Capítulo cuarto
En el cual se escribe cómo queriendo el capitán Salinas pasar el río de la Miel con su gente los naturales se lo defendieron, y cómo hallando parte cómoda asentó y fijó la ciudad de Vitoria donde al presente está. Escríbese aquí la manera y modo como estos españoles curaban las heridas que con flechas y puyas enherboladas recibían de los indios.
Habida relación el capitán Salinas del buen vado que para pasar el río tenían, aunque le significaron los muchos indios que de la otra banda del río había para resistirles el pasaje, no por eso se escandalizó ni alborotó, mas luégo, el siguiente día, se partió con toda su gente a pasar el río, llevando delante consigo los más escogidos y valientes soldados que tenía, con los cuales llegó a la ribera del río, donde los indios de la contraria parte estaban con las armas y ánimos muy a punto para rebatirlos, y así luégo que vieron y sintieron los españoles, comenzaron a disparar su flechería, acompañándola con grandes voces y alaridos, para poner mayor terror y espanto en los soldados españoles, los cuales estaban ya tan hechos a oír y recibir semejantes tumultos y acometimientos de indios, que ninguna parte fueron estas sus ceremonias para dejar de dar muestras de su antiguo valor.
A los unos y a los otros les era gran reparo la espesa montaña de que entrambas riberas estaban pobladas, porque ni los indios podían hacer tiro cierto con las flechas por entre los árboles que de la una y otra parte había, ni los españoles con sus arcabuces damnificar a los indios por estorbarles la puntería cierta los árboles, antes cuando disparaban contra ellos los arcabuces, como las pelotas no los lastimaban entendían que los españoles usaban de aquel estruendo para sólo espantarlos con él, y así, en oyendo el trueno de un arcabuz alzaban los bárbaros muy gran alarido y gritería y daban en los árboles con palos y piedras a fin de, por esta vía, hacer otro tal estruendo como el que el arcabuz hace; pero después que acertaron a recibir algún daño de las pelotas y entendieron se engañaban, cesó su alarido, procurando cada cual repararse y adargarse con los más gruesos árboles que podía, mas no para que desamparasen el paso que defendían del río, en lo cual estaban muy obstinados. Salinas, deseando pasar el río, rebatía los indios que le defendían el pasaje, y comenzó a animar y persuadir a sus soldados que usasen de su valor y que no fuese parte la canalla de los bárbaros, con sus groseras armas, a detenerlos tanto tiempo en aquel obscuro y monstruoso lugar. Algunos briosos soldados deseaban ya que el capitán les diese esta licencia para arrojarse al agua y pasar el río, porque hasta entonces se lo había estorbado; y así, tomando la mano un soldado, que por sobrenombre tenía Hidalgo, se arrojó al río con temerario atrevimiento, por no tener noticia ni saber la hondura del agua, pero siguiéndole otros buenos soldados, pasaron el río, recibiendo sobre sus rodelas gran cantidad de flechas que les tiraron los indios, con las cuales no fueron parte para hacerlos detener ni volver atrás, y así, rompiendo el impetu del agua, y luégo la furia de los bárbaros, los echaron y ahuyentaron de las barrancas del río y les ganaron el sitio que defendían.
Tras de estos soldados pasaron luégo los de a caballo y otros muchos peones, los cuales, todos juntos, ahuyentaron y desbarataron de todo punto la multitud de indios que estaban en la defensa del paso del río; y como quisiesen ir en su alcance y seguimiento, el capitán Salinas se lo estorbó, por evitar las muertes y crueldades que en semejantes desbarates se suelen hacer, y luégo recogió toda su gente y pasó todo su carruaje y se alojó aquel día allí, por ser ya tarde, y otro día caminó la tierra adentro y comenzó a dar en algunas poblazones de indios, todas quemadas y arruinadas con la opinión y superstición que los indios de atrás habían hecho, según queda declarado, lo cual ponía gran lástima al capitán Salinas, por ver la brutalidad e inconsideración de aquellos bárbaros, y así procuraba y deseaba darles a entender cómo no lo debían hacer y cuán engañados estaban en su falsa opinión y hacerles perder el miedo y temor que tenían de los españoles; y cierto en esto y en evitar algunas crueldades superfluas, como era ir los soldados siguiendo el alcance de los indios para matarlos, tenía gran virtud y cristiandad Salinas, porque todo lo procuraba evitar lo más que podía.
Caminando, pues, por entre estas arruinadas poblazones halló en lo alto de una loma cinco o seis casas en pie, donde por respeto de ir Francisco de Ospina aquejado de un flechazo que en el pueblo de la guazabara le habían dado, le fue forzoso alojarse con su gente de asiento por algunos días, al cabo de los cuales les pareció al capitán y a los soldados que aunque este lugar era montuoso, que era alto y airoso y acomodado para fijar en él el pueblo, y así fue hecho por el capitán, que en este sitio trazó su pueblo en el dicho año de 1557 [1] y repartió sus solares, y en él permanece hasta hoy.
La ciudad de Vitoria es, como he dicho, lugar alto, de donde se ve y señorea el río grande de la Magdalena y la provincia de Canapeyes y otras muchas tierras. Está este sitio y ciudad de Vitoria once leguas más abajo de la ciudad de Mariquita, hacia la parte de Cartagena, y nueve leguas del río grande metida la tierra adentro, y cuarenta leguas de la ciudad de Santafé.
Hecha esta fijación del pueblo de Vitoria, el capitán Salinas luégo, como hombre que pretendía la perpetuidad de este pueblo, comenzó a enviar caudillos con españoles por una parte y por otra para que tomasen algunos indios y se los trajesen, y ver si mediante el buen tratamiento que les pretendía hacer, podía inducirlos a que fuesen amigos y volviesen a sus poblazones; mas los bárbaros, como estaban obstinados en su rebelión, no pretendían temer porque antes fortalecían sus caminos y sendas con gran cantidad de puyas enherboladas que ponían para ofender y lastimar a los españoles que los iban a buscar; y así luégo, en las primeras salidas que de Vitoria los españoles hicieron, fueron empuyados algunos y tan maltratados de la hierba, que para restaurar y remediar sus vidas era necesario hacerles muy crueles curas; y porque en el curar de la hierba difieren en unas provincias de otras, diré aquí la orden que estos españoles de Vitoria tenían en curar las heridas que tenían hierba a los españoles que eran heridos.
El flechazo o puyazo que el español recibía, después de haberle sacado la flecha o puya, porque muchas veces se queda una punta de cuatro dedos en la carne metida, por traerla así amaestrada los indios, hínchenla de solimán molido todo cuanto en ella puede caber, con fuerza que se le hace, y luégo, con un cuchillo o machete de hierro caldeado al fuego, foguetéanle toda la herida alrededor y en medio, de suerte que queda bien labrada, y le van con el propio instrumento de hierro ardiendo, foguando los lomos de una parte y de otra todos de alto abajo hasta los pies, orejas y nuca y pescuezo, para atajar o evitar el pasmo, que es lo primero que la hierba causa; y estos fuegos no son tan leves como en algunas partes se suelen dar, sino de tal suerte que queda la señal por mucho tiempo. Hecho esto lo abrigan y meten en un aposento, el más recogido y abrigado y enjuto que pueden haber, de suerte que ningún aire lo cale y pase, en donde le tienen tres días naturales sin comer ni beber cosa alguna, después de los cuales le dan a comer unas puches muy ralas en cantidad de ocho onzas y no más. Son estas puches hechas de harina de maíz y agua, sin llevar sal ni otra cosa de manteca ni grosura alguna; y esto se le da una vez al día por los dos días siguientes, y al sexto y seteno día se le acrecienta la ración de estas puches un poco más hasta en cantidad de tres o cuatro onzas, y pasado el seteno día, hasta llegar al catorceno, se les da la ración doblada, dividida en dos partes, la mitad a la mañana y la mitad a la tarde, y pasado el catorceno día se le añade alguna otra comidilla de sustancia, como es una pechuga de ave, que es el mayor regalo que en semejantes lugares se puede haber, porque en todas estas entradas, jornadas y descubrimientos siempre han carecido de todo género de regalo y refrigerio para enfermos, como son pasas y almendras y todo género de conservas y confituras, y otras cosas de medicina y botica que suelen dar algún alivio y contento a los enfermos; y es cierto que en tiempos pasados, cuando entre los soldados se hallaba un pedazo de queso o de sebo o de carne salada, se tenía por muy gran regalo y cosa de maravilla.
En este tiempo de esta dieta, demás de guardar el enfermo toda clausura y encerramiento, no ha de entrar, en donde él está, mujer, de suerte que la pueda ver, porque es averiguado que en viéndola, por la maldad de la hierba, se le alteran las heridas; y si por descuido llega mujer donde él la pueda tocar, se inficiona y altera de tal suerte la hierba, que luégo es el pasmo con él. Hase hecho experiencia sobre esto por algunas personas curiosas, llegándose descuidadamente a tomar el pulso a hombres heridos con hierba, y de industria echar una mujer que pase por delante, y en el punto que el enfermo la vía, movérsele tan de súpito el pulso y con tanta alteración como si le hubiera sobrevenido otro algún caso no pensado; y el mismo movimiento, como he dicho, se ha hallado en las heridas.
Todas estas dietas y cauterios causan al enfermo tanta basca y dolor que casi dan muestras de hombre tocado de rabia, pero, al fin, con ello se remedian y han remediado muchos.
Algunas veces acontece herirse los soldados con flechas y puyas que tienen la hierba añeja y de muchos días, la cual por el agua y sol que por ellas ha pasado tienen la fuerza aplacada y disimulada y no empiezan a obrar luégo, por lo cual los tales heridos se descuidan en no tener la dieta y resguardo en sus personas que se requiere, por no pasar tan gran trabajo como en el curar se pasa, lo cual es ocasión y causa que la hierba se apodere en el hombre más disimuladamente y cuando la viene a sentir ya es su mal irreparable porque le haya llegado al corazón la hierba, y la primera señal que da es trabársele la lengua de suerte que casi no acierta a hablar, y luégo se le envara el pescuezo y se le va poco a poco envarando el cuerpo, y tras esto le acuden de cuando en cuando unos recios temblores y paraxismos y apretársele y trastabillársele los dientes, y luégo comienza a rabiar y hacer visajes y bascas y cosas como endemoniado o persona que tiene rabia, y con estas trabajosas bascas muere, sin darle el dolor lugar a que se acuerde del arrepentimiento de sus pecados ni de la misericordia del Todopoderoso Dios; ni hay hombre de maravilla que como muera en tiempo que la hierba le haya llegado al corazón, muera como cristiano.
También se tienen por incurables e irremediables las heridas de hierba que se conficionan con un pésimo hedor que de ellas sale. Es mucha parte para resistir la fuerza de la hierba el andar los hombres fuera de carnalidades y lujurias, porque es cierto que si a un hombre falto de sustancia y potencia por esta vía, le hieren con hierba que es incurable su mal, y de estos tales, pocos o ningunos escapan.
Demás de la manera que he dicho de curar la hierba, se cura en otras partes de la suerte que diré, y aun se tiene por mejor cura. Luégo que han herido un soldado con flecha o puya que tenga hierba, lavan la herida con agua fría, y si se puede calentar es muy mejor, y si hay vino de España, mejor, con lo cual luégo se descubre la derrota y camino que la hierba lleva siguiendo la sangre porque va quemando la carne y siguiendo la sangre y deja el lugar por do pasa todo negro, y por donde se ve y halla esta señal negra o renegrida, echan la mano con unos garfios o anzuelos de hierro, y con una navaja y cuchillo muy agudo van cortando la carne del herido y siempre lavando las cortaduras y herida para ir descubriendo el camino que la hierba lleva, y así, siguiéndola de aquesta suerte, las más veces la atajan, quitando toda la carne por do ha pasado hasta donde llegó. Reparada de esta suerte la fuerza de la hierba, la herida que al enfermo se le ha hecho, que suele muchas veces ser bien grande, se le cura llanamente, sin fuego ni solimán, sino como otra cualquiera herida, y así el trabajo de esta cura es el dolor que el herido tiene o siente al tiempo que le cortan la carne de la herida enherbolada; y si acaso la herida entra a lo hueco donde no se puede alcanzar a cortar todo lo que la hierba va quemando, es irremediable su mal y no se le halla cura natural.
Esto es cuanto a esta provincia de Vitoria, porque en otras partes se hacen estas curas de diferente manera, y así en su lugar se apuntarán; y porque no todas las flechas que en esta provincia tiraban los indios tenían hierba, para conocer las enherboladas tenían estas inteligencias: miraban la flecha si a la punta y cuatro dedos más arriba tenía algunas rayas muy sutiles o si estaba cortada cerca de la punta a la redonda, porque estas rayuelas hacen los indios para que la hierba se pegue en la flecha, y como arriba dije, la cortadura alrededor es para que despunte dentro del cuerpo; y estas señales de maravilla se hallan sino en flechas enherboladas. Hay otras flechas que con la fuerza de la hierba hacen unas muy menudas escamas en la punta y por donde la hierba está pegada; y la mayor parte de flechas enherboladas se conocen en que llegándolas a la candela hiede el humo de ellas y hace ruido, como cuando echan sal en el fuego, y muchas veces huye la llama de la flecha enherbolada.
Capítulo quinto
En el cual se escribe cómo los indios, demás de las puyas, hacían para la defensa de sus alojamientos trampas y hoyos y otras invenciones con qué ofender a los españoles, los cuales sin embargo de todo esto, los siguieron mucho tiempo con gran [2] trabajo hasta que los forzaron a ser amigos.
Como con esta doméstica guerra de puyas que por los caminos los indios ponían impidiesen y estorbasen a los españoles la entrada y llegada a sus pueblos y alojamientos, la necesidad que tenían de atraer a sí estos bárbaros les forzaba a ponerse a más trabajo del que era razón, y ansí, para ir seguros del daño de las puyas, se calzaban antiparas de algodón que, como atrás en otra parte he dicho, son unas medias calzas estofadas de algodón y colchadas, de grosor de tres o cuatro dedos por todas partes, que para una tierra tan doblada y áspera como ésta y tan calurosa, caminar con estas antiparas era un insufrible trabajo; pero como dije, la necesidad y el deseo que tenían de atraer a sí los indios y hacerles amigos, para que mediante su amistad se pudiesen ellos sustentar en aquella tierra, les hacía y daba a entender ser tolerables y pasaderos semejantes trabajos; pero los indios, como de todo punto tenían aborrecida la amistad de los españoles y estaban con determinación obstinada para no los consentir en la tierra y si pudiesen echarlos de ella con continuas guerras, después que vieron que mediante el ponerse las antiparas rompían por las puyas y llegaban a sus pueblos y alojamientos, determinaron usar de otra industria tan cruel cuanto bárbaros la pudieron inventar, y fue que haciendo grandes hoyos y cavas de hondura de dos estados alrededor de sus alojamientos y pueblos y en aquellas partes donde sentían que los españoles acudirían, ponían en ellos grandes estacas muy agudas y delgadas, las puntas arriba, y luégo cubrían por encima el hoyo igual con el suelo y faz de la tierra, de suerte que si no estaban advertidos con recelo no dejarían de caer en la celada y hoyo, por estar tan sutilmente cubierto y disfrazado con hierbas que encima trasponían y plantaban, y así cayeron algunos soldados en estos hoyos, donde recibieron miserables muertes, con invenciones de que los indios usaban para atraer a los soldados a que cayesen en ellos, poniéndose de la una parte del hoyo de suerte que pudiesen ser vistos, y como los españoles acometiesen a ellos yendo ignorantes de los hoyos, caían en ellos, y allí se metían por el cuerpo aquellas largas estacas con que eran muertos.
Otras veces, sintiendo ir los españoles hacia sus alojamientos y rancherías, ponían encima de los hoyos un papagayo, o un gato o mico de arcabuco, u otra cosa a que se acodiciasen los soldados, los cuales, como lo vían, iban corriendo a tomarlo, y su vil codicia era causa de su miserable muerte, porque luégo daban encima del hoyo, donde eran hundidos y espetados por las estacas que en ellos habían, y algunas veces estos palos y estacas les salían hincándose por las piernas y nalgas al pescuezo, hombros y cabeza, atravesándoles el cuerpo de alto abajo, que era cosa de gran compasión y lástima ver los hombres vivos metidos y atravesados por aquellos palos. Demás de esto usaban estos bárbaros de otro ingenio o invención no menos cruel que este que he contado; y era que como la tierra es toda montuosa y arcabucosa, los caminos van estrechos y angostos, y aunque quieren no pueden torcer la vía, armaban en lo más estrecho del camino ciertos artificios llamados trampas: éstas eran unos maderos muy gruesos y de gran peso subidos algunos estados en alto en derecho del camino y atados con tal orden que en la hora que pasaba gente por debajo de ellos, ya casi a la salida, estaba un bejuco o cordel atravesado en el camino, al cual, en tocando con los pies, se desarmaba la trampa y caían los maderos, y a todos los que debajo cogían hacían pedazos o los ahajaban y siempre el bejuco por donde se había de desarmar la trampa estaba puesto al contrario de donde iban caminando los españoles, que era a la salida de la trampa; y con estas invenciones de guerra vivían los indios con más brío del que de su naturaleza suelen tener, por parecerles que sólo esto era bastante defensa para resistir la furia de los españoles; pero como el ánimo y valor de los españoles no sufría semejantes resistencias, aunque de gran peligro por ser tan cautelosas y cubiertas, no sólo de día se ponían a recibir los daños que la fortuna les prometía y ofrecía, mas con la oscuridad y velamen de las noches, cargados de sus pesadas armas de algodón, caminaban por la aspereza de esta montuosa tierra hasta dar en los alojamientos de los indios, donde se tomaban y prendían algunos y eran traídos al pueblo o ciudad de Vitoria, donde el capitán Salinas por sus muchos días residía.
El cual, con deseo que tenía de que los indios se apartasen de su rebelión, les hacía todo buen tratamiento y obras de amistad, induciéndolos a que tratasen con los demás naturales ausentes de amistad y confederación, y dándoles algunas cosas de rescates que entre ellos eran de estima y valor, los enviaba y daba larga a que se volviesen a sus pueblos mujeres e hijos, prometiéndole ellos de serle amigos y de tratar de paz y amistad como les era encargado con los demás naturales. Pero como esta gente fuese falta de todo bien y conocimiento y entera razón para alcanzar y conocer el bien propio que Salinas les procuraba, y por todo extremo llenos de ingratitud y faltos de verdad y fe, enfermedades muy generales y naturales en los indios, en la hora y punto que del pueblo de Vitoria salían y se apartaban de la presencia de los españoles, luégo no sólo echaban en olvido cualquier beneficio que les hubiese hécho y el cumplimiento de la fe y palabra que habían dado de colegancia y amistad, mas mudando en todo sus frágiles ánimos y condiciones, iban a sus pueblos con novelas y cosas tan perjudiciales a la concordia que se pretendía, que causaban mayor obstinación y dureza en los principales y mayores de aquella tierra para perpetuamente haber ni tener ninguna confederación ni paz con los españoles que con tanto ahinco lo deseaban y procuraban; y así daban estos bárbaros nueva materia y ocasión a los nuestros de irlos de nuevo a buscar y ofrecerse a los peligros de las puyas y flechas, hoyos y trampas y otras asechanzas que los indios les tenían puestas, tramadas y ordenadas aunque tosca y bárbaramente.
Pero con todo esto hacían nuevos asaltos en los alojamientos y pueblos y otros lugares fuertes donde los indios estaban recogidos y corroborados, y allí los tornaban a prender de nuevo y llevar a Vitoria, donde el capitán Salinas de nuevo los procuraba atraer a su amistad y darles nuevas dádivas, importunándoles y rogándoles que dejasen su obstinado propósito y se viniesen a ser amigos de los españoles con los propios ofrecimientos y regalos que de antes los tornaba a enviar; pero ningún efecto hacía en ellos todo cuanto Salinas procuraba, y así lo trajeron sin ninguna quietud ni sosiego a él y a sus soldados más tiempo de ocho meses, yendo y viniendo, de noche y de día, por aquellas montañas y ásperas sierras, subiendo y bajando muy largas y derechas cuestas y cerros, y pasando impetuosos y caudalosos ríos de muy frías aguas, cargados de sus sayos de armas y unas muy pesadas rodelas hechas de macanas de palma por ser más fuertes para el reparo de las flechas; y demás de esto, la flaqueza de sus cuerpos, que eran sustentados y alimentados con sólo maíz y legumbres y raíces criadas por los naturales comidas cierto de muy poca sustancia ni virtud, porque es cierto que semejantes jornadas, como poco ha dije, son tan raras las comidas de carne y pescado, manteca ni huevos ni otros mantenimientos de que los hombres como hombres suelen usar, que es de maravillar cómo estos soldados ni otros muchos que antes de ellos descubrieron y poblaron nuevas tierras, tuvieron fuerzas bastantes a soportar ni tolerar los trabajos de estas conquistas, en las cuales, como por el discurso de esta historia se ha visto, ha sido grande el número de los españoles que miserablemente han muerto en ellas.
Pero al cabo del tiempo dicho, cansados los indios y atemorizados del continuo desasosiego que con los trabajos y trasnochadas los españoles les daban, hubieron de ser forzados a venir en amistad y paz con los españoles, de suerte que en pocos días, convocándose los unos a los otros generalmente fueron amigos y confederados con los españoles, más con cautela y doblez que con sincera voluntad como después pareció, según luégo se dirá; pero por algunos días continuaron el entrar y salir en Vitoria y comunicar afablemente con los españoles, sirviéndoles en algunas leves cosas que les mandaban.
Capítulo sexto
En el cual se escribe cómo hecha la paz, el capitán Salinas envió a Francisco de Ospina a descubrir puerto al río grande, y que fuese por socorro de comas de [3] que tenían necesidad a Mariquita, con lo que le sucedió en el camino, y cómo los indios debajo de la paz que tenían dada quisieron dar en el pueblo y matar los españoles.
Teniendo ya los españoles por fija y firme la paz que los indios habían dado, y pareciéndoles estar de todo punto seguros de novedades, y demás de esto la falta que tenían de cosas necesarias para el sustento de sus personas, como era sal, carne y ropa para vestir, de todo lo cual carecía en tanta manera aquella tierra que en todo el tiempo de atrás que en ella anduvieron conquistando y pacificando, su principal comida, como creo que ya tengo dicho, eran legumbres y raíces, mantenimiento cierto de poca sustancia. La falta de la sal suplía cierto género de pimienta que en las Indias o en muchas partes de ella es llamada ají, de la cual especia entiendo que se tiene ya entera noticia en la mayor parte de España, por darse en mucha parte de ella. El vestir en esta tierra era irremediable, porque como los naturales de ella andan desnudos y no acostumbran traer sobre sus carnes ninguna ropa, no se les da nada por buscarla ni traerla ni hacerla ni tejerla, y aun entiendo que de parte de ser tan torpes y terrestres los entendimientos y juicios de estos bárbaros, los oprime o tiene opresos a que no se levanten a cosas de natural pulicia, y así andaban los soldados, por defecto de no hallar ningún género de ropa por basta que fuese, tan desnudos y desabrigados que era compasio de ellos. Demás de esto, los continuos trabajos de la pacificación de la tierra, las puyas, hoyos y trampas y flechas habían hecho menos alguna gente española, según atrás he apuntado. Todas las cuales necesidades constriñeron al capitán a que enviase a los pueblos de españoles más cercanos a que les proveyesen de las cosas referidas, de que, como he dicho, tenían muy particular y general necesidad; y para este efecto fue enviado Francisco de Ospina con ciertos soldados y compañeros, para que ante todas cosas descubriese puerto y desembarcadero en río grande, por donde les entrase con más facilidad y brevedad el socorro que de todos les viniese, y de allí, por tierra, saliese a Mariquita, porque como a esta sazón no había por allí trato de canoas, no podía Ospina salir por el río arriba a Mariquita, que es el pueblo más cercano a Vitoria de españoles que otro ninguno.
Salido a este efecto Ospina, con bien pocos compañeros, salió de Vitoria descuidado del suceso que en el camino halló, porque como los indios debajo de paz y amistad cautelosa quisiesen intentar novedades, y traidoramente echar los españoles de la tierra, habíanse comunicado y coadunado sobre ello, y tomando las armas en las manos venían a dar sobre seguro en los españoles; pero fueron frustrados de sus designios con esta salida de Ospina, que en el camino los encontró, y como la tierra es tan cerrada y arcabucosa, y de repente se encontraron los unos con los otros, los indios, como gente bárbara y que naturalmente son tímidos, entendieron o creyeron que su malvada traición había sido descubierta y que aquellos españoles, cuyo número ellos no sabían, iban a castigarlos de su loco atrevimiento, y así luégo, casi sin hacer ninguna resistencia, se retiraron y esparcieron, al cual, demás de las causas dichas, les forzó el vigor y brío con que Ospina y sus compañeros arremetieron a ellos luégo que los descubrieron, reconociendo el mal propósito que los indios traían, haciéndoles soltar las armas y volver las espaldas, metiéndose vergonzosamente a manera de fieras por la espesura de la montaña; y pasando los españoles adelante fueles forzoso pasar por el pueblo de las hormigas, el cual hallaron desamparado de sus moradores, pero fortalecido y corroborado con grandes hoyos cubiertos y disfrazados de suerte que no los reconocieron los españoles hasta que el primer soldado que iba adelante, llamado Lorenzo Rufas, puso los pies por inadvertencia suya sobre la cobertura de uno de estos hoyos, en el cual fue sumergido tan de golpe que fue ventura no atravesarse por el cuerpo y tripas algunas de las crueles estacas que en él tenían puestas. Pero aunque en esto fue Rufas venturoso, no dejó de recibir notable lesión en su cuerpo con dos estacas que le enclavaron, y atravesaron un muslo; donde luégo, al olor de la sangre, acudieron tanta cantidad de hormigas caribes y crueles, que metiéndocele por las heridas y otras partes de su cuerpo, con sus crueles bocados le daban sin comparación mayor tormento y dolor que las estacas de que tenía atravesado el muslo.
Los demás españoles, con la presteza que pudieron, con sogas y otros artificios que hicieron, sacaron a Rufas del hoyo, y curándolo lo mejor que pudieron, prosiguieron su viaje al río grande, donde por la derrota que llevaban dieron en unos anegadizos, los cuales, con la mucha agua que llovió en aquella sazón, estaban tan convertidos en lagos que de todo punto estorbaron el pasaje y llegada al río a Ospina y a los que con él iban, a los cuales convino dar la vuelta sobre el camino de tierra que desde los términos de Mariquita habían traído; por donde siguieron su viaje y derrota hasta llegar a las sabanas que llamaron de Guaro, cuyos naturales los recibieron con las armas en las manos, diciendo que pues aquellos pocos soldados salían solos, que los demás habían sido muertos por los naturales de tierra adentro; pero como la tierra fuese algo llana y rasa y los españoles llevasen consigo algunos caballos, fueron fácilmente los indios desbaratados y ahuyentados, y así pasaron de largo, sin otro adverso ni próspero suceso hasta que llegaron a Mariquita.
Entre los naturales de las provincias comarcanas a Vitoria luégo se divulgó la nueva de cómo una parte de los españoles habían salido del pueblo de Vitoria la vía de Mariquita, por lo cual pareció acomodado para intentar alguna alteración o traición, entendiendo que pues habían salido soldados a Mariquita, que en Vitoria no podían quedar tanta copia de ellos que fuesen bastantes a defenderse, y así, algunos indios, usando de toda presteza, tomaron las armas y vinieron a dar en los nuestros al pueblo, los cuales no vivían tan descuidados que no tenían puestas centinelas donde el lugar y tiempo lo requería, en los cuales dieron los indios tan de repente, que antes que de ellas fuesen vistos tenían ya herido al uno de ciertos macanazos que le dieron; pero como el dar en las centinelas los indios hiciesen algún tumulto y ruido, fueron sentidos por un perro o perra de ayuda, que en una de las casas del pueblo estaba atada con una gruesa cadena, la cual quebró y soltándose fue a dar a donde los indios estaban, la cual sola fue parte para desbaratarlos y ahuyentarlos y hacerlos que no llegasen al pueblo, con los crueles bocados que a los que encontraba daba, y aun algunos despedazaba; y era tanto el temor que a los perros tenían estos bárbaros que, aunque podían fácilmente defenderse de ellos, no lo osaban hacer, y así cuando los soldados y el capitán Salinas acudieron con sus armas a ver lo que era y defender su partido, ya no hallaron indio que se pusiese en defensa.
Es esto de los perros uno de los principales amparos que los españoles tienen para entre indios, sino que algunos malos e inconsiderados cristianos usan mal de ellos, haciendo más crueldades en los indios de lo que es justo, de tal suerte que no tienen en más echar un perro a un indio para que lo despedazase y comiese que si lo echaran a otro cualquier animal. Esto han remediado cristianamente y aun castigado con severidad los jueces que al presente residen en la Audiencia real del Nuevo Reino, especialmente en el pueblo de Vitoria, donde sé yo que enviaron un particular comisario a costa de los culpados para que inquiriese y supiese quién tenía de estos perros de indios y usaba de ellos, y en el negocio se hizo todo lo que se debía hacer conforme a justicia, de suerte que si algún exceso había en esto de los perros entiendo que quedó bien castigado.
Pues como los indios fueron desbaratados en este su acometimiento y no salieron con la victoria que pretendían, pareciéndoles que generalmente habían de pagar y ser castigados por la traición de los particulares que cometieron este hecho, comenzaron a temer y haber miedo, de tal suerte que de nuevo se rebelaron y alteraron todos en general; pero el capitán Salinas, con toda instancia procuraba que los indios volviesen a su amistad y a confederarse con él, y de muy buena gana les perdonaba la ofensa y acometimiento que debajo de amistad le habían hecho, por tener seguro y proveído su pueblo de lo necesario, para el cual efecto, visto que por halagos y otros medios de que usaba no bastaban, envió muchas veces gente de noche que fuesen a dar en los alojamientos donde los indios estaban recogidos y fortificados y le tomasen y trajesen algunos con quien pudiese tornar a principiar la paz, lo cual, después de algunas trabajosas y dificultosas salidas que los españoles hicieron, en las cuales prendieron cantidad de indios e indias, comenzó a tratarse de paces; porque Salinas, como se iban prendiendo unos iba soltando a otros, con persuasiones que les hacía para que a sus principales atrajesen a la paz y amistad que pretendía, porque estos indios son de tal condición que si no eran con particulares opresiones y molestias que se les hacían y vencidos del temor de su general perdición, jamás venían a dar asiento en ninguna cosa, y primero que lo daban habían de intentar cien mil novedades y cautelas y mañas para probar las fuerzas y ánimos de los españoles y así lo hicieron en esta segunda vez que se trató de paces y amistades, que habiendo por medio de algunos indios que trataban y salían en Vitoria enviado a decir toda la comunidad y canalla de los bárbaros al capitán Salinas que eran contentos de ser sus amigos y servirle, y que dende a ocho días vendrían todos en general a verle a su pueblo, con lo cual pretendieron descuidar a los españoles, anticipándose en el concierto y juntándose en más cantidad de cuatro mil indios con sus armas en las manos, vinieron al cuarto día a dar sobre Vitoria con designio de que hallando descuidado a Salinas y a los que con él estaban, podrían con facilidad, confiados en su multitud, desbaratarlos y ahuyentarlos o matarlos; pero como para dar en el pueblo de Vitoria bajase la canalla y multitud de los bárbaros por una loma alta que desde el lugar se señoreaba y vía, fueron vistos y descubiertos por los españoles, que en verlos ir de la suerte y en la multitud que iban, presumieron la intención que traían, y así, disimuladamente se pusieron en arma y a punto de pelear, para recibir a los indios, no consintiendo Salinas que los españoles se anticipasen ni acometiesen a los indios primero, conociendo la ventaja que en todo les tenía, aunque eran pocos los españoles que con él estaban, que aún no llegaban a número de treinta, y también pretendiendo que los indios mudasen propósito y dejando las armas viniesen a ser sus amigos.
Pero como en todo estaban de muy diferente opinión, acercáronse al pueblo de los españoles todo lo que pudieron, y como reconocieron que estaban sobre aviso enviaron cien escogidos indios, muy emplumajados y adornados de muchos géneros de badulaques y pinturas y diademas de plumas, de que en las guerras suelen usar, todos hombres de buena edad y de muy buena disposición, para que debajo de ir a tratar de paces, reconociesen la gente que en el pueblo había y lo que podían hacer. Fuéronse estos cien indios derechos al bohío o casa del capitán Salinas, con el cual, mediante sus intérpretes, comenzaron a tratar sus cautelosas paces, y como su intención era tan bruta y mala, en ninguna cosa concluían ni daban asiento, y en tanto que algunos de estos indios estaban con Salinas, otros andaban por el pueblo entrándose en los ranchos y casas con más desenvoltura de la que era razón, usando de ilícitos tocamientos con las criadas de los españoles: en encontrando por la calle algún perro suelto, que era a quien ellos mucho temían, luégo corrían al capitán que los mandase atar, y lo mismo hacían en viendo caballos. Salinas, por complacerles y ver si podía efectuar la paz que pretendía, mandaba atar los perros y caballos, de suerte que todo con los soldados estuviese presto para que fuese menester. El cual, viendo que los indios que en el pueblo habían entrado no daban fin a lo que pretendía, se salió del pueblo con cuatro compañeros, dejando prevenidos a los demás que estuviesen a la mira, y se fue a donde la multitud de la otra gente estaba con sus principales, para con ellos acabar de efectuar su paz y amistad, la cual deseaba con tan gran deseo que por sólo hacerla sin sangre se metió temerariamente en un tan evidente peligro cuanto lo es este que aquí digo.
Los indios desque entre si vieron a salinas y apartado de la otra gente y con solos cuatro soldados, comenzaron a hablar con él desvergonzadamente, con propósito de tomarlo vivo a manos y llevárselo, sino que les interrumpió el hecho un indio de los suyos propios, que estaba algo apartados que pareciéndole lugar y tiempo acomodado puso una flecha en su arco, y enderezando su puntería contra el capitán salinas la disparó con toda furia, la cual fue recibida en la rodela de uno de los soldados que con él estaban, que usó de esto de cuidadoso y presto soldado, porque de estar descuidado, el capitán salinas fuera mal herido de aquel flechazo y recibiera justamente la pena de su temerario atrevimiento. Tras esto se seguía que los soldados que allí estaban, visto esto[4], dieron en los indios, y los del pueblo, que estaban a la mira, acudieron con presteza, y haciendo algún estrago en los bárbaros, los desbarataron y ahuyentaron, de suerte que quedaron castigados de su mala fe.
Salinas no consintió seguir mucho el alcance de los indios, a fin de evitar algunas muertes demasiadas que se podían en él hacer, y de los cuerpos muertos que del conflicto de la guazabara quedaron, mandó salinas, para ejemplo y escarmiento de los que vivos quedaban y en memoria del castigo de aquella traición, poner algunas cabezas por los árboles conjuntos al camino, lo cual le costó bien caro, porque después, en la residencia que la audiencia le mandó tomar de las crueldades que en esta tierra había hecho, sus émulos le pusieron por cargo que de la mucha gente que en esta guazabara había muerto había henchido o cargado muchos árboles, y por ello fue ásperamente punido y castigado.
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[1]
Las palabras "en el dicho año 1557" están añadidas al texto y escritas en el margen con letra diferente
[2]
En la "tabla" de Sevilla se lee: "grande trabajo".
[3]
En la "tabla" de Sevilla se lee: "de cosas que tenía necesidad
[4]
Las palabras "visto esto" fueron añadidas al texto con letra diferente. Corrección gramatical necesaria al tachar los renglones anteriores.
