Capítulo seis
 

 

En el cual se escribe cómo Felipe Dutre salió del pueblo de Nuestra Señora en seguimiento de Pedro de Limpias, que con cierta cautela se había apartado, y se encontró con Francisco de Caravajal en las provincias del Tocuyo.
 

 

Fue tanto el contento y alegría que la gente que Felipe Dutre dejó en el pueblo de Nuestra Señora, recibió así de ver volver a su general y compañeros como de la grande y cierta noticia que les traían, que ya se juzgaban por poseedores y señores de aquella próspera y rica tierra, especialmente que cuando así vienen algunos soldados de buscar alguna nueva tierra o descubrimiento, siempre acrecientan doblada fama de lo que vieron, y para encarecer su trabajo arman unas máquinas de cosas que vieron y oyeron y les sucedieron, con que atraen fácilmente a todas gentes a que con muy intrínsica afición deseen ya verse en aquella tierra o el pie en el estribo para ir a ella, y cada cual se juzgaba por bien aventurado en parecerle que no podía dejar de verse poseerla.

Estos soldados y su capitán fueron burlados de sus propios deseos y codicia, porque no sólo no volvieron a poblar aquella tierra del Dorado, mas entre ellos mismos nacieron luégo discordias por donde se desbarataron y volvieron sin concierto, y aun su general fue muerto, por ser despojado del derecho que a esta tierra tenía; porque pasa así: que como antes de ahora he dicho, entre la demás gente llevaba Felipe Dutre a Pedro de Limpias, a quien había dado cargo de maese de campo, y a Bartolomé Berzar, hijo de Antonio Berzar, a quien había hecho capitán. Y como estos fuesen cabezas en el campo, y el uno fuese montañés y el otro alemán, y entrambos pretendiesen mandar y ser respetados y supremos, no se conformaban en nada, antes se llevaban mal y andába entre ellos el ambición de mandar el uno más que el otro tan resulata, que casi se hacían obras por do viniesen a rompimiento; porque como el Bartolomé Berzar era de la nación de Felipe Dutre e hijo o deudo de los gobernadores de aquella tierra, era por él favorecido, y así con su calor cobraba brío para competir con Pedro de Limpias, el cual, como la fortuna le ofreciese ya ocasión y aparejo para apartarse con buena color de la compañía de Felipe Dutre y aun tomar venganza de los desabrimientos que entre ambos capitanes se le habían hecho, trató que se le diesen algunos compañeros con qué poder salir a Coro, para juntar alguna buena compañía de gente y armas y caballos y volver con ello con toda presteza a socorrerle para que todos juntos volviesen de nuevo a los omaguas, diciéndoles que el volver todos juntos a Coro era fatigar los enfermos que había, y que en el ínterin que él iba y volvía descansarían y se reformarían así los enfermos como todos los demás.

Este doble aviso o consejo de Pedro de Limpias les pareció bien a Felipe Dutre y a Bartolomé Berzar y otros muchos, por lo cual le fue luégo dada licencia y veinte compañeros que con él saliesen a Coro, y el general con la demás gente se quedó en el pueblo de Nuestra Señora descansando, según lo habían concertado.

Pedro de Limpias, siguiendo su tornavuelta, se vino por el propio camino por do había ido, hasta que llegó a las propias provincias del Tocuyo y Barquisimeto, donde halló al nuevo gobernador, aunque con falso título, Francisco de Caravajal, que poco había que era llegado a aquellas provincias, el cual procuró ante todas cosas ganar la voluntad y conseguir su gracia para después alcanzar de él lo que quisiese. Diole cuenta de la nueva y rica tierra que habían descubierto, y cómo venía a buscar copia de soldados para volver a ella, para el cual efecto quedaba esperando Felipe Dutre con la demás gente en la parte dicha, y encitando a Caravajal que pues tenía abundancia de gente para hacer la jornada, que tomase aquella empresa tan próspera y felice con la cual podría ganar gran honra y fama, demás de las muchas riquezas que se podían interesar; y que a Felipe Dutre, que pretendía el señorío de aquella tierra, con enviarle preso a Coro a él y a sus compañeros, fácilmente lo frustraría de sus desinos, pues para todo esto era poderoso con la gente que tenía. Caravajal era algo ambicioso y bullicioso, y fácilmente fue conducido a fijar su ánimo, aunque malvadamente, en efectuar y poner por obra aquellas cosas que Limpias le había dicho.

Felipe Dutre y Bartolomé Berzar, después de partido y apartado Limpias de ellos, presumieron la maldad que traía pensada, por las pasiones pasadas; y pareciéndoles que no podía ser pequeña la guerra que aquel doméstico enemigo les haría, ni fáciles de remediar los daños que les causaría, con la presteza que el caso requería se pusieron luégo en camino, caminando a las mayores jornadas que pudieron, por ver si en alguna manera le podían alcanzar; y como Limpias, usando de la misma presteza no se había detenido en el camino cosa alguna, fue de ningún efecto la presteza o diligencia de que usó Felipe Dutre, el cual, llegado que fue al desembocadero de Barquisimeto, tuvo noticia de los indios de cómo en la provincia del Tocuyo estaban españoles, que era Caravajal, y por no meterse inconsideradamente entre gente que no conocía ni sabía si eran amigos o si enemigos, usando de aviso de hombre recatado y de guerra se alojó en (el) valle de Barquisimeto, para de allí reconocer qué gente era la que estaba en el Tocuyo, y ver lo que le convenía.

Dende a pocos días se vinieron a tratar los de Caravajal con los de Felipe Dutre, y a haber entera noticia los unos de los otros, y a poner la guarda necesaria cada cual de los dos capitanes en su alojamiento y gente. Pedro de Limpias no cesaba de poner calor, con el enojo y odio y enemistad que a Felipe Dutre tenía, al capitán Caravajal para que lo prendiesen y persiguiese, pues tenía copia de aventajada gente; mas Caravajal, como era hombre mañoso y de agudo ingenio, no quería poner aquel negocio en ventura de batalla, en donde la fortuna suele, por no pensados modos, dar la victoria, no a los que en fuerzas y muchedumbre de gentes la tienen por cierta, sino aquellos que por ser pocos y tener reconocidas claras ventajas en sus contrarios, procuran peleando con osados ánimos, vender sus vidas a costa de mucha sangre que de sus contrarios derraman, a donde suele esta variable fortuna poner todas sus fuerzas, dándoles claros triunfos quien no los pensaba gozar. Y así pretendía Caravajal, con mañas y simulaciones, atraer a su alojamiento a Felipe Dutre, para allí seguramente ser señor de él y hacer lo que le pareciese.

De todas estas cosas era avisado Felipe Dutre por cartas de hombres que en compañía de Caravajal estaban, que aborrecían por todo extremo el gobierno de aquel hombre, tan malvadamente y por tan torpe modo adquirido. Escribíanle también que no desabrazase ni apartase de sí aquel título que tenía de general, ni se dejase gobernar ni sujetar de Caravajal, porque si la Audiencia de Santo Domingo algún nombramiento había hecho de nuevos oficiales o ministros de justicia, fue y era entendiendo que él era muerto o perdido, y que así no había derogado sus poderes, con lo cual hacían estar obstinado a Felipe Dutre en querer mandar y gobernar aquella tierra con aquel rancioso título que tenía; aunque en tales tiempos más firme título es y suele ser la fuerza del ejército que la abundancia y antigüedad de provisiones y poderes reales.

Finalmente, el Caravajal se dio tan buena orden en seguir sus ardides y mañas que eran como de hombre andaluz y reformado en Indias, que hizo entender y creer a Felipe Dutre que no se haría más de lo que él quisiese y ordenase, y que de conformidad se nombrasen personas que viesen las provisiones de entrambos y que estuviesen por lo que los árbitros sentenciasen, o que ya que esto no quisiese, que ambos de conformidad gobernasen el campo y gente y juntos fuesen a poblar y conquistar el Dorado.

Fue tan convencido y creído Felipe Dutre de esto que le decía Caravajal, que dejando su primera determinación, se levantó del alojamiento donde estaba y se metió y mezcló con su gente y soldados en la ranchería y alojamiento de Caravajal, con que se acabó de destruír, según luégo se verá.

 

Capítulo siete
 

 

En que se escribe cierta sedición y alboroto que entre Caravajal y Felipe Dutre hubo después de haberse juntado.
 

 

Juntos los dos capitanes o gobernadores, como los que terciaban mal de la una y de la otra parte los tenían más cerca, más frecuentemente los incitaban a enemistad y a que se damnificasen el uno al otro; pero Caravajal, como tuviese más gente, aunque alguna de ella más para ofenderle que para defenderle, disimulando con las promesas y ofrecimientos que a Felipe Dutre había hecho, aunque tratándolo amigablemente, procuraba haber ocasión para prenderlo, porque aquel caballero alemán, confuso de lo que había hecho en juntarse con Caravajal, andaba muy sobre el aviso acompañado de sus familiares, prevertiendo y apartando toda ocasión que a Caravajal le pudiese ser útil y provechosa para efectuar sus desinos.

Fue, pues, el caso que como Caravajal no hallase comodidad para sin notable escándalo y alboroto prender a Felipe Dutre, convidole a comer para si allí hubiese ocasión y lugar, prenderle y hacer lo que pretendía. Felipe Dutre, porque no se presumiese de él que le había faltado el ánimo y que por temor no quería aceptar aquel cauteloso convite, que con falsa ostentación de buena voluntad se le había hecho, concedió a Caravajal lo que le rogaba y fuese con él a comer, dejando prevenido a Bartolomé Berzar y a sus amigos que estuviesen sobre el aviso y con las armas en las manos para en oyendo algún bullicio acudir a defenderlo; y él, como hombre que iba a comer con su enemigo, llevaba en su persona gran aviso y recato y aun armas defensibles encubiertas. Comieron y pasaron su convite o cena sin que en él se intentase cosa alguna, porque Caravajal había sido avisado de la gente que Felipe Dutre dejaba prevenida. Levantados de la mesa, el alemán tomó la mano en hablar, visto que todo estaba sosegado y que no se intentaba nada de lo que él pensaba, diciendo a Caravajal que pues ninguna cosa de las que le había prometido no cumplía ni quería hacer, antes violentamente, más con la fuerza de su gente que con el derecho ni justicia, que él se quería ir a Coro con sus soldados, para de allí ir a dar cuenta a la Audiencia, que le había enviado, de lo que en la jornada había hecho. Caravajal le replicó que bien podía irse donde quisiese, pero que la gente no la había de llevar consigo ni se llamase dende en adelante general ni teniente, pues sus provisiones habían ya expirado y estaban derogadas, y que en aquella gobernación otro no tenía jurisdicción sino él a quien la Audiencia había enviado por gobernador.

El capitán Felipe Dutre replicó contradiciendo a Caravajal, y como las voluntades de estos dos capitanes estuviesen tan enficionadas y revueltas para damnificarse el uno al otro, fueron con esta pequeña ocasión tan encendidos y abrasados en ira, acompañada de ásperas y sobradas palabras, que incitaban cada cual a los suyos a que tomasen las armas con que diesen fin aquella su rencilla y arraigada enemistad; y como Bartolomé Berzar estaba puesto a punto de parte de Felipe Dutre, en oyendo las alteradas voces que los dos daban, salió de donde estaba, siguiéndole los suyos, y con furia de alemán, que por extremo suele ser muy soberbia y ciega, se fue derecho a Caravajal con el espada desnuda para lo herir o matar: mas como algunos hombres neutrales que allí estaban, a los cuales conforme a las leyes de Solón podían ser justamente tenidos por infames y nunca admitidos a ningunos oficios ni honores, se metiesen de por medio, repunaron la furia de Bartolomé Berzia de suerte que no pudo efectuar lo que pensaba hacer. Y porque mejor se entienda esto que dije de las leyes de Solón, es de saber que entre otras muchas que para el buen gobierno de su república aquel gentil hizo y ordenó, que fue una que decía, que si por algún caso humano se levantase alguna sedición o alboroto, el que en semejante caso fuese favorecedor de la una parte y contrario de la otra, que éste tal incurriese en las penas dichas, y no gozase de las preeminencias, porque quiso más buscar su provecho particular que el bien común.

Era cosa de notar y aun de reír que en este sedicioso alboroto cada una de las partes se aprovechaba de la voz del rey, con la cual querían fortificar sus pasiones; porque como los jueces españoles tienen por costumbre, cuando alguna sedición se revuelve en que les hagan resistencia, pedir auxilio a los presentes, de cualquier condición que sean, con decir "aquí del rey", y cada cual de estos dos capitanes apellidaba y pedía favor y ayuda para defenderse el uno del otro usando de las palabras referidas. Mas como ya los más de los soldados estuviesen determinados en sus voluntades de lo que habían de hacer, cada cual se arrimaba al que tenía por amigo o al que pensaba seguir; y esto no lo hicieron todos, porque muchos, estándose a la mira para después seguir al que la fortuna sustentase, no curaban de acudir a llamamiento de ninguno de los capitanes, lo cual por entonces hizo más pujante la parte de Felipe Dutre, porque como descubiertamente se llegasen todos sus amigos y enemigos de Caravajal, pudiera fácilmente triunfar de su adversario, dándole por su mano la pena que sus desatinos merecían. Mas no queriendo haber esta victoria con fama de tirano o traidor, por no macular su persona y linaje, dejando con la vida a su contrario, cabalgó en su caballo, y haciendo todos sus amigos lo mismo, tomaron del alojamiento de Caravajal las demás armas y caballos que les pareció, y apartándose de allí fueron a alojarse al valle de Quibor, que ahora son estancias del Tocuyo, para de allí dar mayor dolor con su presencia a su enemigo; lo cual sabido por Caravajal, usando de su industria conforme tal suceso que fortuna había guiado, usó de nuevas cautelas para recobrar los caballos y armas que Felipe Dutre y los suyos le habían llevado; y echando algunos amigos suyos como echadizos, les dijo que fuesen a Felipe Dutre y le significasen cuán grave delito era el que había cometido en alborotarse contra un gobernador del rey y tomarle las armas y caballos que tenían, por lo cual podía ser gravemente castigado por la Audiencia, y que lo mejor era que se tornase a confederar con Caravajal y le volviese sus armas y caballos, y que el Caravajal le perdonase a él y a todos los demás como gobernador que era de aquella tierra.

Tratáronse estos negocios con tanta eficacia por los a quien fueron cometidos, que fácilmente atrajeron a Felipe Dutre a que los hiciese, y sobre ello hicieron escrituras de concierto y amistad y ciertas capitulaciones que llamaron de paz, y fueron firmadas por Juan de Villegas, teniente de Caravajal, que era uno de los que vinieron a donde Felipe Dutre estaba a tratar los conciertos, y después los firmó el propio Caravajal, y así le fueron vueltas las armas que se le tomaron y caballos, no embargante que el Felipe Dutre, avisado de los suyos que no se fiase en cosa alguna de las cosas que Caravajal le prometiese ni hiciese ningún concierto con él, porque era hombre muy versuto y cauteloso y que ninguna cosa hacía sino era con doblez.

Confirmada la paz y amistad de la suerte dicha entre los dos, Felipe Dutre se partió más descuidadamente de lo que debía la vuelta de Coro, caminando a pequeñas jornadas y muy sin orden ni concierto, como hombre que entendía no dejar a las espaldas enemigo astuto y vengativo, sino cordial amigo.

 

Capítulo ocho

Cómo Caravajal cortó la cabeza a Felipe Dutre y a Bartolomé Berzar y a otros.

Después que Caravajal se vio apoderado en sus armas y caballos y tuvo nueva cierta que Felipe Dutre era partido de las sabanas de Quibor la vuelta de Coro, llamó y juntó toda la gente que con él había quedado, a los que les habló diciéndoles que si eran españoles y en ellos reinaba la nobleza y valor de la gente española acostumbrada que suele tener por natural, que no podían dejar de haber sentido entrañablemente la afrenta e injuria que a todos generalmente había hecho aquel mancebo extranjero, favorecido de algunos de su nación, que con demasiada soberbia se habían extremadamente señalado en despojarles de sus armas y caballos, tomando para ello la voz de no sé qué mohoso título que decía tener de general, fundándose principalmente en la potencia de sus amigos y allegados, con los cuales habían maculado a todos los que allí quedaban, pues les habían tomado sus armas y caballos, y después, por vía de afrentoso concierto, vuéltoselas casi dando a entender que no sólo les hacían merced de ellas, mas que aun también de las vidas, y de lo cual todo y de haberse descomedido y desvergonzado contra la persona real, en cuyo lugar él asistía, no sólo en sus ánimos irían regocijándose, pero que se irían jactando de ello y divulgándolo por entre sus deudos y conocidos, que sería abominación y gran vituperio para todos ellos; y así los incitaba a que tuviesen compasión de sus propias honras y no las dejasen así estragar de gente extranjera, y que tomando las armas en las manos y siguiéndole, él los pondría en su poder a Felipe Dutre y a Bartolomé Berzar, alemanes, hombres soberbios y escandalosos y que sin tener título se quería hacer señor de aquella tierra y les había tan malvada y traidoramente agraviado, y que cuando ellos no quisiesen, como era razón y debían y eran obligados, darle auxilio y favor como a su gobernador, para ir en su alcance y prende, que tiempo vendría en que serían castigados por ello, y que porque no tuviesen escrúpulo alguno en si él era gobernador o no de aquella provincia, viesen los títulos que de ello tenía, de los cuales les hacía ostentación para que de ello estuviesen más satisfechos.

Viéronlos que allí estaban sellados con el sello real, y la letra, aunque falseada, rezaba a él nombrándolo gobernador. Con esto y con las disfrazadas amenazas que les hizo, y algunos que por la particular enemistad tenían deseo de seguir y perseguir aquellos caballeros alemanes y a los de su parcialidad, fueron movidos sus ánimos a seguir el querer de Caravajal y tomar las armas para seguirle, el cual no fue nada perezoso a ponerlo por la obra, porque cabalgando luégo en su caballo y poniéndose en el camino, dio ocasión a que con brevedad le siguiesen los demás, con determinada deliberación de haber entera venganza de sus contrarios.

Fue, pues, el caso que caminando Caravajal, y la gente que con él iba, a grandes jornadas, en breve alcanzó a Felipe Dutre y a sus compañeros, que, como he dicho, caminaban floja y descuidadamente, los cuales estaban ya alojados a la barranca de una quebrada honda; y como Caravajal con los suyos llegase de repente y habían quedado las amistades hechas, aunque fingidamente por parte de Caravajal, no hubo causa que moviese a Felipe Dutre a tomar las armas, entendiendo, como he dicho, que las amistades eran fijas. Mas desque Caravajal y los que con él iban se hubieron apeado, prendieron con poco escándalo ni resistencia a Felipe Dutre y a Bartolomé Berzar, y a un Palencia, y a un Romero, y a otros, sosegando con buenas palabras a los demás; y mandando a un negro que como a malhechores atase las manos a aquellos sus prisioneros, hizo que con un boto machete les fuesen allí, en el suelo, cortadas las cabezas, con bárbara crueldad; porque como el cuchillo o machete con que aquella injusticia se ejecutaba fuese gastado de servir y él en sí muy grosero y bastardo, ninguna cosa cortaba, sino haciéndoles muchos pedazos los pescuezos y machucando y quebrando la carne y huesos (de) que estaban compuestos, les daba unas crueles y penosas muertes, incitando y dando calor a Caravajal para que con brevedad matase aquellos capitanes émulos, Pedro de Limpias y a un Sebastián de Armaçea y otros.

Hecho esto dio la vuelta, como hombre victorioso, Caravajal a Tocuyo, volviendo consigo a los más de los que iban con Felipe Dutre, y algunos dejó que se fuesen a Coro a llevar las nuevas de este malvado y cruel hecho; aunque otros afirman que no dejando ni consintiendo que ningún soldado fuese a Coro a llevar esta nueva, se los volvió todos consigo a su alojamiento, con propósito de haber entera venganza de todos aquellos que más abiertamente se habían mostrado contra él, a los cuales pensaba castigar con mucha severidad cuando más olvidados estuviesen del suceso de aquel negocio, porque para tener más viva la memoria de los que le habían ofendido, para de ellos haber entera venganza con crueles géneros de muertes que les pensaba dar, había hecho un padrón o minuta de todos, a imitación y ejemplo del cruel emperador Comodo, que con el ánimo de crueldad que entre los otros vicios en él reinaba, hizo un memorial para matar a muchos principales de Roma y de su corte, y entre ellos estaba su muy querida amiga Marcia, la cual, como por cierta ocasión hubiese el papel a las manos y viese la crueldad y maldad que Comodo tenía ordenada, acordó ganarle por la mano, y con la presteza que el negocio requería, sin dar parte de ello a algunos de los condenados, le dio cierta ponzoña con que lo mató; y aunque en Caravajal no hizo este propio efecto su memorial, a lo menos fue mucha parte para que se le diese la muerte que después se le dio, y sólo se mostró riguroso mofaz contra un Pedro de San Martín, español amigo suyo que tenía cargo de factor, porque viendo cuán tiránicamente guiaba Caravajal sus negocios y cuán dañado tenía el ánimo contra muchos españoles y cuán cebado y presto estaba en hacer crueldades y en querer matar a muchos de los que en el primer ímpetu habían quedado con las vidas, le iba a la mano, refrenando sus severidades y desatinada crueldad, persuadiéndole a que no matase tanta gente como quería matar, pues mejor fama y loa se adquiere con la misericordia y clemencia que con la crueldad y rigor. Mas como este violento y tirano gobernador estaba tan impuesto en haber entera venganza de los a quien había tenido por contrarios, y para conservación y sustentación de este su mal pecho no faltasen sustentadores y hombres que no menos malvados desinos tenían que el propio Caravajal, persuadíanle a que efectuase lo que San Martín con tanta instancia le estorbaba, y así vino Caravajal a aborrecer de todo punto el amistad y consejos de San Martín y a desecharlo de sí, redarguyéndole algunas cosas falsamente opuestas, con la cual ocasión lo apartó de sí y de su gente, enviándolo a Coro preso y desterrado, para que de allí lo llevasen a Santo Domingo; porque a este perverso hacíasele de mal matar a San Martín, por parecerle que con la muerte de aquel hombre que tan amigo suyo había sido, cobraría una notable y perpetua infamia con que hiciese más abominables sus malvados y crueles hechos, los cuales quería conservar con título y color honroso, diciendo que los había hecho por la fuerza e injuria y manifiesta afrenta que aquellos alemanes, descomidiéndose contra la persona real, a quien él representaba, le habían hecho.

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