Capítulo catorce
Cómo dejando el
comendador Ordás los enfermos en Paria con Gil González de Avila,
se partió con la demás gente y fue al pueblo o provincia de Carao,
y de la noticia que tuvo de Guayana.
Venido el día y viendo el gobernador que todos los bohíos con la comida que en ellos había, estaban quemados y que allí no se podía sustentar tanta gente, por estar lejos y apartados de las demás poblazones de indios, acordó con la brevedad posible dar orden a su jornada para pasar con ella adelante; y porque la carga de los enfermos que traía no le fuese enojosa y estorbo para su viaje, acordó dejarlos en aquel sitio, haciendo una trinchera a la redonda del alojamiento para guarda y reparo de la gente; y dejando con los enfermos otros veinte y cinco hombres que los guardasen y defendiesen, y por su caudillo a Gil González de Avila, se partió en los bergantines con el resto de la gente, que serían más de cuatrocientos hombres, dejando asímismo en el propio estero la nao capitana y el galeón, y se fue derecho a una poblazón y provincia que estaba de la otra banda del río, llamada Carao, los naturales de la cual le recibieron amigablemente proveyéndolos de las comidas y otras cosas para sustento, aunque algunos quieren decir que en este pueblo o provincia de Carao fueron recibidos como enemigos y les dieron los indios dos guazabaras, y después, viendo lo poco que ganaban o habían ganado en ellos, procuraron aliarse y confederarse con los españoles.
El gobernador se estuvo en esta poblazón, reformando, ciertos días, en los cuales los indios le dieron noticia de que cerca de su provincia y territorio había otras de muchos naturales y riquezas, y que si querían ir a ellas, que ellos les llevarían a ellos y a todo su aparato. El gobernador Ordás estaba perplejo en ello, porque le parecía que podía ser más cierta la noticia que los indios le habían dado del río arriba, que la que en aquel pueblo entonces le daban, y que lo podían hacer los indios por meterlos la tierra adentro y hacerles algún daño; y como todavía los indios le importunasen a que fuesen donde ellos les decían y querían llevar, porque no le tuviesen por pusilánime, acordó hacer la experiencia del negocio con riesgo ajeno, y así envió a Juan González, que era el que Sedeño había dejado en la fortaleza de Paria, con veinte hombres, a la noticia que aquellos indios le daban, la cual era lo que ahora llaman Guayana, con intención y voluntad de que los indios le matasen, porque parecía que lo traía consigo con alguna pesadumbre, temiéndose que en vengarse del agravio que le había hecho en quitarle la fortaleza, no convocase o induciese algunos soldados para que se volviesen y lo dejasen.
El Juan González, con otro ánimo e intención de la que su capitán tenía, aceptó la jornada y se fue con sus compañeros la tierra adentro a do los indios lo guiaron y llevaron a las provincias y rica noticia de Guayana, tierra muy poblada y apacible y de innumerables riquezas, cuyos naturales lo recibieron muy amigablemente y le proveyeron de muchas comidas y algunos indios que con él volvieron; y habiendo gastado en la ida y vuelta espacio de veinte días, llegó a do había dejado a su gobernador, el cual es de creer que no recibiera tanto contento en verle como todos los demás del campo recibieron, pues le había enviado a fin de que lo matasen, y cierto lo tenía ya por muerto; pero él volvió vivo y con muchas cargas de pescados y carne de venados y con las buenas nuevas de la tierra que había visto, con todo lo cual dio más alegría de lo que se puede escribir; y con todo esto jamás quiso Ordás ir en demanda de esta tierra, sino seguir sus primeros desinos, que eran subir el río arriba.
Sobre esta entrada de este Juan González en tierra de Guayana hay otras dos maneras de opiniones, dichas asímismo por soldados que de la propia jornada salieron. La una es, que dada esta noticia por estos indios de Carao, el gobernador no osaba o no quería enviar gente a ella, y viendo esto el Juan González trató con el gobernador le diese licencia para con cierto principal de aquella provincia ir a ver aquella tierra que los indios decían, y el gobernador, deseando que los indios lo matasen, le dio licencia, el cual fue con un principal de aquella provincia, y llegando a vista de la noticia que los indios les daban, le salieron los naturales de ella de paz en cantidad, con abundancia de comidas, y que de allí lo hicieron volver, y vuelto no dio relación de haber visto ninguna tierra ni provincia que pareciese estar poblada ni rica. Lo otro que dicen es que estando el gobernador para hacer justicia de este Juan González, a su pedimento y por ruego de muchos de su campo, en pena de su delito, le conmutó la muerte en que se fuese como, desterrado a su aventura, a vivir y estar con los indios, y que yendo el Juan González, en cumplimiento de su destierro, se metió la tierra adentro y fue a portar a una provincia muy poblada y de muchos naturales y muy ricos de oro, los cuales lo recibieron amigablemente, y dándole algunas joyas le tornaron a enviar a su capitán, y que el Juan González, por no dar ninguna alegría ni buena esperanza al gobernador había dado o vuelto las joyas a los indios y se había tornado desde a cierto tiempo a donde estaba su capitán, al cual rogaron todos los soldados que perdonase a Juan González, el cual lo hizo así, pero con todo esto jamás le pudieron persuadir a que dejasen la derrota tan trabajosa que llevaban agua arriba y se fuesen en demanda de esta tierra que tan ahincadamente les querían dar en las manos los indios de aquella provincia; y así mandó aprestar su gente y bergantines, que ya estaban descansados y reformados por haber días que habían allí reposado, para proseguir su contumaz opinión e incierto viaje.
Capítulo quince
Cómo el comendador Ordás salió
con su gente de la provincia de Carao y
fue navegando el río arriba a donde el propio río es
llamado Urinoco.
Aprestada ya la gente y bergantines para partirse del pueblo o provincia de Carao, entendiéronlo los naturales de aquella provincia, los cuales debajo de la paz y amistad que con los españoles tenían, quisieron usar de cierta manera de traición, y cuando más ocupados y elevados estuviesen los españoles en aprestarse y aderezar las cosas necesarias para su navegación, dar sobre ellos repentinamente y matarlos. Este trato no fue tan oculto ni secreto que por insignias y conjeturas que los españoles vieron, presumieron el hecho que los indios pensaban, y habiendo algunos a las manos, interrogándoles sobre el caso disimuladamente, secretamente supieron y entendieron de ellos lo que toda la demás gente tenía ordenado, lo cual averiguado y sabido por cosa cierta por el comendador Ordás, determinó no dejar aquellos indios sin el castigo que sus cogitaciones merecían, y así so color debajo de la amistad que con ellos tenían, los hizo llamar y parecer ante sí y entrar en su bohío, fingiendo que se quería informar de ellos de algunas cosas de importancia, dándoles algunos rescates y otras cosas para con más facilidad engañarlos y atraerlos sin ruido a lo que quería y pretendía, de los cuales metió en el bohío los más de los que allí a mano pudo haber, y por abreviar con la ejecución de la injusticia y distinguir cuáles habían sido los más culpados e inventores de la traición, y dar a cada uno el castigo según tuviese la culpa y hubiese delinquido, como todo buen juez lo debía hacer, hizo pegar fuego al bohío, y quemando todos los que dentro estaban, castigó con este abominable género de pena y punición a inocentes y culpados, imitando en esto más la crueldad y rústica costumbre de los propios bárbaros que las leyes de equidad y costumbres que su rey y mayores siempre han usado, castigando antes con clemencia semejantes delitos y perdonando los culpados que puniendo los inocentes y sin culpa, como es cierto que de todo género y condición habría en éstos que aquí se quemaron.
Y hecho esto, y satisfecho Ordás del motín de los indios, puso en efecto su partida, y embarcando toda su gente en sus bergantines, comenzó a navegar el río arriba con excesivo trabajo de los pobres soldados, porque ellos eran remeros, marineros y soldados, así para en el río como para por tierra; y navegando con este intolerable trabajo corporal que en subir los bergantines tenían, al cual se les añadía la gran hambre que por la mucha falta de comida y rara poblazón de naturales que en aquella tierra había pasaban. Sufriéndolo y soportándolo con los buenos ánimos con que todas las adversidades se vencen, llegaron a un pueblo de indios llamado Cabutu que estaba poco menos de doscientas leguas de la mar, arriba del cual atravesaba el río una cinta o cingla de peñas por debajo del agua, de tal suerte que hacía correr el agua con tanta furia que casi no podían mover los bergantines hacia arriba; y aunque con la falta de la comida iba la gente algo debilitada, por pasar adelante y ver si podían llegar a la noticia, procuraban, como suelen decir, sacar de flaqueza ánimos, y mostrando su poder contra la propia naturaleza que aquella parte del río había puesto adversa a toda navegación, la pasaron y navegaron, como he dicho, a pura fuerza y con ingenios artificiales que para ello hicieron.
Esta cingla o cinta de peñas dicen que se causa y hace de un río que junto a ella entra a este de Uriaparia, hacia la mano derecha agua arriba, que es llamado el río de Meta.
Pasado este trance prosiguieron su viaje con el acostumbrado trabajo, y habiendo navegado obra de cien leguas, toparon otro salto y estrechura que el propio río hacía, por donde ni fuerza ni maña eran bastantes a subir por él arriba los bergantines. Visto por el comendador el justo impedimento que para adelante tenía, acordó tomar tierra y ranchearse en ella para ver si podía hallar alguna claridad de la noticia que de abajo traía, y consultar y tratar con su gente lo que se debía hacer que más conveniente fuese a todos. En este paraje este río de Uriaparia había ya perdido el nombre, y según pareció por la lengua de los propios naturales que por aquí se tomaron, dijeron llamarse Urinoco, y este nombre Urinoco viene corrompiéndose desde sus nacimientos, que está a las espaldas del Nuevo Reino de Granada, hasta este paraje donde se llama Uricono, y abajo se llama Uriaparia por respeto de aquel pueblo tan señalado de Uriaparia y gente que abajo tiene, de que hemos escrito arriba; y esta costumbre de no turar el nombre de los ríos desde sus nacimientos hasta sus fines, es muy general en todas las Indias, y en algunas partes de España, y en todo el mundo.
Capítulo dieciséis
Cómo el
gobernador Ordás saltó en tierra de Urinoco y tuvo guerra con los
indios, los cuales le dieron noticia de la riqueza de aquella
tierra, por lo cual determinó dar la vuelta a la mar.
Habiéndose llegado a una de las barrancas del río el gobernador con su armada, los indios de la tierra, que no debían estar muy lejos ni descuidados, comenzaron a flechar y tirar de sus armas arrojadizas a los bergantines, para ofender y hacer mal a aquella gente tan nueva para ellos, y usando de voces y otros instrumentos de que generalmente acostumbran usar en semejantes actos. El gobernador, viendo que demás del atrevimiento que los indios habían tenido en acometerle, con el cual le habían dado muy justa ocasión para saltar en tierra a vengar sus injuriales razones, las cuales eran cosa muy necesaria, y conveniente tomar algún indio de aquellos para guía y claridad de lo que pretendía saber, lo más apresurada y recatadamente que pudo llegó sus bergantines a tierra, y echando toda la más de la gente, procuró fortificarse de suerte que antes pudiese ofender que ser ofendido, y con esto, Alonso de Herrera, su maese de campo, que era buen hombre de a caballo, puso muy gran diligencia en echar fuera los caballos que llevaban para en ellos más a su salvo hacer la guerra, y con la soberbia presencia de estos animales espantar y amedrentar los indios, los cuales, viendo que no habían sido parte para resistir a los españoles la entrada y saltada en su tierra, acordaron hacerle la guerra en otra forma, y fue que, como toda aquella tierra cercana, a donde los españoles habían saltado, era paja y heno, que por otro nombre llaman sabana, pusieron fuego a la redonda, para con sus llamas y calor ahuyentar los españoles, los cuales estaban ensillando sus caballos y armando sus personas para más seguramente dar en los indios; y viendo el fuego que sus contrarios habían puesto, usaron de contrafuego, poniendo ellos también, por la parte donde estaban, fuego a la sabana, para que yendo tras él por lo quemado llegasen a sus enemigos sin recibir daño de ellos ni de su fuego, porque con la mucha llama y humo no se veían los unos a los otros.
Llegaron de repente los de a caballo, con otros que de a pie los siguieron, y dando en los indios los ahuyentaron, hiriendo y alanceando algunos de ellos, de los cuales tomaron vivos dos indios para saber de ellos dónde estaban o qué paraje de tierra era aquél, y si era cierta la noticia que de aquella tierra les habían dado los indios de Paria; y aunque no tenían intérpretes que entendiesen aquella lengua y gentes, por señales procuraron saber y entender lo que deseaban.
Y entre las demás cosas que del indio se informaron y supieron, fue esto, aunque algunos quieren decir que uno de los indios, viéndose en poder de los españoles, con más curiosidad de la que (de) un bárbaro como éste se esperaba, preguntó o por señas dio a entender a los españoles qué querían o qué buscaban por aquella tierra donde hasta entonces jamás habían tenido noticia de españoles ni de gente de su jaez, y por el capitán y gobernador le fue mostrado un pedazo de hierro, dándole a entender que venían a buscar adonde hubiese mucho de aquello, el cual indio, viéndolo y mirándolo, dijo que por allí no había semejante metal ni cosas como la que se le enseñaba. Mostrole el gobernador, o hízole mostrar una paila, dándole a entender que de aquel metal buscaban; y tomándola el indio en las manos, y refregándola oliola, y como el latón tiene en sí un cierto hedor de herrumbre, conoció no ser oro y dijo que no había de aquello por aquellas provincias. Señaláronle y mostráronle los caballos, para saber lo que decía, y así respondió, que como los caballos en aquella tierra no había, pero que se criaban otros más pequeños, mas que no subían los indios en ellos, los cuales eran dantas: generalmente las hay en todas las Indias.
Otras muchas cosas de España se les mostraron que no las suele haber en semejantes partes de las Indias, donde nunca entraron españoles, y a todo dijo que no había, y a la fin le vinieron a mostrar una sortija o anillo de oro que el gobernador traía en el dedo, y mirándola el indio, y conociendo que era oro después de haberle estregado y olido, dijo que de aquello había mucho atrás de una cordillera que a mano izquierda del río se hacía, donde había muy muchos indios, cuyo señor era un indio tuerto muy valiente, al cual si prendían, podrían henchir los navíos que traían, de aquel metal; mas que les avisaba que para ir a donde aquel señor estaba eran muy pocos cristianos; que sin llegar al pueblo del principal había muchos indios, que los desbaratarían y matarían, y en esto se afirmó mucho este indio. Preguntáronle que si había venados en aquella tierra donde estaba aquél, y dijo que sí, y que también había otros como venados en que andaban los indios caballeros, los cuales se entiende ser ovejas de Pirú. Enseñósele a este indio una botija o vasija vidriada de España, y certificó y afirmó tener aquellos indios vasijas de la propia color y barro; y aunque después sobre estas cosas le fueron hechas diferentes y varias preguntas por ver si discrepaba o variaba, jamás hizo diferencia de lo que dijo a lo que había dicho al principio acerca de esta noticia, por lo cual el gobernador y su gente la tuvieron por cierta, y así se les movió los espíritus para ir allá y haberla o morir en la demanda.
Mas el gobernador, a cuyo cargo estaba todo, no le parecía cosa acertada entrar tan pocos soldados como allí estaban, en una noticia y tierra de tanta gente, donde no sólo aventuraban de que los matasen a ellos, mas a todos los demás que (en) el pueblo y fortaleza de Paria habían quedado; y tratando y comunicando sobre ello muchas veces con sus soldados y gente, a los más les pareció que era acertado acuerdo el que su gobernador tenía, porque demás de ser tan pocos como eran, no habían de dónde fácilmente les pudiese venir socorro, ni menos había gente para poder volver el río abajo a dar aviso y mandado a la gente que había quedado en los lugares referidos y a la demás que de España esperaban de la nao Marineta; y que dando la vuelta y juntando toda la gente y la demás que de España viniese, con más facilidad y mejor orden podrían salir con su empresa, intentándola por tierra desde la costa de la mar que por aquel tan trabajoso río de navegar, así por sus furiosas corrientes como por la falta de comidas y naturales que por él había, lo cual se podría fácilmente hacer por Cumaná, donde a la sazón estaba una fortaleza con alguna gente española y les sería gran lumbre y guía para seguir el viaje de tierra. Y platicado esto, les pareció bien a todos, y así determinó el gobernador dar la vuelta con el resto de la gente que le había quedado, que sería casi cuatrocientos hombres.
Algunos quieren decir que este parecer de volverse desde aquí el gobernador y su armada, que los soldados dieron, fue más por verse fuera del gobierno y jurisdicción de don Diego de Ordás que no porque no fuese parte para dar vista a la tierra, porque pues eran pocos menos de cuatrocientos hombres, claro está que podrían llegar y ver cualquier poblazón por grande que fuese, mas el gobernador, con su grande arrogancia y mala condición tenía tan contra sí a todos los más del campo, que si no temieran la infamia y pena, ellos hubieran procurado su libertad; habiendo el gobernador Ordás, con su severidad, causado de que muchos soldados, demás de ser oprimidos del gran trabajo que pasaban y les daba de la gran hambre que padecían, y les trataba tan mal de palabra, que perdiendo la consideración cristiana que debía tener, con un cierto género de desesperación se saliesen y huyesen de su compañía y se metiesen por los arcabucos y entre los pueblos de los bárbaros, donde es de creer que habrían y recibirían crueles y miserables muertes, y muchos de los que allí estaban habían sufrido esta inmensa soberbia y mala condición de este capitán, por no perder con las vidas las ánimas.
Estas y otras consideraciones tenían muy apartados los ánimos de muchos soldados de seguir a este gobernador, pareciéndoles que si en tierra rica daban, que sería mayor suplición y tiranía, y así aprobaron y tuvieron por cosa acertada el dar la vuelta a la costa, donde fácilmente, y por estar tan cerca de allí Cumaná y la isla de Cubagua, en aquel tiempo floreciente de españoles por las muchas perlas que en aquella costa se sacaban y esclavos que se hacían, se podrían salir y quitar del dominio y mando de aquel su tan severo gobernador.
Capítulo díez y
siete
De cómo Ordás con
la gente que le quedó, dio la vuelta el río abajo y llegó al pueblo
y fortaleza, donde halló los españoles que había
dejado.
O por la determinación del gobernador o por la flojedad que en los soldados había para proseguir la jornada, por las causas ya dichas, dieron la vuelta contra toda razón y disciplina militar que en las Indias, en semejantes jornadas, han acostumbrado los descubridores y pobladores de ellas; pues tan a la mano tenían la tierra, estaban obligados a darle vista, aunque no fuera más de por ver si era verdadero o había algunas insignias de ser verdad lo que el indio les había dicho, lo cual eran parte para hacer cincuenta hombres, quedando los demás en guarda de los bergantines, y así dejaron oscura aquella noticia, pudiendo traer claridad de ella, lo cual ha sido causa que nunca más se haya movido ninguna persona a procurar esta jornada y hacerla, y el trabajo de tanto tiempo como gastaron en subir el río arriba, a costa de tanto número de españoles como en él murieron, fue inútil y sin ningún efecto, y a las veces el mucho deliberar 30 y tardar en semejantes negocios redunda en infamia del capitán y daño de sus soldados, pues es de creer que como los había llevado hasta allí, los podía llevar lo poco que quedaba. Yo soy cierto que si tanto pesaran en los principios de los descubrimiento de Pirú y Nueva España y Nuevo Reino de Granada, Cortés y Pizarro y Jiménez de Quesada, los sucesos del medio y fin de sus jornadas que nunca salieran a luz con sus empresas; mas ellos, desechando los varios pareceres de algunos soldados, que con ánimos amedrentados les daban, quisieron más probar sus fuerzas y saber y conocer lo que la fortuna les tenía guardado, que incauta y medrosamente dar la vuelta de las puertas de sus casas, como este capitán hizo; los cuales fueron muchas veces forzados a ello por la gran multitud y poderío de sus contrarios que lo pretendían, haciéndoles grandes daños en sus propias personas, resistiéndoles por todas las vías que pudieron, mas ellos, por no ser mal mirados con su propia fortuna ni volverle las espaldas al mejor tiempo, sacando fuerzas de sus invencibles ánimos, poniendo, como suelen decir, de todo punto el pecho al agua, sujetaron y señorearon los largos reinos, innumerables gentes que hoy poseen y rigen y gobiernan nuestros reyes de Castilla, quedándose ellos casi con sólo el trabajo y riesgo, como de sus particulares historias y de ésta se puede ver más largamente.
Y si este gobernador Ordás y sus soldados llevaron el pago que su inconstancia mereció por haberles faltado el ánimo al mejor tiempo, o haberse querido gobernar tan cabezudamente; porque, como adelante se verá, fueron desbaratados, y su capitán preso y muerto casi por esta ocasión, y hasta hoy viven miserablemente algunos soldados, y con harto trabajo, por no haber querido conseguir ni hacer lo que eran obligados, en dar vista a esta noticia, pues si la vieran ella les pusiera ánimos para no rehusar el menor trabajo, que era poblarla y sustentarla.
Heme un poco alargado en esto, porque es de recibir pena de los hombres que repudian y desechan su buena fortuna y por una poca de pasión, o por, como suelen decir, quebrar un ojo a su adversario, se quiebran a sí entrambos.
Dada la vuelta este capitán con sus soldados, en breve tiempo llegó al pueblo de Uriaparia, donde había dejado la nao y a Gil González de Avila, su alcalde mayor, con los enfermos, a los cuales halló con harto riesgo de acabarse de perder, porque de los enfermos eran algunos ya muertos y de los que quedaron sanos habían enfermado los otros, y la comida que les había quedado se les había apocado y aun faltado del todo, y no eran parte para irla a buscar, de suerte que si los que subieron el río arriba siempre trabajaron, a los que en Paria quedaron nunca les sobró descanso, con el temor de perecer allí todos. Y esto fuera por su culpa, porque bien pudieran, viendo su total perdición, meterse en una de las naos y salir a la mar e irse a la poblazón de cristianos que más cerca estuviese. Mas Gil González de Avila nunca quiso, jamás, venir en ello, por parecerle que le sería mal contado.
Don Diego de Ordás tomó luégo todos los que en el puerto de Uriaparia halló, en sus bergantines, y de allí prosiguió adelante su viaje, y fue a la fortaleza de Paria que, como se ha dicho, estaba en la costa de la mar, apartada del río, donde, según tengo referido, había dejado a Martín Niañez Tafur con cincuenta hombres en guarda de ella y de toda la provincia, a los cuales halló con hartos trabajos, aunque la buena esperanza de que tendrían cada día buenas nuevas del suceso y descubrimiento que Ordás había ido a hacer el río arriba, vivían o habían vivido con algún contento; mas desque lo vieron volver perdido y desbaratado, si se puede decir, por su propia voluntad, comenzaron de nuevo a sentir lo ya pasado y llorar el tiempo perdido, y así, luégo, dejando aparte las opiniones que en semejantes sucesos se suelen mover por los soldados, "o si hiciéramos esto, mas si hiciéramos lo otro, si el gobernador creyera a fulano, si no fuera tan caviçudo 31 nunca nos perdiéramos", resumiéndose en que el daño y el buen consejo que le había anteceder, ambos llegan juntos, procurando dar luégo orden en lo que se debía hacer para remedio de tantos perdidos como allí estaban, y no olvidando lo que al tiempo que dieron la vuelta el río abajo trataron acerca de que se haría la jornada por Cumaná, se movió de nuevo la plática, y pareciéndoles el último remedio para cobrarse, vinieron en ello, aunque confusa y arrepentidamente de lo ya hecho, los cuales fueron parte para estorbar el pasar adelante. El gobernador dio ocasión para que se volviesen, y así, viniende todos en ello, dieron o comenzaron a dar orden en proseguir su viaje para Cumaná, por donde habían de entrar en la noticia y tierra rica que en el río les habían dado.
Capítulo díez y
ocho
Cómo dejando Ordás a Agustín
Delgado con gente en la fortaleza de Paria, se pasó con sus
soldados a Cumaná y Cubagua, donde fue preso por Pedro Ortiz de
Matienco.
Andando ya toda la gente y aderezando su partida con determinación de hacer todo su posible por tierra, para descubrir y poblar aquella provincia, acordó el gobernador dejar gente en la fortaleza, por no perder la posesión de aquella tierra que él tenía por su gobernación, o porque si por allí llegase la nao Marieta que esperaba de España, tuviese quién le diese aviso de lo que debía hacer, o estarse allí y echar la gente en tierra, y que sus soldados y capitanes tuviesen lugar de hacer lo que les pareciese, como en tierra de su gobernación; porque se temió que si llegando allí la nao y no hallando gente de la suya se pasase adelante, que yendo a pasar a distrito y gobernación ajena, fácilmente sería desbaratada la gente, y los capitanes no tendrían jurisdicción sobre los soldados, y así no se podría aprovechar de ellos.
Con estos y otros motivos, nombró el gobernador por capitán de la gente que allí había de quedar a Agustín Delgado, natural de las islas de Canaria, hombre animoso e ingenioso para entre indios; y dando principio a su viaje, envió delante a Gil González de Avila con toda la más de la gente que se fuese a Cumaná y allí lo esperase; y dende a poco se partió él con el resto, a donde se juntaron para proseguir su jornada, porque había él quedado en la fortaleza acabando de reformarla y dejarla proveida y bastecida de mantenimiento, de suerte que la necesidad no constriñese a los que allí quedaban a irlos a buscar entre los indios, donde por ser pocos fuesen muertos y desbaratados; lo cual concluso se fue, como se ha dicho, a Cumaná, donde ya estaba Gil González de Avila con la más de la gente, al cual había ya desbaratado y preso un Pedro Ortiz de Matienco, que era justicia mayor en la isla de Cubagua, y después de llegado el gobernador Ordás, también los prendió Pero Ortiz de Matienco e hizo le él lo que adelante se verá, porque pasa de esta manera; que en aquella sazón en la isla de Cubagua había cantidad de españoles que allí residían del provecho de las perlas que de la mar se sacaban y esclavos que en la tierra firme de Cumaná se tomaban, que estaba muy cercana esta isla, a los cuales administraba y tenía en justicia este Pero Ortiz de Matienco; y toda el agua que para el beber y sustento de la gente que en la isla residía era necesaria, se traía de una fuente o arroyo manantial que había en tierra de Cumaná, junto a la mar, llamado Chinchiribiche, y por allí cerca no había otra agua de dónde se sustentasen, por lo cual, y porque los naturales no les emponzoñasen el agua o se la cegasen o ensuciasen, los españoles que en la isla residían habían hecho una fortaleza o casa fuerte junto a la fuente o manantial, donde tenían de ordinario gente que la guardase, por respeto de que si aquella fuente les faltaba, o se había de despoblar la isla o habían de ir muy lejos por ella y con mucho trabajo, y así les era forzoso guardar y conservar esta fuente o río de Cumaná, aunque Francisco López de Gomera en la Historia general dice que esta fortaleza de Cumaná hizo Jácome Castellón el año de veinte y tres yendo a pacificar y afirmar aquella provincia por mandado de la Audiencia y Almirante de Santo Domingo; pero lo más cierto es esto que yo aquí he escrito.
Pues estando la gente de Ordás de partida en Paria, dos o tres soldados de los que más mal estaban con él hubieron una piragua de navegación de indios y metiéndose en ella fueron a la isla de Cubagua, y, llegados, para indinar a la justicia y gente de Cubagua contra el gobernador Ordás, les dijeron que pusiesen cobro en el agua y fortaleza de Cumaná, porque don Diego de Ordás pensaba venir a ella con toda su gente y apoderarse en la tierra y venderles el agua muy bien vendida, lo cual era fácil, porque como de lo dicho se ha visto y colige, ni el gobernador ni ninguno de sus capitanes tal propósito tenía.
Sabido esto por los de Cubagua luégo se pusieron en arma para prender y desbaratar a los de Ordás, y embarcándose todos los más de los que en aquella isla estaban con muchos indios amigos que de Cumaná les habían venido a ver, haciéndoles entender, para moverlos a que tomasen las armas contra la gente de Ordás, que iban a prender a otros españoles como ellos, que andaban en deservicio de su rey, y que demás de esto eran hombres que vivían mal y sodomitas, el cual pecado aborrecen grandemente aquellos indios, con lo cual los indios se prefirieron a ayudarles, y pasando a Cumaná y hallando descuidada la gente de Ordás de semejante hecho, fácilmente los prendieron y desarmaron sin ninguna resistencia, y dende a quince días llegó el gobernador Ordás con el resto de la gente en un bergantín, al cual asímismo desarmaron y prendiéndole le pusieron a todo recaudo.
Este desbarate de Ordás cuentan otros de otra manera, porque aunque ha pocos años que pasó no dejan de variar en el dar de la relación; y dícese que dada la orden que había de dar Ordás en la gente que en la fortaleza quedaba, él con toda la gente se partió para Cumaná a proseguir su jornada, y no creyendo que en Cubagua se le atreviera nadie por la mucha gente que llevaba, llegó a aquella isla a verse con la justicia y gentes de ella; y como de los soldados que Ordás llevaba iban muchos impuestos en hacerle el mal que pudiesen haberlos él maltratado en su gobernación en la jornada del río de Uriaparia, en saltando en la tierra se fueron y salieron de su compañía todos los más de sus soldados que hasta entonces no se habían osado mostrar contra él, y dando y firmando sus quejas ante Pedro Ortiz de Matienzo, y prefiriéndose de ayudarle y favorecerle para prender a Ordás, fue promovido Pedro Ortiz de Matienco a prenderlo, y así lo efectuó y puso por obra, mediante los muchos soldados que de la compañía de Ordás se le habían ido a quejar y prometídole el auxilio y favor para ello, lo cual hizo con determinación de enviarlo o llevarlo a Santo Domingo a la Audiencia Real, diciendo o proponiendo contra el Ordás que él lo había preso porque sin tener facultad del rey se le entraba en su gobernación de Cumaná y Cubagua y se le quería alzar con la fortaleza y río o fuente de Cumaná, y esto más se entiende que lo hizo Pedro Ortiz de Matienco a fin de desbaratando él por esta vía al comendador Ordás, hacer él después esta jornada que por Cumaná quería hacer Ordás, que con celo de desagraviar a nadie.
Otros cuentan esta prisión de Ordás que pasó casi de la propia manera que últimamente he dicho, mas no en Cubagua, sino en Cumaná, donde llegado Ordás con toda su gente y hallando allí a Pedro Ortiz de Matruenco con los que de Cubagua habían ido con él, todos los que estaban mal con Ordás, que era la mayor parte de su gente, viendo el recurso y amparo que en Matruenco podían tener, dejaron a su capitán Ordás y se fueron a meter debajo de la jurisdicción de Pedro Ortiz de Matruenco, el cual viendo cómo sus propios soldados desamparaban a Ordás, lo prendió y llevó a Cubagua preso.
