Capítulo diez y siete
 

 

De cómo fue proveído por gobernador de Venezuela el licenciado Villasanda, y de su gobierno y muerte, y de la fundación y sucesos de una villa poblada en el valle de San Pedro.
 

 

Por muerte del licenciado Tolosa proveyó el rey por gobernador al licenciado Villasanda, el cual vino a la gobernación después de estar poblada la Nueva Segovia y haber pasado el alzamiento y desbarate de los negros que hemos contado. En tiempo de este gobernador hubo pocas cosas de que podamos dar noticia, y así será breve el discurso de su tiempo.

Del gobierno de su tiempo solamente hay que decir el principio que tuvo un lugar o villa de españoles, poblado en las minas de San Pedro, con todo en él sucedido hasta este nuestro tiempo; y viniendo al caso, pasa de esta manera: como la Nueva Segovia fuese mudada al sitio donde la arruinó el traidor Aguirre, y por estar apartada más distancia de las minas de San Pedro, los naturales se rebelaban cada día y daban en los mineros y lavadores y hacían en ellos algunos daños ahuyentándolos de las minas; lo cual visto por los vecinos de aquella ciudad acordaron que para que las minas estuviesen seguras, sé poblase en ellas un lugar o villa de españoles, a los cuales se les diese para su sustento los indios que por allí había, haciendo ellos dejación de las encomiendas de indios que se les habían dado en aquella parte; y para que esto hubiese efecto, lo comunicaron con su gobernador Villasanda, el cual, pareciéndole que se debía hacer como los vecinos lo pedían, envió por persona o caudillo que lo fuese a hacer a un Diego de Montes, hombre famoso en aquella gobernación por su mucha experiencia del conocimiento de yerbas y otras cosas naturales, que era vecino del propio pueblo de Barquisimeto; el cual, juntando consigo cuarenta hombres españoles, se fue a la provincia de las minas de San Pedro, a donde lo primero que hizo fue hacer algunos daños y muertes en los naturales, para espantarlos y amedrentarlos, a lo que llaman comúnmente castigo; y para hacer esto tomó por ocasión las muertes de ciertos españoles y de ciertos negros que andaban a sacar oro, que los indios habían hecho para echarlos de sobre sí; y acabado el castigo o daños que en los indios quisieron hacer, Diego de Montes miró la tierra como hombre considerado, para en la parte o sitio más acomodado poblar su pueblo; y pareciéndole que era lugar conveniente para ello las riberas de un río que cerca de las propias minas estaba, llamado el río de las Palmas, pobló allí una villa, a la cual nombró la villa de las Palmas; y pareciéndole que la tierra quedaba bastantemente castigada, y que los indios no intentarían más novedades, volviose a Barquisimeto, y tras de él los más de los que consigo había llevado, por ser vecinos de la propia ciudad de Barquisimeto, con lo cual quedaron tan pocos españoles en la villa que casi no se atrevían a salir de sus casas, lo cual, visto por los indios, comenzáronse a juntar y a congregar para venir a dar sobre el pueblo y villa y matar a los españoles que en él estaban, los cuales lo entendieron y coligieron por conjeturas que vieron, y temiendo no ser muertos y desbaratados por las manos de aquellos bárbaros, desampararon el lugar antes que los indios los viniesen a cercar, y volviéronse a la ciudad de Barquisimeto, y así quedó la villa despoblada dende a poco tiempo que se pobló, en el propio año.

En el verano siguiente, los vecinos de Barquisimeto, deseando que las minas se sustentasen para poder sacar algún oro, eligieron de nuevo un capitán que volviese a pacificar aquella provincia y reedificar la villa, y este fue un Diego de Parada, natural del Almendralejo, el cual fue con veinte y cinco hombres que juntó, y entrando en la provincia de las minas de San Pedro, comenzó a mover guerra a los indios y castigarlos de los bullicios y alborotos que habían movido contra los españoles primeros pobladores, porque adelante y porque después no hubiesen otros. Y después de parecerle que tenía ya pacífica la tierra, pobló la villa en el río que dicen Nirua, y la nombró la villa de Nirva.

Sustentáronse estos españoles bien todo el tiempo que duró el verano, mas desque comenzó a entrar el invierno los indios se comenzaban a inquietar y alborotar, de suerte que constriñeron y forzaron a los españoles a que desamparando su pueblo o villa, se retirasen otra vez a Barquisimeto, los cuales lo hicieron así, y quedó despoblada segunda vez y de segundo sitio aquella villa.

En este instante murió el gobernador Villasanda, y los vecinos de Barquisimeto, porque recibían daño de que los naturales de las minas de San Pedro estuviesen alterados y no les consintiesen gozar de las minas, de nuevo enviaron gente a que los pacificasen y castigasen, y por caudillo de ella a un capitán llamado Diego Romero, el cual fue con cuarenta compañeros, y anduvo algunos días en la provincia haciendo castigo y ruina en los indios y pueblos, y cuando le pareció que los tenía ya domados y sujetos, dejó la gente alojada en las propias minas y volviose a dar cuenta de lo que había hecho al cabildo que lo había enviado, donde halló que la Audiencia de Santo Domingo había proveído por gobernador de aquella provincia a Gutierre de la Peña, que después fue general contra el traidor Aguirre; y dándole relación de lo que en la provincia había hecho, el gobernador le tomó a enviar y le dio comisión para que poblase y reedificase aquel pueblo o lugar en la más acomodada parte que le pareciese.

Volviose el capitán Romero con esta comisión a las minas de San Pedro, donde había dejado la gente alojada. Por entrar en aquella sazón el invierno, y no ser tiempo de andar trastornando sierras ni caminando de una parte a otra, pobló en el propio alojamiento o ranchería de las minas de San Pedro, su villa, a la cual la nombró la Villa Rica, porque así le fue mandado por el gobernador, y estúvose allí aquel invierno y algunos días más, hasta que en el Consejo real de Indias fue proveído, por muerte de Villasanda, el licenciado Pablo Collado, el cual viniendo a la gobernación de Venezuela y hallando los negocios de la Villa en este estado, mandó al capitán Romero que la mudase a donde quisiese, y que en su memoria la llamase Nirva del Collado. Romero, por complacer a Pablo Collado, mudó el lugar de donde estaba, y pasose con su villa al río de Nirva donde Diego de Parada la había poblado la segunda vez, aunque no en el propio sitio, porque la asentó en el paso del camino que por aquel río llevan los vecinos de Barquisimeto a la Nueva Valencia, y allí estuvo poblado más tiempo de tres años, al cabo de los cuales, por la pobreza y miseria de la tierra y por la inquietud y rebeliones de los naturales, la tornaron a dejar los españoles y se tornó a despoblar; y después, en tiempo que gobernaba la segunda vez esta provincia el licenciado Bernáldez, se tomó a reedificar este pueblo, y estuvo poblado cierto tiempo, al cabo del cual los naturales fatigaron tanto a los españoles, que los mataron a su capitán, que se decía Ramírez, y los forzaron a que, retirándose y desamparando el pueblo, les dejase libre su tierra; y así se han quedado libres de la servidumbre de los españoles, que tantas veces han intentado tenerlos sujetos.

Muerto Villasanda quedó el gobierno de la tierra en las justicias de los pueblos, hasta que la Audiencia de Santo Domingo, según poco ha dije, proveyó por gobernador a Gutierre de la Peña, vecino de aquella propia gobernación.

 

Capítulo dieciocho
 

 

En el cual se escribe el principio y fundación de la ciudad de Trujillo, de esta gobernación, y algunas cosas de los indios naturales de ella.
 

 

Porque también, conforme a la orden que llevo en mi escribir, es razón que dé noticia y escriba aquí las cosas sucedidas en tiempo de 21como escribo las acaecidas cuando hay exceso de gobernadores, trataré el principio que en este tiempo tuvo la ciudad de Trujillo, que hoy está poblada, y aunque por no romper la materia de lo tocante a este pueblo, como lo he hecho en los demás, prosigo con el discurso de los tiempos hasta lo presente, no por eso dejaré de ir por sí haciendo particular mención de los gobernadores, como hasta aquí lo he hecho.

Cerca de los términos de la ciudad del Tocuyo había unas provincias de indios llamadas Cuycas, gente desnuda y que se sustentaban y vivían pobremente, de los cuales los vecinos y moradores de esta ciudad tenían noticia, porque algunas veces enviaban algunos criados suyos con rescates a que comprasen hilo de algodón entre estos indios para hacer sus telas y socorrer a sus necesidades, a quien ellos propios tenían por ricos y prósperos por sólo poseer un poco de hilo y cierta manera de cuentas blancas que llaman quitero; y pareciéndoles que poblándose españoles entre estos cuycas habría más comodidad para poder ellos participar a menos costa de aquellas miserias que los indios cuycas tenían, determinaron juntar todos los más españoles que pudieron, y nombrando el cabildo por capitán de esta gente, para entrar en esta provincia, a Diego García de Paredes, hijo natural del valiente capitán Diego García de Paredes, que en tiempo antiguo del emperador don Carlos, nuestro rey de España, hizo por su persona famosos hechos en las guerras que en aquel tiempo se siguieron en Italia y en otras partes, y le dieron entera comisión y jurisdicción para que entrase en aquellas provincias cuycas y poblase.

Este Diego García, con la gente que le dieron y él juntó, se metió la tierra adentro, y por ser en este tiempo los indios cuycas gente muy doméstica, anduvo y paseó toda la provincia con su gente sin ninguna contraversión ni haber con los indios naturales guazabara y guerra y otros alborotos que en semejantes entradas suelen haber; y buscando parte acomodada para poblar, se subió a una poblazón de indios llamada Escuque, que está en un lugar alto, a las vertientes del río Mitatan, que tiene sus nacimientos en los páramos de Mérida que llaman los páramos de Tuerto, y pasa por el valle que dicen de Corpus Christi. Y subido Diego García con los españoles que consigo llevaba a este sitio, alojose en él y pareciole lugar cual convenía para habitación de los españoles. Pobló allí un pueblo al cual llamó Trujillo: estuvo en él algunos días después de haber hecho repartimiento de los naturales que en la provincia había, entre los que con él fueron. Se tornó al Tocuyo a dar cuenta de lo que había hecho, y aun a holgarse.

En este tiempo que Diego García estuvo ausente, algunos mozuelos de baja suerte y condición muy indinados, desmandábanse a hacer algunas fuerzas y robos a los indios, tomándoles las cuentas e hilo y quitero que tenían, que esto era toda su riqueza; y hallándolos domésticos en que les sufriesen esto se desmandaron a tomarles las mujeres e hijas, y a fornicar con ellas tan desvergonzadamente cuanto yo no sé decir, porque delante de los propios indios, maridos y padres, cometían estas maldades. Los indios, como naturalmente ninguna cosa amen más que a sus mujeres e hijos, encendidos con mucha razón en ira y furor de bárbaros, tomaron las armas en las manos y mataron a todos aquellos que malvadamente hacían estos insultos; y determinando que de todo punto en su tierra no quedase generación de gente que tan disoluta y asolutamente cometían aquellos pecados de infidelidad, queriendo en esto imitar al furor 22que los romanos quisieron castigar la disolución de Sexto Tarquino el mancebo, hijo del rey Tarquino, por cuya maldad no sólo no consintieron que en Roma quedase hombre de aquel linaje pero ni aun que se llamase Tarquino, fue de los romanos aborrecido y compelido a irse a vivir fuera de Roma, tomaron las armas de conformidad estos bárbaros. Juntos muy gran número de ellos, y poniendo cerco sobre el pueblo de los españoles, los pusieron en tanto aprieto que si con brevedad no fueran socorridos de su capitán Diego García de Paredes, que de ello fue avisado, allí perecieran; pero este solo hecho sólo prestó para refrenar el ímpetu de aquellos bárbaros, de quien temían ser rendidos y miserablemente muertos, porque permaneciendo los indios en su primer ímpetu, seguían con obstinados ánimos la guerra contra los españoles, viniendo muy ordinariamente a darles guazabaras a su propio pueblo, matándoles algunos soldados en ellas.

El capitán Diego García de Paredes, viendo que le habían muerto algunos de sus compañeros, y que los indios obstinadamente permanecían en su opinión, y que para apartarlos de ella no había bastado las muchas veces que los había rompido y desbaratado con muertes de muchos de ellos, ni las grandes ofertas y prometimientos que les habían hecho, determinó desamparar el pueblo y salirse de entre las ansias de aquella gente que tan de veras procuraban de todo punto destruírlos y matarlos; y esperando para esto tiempo cómodo, aprestó una noche toda su gente, porque de otra manera no pudieran salir sin recibir algún notable daño. Se retiró y salió de aquel pueblo dejando en él gran cantidad de ganado vacuno que los españoles habían llevado para su sustento y perpetuidad, y se volvió a la ciudad del Tocuyo, de donde había salido.

La gente de esta provincia de Cuycas es, como he dicho, gente que anda desnuda, crecida y muy lucida y bien agestada. Es idólatra: tienen o usan de algunas figuras en que adoran, que llaman los españoles tunjos. Lo que estos indios ofrecen en sus santuarios es hilo y quitero y otras cuentas hechas de cierto género de cuentas de piedras algo verdes que son de la generación de otras piedras que en esta provincia y en la de Mérida hay, provechosas para el dolor de la ijada. También ofrecen sal y algunas mantas pequeñas de poca estima que estos indios hacen. Sacrifican venados en los santuarios, y ponen también venados23 todas cuantas cabezas pueden haber de venados, en tanta cantidad que entrando en uno de estos santuarios y templos, casi no verán otra cosa sino cabezas y aspas de venados. Usan estos indios comer ceibas, que son ciertas almendras de la Nueva España, contratación principal.

Es esta provincia de muy diferentes temples, porque participa de tierras frías y de tierras muy templadas y de tierras muy calientes, y así hay en ella de las frutas y comidas que en todas estas diversidades de tierras suelen haber. Es toda la mayor parte de esta provincia tierra masa, doblada y aun a partes muy doblada quebrada. Lo que de ella es comarcana y más conjunto a la laguna de Maracaibo es montuoso y arcabucoso, y lo que cae asímismo sobre los llanos de Venezuela, porque entre estos dos mojones está situada esta provincia por las dos partes, y por las otras dos tiene a las provincias y términos de la ciudad de Mérida del Nuevo Reino, y a la ciudad del Tocuyo de la propia gobernación de Venezuela.

No trato de la religión, ceremonias, costumbres y manera de vivir de estos indios, porque como ha poco que estos indios y este pueblo se reedificó no se ha podido haber entera relación de ello.

Hay en esta provincia dos parcialidades de gentes: los unos se dicen cuycos y los otros timotos. Los timotos es gente más belicosa y guerrera e indómita, y caen hacia los confines de Mérida, que la mayor parte de esta gente llamados timotos, sirven y son sufraganos a los vecinos de Mérida, y los cuycas caen hacia las otras tres partes. Es gente más mansa y doméstica, según he dicho, que los timotos. Todos estos pelean generalmente con lanzas y dardos y macanas. Es gente muy suelta y para mucho trabajo.

Después que esta primera vez echaron los españoles de su tierra, diéronse a hacer unos fuertes en que se recogen en tiempo de guerra y aun de paz, los cuales hacen en las más ásperas y agras cuchillas y lomas que pueden hallar, cortándolas por las dos partes con una ancha y honda cava de fosa; y por los dos lados procuran que sean muy pendientes, de suerte que aunque por ellos quieran subir, en ninguna manera pueden. Tienen sus puentes levadizos para entrar y salir por sobre las cavas, y allí dentro tienen hechos sus bohíos y casas, y metidos sus provisiones de vituallas para sustentarse. Han sido estos fuertes causa de multiplicarse las discordias entre estos indios y los españoles que después fueron allí a poblar, por recogerse a ellos muy a menudo.

 

Capítulo diez y nueve
 

 

En el cual se escribe los mudamientos y traslaciones que esta ciudad de Trujillo ha tenido hasta este tiempo, y mudanzas del gobierno de la gobernación.
 

 

Cuando Diego García de Paredes salió de la provincia de Cuycas y quedó despoblada la ciudad de Trujillo, que él había poblado, halló en la gobernación de Venezuela a Gutierre de la Peña, que venía de Santo Domingo proveído por gobernador, por fin y muerte del licenciado Villasanda, según atrás queda apuntado, el cual, según parece, no se llevaba bien con el Diego García de muchos días atrás que se habían conocido; porque como se hubiese despoblado la ciudad de Trujillo determinó el gobernador Peña de enviarle a reedificar, y este cargo no se le quiso volver a dar al mismo Diego García, mas dióselo a un Francisco Martín, que era vecino de la propia ciudad del Tocuyo.

Este juntó hasta cincuenta soldados, así de los que primero habían sido vecinos de la ciudad de Trujillo, como de otros que por allí pudo haber.

Apartándose del Tocuyo, se metió en el principio de la provincia de los cuycos a la parte de un valle dicho de Tostos o de Bocono, porque de estas dos maneras fue llamado, y allí se alojó y rancheó con su gente, para reformar sus armas y hacerlas de nuevo para la guarda de sus personas, porque como los indios habían quedado victoriosos con la echada de los españoles fuera de su tierra, temíanse que les habían de resistir ásperamente en la entrada y estorbar la reedificación del pueblo.

En este mismo tiempo había salido de la ciudad de Mérida Juan Maldonado, vecino de Pamplona, con pocos más de cincuenta hombres a descubrir esta provincia de Cuycas; y andando por ella viéndola, acaso un día se apartó con obra de veinte soldados de la demás gente, y caminando ciertas jornadas por diversas partes de esta provincia, vino a dar al valle de Bocono, que el propio Maldonado llamó Tostos, por cierto pueblo que en él había de este nombre; y como de repente viese estar alojada la gente de Francisco Ruiz 24 y topase dos hombres de los tocuyanos que le dijesen lo que pasaba, no turbándose punto les dijo que dijesen a su capitán que buscase otra tierra en que poblar, porque aquella él la tenía por suya; y recogiéndose con sus veinte compañeros en un acomodado 25 para poder resistir silos contrarios lo quisiesen prender, envió cierto embajador o mensajero para que de su parte saludase a Francisco Ruiz y le dijese lo propio que él había dicho a los soldados que antes había topado. El Francisco Ruiz, por el contrario, envió a decir a Maldonado que le dejase su tierra, y pasaron otras palabras que el que las quiera ver largamente escritas las hallará en lo que yo escribo sobre la poblazón de Mérida. Aquella noche propia, Francisco Ruiz envió gente a que se metiesen en el sitio donde había estado poblada la ciudad de Trujillo, porque hasta este punto no había tenido pensamiento de reedificar aquel pueblo. El capitán Maldonado, asímismo, se retiró hacia donde estaba la demás gente de su compañía aquella noche propia, y se juntó con ella. Dende a dos días el capitán Francisco Ruiz, siguiendo luégo tras los suyos con la demás gente, se juntaron en la poblazón de Cuyque, en propio sitio donde había sido poblado Trujillo, que aun todavía estaban en pie muchas casas que los indios no habían querido quemar, y metiéndose en ellas, luégo el capitán Francisco Ruiz pobló allí de nuevo su pueblo y reedificó el viejo, llamándole la ciudad de Mirabel. Nombró sus alcaldes y regidores e hizo las otras solemnidades y ceremonias que en semejante caso se suelen hacer; y aunque sin embargo de esto pudiera Maldonado echarlo de la tierra, o a lo menos constreñirle a que se fuese, no lo quiso hacer, mas desde a cierto tiempo y después de haber pasado otras muchas cosas que en la parte dicha se escriben, se volvió a Mérida con su gente, y Francisco Ruiz con su pueblo de Mirabel y toda la provincia a su servicio, si él la pudiese sujetar, la cual luégo repartió, haciendo nuevas cédulas de encomiendas en los vecinos o españoles que con él habían ido, de los indios que en aquella provincia había.

En tiempo de este gobernador Gutierre de la Peña entiendo que tuvo principio la conquista y poblazón de las provincias de Caracas por los Fajardos, mestizos hijos de una india señora de aquella propia provincia.

Estando las cosas de la nueva ciudad de Mirabel en el estado que he dicho, llegó a la gobernación de Venezuela, proveído, Pablos Collado, por gobernador, que fue por el año de cincuenta y nueve, proveido por el Real Consejo de Indias por muerte del licenciado Villasanda, por quien también había sido proveído Gutierre de la Peña en Santo Domingo. Este Pablos Collado, siendo informado del agravio que a Diego García se le había hecho en no darle licencia que volviese a la reedificación de su pueblo, revocó todo lo que Francisco Ruiz había hecho, y dio nuevos poderes a Diego García para que fuese a la provincia de Cuycas y tomase en sí la gente española que en ella había y tenía Francisco Ruiz y reedificase de nuevo su pueblo e hiciese nueva elección de alcaldes y regidores. Diego García de Paredes lo hizo así como le fue encargado y él deseaba; y quitando el nombre de Mirabel al pueblo le volvió el de Trujillo, que de antes retenía, y aun creo que le añadió no sé qué 26 a contemplación de Pablos Collado.

En todo este tiempo los indios no intentaron a hacer ninguna novedad, porque los más de ellos estaban debajo del amparo de los vecinos de Mérida, con quienes ellos se hallaban muy bien por ser gente moderada en el tratamiento de los indios y que nunca les quitaban esa miseria que tenían; mas después que los meridianos se apartaron de ellos y se recogieron con su capitán Maldonado a su ciudad, luégo movieron bullicios y escándalos, y se comenzaban a rebelar.

El sitio donde Trujillo estaba poblado era algo fastidioso para los vecinos a causa de las aguas y grandes truenos que de ordinario acudían sobre él, y así procuraron mudarse de este sitio a otro que les pareció mejor, y con licencia de su gobernador y consentimiento de su capitán, se mudaron y poblaron este pueblo en la cabeçada de una campiña o sabana que esta ribera del río Bocono, en el valle que dije llamarse de este nombre, y también Tostos, que parecía ser sitio más apacible para la vivienda de los españoles, aunque fuera de comarca para el servirse de los indios. Estuvieron en este sitio poblados algunos días, hasta que les faltó y se ausentó de ellos el capitán Diego García, que los conservaba en paz y amistad; y luégo que Diego García se apartó de ellos y se fue a España a cosas que le convenía, comenzó a nacer entre los vecinos domésticas discordias que los depravaron mucho. Fue que los que antes tenían sus indios junto a la primera poblazón y sitio donde Trujillo fue poblado, comenzaron a proponer razones trayendo por compuestos argumentos y causas con que daban o querían dar a entender ser cosa muy necesaria que el pueblo se mudase de esta su fundación a donde primero estaba o por allí cerca; y sobre esto se levantaron dos bandos y parcialidades que claramente punaba el uno contra el otro, los unos por mudarse y los otros porque no se mudasen.

En este inter fueron quejas del gobernador Pablos Collado a la Audiencia de Santo Domingo de poca importancia, por las cuales fácilmente se movieron los concilianos de aquella Audiencia a proveer juez que tomase residencia a Pablos Collado, para el cual efecto nombraron a un licenciado Bernárdez, que por sobrenombre llaman Ojo de plata, por tener en la una cuenca que le falta un ojo otro de plata. Este llegó a Venezuela, como he dicho, al tiempo que entre los vecinos de Trujillo andaba ya muy encendido el fuego de su enemistad y discordias; y siéndole hecha relación por algunos de los que deseaban mudar el pueblo de donde estaba, fue fácilmente inducido a ello, porque hubiese de él alguna nueva memoria, y así les dio licencia que mudasen el pueblo a donde mejor les pareciese y que lo llamase Trujillo de Medellín, por ser él y sus padres de Medellín naturales. Los vecinos, usando de esta comisión, llevaron su pueblo con mucho contento de los que lo habían intentado, y a pesar de los contrarios, a las riberas del río Hitatan, al contrario de donde solía estar en la primera fundación, en una sabana que llamaron algunos la sabana de los truenos, por una gran tempestad que una noche, estando alojado en ella el capitán Maldonado con su gente hizo, poco más de una legua apartado del primer sitio o asiento donde estuvo poblado en Escuque.

Hicieron allí sus casas y su nueva reedificación de Trujillo de Medellín, donde también permanecieron muy poco tiempo, porque al cabo de algunos días acudieron tigeres al pueblo y gran cantidad de hormigas caribes que les hacían muy gran daño, por lo cual determinaron de su autoridad mudarse de allí a donde lo pagasen todo junto, porque esta considerada gente, con su bárbara obstinación, se querían andar a manera da alarbes o perseguidos gitanos, con sus tiendas a cuestas, de una parte a otra, sólo por quebrantar y danificar los unos las opiniones de los otros, así los que fueron en que el pueblo no se mudase de las riberas de Bocono, su segunda fundación, a las riberas de Mutatas, su tercera fundación, fueron en mudarlo después al propio río de Mutata abajo, casi cuatro leguas, entre unas montañas y arcabucos donde los propios bárbaros naturales de aquella provincia jamás no han habitado por la maleza de la tierra, y allí están al presente, donde purgan bien su liviandad y mudamiento; aunque lo más lastan los indios que allí les van a servir, porque o de enfermedad que les da o de tigeres que los comen no pueden dejar de morir muy presto, y es tanta la estrechura del sitio que no tienen dónde hacer un huerto ni soltar a pacer un caballo ni dónde sustentar algún ganado junto al pueblo para su mantenimiento. La carne fresca al segundo día se les corrompe: si un caballo sueltan acaece no hallarlo en una semana y estar casi dentro en el pueblo por la espesura de la montaña, y si hubiese de decir todos sus inconvenientes y malas propiedades no acabaría tan presto. De este sitio han intentado mudarse a otra parte, mas el que es al presente gobernador, que se dice don Pedro Ponce de León, no les ha querido dar licencia hasta que personalmente vea los inconvenientes que para ello hay; y esto creo que se hará en su tiempo, por ser hombre tan cargado que le es muy dificultoso el caminar, porque el gobernador, informado de las rencillas y pasiones que entre estos vecinos hay, como hombre cuerdo, a ningunos de ellos quiere dar crédito acerca de estos negocios, sino irlo él a ver por su persona.
Esto es lo que hay que escribir al presente acerca de la fundación de Trujillo.

 

 

Capítulo veinte
 

 

En el cual se escribe en suma lo sucedido en esta gobernación de Venezuela a Lope de Aguirre, traidor, y de su fin y muerte.
 

 

 

Aunque las traiciones y crueldades que Lope de Aguirre, traidor, famoso por su
iniquísima y abominable severidad, hizo en esta gobernación de Venezuela, con su fin y muerte, yo las escribo en un compendio particular que hice de todo lo sucedido en las Indias al gobernador Pedro de Orsúa, pareciome referir aquí en suma todo lo que este traidor hizo hasta su muerte y desbarate en Venezuela, por ser cosa que demás de haber acaecido en esta gobernación de quien particularmente voy escribiendo, gobernaba también la tierra el licenciado Pablos Collado, de cuyo tiempo y gobierno voy tratando.


Pasó Lope de Aguirre con sus secuaces de la isla Margarita, adonde aportó luégo que salió del Marañón a tierra firme, al puerto y pueblo dé la Burburata, por el mes de agosto del año de mil y quinientos y sesenta y uno; y como en el puerto ni en el pueblo no hallase quién le resistiese, apoderose en todo y estuvo ciertos días domando yeguas y potros para pasar adelante, y haciendo todos los daños que podía con sus marañones en los ganados y otras haciendas que los vecinos por allí tenían, donde estuvo algunos días, al cabo de los cuales determinó entrar la tierra adentro para colar de largo por la gobernación y pasar al Nuevo Reino de Granada, donde deseaba mucho verse con sus ministros; y llevando la derrota o vía de la Nueva Valencia, llegó a ella algo mal dispuesto y enfermo, donde no hallando tampoco, como en la Burburata, quién le defendiese la entrada ni hiciese resistencia, se apoderó de ella, y sus soldados comenzaron a buscar qué robar y echar a perder, y no dejaron de hallar algunas cosas, porque como los vecinos de este pueblo fuesen tarde avisados y entendiesen cuán a la puerta tenían el enemigo, de priesa, con lo que pudieron llevar a cuestas, se fueron a guarecer a los montes o arcabucos, donde de todo punto no tuvieron la seguridad que pensaban, porque la gente y soldados de Aguirre, esparciéndose con su desordenada codicia y costumbre, por muchas partes, a buscar qué hurtar y robar, dieron con algunas mujeres de vecinos principales y las trajeron a poder de su capitán.

A esta sazón ya el gobernador Pablos Collado, que residía en la ciudad del Tocuyo, tenía noticia de la llegada y entrada del amotinado Aguirre en su gobernación, y de la derrota que llevaba, que era hacia donde él estaba. Nombró luégo el gobernador por su capitán general a Gutierre de la Peña, que había sido gobernador antes de él, y por maese de campo a Diego García de Paredes, para que juntasen la gente que pudiesen, y con ella, ya que no fuesen parte para desbaratar a Aguirre, a lo menos hiciesen alguna ostentación, de suerte que no pasase tan desvergonzadamente como pensaba; y juntamente con esto envió a pedir socorro al capitán Pedro Bravo de Molina, que por justicia mayor asistía en Mérida, ciudad circunvecina a su gobernación, del distrito del Reino; y con esto comenzó Gutierre de la Peña a hacer y juntar alguna gente de la que en la gobernación y pueblos al Tocuyo más allegados había.

El traidor Aguirre, todo el tiempo que en la Nueva Valencia estuvo, siempre fue afligido de una grave enfermedad que le tuvo suspenso en una cama, donde los que después acá se jactan que eran grandes servidores del rey pudieron muy seguramente atajar sus desinios y hacer cesar sus crueldades con darle una muerte que ya que no fuera cual sus maldades la merecían, a lo menos con ella aseguraran sus propias vidas y aun perpetuaran sus nombres con honrosa loa, y no solo fueran perdonados de sus errores, pero gratificados muy cumplidamente como el ínclito rey don Felipe lo acostumbra hacer. Mas ¿qué pedimos a esta obstinada gente en maldades y en seguir el traidor por gozar de sus tiranías y libertad, que enfermo como estaba, lo sacaron sobre sus hombros en una hamaca, de la propia Valencia, y lo llevaron algunas jornadas la vía y camino de Barquisimeto y el Tocuyo, a donde llevaba la proa puesta para de allí pasar al Reino? Después de dejar destruída la Nueva Valencia y robar cuanto en sus comarcas pudieron haber, acercándose Aguirre a la ciudad de Barquisimeto, que en la manera del caminar que llevaban estaba antepuesta a los del Tocuyo, los, vecinos de ella habían sacado sus mujeres y haciendas y puéstolas en cobro en lugares apartados, y ellos se habían juntado en compañía de Gutierre de la Peña, con otros muchos soldados que ya se le habían llegado.

Aguirre, con el caminar, mejoró de su enfermedad, y caminando a ratos concertada y desconcertadamente, llegó sin que en el camino recibiese ningún alboroto ni desasosiego, a la ciudad de Barquisimeto, donde entró con su gente puesta en ordenanza y recatadamente, porque yendo marchando había visto algunos soldados de los del general Gutierre de la Peña bajar de un lugar alto que sobrepujaba el pueblo, al propio pueblo, y temiose no hubiese alguna celada en el pueblo. Mas los soldados que del general Peña habían abajado, como eran pocos y mal armados y aun mal aderezados, viendo la lucida gente que Aguirre traía, y la copia de arcabuces, retiráronse luégo a lo alto, donde su general estaba a la mira con el resto de la gente. Aguirre, con tan poca resistencia, metiose en el pueblo, y para, estar más seguro alojose con su gente en un cercado de dos tapias en alto que a una parte del pueblo estaba, al cual llamaron el fuerte de Aguirre; y porque las demás casas no le fuesen ocasión de recibir algún daño, por poder la gente del rey encubiertamente llegársele por allí a hacerle daño, mandolas quemar todas, y entre ellas la iglesia. Dende en adelante la gente del rey procuraba allegársele a Aguirre a darle algunas armas y desasosiego, llevando por cabezas y caudillos en estos casos a los capitanes Diego García y a Pedro Bravo de Molina.

Y después de haber estado Aguirre en su fuerte ciertos días, ofreciósele ocasión para salir con toda su gente a lo alto de una Sabana o campiña donde el general Gutierre de la Peña estaba alojado con su gente, a socorrer ciertos soldados suyos que la noche antes habían salido a asaltar el campo y gente del rey si la hallasen; porque como estos soldados fuesen con la luz del día vistos de una compañía de gente de a caballo que con los capitanes Diego García y Bravo los habían salido a buscar, por haber tenido noticia de su salida, fueron constreñidos los del traidor a retirarse, y por el mismo caso a ser socorridos de su capitán, y asímismo la demás gente que había quedado en el alojamiento con el general Gutierre de la Peña y con el gobernador Pablos Collado, saliendo a juntarse con el resto de la gente que andaban fuera, fueron a un mismo tiempo socorridos los unos y los otros de sus generales.

Aguirre, viendo la ventaja que sus contrarios le tenían en andar todos a caballo, recogiose con su gente a un pantano o ciénaga que en aquel llano se hacía, para que de allí, con su arcabucería, él pudiese dañar a los de a caballo y ellos no a él ni a su gente. Y después de haber pasado algunos repiquetes de poca importancia y habérsele pasado o huído a Aguirre uno de los suyos, llamado Diego Tirado, a la gente del rey, y haber conocido en los suyos una flojedad y tibieza de suerte que no usaban de la arcabucería como podían, porque con tener a los del rey a tiro de arcabuz no hirieron a ninguno, se retiró con su gente hacia su fuerte, y encerrándose con ella quiso dar la vuelta a la mar, así porque no le parecía buen camino el que traía para el Reino, como porque durante el tiempo que en el fuerte y pueblo de Barquisimeto estuvo, tuvo muy gran falta de comidas y mantenimientos, de suerte que fue forzado a matar algunos de los jumentos que traía tan flacos y llenos de mataduras, y perros de todas suertes, para que su gente comiese. Y viendo algunos o los más de los soldados de Aguirre cómo su capitán andaba vacilando y variando con su fortuna, la cual se le iba ya inclinando y volviendo adversa, determinaron desampararle y dejarle y pasarse a la parte del general y gente del rey; los cuales lo hicieron así; y por el mismo temor otros muchos y respetados y queridos del Aguirre, y luégo los muy amigos, de suerte que siguiendo casi unos tras otros dejaron a su capitán solo, con sólo un compañero llamado Llamoso que era capitán de la munición, pareciéndoles que con usar de este término a que la pura hambre les forzó, eran dinos no sólo de perdón de sus maldades, mas de gratificadoras mercedes que por ello aun el día de hoy algunos esperan recibir, y aun juran que les son debidas de derecho.

Diego García de Paredes, maese de campo, que a esta sazón había salido con cierta gente a dar algún alboroto a la gente del Aguirre, como en el camino topase aquella canalla y de fe doblada e incierta, y ellos le certificasen que Aguirre quedaba solo, fuese derecho al alojamiento y fuerte donde el traidor estaba, y hallole que había acabado de dar de puñaladas a una hija suya mestiza que consigo traía; porque como este malvado fuese de su natural inclinación tan cruel y derramador de sangre humana, no fue parte el amor paterno para estorbarle e impedirle que dejase de hacer con su propia hija la crueldad que con las demás gentes usaba, tomando por máxima para hacer aquella iniquísima maldad, decir que más quería ver muerta su hija con sus manos que no que después de él muerto fuese, por la maldad de su padre, vituperada e improperada de hija de un traidor, y por ventura dada a todos en común uso y deshonra.

Diego García de Paredes, no perdiendo la ocasión que presente tenía para acrecentar su fama, dio luégo la muerte a Aguirre por mano de dos soldados arcabuceros del propio Aguirre, los cuales tirándole, por mandado del maese de campo Diego García, dos arcabuzazos, le dieron la muerte, y luégo le cortaron la cabeza. Y hecho esto llegó el gobernador Pablos Collado y el general Gutierre de la Peña y el capitán Bravo, con toda la demás gente, y allí se apoderaron del despojo de Aguirre y de las municiones y artillería que allí había; y el cuerpo de Aguirre, después de haber estado hollado uno o dos días, fue hecho cuartos y puesto por los caminos en palos, y la cabeza llevada, por mandado del gobernador Pablos Collado, al Tocuyo, y allí, en memoria de este hecho, puesta en una jaula en la plaza.

De la gente de Aguirre, aunque había muchos dinos de muy gran castigo, no fue castigado ninguno por el gobernador, por parecerle que habían de gozar de un perdón general que él les había dado a todos los que antes de muerto el traidor se le pasasen. Sólo han habido por castigo general y particular toda esta gente de Aguirre, una cédula que Su Majestad, usando de su natural clemencia, envió el año de sesenta y dos, fecha en Madrid, para que los enviasen a España; pero ninguno va ni irá perpetuamente, ni su maldad habrá ningún castigo, y así no es de maravillar sino como cada día no hay motines en las Indias, pues este fue y pasó sin ningún castigo, con haber sido el más cruel de los que en las Indias se han hecho, como se podrá ver, según he dicho, largamente escrito en la parte alegada al principio de este capítulo.

Y fue muerto y desbaratado este traidor en la ciudad de Barquisimeto, por el gobernador y capitanes dichos, a veinte y siete de octubre de mil y quinientos y sesenta y un años, víspera de los bienaventurados San Simón y Judas.

En este mismo tiempo fue muerto en esta gobernación Juan Rodríguez Xuárez, natural de Mérida en España, que fue el primer fundador de Mérida del Nuevo Reino. Este Juan Rodríguez era un hombre a quien los indios temían mucho por ser inhumano con ellos: matáronle indios Caracas saliendo de aquella provincia a servir al rey contra el traidor Aguirre. Dícese que fueron autores de la muerte los Fajardos, mestizos que fueron primero pobladores de aquellas provincias y pueblos que en ellos se poblaron de españoles, a quien los indios respetaban mucho por contemplación de su señora, india principal y madre de los Fajardos, como en otra parte queda tocado; y éstos, por envidia y aun temor que a Juan Rodríguez tuvieron, hicieron a los indios que se congregasen y saliesen al camino y lo matasen, como lo hicieron a él y a otros cuatro españoles que con él iban, lo cual también tengo tocado algo más largo en la poblazón y sucesos de la ciudad de Mérida, que este capitán pobló.

21
 Palabra que sigue, de difícil lectura.
22
Falta la palabra "con"
23
 La palabra "venados" sobra en el texto.
24
 Confusión del amanuense, pues se llamaba antes Francisco Martín.
25
Falta: "sitio".
26
 Palabra de difícil lectura.
Comentarios (0) | Comente | Comparta