Capítulo nueve
En el cual se escribe cómo el capitán Lozano se partió del alojamiento de Tarabira, y bajando con gran peligro de su gente al río de Páez caminó por las riberas de él y se fue a alojar a la mesa de Páez, donde el pueblo se había de fijar.
Los indios enemigos no se quitaban de sobre los altos, atalayando la salida de los españoles y derrota que habían de llevar, porque como he dicho, la principal guerra de estos bárbaros era en laderas y descendidas o bajadas de lomas, donde apoderándose ellos siempre de lo alto, procuran ser señores de sus contrarios y ofenderles con las galgas y otras armas arrojadizas de que usan. Y así, en comenzando a marchar los españoles y a seguir su vía, que era tornar a bajar al río de Páez por otra parte contraria de la por donde habían subido, fue tanta la multitud de los bárbaros que acudieron a ofender y dar en la retaguardia, que fue necesario acudir allí los más arcabuceros a ojear con los arcabuces los indios que se les acercaban mucho; y porque en la cuesta abajo que ya la gente iba descendiendo, no tuviesen lugar de ofenderles los indios con las galgas, se quedaron los arcabuceros en lo alto guardando el paso, para que los indios no se llegasen a él a echar las galgas. Pero como antes de tiempo los soldados que hacían la guardia de este paso lo desamparasen, porque aun la demás gente y carruaje no había llegado a lo bajo y llano ni salido de donde les pudiesen ofender, los indios se llegaron con presteza y arrojando una tempestad de galgas que echaron a rodar hubieran de hacer gran daño en el bagaje y servicio de los españoles; pero, permitiéndolo Dios así, solamente arrebataron con el golpe de algunas grandes piedras un caballo con dos petacas de ropa y un toro, que despeñándolo una piedra o galga de aquellas que rodaban se hizo pedazos, y fue cosa de maravilla ver que, como todo el ganado vacuno estuviese remolinado en un mal paso y no quisiese caminar ni descender a lo llano, en el punto que vieron despeñarse el toro, como si con esto reconocieran el daño que de su estado allí les podía venir, comenzaron todas las demás reses a bajar con gran presteza a lo llano corriendo la cuesta abajo cual más podía. En la demás gente no hicieron daño las piedras o galgas, excepto en dos soldados españoles, que casi sin tocarles, sino con el ímpetu con que iban volando, una piedra les lastimó en las espaldas, sin que el daño les causase peligro.
Los arcabuceros que en lo alto habían quedado al tiempo que los desampararon, se bajaron otra bajada diferente de la que la demás gente había llevado. Aunque era más derecha, había en ella menos peligro y daño; mas con todo esto los fueron siguiendo los indios, y poniéndolos en mucho aprieto y riesgo. Bajados todos a lo llano y riberas del río de Páez, se alojaron, y todo lo que del día les quedaba lo pasaron en rebatir los enemigos que por muchas partes se les iban siempre acercando y procurando hacer daño.
Otro día de mañana amanecieron algunos escuadrones de indios sobre el real, aunque algo desviados, porque por temor de los caballos no osaban bajarse a lo llano ni acometer al alojamiento. Domingo Lozano y otros buenos jinetes, armandose con sus acostumbradas armas, salieron a los indios, y haciendo en ellos una manera de acometimiento se comenzaron a retirar, fingiendo que huían para con esta cautela ver si podían hacer a los indios bajar a lo llano. Volvieron las espaldas a los enemigos, los cuales como es gente que usan de pocos ardides en la guerra, entendiendo que era cierta la huída de los españoles, se bajaron a gran priesa tras ellos, tirándoles piedras con hondas y arrojándoles lanzas o dardos, que son sus principales armas. Los nuestros, cuando les pareció tiempo conveniente, revolvieron las riendas de sus caballos sobre los enemigos y espoleándoles apriesa alcanzaron algunos que alancearon, de los cuales quedaron tendidos allí en el suelo parte, y los demás, con peligrosas heridas, huían ligeramente y se encaramaban por la aspereza de las cuchillas y lomas. Tomose en este alcance un solo indio vivo, del cual se informó el capitán qué desinos fuesen los de aquella gente que tan obstinados estaban en su rebelión. El bárbaro claramente dijo que pretendían llevar adelante la guerra y hacer todo lo que pudiesen hasta echar a los españoles de su tierra; pero sin embargo de esto fue enviado este indio que tratase con sus compañeros de que cesando la guerra siguiesen la paz y fuesen amigos; mas los bárbaros no vinieron en ello, y así se volvió el mensajero sin quebrantar la palabra que por esta vez había dado de volver a su compañía; pero como otra vez le enviasen con el mismo mensaje y tratos de paz, acordó no volver con la respuesta, por no ponerse a riesgo de perpetua servidumbre.
Estuviéronse en esta ribera alojados los españoles cuatro o cinco días, comiendo de las comidas que alderredor tenían y oyendo continuas gritas que desde los altos les daban los indios sin que osasen bajar a lo llano. Después de estos días fueron levantadas las tiendas y toldos de los españoles y caminaron por unas llanas vegas que por las riberas del río arriba se hacían, llevando la sierra a mano izquierda y el río a mano derecha, sin que pudiesen ser ofendidos de los indios, porque como la sierra iba continuamente apartada y los indios no osaban bajar a lo bajo a ofender, no se podían ayudar nada de la tierra contra los nuestros, salvo en aquellos lugares donde por llegarse a juntarse mucho algunas cuchillas que de la sierra bajaban con el río causaban ser el llano y camino que llevaban angosto, y podían los indios dende estos altos aprovecharse de sus hondas y piedras contra los nuestros; pero no era tanto el daño que hacían cuanto el que recibían, porque como entre los españoles iban diestros arcabuceros y llevaban arcabuces que alcanzaban muy a lo largo, hacíanse por ellos muy buenos tiros en los enemigos, donde acontecía ponerse un indio con su rústica desvergüenza a tirar desde un alto con su honda y piedras a los españoles y hacerles la perneta, que es cosa muy usada entre estos bárbaros, y decir muchas palabras vituperiosas en que empleaban toda su furia, y cuando el indio estaba metido más en fervor con estas sus amenazas, le vían rodar la cuesta abajo del golpe que la pelota del arcabuz en él hacía.
Llaman los soldados en estas conquistas la perneta a todos los ademanes que, en semejantes tiempos, de lugares seguros hacen los indios vituperando o menospreciando a los españoles.
De la otra banda del río iban siguiendo a los nuestros muchos indios, teniéndose por seguros a causa de estar el río en medio, que aunque no era muy caudaloso, las altas barrancas que tenía estorbaba a los nuestros que no lo pasasen cuando quisiesen, y así luégo que Domingo Lozano halló paso por donde los caballos pudiesen pasar, hizo que quince hombres de a caballo pasasen a correr la tierra de la otra banda y ahorcar [1] los indios que les iban siguiendo, donde se alancearon algunos indios, cuyas cabezas en un proviso les eran quitadas por algunos de los indios anabeymas que de la otra parte pasaron con los de a caballo; en todo les sucedió tan bien a los españoles que sin perder ningún soldado llegaron a la mesa de Páez, que era un llano muy vistoso y en la sazón muy cultivado y sembrado, de media legua de largo y la mitad de ancho, y en él había mucha casería, aunque sus moradores se habían ausentado por ver entrar los españoles en su tierra.
Hizo el alojamiento el capitán Lozano de los españoles en medio del llano, en el paraje de una muy buena fuente de agua que nacía al pie de una cuchilla o loma que bajaba de lo alto de la cordillera y páramo, con que se regaban y proveían de agua todos los moradores de aquel llano; y hecho esto, luégo incontinenti se comenzaron a esparcir y derramar los soldados por la casería que por el llano había, a juntar maíz y madera para hacer sus casas en aquel sitio, donde pretendían hacer la fundación y edificación de su pueblo; y así cada cual se prevenía de lo que había menester para largo tiempo; y soldados había que enteras como estaban llevaban al alojamiento algunas casas de indios, por ser pequeñas y apañadas para ello y les aprovechaban mucho. Los naturales casi no hacían ostentación ni muestra ninguna por allí, porque todos andaban turbados y alborotados del atrevimiento que los nuestros habían tenido en metérseles por sus puertas y casas, metiendo y poniendo sus mujeres e hijos en partes seguras para después salir con la gente que fuese para ello a seguir la guerra y a pelear con los españoles. Porque por ser esta gente de los sujetos aquel cacique o señor llamado Páez, les pareció que a ellos les competía más derechamente el haber victoria contra los nuestros y echarlos de la tierra que a los de las otras poblazones por donde antes habían pasado.
Capítulo diez
En el cual se escribe las propiedades y condiciones del sitio donde se pobló [2] la ciudad de San Vicente de Páez, y cómo fue en él fijada por el capitán Domingo Lozano, y otras cosas que sucedieron hasta que Juan del Olmo salió a pedir socorro a Popayán.
Era este sitio donde los españoles estaban y el pueblo se había de fijar, como se ha dicho, muy llano y raso, y de muy buen temple y alegre cielo, y así en sí representaba la tierra una alegría general que alegraba mucho a los soldados y los animaba; y demás de esto, el propio sitio y mesa donde estaban alojados, daba muy buenas y grandes muestras de ser tierra muy fértil y cultivada para que los españoles luégo pudiesen hacer sus sementeras, y pudiesen prevenirse de comidas de su propio trabajo y cosecha, pues los trabajos y calamidades de la guerra demás de apocar la que los indios de presente tenían, hablan de ser causa que no sembrasen los campos como lo solían hacer aquellos naturales que ninguna muestra daban ni habían dado de tener paz ni amistad con los españoles. Las aguas les eran muy sabrosas, dulces y delgadas, especial las que manaban de aquella fuente que cerca del pueblo y al pie de la cuchilla nacían en tanta abundancia que con ser a esta sazón la fuerza del estío echaba de sí aquella fuente un muy grueso golpe de agua. Para la provisión y servicio del pueblo tenían muy cerca grandes montes de leña, y toda la tierra producía alderredor muy buenos herbazales para el sustento de los caballos. Finalmente, la tierra daba muestras y apariencias de fertilísima, y con el buen temple de aire y cielo que la acompañaba, se vían en ella claras y evidentes señales de que todo lo que en ella quisiesen sembrar y plantar se daría y habría fruto de ello; y después de ocho o diez días que hubieron estado los españoles alojados en este sitio, en el cual tiempo ningunos indios habían osado a bajar a lo llano a darles guazabaras ni hacerles otro acometimiento ninguno más de ponerse desviados por los altos y laderas a dar gritos y voces y hacer otras alharacas de bárbaros, vino de paz un indio principal de aquella provincia, llamado Pena, con algunos indios sujetos suyos, y ofreciose de servir cautelosamente a los españoles, con desino de ver y entender lo que le convenía, y cuando hubiese ocasión cual él la deseaba aprovecharse de ella; pero como esto de la paz era cosa que mucho deseaba Domingo Lozano, pareciole muy útil la que este indio le había dado, y teniéndola por principio para que los demás indios harían lo mismo, dio luégo orden en fijar el pueblo, y después de haberlo tratado y comunicado con los soldados, y principalmente con los del cabildo, los cuales todos vinieron en ello, hizo los autos necesarios, y fijando su pueblo y ciudad de San Vicente de Páez, dio traza y puso picota en la plaza, y repartió los solares como es uso y costumbre en los pobladores, y ultra de esto les señaló huertas a todos los presentes en que sembrasen e hiciesen sus labores, y hecho esto juntó sus soldados y advirtioles cuán sobre el aviso debían de andar continuo y no desmandarse a ninguna parte, pues la gente y naturales de aquella provincia habían dado muestras de muy belicosos y briosos, y que atrevida y desvergonzadamente se llegaban con sus armas a los españoles; de más de que la experiencia de los pasados era y debía ser gran ejemplo a los presentes, pues en aquel propio lugar había sido rebatido don Sebastián de Benalcázar con doblada gente de la que entonces se hallaban en aquel pueblo, sin haber habido mucha desorden entre soldados.
Díjoles que lo más seguro para la conservación de su salud y vidas era no salir fuéra del pueblo sin compañía de hombres de a caballo y arcabuceros en quien consistía la fuerza de la guerra, y que así podrían ser señores de sus enemigos y sujetarlos. Porque como a los indios no se les diese ocasión de que tomasen a manos o matasen españoles, podrían con más brevedad y menos daño traerlos a la servidumbre que ellos pretendían. Los soldados se ofrecieron de hacerlo así como el capitán se lo encargaba, pero mal lo cumplieron, como se verá por lo que sucedió, como luégo se dirá.
Los soldados, concertadamente, comenzaron a hacer correrías a una y a otra parte, pero no se alejaban ni apartaban mucho del pueblo, y demás de esto salían muchas noches a ponerse en celada y emboscarse en partes montuosas, donde los indios de día acudían, y así les hacían mucho daño, y eran arrebatadamente muertos muchos que caían en los saltos y emboscadas. Pero ninguna calamidad ni azotes los ablandaban, antes se endurecían en su tiranía, sin querer usar de ningún término de humildad; y como por defeto de sus armas tan rústicas y que con ellas no eran parte para ofender en lugares llanos y escombrados a los españoles, y así no les podían tomar venganza de ellos ni hacían ningún daño, dieron en procurar matarles los caballos de noche, que andaban sueltos o maneados por la sabana o campaña paciendo, y bien eran tan curiosos en esto, que dentro los toldos y ranchería de los españoles los desmaneaban y se los llevaban y los mataban o vendían a los pexaos por oro y por otras joyas. Porque como la gente pexas sea tan carnicera y amiga de comer carne, no sólo humana pero de otros cualesquier animales por incógnitos que sean, holgaban de que de estos páez les llevasen los caballos que a los españoles hurtaban. Demás de esto se ponían estos bárbaros en salto en una fuente de agua salobre, de la cual los caballos habían ya, gustado, y como en regostándose [3] acudiesen a la fuente al gusto de la sed, eran allí tomados de los indios y muertos.
De esta manera y con estos ardides en pocos días hirieron menos casi cincuenta caballos; y aunque para castigar su desvergüenza el capitán Domingo Lozano puso algunas emboscadas de españoles junto a la fuente, y para que los indios acudiesen a ellas se hacían soltadizos algunos caballos, que como fugitivos fuesen a beber, todos les salía en daño a los nuestros, porque los bárbaros, presumiendo la cautela, atalayaban y miraban primero desde un alto cerro que sojuzgaba toda aquella campiña, si había señal de haber en alguna parte de ella soldados emboscados, y así tenían lugar de ver y descubrir los que les estaban esperando, por lo cual fue muy poco el daño que con esto se hizo. Otras veces, con su bárbara osadía, se ponían indios en lugares altos cerca del pueblo, y de allí desafiaban a los nuestros que saliesen a pelear con ellos a unas laderas que allí cerca tenían de la otra parte de la quebrada de Muesga, tierra muy mala y aspensima, porque como he dicho otras veces, en tierra llana no se atrevían por temor de los caballos. Los soldados salían cada día al sitio que los indios señalaron, con sus arcabuces, donde peleaban valerosamente, y los indios se llegaban tanto que muchas veces ponían en condición a los nuestros de desbaratarlos, y aunque con los arcabuces se mataban muchos indios, no por eso dejaban de acudir cada día a la refriega, hasta que el capitán, temiendo no le faltasen las municiones a tiempo que más las hubiese menester, hizo cesar estas escaramuzas, y luégo dio orden en enviar a Popayán soldados a que les diesen socorro de gente y de pólvora y vituallas que les iban ya faltando, y a este efeto salió Juan del Olmo, y con él otros dos soldados, que fueron Francisco Muñoz y Melchior Alvarez.
Anabeyma, cacique de Guanaca, que con la más de su gente había andado casi todo este tiempo en compañía de los españoles, viendo salir a estos soldados, le tomó deseo de irse a su tierra, y prometiendo de volver a entrar con el socorro que les fue enviado de Popayán, le dio licencia el capitán y se salió con toda su gente, que hizo harta falta a los españoles para la guerra, y aun para proveerse de cosas necesarias a su sustento, que estos indios les traían cargadas y a cuestas.
Capítulo once
En el cual se escribe algunas muertes de españoles que comenzaron a haber en esta provincia por la [4]desorden de algunos soldados y la hambre y necesidad que de comida se padeció entre los españoles, por no ser parte para correr la tierra por falta de municiones y gente.
Casi en este medio tiempo le sucedió a Mancos García, español, padre del mestizo que en Abirama tomaron los indios y mataron, otro infortunio igual a este en otro hijo mayor que le había quedado; cosa de gran lástima y compasión, y que parecía que por los pecados de este hombre permitía Dios estos sucesos en sus hijos, para su enmienda.
Fue el caso que el principal Pena, que en aquella provincia había quedado y salido de paz, según atrás queda dicho, se ofrecióo ocultamente de, vender a un soldado maíz, que de él había gran falta en el pueblo, a trueco de un machete o manta. Supo de esta contratación Marcos García, y queriendo haber parte de la comida, se ofreció con la paga y de enviar un hijo suyo que le había quedado, a que juntamente con, el soldado recibiesen el maíz. El bárbaro, fingiendo que hubiese gran secreto por temor del capitán, le dijo que le siguiesen los que habían de recibir el maíz, y que él se lo entregaría en una cañadilla o quebrada que al canto de la mesa había; pero cómo el soldado con quien había hecho el concierto, presumiese la traición, dio parte de su sospecha y presunción a Marcos García, el cual en nada la aprobó, antes la desvió diciendo que aquel príncipal frecuentaba mucho el venir a servir a los españoles, y que en él no reinaría la maldad que presumía. Pero con todo esto el soldado cabalgó en un buen caballo, y juntamente con el mestizo siguió al indio (Pena), que los llevó a la quebrada, referida, donde tenía muchos indios en celada; y como él se metiese dentro de la quebrada, procuró con palabras incitar al español o mestizo que le siguiese, y al primer golpe que le dio cayó luégo muerto, donde se renovó la pelea con los indios, que pretendían, como despojos de la guerra que les pertenecían, llevarse el cuerpo muerto; mas los nuestros lo defendieron tan briosamente que, aunque con harto trabajo, se llevaron su difunto cargado al pueblo.
Este daño acarreó a los nuestros otro mayor, porque como los españoles quisiesen, por mandado de su capitán, hacer una emboscada hacia aquella parte donde esta desgracia había sucedido, salió Pero Gallegos con veinte soldados, una tarde a reconocer el sitio donde a la noche se habían de emboscar, y como después de haberlo bien mirado se volviese hacia el pueblo, vio cerca de sí, algo más altos, dos o tres indios, y volviéndose a los soldados que con él iban les dijo que parecía cosa de gran infamia para todos los que iban, no haber entre todos soldados que fuesen a los indios y los tomasen, por lo cual cinco dé aquellos soldados que presumían de más ligeros, corrieron tras los indios y comenzáronlos a seguir, pretendiendo alcanzarlos y prenderlos; mas como los bárbaros tuviesen puestos indios en celada, fuéronse retirando poco a poco y derribando de la otra banda opósita de la loma, por una media ladera abajo, donde cuando más cebados iban en el alcance, salieron a ellos hasta cincuenta indios, y a la primera arremetida mataron y tomaron a los dos de los soldados, y llevándolos arrastrando por los pies con gran grita y alarido, dieron a entender a Pero Gallegos y a los que con él habían quedado el suceso de los cinco españoles, y así arremetieron estos soldados a donde oyeron las voces y gritos de los indios, hallaron que los tres españoles se estaban defendiendo y los indios los tenían ya tan cansados y trabajados con los palos y piedras que les tiraban, y andaban ya los indios esperando lance para arremeter y echarles mano de los pies; pero al fin fueron con tiempo socorridos de los demás y librados de aquel peligro.
Hízosele gran culpa a Pero Gallegos, y fue notado de hombre insipiente y digno de gran castigó por este mal suceso; porque conociendo cuán suelta y ligera gente era la de esta provincia, y que por semejantes partes no hay ligereza ni soltura de español que se les iguale, y cuán cautelosos y doblados son en sus ardides de guerra, enviaban como a sabiendas a estos españoles a que los matasen los indios, y así fue reprehendido ásperamente por el capitán, el cual temió que de esto no resultase más brío en los indios del que se tenía, y se le viniesen a desvergonzar de todo punto y que los soldados no aflojasen y desmayasen y perdiesen el ánimo para soportar los trabajos de hambre y guerra que entre las manos tenían, que fuera de todo punto su total destrucción y ruina; y así, lo más cuerdamente que le pareció, les animó con palabras graves, cargando la culpa de lo sucedido a la temeridad y desconcierto y no a los ánimos de los indios ni a su fortuna.
Capítulo doce
En el cual se escribe cómo les entró socorro a los españoles por mándado del licenciado Valverde, y luégo salió el capitán Domingo [5] Lozano a correr la tierra y a pacificarla, y lo que en esta salida le sucedió hasta que llegó a la poblazón de Abugima.
El gobernador de Popayán, don Pedro de Agreda, como todavía le turase el enojo de haber contra su voluntad entrado Domingo Lozano y los demás españoles a poblar la tierra de los páez, nunca, aunque se le suplicó, quiso dar ningún favor ayuda a los españoles de páez de lo que le enviaban a pedir, por lo cual padecieron gran necesidad y riesgo en aquel pueblo de ser perdidos y destruidos de los indios; y lo fueran sin falta alguna si en este tiempo no llegara a Popayán el licenciado García de Valverde, fiscal de la Audiencia del Nuevo Reino, a quien el presidente y oidores proveyeron para que tomase residencia a don Pedro de Agreda, por haber ido algunas personas a quejarse de él, más con pasión que con razón.
El licenciado Valverde supo luégo que llegó el riesgo y aprieto en que los de páez estaban, y con toda brevedad, por mostrarse afable a los vecinos de aquella gobernación, que desear ban que aquel pueblo nuevamente poblado permaneciese, proveyó de pólvora y soldados, los que de presente se pudieron hallar ociosos en aquella ciudad, y mandó que los indios de don Francisco de Benalcázar, cuyo cacique y principal era llamado en lengua propia Calambar, y en la española don Diego, por haber sido bautizado, proveyese de los indios que fuesen menester para meter maíz y los demás mantenimientos y bastimentos en Páez, sobre lo cual el propio gobernador habló a don Francisco de Benalcázar y a don Diego su cacique, que era indio de mucha razón y autoridad y muy temido y obedecido de sus sujetos e indios, que pasaban de dos mil, los cuales hicieron en el caso todo lo que el gobernador quiso y les rogó, porque este cacique y sus sujetos eran los indios de paz que por la vía de Popayán estaban más cercanos a la tierra y poblazones de los páez, y en su niñez había estado retirado en ella por temor de los españoles que poblaron aquella tierra y tenía noticia y conocimiento de todos los indios que en ella había.
Juan del Olmo, con los demás españoles y cosas que el gobernador le dio, se volvió a entrar por la tierra y poblazón de este cacique don Diego, bien proveído de todo lo necesario, especialmente de maíz, porque Calambar, que se decía don Diego, le dio cuatrocientas cargas de maíz, que cada carga era media fanega, y cuatrocientos indios que se las llevasen; y tomando el propio cacique otros muchos indios de guerra consigo, se entró con Juan del Olmo a la ciudad de Páez, ayudarlos a sujetar y pacificar con su autoridad y gente, que era mucha, aquellos rebeldes y obstinados indios.
Dio gran contento al capitán y soldados qué en el pueblo estaban, la entrada de esta gente, así por el ayuda y favor que con ello les venía como por la comida y municiones que les traían, de que estaban extremadamente necesitados y faltos de todas las cosas. Hizo el cacique un particular presente al capitán Domingo Lozano, de maíz, carneros y puercos, que para en aquella tierra y en tan trabajoso tiempo se tenía por de mucho valor y precio, y juntamente con esto le dio todo el maíz que para el sustento general traía, y fue repartido luégo entre todos los soldados y vecinos de aquel pueblo; y luégo, dende a pocos días, el capitán Lozano salió a correr la tierra con los más de los españoles y con todos los indios amigos que habían entrado, excepto su cacique don Diego Calambar, que al tiempo de la partida se dio en el pie una mala herida andando por el pueblo, de que estuvo muy malo.
Tomó el capitán Lozano, con esta gente, la vía de Talaga, tanto por ver las sepulturas y ricos enterramientos que allá le habían dicho que había, como por castigar aquellos rebeldes indios, que con tanta obstinación habían sustentado la guerra, los cuales como viesen la turba de gente que se les acercaba, no osando esperar en el pueblo, se dieron a huir cada cual por donde podían; y como muchas indias y muchachos, yendo huyendo, se metiesen por una puente de bejucos que atravesaba el río que junto a esta poblazón estaba, con la mucha carga reventaron los bejucos y la puente se quebró, y todos los que en ella estaban cayeron en el río, donde miserablemente fueron sumergidos y abogados, y los que por su fatal fortuna cayeron junto a las riberas y allí procuraban salvarse del ímpetu del agua, llegaban los indios amigos calambaer y con bárbara crueldad los mataban a macanazos y lanzadas, sin respetar a mujer ni a criatura de ninguna edad ni género que fuese; y extendiéndose estos bárbaros, con el favor de los españoles, por la poblazón y casería de Talaga, en breve espacio la arruinaron y destruyeron y talaron los campos que en la sazón estaban labrados.
Tomaron los españoles esta destrucción de Talaga casi por particular venganza de lo que en el propio día les había sucedido en el camino, y fue que bajando una áspera y empinada cuesta por donde iba el camino para este pueblo se llevaba, a causa de estar la tierra mojada y resbalosa con el agua que el propio día había llovido, se despeñaron tres caballos por grandes peñascos, y volando se hicieron pedazos. Hecho esto el capitán, con la guía que para las sepulturas llevaba, se apartó de los demás y procuró haber a las manos aquella riqueza que se le había prometido y él esperaba ver; pero todo su deseo y esperanza fue casi en vano, porque como el indio que había dado la noticia les enseñase ciertas sepulturas que cavaron, solamente hallaron en ellas una chaguala que pesaba sesenta pesos de oro fino y dos o tres caracunies de buen oro y otras cuentas y chaquira de la tierra de poco valor.
Otro día acudió donde el capitán estaba el principal Esmisa, con muchos indios amigos, a gozar de los despojos que de aquella tierra se vían, y ayudarla arruinar y destruir; porque, como estos bárbaros naturalmente sean crueles, todo otro cualquier pasatiempo y ocio posponen y desean por andar haciendo mal y ejercitando y haciendo las crueldades que pueden.
Llevaba Domingo Lozano prosupuesto de hacer toda la guerra civil y criminal que pudiese a todos los indios de esta provincia, para ver si con destruirlos los domaría y sujetaría, pues por bien jamás había podido, y así luégo hizo hacer una puente en el río, y pasó de la otra banda con toda la gente que consigo llevaba, y alojándose en un llano poblado y bien cultivado que en las riberas del río había, por mano de los bárbaros que consigo llevaban, comenzó a talar y destruir las comidas y caserías que por delante topaba y alrededor de sí tenía, haciendo en ello todo el daño que se pudo hacer, de suerte que todo quedó por el suelo, aunque en las personas de los enemigos no lo podían hacer entonces, porque llovía cada día y la tierra era muy doblada y resbalosa y eran grande impedimento estas cosas para poder salir de noche e ir a buscar los alojamientos y rancherías de los indios.
Hecha esta destrucción en lo llano se subieron los españoles a la poblazón de un principal llamado Pasquin, que estaba puesta en un alto, donde se alojaron algunos días, y por causa de las aguas se detuvieron, en los cuales los indios de la tierra trabaron algunas peleas, y Guambias, que así se decía la poblazón del cacique don Diego, donde eran naturales aquellos indios; y como en número y en armas y soltura de cuerpos los unos y los otros fuesen iguales, hacíanse igualdanos [6], aunque las más veces llevaban lo peor los enemigos, porque como entre la gente de Guanvia viniese un indio principal llamado don Pero, que en lugar de don Diego los mandaba, y este bárbaro fuese muy españolado, traía consigo de continuo un arcabuz bien proveído de las municiones necesarias, el cual lo tiraba y mandaba muy bien, y como los contrarios no vían españoles entre los indios, acercábansele mucho por ser sus iguales, y este principal, usaba en estos tiempos tan diestramente del arcabuz, que matando con él en diversas veces muchos indios, ponía a los contrarios en huida y había vitoria de ellos.
Pasose el capitán con los soldados e indios amigos a la poblazón
de Abugima, que algo apartado estaba, dejando emboscados algunos
soldados en la ranchería de Pasquin, donde dende a poco entraron
algunos indios de los naturales de aquella poblazón y fueron los
más de ellos muertos de los soldados e indios que a ellos salieron;
pero la ligereza y ánimo de un indio principal de los esmisos no
fue de menospreciar en este tiempo, porque como un indio principal
de los de Pasquin fuese huyendo una ladera arriba vestido una
camisa de ruan y con sus armas en las manos, este principal desmisa
lo siguió con tanta obstinación y ligereza que antes que pudiese el
enemigo ponerse en parte segura, fue alcanzado, y casi sin hacer
ninguna resistencia, muerto por el principal desmisa, el cual le
cortó la cabeza y se la trajo consigo por trofeo de este
vencimiento. El propio día se alojaron en la poblazón de Abugima,
donde luégo los indios amigos se dieron a destruir las casas y
labranzas y todo cuanto por delante topaban.
[1] |
Palabra enmendada que en original decía "ahogar" |
[2] |
Las palabras "se pobló" reemplazan a está ahora poblada, como rezaba el texto original |
[3] |
Esta palabra reemplaza "soltándose", tachada en el texto. |
[4] |
En la "tabla" de Sevilla se lee "el desorden" |
[5] |
En la "tabla" de Sevilla se lee "Diego" |
[6] |
Palabra enmendada, de difícil lectura, que parece decir igualados. |
