Capítulo siete
 

 

De cómo en Cartagena quisieron matar al gobernador Heredia, y cómo el gobernador Barrionuevo envió a Julián Gutiérrez a poblar en Urabá y cómo el gobernador Heredia fue con gente a echarlo de la tierra.
 

 

 

El gobernador Heredia se estuvo algunos días en el Fincenu cavando sepulturas y sacando el oro de ellas, y después que se enfadó de estar en aquella tierra se volvió a Cartagena, donde le hubieran de matar hombres naturales de su propia tierra, así por haberse mostrado muy pertinaz y haber retenido en sí todo el oro que de las sepulturas se había sacado, como por odios particulares nacidos de antiguas enemistades que desde España había tenido con un Lureña, hermano de otro Lureña que a la sazón estaba en Cartagena, con el cual Pedro de Heredia tuvo muy reñidas pendencias y pasiones; y como este Lureña que en Cartagena estaba tenía allí otros amigos y conocidos y aun parientes, los cuales aborrecían al gobernador Pedro de Heredia, porque no hacía de ellos la cuenta que era razón, juntose con esto el propio y particular interés de su trabajo, que el gobernador les tenía usurpado, porque todo el oro que en la primera y segunda vez se había habido del Cenu y de otras partes, todo lo había recogido el gobernador y sacádolo por diversos modos de poder de los soldados y se había quedado con ello sin quererles acudir con ninguna parte de ello, antes se presumía y aun tenía así por cierto, que lo había enterrado y escondido todo en la isla de Carex, que está una legua de Cartagena, y que el propio gobernador y dos criados suyos habían por romanas pesado el oro que había juntado, y había hallado en ello pasados de trescientos mil pesos, que son treinta quintales de oro.

Pues como la necesidad que todos los más principales del pueblo tenían del oro que de sus partes les pertenecían, era mucha y muy grande y vil la tiranía que en todo usaba el gobernador con ellos, juntáronse una noche los más agraviados con ánimo de matar al gobernador, y juntándose con otros del pueblo a quien no dieron parte de su conspiración, se fueron a donde el gobernador estaba, algo temeroso del suceso, y llegados a él los conspirados, comenzaron a ultrajarlo y a poner las manos en él. El gobernador era hombre de ánimo y que por ninguna vía sufría ultrajes, procuró por armas satisfacer lo que con el cargo no podía; pero como los de la liga eran muchos y él uno solo, y que de su bando no tenía más de a Suer de Nava, que con él se había hallado, tratáronle mal, que con las lanzas le dieron dos o tres botes sobre un jubón estofado que tenía, con que le hicieron arrodillar, y asiendo con las manos la una de las lanzas se levantó, sacando sola una mano herida. Ayudole mucho al gobernador la compañía de Suer de Nava, porque entrambos se defendieron muy bien de los del motín, que eran muchos; y de los propios que en su compañía iban, que no sabían de la conspiración, se pasaron luégo al lado del gobernador y le ayudaron a defender su parte, de suerte que los contrarios no tuvieron lugar de matarlo como pretendían.

Suer de Nava era hombre de estimación y afable. Tomó la mano por la mejor vía que pudo en apaciguar este fuego, de suerte que el gobernador Heredia tuvo lugar de salirse de Cartagena aquella propia noche y meterse con algunos criados suyos en un bergantín en la mar y hacerse a lo largo, apartándose de tierra, porque la turba de los del motín no le ofendiesen, y apartándose del paraje de Cartagena, echó más adelante en tierra un criado suyo, llamado Terreo, para que fuese a llamar los indios comarcanos a Cartagena, con desinio de pegar fuego al pueblo, quemarlo y arruinarlo, y con esto tonar venganza de los que le habían ofendido, abrasándolos e matándolos por mano de los indios; pero el Suer de Nava, que ya se había juntado en el bergantín con el gobernador, lo vino a entender y lo remedió, de suerte que se apartó el gobernador de su mal propósito y se estuvo dos o tres días en el bergantín en la mar, donde muchos de los de Cartagena se le disculparon de no haber sido partícipes de aquella traición ni ser en ninguna manera culpantes en ella, diciendo que los de Madrid, autores de la traición, y sus criados, eran más de treinta hombres, y aprovechándose de la oscuridad de la noche habían ido a intentar aquel tan malvado negocio de que ellos no eran partífices, pero por entonces se pacificó todo y quedaron todos confederados y amigos con el gobernador, excepto los agresores principales, que con estos nunca tuvo fija amistad.

En este mismo tiempo el gobernador Barrionuevo, que tenía a su cargo la gobernación de Castilla de Oro, parte de la cual es lo que ahora llaman Nombre de Dios, tuvo noticia de cómo Alonso de Heredia había poblado a San Sebastián de Buenavista, que tenía por términos de su gobernación, la cual decía llegar hasta el Cabo de la Vela, recibió enojo de ello y determinó enviar gente de armada que se apoderasen del pueblo y de lo que en él había, o lo despoblasen: pero pasósele presto el enojo y estaba ya quitado de aquel propósito, si Julián Gutiérrez no le persuadiera de nuevo a ello, por su propio y particular interés, porque según parece, era este Julián Gutiérrez casado con una india, sobrina del señor de Urabá, donde estaba poblado San Sebastián, y mediante esta finidad Julián Gutiérrez, desde Acla, donde era vecino, entraba con gente por toda la tierra de la costa a rescatar oro, y donde mejores rescates hacía y más oro sacaba era en esta pronvincia de Urabá, y pareciole que con estar poblado en ella Alonso de Heredia no tendría lugar de entrar con la libertad que solía a rescatar oro y a contratar con los indios, y por estas causas, como he dicho, persuadía al gobernador Barrionuevo que echase los españoles de Cartagena de la tierra de Urabá; y sobre ello hizo tanto, que el gobernador Barrionuevo le hubo de encargar a el propio Julián Gutiérrez la empresa, y darle gente con que fuese a verse con Alonso de Heredia y con la gente que con él estaba, y a echarlos del pueblo y de la tierra, y para este efecto se embarcó con la gente que pudo juntar el Julián Gutiérrez, y vino sobre la costa y tierra de Urabá, en la cual echó su gente, apartado de donde Alonso de Heredia estaba, cuatro leguas, con desinio de no ponerse en ventura de batalla, sino poblar un pueblo en aquella parte, y después, mediante el parentesco que su mujer, la cual traía allí consigo, tenía con el cacique de Urabá, juntar así toda la tierra y hacer que los indios no sirvieran a Heredia, lo cual pudiera muy bien hacer, y lo puso por obra.

Mas durole poco tiempo, porque luégo que Alonso de Heredia supo cómo Julián Gutiérrez estaba en tierra de Urabá y lo que pretendía y aun había empezado a hacer, envió a Cartagena por gente española que fuese en su ayuda y favor, para por fuerza o como pudiese echar de la tierra a la gente del gobernador Barrionuevo.

Llegó el mensaje de Alonso de Heredia a Cartagena a tiempo que se acababan de mitigar la sediciones de entre el gobernador Heredia y los de Madrid, por lo cual le convino al gobernador allanarse más para juntar y atraer a sí más gente e ir en socorro de su hermano y de su pueblo, y mitigado todo, juntó y tomó los soldados que pudo y metiose con ellos en dos bergantines y otros barcos, y fuese la vuelta de Urabá, donde halló a su hermano ocupado en hacer requirimientos a Julián Gutiérrez que se saliese de la tierra y que no le alborotase ni inquietase la gente y naturales de su jurisdicción, y otras cosas que entre ellos habían pasado, más tocantes a la pluma que a la lanza.

Llegado el gobernador Heredia a Urabá y junta la gente que llevaba con la que con su hermano estaba, sacó cien hombres de a pie y de a caballo por tierra y los bergantines por mar y se fue a ver con Julián Gutiérrez, que estaba alojado junto a la mar y a la ribera de un río caudaloso que por allí cerca pasaba.

Alojose el gobernador Heredia con su gente en la parte y ribera contraria del río, de suerte que estaban a vista los unos de los otros. El gobernador Heredia tomó el término de su hermano, y comenzó a hacer requerimientos a Julián Gutiérrez, el cual, asímismo, replicaba por papeles, aunque mezclados con muchas pelotas de algunos versos que consigo tenía, pero no hacia ningún daño con ellas en el alojamiento de Heredia, por estar situado en lugar bajo e ir a esta causa por alto las pelotas, y demás de esto estaban reparados con cierta montaña o arcabuco que los defendía. Hubo tratos de paz, de suerte que los soldados de un capitán y del otro se juntaron y hablaron, pero no se efectuó cosa ninguna de lo que se pretendía, y de todas partes había alguna perplejidad en los capitanes, de suerte que casi no se determinaban de venir sobre esto a las manos ni lo que harían, pero pronosticando Quevedo, natural de Hamusco, soldado de la parte de Julián Gutiérrez, que había juntádose con el capitán Heredia para los medios y conciertos, lo que había de suceder, dijo hablando con Martín Núñez Tafur: abrázame, amigo, porque yo veo estos negocios de suerte y en términos que han de parar en las manos, y por ventura haciendo yo el deber habré de morir el primero. Lo cual pasó a la letra como luégo se dirá.

Había sido este Quevedo, antes de estas revueltas, soldado de Heredia muchos días antes, y habiéndose partido él y otros soldados con el capitán Cesar para el Pirú, encontraron con este Julián Gutiérrez que les aprometió grandes aprovechamientos de oro en aquella tierra, porque lo siguiesen, y ellos hiciéronlo así, y hallábanse obligados a pelear en favor de Julián Gutiérrez contra sus amigos y conocidos, y así lo hicieron.

El gobernador Heredia viendo que los requerimientos eran de ninguna utilidad y que por ellos no hacia cosa alguna, comenzó a divulgar que se había de volver a Cartagena y de allí irse a España a dar cuenta de lo que pasaba al rey, para que le amparase en la gobernación que le había dado, y así lo dio a entender, de suerte que lo entendiesen en el alojamiento de Julián Gutiérrez, para con esta invención descuidarlos algo del aviso que tenían. El propio día, en la noche que estas cosas habían pasado, el gobernador Heredia juntó hasta veinte soldados de los principales de su compañía para tentar y ver lo que en ellos tenía, y les dijo, rindiéndoles las gracias del servicio que le habían hecho en seguirle hasta allí con muestras de tan entera voluntad, que él no pretendía ni quería, por interés de toda la gobernación, aventurar la vida de un solo soldado ni poner su justicia en manos de la fortuna, que tanto consistía en la lealtad de muchos soldados de los que consigo traía, cuya fe el tenía por dudosa y doblada, como en el buen hado del capitán; que su intento era dejarlo todo y retirarse a Cartagena, y que los que Quisiesen volver al Cenu con el capitán Alonso de Heredia, su hermano, lo hiciesen, y cada cual siguiese su libertad, porque demás de que, como había dicho, que quería ir a dar noticia al rey de lo que pasaba, pretendía principalmente volver a vengarse a Cartagena de los de Madrid, que lo habían querido matar; y ciertamente estaba temeroso el gobernador Heredia de sus soldados por su gran avaricia y escaseza con que había retenido en sí todo el oro que de las sepulturas del Cenu se había sacado.

Los soldados con quien el gobernador trataba estas cosas eran, como he dicho, los más principales del campo, y así tenían gran presunción de hacer cosas que igualasen con su honor, por lo cual le respondieron que a qué había sido su venida de Cartagena a Urabá; y como el gobernador les dijese que a echar de su gobernación a Julián Gutiérrez y a los que fuesen de su opinión, le replicaron todos de conformidad que no volviese de su pretensión atrás, sino que diese en ella la orden que le pareciese y más saludable les fuese, porque ellos y los demás soldados que debajo de su bandera estaban, perderían el día siguiente las vidas en el campo hechos pedazos o él quedaría por señor de aquella tierra como lo era. Tuvo en mucho el gobernador este ofrecimiento de estos soldados, y rindioles muy particulares gracias por ello, y luégo comenzó a dar orden en lo que había de hacer para amanecer otro día sobre el alojamiento de Julián Gutiérrez y representarle la batalla.

 

Capítulo ocho
 

 

De cómo el gobernador Heredia, con solo veinte y cinco hombres, peleó con Julián Gutiérrez y lo venció y prendió y lo echó de la tierra, y él se volvió a Cartagena.
 

 

 

Viendo el gobernador Heredia la voluntad que los soldados que con él estaban hablando, mostraban de querer poner por su servicio las vidas, pareciéndole que todos eran hombres de suerte y que cumplirán enteramente lo que prometían y proponían, luégo allí les dio parte de la orden que en acometer a su enemigo pensaba tener, diciéndoles que el propio día en la noche, con hasta veinte y cinco hombres, se metería al tocar del cuarto de la prima en un bergantín y iría a tomar una punta e promontorio que hacia la tierra en la mar, de la otra banda del alojamiento de Julián Gutiérrez, para de allí dar por las espaldas en los enemigos, cuando el capitán Alonso de Heredia, que con la demás gente había la propia noche de pasar el río por cierto vado que pocos sabían, estuviesen revueltos con ellos y anduviesen peleando.

Los soldados con quien el gobernador Heredia trataba estas cosas, le rogaron luégo allí que no buscase ni escogiese otros para llevar en su compañía, porque ellos querían ser los que con él se hallasen y morir a su lado defendiendo su persona. Heredia aceptó su ofrecimiento y se lo agradeció, y después de llegada la hora señalada, dando orden en todas las cosas que se habían de hacer, así por mano del capitán Alonso de Heredia, su hermano, como de los demás de la compañía, se metió en el bergantín con sus veinte y cinco soldados, y navegando la vía del promontorio señalado, aunque se apartaron bien de tierra por no ser sentidos de los navíos de Julián Gutiérrez, que estaban surtos casi en el propio camino, las corrientes del río Darién eran tan grandes que los hicieron descaer tanto que pudieron ser sentidos de la gente de los navíos, los cuales para dar aviso a los de su parcialidad que estaban en tierra alojados, soltaron un tiro de artillería, de suerte que ya no podía ser oculta la pasada e ida del gobernador a lugar donde iba, que era muy señalado, y así tenía en él puestos treinta hombres y dos verosos1 Julián Gutiérrez, temiéndose que por allí se habían de entrar los enemigos.

El bergantín en que el gobernador iba, aunque sintió que había de tener resistencia al saltar en tierra, no por eso dio la vuelta, porque los soldados y capitán que en él iban no se les había enflaquecido punto el ánimo y brío con que habían salido de su alojamiento, y así con gran temeridad se fueron acercando a tierra, donde los estaban esperando los soldados de Julián Gutiérrez.

Ya que amanecía y se podían ver y reconocer los unos a los otros, los de tierra asestaron sus tiros contra el bergantín, y disparando el uno sin les hacer más daño con el de llevarles una bandera de la Concepción que llevaban tendida en el bergantín, no les pusieron ningún temor, y segundando con el otro segundo verso, sólo le llevaron el asta de la propia bandera, y con esto zabordó el gobernador con su bergantín en tierra; y aunque les tiraron algunos jaras y saetas no por eso les hicieron daño con ellas, más de herir a Hernán Gómez Cerezo, que gobernaba el bergantín, en el pecho. El gobernador, aunque llevaba algunos arcabuces, no consintió disparar ninguno hasta que saltaron en tierra, donde trabando la pelea los unos con los otros fue tanta la fortuna del gobernador que antes que a estos treinta soldados les llegase socorro del alojamiento de Julián Gutiérrez, que estaba apartado quinientos pasos, los desbarató y rindió y despojó de las armas que tenían con poco daño, y sin detenerse allí mu­cho tiempo, pasó adelante, creyendo que ya su hermano con la demás gente hubiese pasado el río y anduviese revuelto con Julián Gutiérrez; pero ello no fue así, porque tardándose el capitán Alonso de Heredia más de lo que convenía en pasar el río, tuvo lugar el Julián Gutiérrez de sacar su gente de su alojamiento y con ella ir la vía del promontorio donde el gobernador había saltado.

Topáronse en el camino los unos y los otros, e iba la compañía de Julián Gutiérrez puesta en una ordenanza y paso de atambor, no como hombre que iba a combatir con su enemigo, sino que urbanamente iba hacer ostentación y muestra o resueña de sus soldados; pero como de ellos se adelantasen Quevedo, de quien atrás he hecho memoria, que iba sobre un caballo, con una lanza y una adarga, y su persona vestida galanamente de raso amarillo, puso las piernas a su caballo, e arrostrando contra el gobernador Heredia que en la delantera de sus soldados a pie iba, le tiró el Quevedo un bote de lanza, con el cual se dio sobre ciertas armas de algodón que llevaba vestidas, por lo cual no tuvo lugar de hacerle daño ninguno. Junto al gobernador iban el comendador Villa Cáceres, de la orden de San Juan, y Juan de Céspedes, que murió en Tunja, que llevaban cada uno su lanza, y al tiempo que Quevedo pasó por junto a ellos e hizo su lance en el gobernador, los dos, el comendador y Céspedes, emplearon sus lanzas en el Quevedo, que iba desarmado, y le hirieron de suerte que cayendo del caballo sin hablar palabra murió allí, a los pies de sus amigos y compañeros.

El gobernador, viendo tan buen pronóstico, cobró gran brío, aunque era mucho el que él y sus compañeros tenían, y haciendo señal de arremeter, nombrando el nombre del apóstol Santiago, a quien los españoles generalmente y con muy justas causas tienen por su patrón, él y los suyos, con gran presteza, se metieron entre la gente de Julián Gutiérrez, que con saber que sus compañeros, que en guarda de la costa estaban, habían sido rendidos y desbaratados, traían ya muy amedrentados los ánimos y peleando los unos como vencedores y los otros como vencidos, aunque en desigual número, hubieron en poco tiempo entera victoria los del gobernador de los de Julián Gutiérrez y su capitán, matándoles en la pelea veinte hombres y prendiendo al propio Julián Gutiérrez, antes que el capitán Alonso de Heredia pasase el río y fuese con su gente de ninguna utilidad. De los soldados del gobernador no murieron ninguno, aunque recibieron algunas heridas. Saquearon el alojamiento de Joan2 Gutiérrez y robaron y arruinaron todo lo que en él hallaron, excepto lo que era del propio Joan Gutiérrez, que el que lo prendió, que fue Martín Niañez Tafur, sólo conservó y libró de la codicia y manos de los demás soldados, que era en oro y subal 3 más de seis mil pesos.

Tenía allí consigo Joan Gutiérrez a su propia mujer, la cual, luégo que vio que la victoria se inclinaba a la parte de Heredia, huyó del alojamiento con quince o veinte españoles que estaban en su guarda, y metiose la tierra adentro a las poblazones del cacique de aquella tierra, que era su deudo y pariente.

Joan Gutiérrez, viéndose preso, por haber libertad, y el gobernador Heredia por volverse con brevedad a Cartagena por tomar venganza por sus propias manos de los de Madrid, que le habían querido matar, fueron confederados por mano de personas bien intencionadas, que en ello trataron, con que al Joan Gutiérrez y los que le quisieron seguir se saliese de todos los términos de la gobernación de Cartagena y tierra de Urabá, y sobre ello hubo sus escrituras y vincillos de firmeza. Pero con todo esto se detuvieron allí algunos días, porque saliese la mujer del Joan Gutiérrez y los españoles, que con ella se habían metido la tierra adentro. Fuelos a sacar Martín Niañez Tafur, que deseaba mucho la concordia, poniéndose a gran peligro de perder la vida, porque necesariamente se habían de meter entre los, pueblos y chusma de los indios, que cuando tienen algún accidental enojo pocas veces escuchan ni quieren oír palabras ni buenas razones.

Entró Martín Niañez Tafur entre las poblazones de los indios, con solamente un clérigo de la compañía de Joan Gutiérrez, y un criado suyo. Toparon en el camino los principales de aquella tierra con gran cantidad de indios de guerra que iban en favor de Julián Gutiérrez; pero desque supieron que iban tarde, volviéronse a sus pueblos. Quisieron maltratar a Martín Niañez Tafur, por conocer que era de bando contrario; pero allí mitigaron su ira los españoles que se habían retirado entre ellos de la parte de Julián Gutiérrez, mas con todo esto no dejaron de badurnar a Tafur con su bija o betún colorado, de que parecían que tomaban gran contento los bárbaros.

Dióseles noticia a los españoles retirados y a Isabel Corral del concierto que tenían hecho y de la clemencia que con todos usaba el gobernador Heredia, y así se salieron todos de entre los indios y se fueron a la costa, donde los capitanes estaban. Julián Gutiérrez y toda su gente se embarcaron en sus navíos y se fueron a Ada. El capitán Alonso de Heredia se volvió a Urabá, a su ciudad de San Sebastián de Buenavista con la más de la gente, y el gobernador se volvió con sus bergantines, con los que lo quisieron seguir, a Cartagena, donde halló que un día antes se habían embarcado e ídose la vía del Pirú, y así se confirmaron las amistades entre el gobernador y los vecinos que en Cartagena habían quedado, para que donde en adelante no se hablase ni tratase del motín pasado.

 

Capítulo nueve
 

 

Cómo fue proveído el licenciado Vadillo en Santo Domingo por juez de residencia contra el gobernador Heredia y lo prendió, y estando preso se huyó y se fue a España; y cómo ciertos españoles con el capitán Cesar salían de Urabá en demanda del Cenufana.
 

 

 

Había el gobernador Heredia hecho en Cartagena y su distrito algunas cosas de señor absoluto, en perjuicio de personas particulares que de él se fueron a quejar a la Audiencia Real de Santo Domingo, a quien en aquel tiempo eran sufragáneas todas las tierras que en las Indias había pobladas de españoles. Los oidores que en ella asistían, mandaron que se le tomase residencia a Pedro de Heredia, porque entonces, y aun mucho tiempo después, tuvieron comisión las Audiencias de las Indias para mudar o quitar e tomar residencia a los gobernadores que les eran sufraganos, o siempre que les pareciesen a los oidores y hubiese causa para ello, lo cual después suspendió el rey, mandando que los oidores no pudiesen enviar a tomar residencia a los gobernadores sin licencia del Consejo de Indias.

El gobernador Heredia tuvo noticia y aun fue avisado de cómo le mandaban tomar residencia, y para apartarse o excusarse darla si pudiese ser, ordenó junta de gente y metiose la tierra adentro, y así por esto como porque ya se acercaba el invierno, en el cual se pasa doblados trabajos, y la tierra era algo anegosa y poblada de esteros o lagunas, apresuró el gobernador su partida y salió con más brevedad de la que se esperaba, y con la gente y aderezos de guerra que pudo haber, se metió la tierra adentro con desino de gastar por ella algún tiempo, y después dar la vuelta por Urabá y de allí embarcarse para España; pero no pudo hacer esto como pretendía, porque el Audiencia, habiendo proveído por juez de residencia al licenciado Vadillo, oidor de la propia chancillería, le mandó que luégo se partiese y viniese a Cartagena, el cual lo hizo con tanta presteza que no tuvo lugar Heredia de volver a Urabá antes de su llegada, y así tuvo lugar el oidor de hacer sus informaciones secretas contra Pedro de Heredia y ser avisado de lo que pretendía hacer, y enviar como envió al comendador Hernán Rodríguez de Sosa, caballero portugués, a quien después el adelantado Benalcázar cortó la cabeza juntamente con el mariscal Jorge Robledo en tierra de Harma, de la gobernación de Popayán, que estuviese en el pueblo de San Sebastián de Urabá, y allí esperase a que saliese el gobernador Heredia y lo prendiese y llevase preso a Cartagena.

Desde a pocos días que el comendador hubo llegado a Urabá, salió el gobernador con su gente, que traía más treinta mil pesos de oro fino en buenas joyas, y los soldados más de otros trece o catorce mil pesos, y puesto a punto para irse a España, vino a caer en manos del comendador y a ser preso y llevado a Cartagena, donde el licenciado Vadillo lo tuvo preso muchos días, entendiendo en su residencia. El gobernador Pedro de Heredia tuvo modos cómo soltarse y embarcarse e irse a España, donde después le hizo merced el rey de título de adelantado de Cartagena y gobernador de aquella gobernación, y el licenciado Juan de Vadillo se quedó gobernando a Cartagena, y también tuvo el despidiente 4 que luégo se dirá.

Estaba en este tiempo en Urabá detenida y represada mucha gente, así de la que había salido de la jornada con el gobernador Pedro de Heredia, como de la que de la isla u otras partes acudían a la fama de la riqueza que allí se había de los indios. Determinaron ciertos soldados, con comisión y licencia del licenciado Vadillo, entrarse la tierra adentro a gastar el tiempo en algún honesto ejercicio y a proveer el pueblo de comida, que estaba muy falto de ella. Juntáronse con este presupuesto sesenta soldados, y llevando por su capitán a Francisco Cesar, se salieron del pueblo de Urabá y se anduvieron algunos días por poblazones cercanas, enviando comida a la ciudad; y como todos estaban pobres y faltos de posible, confederáronse y concertáronse entre sí de que no volviesen al pueblo sin hallar alguna copia de oro con que supliesen sus necesidades, y aprobando y confirmando este parecer por todos, ya que se querían partir de un poblezuelo donde estaban alojados, juntáronse los indios de aquella comarca para darles guazabara, y viniendo a dar en el alojamiento de los españoles, encontraron apartado de él, en una quebradilla, a un soldado extranjero que iba a dar de beber a su caballo, al cual los indios comenzaron a flechar desde lo alto de las barrancas de aquel arroyo donde estaba el soldado.

Pareciéndole que era cosa infame el soltar el caballo y retirarse o ponerse en lugar seguro, comenzó muy de su espacio a sacar un machete que llevaba y a esgrimir con él y soltar el caballo: ibase retirando muy de su espacio, y diciendo a los indios en su lengua, queriendo imitar a la castellana: "juradi que no temedi bellaqui indi", y esto sin que los indios llegasen a él, porque desde lejos no cesaban de flecharle, y así, antes que fuese socorrido de los demás soldados que al río acudieron, le habían ya los indios dado catorce o quince flechazos, que todos le atravesaban el cuerpo, de que luégo, otro día siguiente, murió.

Tomaron el capitán César y los soldados que con él estaban, por desinio o derrota de su jornada el descubrir el camino al Cenu, empresa bien trabajosa y dificultosa para otro más copioso número de gente, porque era todo lo que se había de caminar tierra muy montosa y arcabucosa y de gran espesura y que por ella habían de ir de contino abriendo camino con hachas y machetes y azadones, sin que por donde iban hubiese más camino del que los soldados iban abriendo a pura fuerza de brazos, llevando por gula siempre el poniente. La comida que por estas montañas habían y tenían los soldados eran hobos, fruta de árboles silvestres, e icoteas galápagos, de que había gran cantidad en los arcabucos y alguna mísera comidilla que en algunos bohíos de indios que acaso topaban por aquella montaña había, y con este contino e intolerable trabajo, rompiendo y atravesando y subiendo grandes montañas, y habiendo caminado por ellas más de ochenta leguas, la semana de la natividad del Hijo de Dios, hallaron entre aquellas montañas y sierras un vallezuelo poblado de poca poblazón, al cual sus propios naturales llamaban Abibe. Fue gran refrigerio y consuelo para los españoles, porque en él hallaron abundancia de comida, con la cual se detuvieron algunos días, porque ya no había fuerza que soportase ni ánimo que tolerase el trabajo cotidiano que todos los soldados hasta allí habían traído, cortando y abriendo camino, y cavando y aderezando las cuestas y subidas para los caballos, sin comer cosa que les pudiese aumentar el vigor y las fuerzas corporales.

Estando, pues, los españoles descansando y reformándose en Abibe, hubieron e tomaron a manos un cacique o principal de aquel valle, que les dijo cómo eran él y sus indios sujetos al cacique de Nutivara Cenufana, que es uno de los tres Cenus de que atrás he tratado, cuya poblazón y viviendas estaba seis jornadas de allí la tierra adentro, todas de tierra rasa o pelada. Dioles gran contento a los españoles esta nueva, por entender que se vían libres de trabajo de abrir camino y cortar arcabucos; y con esto determinó el capitán Francisco Cesar enviar al propio principal que le dio esta noticia, que fuese de su parte hablar y saludar al cacique Nitivara Cenufana, y darle parte de cómo iba a verle y conocerle y a ser su amigo y compañero.

Recibida la nueva de los españoles, el cacique Mitivara Cenu, según las muestras que dio, se holgó mucho de ello, de la suerte que el lobo hambriento, que suele dar muestras de alegría y relamerse con la vista del pegujal o manada de las ovejas, porque luégo envió indios suyos cargados de frisoles, ají y sal, de que tenían gran necesidad, y a decirles que se holgaban mucho con su ida, que se diesen priesa a engordar y acercarse a su pueblo, porque con su ida pretendía hacer grandes fiestas y convites a sus feligreses y comarcanos; y desde esta primer salutación siempre tuvo este bárbaro especial cuidado de proveer y enviar a los españoles de las cosas dichas, y mayas, que son perrillos e gozques pequeños para comer, y mantas y otras cosas que en su tierra había, y nunca se le olvidaba el decir que se diesen prisa a engordar y se llegasen a su pueblo, porque los deseaba ver ir muy gordos.

Con estas nuevas y convites salieron los españoles de Bive y siguieron su viaje por tierra rasa y apacible de caminar.

1
 Por "versos"
2
 Por: "Juan"
3
 Por: "su valor"
4
 Participio activo, antiguo, de "despedir"
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