarios indispensables para acometer tan ardua labor; naturalmente disfrazada, alterando á trechos la redacción de algunas frases, mudando adjetivos, cambiando giros, pero todo el fondo de la obra, el mío; páginas enteras servilmente copiadas de mi traducción. De los cuarenta y tres errores capitales, de errónea inteligencia, de errónea comprensión del texto inglés, anotados por mí en la traducción francesa de Mr. de Chateaubriand, todos ellos están traducidos conforme á mi opinión.

Se preguntará entonces por qué he guardado silencio sin reclamar contra el plagio por tantos años; y la respuesta es muy sencilla: porque además de que mis derechos de propiedad no estaban asegurados en España, nada adelantaba con hacer la reclamación por medio de un articulo de periódico que dura veinticuatro horas, y esperaba que algún día podría hacerla, como la hago hoy, con la resonancia y la duración de un libro.

Llaman los filósofos, entre ellos Balmes, imposibilidad de sentido común, la que se opone á la existencia de un hecho que, aunque no sea metafísicamente imposible, "tiene contra sí un grado de improbabilidad que se confunde con lo imposible, como sería el de que, arrojando al suelo un puñado de caracteres de imprenta, resultase escrito un discurso. Pues del mismo modo es imposible que dos autores que escriben separadamente, y sin comunicación de ninguna clase, sobre cualquier materia, coincidan en expresar sus ideas, por períodos enteros, con unas mismas frases, con unas mismas palabras. En todo casó en que esto suceda, no hay sino averiguar cuál de los dos autores escribió primero, para saber que el otro no ha hecho sino plagiarlo.

Como se ha visto, la comprobación de la fecha en que apareció mi traducción-Mayo de 1868-consta de documentos públicos infalsificables.

He dicho que la traducción barcelonesa es anónima, y 1o sostengo, porque la portada del libro se limita á anunciarla simuladamente así: «texto tomado de las traducciones más acreditadas, nueva traducción anotada y precedida de la vida del autor, por D. Cayetano Rosell.» ¿El señor Rosell es autor de la «nueva traducción,» ó simplemente anotador de ella? La simulación del anuncio se presta á una y otra inteligencia. ¿Cómo es que un texto puede ser á la vez composición de otros textos y texto de nueva traducción? Mas yendo al fondo del asuntó, ¿cuáles son, dónde se encuentran las traducciones anteriores? quién hizo la nueva traducción? cuándo aparecieron aquellas y ésta, dónde fueron editadas, qué periódicos las anunciaron, etc. etc?

 

EL PRÍNCIPE PEDRO BONAPARTE

 

El 31 de Diciembre de 1866 me dijo el señor Mosquera:

-Véngase mañana á las doce, de uniforme, para que vayamos á dejar unas tarjetas en las casas de la familia civil del Emperador, á quienes es obligatorio visitar el 1.o del año, conforme á la lista pasada por el Ministerio de Relaciones Exteriores; es un pretexto para pasearnos en coche, y comeremos juntos.

Puntual a cita tan agradable, estuve a1 día siguiente á la hora convenida en casa de mi jefe-22 Rue des Ecuries d'Artois- y principiámos la carrera, guiando de derrotero el señor Mosquera, que conocía á París tanto como a Popayán, después de treinta años de residencia e metrópoli francesa.

Llegados al Hotel del Príncipe Pedro Bonaparte, entregámos nuestras tarjetas á los lacayos que para recibirlas estaban en la puerta; mas como el señor Mosquera se hubiese detenido unos momentos consultando su derrotero, el lacayo que las subió, bajó y nos dijo:

-Señores, el Príncipe manda suplicar á ustedes tengan la bondad de subir, porque desea verlos.

-Este es, me dijo el señor Mosquera, el Príncipe Pedro Bonaparte, el mismo que el General Santander llevó á Bogota domo su edecán en 1833, cuando fué elegido Presidente, y á esto debemos el honor de la invitación. No podemos excusarnos; vamos.

Y subimos al salón del Hotel, donde encontrámos á un hombre como de cincuenta á cincuenta y cinco años de edad, moreno, alto, grueso, bien formado, pelo y barba negros, bastante canados ya, en traje de cacería, con sus botas altas, sus garnieles, su escopeta al lado y dos ó tres enormes perros de cacería echados sobre la rica alfombra. Levantóse al ternos entrar, tendiónos afectuosamente la mano, y nos dijo:

-Al ver los nombres de la Legación de Colombia en sus tarjetas, no he podido contener el deseo de ver á ustedes, á pesar del traje en que me hallo, que ustedes disimularán, pues voy á salir para una partida de caza; porque han de saber ustedes que conservo de su país los más gratos recuerdos; nunca he podido olvidarlo, y por lo mismo suplico á ustedes tengan la amabilidad de sentarse un momento, para que hablemos de Colombia y tomemos una copa dé champaña á su salud.

Abrumónos el Príncipe á preguntas por multitud de personas de ambos sexos á quienes había conocido en Bogotá, de muy pocas de las cuales pudimos darle razón; las señoras cuya belleza elogiaba, estaban ya muy desmejoradas.

-Ven ustedes, nos dijo, que hago parte de la familia imperial de Francia, y sin embargo, sepan ustedes -como si presintiera su desgracia con la muerte dada á Víctor Noir,-que he lamentado siempre como una contrariedad de mi vida el que el Senado de Colombia hubiera negado al General Santander el permiso requerido para conferirme el grado de Coronel del ejército, porque yo aspiraba á naturalizarme ciudadano colombiano y quedarme á su servicio.

En seguida; hablando del General Santander, agregó:

-He conocido todas las Majestades de Europa, y puedo asegurar á ustedes que no he conocido á nadie en quien la naturaleza hubiera impreso con caracteres más fuertes el don de mando, que en el General Santander. El día que llegámos á Cartagena, pasó revista á la guarnición en simple redingote- de levita -sin que el uniforme militar le hiciera falta alguna para imponer admiración y respeto.

Trajeron en seguida la champaña; bebímosla con la mayor cordialidad á la salud de Colombia y á la memoria del General Santander, y después de dar al Príncipe las mas sinceras gracias por su amabilidad, nos despedimos de él……..para siempre.

 

D. JOSÉ TRIANA, Ó LAS GLORIAS DE LA PATRIA.- RASGO CARACTERÍSTICO DE LA GENEROSIDAD DEL ESPÍRITU

FRANCÉS.

 

El colombiano que mejor instruido crea estar, responderá, si se le pregunta por qué, ó en premio de qué, recibió el señor Triana uno de los premios de 1.a clase de la Exposición Universal de 1867, responderá, digo, que fué en premio de una tinta vegeta extraída de una planta llamada chilca, que crece principalmente en las cercanías de Pasto; y como la chilca no hubiese sido sino el medio ó el pretexto empleado para premiarlo, yo que estuve en el secreto de lo que pasó, defraudaría, si lo callase, al señor Triana y al país de una gloria nacional.

Las cosas pasaron de la siguiente manera:

Las dos navetas, armarios ó estantes asignados al Ecuador y á Colombia, uno al lado del otro, permanecían vacíos. El señor D. Manuel Gómez de la Torre, hermano del que aquí estuvo de Ministro del Ecuador, D. Teodoro, en 1855 y 1856, llenó el suyo como pudo con tapices, muestras de tejidos de lana, sombreros de jipijapa y otras toscas manufacturas, recogidas entre la colonia ecuatoriana; y al señor Triana le ocurrió pedir permiso de exhibir en la naveta colombiana los cartones de su Flora.

El vasto edificio ó palacio de la Exposición, era diariamente visitado por los miembros de los jurados ó Comisiones en que su servicio estaba dividido, con el principal objeto de recibir y calificar los artículos presentados para resolver sobre su admisión. Entre los miembros de uno de esos Jurados se encontraba un gran botánico, un sabio francés, cuyo nombre desgraciadamente he olvidado, á quien causaron verdadera sorpresa los cartones de Triana; prescindiendo de su importancia intrínseca en el mundo de la Flora, por su clasificación científica decía que por si sola revelaba los profundos conocimientos de su autor. Púsose en relación con él, y decidió tomarlo bajo su protección.

Pero había un obstáculo al parecer insuperable, á saber: que la Exposición era de los productos de la industria, y no de las producciones teóricas de la ciencia, y el Jurado se negaba, y con razón, á la admisión de los cartones del sabio colombiano; pero su protector no se dió por vencido. Preguntó á Triana si no tenía una tinta, una pomada, unos polvos, un alcaloide cualquiera, extraído de aquellas plantas, que pudiera ser calificado de producto industrial, y entonces Triana le suministró un pote de la tinta verde extraída de la chilca.

Y á este pote le fué adjudicado el primer premio, el diploma y la medalla de oro, del grupo 40 de la industria universal, Productos químicos, por encima de todos los expositores de productos químicos del mundo, que no murmuraron de aquella distinción. Sólo el espíritu francés es capaz de semejante generosidad. Fueron, pues, los trabajos botánicos del sabio colombiano, los que fueron premiados en la Exposición de 1867. De otro modo no se comprende el premio de 1.a clase adjudicado al señor Triana. ¿Quién puede figurarse que un pote de una tinta extraída rudimentariamente de una planta americana, aunque estuviera dotada de las mayores virtudes, pudiera haber pasado por encima de toda la industria química del mundo, donde se encuentran tan grandes y tan valiosos productos? ¿Qué vale la chilca como materia colorante, comparada con la rubia, ni ésta con la alizarina?

Yo vi recibir á Triana, desde la tribuna del Cuerpo Diplomático, que quedaba frente á frente de la de la Corte, de manos de Napoleón III, aquel diploma y aquella medalla.

¿Quién podía sospechar ese día, en que la Emperatriz Eugenia, todavía en el apogeo de su belleza, daba el brazo al Sultán Abdul-Azziz, que la Francia estuviera ya en vísperas de una gran desgracia nacional! Que un hombre que allí estaba, vestido de simple Coronel de Coraceros, estuviera destinado á mutilaría y á destronaría de la hegemonía de Europa!

Pocos días después vino el señor Triana á buscarme para que lo acompañara á cobrar (él no sabía de eso) un cheque por 3,000 francos, que hacía parte de los premios de 1.a clase.

 

MR. CHEVALIER Y EL CANAL INTEROCEÁNICO

 

Mi titulo de Encargado de Negocios de Colombia, In partibus me autorizaba, sin embargo, para presentarme por mi mismo y solicitar las relaciones que necesitara para tratar cualquier asunto de interés público; y habiendo sabido que el eminente economista Miguel Chevalier, Senador del Imperio, negociador - del Tratado de comercio con Inglaterra, el compañero de Cobden en esta negociación, en qué Napoleón III habia impuesto, hasta donde era posible, los más adelantados principios de la libertad comercial entre los dos países; en fin; la más alta autoridad financiera de Francia en aquella época se ocupaba del asunto del Canal Interoceánico por la vía de Nicaragua, en virtud de concesión de aquélla República, resolví ponerme en relación don él por medio de una carta en que le indicaba la conveniencia de que se dignara acordarme una entrevista para tratar del asunto en general, y para informarle del estado que la misma negociación tenía en Colombia para la apertura del Canal por el Darién.

La carta, en cuya redacción me esmeré, debió de llamar su atención, porque á las 24 horas no más tuve su respuesta, en extremo benévola y cortés, dándome una cita para tener el placer, decía, dé conocerme y entrar en relaciones personales conmigo, á fin de que hablásemos sobre el asunto del Canal, en su casa de habitación, número 27, Avenue de L'Impératrice.

Como sucede siempre con el verdadero mérito, encontré en el señor Chevalier el hombre más sencillo del mundo y del trato más llano y familiar que pueda imaginarse. Recibióme en un despacho modestamente amueblado, con una biblioteca que no pasaría de 100 volúmenes, sin pretensiones de ninguna clase ; y después de las frases de cortesía, y dé repetirme sus agradecimientos por la oportunidad que le había proporcionado, de relacionarme conmigo, me preguntó si mi país se encontraba por el momento ligado por alguna concesión para la obra del Canal.

Contestéle qué nó; que la única que hasta entonces se había otorgado, á un concesionario inglés, no había sido aprobada por el último Congreso de 1866, del cual hacía yo parte.

Preguntado si eran del domino público los últimos trabajos de exploración del Istmo colombiano, por donde se creyera practicable la obra, qué él Gobierno hubiera mandado hacer, contestéle:        

 

Que el Gobierno colombiano no había acometido hasta hoy por su cuenta ningún trabajo de exploración de la vía interoceánica porque francamente, nosotros carecíamos de la ciencia y de los recursos necesarios para ese trabajo, y que los únicos de que yo tuviera noticia eran los practicados por cuenta del Gobierno de los Estados Unidos por la, vía del río Atrato, por el Comandante Selfridge, los que yo no conocía, pero que tenía entendido habían sido completamente adversos á la practicabilidad de la obra por aquella, vía.

Preguntado si podía señalarle sobre el mapa, cuál era esa vía, contestéle que sí, por serme geográficamente muy conocida; y habiendo traído inmediatamente á la vista un gran Atlas, donde había una carta bastante buena de la antigua Colombia, le marqué en ella el curso del río Atrato hasta la ciudad de Quibdó, asegurándole que hasta allí el río era perfectamente navegable por buques de bastante calado, con la circunstancia, de que el río no tenía un solo raudal en todo su curso. Marquéle en seguida el curso del caudaloso río San Juan, que desagua en el Pacífico, y díjele que por un afluente del Atrato, también bastante. caudaloso, cuyo nombre no recordaba, y cuyo curso se aproximaba mucho al San Juan, los naturales del país pasaban de unas aguas á otras, es decir, de un mar á otro, sin más dificultad que la de trasmontar una depresión de la cordillera, llamada por esa razón Istmo de San Pablo, al través del cual cargaban ó arrastraban la canoa que les había servido en el Atrato y su afluente, para volver á servirse de ella en el San Juan, y al contrario.

Sorprendióle mucho esa noticia; preguntóme de nuevo si yo estaba seguro de su exactitud, y habiéndole dicho que sí, que lo sabía, de ciencia cierta, fuera de la notoriedad del hecho en mi país, porque un hermano mío que había vivido muchos años en la ciudad de Nóvita, sobre aguas del San Juan, había hecho muchas veces ese viaje para ir de Nóvita á Quibdó, tomó razón de todo en un libro de apuntaciones. Pero creí de mi deber advertirle que aquella comunicación no pasaba de ser una simple curiosidad topográfica ó hidrográfica; que al través de semejante longitud nadie había pensado en que por allí pudiera cortarse él canal entre los dos mares; que el proyectado canal del Atrato solo aprovechaba unas cuarenta leguas del curso de este río, desde su desembocadura en el Atlántico hasta frente á la bahía de Cupica en el océano Pacífico, la cual le marqué en el mapa, quedando de este' modo la. obra reducida á excavar el canal, teóricamente, en lírica recta, entre dicha bahía y la margen izquierda del río, de todo lo cual tomó noticia.

Preguntóme por último si el privilegio de la Compañía del Ferrocarril de Panamá no se oponía á la concesión para la excavación del canal, á lo vial le contesté que no, que el caso estaba previsto en todos sus detalles, y que le enviaría copia de las cláusulas del contrato con la Compañía del ferrocarril al efecto conducentes.

Y como la conferencia hubiera durado ya más de dos horas, la suspendimos para continuarla en otra ocasión.

Tres ó cuatro días después recibí una esquela muy sencilla, invitándome á comer para el día siguiente en la Exposición. Declame en ella que allí me sería presentado un colega suyo del Senado, que tenía que pedirme un pequeño favor.

La persona anunciada era nada menos que el General Marqués de Laplace, Senador, hijo del ilustre geómetra Laplace, caballero de presencia muy distinguida, de unos cuarenta á cuarenta y cinco años de edad; y el asunto era el siguiente: que su ilustre padre, poco tiempo antes de morir, en 1825, había dirigido al gran Libertador Simón Bolívar, una Memoria extensa y muy bien elaborada, recomendándole la adopción del sistema métrico decimal en los países por él acabados de libertar; que el gran Bolívar había contestado tres años después, en 1828, desde Bogotá, una carta muy lisonjera, que desgraciadamente su padre no llegó á ver, por haberse recibido después de su muerte, la cual se conservaba con veneración entre sus papeles; pero que como tampoco se había encontrado entre éstos una copia de la Memoria dirigida al gran Bolívar, venía á empeñarse conmigo para que tuviese la amabilidad de encargarme de hacer, á su costa, la busca de ese papel á mi regreso á Bogotá y enviarle una copia de ella, que era probable hubiera sido publicada por la Academia de Ciencias de la República, á falta de encontrar el original entre los papeles del gran Libertador.

Le contesté que, aunque podía contar con mis servicios, tenía la pena de decirle que en mi concepto había muy pocas esperanzas de satisfacer sus deseos, por la vida de campaña que el Libertador había llevado hasta su muerte, acaecida en una ciudad del litoral atlántico de Colombia en Diciembre de 1830, donde se encontraba restableciendo su salud para seguir viaje a Europa; pero que afortunadamente vivía en ese momento en París la única persona que podía dar alguna luz sobre el particular, que era el señor D. Juan de Francisco Martín, que había sido mino de los albaceas de Bolívar, caballero muy distinguido y de la más alta y respetable posición social, actual Ministro de Guatemala en París, 3, rue Fortin, á quien iba á transmitir los deseos del señor Marqués, y dé quien, con toda seguridad recibiría el señor Marqués una pronta visita; que si por su conducto no podía hacerse la averiguación del paradero de aquel papel, había que renunciar á ella, y que la tardanza en la respuesta del Libertador se explicaba porque en 1825 Bolívar se encontraba en el Perú con el ejército auxiliar de Colombia qué había ido á combatir por la independencia de aquella República, de donde no había regresado hasta 1827; pero que debía serle satisfactorio saber que el sistema métrico decimal francés, así para la moneda como para los pesos y medidas, había sido adoptado por Nueva Granada, hoy Colombia, por ley del Congreso de 1853, de la cual, sí se encontraba en el archivo de la Legacion, le enviaría una copia.

Después de esta entrevista tuve todavía dos conferencias más con el señor Chevalier respecto á la obra del Canal, en las cuales quiso este señor inquirir cuáles serian las bases generales, ó mejor dicho, las condiciones financieras con que el Gobierno colombiano estaría dispuesto á hacer la concesión.

 

Contestéle sin vacilación, porque bajo ese punto de vista yo había estudiado mucho el asunto como Comisión de la Cámara en el contrato Cuenca-Dusbury, de 1866, que esas condiciones eran cuatro, á saber: 1.a, garantías sobre ejecución de la obra ; 2.a, definición clara, inequívoca de las condiciones resolutorias del contrato ó del privilegio por falta de cumplimiento del concesionario; 3.a, absoluta igualdad de la tarifa de pasaje para todas las naciones, inclusive la soberana; y 4.a, participación inequívoca, no discutible, deducida sobre el producto bruto de los rendimientos de la empresa, y no sobre el producto líquido, porque nosotros sabíamos ya á qué atenernos sobre él particular, con lo que nos había pasado en el primer contrato con la Compañía del ferrocarril de Panamá, en que nunca fue posible encontrar el producto líquido. Además, agregué, nosotros separamos en absoluto el contrato de Derecho Civil y Comercial para la excavación del canal- condiciones técnicas de la obra, duración ó término del privilegio, tarifas, etc. etc.-de la parte política relacionada con la apertura del paso interoceánico.

-No comprendo lo que usted quiere decir, sírvase usted explicarse, dijo el señor Chevalier.

-Quiero decir, le contesté, que Colombia se reserva, con absoluta independencia de la Compañía excavadora, el derecho de negociar con la, potencia que á bien tenga, un Tratado de garantía de su dominio y soberanía sobre el canal y el territorio del Istmo, como el que tiene con los Estados Unidos, sobre la base de la neutralidad restringida del canal, estipulando en él: que aunque se convenga que dicho canal quede abierto al paso de todos los buques de guerra, inclusive los beligerantes, el paso del canal quedará rigurosamente cerrado á los buques de guerra de la Nación que se halle en guerra con la potencia garante ó con nosotros, aunque dicha potencia llegase á ser posteriormente garante de la soberanía de Colombia y de la neutralidad del camal, siendo entendido que las tropas, buques y municiones de guerra de dicha potencia, podrán pasar libremente por el canal, lo mismo que los nuestros, así en tiempo de paz como en tiempo de guerra, libres de todo gravamen.

Hízome repetir varias veces mi pensamiento, y una vez que se hubo penetrado bien de él, me dijo:

-De ninguna manera : usted sería un negociador imposible, por lo menos conmigo; yo no trataría sino sobre la base de la neutralidad absoluta.

-Pero es que de eso, le observé, no se trataría en ningún caso en el contrato comercial del privilegio para la excavación del canal, porque ningún Gobierno consentiría en dar participación á una compañía privada para á ejecución de la obra, en la resolución de estas cuestiones internacionales relativas al paso dé los estrechos interoceánicos contenidos dentro de su territorio, y mucho menos de los artificiales que van á existir porque ella lo permite.

-No nos entenderíamos sobre este punto, me dijo pero hemos hablado ya lo suficiente para poder proceder de acuerdo. Como yo me encuentro por el momento ligado á la obra de Nicaragua, rival de la de, Panamá, nada puedo prometer á usted en servicio de la de su país; pero si de los estudios que van á hacerse, resultare que la obra por Nicaragua es impracticable, inadecuada ó excesivamente costosa, entonces volveré mis miradas á la del Darién, para lo cual prometo informar á usted del resultado, y usted á su turno cuidará de tenerme al corriente de lo que se haga en Colombia á este respecto. Vamos á separarnos; no se preocupe usted con buscarme; yo cuidaré de buscar á usted, siempre que mis ocupaciones me lo permitan, pues le repito que me ha sido en extremo placentero haber hecho el conocimiento de usted.

 

Y sacando de una gaveta de su escritorio una gran tarjeta rosada, con las armas imperiales, la cual llenó con mi nombre, me dijo

- Esta tarjeta lo autoriza á usted para visitar la Exposición por todo el tiempo de su duración, y para ser admitido á ella por la puerta Rapp, la puerta de honor, por donde solo entran los soberanos, los príncipes, los embajadores y personajes de alta distinción.

Quedábame por hacer un uso digno de la tarjeta de entrada, por la puerta Rapp, y afortunadamente tenía cómo hacerlo, invitando á una visita á la Exposición á la. señorita Marie Alexandre Dumas, hija de Alejandro Dumas, padre, de cuyas relaciones doy cuenta en el aparte que á éste sigue, de este mismo capítulo.

Obtenido el permiso del señor Dumas y tomado un coche de remise, el más decente posible, fuímonos un día á visitar la Exposición y á comer en uno de sus restaurantes. Aún me parece ver la cara que hizo el cochero cuando le dije:

-A L'Exposition, porte Rapp.

 

-Por ahí no entran sino los reyes, señor, me contestó el cochero.

--Porte Rapp, le repetí con voz imperiosa; y los caballos partieron al galope.

Al aproximarnos al puente de Jena, frente al cual se abría la puerta Rapp, viendo que era un coche bourgeois, sin librea y sin armas, el que llegaba, adelantóse á nuestro encuentro un oficial, al cual recibí de pié en el carruaje enseñándole mi carta.

Descubrióse inmediatamente el oficial, saludónos con el mayor respeto, y gritó á la guardia: Laissez passer.

Y el oficial ignoraba cuán bien dada estaba la orden, porque iba á pasar por aquella puerta una princesa de la dinastía del genio, mucho más noble que la del nacimiento.

Comimos en el restaurante español de Sevilla, y reparando en un gran cuadro que sobre la puerta estaba, y que solo contenía una madeja de seda muy enmarañada, precedida de la sílaba No y seguida de la sílaba Do, pregunté al mozo que nos servía, qué significaba eso, y me contestó:

-¡Toma! Pues las armas de Sevilla. ¡Cómo! ¿No las conoce usted?

-No, hombre, no las conozco; hágame usted el favor de explicármelas.

-Pues dice la leyenda, que habiendo salido de Sevilla un guapo caballero español á combatir contra los moros, el tal caballero, que estaba muy enamorado, fuése con el temor de que un rival que en la ciudad dejaba, le soplase la dama; y al regresar á la ciudad, después de haber muerto más de cien moros con su propia mano, al saber que su dama le había sido fiel, gritaba por todas las calles:

¡No ma dejado! ¡No ma dejado!

Y la ciudad adoptó esas armas.

________

 

Al despedirme del señor Chevalier en Agosto de 1868, renovéle la promesa de mantenerlo al corriente de lo que se hiciera en mí país respecto de la obra del canal; y en cumplimiento de ella le envié, acompañado de todos los documentos oficiales publicados, el texto del Tratado Samper-Cuenca-Sullivan, de 16 de Enero de 1869, para la excavación del canal por cuenta del Gobierno de los Estados Unidos. Hé aquí su respuesta, toda de su propio puño y letra, que puede ver el que quiera.

 

27, Avenue de L'Impératrice-19 May, 69.

Cher Ami Galindo.

 

Je vous suis bien reconnaissant des documents que vous avez bien voulu n'envoyer au sujet du canal maritime par le Darien. Le Sénat de votre République a bien fait de rejeter le traté qui lui était soumis. Les hommes les plus éclairés des Etats Unis de l'Amérique du Nord l'auraient, je le crois, rejeté pareillement, parce qu'ils sont opposés à l'extension indefinie de la domination de leur pays.

Vous savez que la république de Nicaragua m'a concédé le canal interocéanique qui traverserait son territoire. Mon plan est de faire ouvrir le canal par une Compagnie à lauelle toutes les nations seraient appelées à concourir de leurs capitaux privés, mais qui serait formée principalement de français, d'américains du Nord et d'anglais. On la placerait sons le patronage moral des trois grandes nations maritimes. La souveraineté de Nicaragua est profondément respectée dans le traité.

C'est un traité pareil qu'íl vous faudrait. Je ne pense pas qu'on puisse ouvrir les deux canaux, l'un par le Nicaragua, l'autre par le Darien. On ne doit en ouvrir qu'un seul, le plus facile, le moins coûteux à égalité d'avantages. Je ne saurait dire lequel des deux mérite d'étre préferé. C'est ce qui résultera d'études encore á faire. S'il m'était bien demontré par ces études que le tracé du Daríen est le meilleur, le plus profitable por le commerce géneral du monde, je renoncerais á la concessiou qu'a bien voulu me faire la république de Nicaragua.

 

Vos documents ne mentionnent pas le tracé qu'on se propose de suivre. Leur rédaction donnerait méme à croire que ríen n'était fixé à cet égard au comnmencement de la présente année.

Je lis cependaut daus le Putnam's Magazine de New York, du mois de mars 69, le texte entier du rapport d'un ingénieur, Mr. de Lacharme, qui aurait en janvier 1860 récouvert un excellent tracé que ce rapport fait connaitre. Comment se ferait-il que depuis lors ce tracé eût échappé à l'attention du gouvernement de votre pays, dont la sollicitude patriotique est si eveillée sur le sujet, et à celle du gonvernement américain?

Croyez à mes sentiments bien devoués,

 

MICHEL CHEVALIER.>>

 

Al año siguiente, de 1870, cayó el Imperio en Sedán, y con él la fortuna y la posición política del señor Chevalier, que al régimen imperial estaban completamente adheridas. Otros hombres y otras influencias lo reemplazaron; él se retiró á la vida privada, y yo no creí conveniente volver a importunarlo con mi correspondencia.

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ALEJANDRO DUMAS

 

Tomando el café de sobremesa una noche del año de 1889 en que había comido en casa de mi excelente amigo (y bien puedo darle este título, porque lo recibo de él), Mr. W. J. Dickson, Ministro cíe Inglaterra en Bogotá, no recuerdo por qué, pero así pasan las cosas, ofrecióseme hablar de mi traducción de El Paraíso Perdido de Milton; á lo cual me dijo el señor Dickson:

-Entonces ¿es usted el señor Galindo de quien habla un libro que acabo de recibir, titulado Reminiscences of an Attaché. Reminiscencias de un Agregado, escrito por un señor Jerningham, que dice lo conoció á usted en una comida en casa de Alejandro Dumas?

-Por supuesto, le contesté lleno de contento, el mismo, mismísimo de que allí se trata. Buscaré mañana mismo un ejemplar de la traducción para obsequiar con él á usted, pero á su vez tiene usted que regalarme ese ejemplar del libro de Jerningham, que ya considero mío, pues lo necesito como un testimonio precioso de mis relaciones de amistad con el señor Dumas y la señorita Marie Alexandre, su hija, que tánto me honran y que en tanta estimación tengo, y de las cuales me seria imposible prescindir el día que escriba mis Recuerdos.

Regalóme, en efecto, el señor Dickson el libro de Jerningham (Herbert E. H.), titulado como queda dicho, Reminiscences of an Attaché, impreso en Edimburgo y Londres, tipografía de William Blackwood and Sons, MDCCCLXXXVI, y del cual me sirvo para escribir estas líneas.

Ya me había obsequiado antes el mismo señor Dickson con un rico volumen de las poesías de Pope, con esta dedicatoria:

 

« To Dr. Aníbal Galindo, from bis sincere friend.

 

W. J.  DICKSON.

Bogotá, August 7th 1888.»

 

Reciba, pues, el señor Dickson, dondequiera que se encuentre, este recuerdo de mi amistad, con las seguridades de mí personal consideración.

 

Conocí, efectivamente, al señor Jerningham en una comida en casa del señor Dumas, en la noche del 17 de Octubre de 1867 (él da la fecha) bajo las circunstancias que paso á referir.

Sería el señor Jerningham (á la sazón agregado á la embajada de Inglaterra), joven de unos veinticinco años -yo tenía treinta y tres-alto, delgado, pálido, de pura raza inglesa, bien parecido, de aristocráticas maneras, muy inteligente y de clásica educación literaria, recibida en Oxford; pero dominado por una nerviosidad de temperamento, por una vivacidad de espíritu, por una ligereza de juicios y de expresión, incontenibles.

Cuando yo entré en el salón, ya lo llenaba él solo con su incansable verbosidad, y dice: que aunque le fui presentado por la señorita Dumas como el traductor en verso the translator into spanish verse del Paraíso Perdido de Milton, hícele, sin embargo, la impresión de una persona completamente insignificante (meaningless), por la absoluta inexpresibilidad y modestísima (most modest looking) compostura de mi fisonomía. El señor Jerningham confunde todos sus recuerdos. Como fué con motivo de las relaciones que allí hizo conmigo, que supo que yo me ocupaba en la traducción de Milton, no en verso, sino en prosa, la cual no apareció hasta Mayo de 1868, y estábamos en Octubre de í867; confundiendo recuerdos, repito, dice que le fui presentado con tal carácter en casa del señor Dumas. Creo que ha sufrido una equivocación; pero sea de eso lo que fuere, yo tenía para guardar esa modestísima compostura, dos poderosas razones: 1.a, que me hallaba en presencia de Alejandro Dumas, padre; y 2.a, que hablando en una lengua extranjera tan delicada como la francesa, aunque pudiera expresarme ya en ella con alguna facilidad, después de un año de residencia en París, debía hablar lo menos posible, para no exponerme á cometer muchas faltas, siempre vergonzosas delante de personas de alta distinción. No me sucede lo mismo con el inglés, que aprendí de niño, y que hablo correctamente sobre cualquier materia; y probablemente debí á esta circunstancia el repentino cambio de opinión y de tratamiento del señor Jerningham, del salón al comedor, como vamos á verlo. Oigámoslo:

 

« After some delay our host appeared again at the door in a velvet jacket, and beckoning us into the dining room, cause the spanish literary gentleman to sit opposite to him, his daughter on his left and myself on his right.»

 

" Después de algunos instantes nuestro anfitrión volvió á presentarse en la puerta del salón, vestido de chaqueta de terciopelo, para conducirnos al comedor, donde sentó al letrado caballero español frente á él, su hija á su izquierda y yo á su derecha.

 

Exactamente: así quedámos colocados en aquella mesa donde la ligereza del señor Jerningham iba á pasar por durísima prueba.

No habíamos llegado aún á los postres, cuando sonó el timbre exterior del apartamento. Un criado vino á anunciar á la señorita Dumas el nombre de la visita que acababa de llegar; y por la precipitación con que ella se levantó, pidiéndonos mil excusas, debíamos prepararnos á recibir alguna persona de gran consideración en la familia. Era, en efecto, nada menos que la Princesa Emma (no Eugenia) Narishkiu, uno de los más grandes nombres de la aristocracia territorial de Rusia, venida á París con su esposo para visitar la Exposición; apasionada admiradora y amiga del señor Dumas, á quien había conocido y hospedado en su palacio, en su viaje á Rusia. Representaba de treinta y cinco it cuarenta años de edad; no precisamente bella ni hermosa, pero bien parecida y conservada; alta, esbelta, pálida, blonda, elegantemente vestida y envuelta en riquísimas pieles. Sentóla la señorita Dumas entre ella y su padre, es decir, frente á Jerningham, y continuó la comida.

Representábase en esos momentos en el Odeón el antiquísimo y tan conocido como censurado drama de Dumas, que ya habla alcanzado á criticar Larra, titulado Antony ó el Hijo natural; y, ó la Princesa había prometido ir á verlo, ó en la casa la habían instado para que fuera, porque á la primera obligada pregunta sobre su salud, que le hizo la señorita Dumas, la Princesa contestó:

-Mon pauvre mari, il a été si malade, qu'il nous a été impossible d'aller voir Antony.

Pero, ¿quién dijo tal? No había expirado aún la articulación de la última sílaba, ny, en los labios de la señora, cuando Jerningham, dominado por su opinión sobre la inmoralidad del drama, dejando caer el cubierto sobre el plato y dirigiéndose á la Princesa, le dijo:

«Ah, Princesse! de grâce, n'allez pas voir ça.»

Señora, por Dios, no vaya usted á ver eso.

Esto confiesa el señor Jerníngham en el libro, pero yo, que tengo memoria cristalina, me acuerdo perfectamente que agregó: «c'est affreux,» «aquello es horroroso »

Qué pasó por él tan pronto como cayó en cuenta de aquella costalada, lo refiere el mismo señor Jerningham en los siguientes términos:

 

«I had scarcely uttered the words, when I thought the end of the world had come, and by the faces of all around, perceived I had somehow done something very wrong, though in what I had offended, I most happily did not at that moment realise.

A deep rumbling grunt came forth from mine host. The Princess opened her eyes and gaped at me, as if I were some wild animal suddenly sprung upon a civilised household. Poor Marie Duumas stared, as if to say: «Good God! Never has such á thing been said in the presence of my father.» My spanish friend was so dumfounded that he looked almost idiotic.

I took in all these facial expressions, and with time serenity of innocence boldly added: 'Permettez, Princesse, lisez. la piéce cent mille fois, mais de gráce, n'allez pas la voir si mal jouée.>>

 

«Apenas había pronunciado estas palabras, cuando creí llegado el fin del mundo, y por las caras de los circunstantes percibí que alguna muy grande inconveniencia debía haber cometido, aunque cuál era la ofensa, no lo comprendí por el momento.

Un profundo y ronco gruñido (qué expresiones!) salió de la garganta de mi anfitrión (el señor Dumas). La Princesa abrió tamaños ojos mirándome como á un animal bravío que repentinamente hubiera invadido aquel hogar. La pobre María Dumas, aturdida, parecía decir:

'¡Dios mío! Nadie se había atrevido hasta hoy á decir semej ante cosa en presencia de mi padre.' Mi amigo el español quedó tan confundido, que parecía un idiota.

Advertido por todas estas expresiones faciales, y con la serenidad de la inocencia, agregué resueltamente:

 

-Dispense usted, Princesa; lea usted la pieza cien mil veces, pero por Dios, no vaya usted á verla tan mal representada».

Agrega el señor Jerningham á su incontenible ligereza, su falta de memoria; no todos tienen el privilegio de una memoria diamantina como la mía, que puede reconstruir imaginativamente 16 que le haya pasado en un siglo; porque la enmienda que hizo, fue todavía mejor; fue perfecta. Con la mayor sangre fría, afirmando y repitiendo las mismas palabras, le dijo:

 

«Oui, madame, n'allez pas voir ça; c'est affreux, les comédiens sont détestables.»

«Si señora, no vaya usted á ver eso; es horroroso, los actores son detestables.»

Yo por mi parte no dudé un momento de la verdad, de la certeza de la rectificación, y aun me reconvine á mí mismo diciéndome que cómo era posible suponer que las palabras de un caballero como el señor Jerningham, hubieran podido referirse á la pieza en presencia del autor. Ignoro si las demás personas quedaron igualmente satisfechas, porque la buena educación nos prohibía hablar una palabra más sobre el particular. Pero como el señor Jerningham no las tenía todas consigo, dice:

 

<< I felt but one desire,-viz, to rush out of the house. I however kept myself sufficiently under control to talk for á little on every possible subject of futility with the learned Spaniard and the artistic Marie Dumas, and then escaped, thoroughly ashamed of myself.»

 

«Más lo único que yo deseaba era salir de aquella casa. Sin embargo, conservé presencia de ánimo para hablar por algunos instantes sobre asuntos triviales con el ilustrado español y la artista María Dumas, y en seguida me escapé, completamente avergonzado de mí mismo».

Como durante la comida realmente nos hubiésemos hecho amigos, como él mismo lo dice, fui al día siguiente á buscarlo al hotel de La Embajada-37 rue du Faubourg St. Honoré ,-y le aseguré, como era cierto, que yo, por lo menos, no había dudado un momento de la verdad de la rectificación; que me parecía que todos habían quedado igualmente satisfechos, y que nadie en el salón había vuelto á ocuparse del asunto después de su salida.

-Fué tan buena la ocurrencia, me contestó, que habiéndosela referido á lord Lyons-el Embajador, -este me dijo que merecía por ella ser ya nombrado Encargado de Negocios.

Mi amistad con el señor Jermingham se estrechó de tal modo, que el portero de la Embajada tenía orden de darme la llave de su apartamento, para esperarlo en él hasta tarde de la noche, en que regresaba de los salones de la aristocrática sociedad en que vivía; y es á él, á Hubert E. H. Jerminghamn, á quien se refieren las siguientes líneas del prefacio de la traducción de Milton, que dicen:

«Si los que á mí me parecían errores (en la traducción francesa de Chateaubriand), lo eran en efecto, esto debía naturalmente animarme á continuar mi trabajo. Leo, releo, afírmome en mi juicio, y voy á consultarlo con el joven amigo cuyos talentos y cuya ilustración le darán pronto un lugar eminente entre los hombres distinguidos de Inglaterra.»

Esto sólo hace la diferencia entre- los dos caracteres.

 

Debería decir aquí por qué me encontraba yo en casa del señor Dumas, á qué circunstancias debía esa amistad, quién me había presentado á su familia, etc. etc., pero una vez que he podido dar la prueba de esas relaciones, me limitaré á agregar: que llegaron á ser tan íntimas y tan cordiales, que el señor Dumas estuvo á punto de venirse conmigo para hacer una visita á las costas colombianas, y en seguida dar la vuelta á la América del Sur por Panamá y el cabo de Hornos; pero no pudo realizarlo, porque su Notario no pudo reunirle una suma de 20,000 francos que necesitaba para el arreglo de sus negocios.

De la señorita Dumas recibía con frecuencia billetes tan amables como los que paso á copiar, y que guardo, con los sellos del correo de la ciudad, en mi album:

Ami:

Venez-vous á mon pauvre potage?

Je vous serre la main.

 

MARIE ALEXANDRE DUMAS.

20 June 1868.

 

Cher ami:

Voulez-vous me faire le plaisir de venir causer avec moi

demain soir? J'ai une affaire importante pour laquelle je voudrais vous consulter

Mille compliments,

MARIE ALEXANDRE DUMAS.

Vendredi 10 Juillet 1868.

 

Era devota católica é íntima amiga de los jesuitas, que no salían de la casa. Hacia poco que había regresado de un viaje á la Tierra Santa, y acababa de publicar sobre este viaje, y con motivo de la muerte de una hermana de la Caridad que la acompañaba, un libro titulado Au lit de mort. Obsequióme al tiempo de venirme con un pequeño crucifijo con las estatuas del Salvador y de la Virgen, de concha nácar, incrustadas en madera que ella misma había hecho cortar en el Monte de los Olivos. Esta santa reliquia ha cerrado ya en la fe del Señor los ojos de mi madre y de mi primera esposa, y cerrará los míos.

Cuán dolorosamente satisfactorio no me sería poder visitar las tumbas que guardan los restos de aquellos dos seres que tanto me honraron y me distinguieron gratuitamente con su amistad y su cariño!

____

 

LA TRANSFUSIÓN DE LA SANGRE

 

Yo he tenido la fortuna de no haber necesitado muchas veces más de cinco minutos de conversación con extraños, para despertar un sentimiento de simpatía, y mejor que todo, de confianza y estimación en mi favor; y tál me sucedió en el caso que paso á referir.

En vísperas de regresar á Colombia, en Agosto ó Septiembre de 1868, quise comprar una pequeña cartera de cirugía (de bolsillo), para obsequiar con ella á mi amigo y paisano el doctor Lino Molano, residente en Purificación. Con tal motivo, pregunté cuál era el mejor constructor de instrumentos de cirugía en París, y diéronme la dirección de Mr …….      (he olvidado el nombre), en el Carrefour de l'Odeon.

Llegado al establecimiento, que de seguro existe todavía, pregunté por aquel señor, quien casual y afortunadamente allí se encontraba, y vino á recibirme. Presentéle mi tarjeta oficial, é impuesto del objeto de mi visita, le dije: Como soy profano en la materia, me refiero enteramente á usted para la elección; deseo gastar en esta compra de 100 a 150 francos; sírvase usted, pues, darme lo mejor que pueda obtenerse por esta suma.

-Será usted servido, me contestó; y dirigiéndose en seguida á los estantes, después de examinar varias carteras, regresó con una montada en cuero de Rusia, diciéndome: Llévese usted esta; su médico quedará satisfecho.

Ocupábame en pagarla, cuando paró un coche á la puerta; y entonces, movido exclusivamente por la espontánea simpatía que yo había despertado en él, me dijo:

- Si no está usted muy ocupado, véngase usted conmigo para que presencie en el Hôpital de les Pitié la práctica de una operación atrevida y curiosa que va á ejecutar el doctor Nelatón, con un aparato perfeccionado y garantizado por mí. Es la operación de la transfusión de la sangre. Va á introducirse con este aparato á un anémico, que está ya para morir, sangre de otra persona robusta y sana. La operación se había practicado antes, pero había dado malos resultados, porque no había sido posible evitar la introducción del aire, que causaba la muerte instantáneamente. El nuevo aparato, perfeccionado por mí y ensayado yá in anima vili, la evita completamente. Un extranjero de distinción como usted no puede, me parece, despreciar la oportunidad, verdaderamente singular, que se le presenta, de llevar á la Facultad Médica de su país la noticia de la operación y del resultado.

Di á Mr………. las más sinceras gracias por la distinción con que me favorecía, y partimos para el hospital. Esto pasaba en Agosto ó Septiembre de 1868.

En la sala de la enfermería donde iba á practicarse la operación, encontrámos ya al doctor Nelatón, acompañado de dos practicantes, que supongo serían ilustres profesores, y de una veintena de estudiantes de medicina.

Presentóme Mr…….. á él en términos apenas convenientes, diciéndole: Mr. Galindo, voyageur éclairé- viajero ilustrado-de la América del Sur, amigo mío.

-Perfectamente, contestó el doctor, y dirigiéndose á mi, me dijo: permanezca usted á mi lado.

Las camas de los enfermos se extendían por todo el contorno de la sala, entre sus paredes y las columnas que sostenían el piso superior.

El paciente era un hombre todavía joven, á lo más de unos cuarenta años de edad; pero macilento, demacrado, moribundo, blanco como un papel; con más color los he visto en el cementerio.

Al lado de su camilla había otra vacía, que se comprende estaba dispuesta para acostar en ella á la generosa víctima destinada á suministrar la sangre de sus propias venas.

-Y ¿á quién van á sangrar? pregunté á Mr…….. viendo que todo estaba dispuesto y que no parecía la víctima.

-No lo sé, me contestó Mr.........; esperemos.

Todas las miradas, con las cuales se hacía la misma interrogación, estaban fijas en el doctor Nelatón, cuando éste, tomando de la mano á uno de los mozos de servicio que a su lado estaban, un inocetón de unos veinte años de edad, robusto, colorado como un clavel, y presentándolo á los estudiantes, les dijo literalmente lo que traduzco y copio:

«Señores: este guapo muchacho- ce brave garçon- por amor al Establecimiento y á la ciencia, y por amistad hacia mí (delicadeza francesa) ha convenido en suministrar generosamente su sangre para la operación que va á practicarse. Porque es pobre, pudiera creerse que la había vendido. No; es francés, y los franceses no vendemos nuestra sangre: la hemos derramado y la derramaremos generosamente por la humanidad.»

Un hurra estrepitoso acogió las palabras del doctor, y el joven fué conducido por él mismo á la camilla del sacrificio.

El doctor había hecho aislar el recinto de las dos camillas por medio de cuerdas tendidas de columna á columna, y sólo penetrámos en él el doctor Nelatón, que ocupó la cabecera del paciente y pulsaba una de las carótidas; Mr........., que debía hacer funcionar el aparato; los dos practicantes, y yo. Otro de los mozos de servicio se mantenía al lado del doctor, con un gran platón con agua helada y varios paños al hombro.

A la primera voz de mando los practicantes desnudaron el brazo derecho del enfermo y el izquierdo de la víctima.

A la segunda abrieron simultáneamente las venas de los dos pacientes, é introdujeron en ellas las extremidades de los dos tubos, impelente y recipiente, que del pequeño aparato colgaban en forma de cordones de gutapercha.

Mr........ sostenía el aparato, de la. forma de una granada, teniendo el pulgar de la mano derecha apoyado sobre la cabeza del botón que formaba el émbolo.

-Allez!-Vamos! le gritó el doctor; pero antes de comenzar, Mr       le dijo: cada golpe del émbolo pasa 20 gramos de sangre.

-Allez! repitió el doctor, y el émbolo principió á funcionar.

Creo que los que se dan al inhumano y bárbaro placer de ir á presenciar una ejecución capital, no fijarán con sus anteojos sobre el ajusticiado, sus ávidas miradas, con tanta intensidad como estaban las nuéstras sobre el rostro del enfermo.

Aquel rostro principió á pasar por imperceptibles

gradaciones, de la palidez de la muerte á un ligero tinte de color de rosa, luego al rosado puro, después á los primeros matices del rojo, hasta que repentinamente un golpe de sangre lo encendió como un carmín.

 

-Assez!---Basta, gritó el doctor á Mr........y á los estudiantes: ouvrez les fenêtres!

 

Pero éstos no las abrieron, sino que hicieron saltar los vidrios en pedazos, mientras que el doctor azotaba la cara y la cabeza del enfermo con un gran paño empapado en agua helada.

El paciente abrió los ojos y dió señales de vida; el color bajó algunos grados, y el doctor, pulsando de nuevo la carótida, exclamó: il est sauvé!-se ha salvado!

 

Mandada despejar las ala para prodigar al enfermo los cuidados que demandaba su situación, dije yo á Mr .......  Suplico á usted volvamos al establecimiento, porque yo parto dentro de dos días, y tengo que hablar con usted.

-Con mucho gusto, me contestó, y regresámos al Carrefour del Odeon.

 

-Estoy resuelto, dije á Mr........,casi en tono de súplica, á no regresar á mi país sin llevarme este aparato. Si vale mucho, como yo no tengo yá sino el dinero del viaje, firmaré un pagaré á seis meses de plazo; si no vale mucho, podré comprarlo de contado.

-No vale gran cosa, me contestó Mr....... No se lo regalo it usted, porque sé que no me lo admitiría; pero voy á dárselo por su valor de fábrica; y además, voy á dotárselo con dos instrumentos de otra clase, más prácticamente útiles en un país de la zona tórrida, donde las estrecheces de la uretra deben de ser muy comunes, que la bomba para la transfusión de la sangre. Es la sonda Nelatón, recientemente inventada por el doctor Nelatón, para la rápida y segura dilatación de la uretra, que voy a enseñar á usted. Es, como usted ve, una sonda metálica, pero no sólida, sino hueca, compuesta de dos cañuelas superpuestas, y de una pulimentación diamantina. Como la sonda corresponde á un bajo número, una vez introducida en la uretra, la dilatación de las cañuelas se hace á voluntad, ó por insensibles grados, por medio de un tornillo exterior.

 

Es uno de los días de mayor contento que yo he tenido en mi vida, no tanto por la oportunidad de haber presenciado aquella curiosa operación, practicada por una de las eminencias médicas del siglo, cuanto por la satisfacción de haber sido con tal motivo el objeto de especialísima distinción, fruto exclusivo de una simpatía excitada por la cultura de mis maneras y la nunca desmentida honorabilidad de mi comportamiento.

La prensa parisiense dió cuenta de la operación mencionando mí nombre entre los asistentes, y ninguna dificultad habría en encontrar esos diarios en Agosto de 1868.

Con el aparato de la transfusión de la sangre obsequié, al llegar á Bogotá, á la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional, por conducto del que fué uno de mis mejores amigos y el constante, cariñoso médico de mi familia hasta su muerte, el caritativo y eminente profesor doctor Andrés María Pardo; y de las sondas, una regalé al mismo, y otra al doctor Lino Molano.

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