Capítulo séptimo
En el cual se escribe cómo estando Lanchero alojado en el pueblo de Caçacota forzó a los indios a que viniesen de paz, y los dejó pacíficos, y de allí se fue al pueblo de Tunungua, donde le tuvieron cercado los indios ciertos días, y la ocasión por que alzaron el cerco. Escríbese aquí la diferencia que hacen estos indios del rincón de Vélez a los otros moscas.
Después que el capitán Lanchero hizo su alojamiento en el pueblo de Caçacota en parte cual convenía para seguridad suya y de sus soldados, procuró ver si por bien, como antes lo había hecho, podría pacificar los indios moscas que en este pueblo y en los demás comarcanos había; pero como estaban coligados por muchas vías con los muzos y con firme propósito de seguir su opinión y rebelión, no se curaban de los halagos que Lanchero les quería hacer, por lo cual este capitán mudó en todo propósito y diose a pacificarlos por rigor y fuerza, haciendo por mano de sus caudillos y soldados muchas correrías a unas y a otras partes, hasta entrar en algunos pueblos y tierras de los inuzos, donde no pequeño trabajo padecían los soldados, porque como esta comarca del rincón de Vélez es toda tierra muy montuosa y cerrada, doblada, áspera y lluviosa, y los indios, como he dicho, muy belicosos, y siempre que se había de ir a dar en alguna ranchería de indios habían de caminar de noche por no ser sentidos y tomar descuidados los indios, y habían de llevar los soldados las armas a cuestas, según la costumbre que en esto se tiene, claro está el excesivo e intolerable trabajo que padecían los españoles, dejando aparte el riesgo de la vida, que era grande, pues cualquier leve rasguño que se diesen con flecha o puya enherbolada les ponía en condición de perder la vida.
Con estas circunstancias, en dos meses que Lanchero estuvo alojado en este pueblo de Caçacota, no cesó, como he dicho, de hacer salidas de noche y de día, dando continuas alboradas a los indios, desasosegándoles y haciendo en ellos algunos ejemplares castigos para poner terror en los demás y hacerles que, con violencia y fuerza, viniesen a efectuar lo que por amor y regalo no habían querido hacer pocos días antes; y aprovechó tanto este rigor y ardid de Lanchero, que en pocos días después que lo comenzó a poner por obra, vinieron de paz todos los rebeldes desde rincón, así el cacique Saboyá como todos los demás indios a él sujetos y sufragáneos, sin que en esta comarca quedase ningún pueblo de indios moscas que no se redujese a la obediencia antigua y fuesen dados a sus encomenderos, que iban allí con Lanchero, y los que estaban ausentes, por haberse quedado en Vélez, el capitán les enviaba los indios a la propia ciudad, con cartas para que los admitiesen con benevolencia. Y desde este tiempo casi ha permanecido este rincón en paz y amistad, sin rebelarse generalmente como antes lo hacían; y si alguna alteración o novedad había, era de algún pueblo o principal particular que prevalecía poco tiempo.
Esta gente mosca de este rincón de Vélez es más serranilla y pequeña de cuerpo que las demás del Reino. Crían todos los más indios e indias, por causa de algunas aguas que beben, en la garganta, grandes papos que los hacen muy feos y de mal parecer. Su mantenimiento es turma y maíz y otros muchos géneros de legumbres que se dan así en tierra fría como caliente, porque de ambas calidades de tierras participan. En lo caliente crían grandes algodonales y hayales, de que tienen gran contrato con la otra gente mosca, sus comarcanos. Son muy buenos olleros, que es particular oficio y contrato entre ellos, y hacen buenas mantas de algodón, pero con la inclinación y afición que a la idolatría tienen, nunca se cubren sino con las más ruines mantas y de menos valor, y las otras venden por tener oro que ofrecer a sus simulacros. Son grandes cazadores así de venados como de conejos, baquiras, lagartijas, culebras, ratones y otras sabandijas, todas las cuales comen sin ningún escrúpulo ni asco; y con tener el continuo trato que tienen con los indios muzos, que son caribes, nunca a éstos se les ha sentido comer carne humana.
En sus entierros y otras ceremonias y ritos siguen la costumbre de los demás indios moscas de quien atrás se ha escrito largo1, aunque éstos lo hacen más bestialmente, porque después de hecha la sepultura, que es un hoyo hondo y redondo y tal cual conviene, hacen en lo hondo de él una barbacoa a manera descañillo o banquillo donde asientan al difunto, y con él meten a la más querida mujer que tiene y a los esclavos y esclavas que le sirven, todos vivos, y todas sus armas y múcuras o cántaros y piedras de moler, y casi todas las baratijas señaladas que hay en casa, y todo el oro que tiene, lo cual le ponen por las orejas y narices y en la boca y en otras partes de su cuerpo; y luégo les cubren el hoyo de suerte que quede hueco en donde está el muerto y la demás gente, pero de suerte que jamás puedan salir de allí; y esto solamente lo hacen los caciques y algunos capitanes de mucho posible.
El capitán Lanchero, ya que tuvo toda esta gente pacífica y puesta en la servidumbre de sus encomenderos, alzó sus toldos y fardaje y caminó la vía derecha para entrarse en Muzo; pero el día propio que salió del alojamiento de Caçacota, ya que era hora de ranchear, dio en el río de Tracunqua, a quien por otro nombre llaman los españoles río de Sedeño, por haber muerto en él un soldado de este nombre un árbol que fue cortado para puente, como adelante se dirá; el cual por ir tan furioso y con tanta agua, y no tener vado acomodado, no se pudo pasar este día, y por no tener en sus riberas playa en qué poderse alojar los españoles, les fue forzoso volver atrás a lo alto de una loma que a las espaldas dejaban; y aunque el día siguiente se intentó por la propia parte pasar el río, no dio a ello lugar la velocidad del agua y la hondura de la canal que lo estorbaba, que puso en condición al capitán y soldados de volverse atrás a entrar por otra parte, que fuera harto dañoso para el Reino, porque si los soldados se vieran fuera de la jornada y entraran en tierra que pudieran sin temor esconderse, los más desampararan al capitán y le dejaran burlado; pero él lo consideró mejor, porque envió a ciertos soldados con Francisco Morcillo que corriesen el río arriba y abajo, y diesen orden, si no hallasen vado para pasar, en cómo se hiciese una puente. Morcillo y los que con él iban lo anduvieron diligentemente y vieron estar de la otra banda del río un muy crecido y grueso árbol, que según dende a poco la experiencia lo mostró, cuatro hombres tendidos los brazos alrededor de él, no lo podían abarcar o abrazar.
Pasaron el río a nado seis soldados, con harto riesgo de sus personas, llevando hachas para cortar el árbol, y poniéndolo por la obra, lo que parecía dificultoso y que en dos ni tres días no se haría, se hizo en menos de media hora, porque según parece estaba el árbol puesto en una barranca o ladera, por cuya causa tenía descarnadas y limpias de tierra todas las más de las principales raíces, y sola una que de la parte de arriba tenía lo sustentaba, la cual cortada comenzó al árbol a hacer sentimiento y a declinar. Los que lo cortaban comenzaron a dar voces a los que de la otra banda estaban que se apartasen que iba el árbol sobre ellos; no quisieron creerlo, antes se reían de lo que les decían, por parecerles cosa imposible que tan en breve viniese el árbol a tierra, y así cuando acordaron estaba ya la copa del árbol sobre ellos, y cogiendo a los más debajo mató a Francisco Sedeño, buen soldado, natural de Arévalo, y lastimó a otros españoles e indios ladinos y de servicio que allí cerca se hallaron. El palo o árbol era de tan buen grosor que allanado con hachas y aderezado con barrotes y fajina que encima le pusieron, por él pasó toda la gente que Lanchero consigo traía, y todos los caballos y ganados y otros fardajes y carruajes que llevaban, sin que se perdiese ni pereciese cosa alguna, que fue muy mucha ayuda y parte para que la provincia de Muzo se pacificase y poblase como hoy lo está.
Por las causas dichas arriba los naturales muzos que por allí cerca estaban pretendieron defender el pasaje de la puente a los españoles, para el cual efecto vinieron al paso del río mucha cantidad de ellos armados y emplumajados y a uso de guerra; pero los nuestros lo hicieron tan bien con los pocos arcabuces y sobrados ánimos que tenían, que en breve tiempo ahuyentaron y echaron los indios de sobre la puente, con algún daño que en ellos hicieron, y pasaron todo lo que había que pasar con la seguridad dicha, sin que ningún español peligrase ni fuese herido.
Siguió su jornada Lanchero, y fuese alojar al valle de Tunguana, al mismo pueblo dicho de este nombre, donde por la fertilidad y abundancia de comidas determinó el capitán holgarse la pascua de navidad, que venía cerca, y algunos días más, que fue causa de que los indios comarcanos y del propio valle tuviesen lugar de apellidarse y congregarse para venir a dar sobre los españoles. Pero aunque se juntaron más de veinte mil indios que acordada y determinadamente vinieron a dar sobre el alojamiento, ningún daño hicieron en los nuestros, antes fueron por ellos recibidos animosamente y rebatidos con daño y muerte de algunos de los bárbaros, los cuales no por eso se apartaron mucho de la ranchería y alojamiento de los españoles, antes a vista de él se alojaron en círculo redondo, casi tomándolo en medio, a manera de cerca, donde estuvieron muchos días recibiendo y haciendo daño, porque los españoles nunca cesaban de dar en ellos algunas alboradas por parte que ellos no pensaban, con que los desasosegaban e inquietaban y maltrataban.
Estaban en este cerco estos bárbaros puestos por su orden en parcialidades, de tal suerte que la gente de un pueblo con su cacique o capitán estaban por sí, y las del otro por si, y así todas por esta orden, aunque no muy apartados unos de otros. Tuvo este cerco por algunos días, sin que los indios se quitasen de él basta que por cierta ocasión que aquí diré se fueron ellos de su voluntad.
Acaso un día de mañana se acercó al alojamiento de los españoles una de estas parcialidades, cuyo capitán o cacique traía en la mano una lanza jineta que antes habían habido de los españoles que mataron, el cual la hincó en el suelo y se sentó o puso a par de ella, y otros muchos indios hicieron lo mismo, dando grandes voces y alaridos en vituperio de los españoles, significando por ellos que en breve tiempo los habían de matar a todos y comérselos y otras barbarerías e improperios. Lanchero, viendo la rústica desvergüenza de este bárbaro, tomó un arcabuz a quien por su grandeza llamaban el mosquete, y cargolo y echole tres pelotas, y apuntándolo donde el principal cacique estaba, que era de la lanza jineta, con la una pelota llevó la lanza y el indio o cacique la había traído, y con las otras dos mató a otros dos indios que junto a él estaban, y atemorizados los indios de este tiro y estrago que Lanchero había hecho, se retiraron y todos de conformidad alzaron el cerco y se fueron de la presencia de los españoles. Algunos soldados tuvieron por muy venturoso esto, por respeto de la mucha distancia que había desde donde disparó basta donde hizo el daño, tanto que entre todos los arcabuces que llevaban no hallaron ninguno que llegase con mucha parte a este tiro que Lanchero hizo, aunque después lo experimentaron muchas veces.
Capítulo octavo
En el cual se escribe cómo salido Lanchero y los demás españoles de Tuningua, y caminando, tuvieron algunas refriegas con los indios y se fueron alojar a la loma que llamaron de San Sebastián, de donde salieron al Reino por municiones. Escríbese aquí lo sucedido durante el tiempo que estuvieron alojados en esta loma de San Sebastián.
Pasada la pascua, Lanchero envió algunas escuadras con gente a que corriesen la tierra y procurasen haber algunos indios para guías y tomar de ellos lengua y noticia de lo que le convenía; pero los naturales habían fortalecido los caminos con grandes trampas que en partes peligrosas tenían armadas de muy gruesos, largos y pesados maderos, y con muy hondos y anchos hoyos que en ellos hacían, poblados de muy grandes estacas las puntas arriba untadas con ponzoñosa yerba, y cubiertos por encima según que en otras partes de esta Historia queda declarado, y ultra de esto hacían en el camino otros más pequeños hoyos, cuanto cupiesen en ellos el pie solamente, en los cuales ponían puyas de palma enherboladas para que se las hincasen por las plantas de los pies. Pero todos estos ardides y cautelas de los indios no eran bastantes para ofender a los nuestros; porque como los españoles conocían ya cuán belicosa y guerrera gente era ésta, y que se habían de aprovechar contra ellos de todas las traiciones que pudiesen inventar, caminaban siempre con cuidado y vigilancia, mirando con diligencia lo que en el camino había. Dieron asímismo los nuestros en unos lazos que los indios tenían puestos en el suelo en lugares altos y conjuntos a muy hondos despeñaderos, para en poniendo cualquier persona los pies dentro el círculo del lazo, tirar de ellos los indios que de la parte de abajo estaban puestos a punto para el efecto; y si acaso con el lazo hacían o hicieran presa en los pies de algún español no había remediarlo, porque con muy gran presteza daban con él de la barranca o despeñadero abajo, donde se había de hacer pedazos.
Mas pasando por todos estos riesgos siempre iban a dar en algunas rancherías y alojamientos de indios, con los cuales tuvieron algunas refriegas y guazabaras, como suelen decir pie a pie, pero siempre quedaba la victoria por los nuestros; porque como los indios creían estar seguros en sus alojamientos, vivían con algún descuido y eran de repente asaltados de los nuestros, de lo cual les redundaba tanta alteración y turbación que cuando venían a tomar las armas por defender sus personas y mujeres e hijos, estaban ya los más descalabrados.
A cabo de mes y medio que Lanchero había estado alojado en el pueblo de Tunungua, se movió con su gente para adelante, donde el propio día que comenzó a marchar dio en una montaña áspera y muy cerrada y de muy peligrosos pasos y entradas, en los cuales se pusieron gran cantidad y número de indios a defender el pasaje a los nuestros. Venían todos los indios, según su costumbre, muy embijados, pintados y emplumajados y aun bien borrachos y con gran estruendo de cornetas, fotutos y otros bárbaros instrumentos de que en las guerras y en las fiestas usan, y por ser tantos en número defendían obstinadamente el pasaje a los nuestros, porque según afirman algunos de los que presentes se hallaron, estaban en esta defensa más de quince mil indios, a los cuales les era muy favorable el arcabuco o montaña en la cual cuando les convenía se metían, y de allí, sin poder ser ofendidos de los arcabuces de los españoles, ofendían a los nuestros. En esta refriega dieron estos bárbaros un flechazo a una mujer sevillana que en esta jornada iba con su marido, que era portugués, llamado Juan González, natural de Mertula. La flecha le dio por la garganta y llevaba yerba Ponzoñosa, y así murió luégo rabiando. Tomaron los indios a los españoles una botija perulera, llena de pólvora, que les hizo harta falta, y otras muchas petacas y puercos, y con todo se quedaron. Duró la pelea desde horas de misa mayor hasta la noche, sin que pudiesen los españoles salir de la maleza de aquesta montaña, y así les fue forzoso alojarse aquella noche en ella, sin osar encender lumbre a causa de que los indios toda la noche estuvieron sobre ellos, sin cesar de tirar a tiento sus flechas. Los españoles, asímismo, disparaban sus arcabuces contra los indios sin puntería, porque con la oscuridad de la noche y espesura de la montaña no podían tirar sino era a tiento hacia donde oían las voces y alaridos de los indios, que eran grandes y lo habían sido todo el día, con grandes amenazas que contra los nuestros hablaban y decían, mostrándoles ciertas cabuyas o sogas que consigo traían para llevar atados a los españoles, de quien loca y vanamente pensaban en llegando haber entera victoria y llevarlos para comer; pero jamás tuvieron atrevimiento, con ser tantos y tan belicosos, de barloar ni romper con los nuestros.
La noche se pasó con harto trabajo de los españoles, sin que ninguno de todos ellos durmiese ni reposase, porque demás de la guerra que los indios les hacían era tanta el agua que llovía que los tenía bien afligidos y trabajados; y el siguiente día Lanchero caminó por la montaña adelante con harta pena de que con la obscuridad de la noche había enviado a Alonso de Poveda con cinco compañeros a que viesen si estaba embarazado el camino que habían de llevar y nunca habían vuelto, porque perdieron el camino y no pudieron atinar donde el capitán estaba; pero en saliendo de toda aquella montaña los topó en lo raso y reprehendió su descuido; y prosiguiendo su camino hasta llegar al pueblo llamado Puripi, cuyos naturales, aunque habían desamparado el pueblo, volvieron a dar desasosiego a los españoles, y arrojando en el alojamiento algunas flechas a la ventura hirieron algunas piezas e indios ladinos, que de ello murieron rabiando.
En este pueblo de Puripi estuvieron poco los españoles, aunque estaba bien proveído de comida, y pasando adelante se fueron a alojar a una loma alta que está en términos de los pueblos muzos llamados Topo y Pauna, a la cual los españoles llamaron la loma de San Sebastián, por respeto de haberse alojado en ella la víspera de San Sebastián, mártir bienaventurado y glorioso, y porque el capitán y los soldados, considerando el peligro en que andaban, instituyeron una cofradía del propio glorioso mártir.
En esta loma y alojamiento se detuvo la gente algún tiempo, a causa de que les fue necesario enviar por municiones y socorro al Reino, porque de todo tenían falta y necesidad. Para este efecto fueron nombrados Alonso de Aguilar, vecino de Tunja, y Alonso de Poveda, vecino de Vélez, y con ellos, para volver y meter el socorro, Benito de Poveda, persona de quien Lanchero hacía mucho caso y confianza, y para que fuesen seguros de las asechanzas de los indios fueron ciertos españoles otros y Alonso Ramírez por su caudillo a echarlos fuéra de la tierra de guerra por do habían de pasar, cuyos naturales se juntaron y salieron al camino a estos españoles y los fueron siguiendo y flechando casi todo el tiempo que caminaron por su tierra, con grandes alharacas y alaridos que de placer daban, pareciéndoles que estaba en su mano el matarlos. Pero todavía les damnificaron, porque les hirieron cuatro españoles, uno de los cuales fue Alonso de Aguilar, que en llegando a Tunja murió con grave tormento y dolor de la yerba.
Llegados a donde reconocieron tierra del Reino, Alonso Ramírez despidió los que habían de salir y él dio la vuelta para donde había quedado el capitán Lanchero, contra la voluntad y opinión de algunos de los que con él habían salido, que quisieran no volver a entrar dentro de la tierra de los muzos, por verse libres de tan evidentes peligros y temiendo que los indios les siguieran con la obstinación que antes, a la salida, habían hecho.
Los indios que cerca la loma y alojamiento de los españoles tenían sus poblazones, viendo la división que había, y pareciéndole tiempo acomodado para haber victoria, se juntaron con gran presteza y vinieron a poner cerco en los españoles con designio de destruírlos y matarlos; pero no hicieron el acometimiento tan presto como lo habían de hacer, que fue causa que quedasen frustrados de sus designios, como luégo se dirá. Lanchero tuvo gran temor de ser esta vez desbaratado de los indios, porque no tenía en su compañía más de veinte hombres que pudiesen pelear, porque todos los más estaban heridos de flechazos que habían recibido, y otros se habían muerto con la ponzoña de la yerba, y así le fue necesario mostrar más ánimo y coadunar a los suyos, para que si los enemigos llegasen a rompimiento con ellos se pudiesen defender mejor. Los indios que a Lanchero tenían cercado enviaron dos mensajeros a los españoles con color de que querían tener tratos de paz, pero cautelosamente para que viesen y reconociesen la gente que en el alojamiento había. El capitán entendió su cautela y usó de otra mayor, y fue que después de haber dicho a los indios que se holgaba de que los caciques y principales y los demás indios viniesen de paz, se entró con ellos a platicar en una casa o bohío que tenía dos puertas, por las cuales hizo que mudándose los soldados los trajes y vestidos que tenían diversas veces entrasen unos y saliesen otros, con lo cual hicieron ostentación y muestra de mucha gente: unos soltaban arcabuces y otros cabalgaban en los caballos; y los indios mensajeros informados de la mucha gente que les pareció que habían visto, se volvieron a lo alto a donde estaban los caciques e indios que cercados tenían a los españoles, y les significaron y dijeron mucho más de lo que habían visto, que fue principal causa para que los indios no acometiesen a los españoles como lo quisieron hacer empero ellos.
Estando en aquesto llegaron los indios que habían ido siguiendo a los españoles que salieron por el socorro y se pusieron a vista del alojamiento y comenzaron a decir a grandes voces que venían de matar a los demás españoles y que lo mismo pretendían hacer a los cercados; y para certificación de ello hicieron desde donde estaban demostración de la cabeza de un perro que habían tomado y muerto a los propios españoles, y de otras cosas que los tiempos de antes habían habido de españoles, con lo cual se les dobló el temor a Lanchero y a los que con él estaban, y tuvieron que fuese así verdad lo que los indios decían por las señas que mostraban.
A esta sazón, Ramírez se acercaba a la loma, donde oyó la gritería y vocerío de los indios que cercado tenían el alojamiento, y poniéndose a punto de pelear él y los otros españoles que sanos con el venían, se fue acercando a los indios lo más escondidamente que pudo, llevando cargados los arcabuces y las mechas en las serpentinas, y así, de repente, dieron por las espaldas en la mayor parte de los indios que daban las voces, en los cuales hicieron tal estrago y los amedrentaron y alborotaron tan de veras, que dende a poco tiempo no paró ni pareció indio por toda la comarca del alojamiento. Fue gran consuelo y aun remedio para Lanchero y los que con él estaban, este asalto que estos españoles hicieron en los indios, y así fueron por ellos recibidos con mucho contento y alegría de todos, sanos y enfermos.
El capitán Lanchero, como estaba determinado y lo había prometido de esperar en este propio sitio a Benito López de Poveda, que había ido por la munición y socorro al Reino, comenzó a enviar soldados fuéra con caudillos, a ver si podría efectuar la paz con los indios; pero estas salidas no sólo no hicieron ningún buen efecto, pero redundó en daño suyo y de sus soldados, porque en ellas le hirieron en veces algunos soldados, que le hicieron harta falta, porque ninguna vez salieron, así por comida como al efecto dicho, que no fuesen acometidos de los indios y tuviesen con ellos refriegas y guazabaras y otros alborotos; y aunque los indios iban siempre maltratados y descalabrados, no por eso se aplacaban ni humillaban, antes se encendían más en odio y cólera iracunda, y con pertinacia y dureza perseguían y acometían a los españoles doquiera que iban, aunque no fuesen a buscarlos ni hacerles daño.
Cumplido el tiempo en que Poveda había de volver con las municiones y socorro, Lanchero envió al mismo Alonso Ramírez, con diez o doce compañeros, que lo fuesen a meter y asegurar de los indios de guerra. Salió con estos españoles hasta Susa, pueblo de indios moscas, en términos de Tunja, de la encomienda del mismo Lanchero, donde hallaron a Benito López de Poveda a punto con mucha pólvora y plomo y gran cantidad de bizcocho y harina, tocinos y perniles y otras cosas de comer de las cuales tenían mucha necesidad, porque había ya días que no comían sino era maíz y legumbres, y si acertaba a morir algún caballo de flechazos que los indios le daban, se comían la carne, que no les debía de saber mal; y con toda la presteza a ellos posible dieron la vuelta y se entraron en Muzo con más de trescientas cargas de indios que de todos mantenimientos y municiones llevaron, con que dieron gran contento a los demás españoles, y luégo el capitán ordenó de pasar adelante, porque había ya más de mes y medio o dos meses que estaban en este alojamiento, donde tan poco habían ganado con los indios, pues le habían muerto ciertos españoles que, como he dicho, le hicieron harta falta, y herídole otros muchos que no estaban para tomar armas ni pelear.
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Se trata de una referencia al libro 5° del manuscrito original, suprimido, por lo cual fue tachada la frase
