A cien metros de la Plaza de Bolívar, frente al Capitolio y a la iglesia de Santa Clara, vivía la señora doña María Josefa Fuenmayor de Litch, anciana descendiente de ilustre abolengo, viuda venerable, retraída, sin más trato con el mundo que el estrictamente indispensable para procurarse los víveres; entregada al misticismo inconsciente, como sucede a las personas que escogen ese género de vida por no tener oficio en sus casas ni |cacumen para comprender los goces que produce al espíritu el empleo del tiempo en verdaderas obras de caridad; poseedora de fortuna considerable, representada en fincas urbanas y rurales, de las que no se acordaba sino cuando llegaba el día primero de cada mes para cobrar los arrendamientos, que caían |al pozo de Donato de sus cofres, en donde quedaban condenados a encierro perpetuo.
Las únicas personas que hacían compañía a la señora Fuenmayor en su |Tebaida eran, una vieja que desempeñaba las funciones de cocinera, consejera y camarera, y una |china rabona, de diez o doce años de edad, indígena oriunda de Suba, |pur sang y estúpida en grado heroico y eminente, que vestía camisa escotada de lienzo, con ribetes de zaraza rosada, enaguas de la misma tela, hechas con los restos de vetustos |camisones que materialmente no podían continuar prestando sus servicios a su primitivo dueño, descalza de |pie y pierna, y al cuello el rosario de cuentas de coco, manufacturado en Chiquinquirá, con la cerdosa cabellera recogida en gruesa trenza que le caía sobre las espaldas, asegurada en el extremo con un |atadero. Cuando esta |doncella salía a la calle en el ejercicio de sus funciones domésticas, se echaba sobre la cabeza una mantilla vergonzante de |frisa negra (bayeta del país).
Nadie conocía en Santa Fe el interior de aquella casa excepto el confesor de la señora, que de vez en cuando iba a visitarla; pero a juzgarla por el exterior, no había duda de que allí debían tener segura y tranquila guarida, runchos, lechuzas, ratas y demás congéneres, amén de las telarañas que habían tomado de tiempo atrás posesión pacífica de todos los rincones de aquella que parecía casa de duendes; en cuanto al blanquimento de las paredes y barniz de los balcones y puertas, no había tradición de que se les hubiera retocado desde que se edificó aquella morada, por allá a principios del sigloXVI.Respecto a los usos y costumbres de sus habitantes, se barruntaba que por las noches debían extinguir el fuego del fogón, y que probablemente carecían de elementos para encenderlo, puesto que todos los días, después de las cinco de la mañana, salía la |china en solicitud de brasas, las que demandaba en la primer vivienda que abrieran, para volver a preparar el desayuno de su señora antes de que fuera a oír misa y de que volviera la cocinera con los víveres del día. Por lo demás, parecía más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja, que el que alguien pudiera penetrar en aquella casa misteriosa.
Para mejorar la comprensión de nuestro relato, haremos notar que por el frente del convento de Santa Clara, la casa que nos ocupa terminaba en una huerta, murada por el lado de la calle, con tapias de regular altura y separada del edificio por otra pared con puerta para comunicarse con el interior.
En una madrugada oscura de los últimos meses del año de1850,sintieron |espanto los moradores de la casa a la cual nos referimos; sin embargo, la cocinera, cuya opinión tenía gran peso, aseguró que el ruido sentido provenía de algún susto que los |runchos meterían a las gallinas.
A las cinco y media de la mañana se levantó la |china para ir a la huerta, como tenía de costumbre; pero apenas hubo corrido el cerrojo que daba seguridad a la puerta de comunicación, cuando le cayeron encima unos cuantos hombres, vestidos con ruanas de bayetón y cubiertas las caras con pañuelos de seda agujereados al frente de los ojos para tener libre la vista. Asegurada la |china, subieron a la alcoba en donde encontraron a la señora a punto de levantarse de la cama, y a la cocinera que la acompañaba: después de saludarla muy atenta y respetuosamente, deseándole los buenos días, le suplicaron que tuviera la amabilidad de terminar su |toilette, sin afanarse ni inquietarse por ellos, asegurándole que no tenían prisa y que ya les sobraría tiempo para tratar del asunto que les obligaba a hacerle esa visita en horas tan intempestivas.
Sin pérdida de tiempo, los visitantes abrieron la puerta de la calle, dejando cerrado el trasportón, detrás del cual se situó uno de ellos con la |china, a fin de que ésta contestara en el caso probable de que alguien fuera a buscar a la señora; precaución sapientísima, porque a las once de la mañana golpeó un inquilino con el objeto de pagar el arrendamiento de una finca: la indiecita le respondió desde adentro que su |seña Pepita había salido, y que no sabía cuándo volvería. En cuanto a la cocinera, la relegaron a la cocina, rebajándola al oficio de |marmitona puesto que aquellas gentes iban provistas de famoso cocinero, en previsión de las pocas aptitudes que debía tener la de la casa.
La señora Fuenmayor, más muerta que viva, continuó el arreglo de su persona, como es de suponerse, poniéndose las medias al revés, cambiando los zapatos y metiendo en ojales distintos los botones del jubón; se arregló a medias el peinado, se echó encima un pañolón y salió a la sala, que era la pieza contigua a la alcoba. Saludó a sus huéspedes, tosió para disimular el paso de saliva que la ahogaba, y les preguntó en qué podía servirlos. Uno de ellos le hizo profunda reverencia y con voz melosa le manifestó el positivo placer que sentían él y sus compañeros al gozar de su amable presencia; pero que antes de declararle el objeto del paso que daban, le rogaban les hiciera la merced de tomar su desayuno a fin de que no fuera a atrapar algún mal aire, y uniendo los hechos a las palabras, le presentó en una bandeja el pocillo de |cacao de harina, con una rebanadita de queso y exigua tajada de pan, pues parece que la repostería de la señora no estaba muy provista que digamos; hecho que notaron los visitantes, y acerca del cual tomaron sus providencias, como veremos más adelante.
DoñaMaría Josefa, atónita y creyéndose presa de alguna pesadilla, no sabía qué pensar de lo que le estaba pasando, aunque |si empezaba a maliciar que se las había con tunantes dispuestos a divertirse a su costa: luego tuvo la idea de que podrían envenenarla y así lo dejó comprender; pero parece que nuestros hombres la tranquilizaron, puesto que despachó a soplo y sorbo el chocolate y el pan, a fin de tener fuerzas para afrontar la borrasca que ya preveía como inminente.
Terminado el desayuno, uno de los visitantes rogó a la señora que los acompañara al oratorio, con el objeto de |ofrecer el día y de dar gracias a la Divina Providencia por los beneficios recibidos, especialmente en la noche anterior, lo mismo que por los que tenían seguridad de recoger en ese día memorable para ellos. Eran de oír el fervor y la devoción con que rezaba aquel marrullero y creemos que hasta doña María Josefa estuvo tentada a dejar estallar la risa que le retozaba, si se lo hubiera permitido la situación que ya empezaba a preocuparla.
Después de dar cumplimiento a esos actos religiosos, la volvieron a conducir a la sala, dándole el brazo, y quedó con ella únicamente el que parecía director de esos |señores. En aquel excepcional |téte a téte y mientras los demás se desperdigaron por toda la casa como hacen las |hormigas de ronda, sin dejar resquicio en que no se introdujeran; el galán manifestó a la señora la cuita que ella, y sólo ella, tan cristiana y tan amable, podía remediar para mayor honra de Dios y provecho del prójimo, proporcionándole en empréstito voluntario la insignificante suma de |veinte mil pesos, ofreciéndole devolvérsela |concienzudamente, tan pronto como mejoraran las condiciones pecuniarias, que lo tenían en el terrible trance en que lo veía.
Semejante peroración, acompañada de las especialísimas circunstancias que ya sabemos, produjo a la interpelada una elevación de sangre, que estuvo a punto de resolverse en congestión cerebral. Sin embargo, pasada la primera sorpresa y dándose otro atracón de saliva, después de la consabida |tosecilla, doña María Josefa manifestó al amable huésped la |pena que sentía, motivada por la impotencia material que la incapacitaba para hacerle el insignificante servicio que con tanta |donosura le exigía, y le ofreció, al mismo tiempo, pedirle a los santos de su devoción, que le hicieran ese milagro que no dudaba le alcanzarían en atención a su noble proceder, e hizo una descripción tan patética de su angustiada escasez monetaria, que cualquier otro que no fuera el bellaco que tenía delante, habría llorado a |moco tendido.
Entretanto y para aprovechar las primeras horas de la mañana, los cacos enviaron al cocinero, que era un negro, a que se proveyera de los elementos indispensables para que los regalara con opíparos manjares, duranre el tiempo que permanecieran como Ulises, en esa nueva isla de Calipso, secuestrados del mundo profano. A las diez avisó el negro que el almuerzo estaba servido: era de ver la precipitación de todos a fin de disputarse el honor de conducir a doña María Josefa a la mesa. Le sirvieron con acuciosidad y cortesanía tales, como sólo se ven en un almuerzo de recién casados. Por de contado que antes y después rezaron con estudiada gravedad las oraciones que en tales casos recitan las personas piadosas.
Después del almuerzo invitaron a la señora a tomar un rato de sol en la huerta, y le ofrecieron con galantería una que otra flor que espontáneamente lucía en esa tierra inculta. Terminado el paseo volvieron a la sala, en donde para matar el tiempo, le leyeron la vida del santo del día, en el |Año Cristiano que encontraron en la alcoba.
El |primer galán, que no la abandonaba ni un momento, entretuvo a doña María Josefa contándole historias y haciéndola reír con sus agudísimos chistes y crónicas escandalosas de la ciudad, y como en esos momentos dio en La Catedral el reloj la campanada de las doce se interrumpió poniéndose de pie para rezar el |Angelus en cuya salutación lo acompañó la señora.
A las cuatro de la tarde le sirvieron espléndida comida, después de la cual dieron otro paseo por la huerta de donde subieron con la señora a los altos de la casa en |silla de brazos, para que no se fatigara en la escalera que era algo pendiente.
Entrada la noche, prendieron los cirios que había en el altar del oratorio, donde rezaron el rosario mas circunstanciado que haya llegado a nuestro conocimiento; en el acto de contricción parecía que se iban a romper las costillas con los furibundos golpes de pecho que se daban; el ofrecimiento fue una pieza de elocuencia ciceroniana; los misterios debían ser compuestos, cuando menos, por Fray Luis de Granada; las letanías y antífonas pronunciadas en correcto latín; pero lo mas patético del cuento fue, sin duda, la oración por los agonizantes y en la que pedían todos los beneficios terrestres y celestes para su insigne benefactora doña María Josefa Fuenmayor de Licht.
A las nueve de la noche festejaron a la señora con una colación exquisitamente preparada; rezaron las oraciones de costumbre en esos casos y la obligaron a que se recogiera en su cama, permitiendo a la cocinera que entrara a la alcoba para que ayudara a desvestir a su ama. Apenas se acercó la sirvienta y se vio sola con ella por breves instantes, le dijo dando un suspiro salido de los íntimo de su corazón: "¡Ay María, en qué pararán estas misas!" La fiel sirvienta, aterrada y confusa por demás, sólo tuvo tiempo de contestarle con un suspiro de igual procedencia: "¡Ay mi señora de mi alma, siempre he oído decir que detrás de la cruz está el diablo!"
Hacia la madrugada del día siguiente encerraron a la señora, con las dos sirvientas, en la alcoba que tenía ventana para la calle y salieron de la casa por la puerta. Parece que los visitantes tuvieron intención de continuar la visita, puesto que volvieron a entrar hasta la sala contigua a la alcoba; afortunadamente la señora había tenido la precaución de echar la aldaba que cerraba la puerta de esa pieza, y al sentirlos de nuevo en la sala, salió al balcón gritando socorro! Los huéspedes no se lo dejaron decir dos veces y huyeron.
La noticia del |asalto a la señora Fuenmayor circuló en el acto en Santa Fe, lo que dio lugar a que la autoridad y los amigos fueran a verla; pero ella se obstinó en afirmar que nada le habían quitado, porque no tenía dinero ni cosa parecida. Aseguraba con la mayor sencillez, que la habían tratado con urbanidad y atención más exquisitas; y que a no ser por |cierto temor que le infundieron sus desconocidos huéspedes desearía volver a estar en medio de tan amables cuanto buenos cristianos y caballeros, aunque fuera para que le enseñaran los misterios del rosario, los que decía eran primorosos.
La sociedad señalaba con el dedo a los autores de aquel crimen que no pudo castigarse, por el constante cuanto incomprensible empeño de la parte ofendida, para que no se aclararan los hechos.
¿Se nos preguntará el medio de que se valieron los ladrones para introducirse en la casa de a señora Fuenmayor?
Delmás expedito: llevaron escalera para apoyarla en las paredes de la huerta de la casa; subieron los que debían entrar y otro se llevó la escalera. Eso y mucho más podía emprenderse en Santa Fe, por la carencia absoluta de policía y alumbrado.
Algunos años después murió doña María Josefa, legando su fortuna para que se empleara en obras de piedad. |Requiescat in pace.
