Capítulo sétimo
Cómo Lidueña se
salió de Guachaca al Cabo de la Vela, forzado de los españoles que
con él estaban, y el general Orsúa se subió al Reino, donde siendo
perseguido de Montaño se pasó a Popayán, y de allí a Panamá 1
Los indios de Guajaca, donde el capitán Lidueña estaba alojado, aunque supieron el alzamiento que los de Origua habían hecho con el general Pedro de Orsúa y contra los que con él estaban, no se alborotaron ni intentaron ninguna novedad contra los españoles, así porque eran más número de gente como porque vivían más sobre el aviso y con el cuidado que era menester para entre indios; pero por acreditarse con los españoles y con Lidueña diéronle noticia de que los indios de Guajaca2 hicieron con Orsúa, y de los españoles que le habían muerto, y de todo lo que sobre esto había pasado, como gente que lo sabia bien, porque se creía haberse hallado allí algunos de los propios indios de Origua3 que le daban el aviso; pero con todo esto Lidueña y los españoles que con él estaban se comenzaron a recatar más que hasta allí de los indios y a vivir con dobladas centinelas y cautelas hasta saber certidumbre por otra vía de lo que al general Orsúa le había sucedido, con la cual esperanza se estuvieron allí algunos días.
Mas los soldados, como algunos o los más estaban ya con fastidio de tan larga espera, parecioles buena ocasión la que con la nueva del desbarate de Pedro de Orsúa se les ofrecía para saliéndose de entre aquellos bárbaros, poder parecer dondequiera sin que se les pudiese calumniar ni vituperar con la salida, y así lo efectuaron, que juntándose casi la mitad de ellos, de conformidad se salieron una noche sin dar parte al capitán Lidueña y se fueron al Cabo de la Vela. Los demás soldados que con Lidueña habían quedado, temiéndose el daño que les podía sobrevenir por mano de los naturales de aquella tierra, que eran muchos y no menos belicosos que los de Guajaca, comenzaron a perseguir y rogar a Lidueña, su capitán, que saliesen de entre los indios y siguiendo las pisadas de los demás fuesen al Cabo de la Vela. Lidueña era hombre piadoso y humano y que se le hacía cosa muy dura y grave dejar entre aquellos infieles doce o trece españoles que por su enfermedad y flaqueza no podían caminar ni él los podía llevar consigo, por lo cual excusaba su salida con el mejor color que podía, unas veces rogando a los que le importunaban la retirada, que esperasen a que aquellos enfermos estuviesen para poder caminar o a que les viniese algún socorro de Santa Marta, con que los pudiesen socorrer, y otras veces disimulaba pasando en silencio los clamores de los soldados que esto rogaban e importunaban muy ahincadamente, y tanto fue su entretenimiento y dilación por estas causas que los soldados, deseando verse libre y salvos del peligro en que estaban, y pareciéndoles que era más contracaridad estar su gente al peligro propio que con inciertas y dudosas esperanzas esperar a conservar las vidas de unos hombres que por sus enfermedades más parecían estar muertos que puestos para vivir, comenzaron a oprimir a Lidueña y a decirle que si él era tan benévolo que se quería quedar a conservar las vidas a los enfermos con peligro de la suya, que lo hiciese, porque ellos pretendían salirse todos de aquel riesgo y ponerse en salvamento.
Lidueña, conociendo que lo que los soldados decían estaba ya a punto para cumplirlo y partirse al Cabo de la Vela, con ruegos los hizo entretener, y juntándose todos los enfermos en un bohío o casa, que como he dicho eran doce o trece, y dejándoles allí todo el mantenimiento que tenía, y dándoles entera esperanza de que luégo enviaría un bergantín del Cabo de la Vela por ellos, llamó al principal o principales de aquel pueblo donde estaban y les dijo y rogó que no matasen aquellos enfermos, sino que los conservasen en vida, porque él enviaría luégo un bergantín por ellos, y dejándoles también a los españoles enfermos algunos indios e indias ladinas que les sirviesen, se partió con los españoles que como de camino lo estaban esperando.
Se fueron la vía del Cabo de la Vela, dejando en aquel alojamiento y pueblo de Origua4, demás de los españoles dichos, todo el carruaje, aderezos y pertrechos de guerra, ropas de su vestir y del general Pedro de Orsúa, que según afirmaron era de harta estimación y valor.
Los indios, no sólo se apoderaron de todo esto, pero en apartándose Lidueña de su pueblo, luégo dieron en los españoles enfermos y los mataron a todos a macanazos y flechazos, excepto uno que sintiendo el ruido y tumulto de indios que sobre ellos venía, tuvo lugar de esconderse entre unos cañaverales que por allí cerca había.
Llegado que fue Lidueña al Cabo de la Vela dio noticia a los vecinos de aquel pueblo de la gente enferma que quedaba y había dejado en Origua 5, y rogoles que enviasen un bergantín por ellos, los cuales movidos de caridad, hicieron lo que Lidueña le rogó y enviaron un español con ciertos esclavos a Guajaca con un barco o bergantín, donde llegados que fueron, hallaron ya los españoles enfermos muertos, excepto el que se escondió en el cañaveral, el cual de hambre y la enfermedad estaba ya ciego de los ojos, que ninguna cosa veía, el cual salió a los clamores y voces que los del bergantín daban. El español que iba en el bergantín, usando de crueldad más que de bárbaro, no quiso recoger ni recibir en el barco aquel ciego enfermo, pareciéndole que estaba ya tan cercano a la muerte que no podría escapar con la vida, y así se volvió sin llevarle consigo al Cabo de la Vela, donde sabida la crueldad de que había usado con el pobre ciego, que a la letra parecía lo que Nuestro Redentor Jesucristo dijo de aquel que bajaba de Jericó a Jerusalén, que siendo salteado de ladrones y herido y dejado en el camino, pasaron por él un levita y un sacerdote y otros sin usar de ninguna misericordia, dejándoselo en el camino hasta que el samaritano lo levantó y puso sobre su jumento y usó con él de la misericordia que allí el Evangelista dice.
Los vecinos del Cabo de la Vela, promovidos a gran compasión y caridad del que había quedado vivo y ciego en Guajaca, le daban gran suma de dineros al que lo dejó porque volviese por él con su bergantín y jamás lo quiso hacer, y así pereció allí con los demás.
Volviendo al suceso del general Pedro de Orsúa, donde a pocos días que salió y escapó de las manos de los indios de Origua, se embarcó y se fue al Cabo de la Vela, a procurar e intentar de nuevo juntar la gente para todavía hacer y efectuar su jornada, pero hallolos a todos tan de contraria opinión que ninguno hubo que se le ofreciese a seguirle, por lo cual dio la vuelta al Nuevo Reino, donde ya había cesado la jurisdicción y gobierno de Góngora y Galana, y en su lugar gobernaba Briceño y Montayo6. El licenciado Montaño estaba mal con las cosas del licenciado Miguel Díaz, y aun con las que habían hecho los licenciados Góngora y Galarza, y como cosa que a estos tocaba, diose a perseguir a Pedro de Orsúa, diciendo que le quería tomar residencia de las jornadas que había hecho y de los indios que había muerto, la cual ocasión, como estaba fundada en dañada intención, no creo que bastara ningún género de descargo a satisfacerla, y así, Pedro de Orsúa, luégo que supo esto y entendió la soberbia y severidad de Montaño, procuró apartarse de él, y Montaño a perseguirle, porque como Pedro de Orsúa llegó a Vélez y le certificaron la pretensión e intención del licenciado Montaño, él se fue la vuelta y vía de Pamplona, ciudad que, como se ha dicho, él y Ortún Velasco habían poblado, donde tenía muchos amigos, y allí fue bien recibido y hospedado, hasta que tuvo noticia de cómo el licenciado Montaño enviaba en su seguimiento al capitán Lanchero con cuarenta hombres, para que le prendiese y se lo trajese preso, y Orsúa por evitar algún escándalo que sobre su prisión y defensa se podía mover, se salió de Pamplona y se vino la vuelta de Tunja.
En el camino, riberas de Chicamocha, halló alojado a Lanchero y a la gente que con él iba, de lo cual tuvo aviso de los indios de aquella tierra antes de llegar a donde Lanchero estaba, y así tuvo lugar de pasar sin ser sentido de Lanchero ni de los de su compañía, y entrando como David hizo con Saúl, de noche, por medio del alojamiento de Lanchero, y dejando allí señal de cómo había pasado españoles, se pasó de largo y se fue derecho a Tunja, donde fue bien recibido y hospedado de algunos vecinos de gran virtud a quien su tío, de Pedro de Orsúa, Miguel Díaz había hecho algunos desabrimientos y molestias, los cuales le hicieron todo el placer y servicio que pudieron, dándole de sus propias haciendas lo que hubo menester y quiso; y con esta confianza de amigos el general se pasó con el mismo silencio a la ciudad de Santafé, donde el licenciado Montaño, que lo perseguía, residía, y allí estuvo ocultamente muchos días, sin que Montaño entendiese ni supiese de él cosa ninguna, en los cuales el general Orsúa entendió de todo punto la obstinación en que Montaño estaba de perseguirle y hacerle todo el mal que pudiese, por lo cual el general, siguiendo al proverbio que dice que de la presencia del potente airado se deben apartar los hombres, se salió de Santafé y se fue la vía de la gobernación de Popayán, donde por el puerto que llaman de la Buenaventura, se embarcó en la mar del Sur, y de allí pasó a Panamá, con desinio de pasar a Pirú, donde de los buenos y valerosos pretendía ser más favorecido que perseguido de los malos, como con Montaño le había sucedido.
Esto es lo que al principio de este libro dije, que la fortuna traía a Pedro de Orsúa puesto en balanzas, que una vez estaba la una baja y la otra alta; porque después de esta calamidad veremos presto a Orsúa levantado en alto e ir subiendo hasta la cumbre, de do cayó con mucha facilidad, según en los capítulos de adelante se irá declarando y manifestando.
Capítulo octavo
En el cual se
escribe cierto alboroto que en Panamá hubo al tiempo que Pedro de
Orsúa llegó allí.
Al tiempo que el general Pedro de Orsúa llegó a Panamá halló que gobernaba aquella tierra, juntamente con la de Nombre de Dios, Alvaro de Sosa, español, persona de gran ser, a quien pocos días antes el marqués de Cañete, don Hurtado de Mendoza, visorrey de Pirú, pasando por esta tierra y gobernación, dio por compañero y lugarteniente, con iguales y bastantes poderes el gobierno a licenciado Fabricio de Godoy, letrado en leyes, hombre de ánimo soberbio y contumaz en seguir su propia opinión, de donde nacieron algunas sediciones, revueltas que aunque son algo fuera de lo que voy narrando las quiero escribir en este lugar, porque se vea el extremo y riesgo en que últimamente estuvo Panamá de perderse y rebelarse, sólo por mandar el marqués incautamente una cosa tan escandalosa como fue dar compañero, sin ninguna causa ni necesidad, al gobernador que el rey y su consejo real habían puesto en el gobierno de esta tierra.
Fue, pues, el caso que el licenciado Fabricio de Godoy tenía particular trato y conocimiento en casa de una doña Catalina, mujer rica en aquella ciudad, a la cual comunicaba como deuda y parienta con muy particular frecuentación; y a la entrada y salida de esta casa, por particular privanza, acompañaba al teniente Fabricio de Godoy un criado suyo muy querido, de quien el hacía toda la más confianza, dándole parte de todos los negocios que entre manos tenía. Este criado del teniente, trató amores con una criada de doña Catalina y los vino a efectuar con ella, de suerte que el mayordomo de aquella casa vino a saberlo, y teniéndolo por cosa de grande injuria y afrenta que en Casa de su señora se hiciese semejante hecho, determinó haber Venganza de esta injuria y tomarla por sus propias manos, y así fue que puso acechanzas al criado de Godoy para cuando entrase en casa de su señora a sus requiebros, donde lo tomó envuelto con la dama, y allí hizo a ciertos esclavos negros que lo atasen y azotasen, y hecho esto muy a su salvo y voluntad, lo soltó y dejó ir libre. Este hombre así afrentado, retuvo en su ánimo su injuria, según los de nobles corazones los suelen hacer, para vengar en público el agravio que en secreto se le había hecho; y un día de gran solemnidad en aquel pueblo, que casi toda la gente se había congregado en el monasterio de San Francisco a oír los oficios divinos, propuso este soldado vengarse, y esperando que todos de tropel saliesen de la iglesia, y entre los demás el mayordomo de doña Catalina que le había afrentado, se llegó a él y le dio con una porra que llevaba, allí públicamente, muchos palos, y echando mato a su espada se fue retirando y recogiendo al monasterio de San Francisco, donde se retrajo.
Esta doña Catalina, sabido este nuevo suceso entre su mayordomo y su contrario, llamó al teniente Fabricio de Godoy, y dándole noticia de lo que había sucedido, le encargó la venganza suya y de su mayordomo. El teniente incontinente se fue a San Francisco, y aunque los frailes tenían cerradas las puertas de su monasterio, las quebró y furiosamente hizo pedazos, apellidando gente para aquel negocio. Entró en la iglesia del monasterio, y sin embargo de la resistencia que los frailes le hicieron, sacó el retraído y lo llevó a la cárcel pública de la ciudad, donde incontinente mandó traer una bestia para sacarlo afrentar por las calles, según lo acostumbran hacer los jueces españoles. El gobernador Alvaro de Sosa tuvo noticia de todo este suceso y de lo que el teniente quería hacer, y luégo acudió a la cárcel y quitando de las manos y furia del teniente aquel hombre preso, y no consintiendo que se le hiciese la injuria y afrenta que se le quería hacer, echó al teniente fuera de la cárcel y dejó en ella algunos hombres y alguaciles puestos de su mano para que lo defendiesen y no consintiesen que de allí fuese sacado por el Fabricio de Godoy ni por otra persona alguna.
El teniente, hinchado y aun casi afrentado de esto que el gobernador con él había usado, comenzó a juntar gente, familiares y amigos suyos, para por fuerza hacer lo que como juez inferior no podía; aunque él no se jactaba ni tenía sino por igual y compañero en el gobierno con Alvaro de Sosa, y así publicaba una confusa copia de poderes que el visorrey le había dado, con la cual asímismo juntaba ocultamente mucha gente, y según se afirma, tuvo en su casa recogidos más de ciento y cincuenta arcabuceros, con el calor y favor de los cuales casi desvergonzadamente se ponía en competencias públicas con el gobernador Sosa, y a desmandar todo lo que él mandaba, y a hacer otras cosas de hombre sedicioso, con que tenía llenos de miedos los ánimos de los mercaderes que en aquella ciudad residían, a los cuales parecía que la desenvoltura y atrevimiento del teniente no podía dejar de parar en una malvada tiranía, y así estaban casi todos a punto para si las cosas viniesen a rompimiento, recoger el oro y plata y cosas preciosas que tenían y retirarse con ello; lugares remotos y apartados, donde pudiesen estar seguros de la desvergonzada cubdicia y avaricia de que comúnmente los soldados suelen usar en semejantes sediciones y revueltas.
Turaron las gritas, de mucho escándalo y peor ejemplo, entre el gobernador y su teniente, más de quince días, sin que viniesen en total rompimiento, porque aunque algunos o muchos soldados y personas ociosas y deseosas de semejantes revueltas se le habían públicamente y ocultamente llegado al teniente para serle favorables en este negocio, toda la otra turba del pueblo daban grandes muestras de estar sus ánimos inclinados a seguir la voz y parcialidad del gobernador, a quien tenían por persona que actualmente representaba el señorío real con lo cual tenían asímismo suspenso el ánimo del teniente para que ya que con loco y ciego atrevimiento quisiese sujetar al gobernador o matarlo, la consideración del no tener copia de gente, para que ya que su persona y honra fuera maculada con el infame título de traidor, pudiese salir adelante con su tiranía y alzamiento triunfando de aquel pueblo y de sus riquezas y de todos los demás que pretendiese atropellar subjetos al rey.
El gobernador Sosa no popaba ni menospreciaba nada la desvergüenza de su contrario, antes temiéndose de alguna traición, siempre traía y tenía consigo gente que lo guardaba, para que en cualquier repentico caso que se ofreciese no fuese tomado ni hallado desapercibido y por eso puesto en la merced y voluntad de su contrario; y así cada cual figuraba a su enemigo de igual poder y cautela, no dando lugar el temor y consideración de estas cosas a que lo que cada cual pretendía se efectuase, que era prenderse el uno al otro.
A estas sediciones se acercó la fiesta del bienaventurado San Francisco, en cuyo día el gobernador, dejando la custodia y guarda que le pareció necesaria y conveniente en el preso, se fue a oír los oficios divinos con toda la mayor parte del pueblo a la iglesia de San Francisco, cuya festividad, como he dicho, se celebraba.
El teniente Fabricio de Godoy, pareciéndole buena ocasión esta para salir con su interés y sacar el preso del poder del gobernador, con algunos soldados y esclavos que con él se hallaron, se fue a la cárcel y con hachas y palancas y otros aderezos que llevaba, comenzó a batir las puertas y a derribarlas, y en efecto, las hizo pedazos. Dentro de la cárcel estaba el alguacil mayor con otros algunos soldados, a quien el gobernador había encargado la guarda y custodia del preso, los cuales con ánimo y valor singular, poniéndose a la puerta, comenzaron a defender la entrada al teniente y a pelear contra él y contra los que seguían su voz y le acompañaban, de los cuales el alguacil mayor recibió una muy peligrosa herida en la cabeza.
Estando las cosas en esta confusión, acudió gente a la iglesia donde el gobernador estaba oyendo el sermón, dando voces y diciendo la revuelta en que el teniente y el alguacil mayor estaban, y por el consiguiente todo Panamá. El gobernador, pareciéndole que no seria tanto el peligro ni tan repentino que después de acabado los oficios divinos no pudiese ser todo remediado y apaciguado, estúvose quedo hasta que el predicador viendo o entendiendo el alboroto que en el pueblo había, dio fin a su sermón, y dirigiendo sus palabras al gobernador le exhortó a que saliese a remediar aquella sedición, y a los demás vecinos y gente que en la iglesia había les dijo cómo debían seguir a su gobernador y favorecer y servir en él al rey; y con esto y otras cosas que allí dijo, salió el gobernador de la iglesia apellidando que todos le siguiesen y diesen auxilio y favor al rey, y usando de aquel común apellido que todos los jueces y ministros de justicia españoles, como poco ha dije, suelen usar diciendo "aquí del rey", al cual apellido es cosa muy averiguada y usada acudir con toda presteza todos los circunstantes de tal suerte que si alguno lo dejase de hacer seria gravemente castigado por ello.
Llegado que fue el gobernador a la plaza y cárcel donde el teniente estaba con su gente peleando con el alguacil mayor y los demás, halló que los que al teniente acompañaban todos estaban armados de lanzas, cotas y montantes, por lo cual luégo mandó apregonar y echar bando, con pena de la vida, que todos los vecinos estantes y habitantes acudiesen a favorecerle con todas las armas ofensivas y defensivas que tuviesen, y así luégo comenzó a llegarse la gente armada e ir en socorro del alguacil mayor, con quien todavía el teniente estaba peleando. Al alguacil, aunque herido, jamás le había faltado brío para defender la entrada al teniente, y en la hora que vio que le venía socorro, aumentándosele el ánimo, se aventajado de entre sus compañeros y acercándose al teniente con una partesana que tenía, le dio un bote con que le pasó la cota que llevaba vestida y le hirió malamente en un muslo, con lo cual y con ver el teniente y los suyos, que serian veinte y cinco hombres, que al apellido del gobernador acudía y se juntaba mucha gente, él asímismo, usando del propio apellido y voz del rey y pidiendo con ella fervor7 a los del pueblo, de los cuales ninguno se le juntaba, se fue retirando y recibiendo los golpes de los que le seguían, hasta meterse en la torre de la iglesia mayor de aquella ciudad, y a irse con los que le habían seguido su opinión. Se defendió por espacio de tres horas, subiéndose alguno de sus compañeros a lo alto y homenaje de la torre o campanario, de donde tiraban muchos ladrillos y piedras a la gente que en la plaza estaba, con que arredraban y apartaban la gente de las puertas y cerca del campanario, con lo cual aquella ciudad estaba tan metida y encendida en fuego de discordia y sedición, que ya todos, de todo punto, tenían puestos los ojos en que de allí había de redundar un cierto motín, pareciéndoles que si al teniente, que tan encendido estaba en ira, se le arrimaban o allegaban algunos sediciosos soldados que en la plaza había, deseosos de semejantes tumultos, que fácilmente saldrían con la victoria de lo que intentasen, porque los más de los mercaderes y los vecinos con ellos, aunque estaban allí con el gobernador haciendo ostentación, tenían los corazones y ánimos más puestos en oyendo llevar fuera de la ciudad sus riquezas y tesoros que en defender con las armas en las manos la opinión de aquel teniente y de los que le siguiesen, porque se hacían cuenta que en tanto que el gobernador con alguna gente pelease con el teniente y sus secuaces, tendrían ellos harto tiempo para asegurar sus haciendas, para el cual efecto muchos tenían prevenidos criados y negros y otros mozos y mozas de sus casas y algunos jumentos que llevasen cargado el oro y la plata y las otras cosas preciosas.
Estando, pues, las cosas en esta confusión y el ánimo del teniente y de los que con él estaban tan lleno de miedo como el de los mercaderes, fueron por mano de personas religiosas y vecinos graves y honrados de aquella ciudad, tratadas paces y amistades entre el teniente y su gobernador, para que la cosa no viniese en el mal y daño que muchos habían pronosticado.
Pretendía ya el gobernador a este tiempo tomar a manos al teniente y hacer justicia de él públicamente y de los que eran de su opinión, porque como de toda aquella gente temerosa del pueblo tuviese cercada la torre donde el teniente estaba, parecíale que por ninguna parte se podían salir sin caer en sus manos, y así menospreciaba los conciertos de la paz; pero como ayudado de su natural inclinación y ánimo generoso, fue por muchos persuadido a ser antes misericordioso y clemente que severo y cruel, fue pacificado todo este alboroto con que entregándose el teniente y los que con él estaban en manos del gobernador, fuesen presos, enviados a España al Consejo Real de las Indias, donde su negocio se viese y determinase conforme a justicia.
El gobernador, después que en su poder estuvo a Fabricio de Godoy, mandó hacer una gruesa jaula de hierro, para dentro de ella, como a monstruo u otro animal feroz, enviar preso al teniente a España; pero también fue rogado e importunado por los principales y religiosos del pueblo a que no sólo no usase de este rigor con Fabricio de Godoy, pero que convirtiendo de todo punto su rigor en clemencia, no lo enviase a España, donde con más severidad podría ser castigado, sino que usando de más blandura y misericordia, lo enviase a Lima, al virrey, para que allá le diesen el castigo que el visorrey quisiese. Vino en ello Alvaro de Sosa e hizolo así como le fue rogado, con que todo punto quedó el pueblo pacífico y satisfecho de su clemencia y buen gobierno.
Capítulo nono
Cómo le fue encargado a Pedro
de Orsúa la guerra y pacificación de cierta chusma de negros
rebeldes, y de cómo Orsúa envió a Fuentes, español, con ciertos
soldados, a castigar un robo que los negros habían hecho en el
camino que va de Nombre de Dios a Panamá.
En estos mesmos días estaban los vecinos de Panamá y Nombre de Dios, y especialmente los mercaderes, que vivían de su particular trato y mercancía, llenos de un terrible miedo, porque habiendo de muchos días atrás comenzado a huirse muchos negros esclavos, estomagados y hartos de la servidumbre y cautiverio en que sus amos los tenían, se habían metido, con desinio de conservar su libertad y morir por ella, en las entrañas y partes más intrínsecas de los arcabucos y montañas, donde habían hecho cierta forma de pueblo y fortaleza, y teniendo allí puestas como en parte segura sus mujeres e hijos y toda la demás gente inútil, salían los más valientes y osados negros al camino real que de Nombre de Dios traviesa a Panamá, por donde acostumbran pasar las arrías y recuaje que por tierra llevan mercaderías a Panamá. Hacían muchos robos y estragos en los arrieros y pasajeros, quitándoles todo lo que llevaban, con que habían arruinado algunas gruesas haciendas; habían con sus malvados hechos y correrías, dado grandes muestras y señales de pretender y querer aquellas dos fertilísimas ciudades destruirlas y arruinarlas de todo punto; y aunque algunas personas se les había encargado la guerra de disipar y desbaratar la junta de los negros, con grandes promesas de premios y gratificaciones, nunca habían salido con ello, por estar los negros corroborados y fortalecidos en un fuerte alojamiento, y tan platicos y diestros en la tierra, que de su naturaleza era asperísima y obscurísima, que casi se andaban burlando de los que les salían a buscar, y llegaban muchas veces con desvergonzado atrevimiento, confiando en su mucha ligereza, a las puertas y aguajes del Nombre de Dios a tomar y saltear las negras y otras gentes que salían a proveerse de cosas que les eran necesarias, sin recibir ningún castigo.
Pues como Pedro de Orsúa llevó loa y fama de capitán prudente y sagaz y de gran fortuna en la guerra, y llegase a Panamá en tiempo de tanta turbación, por todos los tratantes fuele encargada la empresa y jornada del desbarate de los negros y ofreciéndose los vecinos y mercaderes de entrambos puertos a favorecer y socorrer a Pedro de Orsúa con dineros y armas y todas las otras cosas necesarias para la guerra y soldados que le habían de hacer, fuéronle por el gobernador Alvaro de Sosa dados todos los poderes y jurisdicción que se requería y era necesario para juntar y gobernar la gente que consigo había de llevar y nombrar oficiales de ella; y con esto y con hasta doce soldados amigos que en Panamá tenía, Pedro de Orsúa se pasó a Nombre de Dios, donde poniendo bandera en lugar público y tocando a tambor, comenzó a juntar gente, de la cual hizo maestre de campo a Francisco Gutiérrez, natural de Sevilla, hombre poco práctico en cosas de guerra, por nunca haberla seguido, pero de gran ánimo y muy valiente y de sagaz ingenio para con poca experiencia alcanzar en poco tiempo lo que en muchos otros no conocieran, como después lo mostró por la obra. Nombró por capitanes de su infantería a Francisco Díaz, deudo suyo, a quien él después cortó la cabeza en los Motilones, y a Pedro de la Fuente, hombre algo práctico en aquella tierra por haber algunos días andado por ella con gente española persiguiendo y dando caza a los negros. Hizo alférez de esta gente a García de Arce, buen soldado y extremado arcabucero, muerto después por mano de Lope de Aguirre en la jornada del Marañón; escuadras o cabo de escuadras hizo a Francisco de Cisneros y a Pedro de Peralta.
Tardose algunos días Pedro de Orsúa en hacer y juntar la gente necesaria para esta guerra, en el cual tiempo sucedió que Pedro de Mazuelos mayor envió por tierra en dos recuas a Panamá obra de cuatro mil pesos de mercaderías con menos guardia y custodia de la que en un tiempo tan calamitoso de corsarios era menester, y llegando los arrieros a un río que está adelante de la sierra de Capira, saliéronles al camino una cuadrilla de negros cimarrones de hasta veinte personas, armados de arcos y flechas, y machetes por espadas, y unas flacas lanzuelas, y haciendo presa en las arrias y en los que las llevaban a cargo, quisieron, por poner mayor espanto a los pasajeros que donde adelante por allí pasasen, matar los arrieros, y muertos, atravesar los cuerpos en el camino, para con este abominable ejemplo de crueldad, atemorizar de todo punto la gente de Panamá y Nombre de Dios; pero este cruel hecho les fue impedido y estorbado a los negros por un principal o caudillo que consigo traían, el cual queriendo dar muestras de hombre humano y clemente, no sólo dio libertad a los arrieros y españoles que con ellos iban, pero hízoles dar las más de las bestias y acémilas de carga que llevaban para en que pudiesen caminar, quedándose ellos con algunas mulas de las más recias y de mejor parecer y con toda la mercadería que en las arrias llevaban, de la cual después de haber tomado y apartado las cosas a ellos más útiles y provechosas, como eran ruanas, anjeos, machetes, tijeras, cuchillos y otras cosas de esta calidad, todo lo demás esparcieron y derramaron por las riberas del río, y con lo que pudieron llevar a cuestas se fueron la vuelta de su alojamiento, dejando por allí escondidas algunas cosas de las dichas por volver por ellas.
La nueva de este asalto llegó a Nombre de Dios, donde movió los ánimos de todos los de aquel pueblo a quejarse públicamente de la negligencia y descuido de los que gobernaban, pues siendo obligados a remediar semejantes motines y a tener seguros los caminos pasajeros, con soñoliento descuido y sorda desimulación pasaban todos los males que los negros hacían, no considerando los daños e irremediables peligros que los leves principios suelen traer por ser menospreciados. La justicia, como de presente parecía estar encargado el negocio de los negros a Pedro de Orsúa, disculpábanse con él diciendo que en su mano estaba el remedio y socorro que de presente todos pedían. Pedro de Mazuelos, a quien particularmente tocaba el robo de próximo hecho por los esclavos, importunó y rogó a Pedro de Orsúa que con brevedad enviase gente y soldados a la parte y lugar donde se había hecho el asalto, y siguiendo los negros les quitasen la presa de entre las manos toda entera, y que les daría una parte de ella, y si no haría cierto pagamento y sueldo por el trabajo de irlos a buscar.
Orsúa envió incontinente al capitán Pedro de la Fuente con quince soldados al efecto dicho, y no sólo le encargó la restauración de la pérdida de Mazuelos, pero principalmente le rogó que procurase haber algún negro vivo para guía y lumbre de los alojamientos y rancherías de los negros, para que ciega ni confunsamente no saliesen después a buscarlos por tan obscuras montañas como aquellas del Nombre de Dios son. Pedro de la Fuente, llevando por guía a los arrieros, llegó al lugar donde habían sido robados, y hallando toda la más de la ropa, que eran sedas, terciopelos, rasos, tafetanes y otras cosas de valor, tendidas y esparcidas por el suelo en la forma dicha, la mandó recoger; y estando ocupados en esto oyó que por la montaña se les venia acercando un gran tropel y estruendo, sin voces ni otra demostración de ser gente, y deseando el capitán Fuentes saber lo que era, hizo recoger los soldados, y con ellos se emboscó y estuvo quedo junto a la propia montaña y ribera del río, hasta que del arcabuco salieron diez muy dispuestos y ligeros negros bien aderezados y armados a su modo. Esperaron a que se apartasen del monte y saliesen al raso, y luégo que los vieron en lugar cómodo arremetieron a ellos los españoles, diciendo "Santiago".
Los negros, que ninguna cosa se turbaron de ver ir sobre sí a los soldados, revolviendo sus armas contra ellos, los esperaron con muy buen semblante, usando del mismo apellido de Santiago de que los españoles al arremeter habían usado, y queriéndose animar los unos a los otros, a que si como debían peleaban habrían una victoria aquel día muy honrosa y provechosa para ellos y para sus compañeros, solamente decían a grandes voces en la pelea "hoy día, hoy día", que por ser torpes en el pronunciar la lengua castellana no tenían aptitud para decir otra cosa, que era como si dijeran hoy es día de ganar victoria entera de nuestros enemigos, a los cuales podemos tener por vencidos si la fortuna no nos es contraria; y ciertamente, aunque de presente eran más en número los españoles que los negros, en otras muchas cosas les eran muy desiguales e inferiores, porque la ligereza de aquellos bárbaros era tanta que en su mano estaba el esperar o arremeter o huír, y demás de esto les era muy favorable el tiempo y la tierra, porque haciendo un día muy blando y pardo, dejábase caer una menuda agua que mojando la tierra, que allí era asperísima y acompañada de grandes y resbalosos peñascos, hacía que los negros con liberalidad y ligereza saltasen de peña en peña y de una parte a otra, lo cual les era más dificultoso y pesado a los nuestros, y así no podían juntarse con los enemigos a pelear como ni cuando querían, con lo cual los negros, de lo más alto, que siempre señoreaban, disparaban la flechería que tenían muy a su salvo y tiraban con más firmeza y fuerza los dardos y piedras que contra los nuestros arrojaban, y ultra de esto los arcabuces que los españoles llevaban o tenían eran casi de todo punto inútiles, porque con la menuda agua que caía el polvorín se mojaba en los fogones y no prendía el fuego en ellos.
Turó gran rato esta pelea, sin acostarse la fortuna a ninguna parte, antes los negros habían herido uno o dos españoles, hasta que presumiendo algunos de aquellos negros que se tenían por más valientes, que era mucha la ventaja que uno por uno tenían a sus contrarios, tres de ellos se vinieron allegando en diferentes lugares con tres españoles que también andaban desmandados de los demás. El suceso de los cuales fue tan próspero para los nuestros, que matando los dos españoles a los dos negros que les habían salido y dejarretando el otro al con quien peleaba, pusieron tanto temor a los demás por haberles entre los tres muerto a su principal o capitán, que no curando de tenerse a esperar otra cuadrilla de negros que poco atrás venían, se dieron a huir y esparcirse ligeramente por la montaña y arcabuco que en su favor tenían, saltando con grande velocidad y facilidad de una en otra peña casi menospreciando a los españoles si tras ellos quisiesen seguir, pero el capitán o caudillo que llevaban, como fuese plático en aquellas guerras, no consintió que ningún soldado se apartase ni fuese en seguimiento de los negros, antes juntando a todos con las armas en las manos, como estaban, comenzando de interrogar aquel negro que vivo y dejarretado en las manos les había quedado, si había por allí cerca algún alojamiento o ranchería de negros. El le respondió que no, pero que tras de él y sus compañeros habían, de la poblazón y ranchería principal, salido otros quince negros que no tardarían en llegar allí si con temor de los que se habían retirado e huido no se volviesen todos a donde estaba su principal, lo cual él tenía por imposible; pero que lo más seguro les era a los españoles retirarse o acogerse con presteza, si no querían ser allí todos muertos y presos de los demás negros con los cuales venia un valiente capitán y uno de sus obispos y otros muy principales y valientes hombres de aquella su compañía, que no sólo en número tenían ventaja a los españoles, pero en esfuerzo y valentía y en destreza de pelear, pues estaban de mucho tiempo atrás hechos a aquel oficio y trabajo.
El capitán Fuentes creyó o dio crédito a lo que el negro decía, pero no mostrando punto de flaqueza ni cobardía, antes poniendo toda su esperanza en Dios inmortal, que le darla entera victoria de aquellos ladrones, que tan en daño y perjuicio de los cristianos andaban a saltear y robar por aquellos caminos y pueblos, se estuvo quedo con sus compañeros, esperando con las armas en la mano la venida de los negros.
