Capítulo ocho
 

 

En el cual se escribe cómo metiéndose Gascuña por los despoblados y arcabucos de la culata de la laguna, pereció de hambre él y todos los demás que con él iban.
 

 

El capitán Gascuña o Bascuña puso en prosecucíón el mandamiento del gobernador, y tomando consigo el oro que se le había dado, que como he dicho fueron sesenta mil pesos y sus veinte y cinco compañeros españoles, comenzó de caminar la vuelta de Coro, por muy diferente camino del que había traído con su gobernador, porque como el paraje donde a la sazón estaban era más arriba de la culata de la laguna de Maracaibo, parecía por buena conjetura que atravesando o bajando por tierra la serranía que por allí había, ir a salir de la otra banda de la laguna, sin tener necesidad de atravesar aquel ancho lago ni desandar el camino andado, que le parecía más largo del que por donde pensaba ir podía ser.

Estas consideraciones les salieron muy al revés a Gascuña de lo cual había trazado, porque en apartándose del real luégo atravesó la cordillera que entre la laguna de Maracaibo y el río grande de la Magdalena está, que es la que hemos dicho llamarse la cordillera del valle de Upar, y trastornando la sierra a las vertientes de la laguna, caminó algunos días por tierra afta aunque montuosa y mal poblada, y aunque de los altos de estas sierras vio Gascuña a toda la tierra que por delante tenía, por la cual había de atravesar, era cubierta de muy altas montañas y arcabucos y lo más de ella tierra llana que por la mayor parte suele estar anegada y cubierta de aguas, no consideró el daño que de seguir por allí su viaje le podía venir, mas entendiendo que todo sería acompañado de algunas raras poblazones, como en los altos de aquella cordillera las había, pasó adelante con sus compañeros, y caminando algunos días por despoblado, siguiendo la travesía de la culata de la laguna sin que ningún camino le guiase, apartáronse tanto de las poblazones que a las espaldas dejaban, que cuando quisieron volver atrás no pudieron por respecto de que se les había acabado la comida que llevaban, y sin ningún recurso de mantenimiento, con sólo la esperanza de hallarlo adelante, habían caminado ciertos días con sólo comer algunas hojas silvestres que en aquellas montañas cogían. Y como mientras más adelante caminaban más la hambre los maltrataba, de tal suerte que no sólo no podían llevar sus armas más casi ni aun menear sus personas, consumidas las fuerzas de hombre, acordaron poner o dejar el oro escondido o enterrado en una parte señalada, para que si saliesen a poblazones de españoles o de indios pudiesen volver por ello.

Mas a estos soldados, y aun casi a los que con micer Ambrosio quedaron, le fue este oro y riquezas el azote y castigo que al cónsul Quinto Cipión y a sus comilitones les fueron el saco y robo que en Francia hicieron, cuando tomando y entrando por fuerza de armas a la ciudad de Tolosa, no sólo robaron lo que los del pueblo tenían, mas entraron en el templo de Apolo, a quien aquellos ciudadanos servían con mucho acatamiento, y saqueando el templo, como a las demás casas del pueblo, robaron de él ciento y diez mil libras de oro y cinco millones de libras de plata, y así el cónsul Quinto Cipión, como todos los que participaron de este robo, murieron desastrada y miserablemente, según que en su Historia más largamente se refiere este caso.

Gascuña y su gente enterraron estos sesenta mil pesos al pie de una ceiba, árbol muy grande y señalado en aquella comarca, y casi dejando sus corazones allí soterrados con aquel metal, comenzaron a caminar por aquellas montañas, a ver si podían hallar algún género de comida de cualquier suerte que fuese; y viendo que no lo hallaban y que las naturales fuerzas casi del todo les iban faltando, comenzaron a matar algunos indios e indias de las que consigo llevaban para comer de ellos, imitando en esto la brutalidad de los animales irracionales, que faltándoles el uso de la razón, muchas veces muerden y comen los unos de los otros, comían de aquellas carnes humanas tan sin asco ni pavor como si se hubieran criado en ello y para ello. Mas no es de maravillar que hombres usasen de este género de crueldad por remedio contra las angustias de la hambre, pues escribiendo Josepho en sus Historias, y lo refiere Eusebio en el tercero libro de la Historia eclesiástica, en el capítulo segundo, que teniendo Tito cercado a Jerusalén, y habiéndola ya entrado o tomado, sobrevino tan grande hambre en la ciudad que una mujer que vivía ribera del río Jordán, de la aldea de Benzob, llamada María, hija de Lázaro, mujer rica y de noble linaje, hallándose en aquellos días en Jerusalén, con un cuchillo, por su propia mano, degolló a su hijo, partiéndolo por medio, puso luégo la mitad al fuego, y asándola, se la comió, y después vino a comer la otra mitad, cosa por cierto de grande admiración y que parece escandalizar sólo el oírlo. Yo, a lo menos, por tan castigo de Dios tengo la hambre y calamidad de estos soldados, por los robos, fuerzas y muertes, y otras crueldades e incomodidades de que con los indios habían usado, como el que vino sobre Jerusalén en los tiempos referidos de suso.

Viéndose ya de todo faltos de remedio y que las fuerzas naturales les desamparaban del todo y que ya no les había quedado ningún indio a quien tan rabiosamente pudiesen sepultar en sus entrañas para conservación de ellas, comenzaron a esparcirse y dividirse por entre aquellas montañas y arcabucos, donde la hambre los consumió, así al capitán como a todos los más de los soldados, de quien no se supo más nueva, excepto cuatro de ellos que, o por ser más animosos o más robustos, pudieron conservar más tiempo las fuerzas y el ánimo, los cuales, caminando por donde su infortunio los guiaba, fueron a dar a un río que casi entra en la laguna de aquella parte donde Mérida está poblada, riberas del cual se sentaron a descansar, porque les pareció, por algunas señales que en él vieron, que era río poblado y que navegaban indios por él, con esperanza de que Dios encaminaría por allí alguna canoa de indios, de donde pudiesen haber con qué remediarse y sustentarse.

 

Capítulo nueve
 

 

En el cual se escribe el suceso de los cuatro españoles que se apartaron de Gascuña.
 

 

Dende a poco tiempo que estos españoles pasaron a descansar ribera del río, para soportar mejor el tormento de la hambre con la esperanza dicha, acertó a pasar por allí una canoa con indios que iban de un pueblo a otro, a los cuales llamaron los españoles con señas que les hicieron para que viniesen a donde ellos estaban. Los indios se acercaron a tierra por ver y conocer qué nueva gente era aquella; mas no se llegaron tanto que los españoles los pudiesen asir para matarlos y comerlos, como después lo pusieron por la obra, y viendo que los indios se llegaban recatadamente, sólo les dieron a entender, con señales que les hicieron, la necesidad que padecían, rogándoles que les trujesen alguna cosa de comer.

Los indios, por el semblante o aspecto que en los españoles vieron, entendieron lo que les pedían y habían menester, y así se fueron el río arriba a donde tenían su poblazón, y tomando la comida que les pareció que era bastante para tan poca gente, volvieron a donde los españoles estaban, los cuales, como los vieron volver, pareciéndoles que el mantenimiento que podían traer sería poco, determinaron que se tomasen los indios y se matasen y asasen en barbacoas para guardar y tener de respecto para su comida. Los indios llegaron sinceramente, sin recelo de recibir daño ninguno de los españoles, a quien con tan buena voluntad traían de comer, y saltaron en tierra, sacando el maíz y otras raíces y legumbres que traían. Los españoles, desque los vieron que les parecía que podían ser señores de ellos, cada uno echó mano de su indio para poner por obra lo que antes habían tratado, y como su flaqueza era tanta y sus fuerzas tan pocas, poca fuga fue menester para que los indios se soltasen de sus manos; y visto que los indios se les iban, juntáronse todos a uno de los indios, y asiéndose de él lo mataron y despedazaron muy liberalmente y asaron en barbacoa para su sustento.

Esto de asar en barbacoa esta carne es una costumbre casi general en las Indias entre algunos indios, los cuales jamás acostumbran a salar carne ni pescado, aunque tengan abundancia de sal, mas haciendo unas barbacoas que no sean muy altas del suelo, que son unas estacas hincadas en tierra, del altor que les parece, encima de las cuales hacen un cañizo algo ralo de varas que llaman barbacoa, y allí ponen la carne a asar y mucha candela debajo, hasta que se consume todo el jugo y humor y queda del todo seca: y con esto se entretiene mucho tiempo la carne, aunque sea de puerco, y el pescado y todas otras cosas que después de muertas se pueden corromper y dañar; y a falta de sal, los españoles, en las jornadas y nuevas poblazones se aprovechan de este uso de los naturales, y así lo hicieron éstos de quien al presente vamos hablando; que muerto su indio y hecho sacrificio de él a su dios el vientre, lo asaron en barbacoa por sus puestas, y luégo allí comieron el asadura, pies y manos, y el menudo, con tanta alegría como si fuera de otro animal de los acostumbrados a comer entre cristianos.

Y recelándose que los indios que se escaparon de sus manos no convocasen gente y viniesen sobre ellos, acordaron de irse de donde estaban, y así comenzaron a caminar ribera arriba de aquel río todos ellos, excepto uno llamado Francisco Martín, que por tener una llaga en una pierna, muy enconosa, no pudo caminar y le fue forzoso quedarse allí; y los demás, prosiguiendo su desesperado camino el no arriba, padecieron como todos los otros habían hecho y acabaron sus vidas con bien largas y penosas muertes. Y porque en lo de este capítulo me queda y en el siguiente, he de decir el suceso de este Francisco Martín, que por la enfermedad de su pierna no pudo seguir a sus compañeros en la muerte como los había seguido en la vida, diré lo que este hombre hizo, antes de llegar a este río.

Andaban sus compañeros y él tan acosados de la hambre que se podía bien decir por ellos que rabiaban de hambre. Cúpole a un indio que les había quedado, la suerte del sacrificio, y así lo sacrificaron y mataron, dándole por sus propias manos la muerte, porque fuese más acepto. Estando haciendo puestas o pedazos el cuerpo muerto, para dar a cada uno su parte, quitaron el miembro genital, como cosa más inmunda, y echáronlo a mal, lo cual, como viese este Francisco Martín arremetió a él y alzándolo del suelo, sin esperar a ponerlo en el fuego se lo comió así crudo, como se había quitado del cuerpo; que fue cosa por cierto, no de hombre sino de más que bruto y carnicero animal; y por esto no cuento la diligencia que todos ponían en que no se perdiese cosa ninguna de lo que en un cuerpo humano hay. La sangre no era menester llegarla al fuego, porque en abriendo el muerto, con las manos la sacaban y se la bebían, y aun como suelen decir, se quedaban lamiendo las manos; y por no ser molesto no quiero pasar adelante con estos abominables ejemplos de crueldad.

Este hombre llamado Francisco Martín, permitiéndolo Dios, para que estos castigos fuesen notorios, vino a escapar con la vida y a volver a poder y compañía de españoles de la manera que por el discurso de esta Historia se verá; mas para llegar a este tiempo pasó muchos trances que también iré declarando. Viéndose él triste, solo en aquella playa o ribera donde sus compañeros lo habían dejado, acordó echarse el río abajo, pareciéndole que pues por allí navegaban canoas, que no dejaría de haber algunas poblazones donde, o le conservarían la vida o con más brevedad lo despenarían. Sabía nadar, y ayudándose de un madero o palo grueso que allí halló, se echó por el río abajo, y giándolo sus hados fue a dar a una poblazón de indios que en la ribera de este río estaba, gente de buena dixistión o condición, los cuales como lo viesen, admirados de ver un hombre barbado y tan blanco, cosa que ellos nunca habían hasta entonces visto, lo tomaron y lo llevaron al cacique y señor de aquella provincia, el cual, con la misma admiración que sus vasallos, lo mandó recoger y tener en su casa por cosa de grandeza, sin hacer ningún mal ni consentir que se le hiciese por ninguno de sus súbditos.

 

Capítulo diez


 

Cómo prosiguiendo micer Ambrosio su jornada, pasó por el río del Oro y provincia de Guane, y fue a salir a los páramos y tierras donde ahora está poblada la ciudad de Pamplona.


 

En tanto que estas cosas sucedieron al capitán Gascuña y a su gente, el gobernador micer Ambrosio, después de haberse entretenido algunos días en aquella provincia de Tamalameque, porque el socorro que de Coro le viniese y Gascuña le trujese, con más facilidad lo alcanzase, prosiguieron su viaje y descubrimiento por lo bajo de la cordillera o sierra que confina con las riberas del río grande, aunque algo apartado de él; porque se debe notar que por de esta parte del río grande por do micer Ambrosio caminaba siempre hay tierra llana entre el río y la sierra que va casi subçesive hasta sus nacimientos, y esta serranía que va siempre a vista de este río grande, toda es ramos y gajes que quiebran de la cordillera que desde Chile viene entera ciñendo y rodeando casi toda esta parte de Tierra Firme, donde está poblado el Pirú y Chile, los Charcas, Quito y Nuevo Reino, y la gobernación de Venezuela, y otras gobernaciones y provincias, lo cual parece que es diviso de la tierra de la Nueva España y Florida y esotros reinos que de aquella parte están. Por la mucha angostura y estrechura que entre estas provincias hace la tierra, desde el Nombre de Dios, poblado en la mar del Norte, a Panamá, poblado en la mar del Sur, que de un pueblo a otro, o del un mar al otro hay dieciocho leguas, antes menos que más, y esta estrechura que aquí hace la tierra parece que divide estos dos grandes reinos y provincias, la una de la otra, no embargante que toda es tierra firme y que de Nueva España se puede ir a Pirú y a Chile por tierra y andar toda la redondez de aquesta cuarta parte del mundo, desde la tierra que dicen del Labrador, que cae bien debajo del Norte, hasta el estrecho de Magallanes, que por el contrario está o cae casi debajo del Sur, que casi parece que estas dos provincias están fronteras la una de la otra metiéndose el Océano mar en medio, que hace hacer a la tierra un ancón al Occidente, cuyo remate es el estrecho que he dicho, donde está poblado el Nombre de Dios y Panamá.

Siguiendo micer Ambrosio aquesta serranía, sin dejar el río grande que llevaba a la mano derecha, caminó algunos días con buena esperanza así de lo que adelante esperaba hallar como del socorro y ayuda que con el capitán Gascuña le había de venir, y pasado algún intervalo de tiempo y viendo la tardanza del socorro, y que la tierra por donde iba era muy enferma a causa de las inundaciones que el río grande por allí hacía, con que se crían muchas sabandijas y mosquitos de todas suertes, que les era a ellos plaga y muy pesada carga, habiéndolos de sufrir por fuerza, con cuyas picaduras se causaban llagas e hinchazones en las piernas a los soldados y en las manos y en otras partes de sus cuerpos, determinó y acordó micer Ambrosio meterse en las sierras, porque generalmente toda tierra alta en las Indias es más sana que la baja, y a esta sazón estaba en el paraje de las provincias donde ahora está poblada Pamplona; y poniendo en efecto sus desinios y determinación comenzó a marchar con el campo y gente que hasta aquí le había quedado, por tierras muy ásperas y faltas de comida, con que se les acrecentó o dobló el trabajo a los españoles, y quedándose algunos que con la flaqueza y falta de fuerzas no podían subir la aspereza de las sierras por los arcabucos y montañas, eran muertos de tigres y otros animales que por estas tierras se crían, fue a salir micer Ambrosio a donde ahora dicen el río del Oro, que aunque está cerca de la ciudad de Pamplona es término de la ciudad de Vélez, en cuyos vecinos están encomendados los naturales de él, de quien trataremos más particularmente a su tiempo.

Llegado aquí micer Ambrosio, traía su gente tan fatigada de hambre que casi no podían caminar ni en aquella parte del río donde habían llegado y estaban no había poblaciones ningunas de indios de do pudieran haber algún recurso de comida; y porque caminando de aquella suerte era acrecentar los trabajos a los soldados y ponerse en aventura de perderse todos, como sucedió a los de Gascuña. Hallose cerca de una ciénaga o lago pequeño que en aquella parte estaba, en el cual se criaban mucha cantidad de caracoles, que fue un particular remedio para tolerar algo su hambre, de que se sustentaron muchos días, porque proveyó Dios que fuesen en tanta abundancia que bastasen alimentar toda la compañía. Y de allí envió un caudillo llamado Esteban Martín con sesenta hombres de los más sanos y en mejor disposición para caminar, a que fuesen a descubrir algunas poblazones, porque allí donde estaban habían hallado algunos rastros y vestigios de naturales que les había dado esperanza de hallarlos cerca de allí; y aun les habían puesto a todos ánimo con la esperanza que tenían para mejor caminar y seguir su descubrimiento.

Partiose Esteban Martín, y caminando a la provincia de Guane, que está cercana al río del Oro y es sufragana a la ciudad de Vélez, donde halló mucha cantidad de naturales y abundancia de comidas, y reformándose allí y descansando con sus compañeros, recogió la comida que pudo llevar en las piezas o indios que consigo traía y con otros que en esta provincia de Guane había tomado, y dio la vuelta a donde micer Ambrosio había quedado, llegando a cabo de veinte días de como se apartó de él, que en todo este tiempo micer Ambrosio y los que con él quedaron no se sustentaron ni comieron otra cosa más de los caracoles que de la ciénaga o lago que he dicho podían sacar.

Holgose el gobernador y toda su gente de las buenas nuevas que le traía Esteban Martín, y luégo otro día siguiente marchó con toda la gente junta la vuelta de Guane, por el camino que el caudillo y gente que había enviado descubrieron; y llegados a Guane se entretuvieron algunos días a descansar y reformarse, por venir tan maltratados y cansados del camino pasado cuanto de lo dicho se puede colegir y conocer. Desde esta provincia de Guane caminó micer Ambrosio con toda su gente junta hacia los páramos que ahora son territorio de Pamplona, tierra fría y poblada de muchos naturales. Estos páramos fue por donde después anduvo Hernán Pérez de Quesada, hermano del adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada, que después de descubierto y poblado el Nuevo Reino por el dicho adelantado, salió en descubrimiento de una famosa noticia que decían de la casa del Sol, y llegó a estos páramos y poblazones más de diez años después, y halló los vestigios y rastros de esta gente de micer Ambrosio; y reconocida la tierra por algunos que con él iban de los que habían escapado de esta jornada de micer Ambrosio, dio la vuelta y se tomó al Reino, de do había salido, como de todo esto hemos tratado más largo en la Historia del descubrimiento y pacificación del Nuevo Reino.

Entrado micer Ambrosio con su gente en los lugares dichos, hizo allí algún asiento con el campo para mejor reconocer la tierra y ver y determinar la derrota que habían de tomar, y hacer algunas correrías o entradas a una parte y a otra con sus caudillos, para reconocidos los alrededores y las partes hacia donde se inclinaba más la poblazón de los naturales, seguir lo que más les conviniese.

 

Capítulo once
 

 

En el cual se escribe cómo prosiguiendo micer Ambrosio su descubrimiento hacía la laguna, fue muerto de ciertas heridas que en una guazabara le dieron indios.


 

Andando de estas poblazones y alojamiento donde micer Ambrosio estaba y sus caudillos, descubriendo a una parte y a otra, y reconociendo todas las disposiciones de las tierras de que estaban cercados, parecioles la tierra de hacia el Reino que tenían al Sur, más alta y más quebrada y menos poblada, y la tierra de hacia la parte de abajo, al Nordeste, a do las aguas iban a la laguna de Maracaibo, más apacible y andadera y aun más poblada, por donde se inclinaron más a seguir la derrota o vía de hacia la laguna, aunque por diferente camino del que habían traído, que no la del Reino. Y esto no fue porque entendiesen entonces que aquella derrota que tomaban era a la laguna, de do habían salido, por haber rodeado mucho camino, y en esto fue esta gente desgraciada, y como suelen decir, de corta ventura; porque si siguieran su derrota como la habían comenzado, entraban en el Reino, donde hubieran las riquezas que después hubo el adelantado Jiménez, y poseyeran aquella tierra, que es cierto que no estuvieron diez leguas de la primera gente mosca que hacia aquella parte se dice chicamocha. Mas siguiendo su camino por donde los guiaba su fortuna, pasaron unos páramos que desde estas poblazones hay, para ir al valle que ahora los de Pamplona llaman de Rrabucha 5, en un día tan turbio y cargado de aguas y viento, que generalmente puso en gran detrimento a toda la gente y compañía, y hubieran de perecer allí de frío y helados, que ni con el caminar ni con el arroparse podían resistir la fresca del páramo, y así murieron allí helados y emparamados mucha cantidad de indios y algunos españoles y caballos, que fue cosa acerbísima ver cómo sin poderse socorrer unos a otros se quedaban muertos y riéndose o regañando los dientes.

Los que de la tempestad de este páramo escaparon, lo tuvieron en más que haberse librado de las hambres y calamidades pasadas.

Entrando en el valle de Rabicha halláronlo muy poblado y los naturales de él muy a punto de guerra, y así el tiempo que por este valle y los a él comarcanos anduvo esta gente, nunca dejaron de recibir guazabaras de los naturales, que con buen ánimo les acometían; mas siempre iban con la peor parte, porque como sus armas son tan flacas y sus ánimos tan débiles acabóseles presto todo y retíranse o recógense tan sin orden que siempre son más mal tratados en los alcances que les van dando que en disparate de sus guazabaras.

Y antes que se pase esta ocasión, pues voy tratando de estos naturales, diré lo que hicieron, según lo que se puede colegir, por permisión divina, con un hombre imitador de abominables crueldades con indios. Micer Ambrosio traía este hombre por criado, que no le servía de otra cosa sino de traer a cargo una cadena, en la cual venían aprisionados cierta cantidad de indios que traían cargada la munición y el demás fardaje que era del rancho y tienda del gobernador, y están puestos por tal orden con sus colleras al pescuezo que aunque vayan caminando y cargados, nunca se les quita la cadena; y como los indios sientan también la hambre como los españoles e iban cargados, cansábanse, y faltándoles las fuerzas, de flaqueza se caían y sentaban en el camino. Este alcaide o verdugo del demonio de micer Ambrosio, por no detenerse y abrir la cadena y sacar el indio que se cansaba, y por oliros diabólicos respetos que le movían, cortábale luégo la cabeza para quitarlo de la collera, y dejábaselo allí muerto. Y de esta suerte se certifica haber quitado la vida a muchos indios; y como Dios nuestro Señor no consienta que semejante tiranía y crueldades queden sin ejemplar castigo, sucedió que en el valle de Rrabicha, de quien vamos tratando, salieron los indios un día a dar guazabara a los españoles, y se acercaron tanto a ellos que casi de entre las manos les tomaron los indios a este verdugo, criado de micer Ambrosio, y sin se lo poder quitar y estorbar los españoles, allí delante de sus ojos le cortaron la cabeza a macanazos, y dejando el cuerpo a vista de los españoles, se llevaron la cabeza consigo en pago de cuantas este miserable hombre había quitado injusta y cruelmente a los indios.

El gobernador con su gente siguió su descubrimiento, y saliendo de este valle y pasando otras poblazones de indios, fue a dar al valle que dijeron de Micer Ambrosio, que es el propio que ahora dicen los de Pamplona, Chinácota, que es nombre propio de la tierra. Estaba este valle muy poblado de naturales y era abundante de árboles, que aunque en este tiempo se parece la prosperidad que entonces pudo tener, por haberse muerto y consumido por diversos respectos muchos naturales de él. Alojose micer Ambrosio en una parte de este valle con su gente por ser abacible 6 su estalaje, para de allí enviar a descubrir lo que adelante hubiese. Los naturales, como vieron esta nueva gente en su tierra y tenían ya por odidas noticia de la mala vecindad que a do quiera que llegaban hacían, dejaron sus casas desiertas, y recogiéndose con sus mujeres, hijos y haciendas a las montañas comarcanas, a ponerlo todo en cobro, acordaron venir a verse con los españoles, y si pudiesen, echarlos de su tierra. Y sucedió que el día que esto hubieron de hacer, micer Ambrosio y Esteban Martín, su capitán o caudillo, se apartaron paseando fuéra de su alojamiento descuidadamente, porque nunca habían visto ni oído ningún rumor de aquellos indios, antes tenían entendido que de miedo se habían ahuyentado por la noticia que de ellos les habían dado. Los indios, con mano armada, les venían a dar guazabara, y los dos capitanes echaron mano a sus espadas, y teniéndose con ellos se defendieron valerosamente sin que los indios les pudiesen echar mano, antes hirieron y mataron muchos de ellos; y como micer Ambrosio no tenía allí su sayo de armas con que mejor guardar su persona, recibió algunas heridas de los indios, malas y peligrosas; y no era esto tan lejos del alojamiento que la gente que en él estaba no oyeron la grita de los indios, y sospechando lo que era salieron a ellos y hallaron a su gobernador con su compañero revueltos con los indios, como se ha dicho, y como acudieron allí luégo todos los españoles, fueron los indios desbaratados y ahuyentados, aunque victoriosos, que así se puede decir, pues de las heridas que dieron a micer Ambrosio murió dende a pocos días, y fue allí, en aquel valle, enterrado por los suyos, de donde le quedó la nombradía y apellido del valle de Micer Ambrosio, que hasta hoy tura.

De las propias naturalezas de estas provincias y de las que en estas comarcas de Pamplona anduvo esta gente, y de los indios de ellas, no trato aquí por no ser este su lugar.

5
 Palabra que se lee con dificultad.
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