Capítulo vigésimo primero
En el cual se escribe cómo Juan de Penagos se salió de Muzo, y cómo Morcillo, a quien Penagos dejó por su teniente, salió con gente a pacificar los naturales de la parte y poblazones de Topo.
Las pocas riquezas y piedras esmeraldas que a este tiempo se sacaban y la mucha guerra que los indios daban fue causa que Juan de Penagos, tomando una honrosa ocasión, que fue ir a dar cuenta al presidente de lo que en la tierra había, se saliese de ella, y así, nombrando y dejando por su teniente a Francisco Morcillo, que antes lo era, se fue a la ciudad de Santafé.
Morcillo, como persona a quien le iba su parte en que la tierra se apaciguase, y no se estuviese en su rebelión, tomó consigo treinta y siete soldados bien aderezados y tomó la vía de Topo, para por aquella parte en la cual continuo había rebeliones y juntas de indios alterados, andarse algunos días, procurando por amor o por rigor, pacificar los indios, y aunque los Morcillo y los que con él iban pusieron toda la diligencia a ellos posible en pacificar este rincón haciendo continuas salidas de noche y de día a una y a otra parte y trayendo continuamente desasoseganos los indios, no por eso aprovechó cosa alguna su continuo trabajo, antes cada día daban muestras de más obstinados, por lo cual el caudillo o teniente acordó de les hacer otro modo de çevil guerra, talándoles las comidas y desperdiciándoselas por todas vías, enviando soldados a una y a otra parte de la comarca que no entendían en otra cosa sino en cortar y arrancar las labranzas verdes y secas; y tampoco les aprovechó antes siempre se endurecían más, pero no venían a hacer acometimientos ni dar guazabaras a los españoles con la desvergüenza ni tan atrevidamente como antes solían, porque ya a esta sazón tenían los españoles perros de ayuda a quien los indios habían cobrado muy gran miedo y temor. Por su causa no se osaban acercar a donde los españoles estaban; que fue gran ayuda esto de los perros para que los nuestros pudiesen ir y pasar adelante con la sustentación de su pueblo y soportar los trabajos de la guerra, porque como los perros son grandes venteadores y rastreros, en acercándose los indios a los españoles luégo los sentían y descubrían y daban en ellos y a bocados los ahuyentaban y echaban de sobre los nuestros; porque el indio que un perro de estos alcanza, a dos zaleadas lo descompone y lastima malamente.
Cesaron asímismo las emboscadas y saltos que los indios se ponían a hacer en los caminos arcabucosos y montuosos donde los nuestros no les podían ofender en cosa alguna, porque como los indios no llevan encima de sus carnes cosa alguna que les impida ni que se pueda trabar o asir a los palos o ramas de las montañas, cuelan por donde otro cualquier animal, casi sin dejar rastro ni hacer mucho estruendo. Los perros los seguían por tales partes como estas, y vengaban por sí solos los daños en los dañadores. Demás de esto, cuando los indios se ponían por los altos a dar grita, en oyéndolos los perros, ellos mismos, con su natural distinto, echando de ver que eran enemigos, se iban a ellos por partes encubiertas, por no ser vistos, y los saltaban de repente y hacían en ellos el daño que podían, y con tener tan buenos compañeros y ayudas los españoles, no podían ni pudieron de esta vez sujetar ni traer de paz a los indios, antes se ponían en algunas partes apartadas donde los perros no les pudiesen dar alcance, y decían que les hiciesen el daño que pudiesen, porque ellos tenían presupuesto de antes morir que servir, palabra cierto de hombres que deseaban conservar su libertad. Y la guerra principal que ya de aquí por delante hacían por el temor de los perros era poner puyas con yerba por todas las partes que les parecía que podían o habían de andar los nuestros, con lo cual les hacían harta guerra, pues no podían llevar los pies seguros por ninguna parte, y así de cada día se les empuyaban muchos indios amigos y del servicio de los españoles que se desmandaban a andar por muchas partes peligrosas.
Mataron los españoles en este pueblo de Topo un tigre muy grande y disforme, que en este pueblo y en otros comarcanos había hecho muy grandes daños, matando muchos indios e indias naturales de ellos. La orden que en matarlo tuvieron fue: que habiendo el tigre acudido al alojamiento de los españoles y muerto un perro y herido otros dos, le hicieron un corral con una puerta de golpe, a manera de ratonera cubierta por encima, y metiéndola dentro uno de los perros heridos acudió el tigre a comerlo y cayó la puerta y quedose dentro, donde, como he dicho, lo tomaron, que fue gran contento para los indios de aquella tierra saber que el tigre era muerto. Es opinión que se tiene por cierta que cuando un tigre acude a un alojamiento o pueblo donde hay españoles e indios y perros, que primero acude a matar y comer de los perros, y si no los hay sino españoles e indios, a los indios, y si no hay sino españoles solos a ellos o en ellos hace presa. Pero con toda esta buena obra no bastaba ni prestaba cosa alguna para que los indios diesen la paz, antes después, continuando su perverso guerrear, pusieron muchas puyas por el camino que los españoles habían de llevar, según que antes lo habían hecho, y quemaban los bohíos de sus pueblos porque no se alojasen en ellos, y lo más apartado que podían daban muy grandes gritas y alaridos en señal de regocijo y placer, tocando sus instrumentos y fotutos y un gran cencerro que consigo traían, con que enteramente solemnizaban su bárbaro regocijo.
Morcillo, viendo cuán poco prestaba con estos bárbaros el halagarles ni amansarles, dejando la más de la gente en el alojamiento donde estaba, con buena custodia, tomó consigo doce soldados, y caminando toda la noche, de grandes truenos y relámpagos y agua, fue a amanecer sobre unas rozas o labranzas de indios, en las cuales estaban alojados mucha gente con sus mujeres e hijos; dieron en ellos de repente, y prendieron muchas personas de todo sexo, con las cuales Morcillo se volvió a donde había quedado el resto de la gente, donde para ver si podían asegurar y traer de paz los indios, fueron sueltas muchas personas de las que la noche antes se prendieron, para que fuesen a tratar de paces y para que los demás indios, viendo la liberalidad de que habían usado y usaban los nuestros, se ablandasen y allegasen a la razón, pero ni los unos ni los otros nunca más volvieron, y los demás que se habían tomado se huyeron poco a poco. Morcillo, viendo el poco provecho que hacía y los muchos días que había que andaban fuéra del pueblo, pareciole que era ya tiempo de volverse, y así caminó para la Trinidad, pasando por algunos pueblos de indios que tenían bien proveídos los caminos de puyas y hoyos en los cuales tomó todo el maíz que pudo, y con ello se volvió a entrar en el pueblo, de que los que en él habían quedado recibieron harto enojo, porque con el poco efecto que Morcillo con su salida había hecho, había de ser más obstinada la rebelión de los indios y guerra que se les había de hacer y la que los propios indios habían de hacer.
El alzamiento general de los indios que én este tiempo había, era causa de que las minas de las esmeraldas no se labrasen ni de ellas se sacasen piedras para remediar la necesidad y falta de comida que había en el pueblo, porque ni tenían carne fresca ni salada ni aun quién se la diese ni quisiese vender ni fiar, y así se mantenían miserablemente, sin poderse hartar de maíz, porque en el pueblo no lo sembraban, y siempre habían de ir a tomarlo a los indios de lo que ellos tenían para su sustento y comida, y esto no se podía hacer todas veces, porque ni ya los soldados podían tolerar tanto trabajo y andar con las armas a cuestas ni todas veces tenía quién se lo trujese si ellos mesmos no lo traían a cuestas; pero como la hambre haga a los hombres hacer más de lo que querrían, y aun muchas veces más de lo que pueden, salieron dende a ciertos días que Morcillo volvió algunos españoles con un caudillo, y fueron por otra parte diferente de la por donde Morcillo había andado e ido, cuyos naturales, pretendiendo defender las comidas, salieron de mano armada a los españoles, dándoles grita y tirando de lejos algunas flechas, pero no acercándose de suerte que llegasen a las manos por temor de los perros: los nuestros hicieron el maíz que hubieron menester y con ello se volvieron sin recibir daño ninguno más de hallar como siempre embarazado el camino con puyas de yerba, las cuales se quebraban y quitaban con las antiparas de algodón que algunos españoles, que delante iban, llevaban calzadas; porque según en otra parte he declarado, estas antiparas son estophadas y colchadas con mucho algodón, que tienen más grosor que tres dedos, por las cuales no puede pasar la puya, y así, con estas van quebrando los delanteros las puyas que los indios tienen puestas y abriendo y aclarando el camino para que los que van detrás no se empuyen ni lastimen.
Llegaron los soldados al pueblo sin recibir, como he dicho, daño ninguno. Con la comida que llevaron se sustentaron algunos días, aunque trabajosamente, esperando la vuelta y entrada de Juan de Penagos para que diese orden en las cosas de la pacificación de la tierra y en que se labrasen las minas de las esmeraldas, en quien tenían grande esperanza que había de ser principal remedio suyo, porque si sacaban esmeraldas de las minas, como lo esperaban y pretendían, habían de acudir gentes de todas partes a comprarlas con ganados y mercaderías y otras cosas necesarias, y así habría lugar de sustentarse ellos y conquistarse la tierra, como después se hizo a la letra.
Capítulo vigésimosegundo
En el cual se escribe cómo Penagos tomó a entrar en Muzo con más cumplidas comisiones que de antes, y halló los indios obstinados en su rebelión, los cuales no pudo pacificar, y cómo fue proveído segunda vez Cepeda de Ayala por corregidor y juez de residencia contra Penagos, el cual entrado en Muzo fue a la villa de la Palma e hizo que los términos de entre estos dos pueblos se echasen y amojonasen.
Después de haber algunos días que Juan de Penagos estuvo en el Reino, como hasta este tiempo no estaban encomendados los indios de la ciudad de la Trinidad, alcanzó comisión y facultad para que pudiese hacer una masa toda la tierra y repartirla de nuevo entre los que mejor lo mereciesen, que fue justamente proveído por haber en la tierra muchos a quien se les había hecho notorio agravio, y asimismo se le dio comisión para que pudiese echar los términos entre este pueblo de la Trinidad y la Palma1, con lo cual Penagos se volvió a entrar en Muzo y halló la tierra en el estado y peligro que he referido, sin que los indios se hubiesen aplacado cosa alguna, antes cada día crecía su desvergüenza y atrevimiento, llegándose al pueblo o a las estancias que cerca de él estaban, y pegando fuego a los bohíos o casas que los vecinos allí tenían y matándoles los indios que hallaban.
Penagos, creyendo que la autoridad que acerca de los españoles tenía se extendiera o extendía a los indios, envió diversas veces sus caudillos con gente por la provincia a llamar los naturales de paz, porque no quería hacer el nuevo repartimiento que le era mandado sin tenerlos primero pacíficos; pero, aunque los caudillos y soldados hacían todo su posible, ninguna cosa les prestaba, porque se dice que estos bárbaros, en confirmación de su obstinada rebelión, hicieron cierta forma de juramento o vínculo, prometiendo en él de sustentar continuamente, guerra contra los españoles y no serles amigos ni servirles, y dícese que esta ceremonia de que estos indios usaron, fue escupir todos en el fuego, que es cosa que lo que debajo de ella prometen no la pueden ni deben quebrantar, y así, cuando los españoles les tomaban algún muchacho o muchacha, luégo se ponían en un alto y les decían: dejad a esos, no los matéis, porque ellos son los que han de servir, que nosotros primero hemos de morir todos que os sirvamos. Y como tan continuas salidas a una y a otra parte no aprovechaban de cosa alguna, y los indios se estaban en su dureza, muchos o los más de los españoles estaban como hombres angustiados y aflitos, de ver el continuo trabajo que de día y de noche padecían, y sobre esto el no comer cosa que les diese sustancia, porque como he dicho, carecían de todo género de carne; y por otra parte se les representaba que en el removimiento que de la tierra había de haber y Penagos había de hacer, no les habían de dar indios, o ya que se los diesen, había de ser en parte que no les aprovechase ni tuviesen provecho de ellos.
Penagos, deseando alcanzar la paz de los indios, no cesaba de enviar gente por los pueblos a persuadir a los indios que se mitigasen, pero ni esperaban a oír sus razones ni aun creo que las amaban entender. Ultimamente envió a Miguel Gómez con soldados a traer comida y llamar de paz los indios de cierto pueblo llamado Donito; pero lo que en esta salida se efectuó, fue que los indios les tenían armada una trampa en el camino por do habían de pasar, y metiéndose los españoles inconsideradamente debajo della, desarmose la trampa y cogió debajo tres españoles, que al uno llamado Alonso Díaz, portugués de la ribera de Lisboa, lo ahajó e hizo una torta. Los otros dos no murieron, pero quedaron lastimados. Llegó este caudillo a Nito; recibiéronle los indios con su solemnidad acostumbrada de puyas, hoyos, flechas y gran música de cornetas, dando siempre grandes muestras de la contumacia en que estaban; y así revolvió Miguel Gómez con el trabajo suyo y de sus compañeros, que fue grande, y después de esto con el daño que la trampa hizo. Penagos, viendo esto, tomó a enviar más caudillos y gente 2. Algunas salidas después de la dicha se hicieron, y mataron a Francisco Morcillo, su teniente, y a Pedro de Ormea, de la ribera de Génova, y a Alonso de Porras, y otros, sin que los indios recibiesen daño ninguno, porque como he dicho, ya no curaban de llegarse a flechar ni a dar guazabara a los españoles, sino ponerles puyas enherboladas por todas partes, en que se empuyaban los que acertaban a no llevar antiparas, las cuales por su gran peso y gran calor de la tierra, no se pueden llevar calzadas por todo el camino.
Sentía Penagos tanto estas cosas y el no poder remediar estos daños, que ya estaba arrepentido de haber tornado a entrar, especialmente que los más de los soldados, por las causas dichas, ya no querían salir fuéra a ninguna parte, por lo cual le era a él necesario y forzoso apremiarlos a ello, y por estas causas lo comenzaban aborrecer algunos soldados, y él en sí mismo sentía que se iba haciendo mal quisto; por todo lo cual determinó de salirse y no esperar más a repartir la tierra ni a buscar esmeraldas, que le parecía riqueza con más dolor que valor, y así escribió al presidente y a los oidores que le enviasen quién le tomase residencia, porque él se quería volver a su casa. El presidente, pareciéndole que por ser mancebo y buen soldado Cepeda de Ayala, que poco antes había sido corregidor, pondría todo calor y diligencia en pacificar la tierra, lo nombró de nuevo por corregidor de Muzo, y la Audiencia le dio poder para que tomase residencia a Penagos.
Holgose Cepeda de Ayala con este proveimiento, por triunfar de quien tanto disgusto le había dado en ser causa de que le quitasen del cargo. Entró con brevedad en Muzo e hizo demostración ante el cabildo de los recaudos que llevaba, y fue recibido por corregidor y juez de residencia contra Penagos, la cual luégo hizo apregonar y se la tomó, y Penagos la dio con gran contento, por salirse de tierra tan peligrosa. Concluso esto, Cepeda de Ayala juntó la gente y vecinos del pueblo y les dijo cómo traía comisión para repartir los indios, lo cual no se podía efectuar sino era echando primeramente los términos entre este pueblo y la villa de la Palma, para lo cual él traía comisión, que les rogaba se animasen a ir con él, porque la tierra estaba, como vían, de guerra, y no se podía caminar sino era con junta de gente. Vinieron los vecinos en lo que Ayala decía, y así se aprestaron los que fueron señalados para el viaje, que serían treinta hombres, con los cuales Ayala caminó llevando lo más del camino la vanguardia con sus antiparas calzadas, para quebrar las puyas de que había harta abundancia por toda la vía que llevaban, en la cual tuvieron muchos acometimientos de los indios de la tierra, que se ponían a defender algunos peligrosos pasos y a estorbar el pasaje a los españoles; pero Cepeda de Ayala y los que con él iban lo hicieron tan bien que sin perder ningún soldado hubieron siempre victoria de los indios, echándolos de los lugares altos que pretendían defender, haciendo muchas veces algún daño y estrago en ellos; con las cuales cosas, y con la aspereza y agrura de la tierra, padecieron muy muchos trabajos, hasta llegar a la villa, donde fueron muy bien recibidos y hospedados de los vecinos de aquel pueblo, en el cual era corregidor a la sazón don Antonio de Toledo, que estaba ausente en la ciudad de Mariquita, con quien se habían de hacer los conciertos y echar los términos, por comisión particular de la Audiencia a él dirigida. El cabildo de la villa despachó luégo cartas a don Antonio, para que entrase para el efecto dicho, pero por su tardanza, el cabildo de este pueblo y regidores de Muzo que con Cepeda iban, nombraron personas que los echasen y amojonasen, porque vino en ello y lo quiso así el corregidor de Muzo, con esperanza de que lo confirmaría don Antonio.
Los árbitros nombrados echaron los términos de conformidad e hicieron sobre ellos sus autos, los cuales fueron confirmados por los cabildos de Muzo y la villa de la Palma, que presentes estaban, haciéndose sobre ello muy fijas escrituras confirmando y aprobando lo hecho y prometiendo de no ir contra ello en ningún tiempo, lo cual dicen no haber cumplido los de la Palma después. Concluso el negocio de esta manera, llegó don Antonio de Toledo, y juntándose con el corregidor Cepeda de Ayala, los dos nuevamente confirmaron y aprobaron los términos como los habían echado los árbitros, y como los cabildos lo habían prometido de cumplir y guardar, todo por ante escribanos que de ello dieron fe; lo cual concluso, el corregidor y los demás que con él habían ido se despidieron y dieron la vuelta al pueblo de la Trinidad, donde de nuevo los indios que por el camino estaban poblados tornaron a tomar las armas para hacer nuevas resistencias, pero nada les aprovechaba, antes siempre iban descalabrados.
Quiso Cepeda seguir otra vía de la que había llevado, por entender que sería mejor y más cerca, pero saliole peor y más largo, porque un español que se ofreció a guiarles bien, los metió por una montaña donde perdido el camino les fue necesario irlo haciendo y abriendo con machetes, en lo cual tardaron dos o tres días, al cabo de los cuales fueron a salir al río y sabanas que por aquella parte estaban más cercanas al pueblo llamado Quiaquian, de donde prosiguieron su vía por muchas poblazones que por allí había, cuyos naturales salieron muchas veces a ofender a los nuestros, dándoles guazabaras y poniéndoles muchas puyas por el camino, según los demás indios de la provincia lo acostumbraban a hacer. Los nuestros usaban siempre de su valor, saliendo victoriosos con grandes daños que en los contrarios se hacían.
Llegó a la ciudad de la Trinidad después de cuarenta días que de ella había salido, donde fue bien y alegremente recibido, sin que le hubiesen muerto los indios en el camino ningún español; algunos se empuyaron, pero no murieron de ello por la buena cura que se les hizo, cortándoles grandes pedazos de carne.
Capítulo vigésimotercero
En el cual se escribe cómo Cepeda de Ayala repartió los indios de este pueblo de la Trinidad, y fueron encomendados por el presidente, y cómo después de esto se entendió en la pacificación de los naturales por mano3 de Benito López de Poveda y del propio corregidor, que los redujeron a la servidumbre que algunos llaman paz y dominio del rey.
Luégo que Cepeda de Ayala volvió al pueblo de la Trinidad quisiera hacer algunas salidas, así por ver o visitar los pueblos comarcanos, para mejor hacer un repartimiento y apuntamiento, como por ver si podría traer a sí a los naturales; pero tuvo en esto estorbo y contradicción, porque los vecinos y soldados andaban ya cansados de los continuos trabajos pasados, y demás de esto decían que querían ver si les cabían repartimientos en el apuntamiento que Ayala había recibido y había de hacer, pues los que habían hecho Lanchero y don Lope estaban ya anulados, y ellos no poseían cosa propia, y que no solamente antes que sus trabajos pasasen adelante habían de ver repartida la tierra por Cepeda de Ayala, pero lo que se hiciese se había de confirmar y encomendar ante todas cosas por el presidente y gobernador del Reino.
El corregidor viendo y pareciéndole que era justa su petición, acordó ponerla por obra, y para mejor acertar en el negocio a juramento de seis personas de las que mejor noticia tenían de los naturales y pueblos de la tierra, para que por escrito le diesen entera relación de todo ello, lo cual efectuado hizo su apuntamiento bien ordenado, y gratificando enteramente a cada uno sus trabajos y servicios, y cerrado y sellado, se salió con él al Reino, y lo llevó ante el presidente para que lo confirmase, donde estuvo casi dos meses, después de los cuales volvió a entrar con el apuntamiento confirmado y encomendado de mano del presidente, y halló la tierra en el estado que la había dejado, que fue a los naturales rebeldes y de guerra y a los vecinos, pobres y necesitados y faltos de comida, como siempre lo habían estado, y algo discordes, porque algunos de ellos se habían empezado a quejar de Ayala que en el apuntamiento que hizo los dejaba con pocos indios y esos en mala parte, lo cual dende a poco claramente vieron; porque como el apuntamiento que el presidente hizo se abrió y divulgó, vieron patentemente lo que poco antes presumían o imaginaban, y así se quejaban públicamente del agravio que se les había hecho; y teniendo en poco lo que les habían dado lo dejaron y se salieron al Reino, por no estar sujetos a tantos trabajos y riesgos por cosa de tan poco valor y provecho.
Sosegadas estas quejas, el corregidor Ayala envió a Miguel Gómez con gente que fuese a castigar los indios de Pauna de los delitos que en matar a Juan Sánchez y a Juan de Carreño habían cometido. Fue Miguel Gómez y dio de noche en el pueblo, prendió los culpados, y aun creo los inocentes, y fueron castigados ejemplarmente sin que los españoles recibiesen más daño de empuyarse Juan Patiño, que por ser bien curado y cortársele mucha carne de la herida, no murió.
Pasado esto, Benito López de Poveda, teniente del corregidor Ayala, salió con veinte soldados a pacificar los naturales que hacia la poblazón de Topo había, con los cuales tuvo muy grandes guazabaras y refriegas de guerra, acometiéndole a él los indios de día e yendo él de noche a buscarlos a sus alojamientos y pueblos, en los cuales daba grandes alboradas, trayéndolos muy desasosegados y alborotados; porque cuando los indios, por haberse escondido en lugares ignotos, pensaban que estaban seguros, amanecía sobre ellos Poveda y sus compañeros y allí los amedrentaban y hacían algún estrago en ellos, por ver que ni ningunos requerimientos de paz que se les habían hecho por mano de intérpretes, no habían aprovechado cosa alguna con ellos; y valió tanto esta diligencia y cuidado con que así dos meses anduvo Poveda tras estos indios que les compelió a que se humillasen y viniesen a ofrecerse con paz y amistad y a la servidumbre de los españoles, de suerte que toda la gente de esta parte de Topo le salió de paz a Poveda, el cual los iba encomendando a sus encomenderos, que estaban presentes.
Preguntóseles a estos indios por qué habían sido tan pertinaces en su rebelión; respondieron que a persuasión de los de Saboyá y de sus capitanes y especialmente de cierto mohán de aquel pueblo, que daba a entender a todos los indios que era inmortal y que había bajado del cielo y que les haría haber entera victoria de los españoles.
Poveda y sus compañeros, con buenas guías que para ello tuvieron, fueron a dar en el valle y poblazón de Saboyá, donde prendieron algunos capitanes y principales agresores de lo dicho, y habida averiguación de la culpa que tenían por sus confisiones, se hizo castigo en ellos; y de allí se volvió Poveda a Topo, donde los naturales prosiguieron la paz que le habían dado, y así mil de ellos se fueron con él a la Trinidad cargados de comida.
Dende a pocos días salió el propio corregidor con gente hacia la parte del Reino donde están los pueblos de Marpe y Minipu, y Copere, y Nico, y otras muchas poblazones de gente muy belicosa y guerrera a causa de estar entre ellos muchos indios ladinos moscas que se han retirado de sus poblazones y naturalezas por no servir a los encomenderos cuyos eran. Gastó en esta salida Cepeda de Ayala, con veinte y dos hombres que llevaba, más tiempo de tres meses, que ningún día dejó de tener acometimientos o gritas de indios, los cuales atrevida y desenvueltamente, con desvergüenza de bárbaros, se le allegaban y acercaban a mofar, haciendo muchos visajes con el cuerpo que ellos tienen por costumbre alzando las piernas, mostrando las nalgas, dando barbeadas y muy grandes risadas, cosas cierto para perder la paciencia y no esperar con tanta flema el amistad de tan rústica gente. Pero como Cepeda de Ayala deseaba en extremo salir con su empresa al cabo, por la fama buena que de ello se le seguía, no sólo lo sufrió todo, pero animaba a los que con él andaban, que muchas veces quisieron dejar lo comenzado, a que con buen ánimo soportasen los trabajos que padecían y los disgustos que los indios les daban, de los cuales no dejaban muchas veces de tomar venganza, dando de noche en las partes que se recogían, y allí unos remanecían sanos y otros descalabrados y otros muertos, que son cosas que en semejantes pacificaciones suelen traer consigo.
Eran continuos en esta guerra, más que otros ningunos, los indios del pueblo de Copere, y así acometían y peleaban más briosamente que otros ningunos. Un día se acercaron bien cerca del alojamiento de los españoles a incitar a los soldados que saliesen a pelear con ellos, y como por los nuestros fuesen acometidos, volvieron las espaldas fingiendo que huían, pero cuando más cebados en su alcance iban los nuestros revolvieron los contrarios con gracioso aire y denuedo de guerreadores, ir no como indios, asestando sus flechas contra los nuestros, que los hubieran de hacer retirar, mas recibiendo con buen ánimo esta revuelta de los bárbaros se tuvieron los unos con los otros buen rato peleando pie a pie, que es cosa que los indios pocas veces suelen hacer. Los arcabuceros hacían algún daño en los indios, y lo mismo algunos ligeros soldados del espada y rodela, que mezclándose entre ellos los herían malamente en aquellos desnudos cuerpos, y ellos no recibían daño ninguno a causa de ir cubiertos con sus armas. Con esta dañosa resistencia fueron compelidos los indios a retirarse con más priesa y más de veras que poco antes lo habían hecho, porque vían algunos de sus compañeros muertos a sus pies. Quedaron los nuestros victoriosos y con poco daño, porque solamente a Miguel Gómez se le dio un flechazo en un muslo, de que estuvo a punto de muerte, pero mediante la buena cura que se le hizo, escapó.
El corregidor y los que con él estaban, no cesando de andar de una parte a otra, dando alcances a los indios, los vinieron a forzar y apremiar que dejando las armas, abrazasen la paz, pues con la guerra cada día se menoscababan, y así empezaron a salir de paz los indios de los pueblos nombrados arriba, y tras ellos todos los de la comarca; que fue gran contento para estos trabajadores y soldados. Fueron recibidos con alegre rostro del corregidor, el cual les habló largo, dándoles a entender el bien y utilidad que se les seguía de ser amigos y tener paz y servir a sus encomenderos, lo cual los indios prometieron de hacer y cumplir, aunque de sus palabras hay bien poco que fiar.
Andúvose Cepeda de Ayala de pueblo en pueblo metiendo a los encomenderos en la posesión de sus indios por su propia mano, con que quitó hartas lites y diferencias que pudieron haber sobre el entender y pretender cada cual más de lo que se le daba. Concluso este negocio, se volvió al pueblo llevando consigo muchos indios cargados de comida, y con esto fue casi general la paz en toda la provincia, mediante la fortuna y buenos hados de este caudillo; porque ultra de lo dicho, fue tan venturoso que aunque en diversas veces le hirieron muchos soldados no peligró ni murió ninguno, aunque eran tocados de la ponzoñosa yerba. Atribúyese esto a la mucha diligencia que ponía en curarlos, cortándoles y abriéndoles por su propia mano las heridas hasta dejarlos sin ninguna señal ni rastro de la yerba.
Todos los más soldados y vecinos de este pueblo han estado bien con el gobierno de este corregidor, por su afabilidad y llaneza y otras singulares virtudes y buenas gracias que en él hay, que lo hacen digno de mucho merecimiento.
1 |
Las palabras "y la Palma" es una añadidura, puesta entre líneas. |
2 |
Es una enmienda. El texto original decía: y siempre hallaban algunas salidas que después de dicha se hicieron, le mataron... |
3 |
En la "tabla" de Sevilla se lee: "por medio de" |
