Capítulo diez ynueve
 

 

 

   Cómo Ordás y Pedro Ortiz de Matruenco fueron a Santo Domingo, y de allí a
                     España, y en el camino fue muerto Ordás con ponzoña.
 

 

Preso don Diego de Ordás por Pedro Ortiz de Matruenco, y su gente desbaratada y arrepentida de lo ya hecho, por verse vivir miserablemente y corridos de la gente de Cubagua, por lo que habían tan inconsideradamente hecho, desamparar su gobernador y entregarlo en manos de su contrario, a quien, como es costumbre, ya que la traición le agradó, nunca le contentaron los obradores de ella, determinó de darse priesa y abreviar la salida de Cubagua con el gobernador Ordás, porque no se viniesen a desvergonzar los soldados y quisiesen soltar a su gobernador y a él prender, y naciese de ello algunas guerras civiles, por donde viniesen a destruírse y perderse así él como los de su bando y los demás sus contrarios; y poniendo en efecto la obra se embarcó en una de los bergantines que allí tenía, con don Diego de Ordás, para ir con él a Santo Domingo a dar cuenta a la Audiencia Real de lo que había hecho.

Jerónimo Ortal y Alonso de Herrera, que eran de la parte de don Diego de Ordás, pareciéndoles que no era cosa justa dejar ir solo a su gobernador, se embarcaron con él, y se fueron todos juntos a Santo Domingo, donde llegados y habida por la Audiencia relación o información de lo que pasaba y cuán injusta y cautelosamente había sido preso y desbaratado don Diego de Ordás, le restituyeron en su libertad, mandándole y dándole licencia que se volviese a su gobernación e hiciese lo que Su Majestad le había mandado y conviniese. Don Diego de Ordás, no sólo pretendía su libertad, mas también que fuese castigado Pedro Ortiz de Matruenco del delito que había cometido en prenderlo y le pagase los daños perdidos y menoscabos que de la injusta prisión se le habían seguido; lo cual la Audiencia no quiso hacer, y viendo esto pidió licencia para ir a España ante el rey, y suplicando que mandasen a Pedro Ortiz que también fuese y pareciese con él en corte; y que, pues, le restituía su gobernación y jurisdicción, que él nombraba por su teniente de ella a Alonso de Herrera, a quien él quería enviar para que conservase y tuviese en justicia la gente y españoles que en Paría había quedado; que se le mandase dar provisión real para que lo obedeciesen y tuviesen por tal. La Audiencia otorgó y concedió a Ordás todo lo que pidió, el cual se partió, juntamente con Jerónimo Ortal y Pedro Ortiz de Matruenco en un navío para España; y Alonso de Herrera se quedó en Santo Domingo aderezando su partida y gente que llevar a Paria.

Navegando Ordás y Matruenco iba muy temeroso de que su ida en España le había de suceder mal, por respeto de que don Diego de Ordás era muy conocido y favorecido en corte y se hallaba falto de favor, y temíase de algún grave castigo, por la cual ocasión deseaba y procuraba por todas vías la muerte de don Diego de Ordás, la cual en el propio navío le vino a dar, y fue de esta manera: que según parece, estando Pedro Ortiz de Matruenco en la isla de Cubagua, llegó allí un genovés, boticario, que traía cierto artificio para sacar perlas, y por causas que al Pedro Ortiz le movieron, también lo desbarató y prendió como a Ordás, y lo dejó residir allí, y al tiempo que tenía preso a don Diego de Ordás le dijo a este boticario que le hiciese placer de hacer tres píldoras o bocados ponzoñosos con que pudiese matar tres caciques o principales de Tierra Firme de quien se temía que le andaban por hacer mal o daño, y que porque no fuesen sentidos de sus súditos y se le alzase y rebelase toda la tierra, los quería matar disfrazadamente. El boticario, creyendo ser así, le hizo los bocados que convenían, los cuales Pedro Ortiz de Matruenco no dio por entonces a Ordás, temiéndose ser descubierto o sentido o teniendo confianza que la Audiencia de Santo Domingo daría por bueno y aprobaría todo lo que él había hecho, y saliéndole muy contrarios sus desinios y llevándose todavía consigo los bocados de ponzoña que el boticario le había hecho y dado en Cubagua, tomó forma y manera cómo dárselos a comer disfrazadamente a don Diego de Ordás, el cual desde a muy poco tiempo cayó súpitamente muerto; aunque otros dicen que reventó, lo cual yo no tengo por cierto, porque si reventara era presunción de que le habían dado ponzoña, y así, sobre sospecha, pudieran prender a Pedro Ortiz de Matruenco y descubrirse la maldad. Mas como es cosa tan ordinaria o que muchas veces acaece el morir súpitamente, no se presumió nada contra el que lo había muerto, y así lo echaron al mar, y en haber sido don Diego de Ordás muerto inopinada y desastradamente, pareció ser permisión divina y justo castigo de su severidad y arrogancia, con que había sido causa que muchos españoles, desesperados del trabajo y hambre y malos tratamientos que les hacía y la navegación del río Uriaparia, como atrás se ha contado, desesperados se metiesen por montañas y arcabucos, donde miserablemente perecieron; y así vino a ser sepultado en los vientres de los peces el que fue causa y ocasión que sus prójimos y hermanos, que por no sufrir su intolerable condición él los dio por sepulcros los tigres, leones, caimanes y otros fieros animales.

En esta sazón había proveído Su Majestad un juez de residencia para Cubagua, y la nao que lo traía encontró en el camino con la nao en que había partido de Santo Domingo don Diego de Ordás, y hablándose y saludándose, se dieron noticia los unos a los otros de la muerte de don Diego de Ordás, y la misma nueva se le dio a la gente que en la nao Marineta venía de España en socorro de don Diego de Ordás, de la cual se ha hecho mención atrás; y sabiendo la gente de la nao Marieta la muerte del gobernador, se vinieron a Santo Domingo derecho, donde32 esparcieron y cada uno se fue por su parte, como ovejas sin pastor, y el juez se fue derecho a Cubagua, donde fue recibido de la gente que allí estaba, sin contradicción alguna.

 

Capítulo veinte
 

 

Cómo teniendo Sedeño noticia de la muerte de Ordás se pasó a Cubagua y de allí a Paria, y llevando consigo algunos de los soldados que en la fortaleza había, se fue a la isla de la Trinidad; y de la llegada de Alonso de Herrera a la misma isla de Cubagua y después a Paria.
 

 

La nueva que la nao Marieta trajo a Santo Domingo de la muerte del gobernador Ordás, pasó luégo a San Juan de Puerto Rico, a donde estaba Antonio Sedeño, gobernador de la Trinidad, el cual hasta entonces no se había movido ni querido volver a su gobernación, así porque no había hallado la copia de gente que para tornar a entrar en la isla de la Trinidad y poblana y sujetarla era menester, como porque ya había tenido noticia de cómo don Diego de Ordás había llegado a Paria y le había tomado toda la gente que en la fortaleza él había dejado y se había apoderado en toda la tierra, por lo cual, aunque ajuntase alguna gente, no sería parte para defenderse de Ordás ni de sus soldados.

Habida, pues, noticia de la muerte del gobernador Ordás y de cómo había sido desbaratado, y que la más de la gente se estaba en Cubagua, y que asímismo había quedado Agustín Delgado en la fortaleza de Paria con algunos soldados, lo más presto que pudo Antonio Sedeño se aderezó y con algunos amigos se pasó luégo a la isla de Cubagua, donde halló al juez de residencia que de España había venido, y tratándose y visitándose entrambos, el gobernador Sedeño dio relación al juez de Cubagua cómo por merced y provisión real era gobernador y adelantado de la Trenidad, y le rogó e importunó que le diese licencia para sacar toda la gente de Ordás que en aquella isla había, para con ella pasar a la Trinidad y poblarla y pacificarla o hacer lo que pudiese. El juez de Cubagua estuvo perplejo, sin querer condescender con lo que Sedeño le rogaba, con propósito de con aquella gente hacer él o enviar a hacer algún descubrimiento a Tierra Firme, y aunque sobre ello andaban terceros rogadores, jamás lo quiso hacer el juez.

Estando en estos tratos y contratos los de Cubagua, llegó Alonso de Herrera, que venía de Santo Domingo con provisiones de teniente de gobernador de la gobernación de Ordás, al cual Antonio Sedeño pretendió estorban su jornada, rogándole primero y persuadiéndole a que dejase la jornada tan trabajosa que llevaba y que se fuese con él a la isla de la Trinidad y le haría su teniente general, poniéndole por delante la muerte de don Diego de Ordás, y cuán poco le podría tunar el mandar, pues ya en España estaba la nueva de la muerte de su gobernador Ordás, y de necesidad el rey había de proveer a otro la merced de aquella gobernación. Ninguna de estas cosas fue parte para que Alonso de Herrera dejase de proseguir su jornada, queriendo más ser teniente y señor en Paria, o como suelen decir allí, el primero, que en la isla Trinidad, gobernación de Sedeño, el segundo, y con esta determinación procuraba atraer a sí algunos soldados y amigos viejos, para con ellos pasar a la fortaleza de Paría; y lo mismo hacía Antonio Sedeño para irse a su gobernación; sobre lo cual hubieron de venir a ver palabras los dos y amordazarse de suerte que fue necesario que el juez de Cubagua entendiese en ello, aprisionándolos en partes cómodas, después de lo cual se dio tan buena maña Antonio Sedeño que al cabo hizo con el gobernador o juez de Cubagua que lo soltase y le diese licencia para que se fuese a su gobernación, y luégo que la tuvo se partió con alguna copia de soldados, y al salir de Cubagua se anegó una piragua donde iban veinte hombres, los diez de los cuales se ahogaron, y los otros diez salieron a nado a Tierra Firme, donde después de haber pasado hartos trances y trabajos, hubieron otra piragua de unos indios pescadores y se pasó a la Trinidad y se fue derecho a la fortaleza de Paria, donde estaba Agustín Delgado, por don Diego de Ordás, al cual habló y persuadió que dejase aquella fortaleza y que se fuese con él a la Trinidad, porque su gobernador era muerto y venía por teniente Alonso de Herrera, proveído por Santo Domingo, que luégo le había de quitar el cargo, y que si él se iba con la gente que allí tenía a la Trinidad, que él lo haría su teniente, y así él como todos los demás que en la fortaleza estaban, que con él quisiesen ir, los gratificaría y daría muy largamente de comer.

Agustín Delgado dijo que lo trataría con los soldados y gente que con él allí estaba y que lo que de común parecer y consentimiento se determinase que aquello se haría, lo cual trató con toda la gente que Delgado allí tenía, y nunca se conformaron en hacerlo por causas que a ellos les movieron, no embargante que fueron persuadidos e importunados a ello por Agustín Delgado, por algunos amigos suyos y por el propio Sedeño.

Visto por Agustín Delgado los varios pareceres y opiniones de los soldados, se determinó de con los que le quisiesen seguir pasarse e irse con Sedeño a la Trinidad, y así lo puso por la obra, dejando por caudillo de la gente que en la fortaleza quedaba, que serían hasta veinte y tres o veinte y cinco hombres, a un Bartolomé González, amigo o conocido del Delgado, dejándole avisado que aunque Alonso de Herrera viniese allí no le recibiesen sin dar de ello primero aviso a Sedeño en la Trinidad, haciéndoles, para que lo cumpliesen, grandes amenazas, y poniéndoles temores de castigo si no lo cumpliesen, y juntamente con esto los dejaron sin ninguna comida, porque la hambre les forzase a dejar la fortaleza y seguirles.

Sedeño y los de su parecer y opinión se fueron a la isla de la Trinidad, a dar principio a las cosas de su poblazón y pacificación.

En tanto que estas cosas pasaban entre Sedeño y los de la fortaleza, Alonso de Herrera alcanzó licencia del juez de Cubagua para irse a Paria, y con cuatro o cinco amigos se metió en una piragua o canoa de perlas que allí le dio un conocido suyo, y se fue y pasó a la fortaleza de Paria, con confianza de que hallaría allí a Delgado y a toda la demás gente que Ordás había dejado; y llegado que fue a Paría, y hallando tan mudados los negocios de como él los había dejado; porque como los que estaban en la fortaleza habían quedado de mano de Sedeño y amenazados si recibían a Alonso de Herrera o a otro algún juez que allí viniesen, no se determinaron de recibir ni admitir a Alonso de Herrera hasta ver si tenía bastante recaudos para ello; el cual luégo sacó las provisiones reales que en Santo Domingo le habían dado de teniente, y mostrolas a Bartolomé González y a los demás que Sedeño había allí dejado, los cuales, viéndolas y pareciéndoles que traía bastantes recaudos para recibirlo por teniente, lo admitieron por tal, y le dieron la obediencia y lo metieron en posesión de la tierra y fortaleza y se lo entregaron todo.

 


 

Capítulo veinte y uno
 

 

Cómo Sedeño prendió a Alonso de Herrera y a los demás que con él estaban en Paria y los llevó a la isla de la Trinidad, y cómo la Audiencia de Santo Domingo tuvo noticia de ello y dio provisiones para que lo soltasen.
 

 

Pocos días pasaron después que Alonso de Herrera se apoderó en la fortaleza de Paria, cuando lo vino a saber y entender el gobernador Sedeño, que estaba en la Trinidad entendiendo en las cosas tocantes a la pacificación y sustento de aquella tierra, lo cual le causó no poca turbación y alteración, por parecerle que eran principios aquellos para tornarse a desbaratar y que no hubiese su jornada el suceso y fin que él pretendía, como ciertamente lo fue de la suerte que adelante se verá; y usando de la brevedad que el negocio requería, para que antes que Alonso de Herrera le fuese favor de alguna parte y tuviese copia de gente con qué defenderse, luégo incontinente mandó aderezar toda la más de su gente y se embarcó en un navío que allí tenía, y una noche atravesó aquel golfo o brazo de mar que entre Paria y la Trinidad hay, y saltando en tierra antes que amaneciese ni pudiesen ser sentidos, cercaron la fortaleza de suerte que al tiempo que amaneció y los de dentro abrieron las puertas, entró Sedeño con su gente de tropel, que serían de sesenta hombres, y recogiendo ante todas cosas las armas de los de dentro, los prendió a todos sin ninguna resistencia, por estar tan descuidados como estaban de esta venida de Sedeño; y deseando el mismo Antonio Sedeño no llevar consigo a Alonso de Herrera a la Trinidad, porque como era persona principal fácilmente podría atraer a silos soldados y causar algún alboroto o salirse con ellos de la tierra, le dijo que él le soltaría y dejaría para que libremente se fuese a Cubagua o donde quisiese, con tal aditamento, que le hiciese juramento de que no volvería más a aquella fortaleza ni tierra de Paria.

Alonso de Herrera, viendo que si aquel juramento hacía que estaba obligado a cumplirlo, respondió que no lo quería hacer ni juraría, lo que le era pedido, aunque entendiese claramente que por ello había de estar toda su vida en prisión. De esta respuesta se indinó tanto el gobernador Sedeño, que luégo lo comenzó a molestar con prisiones y rigurosos tratamientos, poniéndole grillos a los pies y un cepo al pescuezo, con intención de si por aquella vía pudiese constreñir a Alonso de Herrera a que hiciese el juramento que le pedía, el cual jamás lo quiso hacer.

Visto esto por Sedeño, y que si así libremente lo dejaba y soltaba, podría juntar gente y so color de volver a Paria iría a donde él estuviese a vengarse, acordó llevárselo consigo preso a la Trinidad, en todo recaudo, de suerte que no se le pudiese soltar, y por entonces dejó sin gente e inhabitable la fortaleza.

Llegado Sedeño a la Trinidad, con esta victoria, quiso mostrarse más riguroso de lo que en semejantes lugares y tiempos es razón, y así puso en prisión a Bartolomé González, que era la persona que estaba por caudillo en la fortaleza al tiempo que Alonso de Herrera entró en ella, y a un sobrino de Diego de Ordás, llamado Alvaro de Ordás, y a otros amigos y apaniaguados del gobernador Ordás; y pareciéndole que en el haberse entrado Alonso de Herrera en la fortaleza había habido alguna traición o había sido corrompido el Bartolomé González con dádivas para ello, determinó de darle tormento para saber la verdad, el cual se los dio los más recios e inhumanos que pudo, hasta que lo descoyuntó; y viendo que no hallaba ninguna claridad de lo que pretendía, ciego con alguna demasiada ira, quiso ahorcar a Alvaro de Ordás y a otros dos hidalgos muy amigos del gobernador Ordás. Este hecho no les pareció bien a los allegados y consejeros de Antonio Sedeño, por lo cual le persuadieron a que no lo hiciese, y así le fueron a la mano y se lo estorbaron y sosegaron al gobernador, aunque no del todo, pues por una parte tenía guerra con los naturales de aquella tierra, y por otra había de estar siempre recatado de los presos que consigo tenía.

En este tiempo acertó a llegar a esta isla de la Trinidad un navío de un Sanabria, que por aquella costa de Paria andaba a rescatar esclavos conforme a la costumbre de aquel tiempo, y para que Antonio Sedeño no tuviese ocasión de hacerle alguna molestia si le hallaba en Paria haciendo esclavos, aunque era fuera de su gobernación, fue a él y le pidió licencia para ello, el cual se la dio, y con que no los comprase ni rescatase de veinte y cinco años para abajo; y yendo a pedir esta licencia Sanabria, supo la prisión de Alonso de Herrera, cómo había pasado, y después de haber rescatado sus esclavos, dio la vuelta a Cubagua, donde hizo relación del suceso y prisión de Alonso de Herrera, con todo lo, que sobre ello había pasado, lo cual sabido por un Alonso de Aguilar, que en aquella isla residía, que era muy grande amigo de Herrera, luégo incontinente se partió para Santo Domingo, donde dio relación a la Audiencia Real de todo lo que Antonio Sedeño había hecho con Alonso dé Herrera, y cómo lo tenía preso a él y todos sus amigos, los maltrataba y había maltratado. La Audiencia, sabido este atrevimiento dicho de Antonio Sedeño, luégo dio provisiones muy bastantes para que el propio Aguilar fuese, y con un escribano notificase a Sedeño que soltase a Alonso de Herrera y a todos los demás que tenía presos, y a los que con él se quisiesen ir a su gobernación, y se les volviese todo lo que se les había tomado, así de caballos como de otras armas y pertrechos de guerra, so graves penas que para ello se le imponían; y recibidas sus provisiones, Alonso de Aguilar, luégo, sin más se detener, dio la vuelta a Cubagua, para de allí ir a la Trinidad hacer soltar a su amigo Alonso de Herrera y a los demás presos.

 

Capítulo veinte y dos
 

 

De cómo Alonso de Aguilar fue a la isla de la Trinidad, y Sedeño no quisoobedecer las provisiones, antes lo quiso prender sobre ello.

 

 

¡Oh, cuánto puede y cuánta fuerza tiene la ley de amistad!, pues a este Alonso de Aguilar constriñó dejar su casa, a poner en riesgo su vida y gastar su hacienda, a pasar la mar, a sufrir otros muchos trabajos y riesgos, sólo por sacar a su amigo Alonso de Herrera de la injusta y molesta prisión en que Antonio Sedeño lo tenía; y así se puso, después de tantos trabajos, en aventura de que el mismo Sedeño lo prendiese e hiciese de él lo mismo que había hecho de Alonso de Herrera; porque pasa en esta forma: que llegado que fue con las provisiones a Cubagua, luégo sin detenerse, buscó y convocó algunos soldados amigos suyos, para que lo acompañasen hasta la Trinidad; y metiéndose con hasta ocho compañeros en un bergantín, se fue derecho a donde Antonio Sedeño estaba, usando de un bárbaro rigor con todos los que tenía presos, porque ni él les daba de comer ni les quería dejar para que lo fuesen a buscar; y así, no sólo les daba pena la prisión en que estaban, mas les atormentaba la hambre que padecían.

Llegado Alonso de Aguilar a la Trinidad, luégo saltó en tierra con un escribano que llevaba a notificar las provisiones y recaudos que de la Audiencia había llevado, a Sedeño, el cual los recibió con alegría y contento, no creyendo que fuesen aquel efecto, mas desque lo supo, fue tan grande el enojo que tuvo y recibió del atrevimiento de Alonso de Aguilar, que luégo, allí, incontinente, le quitó el escribano que llevaba y lo prendió con áspero semblante, y no curando de obedecer ni cumplir lo que se le mandaba por la Audiencia, con áspera ira respondió que las obedecía, y cuanto a cumplir lo que se le mandaba, que no convenía ni había lugar, y disimulando su pasión, propuso de dar orden en cómo prender a Alonso de Aguilar, y detenerlo allí hasta que a él le pareciese, y así acordé de convidarlo a comer, para que estando comendo más seguramente lo prendiesen y sin alboroto. El Alonso de Aguilar sospechó la cautela: luégo imaginó el modo que tendría en escaparse, y no dando a entender que había entendido cosa alguna de lo que contra él se trataba, le rogó al gobernador Antonio Sedeño que le hiciese merced de dejar ver a Alonso de Herrera, pues que no lo habían de soltar como el rey mandaba, que le quería hablar antes de partirse. Sedeño, por disimular más sus desinios, dijo que le hablase en buena hora, con tal que a ello se hallase presente su teniente, el cual era muy grande amigo de Herrera y compañero que habían andado juntos en compañía de don Diego de Ordás, y debajo de esta amistad dio lugar a que los dos amigos, Herrera y Aguilar, se hablasen en secreto. Aguilar dijo a Herrera que ya veía que Sedeño no lo quería soltar; que no había otro remedio sino que una noche él se procurase soltar y fuese a la mar, que allí él lo recibiría y haría lo que era obligado a su amistad.

El Herrera quedó de hacer lo que pudiese por soltarse, pues a él le iba más que a ninguno; y con esto se volvieron a la posada de Sedeño, ya que se hacía hora de comer, y estando puestas las mesas y llamados los huéspedes para sentarse, el Alonso de Aguilar fingió que quería proveerse y como allí no había otro lugar sino el arcabuco o montaña, entrose por él, y encubiertamente y sin ser sentido ni visto, se fue a su bergantín, y después de metido en él no curé de saltar más en tierra a esperar ni estar en arbitrio de lo que tan inhumano gobernador como Sedeño quisiese hacer.

Sedeño estuvo esperando buen rato a su huésped para comer, y desque vio que se tardaba enviolo a buscar, creyendo que le hubiese sucedido alguna desgracia; mas Aguilar, viendo desde el bergantín que le buscaban, dio voces diciendo que no le buscasen, porque él se había ido a comer con sus compañeros por comer más segura y descansadamente; que él no quería más tratos ni contratos con el gobernador Sedeño de que le diese su escribano, porque se quería volver a Cubagua. Sedeño, viendo cuán en vano le habían salido sus desinos, turbose demasiadamente, entendiendo que el no prender a Aguilar le había de ser dañoso, y respondió que la necesidad que de gente tenía le constreñía a detener allí al escribano; que le perdonase pues no se podía hacer otra cosa, y que ya vía la gran falta que la gente tenía de comida, que le rogaba que fuese con su bergantín al pueblo de Chacomar para que les trajesen algunas patatas y casabe y otras comidas de la tierra, a lo cual respondió Aguilar que era contento de hacer lo que le rogaba, pero que él era bisoño o chapetón en el trato de aquella tierra; que enviase una persona que supiese tratar y rescatar con los indios. Sedeño se holgó con la respuesta de Aguilar, y así le envió para el efecto un amigo suyo llamado Bartolomé González, que es el que halló Ordás en la fortaleza de Paria por Sedeño.

Y antes que pasemos adelante es de saber que en esta sazón no estaba toda la gente de Sedeño en la Trinidad, porque en el navío que allí tenían había ido Agustín Delgado a buscar comida con cierta gente a la costa de Paria y había llevado consigo a un soldado llamado Andino, que era, o había sido secretario de Alonso de Herrera, para hacer justicia de él, diciendo que este Andino había persuadido a Herrera que fuese a Paria e hiciese lo que hizo. Por esto y otros motivos que el Agustín Delgado tuvo afrentó a este Andino o lo azotó alrededor de la fortaleza, y sabido por Sedeño cómo Delgado había afrentado a Andino, temiose que si de allí escapaba los podría seguir o perseguir, y así le envió desde la Trinidad una botija vacía con sólo un cordel atado al cuello, dándole a entender que lo ahorcase, lo cual alcanzó y entendió el Agustín Delgado, pero no lo efectuó, porque llegó a la sazón a Paria Alonso de Aguilar y Herrera que se lo estorbaron, como luégo diremos, y por esta causa no se halló presente Delgado a esto que habemos contado que pasó a Aguilar con Sedeño, ni a todo lo demás que vamos diciendo, lo cual le fue gran ayuda para que Herrera se soltase y Sedeño no prendiese a Aguilar; y es cierto que si Agustín Delgado con el navío se hallara en la Trinidad a la sazón que esto pasaba, Sedeño se vengaba a su voluntad del Aguilar, y por ventura fueran los negocios más malos y feos de lo que fueron.

 

Capítulo veinte y tres
 

 

Cómo Alonso de Herrera se soltó y libró de la prisión en que Sedeño lo tenía, y se fue en el bergantín a Paria, adonde a la sazón estaba Agustín Delgado, y lo prendieron con los que hallaron en su compañía.
 

 

En este tiempo que Antonio Sedeño estuvo en la Trinidad que pasaron algunos meses, no dejó de tener guazabaras y guerras con los indios, los cuales le habían muerto en diferentes reencuentros que tuvieron, más de veinte hombres, y los demás estaban tan amedrentados, así de la mucha multitud de indios que cada dían vían sobre sí, como por no ser parte para ir por los pueblos comarcanos a buscar comida, las cuales necesariamente se habían de proveer de fuera de la tierra, que deseaban o procuraban salirse de allí; y algunos quieren decir que de verse la gente que allí tenía Sedeño tan oprimidos y trabajados, en riesgo de caer cada día en poder de sus enemigos, persuadieron e importunaron a Sedeño que saliese de la tierra y fuese a rehacerse de más gente o no curase demás de aquella tierra, pues la gente de ella era tan indómita y pésima, y que esto le constriñó y forzó a Sedeño a salir de la Trinidad. Mas conforme a lo que vamos tratando, yo no tengo por cierto esto, sino que la gente de Ordás lo compelieron a salirse, como luégo se verá.

Vuelto que fue el bergantín de Alonso de Aguilar con la comida que había ido a buscar a Chacomar, echola en tierra y retuvo en sí a Bartolomé González, que era la persona e intérprete que Sedeño le había dado para rescatar la comida, enviándole a decir que no le daría su veedor, que este cargo tenía Bartolomé González, si no le daba su escribano; y de camino envió a decir con un esclavo negro que allí tenía Sedeño, que era o había sido de Ordás, a Alonso de Herrera que procurase soltarse aquella noche, porque él lo esperaría allí para recibirlo, lo cual el esclavo le dijo a Alonso de Herrera, y él lo procuró poner por la obra, como diremos.

Sabido por Sedeño la retención que Aguilar le había hecho de su veedor, enviole a rogar que se lo soltase, sin querer él soltar el escribano que preso tenía, y visto que no aprovechaba nada no curó de hablar más en ello, procurando poner toda guarda y custodia en Alonso de Herrera porque no se le fuese, al cual tenía con grillos y con diez hombres de guarda, con que se aseguró Sedeño, creyendo que con tanta gente como guardaban, Alonso de Herrera usó de un ardid, que fue darse a parlar y chocarrear con los que le guardaban a fin de desvelarlos en el primer cuarto, para que entrando más la noche ellos fuesen vencidos del sueño y se durmiesen todos y él tuviese lugar de irse; y habiendo gastado en parlar más de la medianoche, las guardas todas se durmieron, y Alonso de Herrera se descalzó los grillos y poniendo unos palos o bancos en la hamaca donde dormía, porque si la meneasen la hallasen pesada y creyesen que él estaba en ella, tomó una ballesta de los que lo guardaban y se fue a la mar y se entró en el bergantín.

Viniendo el día y hallando menos Sedeño a Herrera, luégo echó toda su gente para que lo buscasen por los arcabucos o palmares que por allí había, y asímismo envió en una canoa a su alcalde mayor para que viese si estaba en el bergantín. Alonso de Aguilar y Herrera, viendo venir al alcalde mayor de Sedeño le dijeron que dejase la vara en la canoa y que entrase en el bergantín a ver y hablar lo que quisiese, el cual lo hizo así, y después de haberse hablado y saludado como amigos, Alonso de Herrera le dijo que para qué había tomado aquel trabajo tan en vano, pues sabían que no había preso que suelto no se quisiese ver, y que las inhumanidades y rigores que con él había usado Sedeño que ya que él no pudiese vengarse por sus manos, que esperaba que del cielo le vendría el castigo por su gran ingratitud, pues que estando él preso y teniendo los indios cercado a Sedeño y su gente y a punto de matarlos a todos, él se había soltado y cabalgado en un caballo en pelo y tomando una lanza y ahuyentando los indios y echádolos del cerco que les tenían puesto, y que en pago de esta buena obra y servicio le había tornado a poner más graves y ásperas prisiones que antes tenía; que pues en pago de tan buena obra él le había dado tan mala gratificación, que no esperase ningún bien de él en remuneración de la severidad que con él había usado y de la arrogancia con que lo había tratado.

Y sabida esta respuesta por Sedeño, temiéndose no quedase hecho algún concierto entre Alonso de Herrera y soldados amigos suyos que allí habían quedado, que serían más de treinta hombres, luégo los prendió a todos e hizo poner una fragua en medio de la plaza o ranchería, para en ella, con el trabajo de los propios soldados hacer copia de prisiones qué echarles y en qué tenerlos.

Alonso de Aguilar y Herrera se partieron luégo y se fueron derechos a la fortaleza de Paría, donde hallaron a Agustín Delgado con algunos soldados que quería ahorcar a Andino por la seña que Sedeño le había enviado, y prendiendo a Agustín Delgado y a sus amigos dieron la vida al pobre Andino, y ellos se apoderaron de nuevo otra vez en la fortaleza y en todo lo que en ella había.

Los soldados que Sedeño había preso, viendo que no les bastaba su hambre y necesidad y trabajos y enfermedades que habían pasado, sino que de nuevo los quería molestar con prisiones, rogaron a un Morán, persona principal y amigo de Sedeño, que le dijese que les bastaba la prisión que tenían y no poder salir de aquella isla donde habían pasado las calamidades que era notorio, sin que de nuevo los aprisionase, dando a entender que de todo punto deseaba y pretendía su total perdición y muerte. Morán se juntó con otro hidalgo que allí estaba por tesorero, que se decía Villegas y se fueron al gobernador Sedeño y le dijeron: la amistad y voluntad que a Umd tenemos nos constriñe y oprime a decirle lo que sentimos de lo que al presente hace y pretende hacer con los soldados que tiene presos, lo cual no sólo cualquier hombre de buen juicio verá y coligerá, mas todo bárbaro que con algún velo de pasión no tuviese cerrados los ojos del entendimiento, y dirá que lo que Umd al presente hace es fuera de toda la modestia que debe tener y benevolencia que está obligado a usar, no sólo con los de su nación, mas con los extranjeros y no conocidos, y así parece crueldad inhumana que después de tantos trabajos como estos miserables hombres han padecido en ayudar a sustentar a Umd en esta tierra, pasando los trabajos y necesidades que es notorio, poniendo sus vidas en riesgos de perderlas, en pago de todo ellos sean puestos en tan ásperas prisiones, para que ofreciéndose algún día alguna repentina guazabara de estos indios de esta tierra, sean muertos cruelmente, no es cosa que conviene pasar adelante con el propósito que Umd. tiene; mas saltándolos, con halagos y blanduras de palabra atraerlos a sí para que cuando fuere menester pongan las vidas por su gobernador.

A Sedeño nunca ablandaron nada estas y otras palabras que le dijeron, mas con ánimo severo y obstinado les respondió que a los que siempre le habían sido amigos y se lo era, que él los había tratado y trataba como hermanos, y que a los demás no sólo habían de ser tratados de él ásperamente y mandados a coces y a puntillazos, mas que no los había de soltar de las prisiones en que estaban sino para los oficios y obras civiles que se ofreciesen, y que él pondría tanto recaudo de prisiones en ellos, que aunque quisiesen no se soltasen. Viendo Morán y Billagran 33 la obstinación y crueldad del gobernador lo dejaron sin curar de gastar más palabras y se fueron a sus posadas, harto descontentos en ver que no había podido acabar con Sedeño una cosa tan justa y caritativa como la que pedían.

32
 Falta: "se".
33
 Por "Villegas".
Comentarios (0) | Comente | Comparta