Capítulo undécimo

Es el cual se escribe cómo el capitán Maldonado, con la más de la gente, fue al valle de Aricagua y estuvo en él cierto tiempo, después del cual, por no hallar los naturales que quisiera, se volvió a Mérida; y de cómo el comendador Martín López mudó el pueblo una legua más arriba de donde estaba.

 

Después que el capitán Maldonado se vio con toda la gente junta, que serían ciento y diez hombres, y fue certificado del principio de la buena tierra que Bravo había visto, tomo consigo ochenta hombres de a pie y de a caballo, y dejando la demás gente en la ranchería con el comendador Martín López, siguió la vía que Bravo le dijo que había de seguir para ir a Aricagua, que así es llamado aquel valle por sus propios naturales, y al tiempo que entró en el valle de Santa Lucía halló que todos los naturales se habían ausentado y dejando sus puertas cerradas, tenían en ellas puestas cruces muy bien hechas y formadas, de donde este propio valle tenía el apellido del valle de las Cruces, las cuales los indios no las ponían porque antes que los españoles entrasen en sus tierras las tuviesen ni usasen de ellas, mas porque el capitán Maldonado tenía por costumbre de a todos los indios que se tomaban por los españoles soltarlos y darles una cruz en la mano, por la cual conociese cualquier español o indio ladino que el que la cruz llevaba lo enviaba el capitán y no le habían de tocar ni hacer mal ni daño; y como los indios de este valle o algunos de ellos conocieron el respeto que se les tenía por causa de llevar consigo la cruz en la mano, quisieron que a sus casas se les tuviese el mismo respeto y miramiento, y aunque ello era así muy justo que se hiciese, los soldados no quisieron tener esta consideración, mas lo que hallaron en los bohíos y casas de los indios eso llevaron o tomaron; y de este valle de las Cruces caminó el capitán Maldonado con su gente hasta llegar al valle de Aricagua y poblazones de Muchachi, cuyos naturales, teniendo ya aviso de la ida de los españoles estaban esperándole con las armas en las manos.

Maldonado, después que llegó a vista de los bohíos, hizo armar su gente, y bajando a ellos con buen concierto y orden, los unos arremetieron a los otros sin ningún temor, porque los indios, como jamás habían visto españoles, ni tenido guerra con ellos, no conocían su ímpetu y ferocidad, ni lo conocieron hasta que se vieron lastimados y descalabrados, y aunque con buen brío procuraban emplear sus flechas no hacían, con ellas daño ninguno a los nuestros, por ir todos amparados de los escudos y sayos de armas que llevaban, y tanto era el coraje de estos bárbaros y su fuerza, que yendo Guillermo de Vergara sobre un buen caballo que tenía en seguimiento y alcance de algunos indios que iban pasando el río de este valle, que es caudaloso, se volvió un indio a él y después de estar herido de una lanzada, se abrazó con las manos del caballo de suerte que lo hizo caer en el agua, y si no fueran socorridos allí perecieran el caballo y el jinete. El fin de esta guazabara fue que los indios fueron ahuyentados con pérdida de muchos de ellos que en el conflicto de la guazabara perecieron y fueron muertos, y en los nuestros solamente se recibió de daño un caballo que los indios mataron a Martín de Rojas con un dardo que le atravesaron por bajo las faldas del propio caballo, y con esto quedaron tan quebrantados los indios que nunca más osaron acometer a los nuestros ni salir a ellos de paz ni de guerra.

Y después de haber allanado Maldonado estas cosas prosiguieron su descubrimiento el valle abajo de Aricagua, y a pocas leguas se le ensangostó y cerró de suerte que no pudo pasar adelante, ni aun había poblazones de quien se hiciese mucho caso, y aunque procuró dar vista desde los altos que de la una y otra parte del río había, no pudo descubrir ni ver poblazones de la calidad y condición que eran las del valle, sino algunos bohíos y lugarejos tan raros que resfriaba y quitaba a los españoles la codicia de llegar a ellos. Volviose a la poblazón de Muchachi con toda la gente, y de allí vio y descubrió los nacimientos de aquel valle y río, que estaban bien cerca y bien poblados, sino que eran pocos, por lo cual el capitán Maldonado quiso enviar a descubrir a lo largo, hacia la parte del sur, que de cara tenía; pero hallando alguna tibieza en los soldados o en algunos de ellos para hacer lo que pretendía, que era enviarlos a descubrir las tierras que hacia la parte del sur tenían, le fue necesario usar más de maña que de fuerza. Cabalgó un día en su caballo, y dijo que quería salir a cierto cerro alto que hacia aquella parte parecía, que con sus armas le siguiesen los que quisiesen. Muchos soldados, que deseaban y pretendían ganarle la voluntad, se fueron tras de él con el aparato que pudieron, que fue bien poco, y después que en lo alto con todos se vio, envió a los que le pareció que fuesen a ver y descubrir, lo cual quería y pretendía, y dándoles por caudillo a Alonso Desperanza se volvió al alojamiento.

Los soldados, como vieron que tan desapercibidos los enviaba fuéra, comenzaron a murmurar del capitán y de su severidad y a indignarse ásperamente contra él, pero no por estas causas dejaron de proseguir y hacer lo que les había sido mandado, y pasando por cierta poblazón de indios llamada Guacamama, atravesaron un alto páramo que por allí se hacía, y desde lo alto de él descubrieron el valle que llamaron de la Ascensión, por haberse descubierto cerca de esta fiesta, y comenzando a bajar y entrar en el valle, vieron cierta poblazón de indios, que hoy es llamada de los Valientes, y reconocieron no haber sido vistos ni sentidos de los naturales, por lo cual les pareció al caudillo y a los soldados que, para evitar algún daño y muertes, que debían esperar a la madrugada siguiente, para que tomando a los indios en sus casas descuidados no tuviesen lugar de venir a las manos; pero esto fue para más daño de los unos y de los otros, porque como la gente de aquella poblazón fuese muy belicosa y acostumbrada a guerrear con sus comarcanos, dormían muy sobre el aviso y tenían sus casas fortificadas con troneras y saeteras, de suerte que no fácilmente les podían entrar, y así al tiempo que los españoles, antes que amaneciese, se acercaron a los bohíos de los indios y quisieron entrar en ellos, fueron con gran presteza rebatidos y apartados con las lanzas y flechas que desde dentro de sus casas tiraban, de tal suerte que en breve tiempo hirieron, tirando a tiento donde oían hablar, algunos soldados, y ni bastaba a retirarse y darles lugar a que saliesen ni enviarles dentro algunas personas de las propias naturales que allí se habían tomado antes. Con una bárbara y necia determinación, creyendo que estaban cercados de sus contrarios los indios comarcanos, de su propia voluntad, así varones como mujeres, se ahorcaban de las varas y cumbreras de sus bohíos; e hizo más miserable su suerte el incendio que de unos ranchos se pegó en las casas principales donde la gente estaba recogida, sin que los españoles lo pudiesen remediar, porque estándose los indios dentro, con su loca obstinación, se dejaban abrasar y quemar de su voluntad en el fuego, y si no eran algunas pequeñas criaturas y muchachos que deseando vivir no querían imitar la abominación de sus padres, y se salieron de los bohíos y se metían entre los españoles, todos los demás perecieron casi de su propia voluntad; y después de amanecido se vio claramente el daño que los propios indios con sus propias manos se habían hecho.

Dio muestras del gran ánimo y brío de estos bárbaros un indio que, viniéndose descuidadamente hacia donde los españoles estaban, salió a él Jorge de Albear, buen soldado que después fue fraile de Santo Domingo, con el cual el indio peleó tan briosamente con una larga macana que traía, que si no fuera socorrido Albear de otros soldados, allí pereciera a manos del bárbaro que amargándole con la macana a la cabeza hizo el golpe en las piernas y dio con el soldado en el suelo, pero como he dicho, con ayuda de otros soldados escapó con la vida.

Los españoles que del rebate de la madrugada salieron heridos se hallaron tan fatigados de las heridas que creyeron estar tocados con yerba ponzoñosa, por lo cual no pudo ni le pareció al caudillo pasar adelante con su descubrimiento, y así dio la vuelta a Aricagua, donde el capitán había quedado, llevando con harto trabajo los que más mal heridos estaban cargados en sus propios hombros; pero con todo, desde lo alto del páramo vieron claramente ser aquella tierra de raras poblazones, aunque bien larga.

El capitán Maldonado, visto el mal suceso de los soldados y la nueva que de la tierra le traían, que era de poca utilidad, dio la vuelta con toda la gente a Mérida, con designio de volver a proseguir su descubrimiento al valle de Santo Domingo. El comendador Martín López, que en la ranchería había quedado por justicia y teniente de Maldonado, dejándoselo así mandado el propio capitán, por parecerle cosa necesaria a la salud común de los españoles e indios, mudó la ranchería y pueblo a la parte más alta y superior de la mesa y sabana donde estaban alojados, frontero de la propia Sierra Nevada, en parte muy acomodada y de mejor temple que donde la había asentado el capitán Juan Rodríguez; y en este propio sitio donde Martin López mudó la ranchería, está al presente poblada y edificada la ciudad de Mérida, y el sitio de abajo, donde Juan Rodríguez la puso la segunda vez, es llamado de los españoles la ranchería vieja, y el sitio primero donde fue poblada en la lagunilla es llamado el realejo, y en este último sitio halló el capitán Maldonado a los españoles cuando volvió del valle de Aricagua.

 

Capítulo duodécimo

En el cual se escribe cómo el capitán Maldonado salió de Mérida con cincuenta hombres el valle de Chama arriba, y desbaratando un fuerte de indios que en el camino había, descubrió el valle de la Sal, y de allí vio la laguna de Maracaibo, a la cual envió un caudillo con gente.

 

Pasados pocos días que la gente había ya descansado en este último alojamiento que entonces llamaban la ranchería de San Juan de las Nieves, porque la de antes se había llamado por Maldonado la ranchería de Sierras Nevadas, el capitán salió con pocos más de cincuenta hombres, y caminó el valle arriba, donde en los indios que llamaron de Morales halló que los naturales, sobre el propio camino, a la mano siniestra, habían en una muy alta cuchilla hecha un fuerte, en el cual se habían recogido para de allí ofender y saltear a los que pasasen. La fortificación de este fuerte era que demás de la aspereza y empinamiento y mucha altura con que la naturaleza había fortalecido aquel sitio, lo habían los indios por algunas partes cortado con agua y hecho en él muy hondas cavas, de suerte que por las partes que desde lejos parecía estar entero y acomodado para entrar, estaba más dificultoso y trabajoso, y porque estos bárbaros no hiciesen el daño que podían y fuesen destrucción y ruina de los caminantes, determinó Maldonado no pasar de allí hasta descomponerlo y desbaratarlo y echar los indios de lugar tan peligroso para los españoles; y haciéndoles ante todas cosas sus requerimientos y viendo que los indios estaban obstinados en defenderse y no dar la paz, repartió los soldados para que por dos partes asaltasen y, acométiesen el fuerte. La mitad tomando un pequeño rodeo, se pusieron en el lugar  más alto del donde los indios estaban, y la otra parte de los soldados tomaron una derecha subida algo provechosa, porque por ella no les podían ofender las piedras grandes y galgas que los indios contra ellos echasen a rodar.

Fue tanta la turbación de los bárbaros de verse cercados por todas partes y que con tanta osadía se les llegaban los españoles, que como gente que de todo punto tenían perdido el vigor y brío, ninguna resistencia hicieron de la que muy a su salvo pudieran hacer en muy dificultosísimos pasos con que no sólo rebatieran los soldados mas los pudieran despeñar por muy hondos despeñaderos donde se hicieran pedazos. Los nuestros, aprovechándose con presteza de la ocasión, no fueron punto perezosos, mas encaramándose y trepando los más sueltos y ligeros por donde podían, asegurándoles la subida los arcabuceros desde afuera, en breve espacio fueron todos dentro del propio fuerte, donde bailaron que los indios, espantados de ver dentro de su alojamiento los españoles, se escondían en partes muy lóbregas y oscuras y mataban las lumbres que dentro, en sus casas, tenían, para no ser vistos de los nuestros, sin osar de menear armas contra ellos, y así no hubo en este lugar ningún derramamiento de sangre.

De este fuerte pasó adelante el capitán con su gente, y subiendo el valle arriba, dejó la vía y camino del páramo y valle de Santo Domingo, que está a mano derecha, y teniéndose a la izquierda, se metió por una muy angosta quebrada que a la entrada la estrechaban dos cerros de peña muy altos, y caminando por ella, que era todo páramo muy frigidísimo, atravesó su cumbre, que estaba toda cubierta de nieve y de muchos hielos que sobre la tierra estaban cuajados, y siguiendo una pequeña senda que sobre la mano derecha de esta culata de la quebrada subía a lo alto de ella se derribó por el propio camino a un valle muy frío que sobre la laguna de Maracaibo se hacía, que llamaron el valle de la Sal, a causa de que muchos naturales que de aquel valle salían de paz a Maldonado, le traían de presente ciertas cargas de sal que en aquella parte son llamados adoretos. Había también en este valle cierto fuerte como el de atrás, que los indios tenían hecho, pero no curaron usar de él, antes se estuvieron en sus casas pacíficos.

Desde el lugar donde en este valle se alojó Maldonado, vio la laguna de Maracaibo, que le pareció tenerla muy cerca, y deseando que por allí se descubriese parte y se viesen los naturales que en sus riberas había poblados, envió a ellos a Alonso Puelles Desperanza con treinta hombres, que caminando tres o cuatro días, nunca pudo llegar a las propias riberas ni gozó de la vista de aquel ancho lago, porque, como siguiendo el más ancho camino que halló fuese a dar a la tierra más baja que la laguna tiene junto a sí, hallola toda anegada, de suerte que le fue necesario caminar por algunos esteros de agua, con harto trabajo suyo y de los que con él iban; pero como últimamente se quisiese, con deseo de no volver sin llevar claridad de lo que se le había encargado, meter por un muy cenagoso y hondable estero que entraba en la propia laguna, fuele contradicho por algunos soldados que les parecía cosa terrible y temeraria querer caminar por un lago que demás de llevar el agua por los pechos, llevaban el cieno a las rodillas, y con dificultad podían moverse adelante. El caudillo, entendiendo el murmullo de los soldados, volviose a ellos, porque no iba de los traseros, y díjoles que los que se quisiesen volver a descansar a ciertas labranzas que poco atrás habían quedado lo hiciesen, y los que le quisiesen seguir le siguiesen, porque no pensaba volver atrás sin ver la laguna. Algunos soldados, como le vieron tan obstinado en esta honrosa aunque temeraria determinación, le siguieron, y otros, que claramente vían y consideraban el peligro en que estaban, se salieron del estero y se volvieron a las labranzas, porque demás de lo dicho vían que tenían presente una guía que de la propia tierra llevaban les decía por señas que se entendían que no había para qué pasar de allí, porque mientras más entrasen dentro más les había de cubrir el agua.

Esperanza, no dándose nada por todas estas cosas, pasó adelante con hasta quince hombres que le siguieron, que ya todos iban llenos de cieno y mojados, que casi no llevaban cosa de que poderse aprovechar para su defensa, porque los arcabuces y rodelas, que eran de cuero, y las armas, que eran de algodón, todo iba muy bañado en el agua; pero todos estos designios y brío Desperanza fueron atajados y frustrados bien presto, con daño suyo, porque como siguiese el camino por dentro el agua, halló que le estaban esperando, puestas en celada, muchas canoas de indios, que pretendían matarlos y dar cabo de ellos. Descubriose desde algo lejos la celada de las canoas, por donde los nuestros tuvieron lugar de arrimarse a tierra a guarecerse tras los árboles de las flechas que los indios les tiraban, porque ya no tenían rodela que para este efecto prestase, y esto no lo hicieron con tanta presteza que no le hiriesen tres o cuatro soldados muy mal heridos, y ciertamente le hicieran mucho más daño y los siguieran los indios con obstinación, si un perro de ayuda que llevaban no hiciera un lance bueno y admirable, porque una canoa algo pequeña en que venían ciertos indios, y entre ellos dos muy emplumajados y señalados, se llegase y acercase a tierra cuanto pudieron los dos principales a arrojar a los nuestros unos dardos que en las manos traían, fue soltado el perro contra ellos, el cual arrojándose al agua con gran ímpetu fue nadando hasta llegar al borde de la canoa, a la cual se abalanzó, y asiendo con la boca de las piernas del uno de los dos indios, que debía ser principal lo derribó en el agua; y apoderándose en él como en cosa que ya tenía rendida, sin matarlo lo trajo vivo a poder de los españoles. Las otras canoas, espantadas de ver lo que aquel animal había hecho, sin curar de seguir más a los nuestros, se retiraron e hicieron atrás temiendo no les sucediese lo mismo. Los españoles, visto que los indios les daban lugar, porque hasta entonces ninguna ofensa les habían hecho, mas siempre habían procurado guardar sus personas con el amparo de los árboles, que todo era montaña en este lugar, se retiraron a las labranzas que poco atrás habían dejado, donde estaban los otros españoles algo alborotados y con temor de su mal suceso, porque en el punto que los españoles y el caudillo y los demás que le seguían vieron los indios, oyeron los otros el estruendo de los fotutos y cornetas, que era señal del conflicto de guerra en que estaban, y luégo otro día, por respeto de los heridos y flechados, que no daban lugar a detenerse más por aquella tierra, dieron la vuelta al valle de la Sal, donde había quedado Maldonado.

Sin hacerse más efecto de lo dicho, antes volviéndose, hubieron de recibir más daño, porque como trajesen necesidad y falta de comida, y algunos soldados con hambre intolerable se metiesen por el arcabuco y montaña a coger y buscar algunas frutas qué comer, Cervantes, mancebo canario, se desmandó más que otro ninguno a correr y meterse por la espesura y llaneza de la montaña, y pretendiendo atajar y tomar la delantera a los compañeros, los manglares y chaparrales bajos que por delante se le ponían, lo desviaron y apartaron de la vía que los demás llevaban, de suerte que en todo el día no pudo volver a tomar el camino ni aun lo tomara y allí pereciera neciamente, si sus compañeros y el propio caudillo, echándolo menos, el propio día, ya muy tarde, no enviaran en su busca algunos soldados, que dando voces por la montaña fueron lumbre y guía para que el perdido saliese a luz.

En esta vuelta se pasó mucho trabajo, porque como casi todo el camino era cuesta arriba, y los flechados no podían caminar, érales forzoso al caudillo y a los demás que iban sanos, llevar cargados sobre sus propios hombros a los enfermos, en que trabajaron muy mucho hasta llegar a la cumbre donde el capitán Maldonado estaba alojado.

 

Capítulo décimotercero

En el cual se escribe cómo Maldonado salió del valle de la Sal y fue descubriendo hasta encontrarse con el capitán Ruiz, que con cierta gente había salido del Tocuyo8a reedificar Trujillo, lo que entrambos hicieron.

 

Ya que el capitán Maldonado hubo visto todas las poblazones que en este valle y sus comarcas había, se movió con la gente que consigo tenía, saliendo de él por diferente camino del que a la entrada había llevado. Fue a salir al valle de Corpus Christi, donde por la vía del valle de Santo Domingo, pocos días antes había entrado. Es este valle poblado de gente desnuda, a quien por ser más belicosos y guerreros y más robustos y dispuestos que otros ningunos de aquella provincia llaman timotos, y gente desnuda, que no acostumbran traer el cabello largo sino cortado en coletas por junto a las orejas. Están poblados en fuertes que ellos tienen hechos aposta para su conservación y vivienda, no se sabe la causa de ello, si es por guerras que unos con otros tuviesen, o si por temor de los españoles, porque poco tiempo antes estos indios timotos y otros muchos que con ellos se juntaron, habían despoblado con continuas guerras un pueblo que por vía de Venezuela había entre ellos poblado Diego García de Paredes; y esto se tiene por más cierto que temiendo estos indios el castigo de los españoles se habían corroborado y fortalecido con ponerse en estos lugares altos.

Discurrió Maldonado por este valle abajo con algún desabrimiento de muchos soldados, que no quisieran tanta itineración ni trabajos, y puesto en una angostura que bien abajo hace el valle, se apartaron del río sobre la mano derecha, y atravesando una alta cuchilla o loma que por aquella parte se hacía, fueron a dar a un valle bien labrado y poblado, cuyos naturales esperaron de paz, como gente que ya conocían españoles por los de Venezuela. Este valle fue llamado las quebradas de Diego García, por haber sido de este capitán, y por Maldonado fue llamado el valle de las máscaras y calavernas, por haberse bailado en un suntuoso santuario que estos indios tenían muchos bultos enmascarados que de lejos daban muestra de estar bien hechos.

Tuvo en este valle Maldonado algún desabrimiento con los más de los soldados, en confirmación del que atrás habían tenido, y así, siguiéndose por su cólera y pasión, dejando en él rancheados los más soldados, tomó consigo hasta veinte compañeros a la ligera, sin que llevasen ningún carruaje, y atravesando por algunos poblezuelos de todas suertes, en los cuales hallaba algunos vestigios de haber ido por allí españoles, por lo cual los propios indios le salían de paz, fue a dar a un valle muy poblado, que hoy es llamado Tostos, en cuyos remates y fines hacia la parte del más cercana al Tocuyo halló que estaba alojado el capitán Francisco Ruiz, que con hasta cincuenta hombres había entrado, por mandado del gobernador Gutierre de la Peña, que después fue mariscal, a reedificar y poblar el pueblo de Trujillo, que poco antes se había despoblado.

Como Maldonado, por lengua de un soldado que en el camino, al pasar de un río, encontró, tuvo noticia de lo dicho, detúvose sin querer pasar adelante por la poca gente que consigo llevaba; antes, para seguridad de su persona y de los que le acompañaban, buscó el más fuerte sitio y lugar que le pareció para señorear a los contrarios si sobre él viniesen, y luégo envió a Jorge de Albear que fuese a tratar con Ruiz que se viesen los dos capitanes y hablasen otro día siguiente, con cada cuatro compañeros, para determinar lo que se debía hacer, de suerte que no viniesen en rompimiento; porque como Maldonado se hallase con solos veinte hombres, temía venir a las manos con Ruiz que traía más de cincuenta. Albear fue al alojamiento del capitán Ruiz e hizo el concierto según le fue mandado, y dejó concertado que partiendo el camino que en medio había se hablasen a solas con cada dos compañeros; pero como Francisco Ruiz tuviese aviso de la poca fuerza que Maldonado traía consigo, determinó de prenderle a él y a los que le acompañaban, pero para esto no usó de ninguna astucia ni ardid de hombre de guerra; mas otro día, a vista de Maldonado, se movió con toda su gente y carruaje, con que hacía grande ostentación y muestra, a donde Maldonado estaba, el cual, indignándose de lo que había por parecerle que le quebraba la palabra, que por medio de Albear le habían dado, envió al propio Albear a que tratase y supiese la causa de no cumplir lo concertado, y juntamente con esto comenzó a poner en orden los soldados que consigo tenía y animarles y decirles que antes muriesen que se rindiesen, y juntamente con esto, aprovechándose de todos ardides, pues la necesidad presente le daba consentimiento y licencia para ello, a muchos indios que consigo tenía vistió y cubrió con ropas de españoles y a algunos ponía sobre los caballos para que diesen muestra a los contrarios de haber más gente de la que presumían.

Albear, que era persona de buenos medios y bien hablado y entendido, persuadió a Ruiz que la gente no pasase adelante de donde la había encontrado, pues en ley de buen capitán estaba obligado a no quebrar la palabra que él le había dado. Ruiz lo hizo así, tomando consigo cuatro soldados de a caballo, los más escogidos, se acercó con ellos al lugar donde el capitán Maldonado estaba alojado, el cual con sólo dos compañeros salió al camino a hablar con su contrario, y desque se acercaron el capitán Ruiz quisiera con cautela de salutación abrazar a Maldonado, y abrazándolo, tenerlo fuertemente hasta que los demás que le acompañaban echasen mano; pero como Maldonado era hombre avisado, no dio lugar a nada. Desto mas, al tiempo que Ruiz, por vía de congratulación, tendió los brazos para abrazarlo, le puso la lanza delante, diciendo que en tiempo que habían de tener bregas sobre el derecho de aquella tierra en que estaban, no debían llegarse a dar paz el uno al otro en aquella forma, y como esta ocasión se le pasó a Ruiz no curó de alterarse, mas llanamente trató de su negocio, que era dar a entender que toda aquella tierra era de la gobernación de Venezuela y que la venía a poblar y reedificar el pueblo que en ella había estado poblado por Diego García en cierta poblazón y sitio que por sus propios naturales es llamado Escaque; y sin concluir cosa ninguna cada cual se volvió a su alojamiento.

El capitán Ruiz, como consigo tenía soldados que sabían muy bien aquella tierra por haber estado poblados en ella, envió luégo soldados que se fuesen a meter en el lugar donde había estado poblado Diego García, que aun todavía tenía algunas casas en pie; y el propio Ruiz, saliendo con presteza tras de ellos, reedificó el pueblo, y mudándole Santiago, nombrolo y llamolo Mirabel.

El capitán Maldonado luégo despachó mensajeros a llamar la otra gente que atrás había dejado en el valle de las Quebradas, y después de anochecido, con parecer de los que con él estaban, se retiró, y por diferente camino del que había llevado, volvió al segundo día a juntarse con los suyos, porque muchos soldados creyeron que la gente que Ruiz consigo tenía fuese más briosa y lustrosa de lo que después pareció, y que si usaban de la disciplina que debían, aquella noche habían de dar en ellos y desbaratarlos, que lo pudieran bien hacer. Dejó Maldonado en donde habla estado alojado muchas lumbres encendidas que hiciesen ostentación y muestra de estar allí gente, y con esta invención se retiró más seguramente, atravesando con una muy frigidísima noche, aunque clara, la alteza de un muy helado páramo que por delante se les puso, en donde tuvieron más peligro de helarse algunas personas que no el día antes lo habían tenido en tener tan cerca a los enemigos.

Luégo que Maldonado se juntó con los demás soldados que atrás había dejado y les dio noticia de lo que pasaba, les dijo que le había parecido muy buena tierra aquella donde estaban, y de muchos naturales, con que se podía muy bien sustentar; que si todos viniesen en ello que él poblaría allí un pueblo  les repartiría los naturales, y daría orden cómo Ruiz y sus soldados, por fuerza o de grado, se saliesen de la tierra, y él por su persona les ayudaría a sustentar el pueblo todo el tiempo que fuese necesario; pero como desde atrás los más principales soldados viniesen algo estomagados de algunas palabras que con el capitán habían habido, no les pareció bien nada de lo que decía, y así, mostrando contrarias voluntades y opiniones y dando claras muestras de lo que en sus pechos tenían, le respondieron no ser cosa acertada quitar la tierra a cuya era y echar los españoles de sus casas, demás de ponerse a peligro de tener contra sí a toda una gobernación, y que ellos no querían hacer asiento ni parar en aquella tierra ajena, aunque Maldonado poblase en ella. Otros hubo que dieron parecer de que se poblase; pero como éstos eran los menos, y de menor reputación, no hubo lugar de seguir sus votos, y así Maldonado se despidió de los soldados, y de la plática que había propuesto con decir que él tenía de comer y muy buena hacienda e indios en Pamplona, y que sólo pretendía el provecho y utilidad de los soldados que estaban presentes los cuales no lo querían recibir de su mano; que con aquello quedaba cerrada la puerta a cualesquiera quejas que contra él pretendiesen fulminar y dar en cualquier tiempo adelante.

 

Capítulo décimocuarto

En el cual se escribe cómo el capitán Maldonado pobló en los Cuicas, que es una provincia, la ciudad de Santiago de los Caballeros, y después de haber estado en ella tres meses, la mudó y trasladó a la ranchería de San Juan de las Nieves, que es donde hoy está Mérida.

 

Viendo el capitán Maldonado la confusión que entre sus propios soldados había no curó de tratar más en poblar, mas recociendo dentro de su pecho la postema que de la desenvuelta respuesta que le dieron había engendrado, se retiró atrás de donde estaba, a cierto poblazuelo de indios que estaba conjunto a las quebradas de Diego García, una pequeña leguezuela de ellas, y de allí envió a Mérida mensajeros con cartas a llamar a Pero Bravo de Molina, a quien él había dejado por su teniente, para que con la más gente y presteza que pudiese, se viniese a donde él estaba; porque ya que Maldonado no hallaba en los soldados voluntades de permanecer y poblar en aquella tierra, quería con pujanza de gente ponérsele delante a Ruiz y hacerle otro semejante acometimiento que él le había hecho en Tostos; porque Maldonado, de su natural, era hombre vengativo, procuraba que ninguno se la hiciese que no se la pagase, y así luégo que Bravo, con los más de los que con él en Mérida habían quedado, llegó a aquel alojamiento donde Maldonado estaba, se puso en concierto para ir de mano armada a dar en el pueblo de Mirabel, donde Ruiz estaba; pero como Bravo era hombre afable y muy mañoso para hacer confederaciones y otras amistades, no sólo hizo amigos al capitán Maldonado y a los que con él habían quebrado; pero persuadió y pudo tanto con todos los soldados, que les hizo que juntándose todos y firmándolo de sus nombres, pidiesen por cosa muy necesaria a Maldonado que poblase en aquel lugar donde estaba, que ellos sustentarían el pueblo, con ciertas protecciones y requerimientos contra el propio capitán si en ello fuese remiso.

Maldonado, vista la petición de los soldados, hizo hacer informaciones de la necesidad que de poblar había y la utilidad que de ello se seguía a los naturales, y de otras cosas necesarias para su descargo y justificación, y hechas otras diligencias y autos que necesariamente habían de anteceder, pobló su pueblo allí donde estaba, al que puso la ciudad de Santiago de los Caballeros, con protestación de mudarla cuando y adonde conviniese; y luégo, pasando adelante con su primer propósito, hizo apercibir ochenta hombres, y que se aderezasen lo más ricamente que pudiesen, y con ellos se partió para donde Ruiz y sus soldados estaban, y entrándoseles por el pueblo puestos en concierto, dieron a entender que de su propia voluntad usaban de equidad con ellos, no  piendiéndoles ni quitándoles lo que tenían, lo cual pudiera Maldonado hacer sin derramar ninguna sangre, porque demás de llevar consigo gente muy aventajada en todo, los más que con Ruiz estaban era gente bisoña o chapetona y de vil parecer, y que ellos propios, por el aspecto de sus personas daban muestras de ser para poco y algo faltos de bríos, y que, por la influencia y constelación de la tierra donde habían salido y de la donde estaban, traían las colores de los rostros tan amarillas y deslustradas cuanto sus propias personas lo estaban en los trajes. Traían los más de estos soldados una invención de sombreros hechizos de paño bien de reír y de notar, porque demás de ser cada sombrero de diversas colores, la copa era de cuatro esquinas o paredes, como bonete de clérigo, y el ruedo o faldamento del sombrero muy ancho y de cuarto de colores, y por la fimbria del puesto un delgado arquillo que lo tuviese tieso, cosa cierto de que mucho se maravillaban los del Reino, que en las Indias hubiese españoles tan rústicos que tuviesen por cosa curiosa y pulida una invención tan basta y mazorral.

Alojose Maldonado con sus soldados en una parte del propio pueblo de Mirabel, por dar mayor disgusto a los vecinos de él, y allí se estuvo alojado dos o tres días, sin consentir que se hiciese ningún daño en cosa ninguna de los contrarios, ni por fuerza se les tomase nada, antes les compraron algunos caballos y ganado para comer, de que los unos tenían abundancia y los otros falta; y volviéndose a su pueblo de Santiago dende en adelante se trataron amigablemente, pero cada cual decía que la tierra era suya y que  se la desocupasen; mas los naturales, que era sobre quien llovían estas discordias, por haber de sustentar a su costa a los unos y a los otros, se habían de su voluntad inclinado y acostado a la parte de Maldonado, y a él y a sus soldados le servían ordinariamente, y ningunos querían acudir a donde Ruiz estaba, por lo cual se padecía en el pueblo muy gran falta y necesidad de comida de maíz, que es el principal sustento en semejantes tierras y tiempos, y así, algunas veces, el propio capitán Ruiz enviaba sus soldados a donde Maldonado estaba, que se les diese licencia para tomar maíz de algunos pueblos de indios que por allí cerca había, y así se estuvieron los unos y los otros esperando a que cada cual se saliese de la tierra más tiempo de tres meses, hasta que al capitán Maldonado le fue nueva que a Merida había llegado Molina, receptor de la Real Audiencia, que iba a hacer ciertas informaciones contra Juan Rodríguez Juárez, de malos tratamientos de indios, por lo cual, aunque había enviado a Alonso Rodríguez de Mercado y a otras personas principales de las de su pueblo a hablar al gobernador de Venezuela, que ya era Pablos Collado, y no habían vuelto con la respuesta, no curo de esperarlos, sino incontinentemente se volvió a Mérida, y para que adelante algunos émulos suyos no le pudiesen calumniar que había despoblado el pueblo, hizo información que era cosa conveniente pasarlo a la ranchería de San Juan de las Nieves, donde tenía el resto de la gente, que ahora es Mérida, y algo más arriba de donde está edificada la poblazón en un repecho un poco alto que allí se hace, puso la picota e hizo autos de que allí fijaba y trasladaba el pueblo de Santiago de los Caballeros que en la provincia de los cuycas, que así se llama aquella tierra, había poblado, y dejando con apellido de ciudad la gente que allí quedaba, dende a pocos días se salió de ella, con otros muchos que le siguieron, y sin querer repartir huertas, estancias ni solares, ni los indios que en la tierra había, se volvió al Reino a dar cuenta a la Audiencia de lo que en aquella tierra había.

8
 En la "tabla" de Sevilla se lee, debido a una equivocacion material: "salido de Tocuyo para reedificar  Tocuyo".  En la tabla que acompaña al manuscrito no se nombra a Trujillo.
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