Asesinato de don Sebastián Herrera II
Don Sebastián Herrera, anciano de más de70años de edad, acaudalado, sin hijos, viudo, avaro, y mecánico como se llama a quienes comen para vivir, según Moliere, era hermano del doctor Ignacio Herrera, Síndico de la Municipalidad de Santa Fe el20de julio de1810,uno de los que firmaron el acta de la Independencia. Pasaba el día en su vieja casa, que era la misma que perteneció luego a don Manuel Samper, en la esquina noroeste de la plaza de Bolívar, y pernoctaba en la casa de don Joaquín Escobar, situada frente a la iglesia de La Enseñanza.
En una mañana de junio de1850,salió el señor Herrera de la casa del señor Escobar, como de costumbre, antes de las seis, y se dirigió hacia la plaza. Vio un hombre de aspecto sospechoso, embozado, con bayetón azul y rojo, sombrero de jipijapa y pantalones blancos, de pie en la esquina que forma la casa del finado don Justino Valenzuela, a la diagonal de la Casa de Moneda, y aunque tuvo presentimiento de que |ese hombre lo iba a asesinar, según lo manifestó después, continuó su camino.
Notando que lo seguía el embozado, pasóse a la acera norte de la calle; pero al llegar a la acequia que existía frente a la torre de la citada iglesia, el personaje se acercó precipitadamente y atravesó al señor Herrera, de izquierda a derecha, con un gran cuchillo cabiblanco, que medía |trece pulgadas de largo, y cuya punta quedó asomando por la tetilla derecha del herido.
El asesino tomó por la calle de |Los Chorros de La Enseñanza, en donde antes lo vieron unas mujeres que tenían entreabierta la puerta de la tienda en que vivían, y se dirigió hacia San Francisco, vadeándolo por el lugar que hoy ocupa el puente de Gutiérrez, carrera 6a.
Don Sebastián vestía el único traje con que siempre lo conocimos: sombrero alto de felpa gris con gorro verde, chaqueta y pantalón de paño azul raído, |suizos o botines de cordobán, y capa española con cuello de piel de lobo y vueltas de pana. Al sentirse herido se entró a la tienda de don Justo Pastor Lozada, debajo de la casa que fue del señor José Rodrigo Borda, en la esquina de San Felipe, pidió chocolate, porque allí vendían desayunos, pero tardaron en servirlo y siguió para su casa diciendo que no quería nada; abrió la puerta de la casa con la enorme llave que cargaba, empujó el postigo del trasportón que permanecía cerrado, merced a una gran piedra metida en un saco de cuero y suspendida por detrás; llamó a las dos sirvientas que lo cuidaban y sin decirles nada de lo ocurrido, les ordenó que fueran a llamar al cura de La Catedral, doctor Alvarsánchez, y al médico doctor Félix Merizalde. Una de ellas, |motu proprio, fue a dar aviso a la casa de don Santiago Auza, cuñado de su amo, que en esos momentos se hallaba en su hacienda de |Casablanca, en Usaquén, por lo cual se presentó en casa del señor Herrera el doctor Teodoro Valenzuela, pariente de ambos, y que vivía con el señor Auza. Al verlo el herido, le dijo' "Mande usted a buscar un confesor para que el diablo no se lo lleve todo".
Simultáneamente llegaron el cura y el doctor Merizalde, y como era urgentísimo aprovechar los momentos que se creía podría vivir aquel anciano, después de la primera absolución, se procedió, de acuerdo con las prudentes indicaciones del doctor Valenzuela, al arreglo de los valiosos intereses que quedarían expuestos a ser presa de alguna intriga que en esos momentos se vislumbraba.
El médico opinaba que el herido no alcanzaría a testar, por lo cual éste pensó en conferir poder para ello al doctor Valenzuela; pero a la terminante negativa del último, se fijó don Sebastian en don Joaquín Escobar, que a la sazón se hallaba en Fusagasugá. Entretanto llegó don Narciso Sánchez, Notario 29 del Circuito, y contra lo que se esperaba, e! herido otorgó testamento en debida forma Dejó herederas de su cuantiosa fortuna a sus sobrinas las señoritas Teresa y María Josefa Escobar, declaró que era viudo de doña Josefa Auza, y que moría en el mismo estado de viudez, sin hijos.
Frecuentemente se observa un fenómeno bien curioso y que se repetirá hasta la consumación de los siglos: |el in-interesado es el ultimo que sabe los decires en que figura como autor pricipal, En efecto, el jefe político, don José María Baraya, fue la primera autoridad que ocurrió a la casa del señor Herrera, y le dijo que tenía conocimiento de la existencia de la partida de su último matrimonio "Esa partida es falsa", contestó indignado el moribundo. Hacía días que se había propalado entre ciertas gentes la noticia del matrimonio de don Sebastián con una mujer de la clase media, llamada Salomé Torres.
Los profesores doctores Andrés María Pardo y José Félix Merizalde, que asistieron a don Sebastian, manifestaron que no se atrevían a extraerle el cuchillo porque moriría en el instante en que tal cosa se hiciera; y con el objeto de no hacerlo sufrir al desnudarlo, empezaron a cortarle la grasosa chaqueta que tenía puesta; pero al ver esto, el enfemo les dijo con presteza y energía: "No, doctores, corten por las costuritas".
Después de arreglar como quiso los asuntos materiales bajo la inmediata dirección del doctor Valenzuela, don Sebastián recibió el Santo Viático y la Extremaunción.
Viendo los médicos la inutilidad de prolongar la agonía de Herrera, resolvieron sacarle el cuchillo a las dos y medía de la tarde: una abundante hemorragia puso término a la vida de don Sebastián. Se le amortajó con hábito de San Francisco, y se le hicieron exequias en la iglesia de Santo Domingo.
El mismo día fue aprehendido Narciso Gómez, contra quien se acumulaban gravísimos indicios que lo hacían aparecer como el asesino del anciano. En el acto de reconocer el cadáver dijo que "era el de la muy buena persona de don Sebastián Herrera". Se averiguó luego que entre Gómez y Salomé Torres existían relaciones ilícitas de tiempo atrás. Cogido este hilo, fue fácil dar con el ovillo.
En los libros parroquiales de registro de San Victorino se leía una partida en que constaba que, con anterioridad al suceso que nos ocupa y con permiso del cura, doctor Justo González, se había casado, |in articulo monis, don Sebastián Herrera, vecino del barrio de La Catedral, con Salomé Torres, vecina del de San Victorino, sin previas informaciones ni amonestaciones; y en el bolsillo de una prenda de vestido del señor Herrera, se encontró copia autorizada de dicha partida: ¿quién y cuándo introdujo allí tal documento? Nunca se supo.
De las investigaciones sumarias resultaron probados los hechos siguientes:
En una de las salidas que hacía don Sebastián a dar vuelta, a su hacienda de |El Salitre, a inmediaciones de esta ciudad. Narciso Gómez, de acuerdo con Salomé Torres, |su amiga, fingió ser el señor Herrera que, moribundo, quería legitimar sus relaciones con la Torres, mediante matrimonio. Al efecto, y como queda dicho, previo permiso del cura de la parroquia a que pertenecía la supuesta novia, |efectuaren una noche la farsa del matrimonio en casa de aquella mujer, funcionando como ministro el presbítero Vidal Bustamante; terminado el prólogo del drama, aprovechó Gómez la primera oportunidad que se le presentó para dar el golpe de gracia y apoderarse de la fortuna codiciada. No obstante la premeditación, sangre fría y habilidad con que se cometió el delito, faltaron dos circunstancias importantes para que sus autores realizaran sus propósitos a saber: que no murió instantáneamente la víctima, y que se descuidó solicitar y obtener el permiso del cura de la parroquia de donde era vecino el supuesto contrayente. Si estas dos condiciones se hubieran llenado habría sido imposible arrancar a aquellos malvados los cuantiosos bienes que poseía don Sebastián. Pero no se crea que aquellos desalmados se dieron por vencidos.
El señor Ramón Gálvez se presentó ante el Juez 1° del distrito que lo era don Felipe S. Orjuela, reclamando en su calidad de apoderado de Salomé Torres, |esposa legítima de don Sebastián Herrera, los bienes quedaron por |óbito de su esposo, de quien aseguraba tendría un |hijo póstumo!, y presentó una lista de |dieciocho testigos para que declararan que era cierto y les constaba, |por haberlo presenciado, el matrimonio aludido. Cinco de ellos rindieron declaraciones contestes, y ya parecía todo perdido o mejor dicho, ganado para el |póstumo, cuando notó el Juez que un viejecito llegaba a la puerta del despacho, se ponía en atisbo y desaparecía tan luego como alguien entraba a la pieza. Al fin llegó el día en que encontró solo al Juez, y entrando precipitadamente, le dijo: "Señor, me llamo Francisco Rocha, y me tienen amedrantado a fin de que declare que fui testigo y padrino del matrimonio de don Sebastián Herrera con Salomé Torres, lo cual no es cierto". Provisto el señor Orjuela de esa antorcha en tan tenebroso asunto, logró que de los trece testigos que aún no habían declarado, el mayor número expusiera que se hallaban en el mismo caso del testigo Rocha. En cuanto al presbítero Bustamante, desapareció, y a los testigos falsos se les siguió sumario que dio por resultado el condigno castigo.
Reunióse un jurado que no condenó a muerte a Gómez, sobre quien pesaban todas las probabilidades de ser el promotor y autor principal de ese doble crimen, encastillándose en la falta de |plena prueba, seguramente porque al delincuente se le pasó por alto llevar notario para que lo acompañara y diera fe de lo ocurrido, y se limitó a sentenciarlo a la pena de veinte años de presidio, que no alcanzó a sufrir, porque el indulto general por delitos comunes promulgado en el año de1863,lo puso en libertad. A Salomé Torres se le condenó a diez años de reclusión en Guaduas, donde murió.
