Capítulo seis
En el cual se escribe cómo Juan de Otálora envió españoles a hacer el castigo de los que habían sido matadores, y cómo los indios se juntaron y dieron en los [1]españoles e hirieron algunos de ellos y los forzaron a que de noche se retirasen, y cómo Juan de Otálora con toda la gente se retiró y dejó desierto el pueblo de la Palma [2].
Con ayuda de la gente que en socorro de la villa nuevamente había entrado, le pareció a Juan de Otálora que sería cosa acertada, o que a lo menos lo era muy necesaria, que se fuese a castigar la desvergüenza y atrevimiento con que los indios habían, pocos días antes, muerto los españoles referidos, porque con la victoria que entonces hubieron no les creciese la soberbia y viniesen a metérseles con las armas en las manos por las puertas de sus casas. Para este efecto nombró por caudillo a un Acosta, portugués, y le dio treinta soldados y la comisión necesaria para castigar los delincuentes y culpados.
Salió Acosta del lugar y caminó por las poblazones de los rebeldes y delincuentes, y llegando a vista de la loma de la guazabara, que está entre Murca y Cuchipay, vieron en lo alto de la loma muy gran cantidad de indios que con sus armas en las manos estaban esperando a los nuestros para pelear con ellos.
Y en este mismo tiempo le salieron al camino otros pocos de indios con cautelosa paz, diciendo que ellos eran inocentes y salvos de las muertes de los españoles e indios ladinos, y que los que en lo alto de la loma parecían eran los culpados y delincuentes.
Algunos soldados, pareciéndoles que era maldad y cautela la de los indios que al camino les habían salido, y que sólo venían a reconocer la gente que eran y el designio que llevaban, aconsejaron al caudillo Acosta que para haber entera victoria de los enemigos que delante los ojos tenía, le convenía y era necesario dar en los que consigo llevaba y matar algunos de ellos, porque todos los demás temiesen y no se les atreviesen a llegar ni venir a las manos. Pero como el caudillo fuese algo profano y de poca experiencia y aun prudencia, no sólo menospreció el consejo que se le daba, pero inconsideradamente se metió por las poblazones de los indios, diciendo que no quería él estragarse en tan poca gente como la que con él estaba, sino esperara hacer mejor presa y de más gente, con cuyas muertes pudiese quedar enteramente vengado de la muerte de los españoles. Y pasando adelante subió a la loma de la guazabara y fue marchando por ella arriba hasta llegar a un bohío que en ella estaba hecho, donde alojó y rancheó con sus compañeros; y en acabando los españoles de alojarse, comenzaron los indios acercársele despendiendo contra ellos sus flechas hasta meterlas por los ranchos y alojamiento.
Los nuestros, pareciéndoles que el acometimiento de los indios llevaba principio de redundar en daño suyo, lo mejor y más presto que pudieron se pusieron en orden divididos en tres partes para recibir la furia de los bárbaros, los cuales multiplicaban el brío, y así no cesaban de llegarse y juntarse indios y tender sus arcos contra los soldados, con que los pusieron en harto trabajo, porque les hirieron catorce españoles, y como no llevaban caballos con qué hacer algunos acometimientos y romper los indios, y los arcabuceros casi andaban turbados, pues con tirar a terreno tan cercano no hacían tiro cierto, estaban por lo que vían con gran temor de perecer allí todos, pues no habían sido parte para ahuyentar y echar de sobre sí los indios, y si la noche no viniera, que con su obscuridad hizo retirar la multitud de los bárbaros, todavía no dejaran nuestros españoles de recibir más daño del que recibieron.
Salían tres caminos de donde los españoles estaban alojados, en los cuales los indios pusieron gente de guarnición que los defendiese y guardase, y allende de esto, como en algunas partes de ellos era montaña, mandaban los principales que se cortasen muy gruesos y crecidos árboles y los atravesasen por los caminos, para que fuesen estorbo e impedimento a los nuestros, si de noche se quisiesen retirar, a que con facilidad no pudiesen caminar, y asímismo no cesaban de enviar mensajeros por unas y otras partes a llamar indios que viniesen allí aquella noche, para que cuando amaneciese, cerrar con los españoles y destruirlos de todo punto. Y todas estas cosas no las hacían tan debajo de silencio que los nuestros no las oían y entendían, y con ellas les incitaban a que aquella noche buscasen su remedio y se aventurasen a pasar por entre los enemigos, lo cual pusieron por obra después de haber curado sus heridos y flechados. Y para mejor descuidar a los enemigos, en el bohío donde estaban alojados encendieron ciertas velas de cera, porque aunque fuesen idos entendiesen los contrarios por la lumbre que todavía estaban españoles dentro, y con esto caminaron por uno de los tres caminos, que les pareció más derecha vía aunque más trabajosa por defecto de una quebrada que en él había, la cual forzosamente habían de pasar.
De los soldados más aptos y dispuestos para pelear echaron delante, para resistir y rebatir a los que pretendiesen estorbarles el pasaje, llevando con el mejor resguardo que pudieron a sus enfermos. Y dende a poco que comenzaron a marchar fueron sentidos de los indios, los cuales incontinenti se apellidaron los unos a los otros, y comenzaron todos a acudir aquella parte por donde los españoles iban saliendo y retirándose; y como la noche hacía tan lóbrega y oscura, aunque andaban peleando los unos con los otros, casi no sabían si herían a enemigos o amigos, porque los españoles algunas veces, pensando que acometían a los contrarios acometían a ciertos indios amigos calamoymas que consigo llevaban; y los indios de la tierra, asímismo, se herían y flechaban los unos a los otros, y con toda esta refriega no cesaban los españoles de caminar y proseguir su vía, aunque con harto trabajo, porque la aspereza de la quebrada por do iban caminando y la resistencia que los indios les hacían no les daba ningún contento.
En esta refriega que en esta quebrada hubieron los españoles con los indios, se escondieron dos españoles en la montaña y nunca más parecieron, con otras piezas e indios ladinos que faltaron.
Los enemigos, aunque la oscuridad de la noche les era impedimento, no por eso dejaban de seguir a los nuestros con obstinación brío, procurando ofenderles en todo lo que podían, y los siguieran hasta el pueblo, si cuatro españoles, buenos soldados, no se emboscaran y al tiempo que los indios habían pasado tras los nuestros salieron a ellos los de la emboscada y dieron en ellos por las espaldas y mataron cinco o seis indios, con que perdieron el brío los demás y se volvieron, dejando de seguir a los nuestros, los cuales dende en adelante caminaron algo más descansadamente hasta llegar a la villa, donde de los heridos no escaparon más de solamente tres hombres.
Los indios de la tierra habían tomado esta guerra tan entrañablemente que se averiguó haber estado mucha cantidad de ellos en la quebrada dicha toda la noche batallando y flechándose los unos a los otros, hasta que fue de día, y conocieron lo que hacían.
Juan de Otálora, visto el mal suceso de la gente y de su caudillo, y el mal aderezo para sustentarse y defenderse en aquel pueblo y sitio tenía, quisiera luégo salirse y retirarse fuéra de gente tan belicosa y guerrera; pero los soldados le importunaron que no lo hiciese hasta que los enfermos mejorasen o acabasen, que sería al septeno día. Otálora vino en ello e hízolo así, pero al segundo día vinieron gran cantidad de indios sobre el pueblo, y comenzaron a flechear y hacer su acometimiento con determinación de dar fin a todas sus guerras, porque pensaban de esta vez arruinar de todo punto a los nuestros; pero como un arcabucero, con un tiro que hizo, derribase a un indio que estos bárbaros tenían por capitán o persona principal, desmayaron de tal suerte que al punto que vieron este indio en el suelo caído, volvieron las espaldas y se retiraron, diciendo a grandes voces que dende a cuatro o cinco días volverían a dar fin a sus guerras.
Desque Otálora oyó esto, no pareciéndole cosa acertada que pues Dios le había librado de una, no se debía meter ni esperar otra. Luégo otro día se retiró, y desamparó y dejó desierto el pueblo, y se vino con toda la gente a la loma de Caparrapi, para de allí enviar por socorro de más soldados y municiones y volver a entrar la tierra adentro al pueblo o villa; pero la gente española no dio lugar a esto, porque luégo que se vieron en el lugar y loma dicha, que es ya principio de tierra de paz, los enfermos se salieron juntos a curar y los demás soldados dos a dos y cuatro a cuatro se salieron, y tras de ellos Juan de Otálora, su capitán, con que de todo punto quedó despoblada la villa de la Palma el propio año de sesenta y uno en que fue poblada por don Antonio de Toledo.
Capítulo siete
En el cual se escribe cómo don Antonio de Toledo y don Gutierre de Ovalle volvieron a la provincia de los colimas, y fue por mano de don Antonio reedificada la villa, y del estrago [3] que Pero Fernández de Higuera hizo en los indios, hasta que se encontró con don Lope de Orozco.
Al tiempo que la villa se despobló se trataba todavía en la Audiencia del Nuevo Reino el pleito con don Antonio sobre el haber poblado la villa sin licencia y haber repartido la tierra y muerto indios en ella, lo cual seguía el fiscal del rey de la propia Audiencia, pidiendo que don Antonio fuese castigado por las cosas dichas.
Concluyose el pleito definitivamente, y fue condenado y sentenciado don Antonio en que a su costa y minsión volviese con la gente que fuese menester y reedificase la villa, y fue nombrado don Gutierre de Ovalle para que en reedificando don Antonio el lugar, tomase en sí la jurisdicción superior del pueblo, y lo rigiese y gobernase como justicia mayor. Y estando esto proveído, sucedió lo que atrás queda escrito, de pretender don Lope de Orozco, por la vía de Muzo, entrar a reedificar este pueblo, que fue causa que estos dos capitanes más trépidamente efectuasen su jornada, porque don Lope no les ganase por la mano en la reedificación del lugar, que era para ellos cosa afrentosa y de gran disgusto, y después, y aunque los autos de la Audiencia estaban en su favor, no pudieran salir con ello ni hacer lo que pretendían, por ser antigua costumbre y casi inviolable en las Indias, entre los que van a descubrir nuevas tierras y a poblar nuevas colonias y ciudades, que si después de poblado un pueblo se torna a despoblar por cualquier necesidad o caso fortuito que sea, aunque se haya salido de la poblazón y provincia con notoria fuerza y manifiesta violencia, haciendo protestaciones de tornarla a reedificar, todo le es inútil y de ningún provecho si otra cualquiera persona con comisión o sin ella y de su propia autoridad, entra en la propia provincia y puebla, aunque no se haya reedificado el pueblo que antes estaba poblado, sino haciendo nuevas poblazones, y que la gente que hace esta segunda poblazón sea de distrito diferente, porque siempre en tal caso los jueces superiores miran y tienen advertencia que todos los distritos y todas las Indias son de un mismo rey y señor, que no va cosa alguna estar poblada la provincia de la una o de la otra gobernación, y es cierto que si diesen lugar sobre semejantes poblazones o hubiese competencias entre los primeros y segundos pobladores de la tierra, que sería ocasión de grandes daños y muertes y otros escándalos. Y en esto, como he dicho, se ha usado de mucha prudencia por los que tienen el sumo magistrado en semejantes provincias y tiempos.
Don Antonio y don Gutierre, con la gente que pudieron haber, que fueron pasados de cincuenta soldados, se entraron en la tierra de los colimas, y casi al principio de la poblazón, en la loma de Caparripi, reedificó su villa y la pobló, nombrando sus oficiales para el gobierno público, según que antes lo había hecho, porque como no llevaba a su cargo más de hacer esto, no se quiso meter la tierra adentro, por no ponerse en peligro notorio sobre cosa que no se le seguía ningún provecho más de una inútil honra, y también lo deseaba así don Gutierre, por verse solo con la gente y mandar sin competidor ni igual, y con esto se salió luégo don Antonio y se volvió a Mariquita, donde era vecino y hacendado, por tener allí muy buenos indios de repartimiento encomendados, que de las ricas minas de oro que en los términos de aquella ciudad hay, le sacaban muy buen oro.
Salido que fue don Antonio, don Gutierre se quedó por capitán y justicia mayor de aquel pueblo, y comenzó a entender en las cosas necesarias a la pacificación y castigo de la tierra, para el cual efecto envió a Pedro Hernández Higuera con treinta y tres hombres buenos soldados bien aderezados, cuales para tal menester se requerían. El caudillo Higuera se fue con los soldados a la poblazón de Viripi, donde envió a llamar los indios que le viniesen a ver. Saliéronle de aquella poblazón como treinta indios, más con cautela de ver y escudriñar la gente que Higuera llevaba que por hacerles servicio. Conoció Higuera por el aspecto de los indios que venían algo alborotados, que era señal de haber sido agresores en las muertes y daños pasados, y disimuladamente hizo juntar los soldados, y llegándose a los indios hirieron en ellos y matáronlos todos o los más, para con este cruel hecho entrar poniendo terror y temor en los demás naturales, que tenían ya puestos sus designios en tornar a proseguir la guerra contra los españoles con la obstinación que antes habían hecho, con que pensaban haber entera victoria:
Hecho esto, los españoles pasaron adelante, y se fueren pasando por la loma y valle de Guachipa a alojar al pie del cerro de Itoco, donde le salieron ciertos indios de paz, a los cuales exhortó el caudillo que no usasen de las cautelas y dobleces pasados, sino que sinceramente fuesen verdaderos amigos. Los indios lo prometieron así, e idos, volvieron el día siguiente, con cien gandules de los más crecidos y belicosos, a donde los españoles estaban, los cuales trujeron de lo que en sus pueblos tenían de presente, como eran pavas, curíes, piñas, guayabas y otras frutas y comidas, para con esta manera de cebo o regalo descuidar y asegurar a los nuestros. Pero el caudillo, temiendo la cautela de los bárbaros, después de haberles recibido con alegre rostro, los envió a que cogiesen y trujesen leña y yerba, y mandó quedar en el alojamiento cuatro o seis mujeres qué los indios consigo habían traído, de cada una de las cuales se informó muy particularmente de los desinios con que aquellos indios le habían venido a ver y salido de paz. Las indias no negaron ni ocultaron cosa alguna de lo que supieron, mas todo lo manifestaron, y dijeron cómo a los alrededores del alojamiento de los españoles había gran cantidad de indios emboscados y con sus armas, para que fuesen llamados por los que allí habían venido acudizados en los nuestros, porque traían ordenado los cien indios que al alojamiento habían venido de cuando más seguros y descuidados estuviesen los soldados, abrazarse cada dos o tres con un español y dar voces para que los de la emboscada les acudiesen, y así podrían con menos perjuicio suyo hacer lo que pretendían. De esta traición y cautela se hubo entera certificación por los dichos de las mujeres, que cada una de por sí lo dijeron y declararon así.
El caudillo, entendido el riesgo en que estaba, hizo poner en orden los soldados y ensillar los caballos que allí tenía, y mandó que estuviesen todos a punto para en volviendo los cien indios con la leña dar en ellos y matar los que pudiesen para no verse en mayor peligro que el pasado. Vueltos los que fueron por la leña y entrados en el alojamiento, los españoles dieron en ellos, y sin que ninguno se les escapase los pasaron todos a cuchillo, excepto uno que por haberse hecho mortecino fue dende a poco hallado entre los cuerpos muertos, al cual soltaron, no con pocas ni pequeñas heridas, para que llevase la nueva de lo sucedido a los demás bárbaros que estaban en la emboscada. Señaláronse con sus brazos muchos soldados en este triste espectáculo, que como a su salvo herían, acontecíales cortar el indio por los muslos y alcanzar a otro por las piernas, cortar cabezas, pies y manos de un golpe o revés, cada una cosa de estas con mucha facilidad; y la verdad es que, como los indios estaban desnudos y no tenía el espada, ropa ni otras armas en que embarazarse, que todas estas cosas parecían cosas factibles.
El indio que los españoles enviaron a dar la nueva a los de la emboscada, se subió sobre un cerro y comenzó a decir: a vosotros compañeros que estáis esperando la señal que se os ha de dar, digo que salgáis de la emboscada y veréis cuántos de los valientes y atrevidos que fueron a matar a los cristianos han escapado con la vida; salí, salí, y verlos eis, porque en mí sólo se han resumido todos. Los de la emboscada, como conocieron la voz y el indio que les hablaba, se retiraron y se salieron de donde estaban por sus escuadrones bien peltrechados y proveídos de armas; y desque fueron certificados del desdichado suceso de sus compañeros se fue cada familia por su parte, sin osar revolver sus armas contra los nuestros.
El siguiente día de como esto sucedió se encontró este caudillo con don Lope de Orozco, corregidor de la Trinidad, que venía con gente a reedificar la villa, donde sucedió lo que atrás, en el libro doce [4] queda escrito.
Capítulo ocho
En el cual se escribe cómo don Gutierre mudó el pueblo o villa a Itoco, y envió a Pero Hernández [5] con gente a pacificar la tierra. Escríbese aquí lo que un indio hizo y dijo desque los españoles le prendieron hasta que fue muerto.
Como don Antonio de Toledo pobló la villa en la loma de Caparrapí, lugar y sitio muy fuera de comarca, para que los naturales con menos trabajo suyo pudiesen servir, don Gutierre de Ovalle envió con gente a Pero Hernández que discurriese por la tierra y viese dónde había sitio cómodo y que demás de ser bien proveído de las cosas necesarias para el servicio de la república de los españoles, estuviese en medio de la provincia. Porque una de las principales cosas que los nuevos pobladores de colonias y ciudades miran es esta, a causa de que su sustento y bien principal depende de los indios, que les han de hacer las casas y servirles en todo lo necesario, y para que no sean molestados ni vejados demasiadamente con venir al pueblo de muy lejos camino, lo cual sería si estuviese apartado el pueblo de los españoles y fuera de la comarca dicha de las poblazones de los indios, se tiene muy gran atención y pone toda la diligencia posible en que el pueblo y ciudad se edifique y pueble en medio de la comarca y poblazón de los indios; y ya que no pueda ser en medio, en la parte más conveniente, de suerte que no sea mucho más el trabajo de los unos indios que el de los otros.
Pero Hernández salió al efecto dicho y anduvo por las partes de la provincia que pudo; y después de considerado por él los lugares que había visto y andado, hizo asiento en una poblazón de la provincia de Itoco, cuyo sitio era llano y de buen temple y bien proveído de aguas, yerbajes y leña, aunque fuera de comarca para los indios; en el cual comenzó a juntar comida e hizo casas y bohíos de paja para que se pudiesen pasar a ellas todos los más españoles de asiento; lo cual concluso de todo punto, envió ciertos españoles soldados a donde don Gutierre estaba a que le diesen noticia y relación de lo que pasaba y había hecho, y de cómo estaba prevenido y aderezado todo lo necesario en el lugar dicho.
Don Gutierre, luégo que se le dio la nueva de lo que Pero Hernández, su caudillo, había y tenía hecho, se movió con todo el resto de la gente y carruaje, y se fue donde él estaba, y allí asentó por entonces el pueblo y villa de la Palma, donde después de haber descansado algunos días envió a correr la tierra con Pero Hernández Higuera para que procurase traer de paz a los indios, y diole cuarenta españoles, los cuales salieron del lugar bien noche, por no ser vistos de los indios, y caminando por entre muchos abrojos de puyas, que los indios tenían puestos por el camino, y algunas flechas que les fueron tiradas, fueron a dar a la chapa de Parriparris, donde se alojó y estuvo todo un día, sin que de paz ni de guerra le saliese indio ninguno, y a la noche salieron diez soldados a buscar dónde estaban los indios recogidos para dar en ellos. Siguieron por cierta senda que los llevó a donde estaba un bohío lleno de naturales recogidos recatadamente, porque en la propia vía estaba un indio puesto con sus arcos y flechas, haciendo guardia, el cual como viese y sintiese los españoles comenzó a usar contra ellos de sus flechas, tirándoselas con gran furia y juntamente con esto, dando muy grandes voces y alaridos, diciendo a los que en el bohío estaban que se huyesen y escondiesen en el ínterin que él defendía el paso y la subida a los españoles, lo cual hizo el indio con tanto brío que sin menearse de donde estaba hubiera con sus flechas de herir algunos españoles, demás de resistirlos al tiempo de la subida; pero al fin fue preso de los soldados, y atado, más por ruegos que por violencia; y no hallando en el bohío a persona ninguna se volvieron a donde Pero Hernández había quedado con el resto de los soldados, el cual mandó poner a recado el indio que llevaban preso, que aun no había perdido punto el coraje y brío que tenía, porque como viese entre los españoles ciertos indios amigos de la propia provincia, indignada y ásperamente les comenzó a hablar y a decir que por qué eran de tan frágiles y cobardes ánimos, que sin ninguna resistencia ni fuerza se habían humillado y sujetado a sus enemigos, debiendo defender y conservar su amistad y libertad con el valor que sus mayores lo habían siempre hecho, lo cual él sentía harto más que su prisión, de la cual deseaba y pretendía verse libre muy presto, sólo para destruir y arruinar las familias y generaciones de hombres tan infames y pusilánimes que con loca y necia trepidación habían querido perder malvadamente la reputación que de valientes y vencedores de españoles poco tiempo antes habían ganado.
Pero Hernández, como por medio de los intérpretes entendiese lo que el indio había hablado, le dijo cuán más loca y temeraria era su osadía, pues estando preso y en poder de sus enemigos hablaba tan libremente palabras contra los amigos de los españoles, que debía reportarse y moderarse en todo, si no quería haber, con una miserable muerte que incontinente le sería dada, el castigo de su rústica desvergüenza y atrevimiento. El bárbaro, casi como hombre furioso y que se regía más por la alteración y movimiento de su cólera que por el uso de la razón, replicó con sobrada arrogancia diciendo que las amenazas de muerte no le eran a él tan pesadas y graves que le impidiesen el hablar ni le estorbasen de efectuar lo que había dicho, pues tenía certificación de sus simulacros, revelada por medio de sus ministros o mohanes, que aunque los españoles le quitasen la vida que ellos se la volverían a dar para cumplir y efectuar lo que ellos tenían mandado, donde de nuevo movería y levantaría guerras contra los españoles y arruinaría de todo punto las poblazones y generaciones de aquellos indios que siguiesen y hubiesen seguido la opinión de los españoles sujetándoseles y siéndoles amigos y feudatarios.
Los españoles, otro día, se partieron de donde estaban alojados y se fueron a la poblazón de Avipay, y donde en el camino se les empuyaron y murieron dos piezas, y presumiendo que el indio que llevaban preso había sido el autor de este daño, se le preguntó si era él el que ponía aquellas puyas en que se empuyaban los indios que morían, dijo que sí, y que otros tantos quisiera haber muerto, aunque pocos días antes, con su propia mano, había él muerto otros muchos indios ladinos, con lo cual no estaba satisfecho ni vengado porque como ya que los españoles le matasen, había de volver a este mundo a hacer guerra a los indios y a los españoles; que entonces habría entera venganza de ellos. Pero Hernández, viéndolo estar tan obstinado en su libre hablar, porque los demás indios no creyesen ser todo verdad lo que este indio decía, y porque algunos de ellos daban muestras de tenerle y haber miedo de él, lo mandó empalar metiéndole un agudo palo por el sieso, muerte cierto cruelísima y que entre cristianos no se debía de usar por no imitar en ella la crueldad de los turcos, que primero la inventaron. Pero con todo esto, estaba tan obstinado este bárbaro en su opinión y rebelión, que después de empalado y alzado en el aire, comenzó a hablar muy atrevida y desvergonzadamente a grandes voces, persuadiendo a sus compañeros y naturales que tuviesen gran cuenta con seguir las cosas de la guerra y no dejarse vencer de los halagos ni amenazas de los españoles, pues él había de volver a ayudarles a guerrear. Pero los indios amigos, viendo sus desvaríos, le comenzaron a flechar y a herirle con sus flechas, contradiciéndole todo lo que les decía; pero el empalado, turándole la vida, se quitaba las flechas del cuerpo y las tiraba a los indios, y dando alaridos de acometimiento de guerra, murió bien cruel y trabajosamente.
Capítulo nueve [6]
En el cual se escribe cómo los españoles y Pero Hernández, caudillo, prosiguieron su pacificación, en la cual fue muerto el caudillo, y fue por ellos elegido por caudillo Alonso de Molina, que siguió la conquista hasta que se volvieron al pueblo donde estaba don Gutierre. Escríbese el suceso de la guerra.
Los españoles y su caudillo, prosiguiendo su pacificación y conquista, se partieron del lugar dicho donde el indio fue empalado, y tomaron la vía del valle de Murca, que es donde fueron en el tiempo de Juan de Otálora muertos y desbaratados los españoles; y pasando por otras muchas poblazones que por el camino había, hacían en ellas el estrago que podían, por no querer salir sus naturales y moradores de paz, antes poniéndose por los altos y lugares seguros tiraban algunas flechas y decían contra los nuestros los vituperios que les parecían, amenazaban grandemente a los españoles con la gente y moradores del valle de Murca, diciéndoles que los naturales de aquel valle habían de destruirlos y arruinarlos, como habían hecho a los demás españoles, y aun en su opinión tenían estos bárbaros que la gente de aquel valle de Murca era invencible, y que el lugar donde habían sido muertos antes los españoles, que llamaban la loma de la guazabara, era lugar sagrado y diputado por sus simulacros y demonios en favor suyo para que siempre en él hubiesen victoria así contra indios sus enemigos como contra españoles, y así se habían recogido en esta loma de la guazabara muy gran cantidad de indios con sus armas, para que si los españoles subiesen por ella, haberlos todos a las manos y destruirlos, pues la fortuna del sitio y lugar tenían de su parte y en su favor, y por estos respectos eran estos indios llamados los valientes de Murca.
El suceso de esto fue que los españoles, después de haber entrado en el valle de Murca y descansado en él, marcharon para la loma de la guazabara, y comenzaron a subir por ella adelante, y los indios a bajarse contra los españoles, disparando en ellos sus flechas y acercárseles todo lo que podían. Y era tanta la confianza que estos bárbaros tenían en la consagración de aqueste lugar, que aunque los españoles con los arcabuces les hacían mucho daño y les iban matando muchos indios, no por eso se retiraban ni detenían, antes siempre se venían acercando a los nuestros para conseguir su victoria. Usaban de un animoso ardid, y era que, en cayendo el indio del arcabuzazo, luégo en su lugar, se ponía otro, y al muerto lo sacaban arrastrando por entre las yerbas y pajas, de suerte que los nuestros no lo viesen ni entendiesen que hacían en ellos daño ninguno, y siempre les acudía mucha gente en su favor, que hacían el guerrear más grave y pesado para los españoles, los cuales con todas estas cosas no se detenían punto, mas por momentos iban ganando tierra y acercándose, a lo alto, porque como a los indios se les ganen y tomen las cumbres y superioridades de las sierras y lomas, son fáciles de desbaratar y romper. Y así, aunque con harto trabajo y riesgo llegaron los nuestros a lo alto de la cuchilla por do subían, por do se repararon un poco para dar reposo al anhélito, que lo llevaban muy gastado y las personas algo cansadas del trabajo de la subida.
Los indios que más adelante estaban apiñados y recogidos con un mogote algo alto que en la propia loma se hacía, viendo reparar a los nuestros, creyendo que de temor suyo lo hacían y desmayando de sus propios y naturales ánimos, crecioles la querencia y reputación que del lugar donde estaban tenían, y comenzaron a grandes voces a cantar victoria y a decir a los demás indios que alrededor en el propio valle y poblazones había, que acudiesen con diligencia y fuerza y cuidado a tapar los caminos y poner en ellos muy buena guardia y defensa de gente y armas, porque los españoles no se fuesen como antes lo habían hecho, y que el que aportase a donde ellos estuviesen lo matasen cruelmente.
Los nuestros, después que hubieron descansado, oyendo la victoria que los indios cantaban, dividiéndose en dos partes, la ,una que quedase con los indios amigos en guarda del sitio donde estaban, los demás pasaron adelante con sus arcabuces a ahuyentar los que estaban hechos fuertes en el morro, que con una infinidad de flechas que contra los nuestros tiraban se pretendían defender neciamente, porque como a los soldados no les pusiesen ningún temor ni espanto la flechería que contra ellos venía, no cesaban de disparar sus arcabuces e irse acercando a los enemigos, sin perder punto de su valor y brío, porque antes que llegasen al mórro donde los indios estaban les habían ya herido y flechado el caudillo y otro español, y con todo esto arremetieron a los bárbaros con tanto brío que les echaron de todo lo alto del morro donde estaban, con gran pérdida de muchos indios que les mataron, y así no les aprovechó el haber cantado victoria ni la consagración del lugar donde estaban.
Juntáronse allí luégo todos los soldados con su Carruaje y curaron los heridos; y como los indios viesen que 'a esto se detenían en aquel lugar, comenzaron a dar voces, diciendo: bellacos, que hacéis; dejad los venados que en nuestra tierra hemos muerto; y añadiendo otros géneros de vituperios nunca cesaban de dar voces y alaridos por todas partes. Curadós los heridos, se bajaron los españoles de donde estaban al valle, caminando con el mejor concierto que pudieron. Los indios, como los viesen bajar, comenzaron a dar muy grandes voces a bis demás naturales, diciéndoles: atajád, que allá van esos cristianos huyendo de nosotros; dad en ellos y acabadlos, por acá habemos muerto cuatro de ellos. Los nuestros, siguiendo su camino por entre muchas puyas que tenían los indios puestas, donde se empuyó un español y algunos indios amigos y del servicio, fueron a alojarse a una loma o cuchilleja pequeña que tenía tres bohíos, a la cual luégo acudieron mucha cantidad de indios a dar batería a los españoles y ver si los podían acabar de destruir. Salieron a ellos una docena de arcabuceros e hiciéronlos volver atrás, porque con los arcabuces derribaban muchos indios, y los bárbaros, viendo que sus flechas no derribaban ningún español ni hacían muestra de damnificar en cosa alguna a los nuestros, se fueron retirando y apartando todo lo que pudieron.
Los soldados que los seguían se volvieron al alojamiento bien cansados de la continua pelea que todo aquel día habían tenido con los indios, sin haber comido cosa que les diese sustento ni nutrimento corporal, y así les fue necesario descansar en aquél sitio dos días, después de los cuales el caudillo, aunque bien agravado y atormentado del flechazo que le habían dado por la maleza de la yerba, envió diez y seis soldados que fuesen a ver si podían tomar algunos indios para tratar con ellos de paces. Salieron los soldados después de anochecido, por no ser sentidos, y dieron en dos bohíos con gente, la cual Prendieron. Había apartado de estos dos bohíos, otro pequeño, do estaba recogido un indio que por ser temido por valiente era llamado Apipa, que quiere decir indio que ha muerto españoles. Este bárbaro era en sí tan bersuto y doblado que aunque seis buenos soldados le quisieron amarrar las manos, no pudieron al principio, por aprovecharse mucho de sus corporales fuerzas, hasta que después de haber forcejado y peleado o braceado con el indio más de una hora, de puro cansado le vinieron a rendir y atarle las manos, como pretendían.
Vueltos estos soldados donde habían quedado los demás sus compañeros, hallaron a Pero Hernández, su caudillo, muy trabado de la ponzoña o yerba de que había sido herido, de tal suerte que la propia noche que llegaron a donde él estaba, murió. Fue sentida su muerte entre los españoles, por estar este hombre en opinión de buen guerrero y bien afortunado, y allí lo enterraron lo más ocultamente que pudieron, y luégo eligieron entre silos propios soldados a Alonso de Molina por su caudillo y caporal, con el cual dende a poco se fueron o volvieron al valle de Murca, donde se despendieron y gastaron algunos días en trasnochar y caminar de noche a dar en las rancherías y escondidos alojamientos de los indios, con que les hicieron harto daño en sus personas y haciendas, de suerte que pagaron bien el escote. Pero todo este estrago y daño no fue parte para que los indios perdiesen el brío que tenían y se humillasen, antes cuando pensaron los nuestros que les tenían las cervices más quebrantadas y postradas por el suelo, entonces los vieron venir contra sí en gran multitud, puestos por sus ordenados escuadrones, trayendo con muy gran regocijo la cabeza del caudillo Pero Hernández, que lo habían desenterrado, y enderezando sus palabras y bárbaros vituperios contra los nuestros les decían que a todos habían de poner como habían puesto al dueño de la cabeza que consigo traían; acompañando estas palabras con feos improperios de que estos bárbaros se pagan mucho y les es gran contento hablar ociosa y viciosamente contra sus contrarios y hacer muchos visajes y meneos con el cuerpo, con que significan y dan a entender menospreciar y tener en poco a los nuestros.
Venían por dos partes estos indios a hacer sus acometimientos, a las cuales salieron los españoles concertadamente a recibirlos al camino, y como los primeros que llegaron o se acercaron a los nuestros fuesen heridos de los arcabuces, comenzáronse a reparar, y los soldados a acercarse a ellos, hasta que les forzaron a volver las espaldas y retirarse huyendo; y esto sucedió a los que traían la cabeza de Pero Hernández, que mostraban venir más briosos; los demás, viendo que estos se retiraban y huían, no curaron de pasar adelante a hacer su acometimiento; antes desde donde vieron huir a sus compañeros, se retiraron ellos, volviendo antes de tiempo las espaldas, y así, dejaron victoriosos a los nuestros, y con esto nunca más osaron hacer acometimiento alguno, más de poner continuamente puyas por los caminos que hacían harto daño.
Anduvieron estos soldados casi tres meses continuos por la tierra, sin poder traer ningún indio de paz, después del cual tiempo, y de haber mirado bien el sitio donde el pueblo o villa está ahora, se volvieron a donde don Gutierre y la demás gente estaban alojados en Itoco, donde dieron noticia a don Gutierre de las poblazones que habían visto y andado y pasado, y de lo mucho que en esta salida se había trabajado y padecido.
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[1]
En la "tabla" de Sevilla se lee: "en unos españoles"
[2]
En la "tabla" de Sevilla se lee: "El pueblo, sin nombrar La Palma"
[3]
En la "tabla" de Sevilla se lee: "del castigo"
[4]
La palabra "doce" está enmendada. En el original decía "trece, que corresponde a la antigua numeración de los libros.
[5]
En la "tabla" de Sevilla se lee: "Pero Hernández, caudillo"
[6]
Por descuido de amanuense falta el encabezamiento de este capítulo
