Capítulo setenta y cinco
De cómo envió
Aguirre a pedir caballos a la Valencia, y cómo ahorcó al mercader y
a un soldado.
Como las cabalgaduras que en este pueblo de la Burburata se habían hurtado eran todas las más cerradas, acordó Aguirre de detenerse allí algunos días para domarlas, porque si no las domaba no podía llevar su munición y artillería, en los cuales hicieron todas las maldades que pudieron, usando de diversos modos en el echar a perder lo que topaban por allí escondido de los vecinos, los cuales así ropas como otras cosas de comer habían escondido en muchas partes debajo de la tierra, y sacándolas de rastros se aprovechaban de ellas. Otros hacían guisar todas las cosas que habían de comer, con vino. Otros desfondaban las pipas de vino por una parte, y poniéndolas derechas hacia arriba se metían dentro y se bañaban en vino, y así usaban de estos instrumentos y de otros por echar a perder todo lo que topaban.
Lope de Aguirre, viendo que las cabalgaduras que allí tenía y estaba domando no bastaban para llevar todo el carruaje y bagaje, acordó escribir una carta a los vecinos de la Valencia, como hombre poderoso, en que les enviaba a decir que él tenía determinado de no ir ni pasar por su pueblo, sino por otra parte pensaba pasar al Nuevo Reino y a Barquisimeto, y que para aviarse tenía necesidad de que cada vecino de los de aquel pueblo le enviasen un caballo por sus dineros, que él los quería pagar muy bien; y que con ellos enviasen persona de recaudo que tomase o recibiese la paga, y que demás de pagarlo él muy bien, con hacerlo así redimirían muchas vejaciones y daños que él y sus soldados les podían hacer yendo por su pueblo, lo cual le certificaba que harían si no le enviaban los caballos que les pedía ni por sus dineros. Los vecinos, aunque recibieron la carta, no curaron de responder nada a ella, teniendo ya noticia de las buenas obras y hechos de Lope de Aguirre y sus secuaces.
Sucedió asímismo que andando a hurtar estos ministros de Aguirre, uno de ellos topó o desenterró una botija de aceitunas que un Pedro Núñez, mercader, que estaba preso entre los traidores, de quien arriba hemos Contado que le quiso tirar con la celada, había escondido con cierto oro dentro; y teniendo noticia el Pedro Núñez de cómo aquel soldado había hallado su botija con el oro, se fue a Lope de Aguirre y le dijo que aquel soldado había hallado aquella botija con las aceitunas y el oro, que le suplicaba que le mandase dar su oro. Aguirre mandó llamar ante sí al soldado y le preguntó por la botija y por el oro, y el soldado dijo que era verdad que él había hallado la botija, pero que el oro no lo había hallado. Aguirre, para más averiguacjón del negocio le preguntó que con qué estaba tapada la botija. El Pedro Núñez le dijo que con brea. El Soldado trajo ante Aguirre una tapadera de yeso, la cual vista por Lope de Aguirre le dijo, quien en aquello le mentía que también le mentiría en otra cosa de más importancia, y así le mandó dar garrote; pero la causa principal de matar este mercader fue lo que le había dicho antes, cuando le quiso tirar la celada.
Otro día acertó un pobre soldado, llamado Pérez, marañón que estaba algo enfermo y por recrearse y apartarse del pueblo y echarse junto a un arroyo que por cerca de él pasaba, y acaso salió por allí Lope de Aguirre y lo topó echado, y le dijo: ¿qué haces aquí, Pérez? El cual le respondió que estaba muy malo, y Aguirre le replicó, luégo de esa manera, señor Pérez, no podréis seguir esta jornada: bueno será que os quedéis en este pueblo. El soldado le respondió, como vuestra merced mandare; y volviéndose al pueblo mandó a sus ministros, diciéndoles: allí está Pérez muy malo, traédmelo acá y curarle hemos y hacerle hemos algún regalo; los cuales fueron luégo y se lo trajeron, y mandó después que se lo hubieron traído, que lo ahorcasen porque no quisiera este traidor que ningún soldado mostrara voluntad de quedarse en ninguna parte.
Sabido en el campo cómo Aguirre mandaba matar aquel Soldado, muchos de sus amigos y capitanes le fueron a rogar que no lo matase a los cuales respondió muy enojadamente que ninguno le rogase por hombre que estuviese tibio en la guerra, y sin embargo de los ruegos de sus capitanes y amigos lo mandó ahorcar, y le puso un rótulo en los pechos que decía: ahorcose este hombre por inútil y desaprovechado; y en estas crueldades y en otras gastó el traidor los días que estuvo en este pueblo.
Capítulo setenta y seis
Que trata de cómo dos soldados
se le huyeron a Lope de Aguirre, y lo que sobre ellos
paso.
Ya que el traidor tenía domadas sus cabalgaduras y estaba aderezando de caminar de aquel pueblo para la Valencia, dos soldados, deseosos de servir al rey, y más de librarse de las manos de este cruel traidor, el uno llamado Pedro Arias de Almesta y el otro Diego Alarcón, se huyeron del pueblo y sujeción de Aguirre, pareciéndoles que por estar tan de camino no les detendría a buscarlos. El traidor, visto esto, envió luégo los más amigos suyos que fuesen a la estancia donde habían prendido al alcalde Chaves y le prendiesen a su mujer y a su hija, que allí estaban, y se las trujesen ante él, los cuales lo hicieron así; y hallando estas dueñas en la estancia, que estaba cuatro leguas del pueblo, las trajeron a la Burburata, donde su general estaba; el cual desque las vio en su poder, mandó al Chaves, marido y padre de estas señoras que él tenía en su poder, que luégo fuese y buscase estos dos soldados y los prendiese y se los enviase dondequiera que estuviese, y que si así no lo hiciese que se las había de llevar consigo a Pirú, y que asímismo hiciese a los indios que luégo quitasen las puyas que en los caminos habían puesto, por cuya causa él no había osado enviar algunos de sus soldados en busca de los huídos, porque no se le empuyasen, y que cumpliéndolo así él le daría luégo a su mujer y a su hija, y dejándolo en aquel pueblo de la Burburata él se partiría.
Cargando en los jumentos que tenía toda su artillería, y haciendo a los soldados que cada uno cargase no sólo sus armas, pero todo el mantenimiento que por el camino habían de comer, y a las señoras mujer e hija del alcalde, y a su propia hija, con otras mujeres que él había traído del Marañón, hizo caminar a talón, dejando el pueblo tan asolado y quemado y perdido y destruido como al pueblo de la Margarita, y en él tres soldados que estaban enfermos, el uno llamado Paredes y el otro Marquina y el otro Ximénez, cosa cierto muy nueva para él y que hasta allí nunca había hecho.
Es de creer que él estaba tan saneado y confiado de estos tres soldados que ellos no se quedaban de su voluntad sino constreñidos de la enfermedad que tenían, y por no poder caminar a pie, que por esto no los quiso matar, y así antes de su enfermedad debían ellos de haber dado testimonio mediante sus obras del mucho amor y afición con que seguían Aguirre, y así comenzó a marchar por el camino o derrota de la Nueva Valencia, y yendo caminando vio venir el traidor por la mar una piragua en la cual parecía que venia gente española hacia el pueblo y puerto de la Burburata; y con deseo de coger a los que en la piragua venían, hizo que la gente no se detuviese ni parase hasta encubrirse detrás de una serrezuela que en el camino se hacía, con la cual se cubrieron de la vista de la mar, y llegando allí mandó hacer alto, porque quería volver a ver si podía hacer algún salto en el pueblo y prender a los de la piragua, y así se alojaron allí, tras de aquella sierra, y después de anochecido, tomando consigo el mismo Lope de Aguirre veinte y cinco o treinta arcabuceros de los más amigos, se volvió a la Burburata, y esparciéndose por todo el pueblo, cada uno por su parte, buscaron si estaba en él alguna gente de la que había venido o parecido en la piragua y nunca hallaron a nadie; y como esto vieron se hartaron todos de vino, especialmente Lope de Aguirre, que alzó tanto el brazo que excediendo de la buena orden, se embriagó, y pudieron muy fácilmente, cualquiera de los que con él iban, matarle, porque después de estar con el vino fuera de tino, se anda ha solo por las casas de aquel pueblo buscando la gente de la piragua; de donde se colige la poca voluntad que estos soldados, y aun todos los demás tenían de que Aguirre fuese muerto o desbaratado, porque si ellos tuvieran algún celo de lo que convenía al servicio de Dios y del rey y tuvieran voluntad de quitarse y apartarse de aquella engañosa libertad y de que cesasen los daños que aquel traidor hacia, fácilmente lo pudiera cualquiera de ellos matar esta noche que, volvieron al pueblo de la Burburata, y así todos los mismos se jactaban de la gran oportunidad que tuvieron entonces para matarle, la cual hasta allí nunca habían tenido, excusándose con decir que Dios no fue servido de que entonces muriese, porque si Dios lo quisiera ello se hiciera, queriendo encubrir su malicia y perverso deseo con la voluntad de Dios.
Los que en esta vuelta de la Burburata más ganaron fue tres soldados llamados Rosales y Acosta y Jorge de Rodas, que con la oscuridad de la noche se huyeron en el propio pueblo, y el traidor y sus amigos, como estaban algo embriagados con el vino, no echaron de ver los que faltaban hasta que después de amanecido, que ya el calor del vino se había aplacado y con la luz del día se veían y conocían mejor, entonces los echaron menos y se metieron Aguirre y sus secuaces en algunas casas del pueblo, para estar allí en salto por si viniese alguno al pueblo tomarlo descuidadamente.
Capítulo setenta y siete
De algunos
alborotos que hubo en el campo de Aguirre.
En el ínterin que el traidor Lope de Aguirre fue al pueblo a hacer lo que en el capítulo antecedente se ha dicho, sucedieron algunos alborotos en el campo, que me pareció que era bien contarlos, y fue así: que aquel lugar donde aquella gente había quedado alojada era estéril y muy falto de agua, y como la tierra era muy cálida, la sed les constriñó a irla a buscar, y tomando algunos soldados todas las piezas y vasijas que en el campo había, se fueron a unas quebradas montuosas que algo lejos de allí estaban, para de ellas traer el agua que pudiesen, en las cuales estaban rancheados algunos vecinos de la Burburata; y como sintieron o vieron ir la gente, entendiendo que los iban a buscar a ellos, y tomando consigo lo que pudieron se metieron el monte adentro a esconderse en parte que no los hallasen.
Los que iban por el agua, reconociendo por allí rastro de gente, echaron por el arcabuco algunos indios, metiéndose por el monte arcabuco dieron en las chozas o ramadas donde habían estado los españoles o vecinos de la Burburata, y como las vieron desamparadas, entraron dentro y hallaron cierto arto1 y otras baratijas que los pobres ahuyentados no habían podido llevar consigo, entre el cual estaba una capa conocida, que era de un Rodrigo Gutiérrez que con Monguia se había pasado al fraile, y en la capilla de ella estaba una probanza de abono que el Rodrigo Gutiérrez había hecho ante la justicia de la Burburata, en la cual estaba un dicho y declaración que Francisco Martín, piloto, había dicho en abono del Gutiérrez y contra Aguirre. Este Francisco Martín, piloto, es el que arriba habemos contado que halló el traidor Aguirre en la Burburata y le dio los descargos y lo envió a buscar a sus compañeros.
Llevada esta probanza al campo la vio y leyó un Juan de Aguirre, mayordomo de Aguirre y a quien él había dejado encargado el campo; y viendo lo mucho que con su dicho abonaba y descargaba el Francisco Martín al Rodrigo Gutiérrez, se fue luégo para él con algunos amigos suyos el cual estaba ya preso sobre ello y con el Antón García, y dándole de puñaladas el mismo Juan de Aguirre y aun dándole otros con otras heridas y arcabuzazos, mataron desastradamente a este Francisco Martín, piloto, y le dieron el pago que justamente mereció, pues habiéndose escapado de sus manos se quiso de su voluntad volver a sus subjeción y tiranía.
El Juan de Aguirre se descargó después de desbaratado el Aguirre, diciendo: que era verdad que él había muerto aquel hombre por los muchos males e ignominias que cada día venia diciendo contra Su Majestad y contra sus justicias y jueces y vasallos, incitando a los soldados a que no se huyesen ni pasasen al rey ni a su servicio, y por quitar dentro la gente tan mal tercero, había tomado por ocasión aquel que había dicho en aquella información.
Lo que de aquí dependió fue que estando matando a este Francisco Martín, piloto, otro soldado marañón, llamado Arana, queriendo acabarlo de matar, le apuntó con el arcabuz, y o de industria o porque no pudo más, dio con la pelota al otro soldado que con él estaba preso, llamado Antón García, y matolo; sobre lo cual algunos soldados altercaban, unos diciendo que el Arana había muerto al Antón García de industria y que adredemente le había tirado y que no era bien hecho; otros, volviendo por el Arana, decían que no, sino que erró y le dio, y sobre este se alborotaron muchos soldados, unos con otros, y viendo esto el Arana, le dijo: que él lo había muerto porque se había querido huir aquella noche, y que estaba muy bien muerto, y se fuese a su cuenta, que el general, su señor, lo tendría por bien, y con todo esto los soldados no dejaban de alterar sobre la muerte del Antón García, alabándolo unos y vituperándolo otros.
El Arana, pareciéndole que aquel negocio iba de mal arte, y que si venían a las armas podría él llevar la peor parte, se fue corriendo a donde Lope de Aguirre estaba, y le dio noticia de lo que en el campo había, el cual luégo, a la hora se vino, y los muertos se quedaron por muertos, y los vivos por vivos, y el traidor se holgó mucho de la muerte de estos soldados, especialmente por haberlo hecho su muy amigo Juan de Aguirre y Arana.
Capítulo setenta y ocho
De la ida que hizo
Lope de Aguirre y su gente a la Nueva Valencia, y de la enfermedad
que allí tuvo.
Otro día de mañana se partieron de este alojamiento donde habían estado, siguiendo su viaje a la Nueva Valencia. Era el camino muy malo y áspero, y de muy altas sierras, por lo cual ni los soldados podían llevar lo que del pueblo sacaron ni los caballos subir por las cuestas las cargas que les habían echado, por lo cual alijaron en este camino los soldados todo el más bagaje de ropa que llevaban; y viendo Aguirre que las cabalgaduras se le cansaban y no podían llevar las cargas, se las aliviaron quitándoles mucha parte de ellas y repartiéndolas entre los soldados, a los cuales hacía ir cargados como merecían; y por obligar algunos capitanes y personas principales de su campo que se comidiesen a tomar parte de la carga que a las cabalgaduras habían quitado, se cargaba él mismo de todo el peso que podía llevar y caminaba con ello, y por muchas partes del camino, que eran sierras e cuestas arriba por donde las cabalgaduras no podían subir la munición y artillería que les habían cargado, lo subían a cuestas los soldados, pasando mucho trabajo en cargar y descargar, y así les fue forzoso dejar en el camino ciertos tiros de artillería de hierro, y a esta causa caminaban muy poco cada día y con muy mucho trabajo, porque en diez leguas que hay desde la Burburata a la Valencia tardaron seis días.
En este camino cayó malo Lope de Aguirre de lo mucho que en él trabajó, así llevando a cuestas su parte de la munición, como por la mucha congoja que recibía de ver el mal aliño que tenía y llevaba en todo su campo y en el llevar de aquellas municiones. Afligiole tanto la enfermedad que casi no podía ir a caballo, y el día que hubo de entrar en la Valencia envió delante todos sus amigos y capitanes, y se quedó él solo en el camino con algunos soldados que le llevaban cargado en una hamaca y otros le iban por el camino haciendo sombra con una bandera a manera de palio; y con el tormento que la enfermedad y el molimiento de la hamaca y del camino le daban, no había árbol a cuya sombra no se arrojaba y dando voces decía tendido en el suelo: "oh marañones, mátame, mátame", y de esta suerte lo llevaron cargado algunos soldados que ahora2 blasonar del arnés que son muy servidores del rey, los cuales le pudieran entonces muy seguramente y con mucha facilidad matar. Mas créese que querían y deseaban vivir conforme y como tenían la voluntad.
Los capitanes y soldados que habían ido delante se entraron en el pueblo de la Nueva Valencia, donde por no haber quién se lo resistiese ni defendiesen, se aposentaron y alojaron muy a su voluntad, apartando la mejor casa para su capitán, que atrás habían dejado enfermo, como se ha dicho, el cual llegó ya tarde y se aposentó donde le tenían señalado sus capitanes, y allí estuvo algunos días muy al cabo y enfermo y sin poderse menear ni sin que le guardase nadie, porque todos sus privados y capitanes andaban entendiendo en los negocios de la guerra, los cuales eran buscar qué hurtar y robar, y así le entraban a visitar libremente todos los que querían, y aunque le hallaban tan propincuo a la muerte no hubo ninguno que tuviese ánimo para acabarlo; después de lo cual el traidor convaleció y se mejoró y levantó, y viendo que de aquella provincia no se le había llegado nadie, daba muy, grandes voces, blasfemando de Dios y de sus santos, diciendo que los vecinos de aquella tierra eran peores que bárbaros y muy pusilánimes y cobardes y para poco; que cómo era posible que no se le hubiese llegado un soldado ni aun indio; que no podía imaginar de qué nación fuese aquella gente, porque ellos solos rehusaban y, aborrecían la guerra que desde el principio del mundo los hombres la habían amado y seguido y usado, y que aun en el cielo la había habido entre los ángeles cuando la caída de Lucifer y sus secuaces, y por aquí decía trescientos mil géneros de disparates y aun herejías muy grandes.
Los soldados, entre las otras cosas que robaron en este pueblo de la Valencia, juntaron algunas yeguas y potros cerreros por domar, por lo cual, y para domarlos, y por ver si se podía rehacer de más cabalgaduras para llevar sus municiones adelante y para en que fuesen sus privados y amigos y capitanes, se detuvo en este pueblo de la Nueva Valencia quince días y más, haciendo los estragos y destruimientos que en los otros pueblos de atrás había hecho.
Luégo que Aguirre convaleció y mejoró, mandó que so pena de la vida ninguno no saliese del pueblo sin su licencia y porque ya se le habían pasado algunos días sin derramar sangre humana por la enfermedad que había tenido, al fin vino a quebrantar su furia y deseo en un pobre soldado llamado Gonzalo, pagador, el cual ignorando lo que su capitán había mandado, se apartó sin pedirle licencia, obra de un tiro de arcabuz, de el pueblo a coger unas papayas, lo cual visto por Lope de Aguirre le mandó luégo matar porque quebrantó su ley.
Otras muchas cosas hizo este traidor en este pueblo de la Valencia, de las cuales por su orden se irán diciendo, y de otras que algunos vasallos de Su Majestad hicieron, no de menos crueldad que las del traidor.
Capítulo setenta y nueve
De cómo don Julián
trajo a Lope de Aguirre los dos soldados por quien tenía a su mujer
y suegra en rehenes.
El alcalde Chaves, a quien Aguirre había tomado la mujer y la hija en prendas de los dos soldados que al partir de la Burburata se le habían huido, juntándose con don Julián de Mendoza, su yerno, pusieron toda la diligencia que pudieron por sus personas y de sus criados y amigos, a buscar los dos soldados, para con ellos o con sus vidas rescatar sus mujeres.
Fue tanta la desgracia de los soldados que al fin toparon con ellos, y prendiéndolos y echándolos en una cadena con sendas colleras, el don Julián se encargó de ellos para llevarlos Aguirre y sacar su mujer y su suegra; y partiéndose del pueblo de la Burburata para la Valencia, donde el traidor Aguirre estaba con sus soldados, en la cadena, el Pedro Arias, o con desmayo y flaqueza. o de cortado de verse llevar así al matadero, se dejó caer en el suelo y no andaba. El don Julián, viendo aquello, le dijo que anduviese, si no que con su cabeza haría pago al Lope de Aguirre. El Pedro Arias le respondió que hiciese lo que quisiese, que él no podía más ni se podía menear. Oído esto, el don Julián echó mano a una espada que tenía, y alzándole la barba le comenzó a cortar la cabeza por el gaznate. El Pedro Arias, viéndose así herido, le dijo y rogó que por amor de Dios no le matase, que él se esforzada todo lo que pudiese y caminaría; y con esto el don Julián no quiso pasar adelante con su crueldad, y lo dejó harto mal herido de la garganta, y se fue con ellos a la Valencia, donde los entregó a Lope de Aguirre, y le dieron luégo su mujer y suegra; y el traidor mandó luégo ahorcar al Diego de Alarcón y hacerlo cuartos y ponerlo por los caminos, y sacándolo hacer justicia de él, lo mandó llevar arrastrando por todas las calles de la Valencia, con voz de pregonero que decía: "esta es la justicia que manda hacer Lope de Aguirre, fuerte caudillo de la noble gente marañona; a este hombre por leal servidor del rey de Castilla, mandolo arrastrar y hacer cuartos por ello: quien tal hace que tal pague", y así le cortaron la cabeza y se la pusieron en el rollo de aquel pueblo: y los cuartos en palos por los caminos. Y pasando Aguirre por la plaza vio estar la cabeza del Diego de Alarcón, y hablando con ella dijo: "ahí estáis amigo Alarcón, cómo no viene el rey de Castilla a resucitaros", y esto con muy gran risa y mofa.
Al Pedro Arias de Almeta, porque era buen escribano y lo quería para su secretario, no lo mató, antes lo dejó vivo, y mandó luégo que lo curasen, que fue cosa nunca vista ni hecha hasta entonces por Lope de Aguirre, porque por otras muy más leves ocasiones, había él muerto otros más amigos suyos.
Hecho esto tuvo noticia Aguirre que los vecinos de aquel pueblo estaban recogidos, con sus mujeres y haciendas, en un lago o laguna muy grande que llaman la laguna de Tarigua, que tiene muchas islas pobladas de indios, y deseando hacerles algún mal, y que sus soldados los robasen y se aprovechasen de lo que tenían, envió un capitán suyo llamado Cristóbal García, calafate, a que fuese con ciertos soldados, y mandole que hiciese todo lo que pudiese por entrar en la laguna e isla de ella, y prendiese todos los vecinos que en ella hallase y les tomase todo lo que tuviesen y los trujese ante él.
El capitán se partió con su gente, y llegado a la laguna, halló ser muy grande y hondable, y no halló con qué entrar a ella ni pasar a las islas y procuró hacer unas balsas de cañas para navegar por la laguna; y como es madera tan delgada las cañas no se podían sustentar con peso en el agua, que en subiendo sobre ellas los soldados, luégo se iban a fondo, y viendo que no tenían ningún modo para poder hacer lo que Aguirre le había mandado, se volvió con la gente a donde el traidor, estaba y le dijo lo que pasaba, al cual le pesó harto por no haber podido salir con lo que había intentado; y estando con este enojo, recibió una carta del alcalde Chaves, de la Burburata, el cual le enviaba a decir que por le hacer servicio él había preso a Rodrigo Gutiérrez, que enviase por él con toda brevedad, que él lo entregaría a quien le mandase. Aguirre, contento y alegre de esta nueva, envió luégo a Francisco Carrión, su alguacil mayor, con doce soldados, para que lo trujesen.
Era este Rodrigo Gutiérrez uno de los tres soldados que con el capitán Monguia fue de parecer que se pasasen al servicio del rey con el provincial de Maracapana, y habiéndose quedado allí en la Burburata, el alcalde Chaves, por contentar Aguirre, lo quiso prender para enviárselo, y el Rodrigo Gutiérrez, habiéndolo entendido, se retrajo a la iglesia, y el alcalde entró en ella para sacarlo y el clérigo no se lo consintió, y él le echó allí prisiones y le puso guardas y dio aviso al Aguirre para que enviase por él, como se ha dicho. Mas Rodrigo Gutiérrez, temiéndose de la cautela, se dio tan buena maña que quitándose las prisiones se salió de la iglesia y se fue al monte.
Llegado Carrión, alguacil de Aguirre, con sus porquerones a la Burburata, y no hallando a Rodrigo Gutiérrez, y diciéndole el alcalde Chaves lo que pasaba, se volvió a la Valencia, donde estaba su capitán, por el cual sabido cómo se había soltado Rodrigo Gutiérrez, comenzó a reñir con el alguacil y los que con él habían ido porque no habían muerto al alcalde Chaves, pues había dejado ir al preso y no lo había guardado bien; y cierto lo mereciera muy bien Chaves, alcalde, pues de su propia voluntad y estando libre, se convidaba hacer unas cosas tan mal sonantes como estas y otras que adelante se dirán.
Capítulo ochenta
Que trata de un
aviso que dio el alcalde Chaves a Lope de Aguirre, y de tres
soldados que mató en la Valencia.
Tenía el alcalde Chaves muy grande coligancia y amistad con Lope de Aguirre, traidor, y en su ausencia hacia todo lo que podía por su servicio, prendiéndole los que se le huían, y enviándoselos, y dando otros medios para que los hubiese a las manos; y prosiguiendo adelante con sus buenas obras, tuvo noticia este alcalde de cómo el gobernador Pablo Collado, que estaba en el Tocuyo, procuraba hacer gente para ver si podía resistir al traidor, el cual, como fiel siervo de Lope de Aguirre y que deseaba más seguirle que no dañarle, escribió una carta desde la Burburata hasta la Valencia, donde estaba, dándole noticia y haciéndole saber cómo en los pueblos del Tocuyo y Barquisimeto se juntaban los vecinos para resistirle, y habían, en nombre del rey, alzado banderas y nombrado capitanes y otros oficiales de la guerra, y convocaban toda la tierra de a la redonda, que eran otros pueblos de españoles, pidiendo auxilio y favor hasta el Nuevo Reino de Granada para resistirle el pasaje, y si pudiesen, destruirle y desbaratarle.
No se holgó mucho Aguirre de lo que contra él se ordenaba, aunque le plugo del aviso y lo agradeció, y luégo dio orden en aliñar su partida de aquel pueblo, por marchar y llegar con toda brevedad a los pueblos del Tocuyo y Barquisimeto, antes que se juntase tanta gente que le pudiese ofender; porque le parecía Aguirre que si la gente de aquellos dos pueblos era como las de los demás que atrás quedaba, que si no les venia favor de otra parte que no le ofenderían, y teniendo relación de cuán lejos o desviado estaba el Nuevo Reino de Granada, pareciole que apresurando su ida llegaría a tiempo que hiciese lo que quisiese, y así aliñó de partirse luégo otro día de mañana. Y para que con el alboroto de la partida no se le descabullese o huyese algún soldado, mandó aquella noche juntar toda la gente en un cercado de casas donde él posaba, y los hizo allí dormir a todos; y aunque el cercado era de bahareques no por eso se procuró huir ninguno, porque les parecieron aquellos flacos bahareques muy altas murallas de calicanto a causa de la poca voluntad que tenían de evadirse ni escaparse de las manos del traidor.
Lo que de este avisoque Chaves dio Aguirre resultó, fue que para apresurarse Lope de Aguirre y darse más priesa y no tener algún estorbo en el camino, acordó matar allí en el bohío, la noche que se había de partir, tres soldados, secretamente, sin que fuese entendido de los demás, llamados Benito Díaz y Francisco de Lora, y otro Zigarra. Al Benito Díaz mató porque había dicho que tenía un pariente en el Nuevo Reino de Granada, y a los otros dos mató porque le pareció que no frecuentaban las cosas de la guerra con el calor que era necesario y justo, y así los dejó dentro en el bohío. En la mañana, cuando se partió, pegó fuego al bohío, donde se quemaron. Y dejando hecho este buen recaudo, y el pueblo tan destruido y asolado como a los demás con robos y destrucción de muchos ganados, que es la hacienda principal de los de este pueblo, se salió de él para la ciudad de Barquisimeto.
Tenían puesta una espía que de un alto divisó salir la gente de Aguirre y luégo se fue derecho corriendo al pueblo de Barquisimeto, en el cual aún no había entrado el general Gutierre de la Peña con la gente; y diciendo la espía que los amotinados venían cerca, sólo por amedrentar los vecinos, ellos se lo creyeron, y luégo a quien más podía, comenzaron a huir llevando sus mujeres por delante y algún oro y otras cosas manuales, de suerte que todo lo más que tenían se dejaron en el pueblo, y los amotinados no llegaron a él en aquellos ocho días. Mas el general Gutierre de la Peña, con algunos soldados, se vino a juntar allí la gente, como se ha dicho, y hallando el pueblo desamparado, se alojaron en él y se aprovecharon de todo lo que dentro había; de suerte que el saco y ruina de este pueblo de Barquisimeto fue hecho por los mismos soldados y gente que de parte del rey se habían juntado, y merecía esta espía que le castigaran muy bien, pues quiso dar arma falsa a aquellos vecinos, y fue causa de que desmamparasen su pueblo y perdiesen mucha parte de sus haciendas que en él dejaron.
