Capítulo veinte y tres
 

 

De lo que los amotinados hicieron después que amaneció y hubieron muerto a su gobernador Pedro de Orsúa y a su alguacil mayor don Juan de Vargas.
 

 

 

Pasada la noche en que los amotinadores habían muerto a su gobernador, la cual gastaron en las cosas ya dichas, y en atraer a sí amigos y dar a entender que por la utilidad y provecho de todos y por redimir vejaciones lo habían justamente muerto, venida la mañana, que era el segundo día de enero, comenzaron a dar orden en cómo aquellos caballeros del motín que tan señalado servicio habían hecho a su rey, fuesen en algo remunerados con los honrosos cargos que para el buen gobierno y conservación de aquella armada se habían de nombrar, y así confirmaron el nombramiento que tenían hecho de general en don Hernando de Guzmán, y de maese de campo Lope de Aguirre; y pasando adelante con sus tiránicas comisiones, y haciéndose ellos mismos así propios la merced de los cargos, eligieron por capitán de la guardia a Juan Alonso de Labandera, y por capitanes de infantería a Lorenzo Salduendo y Cristóbal Hernández y a Miguel Serrano de Cáceres, y por capitán de a caballo Alonso de Montoya, y Alonso de Villena por alférez general, y por alguacil mayor del campo a Pedro de Miranda, mulato, y por pagador mayor a Pedro Fernández, dejando sin cargos a Martín Pérez y a Juan de Vargas, prometiéndoles y haciéndoles grandes ofertas, que serían remunerados y gratificados muy en breve, y que se tenía muy particular cuenta con sus personas, porque no pareciese que entre sí solos repartían y consumían los oficios; y por gratificar algunos las voluntades que habían tenido, ya que en la obra no se habían hallado, y para prendar a otros que eran muy emparentados de amigos, procuraron acrecentar otros oficios, como fue capitán de la mar, el cual dieron a un Sebastián Gómez, piloto portugués, y otros dos capitanes de infantería que dieron al comendador Juan Gómez de Guevara y a Pedro Alonso Galeas, y un capitán de munición, el cual hicieron Alonso Enríquez de Orellana, y almirante de la mar a un Miguel Bonedo, los cuales, viendo que no les aprovechaba nada decir otra cosa, antes era poner en gran riesgo sus vidas, aceptaron los cargos, con la voluntad que Dios sabe.

Nombraron también por justicia mayor del campo a un Diego de Balcázar, el cual, con el amor y lealtad que tenía a su rey, o como hombre de poca experiencia, dijo al tiempo que le entregaron la vara, que la tomaba en nombre del rey don Felipe, nuestro señor, públicamente, que lo oyeron todos, y como entonces no estaban los principales amotinadores conformes en lo que se debía hacer, porque había varias opiniones y pareceres, como adelante se dirá, no osó nadie señalarse en responder al Diego de Balcázar, y sintiendo en sus corazones algunos lo que Dios sabe, disimularon con él por entonces, aunque después le dieron por ello la muerte y le quitaron el cargo, como adelante se dirá.

En este tiempo, Sancho Pizarro, a quien el gobernador Pedro de Orsúa había ya enviado a descubrir, no había venido, ni sabia lo que en el campo pasaba, y temiéndose los amotinadores que no tuviese aviso Sancho Pizarro de lo sucedido y quisiese mostrarse contra ellos con la gente que tenía y había llevado, pusieron luégo incontinente espías en el camino por donde había de venir, para que ninguno pudiese ir a dar aviso y así vino dende a dos días de como mataron a Pedro de Orsúa, el cual nunca supo lo sucedido hasta que entró en el campo, y los mismos amotinadores le dieron relación de lo que habían hecho y de lo mucho que había importado a todos, y cuán en conformidad de todo el campo, el cual como hombre sagaz, fingió haber sido muy acertado y haberse holgado de ello, lo cual visto por los amotinadores, fingiendo haber tenido muy particular cuenta con su persona, le dieron cargo de sargento mayor del campo, y él lo aceptó y rindió las gracias por ello.

Lo que este caudillo descubrió en los días que anduvo fuéra del campo, fueron dos poblezuelos sin gente, en unas montañas faltas de comida y llenas de soledad.

 

Capítulo veinte y cuatro

 

 

Que trata de la junta que hicieron los amotinadores para determinar lo que habían de hacer, y lo que sobre ello pasó.
 

 

 

Hechos y nombrados los oficiales dichos, para que en lo que se había de hacer acerca de descubrir la tierra del Dorado hubiese resolución y determinación entre todos, mandaron los amotinadores y los demás sus oficiales, que se juntasen todos los capitanes y soldados que en el campo había para que tratándose y comunicándose en el negocio por consulta general, diese cada uno su parecer y lo firmase de su nombre, y lo que más conveniente fuesen a todos se hiciese así.

Y tomando la mano en dar su parecer don Hernando de Guzmán, general del motín, dijo que su parecer era que se debía buscar la tierra y noticia que Pedro de Orsúa iba a buscar, y hallándola y descubriéndola y siendo tal como se decía, Su Majestad se lo temía a todos por muy gran servicio y les perdonaría la muerte del dicho gobernador, y que para su descargo y que a Su Majestad costase de la mucha razón y justas causas que habían tenido para matar a Pedro de Orsúa, harían una información con todo el campo o con los más principales de él, cómo Pedro de Orsúa iba remiso y descuidado en buscar la tierra, ni para ello hacía las diligencias que era obligado, y que ya que la hallase no la pretendía poblar, y que era insufrible e intolerable a los soldados, y que así, para que los soldados se conservasen en servicio del rey, como para que la tierra se descubriese, fue necesario y conveniente su muerte, porque si más tiempo viniera, los soldados se amotinaran y le tomaran los bergantines y con ellos se fueran a tierra de españoles cristianos y lo dejaran en el río, sin que la tierra se descubriera, y otras cosas que de esta manera que componía y argüía.

Este parecer de don Hernando tuvieron por bueno Alonso de Montoya y Juan Alonso de Labandera, y así unos declararon en ello aprobándolo y diciendo que aquello se debía hacer y que así convenía a todos, guardando las informaciones y autos y pareceres que sobre esto se diesen y hiciesen para su descargo.

El traidor de Lope de Aguirre, como la intención y voluntad que desde la primera hora tuvo, fue, en matando a Pedro de Orsúa, dar la vuelta a Pirú y procuró alzarse con él, con meter en desasosiego y en alboroto aquel reino, no le pareció bien el parecer que don Hernando había dado; mas conformándose con él algunos amigos suyos, que tenían la propia intención y voluntad, callaron por entonces y no quisieron responder cosa alguna al parecer que don Hernando había dado, mostrando pesarles de ello, y entendiendo todos los más que Lope de Aguirre había dado muestra de no tener en voluntad lo que don Hernando había dicho, no curaron de pasar adelante con los pareceres; mas el don Hernando de Guzmán, usando de su jurisdicción, hallando para ello aparejo en algunos amigos suyos, hizo la información de lo que había dicho en su parecer contra Pedro de Orsúa; y hecha y pintada de la forma y manera que más convenía para su descargo y de los demás amotinadores, dijo que para que la información fuese más autorizada y pareciese que todos confirmaban lo que en ella estaba escrito y lo que se había hecho, convenía que fuese firmado de todos los que en el campo había; para el cual efecto todos fueron juntados y llamados, y empezando el don Hernando, como capitán general, fueron luégo a tope de Aguirre, que era maese de campo, segunda persona, porque cada uno había de firmar por antigüedad, conforme a como tenía el oficio, y para que más claramente entendiesen todos su desinio y voluntad, tomó el papel y la pluma y poniendo en él su firma y nombre se firmó "Lope de Aguirre, traidor", y publicando el que andaba a tomar las plumas lo que Lope de Aguirre había firmado, comenzaron a murmurar unos con otros, y los que no tenían los ánimos muy dañados, a decir que no era bien hecho que Lope de Aguirre firmase de aquella suerte, ni a su honor ni al cargo que tenía le estaba bien, el cual queriendo satisfacer a todos y darles a entender clara y abiertamente su intención, voluntad y pensamiento por palabra equívocas, tomó la mano en hablar y responder, diciendo:

Caballeros, qué locura o necedad es esta en que algunos de nosotros habemos dado, que cierto parece más de pasatiempo y risa que de importancia lo que vuestras mercedes hacen, que habiendo muerto a un gobernador del rey y que representaba su propia persona y que traía todos sus poderes, pretendamos que con papeles e informaciones hechas por nosotros mismos, librarnos y salvarnos y relevarnos de culpa, como si el rey y sus jueces no entendiesen cómo se hacen las tales informaciones, y que si a los que en ellas declaran les preguntasen otras cosas más arduas y contra si mismos no las dirían, especialmente habiéndolas dicha cada uno en su favor. Todos matamos al gobernador, y todos nos habemos holgado de ello, y todos habemos sido traidores, y todos nos habemos hallado en este motín; y dado caso que la tierra se busque y se halle y se pueble y sea más rica que Pirú y más poblada que la Nueva España, y que de ella sola hubiese de tener el rey más provecho que de todas las Indias juntas, el primer bachiller que a ella venga con poderes del rey, a tomar residencia y cuenta de lo hecho, nos ha de cortar a todos las cabezas, y nuestros trabajos y servicios habrán sido en vano y de ningún fruto para nosotros. Mi parecer es, y lo tengo por más acertado que todo lo que vuestras mercedes piensan, que dejemos esa opinión y propósito de buscar la tierra, y pues si la descubrimos y poblamos nos han de quitar las vidas, que con tiempo nos anticipemos y las vendamos bien vendidas y en buena tierra, la cual conocen vuestras mercedes muy bien que es el Pirú, y en ella tenemos todos amigos que en sabiendo que vamos a ella de la suerte que habemos de ir, nos saldrán a recibir con los brazos abiertos y nos ayudarán y pondrán sus vidas por nuestra defensa; y esto es lo que a todos conviene, y por esto firmé mi firma de aquella manera.

Dicho esto, porque no quedase sola y desacompañada esta plática y parecer de Lope de Aguirre, y en confirmación de ella, replicó un Alonso de Villena, que tenía cargo de alférez general de la amotinada compañía, y uno de los que fueron en matar al gobernador, diciendo: lo que el señor Lope de Aguirre, maese de campo, ha dicho, me parece que es lo más acertado de todo y lo que a todos conviene; yo lo confirmo y apruebo y doy por mi parecer, pues tan buenas causas o razones da en todo lo que dice, y quien otra cosa le aconseja al general, mi señor, no le tiene buena voluntad ni le desea ningún bien, sino verle perdido a él y a todo el campo, y es su enemigo capital; y porque no pareciese que no había quién osase contradecir a Lope de Aguirre y a sus secuaces en el parecer, casi respondiendo a lo dicho, Juan Alonso de Labandera, y por sustentar lo que el general había dado por su parecer, dijo que haber muerto a Pedro de Orsúa no fue traición ni en ello se cometió otro delito ninguno, pues convino así a todos, y él no llevaba intención de hacer lo que el rey le había mandado, que era descubrir y poblar el Dorado, y el rey fue más servido en que muriese su gobernador que no que por su causa se perdiese tanta gente, en lo cual gastó Su Majestad gran cantidad de dineros, y así terná por bien que porque la tierra se descubra y se pueble y todos no nos perdamos, como llevamos camino de ello con Pedro de Orsúa, si disimule con todos los que le hicimos este servicio, porque yo lo tengo por tal, y quien dijere que yo soy traidor por este respecto, dende aquí digo que miente, y yo se lo haré bueno, y sobre ello me mataré con él; de lo cual se azoraron y alborotaron Lope de Aguirre y algunos amigos suyos, y queriendo sobre esto con palabras y obras responderle y trabarse con él, don Hernando de Guzmán, su general, que estaba con él y presente y otros capitanes, se levantaron y los apaciguaron, metiéndose en medio, no consintiendo que las pláticas pasasen adelante; y queriendo Juan Alonso satisfacer a muchos que lo que había dicho no lo decía con temor de que el rey no le hiciese cortar la cabeza y le perdonase la culpa que tenía en la muerte del gobernador, tornó a replicar y decir: hagan vuestras mercedes lo que quisieren y no piensen que lo que dije lo dije con temor que tengo a la muerte que el rey me puede mandar dar por lo hecho, ni por salvar mi vida, que yo seguiré lo que los demás hicieren, porque entiendan que tan buen pescuezo tengo yo como todos; y con estas disensiones movidas por Lope de Aguirre y sus secuaces, cesó por entonces el firmar y hacer las informaciones, y los amigos de Lope de Aguirre andaban de allí adelante incitando y moviendo los soldados a que tuviesen voluntad de ir al Pirú, y así daban muchos muestra de ello.

 

Capítulo veinte y cinco
 

 

De cómo los amotinadores pasaron del pueblo donde mataron al gobernador a otro que estaba una jornada más abajo, y la hambre que en él se pasó.

 

 

 

Pasadas las cosas dichas en el pueblo donde mataron al gobernador, dende a cinco días de como lo mataron, se partieron los amotinados el río abajo, algo desconformes por las opiniones y diferencias que habían tenido sobre los pareceres de ir a Pirú o ir a descubrir la tierra. Navegaron aquel día todo, y fueron a dormir a un pueblo que hallaron orilla del río, la gente del cual estaba alzada con todas sus comidas y otras baratijas que suelen tener. Rancheáronse allí con propósito de pasar luégo adelante.

Lope de Aguirre y sus secuaces, que eran de opinión de volver al Pirú, parecioles que en aquel pueblo había buen aparejo de madera para hacer navíos con qué poder pasar la mar, y así acordaron de barrenar una chata en que traían los caballos porque se anegase y diesen orden cómo hiciesen los navíos, porque la otra chata se había anegado en el pueblo donde mataron al gobernador, los cuales lo hicieron así, y viendo el general don Hernando de Guzmán que la chata se había anegado, luégo dio orden cómo se empezasen a hacer los bergantines o navíos, y tomando para ello todas las herramientas que Pedro de Orsúa había traído, y brea y otros aderezos para hacer navíos, mandó juntar todos los carpinteros que allí había, que fueron cuatro, y veinte negros carpinteros, y entregándoles los aderezos, les mandó que empezasen luégo dos bergantines, dándoles para que les ayudasen cada día tantos soldados, y así empezaron la obra, donde se detuvieron a hacerla tres meses, en el cual tiempo y pueblo sucedieron muchas cosas que adelante se dirán, y pasaron muy gran hambre y necesidad de comida, porque no había en él sino yuca brava y de ella se había de hacer forzosamente casabe, y para esto habían de ir los propios españoles por la yuca en canoas de la otra banda del río, que por este paraje tenía más de una legua de ancho, y la habían de traer y hacer ellos mismos el casabe, a causa de que todo lo más del servicio que habían sacado del Pirú se les había muerto.

Era aquí el río falto de pescado, y así, en este tiempo, no se tomó casi ninguno. El principal mantenimiento de los soldados eran frutas monteses del arcabuco, que había gran abundancia de ellas, como eran bobos, caimitos, chatos, guayabas bravas y otros diversos géneros de frutas; y con la determinación que los más tenían de ir al Pirú, dicen que por la mucha falta que tenían de comida, se comieron en este pueblo los caballos que traían, y perros, porque no les quedase ninguna cosa de las que habían menester para conquistar; y lo más cierto es que se los comían y mataron porque los que tenían voluntad de que se buscase la tierra y poblase, con esto la perdiesen y se convirtiesen a su mal propósito y opinión, y asímismo se comieron las gallinas que traían, que es lo que más se precian de llevar los que van a poblar para el sustento de sus casas y personas en las poblazones nuevas.

 

Capítulo veinte y seis
 

 

De cómo los amotinadores se conformaron con el parecer de Lope de Aguirre, y cómo Aguirre mató ciertos soldados.
 

 

 

Dende a pocos días todos los amotinadores y la demás gente plebeya se conformaron y aprobaron la opinión y parecer de Lope de Aguirre para ir a Pirú, y así se confederaron con él y determinaron de ir a Pirú y robarlo y saquearlo y tiranizarlo, haciéndose señores de él, y juntamente con esto empezó Lope de Aguirre a usar y ejercer su oficio, empezando a matar algunos soldados por tenerlos él por sospechosos y que le parecía que mientras aquellos viviesen que él no temía la vida segura.

Estaba en el campo un García de Arce, que arriba se dijo que era muy amigo y compañero de mucho tiempo atrás del gobernador Pedro de Orsúa, del cual temiéndose Lope de Aguirre, y con la facultad que tenía de maese de campo, lo prendió, y dando a entender a su general don Hernando de Guzmán lo mucho que importaba, para seguridad del campo, que García de Arce no fuese en él, le mandó dar garrote, consintiéndole que confesase primero, que fue cosa que con pocos se hizo; y porque no se espantasen algunos de aquello poco, determinó y concertó de matar a Diego de Balcázar, que habían hecho justicia mayor del campo, porque dijo que recibió la vara en nombre del rey, la cual le habían ya quitado a intercesión de Lope de Aguirre, pareciéndole que hombre que tan osadamente había hablado, también tendría atrevimiento de hacer alguna cosa contra ellos. Fue, pues, una noche Lope de Aguirre y ciertos amigos suyos a la cama donde estaba Diego de Balcázar, y sacándole de ella desnudo como le hallaron, y llevándole a dar garrote. Entendiendo el efecto para que lo llevaban, se les soltó y echó a huir, dando muy grandes voces: "viva el rey, viva el rey", a fin de turbar y amedrentar con este nombre del rey a los que le iban siguiendo, y visto que no le aprovechaba nada y que todavía le seguían, a fin de escaparse de sus manos, se arrojó de una barranca abajo, donde se lastimó muy mal; y como era de noche, los amotinadores no curaron de seguirle, y él se escondió, y otro día de mañana, sabido el caso por el general, lo mandó a buscar, asegurándole la vida, y así se vino, y por entonces no le mataron.

Y comenzando Nuestro Señor a mostrar su divinal justicia contra los principales amotinadores y matadores de Pedro de Orsúa, permitiendo que unos fuesen verdugos de otros, se derramó fama en el campo, sin saber quién ni por quién no, que Pedro de Miranda, mulato, alguacil mayor de los amotinadores, y Pedro de Hernández, su pagador mayor, que habían sido en la muerte del gobernador con los demás, pretendían matar a don Fernando de Guzmán, su general, y a ciertos capitanes del campo; lo cual sabido o venido a noticia de Lope de Aguirre, con la gran sed que tenia de beber o verter sangre humana, y fingiendo que lo hacía con celo de la vida y honra de su general y de los demás, prendió al Pedro de Miranda, mulato, y al Pedro Hernández, y luégo los mató, dándoles garrote; y nunca se pudo saber a qué efecto pretendían matar a su general, ni aun, como se ha dicho, quién divulgó la fama.

Muertos éstos, luégo procuraron contentar con sus oficios a otros pocos paniaguados o privados de los amotinadores, y así nombraron por alguacil mayor a un Juan Lope Cerrato, y el del pagador mayor a un Juan Lope de Ayala, y de aquí adelante comenzaron a matarse los amotinadores unos a otros, y a tener entre sí envidias, discordias y disensiones y darse crueles muertes, sembrando el demonio entre ellos la cizaña y ocasiones que para ellas eran menester.

 

Capítulo veinte y siete
 

 

De cómo hizo don Hernando teniente general a Juan Alonso, y quitó el cargo de maese de campo a Lope de Aguirre por aplacarle.
 

 

 

Viéndose don Hernando de Guzmán en aquel trono de capitán general, acatado, obedecido y reverenciado, pareciole que sería bien hacer particulares mercedes a sus amigos, honrándolos con cargos preeminentes de su cargo, para que conservasen más su amistad y conociesen que era hombre grato a sus amigos y que pagaba realmente a los que en algo le habían servido; y por buenas obras y otras cosas que de Juan Alonso Labandera había recibido, le era en mucho cargo, nombrole por su teniente general de toda el armada, el cual aceptó el cargo y le rindió las gracias por ello; y comenzando a usar su oficio de teniente general mandaba algunas cosas contra otras que Lope de Aguirre había mandado, maese de campo, había mandado, a fin de darle disgusto porque estaba mal con él por lo que había pasado cuando Lope de Aguirre se firmó en la información que había hecho don Hernando "Lope de Aguirre, traidor", y así comenzaron a llevarse muy mal estos dos oficiales del campo, desmandando el uno lo que el otro tenía mandado, por lo cual hubo contención entre los soldados y capitán del campo sobre cuál de los dos cargos era más preeminente y a cuál habían de obedecer.

Los amigos de Lope de Aguirre defendían el cargo de maese de campo, diciendo ser más preeminente, y los de Juan Alonso de Labandera, por lo contrario, y así se declararon los dos la enemistad oculta que el uno contra el otro tenía. Don Hernando de Guzmán, queriendo mitigar estas disensiones, y porque Juan Alonso de Labandera era más su amigo y se había mostrado siempre en su favor, lo procuró sustentar, quitando el cargo a Lope de Aguirre de maese de campo y dándoselo a Juan Alonso de Labandera, juntamente con el de teniente general que se tenía; y porque no pareciese que del todo desfavorecía a Lope de Aguirre, que era muy buen comunero, y por darle algún contento, lo hicieron capitán de a caballo, y a Lorenzo Salduendo lo hicieron capitán de la guardia, que era el cargo que solía tener Juan Alonso de Labandera; y Lope de Aguirre, viendo que no era tiempo de tratar sobre el agravio que se le hacía en quitarle el oficio de maese de campo, disimuló con ello, aceptando el cargo que le habían dado de capitán de a caballo.

Algunos amigos de don Hernando, que conocían de mucho tiempo a Lope de Aguirre y sabían cuán vengativo era y bullicioso, le dijeron al don Fernando que pues le había quitado el cargo de maese de campo a Lope de Aguirre que no curase de tenerlo más consigo, porque era hombre que viéndose favorecido de amigos le había de procurar matar por el agravio que le había hecho de quitarle el cargo de maese de campo, y que con matarle aseguraría su gente y aun su persona, y si no lo quería él hacer, que les diese licencia, que ellos lo matarían. Don Hernando, como era de más tiernas entrañas que era menester para el cargo que él tenía, hízosele de conciencia de matar a Lope de Aguirre, y así no consintió ni quiso dar lugar a que lo matasen, por el cual se podrá bien decir que quien a su enemigo popa a sus manos muere, antes por contentar a Lope de Aguirre, se fue luégo a confederar con él y a disculparse de lo mal que se había hecho en quitarle el cargo de maese de campo, y haciéndole grandes ofertas le dijo que no tuviese pena, que él le prometía y daba su fe y palabra de antes que entrasen en el Pirú devolverle el cargo de maese de campo, y prefiriéndose que luégo que llegasen casaría un hermano suyo que estaba en Pirú, llamado don Martín de Guzmán, con una hija mestiza de Lope de Aguirre que tenía allí consigo, el cual, con rostro alegre aunque fingido, rindió a don Fernando las gracias del cumplimiento y ofrecimiento, y aceptó el casamiento de su hija, mostrando que recibía muy grande merced en ello.

El don Fernando fue luégo a visitar la hija de Lope de Aguirre y darle el parabién del parentesco, y le llevó una ropa larga de seda muy rica, que había sido del gobernador Pedro de Orsúa, y le puso don y la comenzó a tratar como a cuñada. Todo esto temiéndose que como Lope de Aguirre era tan facineroso y determinado y muy emparentado de amigos, y se andaba quejando del don Hernando porque le había quitado el cargo, no se amotinase contra él; y así con el casamiento de la hija y el hermano se aplacó por entonces Lope de Aguirre y disimuló sus quejas, tratando y conversando con el don Hernando como antes solía.

 

Capítulo veinte y ocho

 

 

De cómo Lope de Aguirre publicó que Juan Alonso quería matar a don Hernando, y el Hernando, sabido esto, dio orden cómo se matase Juan Alonso, y de cómo lo mataron.
 

 

 

En este tiempo crecía la enemistad entre Juan Alonso de Labandera y Lope de Aguirre, y multiplicábase de cada día la mala voluntad del uno contra el otro.

El Lope de Aguirre, por la mucha envidia que tenía al Juan Alonso de verlo subido en aquel trono de teniente general y maese de campo, y a sí desposeído y abatido y mandado del Juan Alonso, al cual asímismo le iban a decir algunas cosas que de él decía Lope de Aguirre, con lo cual se indignaba contra él y buscaba orden y manera cómo matarlo para asegurar su persona, y así salía algunas veces a buscar a Lope de Aguirre con determinación de matarlo, y siempre lo halló acompañado de sus amigos, por lo cual nunca pudo jamás hacer lo que pretendía. Lope de Aguirre, temiéndose asímismo del Juan Alonso de Labandera, vivía siempre con mucho cuidado de noche y de día, teniendo sus espías y atalayas en el campo, para que le diesen aviso de lo que pasaba, y andaba de contino armado él y sus amigos, que de noche ni de día no se les quitaban las armas de encima. Juan Alonso de Labandera, con la hinchazón del cargo, habíase hecho algo más soberbio y grave, y procuraba de tener muchos amigos y allegados y mandarlo todo por quitar de trabajo a su general. Tenía demás de esto competencia el Juan Alonso con Lorenzo Salduendo, capitán de la guardia, por amores de doña Inés de Atienzo, y cada uno de ellos la pretendía tener por amiga, por lo cual se llevaban muy mal los dos, y estaba el Lorenzo Salduendo casi confederado con Lope de Aguirre, el cual nunca se dormía pensando en qué modo tendría tiempo y ocasión para echar del cargo a Juan Alonso de Labandera y matarlo.

Con esta vacilación derramó por el campo fama de que Juan Alonso de Labandera, no contentándose con el cargo de teniente general y maese de campo, sino con ambición de ser señor de todo, pretendía matar a don Hernando y quedarse por general, lo cual después de bien divulgado entre todos y que ya se decía públicamente, fue el propio Lope de Aguirre con algunos amigos suyos al don Hernando y dijéronle cómo el Juan Alonso de Labandera le pretendía matar y alzarse por general, y así se lo certificaron y afirmaron. El don Hernando estuvo algo incrédulo, por parecerle que el Lope de Aguirre era enemigo de Juan Alonso de Labandera, y que por la enemistad que entre ellos había, le levantaba aquello.

Acertose hallar allí Lorenzo Salduendo, y entendida la plática, certificó al don Hernando que era verdad lo que Lope de Aguirre decía, porque él lo había oído decir por cosa muy cierta afirmándolo con muchos juramentos, y con esto dio algún crédito don Hernando a lo que Lope de Aguirre le decía, y también porque le dijeron que había prometido Juan Alonso a un Cristóbal Hernández, muy grande amigo suyo, que le haría maese de campo. Teniéndolo por cosa cierta el don Hernando, trató Lope de Aguirre que diesen orden cómo matasen a Juan Alonso de Labandera y a Cristóbal Hernández, y quedase seguro el campo, y estando ya determinado de matarlos, y buscando lugar y tiempo cómodo para ello, porque andaba Juan Alonso acompañado de muchos amigos suyos, determinó don Hernando que se ordenase en su casa un juego de naipes entre el Juan Alonso y Cristóbal Hernández y otros, y que estando allí descuidados él tendría prevenidos algunos amigos suyos, y el Lope de Aguirre entraría con sus amigos y los matarían; lo cual así concertado, don Hernando de Guzmán trató y ordenó el juego entre Alonso de Labandera y Cristóbal Hernández, fingiendo que recibiría contento de que viniesen a jugar a su casa; los cuales por hacer lo que su general les mandaba y por darle aquel placer, se vinieron a jugar a casa de don Hernando, poniendo algunos amigos suyos armados dentro de su casa, para que se hiciese como se había concertado con Lope de Aguirre.

Estando, pues, Juan Alonso de Labandera y Cristóbal Hernández jugando, bien descuidados de lo que les estaba aparejado, fue avisado Lope de Aguirre, el cual luégo a la hora, vino con algunos de sus amigos armados, y entrando donde estaban jugando los dos compañeros con otros, les dieron allí de arcabuzazos y lanzadas y estocadas, cercándolos de la una parte Lope de Aguirre y sus amigos y de la otra los amigos de don Hernando, y así les dieron tan cruel muerte y arrebatada como ellos la habían dado a su gobernador; y hecha esta buena obra, y queriendo don Hernando pagar a Lope de Aguirre el aviso que le había dado y el servicio que le había hecho en matar a Juan Alonso de Labandera y a Cristóbal Hernández, y por contentarle y aplacarle y tenerlo propicio, le tornó a nombrar por maese de campo, como antes lo era; y porque los oficios de los muertos no quedasen vacos, dio el cargo que tenía Cristóbal Hernández de capitán de infantería a un Gonzalo Giral de Fuentes, muy su amigo y de su tierra; y con todas estas muertes y revueltas nunca cesaban las obras de los bergantines que estaban haciendo.

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