Capítulo octavo
Cómo Juan Rodríguez, por sí y por sus caudillos, se dio a hacer algunas correderías por la tierra, usando de alguna severidad con los indios, y cómo mudó el pueblo de Mérida más arriba de donde estaba, y de allí se fue a descubrir y ver la laguna de Maracaibo.
Vueltos los soldados que habían ido al vado con los mensajeros que iban al Reino, luégo Juan Rodríguez se dio a hacer correrías a unas y a otras partes, por su persona y por sus caudillos a quien ya él tenía prevertidos a que fuesen imitadores de su crueldad; porque uno de los mayores defectos que este capitán tenía era ser cruel con los indios, y así no había soldado entre los que en su compañía llevaba que no le imitase por contentarle y aplacerle, porque daba a entender que lo principal de la soldadesca era la crueldad, y así paró en lo que paró, que fue morir muchos indios, como adelante se dirá.
Estaban en esta sazón todos los indios con el temor que de los españoles tenían, recogidos en algunas partes escondidas y apartadas de la presencia de los nuestros, y no había indio que osase parecer ni llegar a vista del pueblo: solamente de noche se acercaban a quitar el agua a los españoles para que con la falta que de ella tendrían se fuesen de su tierra; porque toda la tierra de la Lagunilla es muy cálida, y en ella no se da cosa alguna sino es de riego, y así el agua que habían de tener los españoles les había de venir por acequias para la provisión del pueblo. Los indios intentaron diversas veces este quitar del agua, quebrando y desbaratando la madre o principio del acequia donde el agua se tomaba en el río y encaminaba al pueblo, por lo cual mandó que algunas noches se pusiesen soldados en alto en el propio lugar donde los indios solían acudir a quebrar la madre del agua, y que si viniesen los castigasen, lo cual hicieron tan bien los soldados que, como llegasen los indios como solían a quebrar el agua, dieron en ellos y matando algunos los atravesaron en el río para que con sus propios cuerpos muertos hiciese presa el agua y fuese encaminada al pueblo, para con este abominable ejemplo de crueldad poner terror y castigo en los indios que otra vez acudiesen a desbaratar la madre o guía del agua.
Otra vez envió Juan Rodríguez un caudillo con gente que fuese... en el agua.... indios de la Lagunilla que eran en mucha cantidad. Estaban recogidos con sus mujeres e hijos y haciendas. Los españoles a quienes esto se les encargó se dieron tan buena orden que aunque en el alojamiento de los indios había ciento para uno, dando de noche en ellos, para que pensasen que eran más los que les asaltaban, los desbarataron y ahuyentaron. De suerte que cuando amaneció, hallaron o vieron el alojamiento bañado en sangre y poblado de cuerpos muertos; porque como la crueldad de los soldados eran tan bárbara y mala, no se contentaban con descalabrar los que encontraban, sino de hecho (?) chicos y grandes, varones y mujeres, los pasaban con las espadas de parte a parte, y entre ellos no había más orden de espetar indios y pasar adelante. Y aunque la luz del día les enseñó el triste espectáculo que con sus propias manos habían hecho, no por eso hubo en ellos ningún remordimiento de conciencia, mas, como si la obra fuera buena y en ella hubieran ganado honra y mérito espiritual y temporal, así se jactaba cada español de lo que había hecho.
Después de este sangriento suceso (o saco?) envió Juan Rodríguez otro caudillo a dar en otro alojamiento y ranchería de indios de esta propia nación, donde no dejó de hacerse algún estrago; pero, entre los demás se señaló el propio caudillo que pareciéndole ser cosa necesaria a la pacificación de la tierra, tomó un indio de los que en aquel alojamiento se hallaron e hizo a dos soldados que se lo tuviesen por los brazos y con su propia. espada, queriendo ver lo que cortaba, dio al pobre indio dos cuchilladas en los brazos, que le dejó casi sin ellos. Y queriéndose jactar de la inhumanidad que había hecho, comenzó a alabar su espada de buena cortadora.
En la quebrada de los Alizares, que es más arriba de donde ahora está Mérida poblada, se empalaron dos indios sólo porque, queriendo conservarse en sus tierras y casas, habían cortado una cuchilla y atajado un camino que por ella iba para que los caballos no pudiesen pasar por ella.
Todas estas cosas he querido juntar y decir aquí, porque es cierto que todos los que las hicieron vivieron después muy trabajosamente, y permitiéndolo así el Todopoderoso Dios, algunos de ellos se fueron huyendo a partes remotas, dejando sus casas y haciendas, porque la Audiencia del Nuevo Reino, teniendo noticia de estas crueldades y severos hechos, envió con todo rigor a prender a los que los habían perpetrado, y a unos prendieron y los lastraron bien en la prisión, y otros huyeron como he dicho a partes donde no pudiesen ser habidos o donde asímismo...
Habiendo, pues, Juan Rodríguez andado y visto mucha parte de la tierra que por delante tenía, como fue subir todo el valle arriba donde estaba hasta sus propios nacimientos, y aun basta dar vista al valle de Santo Domingo, que de los propios páramos y cumbres nace, y vertiendo o corriendo a los llanos de Venezuela hace su declinación entre el este y nordeste, anduvo asímismo y vio el valle de las Acequias, que corre por las espaldas de las Sierras Nevadas hasta juntarse sus aguas con las del río de Chama, y de allí subió sobre las cumbres que de la otra parte del propio valle había, desde donde vio el valle que llamó de Santa Lucía, que después fue llamado de las Cruces, sin bajar ni entrar en él, y dando la vuelta sobre su pueblo y pareciéndole que no estaba en parte cómoda para participar de todas las poblazones con menos trabajo de los naturales, acordó mudar el pueblo cuatro leguas más arriba de donde lo tenía y había poblado, que fue en una sabana llana, alta, que está frontero de la propia Sierra Nevada, río en medio.
Es esta sabana una mesa muy llana, cercada de tres ríos, a manera de isla, que sin pasar agua no pueden salir de ella a ninguna parte, y aunque está en la forma dicha, está la mesa tan alta que en ninguna cosa le perjudican las aguas de los tres ríos que son, por la parte de la Sierra, el río principal, llamado Chama, y por la cabeza corre otro río que naciendo hacia la parte del norte se junta por la frente de arriba con el propio río de Chama, y por aquí es la barranca de la mesa muy alta, más de cien estados, y por la otra parte la va ciñendo otro río, que es llamado de los españoles Albarregas, que nace en unos páramos que confrontan con las Sierras Nevadas, y ciñendo, como he dicho, por aquel lado la mesa, la va cortando y haciendo de muy altas barrancas, hasta que después de haber pasado por la otra frente de la parte de abajo, se juntan con el río de Chama, y después de haber fortificado estos ríos en la manera dicha, la sabana y mesa donde Mérida está poblado, se van juntando la vía de la laguna de Maracaibo con otra infinidad de aguas que de aquí para abajo se le juntan a la parte de abajo de esta sabana.
Mudó Juan Rodríguez su pueblo en aquel lugar, que es dicho la Ranchería vieja, en unos bohíos de indios que allí había poblados, porque demás de las causas dichas le parecía el lugar muy fuerte y de gran ventaja para si los indios le acometiesen estando la gente dividida. El temple de este sitio es más caliente que frío y algo enfermo por estar en lo íntimo y más bajo de la sabana y mesa donde no gozaban por entero de la frescura de los aires que en lo alto de las Sierras y páramo corre, que son muy sanos; y así este lugar y sitio era muy abochornado y de muchos mosquitos que daban gran pesadumbre a los soldados. En él hicieron los españoles sus casas, aunque fuera de la traza del pueblo, sino en ranchería, porque la falta de los indios, que no les servían, no daban lugar a más, aunque ya los tenían encomendados, porque Juan Rodríguez, como los iba descubriendo los iba encomendando de su propia autoridad, sin tener comisión para ello, que le hizo después, en su residencia, mucho daño; y dado asiento en las cosas del pueblo y desta su segunda traslación acordó Juan Rodríguez ir a dar vista y descubrir la laguna de Maracaibo, y tomando consigo treinta hombres, y dejando los demás en custodia del pueblo, se fue por la vía de la laguna, pasando por la Lagunilla y sus poblazones y por el pueblo que llamaron de la Sabana, por donde bajó a lo llano fue a dar al pueblo de Chama, cuyos moradores halló huidos y alzados, en lo cual gastó algunos días y se holgó de las buenas muestras que de sal y oro halló en aquella tierra.
Capítulo noveno
En el cual se escribe cómo a pedimento del fiscal fue proveído el capitán Maldonado que fuese a prender a Juan Rodríguez, y lo que le sucedió hasta ser preso Juan Rodríguez Juárez.
Pocos días después que el capitán Juan Rodríguez salió de la ciudad de Pamplona con sus soldados en demanda de Sierras Nevadas, tuvo noticia la Audiencia Real de su salida, y de cómo so color de ir a buscar minas, iba a poblar, y había prometido muchos repartimientos de indios a los que con él iban, de lo cual y otras cosas le acusó el fiscal, que a la sazón era el licenciado García de Valverde, pidiendo que se enviase tras de él una persona que lo prendiese; lo cual con facilidad proveyeron los oidores, y para el efecto nombraron al capitán Juan Maldonado, vecino de Pamplona, procurándolo y deseándolo el propio Maldonado, por las emulaciones y discordias pasadas que entre los dos había habido.
Diose la provisión de ello al capitán Maldonado, con la cual juntó hasta ochenta hombres, más con designio de ir él también a buscar tierra para poblar que de seguir las pisadas y vestigios de Juan Rodríguez y de los suyos, porque como en tiempo que Juan Maldonado estaba para salir de Pamplona con sus soldados y tomar otra derrota, llegasen los mensajeros de Juan Rodríguez y representasen muchas cosas de la tierra que habían descubierto y de su felicidad, tomó a muchos de los soldados de Juan Maldonado codicia de ir donde Juan Rodríguez estaba, especialmente que les parecía que una tierra donde figuraba haber tanta cantidad de naturales, les parecía, y con justa razón y causa, que no podía dejar de haber indios para los demás soldados que estaban de camino, y así persuadieron a su capitán Maldonado que caminase y fuese donde Juan Rodríguez estaba, el cual determinó de hacerlo.
Algunos amigos de Juan Rodríguez, sabiendo la enemistad que entre él y Maldonado había, procuraron impedir y estorbar la ida de Maldonado a Mérida, porque les parecía que de ello no podía resultar ningún bien, porque conocían la contumacia del uno y la soberbia del otro, que como he dicho, Juan Rodríguez era hombre de grande elación y arrogancia, y Juan Maldonado era hombre muy vindicativo y contumaz y que por salir con lo que pretendiese había de hacer todo lo que pudiese; pero todo les aprovechó poco, porque aunque lo pidieron y significaron, en la Audiencia mandaron que se efectuase lo mandado con el menos escándalo que pudiese ser.
Partiose Maldonado con sus ochenta compañeros, todos, o los más de ellos, gente muy lucida y de mucha estimación y valor, así por el linaje de sus personas como por sus propias obras y hechos, los cuales llevaban por su cura y vicario a Antón Descames, clérigo natural de Mula, que asímismo había entrado con el adelantado Jiménez de Quesada en el primer descubrimiento del Nuevo Reino; allí trabajó como clérigo y soldado valerosamente, y llevando Maldonado por gula a Rodrigo del Río, soldado de los que Juan Rodríguez habla enviado a pedir socorro, fue sin mudar derrota hasta entrar en el propio pueblo de Mérida, sin sucederle en el camino cosa notable más de haber tenido alguna turbación en el río de los bailadores, porque como el arcabuco fuese tan cerrado y el río tan estrecho, casi la guía no hallaba los vestigios y pasos por donde las otras veces había andado; y presumiendo Maldonado y algunos de los suyos que de industria la guía los había echado fuéra de camino, estuvo algo turbado y airado y tuvo mala sospecha de que a Juan Rodríguez se le hubiese dado aviso de su ida y estuviese puesto en defensa; mas como Rodrigo del Río, caminando a una y a otra parte del río hallase las cortaduras viejas de la vía que Juan Rodríguez había llevado, y por ella metiese a Maldonado y a sus soldados, perdiose toda la sospecha que contra él había, pero con todo esto no dejó dende en adelante de caminar el capitán Maldonado con mucho concierto y cuidado, como si cada hora hubiera de verse con los enemigos; pero desque, como he dicho, llegó al pueblo de Mérida y lo halló tan sosegado, y a Juan Rodríguez fuéra de él, que había ido al descubrimiento de la laguna de Maracaibo, de que poco ha dije, holgose muy mucho, porque le parecía que era coyuntura esta de no haber ninguna discordia, a lo menos pelea, entre los dos, a lo cual le ayudó mucho que de los soldados que Juan Rodríguez había dejado en su pueblo y Juan Maldonado había hallado en él, le dieron noticia de muchas cosas sucedidas en la tierra, con que daban a entender estar mal con su capitán y no desearle bien ninguno, y haberles venido nuevo remedio y rescate, porque como Juan Rodríguez era hombre severo y soberbio, trataba a los soldados con demasiada arrogancia, y así era de ellos muy aborrecido y habían querido poco tiempo antes algunos soldados dejarlo y desampararlo y volverse al Reino donde habían salido.
El capitán Maldonado, como supo por extenso donde Juan Rodríguez había ido y el camino que había llevado y el que había de traer, luégo, en lugar conveniente puso sus guardas y espías y atalayas, unos para que mirasen no se le diese mandado ni aviso a Juan Rodríguez, y otros para que tuviesen cuenta con su venida y le diesen a él noticia de ella, para que, con menos tumulto se efectuase lo que la Audiencia mandaba; y tomando en sí la jurisdicción de toda la tierra, hizo cesar la administración de los alcaldes y justicias que Juan Rodríguez había puesto, que en esta sazón lo era Juan Andrés Varela, y así dende en adelante no con sintió que se llamase la ciudad de Mérida, sino la Ranchería de las Sierras Nevadas.
Dende a pocos días Juan Rodríguez Juárez vino de la laguna y acercándose a su pueblo fue visto de las espias de Maldonado, las cuales luégo dieron aviso de cómo habían visto venir gente hacia el pueblo, pero que no habían conocido si eran indios ni españoles; pero como con su apresurado caminar se fuesen acercando a las espías, fueron claramente conocidos Juan Rodríguez y los que le acompañaban, que eran otros tres o cuatro soldados, ser españoles; y había hecho dudar a las atalayas en esto, porque no vían venir toda la gente de Juan Rodríguez junta, por que, como al tiempo que Juan Rodríguez entró en el camino real vio rastro de caballos, que poco tiempo antes habían pasado por él, estando dudoso y sospechoso de lo que podía ser, tomó consigo los compañeros que he dicho y caminando apresuradamente se acercó y vino al pueblo de Mérida y a vista de él muy noche; y como vio que en el pueblo había más bullicio de gente que la que había dejado, por las muchas lumbres que se parecían, que daba muestras de ser de indios, como en la verdad lo eran, estuvo perplejo, y tuvo sospecha de que indios no hubiesen desbaratado y muerto los soldados que él allí había dejado; porque los soldados que con Maldonado habían ido habían llevado mucha cantidad de indios de Pamplona que les llevaban las cargas, y éstos estaban alojados fuéra del pueblo, donde tenían de noche grandes bailes y lumbres y habían causado la sospecha dicha en Juan Rodríguez.
Después que el capitán Maldonado fue certificado de cómo Juan Rodríguez era el que se iba acercando al pueblo puso en orden sus soldados para que no le hallase descuidado, y como ya muy noche le dijesen que venía cerca del pueblo, salió a él con algunos de sus amigos, y como el Juan Rodríguez no traía voluntad de alterarse ni amotinarse, aunque poco antes que llegase al pueblo, fue certificado de lo que pasaba y de cómo le venían a prender, había dejado la rodela y dado muestras de querer obedecer lo que los superiores mandaban. La resolución de este negocio fue que él propio Juan Rodríguez se metió entre la gente y soldados que con Maldonado estaban, diciendo que él estaba presto de obedecer lo que le era mandado por la Real Audiencia, y dando las armas a los que con él venían se entregó y dejó prender del capitán Maldonado y de los que con él estaban, pero esta prisión no fue tan pacíficamente hecha, ni tan sin tumulto como pudiera ser, porque como Luis Sánchez, hombre sedicioso, y otros de su profesión quisiesen, aprovechándose de esta ocasión, tomar venganza de ciertos sinsabores y agravios que el capitán Juan Rodríguez le había hecho, allegábanse al capitán Juan Rodríguez diciéndole palabras con cólera desmesurada y malcriada dando a entender que le querían y pretendían ofender, lo cual visto y entendido por el capitán Maldonado y por Pero Bravo de Molina, hombre entre los otros tenido por principal y de quien se hacia mucho caso, les quitaron las armas a estos quejosos y los aprisionaron en sus posadas, y al capitán Juan Rodríguez lo llevaron preso a su propia casa, y allí honrosamente le pusieron la custodia y guardia que era menester de hombres leales y fieles.
Capítulo décimo
En el cual se escribe como el capitán Maldonado envió preso al capitán Juan Rodríguez Juárez a la Audiencia, y él por una parte y Pero Bravo, de Molina por otra, salieron con gente a descubrir lo que en la provincia había.
Había el capitán Maldonado tenido propósito de confederarse con Juan Rodríguez y que ambos juntos prosiguiesen la jornada y se aprovechasen a lo cual no dieron lugar algunos soldados, así de los de Juan Rodríguez como de los de Maldonado, que por todas las vías que pudieron encendieron el odio y enemistad entre los dos y los indignaron de suerte que ni el uno quiso usar de clemencia ni el otro aprovecharse della, antes hallando el capitán Maldonado aparejo en los propios soldados de Juan Rodríguez, que se le ofrecían a declarar todo lo que había pasado, hizo informaciones bien rigurosas de las muertes y otros malos tratamientos que en la provincia se habían hecho, y con ellas envió preso al capitán Juan Rodríguez a la ciudad de Santafé, y quedándose él con toda la gente determinó de ir y enviar a descubrir lo que en la provincia había.
Pero Bravo de Molina salió por su mandato con cuarenta hombres la vía del valle de las Acequias, y el mismo capitán con otros cincuenta, caminó el valle arriba hacia el valle de Santo Domingo, a ver lo que en aquel valle había, porque aunque antes fue descubierto por Juan Rodríguez Juárez, no entraron en él mas de parecerles desde lo alto tierra poblada y escombrada.
Estuvo el capitán Maldonado alojado algunos días con los que consigo llevaba, en una poblazón de indios que Juan Rodríguez había dado a Juan de Morales, que después le confirmó la Audiencia, y de allí envió a Bartolomé Maldonado con gente que atravesando la cordillera de la Sierra Nevada más arriba viese lo que de la otra banda había. Caminaron algunos días por aquel paraje y páramo que era bien ancho y despoblado, y en acabándolo de pasar dieron vista a los llanos de Venezuela, mas no para que reconociesen ser ellos, antes se les figuró un valle de gran felicidad y prosperidad, por el cual entendían haberles Dios puesto en las manos otra tierra de más estimación quel Perú ni la Nueva España, y dando por aquella parte las Sierras señal de no poderse bajar por ellas a causa de ser muy derechas y empinadas y llenas de montañas, dieron la vuelta a donde el capitán Maldonado había quedado, con mucha alegría y contento, del cual dieron grandes muestras, al tiempo que desde lo alto de una loma descubrieron el alojamiento donde el capitán estaba. Fue con la nueva que estos descubridores trujeron promovida toda la gente a gran contento y alegría, porque según la representación que el valle hacía, de más felicidad se figuraban que los descubridores del Perú y Nueva España, como poco ha dije.
El capitán Maldonado se informó de la manera que el valle corría, y diéronle por nueva cierta que daba la vuelta sobre el valle de Santo Domingo, por lo cual y por la dificultad dicha que para entrar en el valle por aquella parte había, caminó luégo el capitán con toda la gente y se metió en el valle de Santo Domingo, el cual halló poblado de gente desnuda y de cabello corto, pero muy crecida y versuta; y después de haber visto lo que en aquel valle había, que era bien poco a causa de ensangostarse luégo e ir desde la quebrada de los carboneros abajo muy estrecho el río, y de pocas poblazones, acordó hacer asiento y enviar a descubnr el río abajo camino para el valle que Bartolomé Maldonado había descubierto. Envió en la demanda a Alonso Puelles Desperanza con cierta gente; el cual, siguiendo la vía que mejor le pareció fue a dar a los llanos de Venezuela, que era lo que desde los páramos de atrás habían visto Bartolomé Maldonado y los que con él habían ido. Topó al principio de los llanos Esperanza algunos indios, aunque pocos, que so color de paz y amistad, se le atrevieron y desvergonzaron a hacer daño en algunos indios ladinos de los que consigo llevaban; y viendo el poco provecho que de aquel la tierra tan mala se podía sacar, dio la vuelta por el propio camino que había llevado a donde el capitán había quedado, con menos alegría de la que al principio pensaron, porque el valle donde tantas prosperidades esperaban haber se les convirtió en la más pésima y mala tierra que hay en las Indias, que son estos llanos de Venezuela, de quien en otra parte trataremos largo.
El caudillo Pero Bravo casi corrió la misma fortuna que su capitán, porque después quel atravesó el valle de las Acequias fue a dar al valle de Santa Lucía, al cual llamaron después el valle de las Cruces por la causa que adelante se dirá, y caminando el valle abajo fue encaminado por antiguas sendas de los indios al valle de Aricagua, cuyos naturales estaban muy descuidados de la ida destos españoles a su tierra, porque entre ellos no había ninguna alteración de tener tan cerca los enemigos. Bravo se asomó desde una cuchilla que está sobre los pueblos de Muchachi, dende donde vio que lo que alcanzaba a señorear con la vista de este valle era muy poblado de muchos bohíos y que los naturales y sus mujeres e hijos se estaban en las puertas de sus casas. Estuvo dudoso Pero Bravo en si daría en los pueblos que más cercanos tenía, y aunque por algunos soldados fue persuadido a ello no lo quiso hacer, a causa de que no llevaban caballos, y si la gente era belicosa y le herían algunos soldados no tendría con qué cargar los enfermos, y demás de esto no se excusaba para evadirse de los indios que no lo siguiesen, de usar de alguna severidad con ellos, y así sin descubrirse ni dar muestra a los indios de su llegada allí se volvió a la ranchería de Sierras Nevadas o ciudad de Mérida, donde habían quedado algunos soldados en guarda del pueblo y ganados y otras cosas que allí tenían, y con ellos el comendador Martín López, de la Orden de San Juan, por teniente y sostituto del capitán Maldonado.
Entendió Bravo y los que con él habían ido que el principio de esta poblazón que habían visto se extendía y amplificaba por mucha tierra, y en la verdad si como hizo el principio de la demostración y aun como estaba poblado todo el valle de Concagua estuvieran las otras tierras que junto a él había comarcanas, sin duda era un muy buen pedazo de tierra y de muchos naturales, y así, de parecer de todos los que con él habían ido fue concertado Bravo a enviar mensajeros al capitán Maldonado para que, dejando de seguir la derrota que llevaba, volviese con toda la gente a entrar y seguir la poblazón que él había descubierto. Los que a este efecto fueron alcanzaron al capitán Maldonado en el valle de Corpus Christi, que del valle de Santo Domingo, teniéndose a la mano siniestra, se subió al pueblo llano, llamado así de los españoles por la llaneza y bondad de su sitio, y atravesando unos páramos que entre los dos valles había, fue a dar al fuerte grande, que hoy es términos de la ciudad de Trujillo, de la gobernación de Venezuela, en el cual fuerte le alcanzó la voz y nueva del recaudo que Pero Bravo le enviaba, y sin pasar de allí se volvió atrás con la gente que consigo tenía, y se fue derecho a la ranchería, sin haber en todo el tiempo que había andado descubriendo tenido ni habido ninguna refriega ni guazabara con los indios, antes le habían salido de paz en el valle de Santo Domingo los indios que fueron llamados carboneros a causa de salir a los españoles todos tiznados los rostros y cuerpos, y en las cinturas atados muchos calabazos, con que bailando y meneándose hacían muy grande estruendo.
En el páramo de este valle de Santo Domingo sucedió una cosa muy de notar, y por parecerme tal la quise escribir aquí. Dos soldados, hombres de bien y de fe y crédito, llamados Juan del Rincón y Juan de Maya, subieron a lo alto del páramo a cazar o matar venados con los arcabuces, donde después de algo cansados del camino que habían llevado, se les puso delante una cierva a tiro de arcabuz, y aun a tiro de ballesta, y tan cerca, que claramente vían dar las pelotas en ella, y aunque le dieron muchos arcabuzazos, no sólo no la mataron pero ni aun parecía haberle herido, antes por momentos se les hacía invisible y visible, donde los soldados vinieron a conjeturar no ser aquella cierva, sino algún maligno espíritu que transformado en la figura de aquel animal, se les había puesto delante; y estando ellos en esta confusión y consideración oyeron dar grandes voces desde lo alto de un cerro que cerca de sí tenían, que en lengua española o castellana llamaban a estos dos soldados por sus nombres, y cobrando doblado espanto de oír las voces desde un lugar que era imposible entonces haber subido españoles a él, dejaron la caza y espantados y admirados de lo que habían visto y oído se volvieron a donde su capitán estaba alojado y procuraron inquirir y saber si aquel día había algún español andando de aquella parte donde habían oído las voces, pero ningún rastro de ello bailaron, lo que de todo punto les hizo creer andar algún espíritu maligno por aquellos páramos y desierto.
