Con pretextos más o menos especiosos obtuvo que los honrados jóvenes Leónidas Hinestrosa,  Alfredo Sáenz y Guillermo Edmonds, que eran amigos de Justiniano, le prestaran sus revólveres, armas que tenían grabados los nombres de aquéllos, circunstancia que según veremos después, les acarreó gravísimos cuanto inmerecidos sinsabores.

Como complemento de aquel parque él mismo compró en el almacén del señor Clemente Aliphat, 25 cápsulas para dotar el rifle Winchester que poseía.

Agréguese a lo anterior el puñal-revólver de Justiniano, los puñales y garrotes de que fueron provistos seis individuos para asaltar en altas horas de la noche, en despoblado, a dos mujeres indefensas, más los lazos comprados en determinada tienda, con el objeto de atar las escaleras, y se comprenderá que la banda iba pertrechada como si se tratara de librar combate campal.

Sólo faltaba completar el personal de la cuadrilla, comisión que desempeñó  Aurelio Delgadillo con la acuciosidad que le era peculiar.

Con asombroso cinismo, aquél no tuvo escrúpulo en iniciar en el asunto y comprometer a su hermano menor Adelmo, joven inexperto e incapaz de contrarrestar la perniciosa influencia que sobre él ejercía Aurelio; y como en la ejecución del crimen proyectado podían presentarse resistencias imprevistas, logró mediante la recompensa de cien pesos a cada uno de ellos, la eficaz cooperación de Juan Pérez, soldado de la Guardia Colombiana, a quien además le obsequió una ruana y un sombrero, Rafael García, aventurero, vago de profesión, y Vicente Ramírez (a. |el indio), natural de Usime, de constitución atlética, avezado en el crimen, huéspedes los últimos del Panóptico en diversas ocasiones.

Preparado el escenario y los actores activos del drama, éstos permanecieron en espera de la primera oportunidad que se les presentara para dar el golpe con plena certeza.

Los que duden de la veracidad que entrañan ciertos impulsos de ánimo, conocidos con el nombre da |corazonadas, se convencerán de lo contrario al leer las frases de la carta de doña Sofía a su hermano Roberto, fechada en |Los Alisos el 18 de junio, esto es, dos días antes de que la asesinaran.

 

"Recibida con el mayor respeto y alegría la bendición de Nuestro Santo Padre, que nos envía con su cartica del 23,como también impuesta de la indulgencia plenaria para la hora de la muerte. Es muy probable que sea yo quien se aproveche la primera de esta gracia.

“En medio de mis amarguras, me consuela un tanto esta consideración, de que aún puedo ser útil a alguien. Además, algún autor llama a estas tristezas, a este malestar indefinible, nostalgia del cielo... ¡Oh, sí, el cielo es mi único deseo!

Los anteriores conceptos pueden considerarse como el testamento de una alma dolorida, y presentan la severa lección de que en las riquezas no estriba la verdadera felicidad de la tierra.

Terminados los preparativos para el asalto a |Los Alisos, acordaron Justiniano y Aurelio Delgadillo llevarlo a efecto en la noche del 20 de junio del citado año de 1879,fecha en la cual se celebraba la suntuosa fiesta del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia Metropolitana, que atrae la atención de la sociedad bogotana, y por consiguiente, hallarían más expedito el campo de acción en los arrabales de la ciudad.

Con el objeto de que el lector pueda formarse aproximada idea del teatro del crimen, haremos la correspondiente descripción:

En el camellón que va de Bogotá a Soacha, en el trayecto comprendido entre el sitio llamado |Tres Esquinas de Fucha y el río del mismo nombre, se alza a la vera del camino la casa de dos pisos con altas ventanas hacia el Sur, ancho portón que da entrada a tres piezas bajas situadas al lado izquierdo, y a la derecha, un cuarto después de la puerta, que comunica el piso inferior con el superior, al cual se sube por medio de escaleras al amplio corredor que mira hacia el Norte, y sirve además para el servicio de las siete piezas altas destinadas, de Oriente a Occidente, al uso

de oratorio, incomunicado, dos alcobas, salón de recibo y comedor, comunicados entre sí y con el corredor, despensa y cocina. El interior de la casa estaba rodeado de jardines y árboles exóticos, divididos por la senda que daba entrada al molino, donde vivían libres dos hermosos perros terranovas, fieles guardianes, que durante la noche los encerraban en el solar al Oriente de la casa, cercado con tapias que daban a la vía pública, pormenores conocidos de Justiniano hasta en los menores detalles, merced a la confianza que le dispensaba su infortunada tía.

Justiniano y los hermanos Delgadillos permanecieron durante la tarde de dicho día en la pieza de habitación del primero, hasta que, ya entrada la noche, fue Justiniano, acompañado de Aurelio Delgadillo, a la pesebrera donde le mantenían su caballo, montó y se dirigió a |Los Alisos con el objeto de arrojar al solar donde se hallaban los perros, |dos bocados de carne envenenada  que los incautos animales devoraron con avidez, operación fácil de ejecutar porque, según hemos visto, el solar lindaba con el camino.

Cumplida con buen éxito la tarea de envenenar a los perros, acto que les permitiría maniobrar sin ser advertidos por los habitantes de |Los Alisos, Justiniano regresó a su casa, donde refrescó tranquilamente con los Delgadillos en espera de la hora convenida para llevar a cabo el crimen premeditado.

La naturaleza parecía de acuerdo con los planes de los asesinos de doña Sofía, en la noche del 20 de junio, en atención al furioso vendaval que incitaba a permanecer en sus casas a los habitantes de Bogotá.

Serían las once de aquella noche por demás tenebrosa, cuando Justiniano y los hermanos Delgadillos salieron de la casa del primero en busca de Pérez, García y Ramírez (a. |el indio) que los esperaban en las inmediaciones de la casa conocida con el nombre de |Quinta de Padilla, sitio casi desierto en aquel tiempo, especialmente a esas horas: se proveyeron de las escaleras dejadas a guardar en la cochera de Justiniano quien distribuyó las armas a los miembros de la cuadrilla, y entregó la botella de brandy al joven Delgadillo, quien iba preocupado en buscar un tirabuzón que lo pusiera en aptitud de escanciar el licor entre sus compañeros, para lo cual, ya en la vía del delito, no vaciló en solicitar dicho utensilio de varias personas con quienes al acaso se encontró!

Con las escaleras a cuestas, aquellos hombres emprendieron marcha resuelta hacia |Los Alisos, sin preocuparse de unas pocas personas con las cuales se cruzaron el saludo, entre éstas, don Alejandro Vélez, que ante el aspecto siniestro de ese grupo, provisto de armas y aparatos sospechosos  supuso que se trataba de la comisión de un crimen, y aun se atrevió a pedir a uno de ellos el cigarro que fumaba para encender el suyo, sin que pudiera conocerlo, después de lo cual hizo activas diligencias, aunque sin fruto, para que la policía los persiguiera, porque en aquella época carecía Bogotá de Agentes de seguridad bien organizados.

Atendida la distancia que media entre Bogotá y la quinta de |Los Alisos, tres kilómetros más o menos, Justiniano y sus compañeros debieron recorrerlos en media hora, tiempo suficiente para reflexionar, ya al borde del abismo en que iban a precipitarse, en las funestas consecuencias de la iniquidad que estaban a punto de cometer. Justiniano tenía madre y hermanas virtuosas a las cuales sumiría en horrible abismo de irremediable desconsuelo, y Aurelio destruía con su impío proceder el porvenir de Adelmo, su hermano menor, joven apenas adolescente, arrastrado al crimen por quien debiera premunirlo de él.

El egoísmo depravado de aquellos protagonistas del delito triunfó en aquella ocasión, como si quisieran dar prueba de los arcanos incomprensibles del corazón humano.

Aurelio Delgadillo había dicho a Pérez que |el asunto, se despacharía en Chapinero; pero como al llegar a |Tres Esquinas de Fucha tomaron la vía de Occidente, el soldado, que no era tan tonto como aquél lo suponía, le dijo con cierta malicia:

—Por aquí no se va a Chapinero.

—Ya te está dando canillera: toma un trago para que se te quite, le replicó Aurelio, presentándole la botella con brandy, para que escanciara el licor a boca de jarro.

A juzgar por la capacidad de la botella (casi un litro), que después apareció vacía, los seis asaltantes de |Los Alisos no anduvieron parcos en los tragos de alcohol que escanciaron, sin duda para cobrar ánimo en la ejecución del crimen.

A pesar de que serían las doce de la noche, según Larra, la hora propicia para el asesinato, doña Sofía permanecía en la alcoba de su hermana enferma, la señorita Elena, con el objeto de propinarle un medicamento. Las dos hermanas se hallaban, pues, solas en las piezas altas de la casa, porque la servidumbre compuesta de tres sirvientas y los concertados González y Lara dormían en los departamentos bajos, incomunicados con el piso alto por medio de una puerta en la escalera cerrada, que daba acceso al corredor, y no podía abrirse sino por los habitantes del piso superior, de manera que la casa parecía inabordable, a menos de que alguien subiera a las altas ventanas por medio de escalera portátil, lo que parecía imposible; además, los perros eran asiduos vigilantes que darían el alarma, llegado el caso.

La violencia del huracán que hacía crujir las puertas de la casa, favoreció la empresa de los asaltantes que no fueron sentidos, y como los perros no ladraban, doña Sofía y su hermana no dieron importancia al ruido extraño que alcanzaron a oír cuando Justiniano, después de trepar por la escalera a la ventana cuya falleba había inutilizado de antemano, rompió con el brazo envuelto en la ruana que vestía, el vidrio del bastidor de la ventana que abrió sin dificultad, y se introdujo a la pieza por la cual pasó para abrir la puerta de la escalera de la casa, por donde subieron Aurelio Delgadillo, Pérez y Ramírez (a. |el indio), quienes habían entrado al jardín,  en unión de Adelmo y García, sirviéndose de la escalera portátil que al efecto llevaron los dos últimos quedaron abajo, guardando las espaldas de los principales autores, en previsión de lo fortuito que pudiera ocurrir en aquel drama de sangre y cobardía.

Ya iba a terminar doña Sofía la faena nocturna de atender a las dolencias de la señorita Elena, cuando éstas se vieron súbitamente asaltadas por cuatro hombres de horrible y siniestra catadura, las caras cubiertas con pañuelos, a fin de obrar con entera libertad sin ser conocidos, armados de revólveres y puñales que ostentaban con marcada intención de amedrentar, como si no fuera bastante su presencia en una pieza espaciosa, apenas alumbrada por la bujía esteárica colocada sobre el velador inmediato a la cama de la enferma: además, el foco de luz que irradiaba de la linterna sorda de que iba provisto uno de ellos, ofuscaba la vista de las dos inofensivas señoras, de manera que apenas podían darse cuenta exacta de la horrible situación en que se hallaban.

Aún no habían vuelto en sí doña Sofía y su hermana del asombro y natural estupor que les inspiraron aquellos hombres terriblemente misteriosos, cuando uno de éstos, Justiniano, que alcanzó a conocer la señorita Elena, se abalanzó apuntando con el revólver a doña Sofía, al mismo tiempo que la apostrofó con la intimación pertinente a la escena, porque los bandidos gastan frases cortas.

—La vida o la plata.

—No me maten: tomen las llaves y saquen lo que hay, fue la respuesta suplicatoria y generosa como siempre de doña Sofía, en la persuasión de que obtendría gracia, al mismo tiempo que les dijo con acento de verdad: "voy a darles lo que existe, pues bien comprenden ustedes que no tengo aquí sino lo puramente necesario para vivir"; pero entonces los enmascarados la obligaron a que pasara con ellos a la alcoba contigua.

El instinto de conservación es tan poderoso, que hasta los más valientes luchan por conservar la vida en el momento preciso de perderla.

De hinojos doña Sofía junto al mueble donde guardaba algún dinero que en esos supremos instantes equivalía al rescate de la vida, en ademán de quien implora misericordia en angustiadísima situación, empezó la inerme señora a sacar del cofre algunas mochilas con monedas de plata que iba entregando al enmascarado más inmediato a ella. La fatalidad hizo que a éste se le desprendiera el pañuelo que le cubría la cara en el acto de inclinarse a recibir el dinero: circunstancia funestamente decisiva en aquella terrible situación.

Dos miradas rápidas como el rayo debieron cruzarse entre aquella mujer y el individuo que la contemplaba con la ferocidad del tigre cuando tiene asegurada la presa, después de perseverante acecho.

—¡Justiniano! exlamó doña Sofía con tanta sorpresa como terror en el acto de reconocerlo: |¿por que viene a matarme siendo de la misma familia?.

La lucha mental de Justiniano en aquellos solemnes momentos fue tan breve como el procedimiento posterior: un hombre de corazón habría caído a los pies de la generosa tía, implorando perdón y olvido para lo que hasta entonces sólo constituía una falta enorme; pero en aquel desgraciado perduraba el rencor por la repulsa matrimonial de doña Sofía, la sórdida codicia de heredarla, y sobre todo estaba descubierto. Poseído Justiniano por el espíritu del mal correspondió a las súplicas de doña Sofía apuñalándola en asocio de sus infames compañeros.

Un ¡ay! estentóreo y lastimero de la víctima al sentirse herida de muerte por la espalda, seguido de los estertores de la agonía y convulsiones espasmódicas del organismo vencido, hicieron comprender a los cobardes asesinos que respecto de doña Sofía quedaba cumplida la consigna.

La señorita Elena permaneció en su lecho de dolor poseída del consiguiente pánico, sin darse cuenta del irreparable suceso que allí se cumplía, en tanto que los asesinos de doña Sofía consumaban su obra de iniquidad en la. pieza vecina, cuando los bandoleros se acordaron de ella y volvieron resueltos a "torcerle el pescuezo", según la fórmula indicada por uno de ellos para impedir que los denunciara.

Aquella infeliz señora no halló más defensa que arrojarse al suelo detrás del lecho: ya estaban a punto de asesinarla cuando estalló la detonación de una arma de fuego en el corredor bajo, gritos pidiendo socorro y otras detonaciones, evidente indicio de que la servidumbre de la quinta entraba en acción para defenderse y atacar, oído lo cual por Aurelio Delgadillo exclamó con sobresalto: "estamos perdidos, vámonos", indicación que fue cumplida inmediatamente con tal preteza que unos a otros se atropellaban atemorizados para salir al camino, empleando en ello el mismo procedimiento adoptado para el asalto de |Los Alisos.

Ya hemos visto que el apartamento donde dormían las sirvientas y los concertados de Los Alisos quedaba situado debajo de las piezas altas de la casa, circunstancia que contribuyó a que aquéllas sintieran ruido de pasos en las alcobas de las señoras y salieran a inquirir la causa.

El "alto ahí" dado por García y dos disparos con el rifle Winchester que hizo Adelmo Delgadillo |(el cachifo), fue la respuesta que obtuvieron las sirvientas, al mismo tiempo que el estallido de las detonaciones dieron el alarma a los concertados González y Lara, quienes entraron en lid con los malhechores, produciéndose un verdadero tiroteo que por la obscuridad de la noche no causó daño a nadie.

Sin el episodio que dejamos relatado, la señorita Elena habría corrido la misma suerte de doña Sofía.

Pronto experimentaron aquellos delincuentes los efectos del crimen: los mismos que momentos antes se habían ensañado insolentes y crueles con dos mujeres indefensas, huyeron como gamos poseídos de terror cuando advirtieron que allía había quien les disputara el terreno. En la precipitación de la huida dejaron la linterna y los lazos en la pieza donde asesinaron a doña Sofía; arrojaron a los vallados cercanos a la casa de |Los Alisos la botella vacía con la marca |Otard Dupuy y las escaleras que les sirvieron para el asalto; pero sí llevaban consigo el dinero que les entregó doña Sofía y las alhajas que hallaron a la mano.

Los seis asaltantes regresaron a la ciudad en grupo compacto hasta los arrabales, por el lado conocido con el nombre de |Palo Quemado, donde cada uno tomó la dirección que creyó conveniente, después de que Justiniano recuperó los revólveres suministrados a los compañeros. Pérez esperó a que abrieran la puerta del cuartel en la mañana del 21 para entrar sin despertar sospechas acerca de las andanzas en que había pasado la noche.

García fue a dormir en la tienda que habitaba, al oriente de la ciudad.

Aurelio Delgadillo fue a recogerse en la morada de su amiga Natalia Vargas, joven de vida alegre.

Adelmo Delgadillo volvió a donde vivía, y Justiniano entró a su casa de habitación sin que nadie lo sintiera, porque tenía llave del portón.

En cuanto a Vicente Ramírez (a. |el indio), más práctico que sus compañeros en asuntos criminales, comprendió  que después de las fechorías ejecutadas en |Los Alisos, la única defensa posible era poner tierra de por medio entre él y la justicia; en consecuencia, huyó a donde nunca se volvió a tener noticias de su personalidad.

El fragor de las detonaciones y los gritos de alarma de los sirvientes de |Los Alisos en altas horas de la noche, alcanzaron a oírse en las viviendas cercanas al teatro del crimen; pero sus moradores no se atrevieron a salir hasta que las sombras de la noche se disiparon con la aurora del día siguiente. Tanto dichos vecinos como los que transitaban en las primeras horas de la mañana del día 21 por el frente de la casa asaltada, oyeron lamentos dentro de la quinta; indicio evidente de que algo grave había ocurrido en aquella morada, y en consecuencia se resolvieron a entrar.

En efecto: lo primero que se les ofreció a la vista fueron los rastros de los proyectiles en las paredes y puertas de la casa, el desorden consiguiente a las escenas de vandalaje llevadas a cabo en la noche anterior, y el cadáver de la infortunada doña Sofía sobre charca de sangre al pie del baúl abierto, en la misma posición en que la sorprendió la muerte cuando la asesinaron.

La señorita Elena permanecía en estado de abatimiento próximo a la demencia, pronunciando palabras vagas e incoherentes, como acontece a los que sufren de horrible pesadilla.

La rigidez de los perros muertos en el solar, indicaba que la intoxicación  se había efectuado en las primeras horas de aquella funesta noche.

Los vecinos que madrugaron el sábado 21 de junio de aquel año vieron entrar a Justiniano en compañía de su abuela, doña Francisca Solórzano, a la iglesia de Nuestra Señora de Las Nieves, sin duda con el objeto de oír misa, circunstancia que les llamó la atención por cuanto aquel joven no tenía reputación de ser observante en materias religiosas: aquel acto ostensible sólo tenía por objeto dejar establecida la prueba de que Justiniano había dormido en su casa, puesto que salía de ella tan de mañana; pero por una coincidencia fatal, al salir de la iglesia lo esperaba el señor Enrique Sarmiento para darle parte del asesinato de su hermana doña Sofía, y lo invitó a que fueran a |Los Alisos, en unión de su madre y hermanas, en el coche que tenían presente.

Justiniano recibió aquella noticia con aparente indiferencia: en compañía de su madre y una hermana subió al vehículo para ir a |Los Alisos; pero antes indicó la conveniencia de conducir el cadáver de doña Sofía a la casa de habitación de su tío don Enrique, en Bogotá: en el trayecto de la ciudad al lugar del crimen observó el más completo silencio, como abstraído en extrañas reflexiones ajenas al asuntos que en esos momentos era motivo de escándalo e indignación para los bogotanos.

Ante la consternación que reinaba en la casa de |Los Alisos con motivo de lo sucedido en la noche anterior, Justiniano se manifestó impasible, alegó fútil disculpa para no ver el cadáver de su tía, rehusó el servicio material de ayudar a transpórtala a la pieza que servía de oratorio y pretextando graves asuntos que exigían su presencia en la ciudad, obtuvo que uno de los circunstantes le franqueara el caballo, en el cual fue a prevenir y rogar al carpintero José Rodríguez Acosta, que guardara reserva respecto de la madera que le había labrado. En compañía de su familia estuvo esa tarde en la casa de don Enrique Sarmiento, situada en la calle 12, con ocasión de que ya habían trasladado el cadáver de doña Sofía, a la que tampoco quiso ver, y salió para regresar a las siete de la noche: Justiniano se paseaba con fingida tranquilidad en el corredor de la casa, cuando lo aprehendió la policía, sin oponer la menor resistencia ni preguntar el por qué del procedimiento.

La noticia del asalto a |Los Alisos y asesinato de doña Sofía produjo gran sorpresa e indignación en la ciudad, no sólo por los procedimientos adoptados en la ejecución de ese delito atroz, cuanto por las excepcionales dotes que distinguían a la víctima; y como la opinión pública no siempre se equivoca, en aquella dolorosa ocasión nadie vaciló en sospechar que el móvil del crimen había sido heredar a la difunta, y que Justiniano Gutiérrez era el principal responsable.

Alejandro Borda ejercía entonces las funciones de Alcalde de Bogotá:  con laudable actividad y energía logró tener en sus manos antes del medio día del 21 el hilo que debía guiarlo en el descubrimiento de los autores de aquella iniquidad.

En el despacho de la Alcaldía se exhibieron la linterna, los lazos, las escaleras, la botella de brandy |Otard Dupuy,  objetos que, según hemos visto, dejaron los asaltantes en su fuga, y además los revólveres y el cuchillo ensangrentado, hallados en el cuarto de Justiniano: la natural curiosidad del público influyó para que entre los concurrentes se contaran todos aquellos que, inconscientemente habían proporcionado aquellas prendas que, si contribuyeron a la ejecución del crimen, también sirvieron para descubrir a los autores. De aquí surgió, pues, el grave indicio para aprehender a Justiniano y justificar las sospechas del público.

La sevicia de los asesinos de doña Sofía se comprueba con el reconocimiento pericial de los facultativos doctores José María Buendía y Vicente Duran S., que reproducimos a continuación:

"Reconocido el cadáver de la señora Sofía Sarmiento de Sarmiento, que estaba en decúbito dorsal, le encontraron las siguientes heridas: primera, una en la parte posterior del tronco, que comienza en la superior del hombro y llega hasta el borde posterior del hueco axilar del brazo izquierdo de ocho centímetros de extensión, y de profundidad la del espesor de la piel y parte de los músculos de esta región:—otra herida situada a dos centímetros de la columna vertebral y a cuatro del borde interno del omoplato, de dos centímetros de extensión, y de profundidad todo el espesor de la pared toráxica, hasta salir a la parte anterior del pecho, entre la segunda y la tercera costilla, a dos centímetros del borde externo del esternón:—otra herida de dos centímetros de extensión, situada en la parte posterior del tronco por debajo de la axila derecha, y de seis centímetros de profundidad:—otra herida situada en el brazo derecho en su parte posterior, y que atraviesa la extensión de los músculos, y saliendo al borde externo del brazo:— en la parte anterior del pecho presenta otra herida a dos |traveses de dedo por debajo de la axila y de la mano derecha, de dos centímetros de extensión y profundidad:—otra herida situada debajo de la mano izquierda, de ocho centímetros de extensión, y de profundidad la del espesor de la piel:—en la parte anterior del pecho presenta, en distintas direcciones,  cuatro piquetes, e igual número en la parte anterior del abdomen.

"Todas estas heridas han sido hechas con instrumento cortante y punzante,  especialmente la que atraviesa de la parte posterior y salió a la anterior del pecho, en la dirección indicada, atravesando toda la extensión del pulmón y de la pleura ha sido la más grave de todas, y la que ha producido la muerte casi instantáneamente de la señora de Sarmiento" .

Cabe aquí agregar al anterior documento, que los labios de las heridas más graves del cadáver coincidían en extensión con el cuchillo ensangrentado, recogido por la policía en el cuarto que habitaba Justiniano.

Imponente concurso, compuesto en su mayor parte de los menesterosos a quienes protegía la difunta, colmaba las naves del templo de San Ignacio, donde se le hicieron suntuosos funerales, ceremonia que exacerbó los ánimos hasta el delirio en demanda de correspondiente punición para los asesinos de aquella caritativa señora.

Con el propósito de vencer la obstinada reserva que guardaba Justiniano respecto de aquel crimen, la policía depositó en la capilla del cementerio el cuerpo de doña Sofía, que reposaba en el féretro destapado, velado por cuatro cirios encendidos. En altas horas da la noche se condujo a Justiniano al tenebroso recinto y se le encerró solo en compañía de su víctima, en cuyas facciones permanecía la expresión pavorosa que le imprimió la muerte.

Ante aquel imponente y lúgubre aparato que muy pocos pueden afrontar sin conmoverse, Justiniano sacó un paquete de cigarrillos, tomó un ejemplar, lo arregló convenientemente, lo encendió en la llama de uno de los cirios que alumbraban a la difunta, y se puso a fumarlo con la tranquilidad de quien cumple un deber de conciencia!

Entretanto, Aurelio Delgadillo, no estaba en lecho de rosas: buscar un refugio que lo librara del tremendo imperio de la conciencia que lo perseguía, y no la satisfacción de goces materiales, fue la causa que lo llevó a la vivienda de Natalia Vargas, después del asesinato de doña Sofía. Aquella meretriz no podía explicarse el desvío y desasosiego de aquel amigo predilecto, de ordinario chistoso, entonces taciturno como si estuviera dominado por visión siniestra, que le producía movimientos inconexos y hondos suspiros.  En aquella localidad permaneció Aurelio el 21 en actitud de dormir; pero entrada la noche, acompañado de Adelmo, tuvo una entrevista con Justiniano en la botica de don Ricardo Acero, lugar de reunión de varios contertulios.

Sublimes por demás, se exhibieron aquellos compinches en el diálogo que, con fingida tranquilidad de espíritu, entablaron delante del boticario, durante los breves momentos de que la aciaga situación les permitía disponer:

—Comprendo la amargura de tu corazón por la trágica muerte de tu bienhechora tía, exclamó en estilo patético Aurelio Delgadillo, al arrojarse en brazos de Justiniano, quien lo recibió con ademán de cristiana resignación.

—Las demostraciones de tu cariño mitigan en parte la pesadumbre que me agobia, dijo el afligido sobrino a su íntimo amigo Aurelio, estrechándolo de tal manera, que habría sido difícil averiguar si aquella pantomima correspondía al intento de comunicarse algún terrible secreto; pero hasta el boticario Acero creyó notar en ellos la intención de verter lágrimas de aparato.

Antes de separarse Justiniano y Aurelio, éste informó al primero que asuntos importantes lo llamaban fuera de Bogotá por algunos días, advirtiéndole que tal vez sería larga su ausencia: acerca de esto observamos que el proyectado viaje se frustró, entre otras razones, porque al salir Aurelio de la botica volvió a guarecerse en la morada de la Vargas hasta el día siguiente 22 del mismo mes, fecha en la cual resolvió presentarse en el Panóptico como único pararrayo capaz de protegerlo contra la formidable tempestad que se cernía sobre su cabeza con motivo de la exacerbación popular que se produjo al conducir, de la iglesia al cementerio, el cadáver de doña Sofía.

Encarcelados Justiniano, Aurelio y Adelmo Delgadillos, el sumario se instruyó con relativa lentitud porque los procesados observaban tenaz reserva, y además se produjeron incidentes que merecen relatarse.

Hemos dicho que entre los revólveres hallados en la pieza de habitación de Justiniano, dos tenían grabados los nombres de los respectivos dueños: Guillermo Edmons y Leonidas Hinestrosa, quienes se los habían dado en préstamo a Justiniano, muy ajenos del uso a que los destinaba.

Ante la suspicacia que despertó el crimen de |Los Alisos creyó la autoridad, sin otro fundamento, en la complicidad de aquellos jóvenes, caballeros a carta cabal; pero hubo dos circunstancias  que aparentemente  los comprometían.

En la noche del 20 de junio murió repentinamente el popular médico  doctor Andrés María Pardo, cuya casa se hallaba en el mismo sitio que hoy ocupa el Palacio de la Carrera. Ocasionalmente acertó a pasar por la calle el joven Edmonds a tiempo que oyó lamentos y gritos desesperados en el interior de aquella habitación, motivo suficiente para que sin tener relaciones de amistad, entrara hasta la pieza donde yacía el cadáver, rodeado de numerosos dolientes y amigos.

Por lo pronto nadie se fijó en la presencia de un extraño, en aquel duelo de familia; pero cuando se hizo público el crimen de |Los Alisos, no faltó quien expresara el juicio temerario de que la presencia de Edmonds en altas horas de la noche en dicha casa, tenía por objeto probar la coartada en la supuesta participación de aquel delito.

El joven Hinestrosa emprendió viaje ya entrada la noche del 20 de junio, de Bogotá a la hacienda de su familia en tierra caliente, con la circunstancia de que en la tarde del mismo día lo vieron conversando con Justiniano .

Pues bien, aquel hecho de suyo inocente estuvo a punto de costarle la vida, porque en virtud de las aparentes sospechas de complicidad en el asalto de |Los Alisos, se le trajo enfermo a Bogotá, cuando tenía ya los pródromos de fulminante pulmonía.

Felizmente aquellos jóvenes, después de sufrir algunos días de detención dieron las pruebas plenas de su inocencia. En las diligencias sumarias había un vacío difícil de llenar, a menos de espontánea confesión de los hermanos Delgadillos y Justiniano.  Era evidente que fueron seis los asaltantes a la quinta de |Los Alisos; pero ¿cómo se llamaban los tres cómplices que no habían sido aún aprehendidos, y cuál era la responsabilidad que les cabía en aquel tenebroso asunto?

Entre Justiniano y Aurelio Delgadillo fraguaron el plan de defensa consistente en atribuirse el último toda la responsabilidad en aquel crimen, en el cual, según ellos, Justiniano había representado papel muy secundario, ninguna participación el joven Adelmo, y el asesino de doña Sofía era el supuesto personaje titulado José Rincón, a quien achacaban los hechos ejecutados por Justiniano.

En desarrollo de aquel plan descabellado, Aurelio Delgadillo presentó el 13 de diciembre del mismo año, después de seis meses de cometido el delito por el cual se le juzgaba, una extensa exposición plagada de mentiras y contradicciones a cual más burdas e inverosímiles; pero faltó a la lealtad que suelen guardarse los criminales respecto de los cómplices que arrastran al delito, puesto que denunció paladinamente a Juan Pérez, Rafael García y Vicente Ramírez (a. |el indio).

Ya hemos visto que Ramírez no pudo ser aprehendido, lo cual sirvió a Justiniano y Aurelio Delgadillo para inculparlo de la parte más odiosa en aquella tragedia, seguros de que no los contradiría: no sucedió lo mismo respecto de Pérez y García, quienes una vez en poder de la justicia, |cantaron claro según se dice en el idioma del presidio, y pusieron la verdad en su punto.

Hasta los primeros meses de 1880 pudo reunirse el Jurado en el local conocido con el distintivo de Salón de Grados, al frente del Palacio de San Carlos, ante el cual debían responder los procesados por los tremendos cargos que sobre ellos pesaban.

En previsión de posibles actos de hostilidad de parte de un público sobreexcitado a los acusados se les conducía en el centro del cuadro de veteranos que los custodiaba del Panóptico al recinto del Jurado. Justiniano se presentaba pálido y pensativo; Adelmo Delgadillo inspiraba compasión por su juventud; Pérez y García, parecían resignados con la suerte que les esperaba, y Aurelio Delgadillo altivo, con el ala del sombrero alzada sobre la frente, en el trayecto de la prisión al lugar del jurado, tomaba asiento en el banco de los acusados y dirigía miradas de provocación al público que ocupaba las barras del salón.

Si fue fácil la tarea del Fiscal en aquella causa célebre, la defensa de los acusados era un imposible moral difícil de vencer.

A medida que avanzaban las sesiones del jurado cuyo fallo adverso se preveía, el ánimo de los enjuiciados empezó a decaer, especialmente en el joven Adelmo Delgadillo quien, al oír leer la sentencia que le condenó a cuatro años de presidio, estalló en llanto convulsivo que conmovió profundamente  a los circunstantes.

Respecto de Justiniano, Aurelio Delgadillo, Pérez y García, el Jurado los sentenció a diez años de presidio, máximum de la pena que la legislación de entonces permitía aplicar  en castigo de los delitos atroces.

Del exceso del mal en aquella ocasión se produjo el bien, porque Dios, en su infinita bondad, concedió a los juzgados como responsables de la muerte de doña Sofía, especialmente a Justiniano y los hermanos Delgadillos, la gracia de que se dieran cuenta de la magnitud del crimen, el que expiaron en el Panóptico con humilde resignación.

No obstante el ejemplar comportamiento de Justiniano y Aurelio Delgadillo en el presidio, el Gobernador de Cundinamarca, General Daniel Aldana, negó la disminución de la pena que la ley concede a los reos que observan buena conducta: la lenidad del sistema penal imperante en aquella época, no guardaba proporción con el castigo que debía imponerse en los casos de crímenes atroces, y esta circunstancia justifica el procedimiento de aquel Magistrado .

Tanto Justiniano como los hermanos Delgadillos, dieron pruebas reales de arrepentimiento, y cuando recuperaron la perdida libertad, buscaron su rehabilitación en el trabajo, aunque siempre vivieron alejados de los grandes centros de población.

La cuantiosa herencia de doña Sofía fue denunciada como bien oculto, en atención a determinadas circunstancias de familia, lo cual dio lugar al ruidoso proceso que terminó en arreglo mediante el cual se hicieron tres porciones iguales que se distribuyeron entre el Municipio de Bogotá, el abogado del Consejo Municipal y los parientes inmediatos de la extinta.

A la Municipalidad de Bogotá correspondió cumplir en cierto modo con los sentimientos de caridad de que dio pruebas mientras vivió la generosa viuda del doctor Joaquín  Sarmiento: al efecto, la mansión que fue escenario del crimen relatado, la dedicó el Municipio para hospital de virolentos, al servicio de los desheredados de la fortuna. En ese sitio aislado de toda vivienda por temor del contagio, permanece el sombrío edificio a la vera del camino y evoca en los transeúntes el recuerdo trágico de Sofía Sarmiento!

 

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