Capítulo diez
En el cual se escribe cómo don Gutierre visitó lo que faltaba de la tierra y lo salieron de paz los indios, y de la segunda translación del pueblo que hizo a donde ahora está, y cómo repartió los indios de la provincia y le fue quitado el cargo de corregidor de la villa.
Al tiempo que don Gutierre envió a pacificar la tierra esta última vez con Pero Hernández Higuera, le tomó a encargar que buscase sitio acomodado y que fuese más metido entre las poblazones de los naturales, porque el sitio donde estaban en Itoque era muy fuéra del comedio que se requería para la utilidad de los indios, aunque él en sí era buen asiento de pueblo; y como por muerte de Pero Hernández Higuera fue electo por caudillo Alonso de Molina, éste tuvo cargo de cumplir lo que sobre este caso había encargado y mandado don Gutierre. Y cerca de donde había muerto Pero Hernández Higuera había tierra muy escombrada y masa y de hartas tierras llanas para ejidos y estancias del pueblo, que suele ser cosa muy necesaria para el sustento de los vecinos.
Era esta tierra y sitio casi en el propio valle de Murca o junto a él, y como todos los soldados le certificasen a don Gutierre que en todo lo que hablan andado no había más acomodado ni mejor sitio donde el pueblo pudiese estar y permanecer, determinose de pasarse a él y dar asiento en todas las cosas de la tierra, repartiendo los indios entre los soldados que lo habían trabajado, porque con ellos se pudiesen sustentar; y porque quedaban ciertas poblazones por ver y andar para que mejor se pudiesen repartir, tomó consigo don Gutierre treinta y cinco hombres y fuese al valle que los españoles dijeron de Nuestra Señora, y loma de Santiago, y valle de Guaguachi y otras poblazones a éstas comarcanas, por las cuales anduvo y discurrió tiempo y espacio de dos meses sin que ningunos indios tomasen las armas contra él ni le diesen ningún desasosiego, antes le salieron de paz y le comenzaron a servir con muestras de gran contento y alegría, proveyéndole de lo que era necesario y sirviéndole en todo lo que les era mandado de que todos los españoles recibían grandísima alegría y contento por parecerles que era esta paz principio de tener algún sosiego, refugio y descanso de los prolijos y continuos trabajos que en los tiempos pasados habían padecido.
Y acabado que hubo don Gutierre de hacer la discreción y visita de los pueblos que iba a ver, se volvió a donde había dejado la demás gente, donde se detuvo solamente doce días, para que todos se aderezasen con sus ganados y haciendas para efectuar la segunda translación del lugar, la cual fue hecha por el don Gutierre de Ovalle en el sitio donde al presente está y permanece, cuyo territorio de sus naturales era llamado Quencho, y por el mes de mayo, año de mil y quinientos y sesenta y [1] tres. En esta segunda traslación de esta villa le fue mudado el nombre por el capitán don Gutierre, y le puso por nombre la ciudad de Ronda, aunque este segundo nombre se perdió por la vieja costumbre del primero, con el cual se está y permanece basta el día de hoy[2].
Hecha la traslación y fijación de la villa con los ordinarios autos que es costumbre, adjudicó ejidos para el pasto común de los ganados, repartió estancias a los vecinos, dioles solares en que edificasen e hiciesen sus casas, y señaloles huertas para el servicio común; y hecho esto entendió en repartir los naturales e indios entre los soldados españoles que habían trabajado en aquella conquista, pacificación y población, en lo cual se excedió don Gutierre de la comisión que tenía[3] y de lo que conforme a justicia debía hacer; porque señaló indios a personas que no habían trabajado ni andado en la pacificación de la tierra, de que vinieron a agraviarse los soldados y a quejarse de él públicamente y a decir algunas palabras libres, dando muestras de que querían dejar y desamparar el pueblo y salirse fuéra, pues vían que lo que ellos habían trabajado lo daba en su perjuicio don Gutierre a personas inméritas de lo que en esta tierra había.
Llegaron a los oídos de don Gutierre los clamores de los soldados, y aun algunas cosas que con libertad sobrada se decían en su perjuicio, las cuales disimuló cuerdamente; y para aplacar el furor de los quejosos se prefirió de enmendar y remediar todo lo hecho, aunque cautelosamente y sólo por librarse de la vejación presente; y así, no teniendo algunos soldados esperanza que habría enmienda en lo que don Gutierre había hecho, por haber dado algunas muestras de quererlo sustentar, se salieron a quejar de él y de lo que en su perjuicio había hecho a la Audiencia, y don Gutierre, viendo que con palabras blandas ni ofertorias no bastaba a mitigar los quejosos, díjoles que él se eximía del repartir de la tierra y que no quería más entender en ello; y para dar muestra de que esto no era fingido, delante de los vecinos rompió el apuntamiento que había hecho, dejando en su poder guardado un treslado para enviarlo a la Audiencia. Los soldados, presumiendo la cautela, comenzáronse a alborotar de nuevo y quererse salir e ir con sus quejas, mas don Gutierre los procuró aplacar con acrecentar algunas casas más a los quejosos, pero todo esto le aprovechó muy poco a don Gutierre, porque como enviase el apuntamiento y repartimiento que de los naturales había hecho a la Audiencia, donde ya estaban algunos soldados quejándose de él, no sólo los oidores no confirmaron ni aprobaron lo que él había hecho, pero suspendiéronle del cargo de justicia mayor que de aquel pueblo tenía, y en su lugar proveyeron por corregidor de la villa a don Lope de Orozco, que a la propia sazón había sido quitado del corregimiento del pueblo de la Trinidad, como en su lugar se ha dicho.
Capítulo once
En el cual se escribe cómo don Lope de Orozco fue por corregidor a la villa de la Palma, y el poco tiempo que gobernó, y lo que en él sucedió y se hizo en esta villa.
El gobierno o cargo que de corregidor de la Palma tuvo don Lope fue breve, que después que en ella entró no le tuvo más de seis meses, y así habrá poco qué escribir.
A los principios estuvo bien quisto y afable con los vecinos, por no entremeterse en mover ningunos indios de los que don Gutierre había dado, porque bien o mal les servían ya los indios y cada cual conocía ya su suerte, y así aunque a los principios aborrecieron lo que don Gutierre había hecho y apuntado, después estaban contentos los más con ello, y no quisieran que hubiera ningún removimiento, lo cual pretendió hacer don Lope, mandando que no se sirviesen de los indios por el apuntamiento de don Gutierre sino por las cédulas que él les hiciese o diese de ellos. Esta novedad fue causa, no sólo de que aborreciesen a don Lope, sino que con diligencia procurasen que lo quitasen del pueblo, y así se salieron algunas personas a quejar de él a la Audiencia para que lo remediase.
En este mismo tiempo sucedió que estando de paz los indios y sirviendo a sus encomenderos, entre sí se conjuraron los indios y determinaron rebelarse y quitar la obediencia que al pueblo tenían dada; y para que esta su rebelión fuese solemnizada con el derramamiento de alguna sangre, porque entre ellos tuviesen más fijeza mataron algunos yanaconas e indios ladinos que entre ellos estaban por mandado de sus amos como sustitutos para hacer que hiciesen labranzas y lo demás necesario que se les mandase; y con esto no acudieron más al pueblo. Los vecinos, luego que tuvieron noticia de lo que los indios habían hecho, se juntaron y fueron a castigarlos así de la rebelión como de los indios que habían muerto. Anduvieron por entre las poblazones de los rebeldes y delincuentes algunos días, caminando de noche y reposando de día, dando algunas alboradas en las partes donde los indios estaban recogidos y retirados, de tal suerte que pagaron bastantemente lo que habían hecho, sin que hubiesen contra los españoles ninguna victoria ni les damnificasen en cosa alguna, que fue causa de que los indios quedasen algo domados y humildes y viniesen con más brevedad de paz y a servir a los españoles.
Después de lo cual don Lope de Orozco, teniendo por cosa muy útil y provechosa para el sustento de este pueblo y vecinos de él, y aun para el descanso de los indios que por el río grande de la Magdalena arriba suben la ropa de Castilla para el sustento y servicio del Reino, que en este pueblo o en sus términos se descubriese puerto en el cual las canoas echasen la ropa y de allí la llevasen a los pueblos del Reino en arrias, determinó irlo a buscar y descubrir, porque esta provincia de la villa de la Palma cae más abajo del desambarcadero del río Negro, al cual con muy gran trabajo y peligro de su salud llegan los indios canoeros a echar la ropa que desde Mompox, villa puesta en las riberas del propio río, hacia la parte de Cartagena, suben; y descubriéndose en el paraje de los términos de esta villa de la Palma puerto y desembarcadero y abriéndose camino para que las arrias pudiesen llegar a tomar la ropa, los jueces superiores mandarían que de allí no subiesen los indios de las canoas para arriba, por el refugio y bien de los indios que las bogan. Pues con deseo de ganar esta honra y gloria, don Lope salió de la villa con gente, y caminando por ásperas y muy dobladas montañas la vía del río grande, anduvo por ellas trabajando todo lo que pudo más de dos meses, a pie y casi sin comida sino era alguna agreste o silvestre de la tierra. Túvose algo a mano izquierda; tomó a caminar por una quebrada arriba pareciéndole vía derecha y muy acertada, y por ella vino a dar al pueblo del río Negro, caminando algunas leguas de montaña despoblada y sin camino que los guiase más de la corriente del agua.
De aquí se volvió don Lope a la villa de la Palma, donde halló que sus émulos y contrarios habían ganado una provisión en que la Audiencia le suspendía del cargo de justicia mayor que tenía, y dende a diez o doce días se tomó a salir, aunque esto tengo yo por incierto, porque a esta sazón vino por presidente del Nuevo Reino el doctor Venero de Leyva, que comenzó a poner corregidores en los pueblos del Reino, y por su mandado fue don Lope de Orozco llamado como persona de calidad para semejantes cargos, y le dio el corregimiento de Tunja, Vélez y Pamplona, a donde luégo se fue y estuvo más de un año gobernando estos pueblos prudentemente.
Capítulo doce
En el cual se escribe cómo Cepeda de Ayala fue por corregidor a la villa de la Palma, y de allí a Muzo, y dende a poco le fue quitado el cargo de Muzo y se volvió a la Palma, y fue en descubrimiento del desembarcadero del río grande, y lo que en ello le sucedió.
Con la ausencia que don Lope, hizo de la villa de la Palma, y con la de otros muchos vecinos que en este tiempo faltaron, que habían acudido a la ciudad de Santafé a representar sus servicios y méritos al presidente, que como he dicho había poco que era llegado al Reino, para que les encomendase indios y los desagraviase, los naturales se rebelaron de todo punto, y andaban concertándose entre sí para dar en el pueblo y arruinarlo.
Tuvo de ello noticia el presidente y de la falta que los vecinos ausentes hacían, juntamente con la de una persona que los gobernase y tuviese en justicia; porque, aunque en estos pueblos haya alcaldes ordinarios que usan de jurisdicción real, civil y criminal, suele muchas veces haber bandos y competencias entre ellos y entre los regidores, y así nunca se efectúa cosa que convenga al bien común, y a las veces suelen ser estos alcaldes inútiles y sin provecho y no más de para ostentación de aquel título honroso y preeminente, que es el supremo que en tales pueblos se puede dar. Proveyó el presidente Venero por corregidor de la villa a Cepeda de Ayala, de quien en el libro e historia de la Trinidad he mostrado, y con esto proveyó por edito público que los vecinos de la Palma se fuesen a sustentar su pueblo, con pena y apercibimiento que les quitaría los indios y los daría a otras personas.
Cumpliose en esto lo que el presidente proveyó, y en breves días Cepeda de Ayala y los vecinos se entraron y volvieron a su pueblo, donde por el respeto dicho de estar los naturales rebeldes fue necesario salir luégo con gente a correr la tierra y poner algún temor en los indios para que viniesen de paz y al servicio de los españoles. Fue a ello Diego de Montalvo, con los españoles que Cepeda le señaló; entró por el valle de Murca y por el de Terama hizo algún castigo en los indios, de suerte que los amedrentó y forzó a que se humillasen y pacificasen; gastó en correr la tierra veinte días, en los cuales aprovechó harto para la tranquilidad de los naturales y conservación del pueblo, y volvió a entrar en la villa, después del tiempo dicho, con indios de paz. Y porque la pacificación de los naturales pasase adelante, luégo que Montalvo llegó al pueblo, envió el corregidor Cepeda de Ayala a Juan de Olmo con gente a que corriese lo demás que faltaba de la provincia que estaba más cercana al pueblo, en que se incluyese lo que ahora llaman suerte primera.
Juan de Olmo y los demás españoles que con él salieron, anduvieron algunos días por las poblazones dichas. Hallaron algo aplacados y humillados a los naturales, por lo cual no fue menester meter la mano en derramar alguna de su sangre, que en semejantes tiempos se suele hacer; porque ellos, temiendo y viendo, como se suele decir, el cuchillo a la garganta, y acordándose de los daños que les habían llovido a cuestas en las guerras pasadas, y lo poco que habían ganado, salieron de paz a Olmos, y casi toda la demás gente que estaba rebelde se ofrecieron de servir a los españoles pacíficamente, sin cauteiia ni doblez; y con este buen suceso se volvieron los españoles al pueblo muy contentos, por parecerles que con esta paz cesarían por algunos días el andar de cerro en cerro y de collado en collado con las armas acuestas tras los indios, corno quien anda a cazar fieras; pero estos sus desinos les iban ya saliendo inciertos, porque Cepeda de Ayala, luégo que vio la tierra pacífica y que los naturales servían, determinó irse a descubrir el puerto del río grande, que pocos días antes había intentado don Lope de Orozco, para el cual efecto forzosamente había de llevar consigo los más de los vecinos y soldados que en el pueblo había. Pero también el corregidor Cepeda fue de la misma suerte burlado que los demás, aunque con más próspero suceso, porque en esta sazón fue proveído por corregidor de Muzo juntamente con la Palma y vinieron vecinos del pueblo de la Trinidad a llevarlo, según que en otra parte habemos contado, aunque Cepeda de Ayala no por esto se apartó del propósito que tenía de ir a descubrir el desembarcadero de río grande por aquella provincia, por ser negocio que le había sido mandado y muy encargado por el doctor Venero, presidente, que a fin de reservar de algún trabajo a los indios de la boca del río grande, como poco ha dije, había mandado con mucha calor a Cepeda de Ayala que procurase descubrir este camino, para el cual efecto llevó consigo de la villa veinte soldados, aunque no fueron menester, porque en esta sazón fueron descubiertas las minas de las esmeraldas en la ciudad de la Trinidad, por cuya causa o codicia fue proveído otro corregidor a Muzo y vuelto Cepeda de Ayala a su villa en pocos días, sin gozar por entonces como quisiera de la jurisdicción de entrambos pueblos.
En el camino le quisieron hacer resistencia los naturales entre Notepi y Micipa; pero fueron rebatidos y ahuyentados por los soldados, sin que los nuestros recibiesen daño alguno.
Llegó Cepeda de Ayala a la villa de la Palma, con propósito de no meter la mano en ir a descubrir el desembarcadero, porque sintió grandemente que en tan breve tiempo y por respeto que otro, fuese aprovechado de aquel descubrimiento, le quitasen el cargo de corregidor de Muzo; pero como era negocio que el presidente le había encargado, de quien esperaba ser aprovechado, mudó propósito y acordó efectuar lo que le había sido mandado, y tomando consigo la gente que le pareció, caminó la vía del río grande, por la cual llegó a la loma que llaman de la Tormenta, de donde se ve y parece el propio río. Alojose en ella, que es ya el remate de la poblazón de la villa de la Palma, y de allí hasta el río es despobladas montañas. Y dejando en este alojamiento Cepeda de Ayala toda la más dc la gente que llevaba, tomó consigo solos siete hombres para a la ligera ir desde allí por delante descubriendo el camino hasta la barranca del propio río, y caminando por bien malos caminos iba siempre desechando ciénagas y anegadizos que por la derrota que llevaba había, por donde llegaron a un río bajo y de poca agua en el cual hallaron rastro de un indio que por él iba caminando. Cepeda y los demás lo siguieron todo aquel día hasta que se hizo hora de ranchear o alojarse, que comenzaron a hacer ranchos. Mas como la codicia de seguir y descubrir la vía de aquel indio que por el río caminaba era muy grande en Cepeda de Ayala, tomó consigo a Alonso de Molina y a Salvador Pérez y a Pedroso y prosiguió adelante, para en el tiempo que quedaba del día ver si podía descubrir el paradero del rastro del indio, el cual los llevó, después de haber sido por él sentidos, por una trocha o angosta senda que por la montaña iba a dar en un bohío donde ya sus moradores estaban puestos en arma y la puerta embarazada con dos palos cruzados como aspa para que no pudiesen entrar fácilmente sin resistencia.
Llegó el primero a la puerta Molina, y metió la cabeza por entre los palos. Los indios que dentro estaban tiráronle dos flechazos con gran furia, y el uno se le enclavó por el oído y el otro en la mejilla: hízose fuera el Molina con sus flechas en el rostro, para quitárselas, y luégo se llegó al bohío Salvador Pérez con su arcabuz, y andando a la redonda de la casa halló otra puerta falsa, por la cual entró, y como quisiese disparar su arcabuz y la mecha por venir mal aderezada no le ayudase, diéronle los indios de dentro un flechazo, aunque al soslayo, por entre la boca del estómago y la tetilla, de que luégo, saliéndose fuéra del bohío, cayó en el suelo casi sin sentido, amortecido, y comenzó a lanzar del estómago; Ayala, viendo que de cuatro que eran estaban los dos heridos, acordó retirarse atrás; y porque Salvador Pérez había dado muestras de estar más muerto que vivo, apartáronlo del bohío y escondiéronlo en un balsar, porque los indios no lo acabasen de matar, y con el otro herido se volvieron a donde habían quedado los otros cuatro soldados haciendo ranchos. Durmieron allí aquella noche, con harta pena y congoja de que no amaneciesen sobre ellos indios y los matasen, pues no sabían la poblazón que por allí había; pero con todo este recelo, Cepeda de Ayala, luégo que amaneció, determinó ir con toda la gente que allí tenía a enterrar a Salvador Hernández que había quedado por muerto, pero halláronlo vivo y desnudo en carnes, y que casi toda la noche había andado por el arcabuco, buscando el camino para ir a dar donde estaba el corregidor, y así escapó este soldado con la vida sin pensar. Fue hallado desnudo porque él, de industria, se había desnudado porque los indios no lo viesen y conociesen en la vestidura blanca que tenía y lo acabasen de matar; y aliende de su flechazo le hallaron en la barriga una llaga que con el fuego de la noche se le había hecho, y el otro herido, Molina, que se contaba con los vivos, murió al tercero día, porque este Molina teniéndose así por vivo y a Salvador Hernández por muerto, al tiempo que Cepeda de Ayala quiso ir a dar sepultura al que tenía por muerto, le dijo que curase de remediar los vivos y poner en salvo sus vidas y se dejase de ir a dar sepultura a los muertos.
El corregidor, con esta desgracia, no curó de pasar adelante con el descubrimiento del camino; mas de allí se volvió a la loma de la Tormenta, donde había dejado el resto de la gente, y descansando en ella dos días, se volvió con toda la compañía junta a la villa de la Palma con harto desgusto de haber echado en vano esta jornada.
Capítulo trece
En el cual se escribe cómo Cepeda de Ayala fue a buscar minas de esmeraldas, y después de esto quiso volver a descubrir el puerto del río grande, y se volvió del camino y se salió al Remo, y cómo los vecinos o el cabildo enviaron a Juan Esteban con gente a pacificar los rebeldes.
Halló Cepeda de Ayala en la villa algunos vecinos de la villa de San Miguel, lugar sufragáneo a Santafé, que habían entrado a noticia y en demanda de minas de esmeraldas, porque como en este mismo tiempo se habían descubierto las minas esmeraldas de la ciudad de la Trinidad, presumían, y aun tenían por cierto, que por ser toda la provincia y tierra una, no dejaría de haberlas en el territorio y términos de la villa de la Palma.
Cepeda de Ayala se holgó de ello y aun los vecinos de este pueblo, por parecerles que con la entrada de estos otros vecinos se acreditaría mucho el pueblo. Y así, el propio corregidor salió con los vecinos de San Miguel y con algunos de los de la Palma, y anduvo algunos días por entre las poblazones de los naturales, en demanda y busca de las minas esmeraldas; y con más diligencia fueron buscadas en las poblazones de Ibama y Atico, por haber tenido noticia que allí las había. Pero en ninguna parte las hallaron, y los naturales siempre negaron que las hubiese en la tierra, por lo cual se volvieron a la villa, con daño de algunos soldados que se les empuyaron, y con uno menos que murió de un puyazo, porque los indios tenían preparados los caminos con muchas puyas enherboladas que en ellos tenían puestas; y los vecinos de San Miguel se tornaron a salir frustrados de su desinos, que pensaban enriquecer por esta vía muy presto en aqueste pueblo.
Hallábanse ya cansados los vecinos de la villa de la Palma de las continuas salidas que habían hecho y guerras que habían tenido, y dábales pena muy grande que a cabo de tanto 'tiempo que andaban trabajando en la conquista y pacificación de este pueblo con tan evidentes peligros de la muerte, no tenían ni conocían cosa propia ni les acababan de encomendar los indios, por lo cual propusieron y aun se determinaron de no salir a parte ninguna si no fuesen constreñidos de alguna extrema necesidad.
El corregidor Ayala tenía voluntad de volver a descubrir su puerto al río grande, pero hallaba a los soldados tan fuera de seguirle que no se atrevió a mandarlos apercibir, porque no usasen de algunas libres palabras contra él y menospreciasen su mandamiento y viniese a suceder algún tumulto por quererlos apremiar, y así para conseguir y efectuar lo que pretendía, le fue necesario usar de cautela, porque dijo a los vecinos que quería salir a hacer cierta averiguación de un principal o cacique sobre quien tenían diferencias dos vecinos de este lugar, y con esto salieron con él hasta quince hombres. Metiose con ellos la tierra adentro, y allá les dijo lo que pretendía hacer y cómo quería proseguir su descubrimiento del puerto o desembarcadero del río grande. Pesoles a los que allí estaban de la cautela o burla, pero porque no pensasen que de temor no le querían seguir, se fueron con él, y al subir de la loma de la Pascua le salieron muchos indios de guerra a dar guazabara, con los cuales pelearon gran rato, hasta que les hicieron volver las espaldas y retirarse; y como los indios se iban retirando iban dejando por el camino puestas muchas puyas, con que hicieron harto daño a los nuestros, que los seguían con obstinación, porque en ellas se empuyó, demás de otros muchos indios ladinos, Guerrero, buen soldado, por quererse adelantar y aventajar de los demás. Metiose la puya por el carcañar, donde se dio una peligrosa herida y de muy mala yerba, que ocho días continos no dejaron de irle cortando carne, según la yerba iba haciendo señal de irle condiendo y empeciendo, cura con que le descabezaron casi todas las venas que a aquella parte acuden.
Esta guazabara y daño fue causa que Cepeda no pasase adelante, por el mal aderezo que consigo llevaba para jornada tan larga y de tanto trabajo y peligro, y así se volvió a la villa, donde se desabrió del todo de ver que no le quisiesen seguir los vecinos; y luégo, dende a pocos días, se salió de la villa y volvió a Santafé, donde la segunda vez fue proveído por corregidor de Muzo, según que atrás queda escrito.
En estos días los naturales casi se acabaron otra vuelta de rebelar y quitar de la obediencia que a los españoles habían dado, sin querer venir al pueblo a servirles ni proveerles de lo necesario, que demás de hacerles padecer alguna necesidad y falta de comida había en ello riesgo de que si les diesen lugar se congregasen y juntasen, y tomando las armas viniesen sobre el pueblo; y para remediar con tiempo esto, de consentimiento de todo pueblo el cabildo nombró por caudillo a Juan Esteban, soldado de quién atrás hemos hecho mención, el cual con quince compañeros salió a correr la tierra, y caminando la vía y valle de Murca hacia los panches, se metió con presteza entre las poblazones de esta comarca, porque los naturales de ella estaban algo tibios, que ni querían servir ni rebelarse, sino vivir en ocio y a la mira.
Los españoles pusieron tanta diligencia y tan buena en el negocio, que en breve tiempo atrajeron a sí los indios y los hicieron sus amigos, con que les volviesen a servir al pueblo. De aquí envió Juan Esteban a llamar de paz y que lo viniesen a ver a los indios de Muchipay, para antes de ir a su poblazón, reconocer de ellos lo que pretendían, pero los indios, usando de su rústica libertad, le enviaron a decir que fuesen él y los demás españoles a donde ellos estaban, porque no era razón que por cumplir el mandato suyo dejasen ellos sus casas, recreaciones y mujeres. Juan Esteban y los demás soldados, con todos los indios amigos que pudieron haber, se fueron derechos a la poblazón de Muchipay, donde menos tardaron en llegar que los indios en cercanos con las armas en las manos y darles guazabara. Defendiéronse los nuestros con ánimos y valor español, porque aunque la pelea y cerco turó dos días con sus noches, no por eso la multitud de los bárbaros ganaron con ellos cosa alguna, antes siempre recibían daño notable de los arcabuces, y fue Dios todo poderoso servido de que al tiempo que a los nuestros se les acababa la munición se les acabó a los indios el coraje y brío con que habían peleado dos días, y se retiraron con solamente haber damnificado a los nuestros con un flechazo que dieron a un español, de que le atravesaron una pierna, que les dio harto trabajo para llevarlo o volverlo al pueblo, lo cual hicieron los nuestros luégo otro día de como los indios les dejaron de dar guazabara.
[1] |
La palabra "tres" substituye a dos, tachada. |
[2] |
Las palabras: "En esta segunda traslación de esta villa le fue mudado el nombre por el capitán Don Gutierre, y le puso por nombre la ciudad de Ronda, aunque este segundo nombre se perdió por la vieja costumbre del primero, con el cual se está y permanece hasta el día de hoy", están añadidas en el margen con letra distinta. El texto original tachado se lee así: Algunos han querido decir que... Don Gutierre hizo esta última traslación de este pueblo lo que fue ... quién... en lo que le puso la ciudad de Ronda; pero esto no parece ser... porque el pueblo permanece hoy con su antiguo nombre de la villa de La Palma, y si Don Gutierre le puso ciudad de Ronda, fue muy fuera de... pues no tenía misión pera ello. Hecha la traslación, etc." |
[3] |
Al margen de la página hay una anotación tachada que dice: Algunos soldados mal contentadizos y con poca razón quisieron decir que Don Gutierre había excedido, que es, como se ve, un intento de una nueva redacción.Aquí hay una señal que se refiere a una anotación también tachada, la cual dice:Algunos han querido decir que cuando Gutierre hizo esta última traslación... La frase está, inconclusa. Se trata de ensayos de redacción. |
