Don Andrés Caicedo Bastida, opulento señor territorial de su tiempo, tipo perfecto de hidalgo castellano, esclavo de su palabra, en términos que se estimaba en más una promesa suya que la más sólida escritura pública, estaba unido en matrimonio con la estimabilísima matrona doña Evarista Quijano, también de noble estirpe. Habitaban en su casa solariega, la misma que hoy ocupa el Noviciado de las Hermanas de la Caridad, en la esquina sur del Palacio de San Carlos, a virtud de donación hecha por la sobrina de la señora de Caicedo, a la cual el mundo conoció con el nombre de la señorita Elena Quijano, y que en el hospital de San Juan de Dios se llama hoy la Hermana María del Carmen.
La Providencia, en sus inescrutables designios, no concedió hijos a ese matrimonio modelo, sin duda con el fin de facilitarles las constantes obras de caridad y misericordia en las cuales empleaban su tiempo y dinero: tenían, pues, derecho a esperar de sus semejantes, sentimientos de respeto y gratitud, y por lo mismo, vivían tranquilos en su casa, muy ajenos de lo que les iba a suceder.
El9de abril de1851,después de las cinco de la mañana, llamaron a la puerta de la casa del señor Caicedo; el sirviente Hilario preguntó dentro del zaguán ¿quién va? La policía, le contestaron desde afuera. Dio parte a su señor acerca de lo que ocurría, y éste le ordenó que abriera e introdujera a los que golpeaban, y les rogara que le permitieran un momento, mientras se levantaba y vestía.
Abierta la puerta, se abalanzaron sobre Hilario los que entraron al zaguán, volvieron a cerrar el portón y se distribuyeron en seguida por las habitaciones. Al señor Caicedo y su esposa los sorprendieron en el lecho, y al primero le arrojó el zapatero Escolástico Martínez, uno de la cuadrilla, un puñado de cal en los ojos e inmediatamente lo arrancaron de los brazos de la señora para conducirlo a otra pieza. A Hilario y tres sirvientas los separaron y retuvieron en piezas distintas, ordenando a la cocinera que entregara al llamado Jacobo Chacón lo necesario para que este les preparara las comidas que pensaban consumir en esa casa. Si el sistema empleado por los ladrones con la señora Fuenmayor, fue el de la más refinada burla e hipocrecía, en el atentado de que tratamos pusieron en practica las mas odiosas crueldades e infamias.
Ofrecieron a sus indefensas víctimas el almuerzo preparado por Chacón: felizmente estas rechazaron la invitación, librándose así de inevitable muerte, a causa del veneno puesto en los alimentos.
No satisfechos con el dinero y alhajas que encontraron en los muebles, dieron tormento al señor Caicedo, quien no podía ver, a causa de la irritación producida en los ojos por la cal que le echaron, para que les dijera en donde tenía más valores, y ya estaban a punto de asesinarlo, cuando los bandidos oyeron la señal de alarma convenida entre ellos y sus cómplices de fuera; en el acto salieron de aquella morada, llevándose más de doce mil pesos en dinero y alhajas, y entre otras cosas, |un trabuco de bronce con el nombre del dueño de la casa saqueada.
El señor Caicedo tenía invariable costumbre de ir todos los días después de oír misa, a la casa de su anciana madre; pasada la hora en la cual hacía esa visita sin tener esta lugar, se inquietó la señora, y con aquella especie de intuición que no engaña al corazón de las madres, dijo a una de sus hijas que fuera a ver qué novedad grave había sucedido a su hijo, porque sólo alguna desgracia podía impedir tan piadosa costumbre; a esa solicitud maternal debió la vida don Andrés y probablemente los demás miembros de su hogar.
La persona enviada llegó a la casa y golpeó en la puerta de la calle; pero los de adentro le contestaron que el señor Caicedo y su señora |se habían ido a pasear al campo; observó por entre el ojo de la cerradura, y vio que las piezas de la casa estaban abiertas y que varios hombres se paseaban por los corredores.
A ese tiempo llegó don Fernando Caicedo, primo de don Andrés, sorprendido de no haberlo visto en ese día como de costumbre; no quedándole duda acerca de las fundadas sospechas que tenía de que en esa morada pasaba algo extraordinario, se dirigió hacia el palacio presidencial en solicitud de fuerza armada, y la otra persona fue a dar aviso a la madre del señor Caicedo de lo ocurrido: pero no bien se retiraron, cuando salieron los bandidos en partidas hacia la iglesia del Carmen, cruzando en distintas direcciones. Uno de ellos entró a la botillería situada debajo de la casa de propiedad de la familia Herrera, en la esquina que da frente a dicha iglesia, donde tomó mistela, que no pagó, porque dijo que no llevaba dinero, y suplicó a la ventera que le guardara un trabuco de bronce que dejó sobre un poyo cubierto con la estera que allí había.
Momentos después llegó a la tienda el artesano marido de la botillera y le refirió la noticia del asalto y saqueo hecho en ese día en la casa del señor Caicedo; la mujer, a su turno, le contó lo ocurrido con el de la mistela, mostrándole la prenda que había dejado. No les quedó duda de que se las habían con alguno de los actores del asalto, e inmediatamente dieron parte a la policía; se abrigaba la esperanza de que el desconocido volviera por el trabuco o enviara por él.
La autoridad procedió en esta vez con laudable actividad y acierto: situó convenientemente hombres armados, previa precaución de vestirlos con trajes de gentes de pueblo, a fin de no llamar la atención en esas entonces solitarias calles, e hizo que el artesano se ocultara en su tienda por lo que pudiera ocurrir, dándole instrucciones precisas acerca del modo de proceder.
A las cuatro de la tarde se presentó en la botillería un joven vestido de ruana y alpargatas, bien parecido; preguntó por la |patroncita y al salir ésta a la puerta le dijo que iba de parte del |niño Ramón Mendoza por un |chismecito que !e había dejado empeñado, y que estaba debajo de la estera del poyo. La mujer le contestó en el tono mas natural del mundo, que era muy cierto lo que le decía pero como no tenía el gusto de conocerlo, no podía entregarle la |escopeta; que le dijera al |niño Ramón que ojalá fuera por eso antes de la noche, porque su marido era muy celoso y le pegaría si llegaba a saber que había recibido la visita de un hombre. El mensajero se despidió para ir a darle el recado a su patrón.
Mas de ocho horas mortales permanecieron los bandidos en la casa del señor Caicedo, entregados a brutales e infames excesos: una vez separadas las víctimas de aquellos miserables, no les quedó ni el recurso de quejarse, porque les amarraron pañuelos en la boca a fin de que no gritaran. A don Andrés lo tenían atado, a medio vestir, oyendo los sarcasmos y burlas con que los ladrones se divertían en atormentar a su dinga esposa y a los domésticos, y lo que era peor, colocado en la terrible angustia de temer por su vida y por la de todas las personas que formaban su hogar amenazado de irreparable catástrofe. En el mismo instante en el cual iban a consumar el sacrificio de tan digno caballero, oyeron sus verdugos la señal de alarma.
Las primeras personas que entraron después de que se fueron los ladrones encontraron a los moradores de esa casa en la más deplorable situación, pero al menos supieron que todavía vivían. El señor Caicedo tuvo que hacer, sin fruto, un viaje a Europa, con el objeto de recuperar su salud perdida con motivo de la cal que le echaron en los ojos. La señora Quijano tenía grande aprecio por el anillo de brillantes que le había regalado su esposo antes de su matrimonio, y todas las noches antes de acostarse lo ponía sobre una cómoda, cubierto con una vitela en la cual estaba representada Nuestra Señora de los Dolores: no tocaron los ladrones aquella prenda.
Hasta entonces, la compañía de salteadores que algún tiempo atrás tenía alarmada a Santa Fe, se había contentado con la bolsa de los saqueados; pero como "el delito engendra al delito", ya empezaban a exigir la bolsa, la vida y el honor.
La indignación que se apoderó de los habitantes de la ciudad habría podido resolverse con la ley Linch, si en esa época se hubiera tenido noticia de ella: pero en ese día nefasto, contrajo el bandido Ignacio Rodríguez esponsales con la muerte, los cuales debía elevar pronto a la categoría de matrimonio sobre el cadalso, digno altar para semejante vándalo.
A las siete de la noche llegó nuestro hombre a la botillería, saludó con exquisita urbanidad y suplicó a la ventera que le sirviera dulce y bizcochos, los despachó tranquilamente y preguntó cuánto debía por lo que acababa de tomar y por el |trago de mistela que le había fiado esa tarde.
A |real y medio ascendía la cuenta, para pagar la cual, sacó una rica bolsa de seda verde, llena de dinero, la que extendió sobre el mostrador y, mientras sacaba las monedas, dijo que le alcanzaran su prenda: en el mismo instante salió de detrás de la estantería el artesano con el |trabuco, y aparecieron en la puerta cuatro policías, armados con carabinas, todos apuntando a la cara del bandido. Este trató de atacarlos puñal en mano; pero comprendiendo la inutilidad de toda resistencia, se resignó a dejarse apresar.
Los policías dieron parte de que habían aprehendido al |niño Ramón Mendoza, con el trabuco del señor Caicedo: se equivocaban, la presa tenía un valor inmenso. Ignacio Rodríguez, el terrible jefe de ladrones en cuadrilla, había caído en poder de la justicia, que en esa vez se hizo sentir a la altura de su sagrado misterio
La situación de Santa Fe durante la temporada de los crímenes cometidos por la compañía de ladrones, en los años de1810y1851,debe llamarse, sin exageración, del terror, y sólo se puede comparar a las épocas en que se exhibieron en toda su fuerza, Robespierre, en Francia, y Morillo entre nosotros.
Cada casa de la ciudad se convirtió en una fortaleza, y se adoptó la cotumbre de los monjes del monasterio de San Sabas, en la Palestina. Las puertas de la calle no se abrían sino después de las siete de la mañana, previa la precaución de asomarse a los balcones y ventanas, a fin de cerciorarse de que no había peligro inmediato de bandidos; las habitaciones estaban provistas de campanas que se comunicaban con las casas vecinas, y durante la noche se oían por todas partes detonaciones de armas de fuego disparadas para ahuyentar a los salteadores. El paso de un ratón, el traquido de un mueble, o el accidente más insignificante, producían entonces el pánico y alarma consiguientes a la exitación nerviosa en la cual se vivía. El primer cuidado al levantase era darse mutuas felicitaciones por haber pasado la noche sin novedad, y enviar los criados a casa de los parientes con el objeto de informarse de cómo había amanecido, ni más ni menos que si se estuviera bajo el flagelo de mortal epidemia.
Además, había la preocupación de que en la tenebrosa compañía figuraban personajes de relativa elevada posición, en prueba de ello se citaba el hecho del asalto a la casa de las ancianas señoras Prietos Espinosas, ubicada en la carrera3ª,entre las calles 9ª y10ª,que lindaba por el sur con la morada de un vecino desde la cual se podía ver y oír lo que pasara en las habitaciones de dichas señoras, donde los ladrones permanecieron un día y una noche, torturándolas para que declararan el lugar en que estaban ocultas las supuestas riquezas que aquéllos codiciaban, y sin embargo aquel vecino aseguró que nada irregular había observado en la casa asaltada.
Felizmente para aquella angustiada sociedad, se relajó entre los socios de la terrible compañía el único lazo de unión que deja vivir en paz a los que se dedican a tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño.
Si en todo tiempo y lugar es necesaria e indispensable la ley de la equidad y la honradez, entre los ladrones es punto capital, y el |sine qua non de su existencia, la escrupulosa fidelidad en el reparto de los dividendos que corresponden a cada socio.
Hasta que se cometió el robo de los veinte mil pesos en la tienda de Alsina, todo marchó viento en popa entre aquellos bribones; pero al verse en posesión de aquella gran cantidad de dinero, los tentó el diablo, quien inspiró a los jefes el para ellos buen deseo de especular con sus socios activos, mermándoles el haber de lo que |legítimamente les correspondía como ganancia en las hasta entonces felices aventuras. ¡Extraña propiedad tiene el oro! Es un metal que no se oxida y por antítesis es el más poderoso elemento de corrupción.
A Manuel Ferro, el astuto herrerito que embaucó y adormeció al desconfiado español, el que hizo con admirable habilidad y precisión las llaves que corrieron como por encanto las inextricables guardas de las cerraduras, dejando así abierta la puerta que encerraba aquel |dorado de que se apoderaron, se le consideró para los efectos del reparto, como a socio honorario, y únicamente le dieron diez onzas de oro, con el pretexto de que no había concurrido al lugar de la acción. Ferro recibió lo que le dieron sin duda siguiendo el aforismo que dice, del lobo un pelo; pero para sus adentros resolvió entablar juicio por lesión enorme ante su capitán, amenazándolos con que los denunciaría a la justicia, si perdía la instancia.
En una tarde de los últimos días del mes de abril de 1851(el24),platicaban cuatro hombres vestidos como la gente del pueblo, en la esquina sur del entonces |Molino del Cubo hoy puente de Santanderal frente de una chichería situada debajo de la casa que perteneció al doctor Emilio Macías Escobar: el asunto de que trataban debía de ser de grande importancia para esos sujetos, pues que acompañaban sus palabras con ademanes, ora enérgicos, ora afables. La ventera conocía a tres de ellos, porque eran los molineros del molino inmediato, y constantemente se proveían en su tienda de los comestibles y demás artículos que daba a la venta.
Entrada la noche, llegó otro personaje vestido de bayetón, sombrero de fieltro y varita en la mano, y al aproximarse a los expresados disputadores, fue saludado con señales de respeto y estimación, llamándolo |doctor: éste tomó parte en el asunto en que se ocupaban los que parecían sus inferiores, y de vez en cuando se le oían las palabras |arreglo Manuelito, pacíficamente en mi casa. Al fin parecía que había terminado toda diferencia entre aquellos individuos, puesto que todos, menos el |doctor, entraron a la chichería. tomaron del licor amarillo y pidieron un vaso de chicha para el |doctor, al cual se lo sirvieron afuera, sobre un plato de loza. Terminadas las libaciones, se encaminaron hacia el Oriente, hasta la esquina de |Cara de Perro para de allí dirigirse hacia el sur, después de que se les separó el último personaje, hasta llegar a la esquina de la antigua |Cajita del agua, cinco cuadras arriba de la Plaza de Bolívar, calle10.
Allí, en la esquina noroeste, había otra chichería cerca de la cual volvieron aquellos hombres a continuar la discusión del asunto que los preocupaba, y entró alguno de ellos repetidas veces a la tienda con el objeto de proveerse de licor y copas para distribuir a sus compañeros. La conferencia se animaba cada vez más, y al fin volvieron a deshacer el camino hecho, hasta llegar al frente de la puerta de la casa que habitaba el doctor José Raimundo Russi, situada hacia la mitad de la cuadra, carrera 2ª,comprendida entre las cales10y 11. Allí tomó la discusión el carácter de animada disputa en que compelían tres de ellos, al que llamaban Manuelito Ferro, para que entrara a la casa; pero a la resistencia obstinada que este oponía, se sucedió un confuso e instantáneo tumulto, del cual salió un grito de angustia en que se pedía socorro y se añadía: |¡me asesinan, el doctor Russi y los demás ladrones!
De aquellos cinco hombres, tres huyeron hacia el norte, uno se entró a la casa, y otro quedó tendido en el suelo inmediato a la puerta de la misma, dando ayes prolongados y lastimeros.
Este hecho era resultado del conocimiento que tuvieron los Jefes de la compañía de la amenaza de Ferro, por lo cual se resolvió en |junta general de accionistas, hacer terrible ejemplar en el presunto traidor.
La situación empezaba a complicárseles, y lo que era más grave aún, el general en jefe, el atrevido capitán, el brazo y músculo de la compañía, había caído miserablemente por la ridícula codicia de recuperar un trabuco viejo. Era de todo punto indispensable |moralizar los heterogéneos elementos que componían la banda, que ya manifestaban tendencias a la disgregación, o todo estaba perdido.
Primero resolvieron convidar a Ferro a tomar en |Los Laches un piquete de papas chorreadas, en el que, a fin de envenenarlo, pondrían arsénico en el queso; pero uno de los socios previno al herrero, quien no aceptó la invitación; después acordaron proponerle un arreglo amistoso, para lo cual lo citaron en la esquina del |Molino del Cubo los molineros Nicolás Castillo, Vicente Alarcón y Gregorio Carranza. Ferro se prestó, aunque desconfiaba de sus cómplices, a concurrir a la conferencia propuesta, en la inteligencia de que sólo ellos irían a la cita. Ya hemos visto que, simulando un hecho casual, llegó el doctor Russi y tomó parte en la discusión, hasta que logró convencer a Ferro de que fuera a su casa a terminar amigablemente el asunto: éste accedió, con intención de no pasar en ningún caso del umbral de la puerta, puesto que tenía creencia de que si llegaba a entrar a esa casa no saldría vivo.
Antes de llegar a la chichería, situada en la esquina de la |Cajita del Agua pasaron por la casa de Russi; pero no estaba en su plan hacer entrar a Ferro, hasta no ver si lograban llevarlo a un sitio más retirado, y, sobre todo, después de que lograran embriagarlo, con el objeto de |suprimirlo con más facilidad.
La presunta víctima, que sabía entre qué gente estaba, continuó el arreglo en la calle, al frente de la chichería, y cada vez que le ofrecían licor lo tomaba en la boca para arrojarlo con disimulo por debajo de la ruana, porque sabía de cuánto eran capaces sus compañeros. Notando éstos la desconfianza de Ferro, viendo que eran las siete y media de noche oscura, y que el sitio, que ellos creían solitario en absoluto, era propicio para la terminación del negocio que los preocupaba, resolvieron comprometerlo con ruegos y suplicas, a fin de que entrara a la casa del |doctor, para evitar escándalo en la calle o que pudieran oírlos. En consecuencia, se dirigieron hacia la casa, deteniéndole a cada paso que daban, pues a ello los obligaba el andar vacilante paso que daban, pues a ello los obligaba el andar vacilante del herrero: al fin llegaron a la puerta y le instaron los demás a media voz para que entrara; pero no pudiendo vencer la resistencia de aquél, lo apuñalearon sin piedad.
Creían hallarse solos en esas abandonadas y lóbregas calles, pero se engañaban: en la casa contigua vivía la señora Rafaela Escanden, quien oyó todo.
Seguros los asesinos de que Ferro quedaba |in extremis, se dispersaron y se dirigieron, Castillo, Carranza y Alarcón, hacia el |Molino del Cubo, el doctor Russi entró a su casa y cambió el traje que llevaba por el de capa española con cuello de piel de perro y sombrero de felpa grises, y salió a la calle por la puerta |excusada; llegó a la tienda de la señora Natividad Cheyne, debajo de la casa que fue del doctor José Ignacio de Márquez, en la esquina occidental que da frente a la iglesia de La Candelaria, y pidió medio real de tabacos, que no se esperó a recibir, siguió hasta la esquina de la Casa de Moneda, y de allí cruzó hacia el Norte, a fin de bajar por la calle de la |Rosa Blanca (calle 12).
Al pasar por frente de la casa que ocupaba el señor Carlos Michelsen, y que es propiedad de la familia de don Diego Uribe, vio un caballero con quien no tenía ningunas relaciones y sin embargo lo saludó con marcada atención, diciéndole: "Adiós, señor doctor Wenceslao Uribe Angel". Este manifestó al sujeto que lo acompañaba, la extrañeza que le causaba aquel inesperado saludo. Pasó rozándose con los señores Domingo Cuevas, Francisco Antonio Uribe y Federico Rivas; siguió en dirección occidental hasta la esquina de la calle de Florián, y cruzó hacia el sur, para entrar en seguida a la botica que entonces pertenecía al doctor Juan Roel. Saludó al dueño de la botica, y sin más preámbulo le preguntó la hora. Van a ser las ocho, le contestó el boticario, que era hombre reposado y en ese momento se ocupaba en la confección de unas pildoras. Russi le observó que el reloj de la botica estaba adelantado; pero Roel, sin dejar su oficio, le replicó que esa misma tarde lo había arreglado. No satisfecho aún Russi con la respuesta del boticario, preguntó la hora al señor Melitón Ortiz, que en esos instantes se hallaba allí de contertulio. Este sacó del bolsillo un magnífico cronómetro, enseñó la muestra, y dijo: "van a ser las ocho". Aún insistía Russi en la pretensión de que esos relojes estaban adelantados, cuando sonó la campanada de las ocho en la torre de La Catedral, y en seguida se oyeron las bandas de cornetas y tambores que pasaban por la plaza, tocando la retreta, hecho hacia el cual le llamó la atención Roel, en prueba de que su reloj marchaba bien. Russi no replicó y permaneció de pie, dando la espalda al mostrador sobre el cual estaba recostado.
Momentos después llegó a la misma botica una mujer jadeante, en solicitud de auxilios médicos para el |niño Manuelito Ferro, a quien decía habían herido.
¿Y quién ha podido herir a mi amigo Manuelito Ferro?, la interpeló Russi, sin esperar a que terminara su relato.
El dice que los ladrones del |Molino del Cubo, contestó aquélla.
¿Luego habló? dijo Russi inconscientemente. Fatales palabras en que se fijaron Roel y Ortiz.
La emisaria advirtió a Roel que apurara, porque de no, cuando fuera ya estaría muerto Ferro.
Viendo Roel que Russi no daba aparentes señales de inquietarse por la noticia, dijo a éste como para llamarle la atención:
¿No ha oído, doctor, que esta mujer dice que los ladrones han herido a un hombre en la puerta de la casa de usted?
¿Y a mí qué me importa?, replicó Russi.
Pero la mujer instaba con ahinco para que fueran a socorrer al herido, y era preciso tomar alguna resolución. Roel parece que no era muy valiente; pero preciso es confesar que entonces había razón para tener prudencia: ¿No afrontaba un peligro grave yendo solo, a tales horas, en aquellos tiempos y por lugares casi solitarios? Al fin se decidió a proponer a Russi que fueran juntos: este vaciló al principio, pero concluyó por aceptar la invitación sin ocultar la repugnancia del paso que iba a dar.
La mujer se adelantó, y Roel y Russi emprendieron camino sin vacilar, hasta la esquina occidental de la Plaza de Bolívar, debajo de la casa del señor Manuel Samper; llegados a este punto, Roel. tomó, como era natural, hacia el Oriente, a fin de dirigirse a la casa de Russi, que era el sitio en el cual creían se hallaba el herido; pero aquél detuvo a su compañero y se puso a demostrarle que el camino más corto para llegar al punto objetivo, y también el más concurrido, era por la diagonal de la plaza, para después subir por San Bartolomé y cruzar de la |Cajita del Agua, media cuadra hacia el Norte. Aun cuando tal pretensión le pareció un adefesio a Roel, se dio por convencido y siguió con Russi hasta llegar frente a la casa del doctor Rufino Cuervo, la misma que hoy ocupa la cervecería Montoya. Allí se encontraron con el jefe de la policía, Manuel Góngora Córdoba, quien bajaba acompañado de varios gendarmes en busca de Russi. Al reconocerlo, le intimó que pasara al centro del pelotón, y le dijo, sin preámbulos: "Siga usted preso". Russi obedeció diciendo: "Vamos, pues", sin inquirir el por qué de su prisión.
Roel continuó su camino y encontró al herido, no enfrente de la casa de Russi, sino en su morada, media cuadra arriba de la citada |Cajita de Agua, adonde lo habían conducido.
Decididamente el doctor estaba de malas en esa para él funesta noche: tiende una trampa para coger descuidado al que deseaba sacrificar, y la víctima descubre las tramoyas; cree que cinco puñaladas, científicamente aplicadas, pueden hacer instantáneamente de un hombre un cadáver, y ese hombre se resiste a morir hasta tanto que haya hecho espantosas revelaciones; ejecuta movimientos estratégicos como los de un Federico el Grande, con el fin de probar la coartada, y establece la demostración de la ruta que recorrió el sacrificador después de su delito; escoge para hacerse visible la localidad que reunía mayores probabilidades de que en ella no se le buscaría, y a esa misma localidad van a pedir auxilio para quien él creía ya difunto; trata de fijar la hora propicia para sus planes de impunidad, y todo se conjura para hacerle ver que, a menos de milagrosa |bilocación no podía hallarse a un mismo tiempo en dos lugares distintos; elige contra la opinión de su acompañante, el camino que creía más a propósito para la realización de sus proyectos, y en esa vía cae bajo la mano de la justicia.
Para algunos, las circunstancias que dejamos apuntadas se llaman coincidencias; pero nosotros no podemos menos de reconocer en esto la mano de Dios!
Al mismo tiempo que la mujer fue a solicitar auxilios a la botica de Roel, otra se dirigió a la policía a dar el denuncio del crimen: allí encontró al doctor José María Maldonado Castro, jefe político, quien en esos momentos se ocupaba en dar instrucciones al jefe de la policía, coronel Manuel Góngora Córdoba, para la tarea que durante ese tiempo tenían las patrullas que recorrían la ciudad. Sin pérdida de tiempo se encaminó la autoridad al lugar indicado, enviando a la vez una partida a órdenes de Góngora en busca de Russi después de haber oído a Ferro.
Llegado que hubo el jefe político a la habitación de Ferro lo encontró rodeado de la madre, la esposa y los hijos. Al verlo, el herido le dijo con entereza: "Ah, doctor Maldonado! ya ve cómo me han puesto el doctor Russi y los ladrones molineros Castillo, Carranza, Alarcón; yo fui quien le escribió el denuncio anónimo, del que usted no hizo caso".
Ocasionalmente pasó por allí el entonces capitán don Antonio R. de Narváez, quien en vista de lo ocurrido se prestó espontáneamente a escribir las primeras diligencias e importantísimas declaraciones de Ferro.
Bajo juramento, después de confesado, y en la persuasión de que moriría infaliblemente por consecuencia de las heridas que lo tenían postrado, declaró el herrero:
Que de las cinco puñaladas mortales que recibió al frente de la casa de Russi, éste le asestó la primera, la que tenia encima de la clavícula izquierda, y que había cortado el pericardio y picado el vértice del corazón; que Castillo Carranza y Alarcón le dieron las otras, y que si los iban a buscar a esa hora los encontrarían en el molino. Refirió minuciosamente todos los crímenes cometidos por la compañía de que eran jefes principales José Raimundo Russi e Ignacio Rodríguez; recomendó a la autoridad que celara a los dos Valbuenas, miembros del cuerpo de policía, quienes dejaban salir durante la noche a los socios presos, para que después de tomar parte en las excursiones, volvieran a la prisión en cumplimiento de la palabra empeñada.
Como uno de los médicos que lo asistía manifestara la idea de que ese hombre podía estar ebrio, pues trascendía a licor, el herido manifestó que estaba en su entero y cabal juicio, y que si olía a anisado consistía en que había escupido por debajo de la ruana el licor que le daban sus asesinos para embriagarlo.
En fin, después de dar a la justicia todos los datos y señales conducentes al esclarecimiento de los hechos criminosos que hacía más de un año tenían en Santa Fe en potro de tormento, expiró a la madrugada del día siguiente, ratificándose, sin contradecirse ni una sola vez, en las cinco declaraciones que dio en el curso de la noche, la última después de recibir el Santo Oleo, y que sirvieron para descubrir las tramas, y la mayor parte de los bandidos.
El mismo día que murió Ferro, la policía expuso el cadáver al frente de la casa consistorial, con el siguiente letrero fijado sobre un poste:
"La autoridad exhibe el cadáver de Manuel Ferro con elobjeto de que los buenos ciudadanos puedan dar los datos que sepan acerca de él, y de los motivos que influyeron para su muerte violenta".
Uno de los que concurrieron primero a ver el muerto, fue nuestro antiguo conocido español don Juan Alsina: al reconocer allí, de cuerpo presente, a su herrerito, se le renovó la mal cerrada herida ocasionada por el robo de las mil onzas de oro, y sin poder reprimirse se dirigió al difunto y le increpó en el tono más airado imaginable:
jAh, demonio! Dónde está mi dinero? ¡Lástima que te hayan muerto, porque si no tendría el gusto de ahorcarte! Los circunstantes que no estaban inmediatos a Alsina y oían los gritos, se persuadieron de que el dolor por el fin trágico de Ferro había trastornado el juicio del que creían su amigo.
A las cinco de la tarde del veinticinco de abril estaban presos la mayor parte de los jefes y socios activos de la compañía de bandidos: en cuanto a los socios |honorarios no cayeron entonces en poder de la justicia, gracias a la |lealtad de los compañeros que no lo denunciaron.
La autoridad siguió las indicaciones del moribundo Ferro, y puso en claro todos los crímenes de la cuadrilla, lo que fue prueba evidente de la cordura del juicio de aquel desgraciado.
La diligencia del reconocimiento del cadáver de Ferro tuvo lugar a la Jefatura Política. El muerto yacía al frente de la puerta de la pieza interior; la puerta estaba cerrada y el jefe político hablaba con Russi junto a ella: de repente la abrió aquél y apareció Ferro tendido. Al preguntarle a Russi si conocía ese cadáver, palideció y exclamó en estilo elegíaco: "Oh, sí! este era mi amigo Mauelito Ferro; supiera yo quién lo sacrificó para denunciarlo a la justicia ¡"
En breves días se instruyó el voluminoso sumario en que se estableció la culpabilidad de Russi, Castillo, Alarcón y Carranza por el delito de asesinato perpetrado en la persona de Ferro; la de Ignacio Rodríguez, como Jefe de ladrones en cuadrilla, y la de sus demás compañeros, entre quienes se contaban los Valbuenas, agentes de policía
En obsequio de la verdad, debemos decir que si no se obtuvo la |plena prueba exigida en Derecho respecto de Russi, fue tal el cúmulo de indicios, coincidencias y sospechas que recayeron sobre ese hombre, que el Jurado no pudo menos de condenarlo, como veremos más adelante.
Ocupados los papeles de Russi, se encontraron en el minucioso |Diario que llevaba de su vida, escritas algunas partidas en cifra fácil de traducir, porque todo se reducía a emplear puntos, de unoacinco, para sustituir las respectivas vocales. Allí constaban las relaciones que, de tiempos atrás, mantenía con los individuos que en esos momentos estaban enjuiciados por los delitos de asesinato y robo. Se hallaron papelitos en que estaba escrito en cifra y en letra del mismo, lo siguiente: "Primer año de mi vida enmendado"; "Proyecto de la viuda de Ordóñez". Este último fue una tentativa de robo que se les frustró, pero que debemos relatar.
El señor Joaquín Gómez Hoyos, poseedor de fortuna considerable, vivía con su familia en la casa situada una cuadra más arriba de la Rosa Blanca, la misma que es propiedad del señor Félix Ricaurte.
En una mañana de los últimos días de febrero de 1851,se presentó en la casa del señor Gómez un hombre de apellido Bernal, con el objeto de ofrecerle que compondría una cañería mediante el pago de unos pocos pesos; pero que para ello sería indispensable arreglar el agua de otra casa, media cuadra al norte de La Moneda, perteneciente a la familia Castillo, adviniéndole la facilidad que había en procurarse la llave, por cuanto dicha casa estaba desocupada. Don Joaquín aceptó la oferta, y en consecuencia, solisitó y obtuvo la susodicha llave: el supuesto fontanero dio principio a los trabajos y destapó el arco debajo del cual pasaba el caño conductor, con cuya operación quedaron comunicadas las dos casas por las respectivas huertas.
Durante el tiempo en que se ocupaba Bernal en los trabajos aludidos, se presentó Russi en la casa del señor Gómez con el objeto aparente de pregutar" "si había fierro para vender", lo que equivalía a buscar pan fresco en alguno de los bancos de la ciudad.
En otra ocasión volvió Russi a la misma casa, y como al entrar encontrara a una de las señoritas Gómez, ésta lo invitó para que subiera, cosa que rehusó aquél, diciéndole con las maneras insinuantes que le eran peculiares que el objeto de su presencia allí no era otro sino el de hablar con Bernal, y sin esperar más invitaciones, se entró al interior de la casa hasta encontrar a quien buscaba. En el mismo lapso de tiempo recibió el señor Gómez recado a nombre de. la señora doña Manuela Caro de Ordóñez, que vivía en la casa hacia el Occidente, contigua a la de don Joaquín, con el objeto de manifestarle que ya estaba componiendo la cañería de su casa, ella deseaba hacer lo mismo, para lo cual le rogaba que permitiera a Bernal se encargara de toda la obra. Don Joaquín encontró muy razonables los deseos de la señora Caro, con quien lo ligaban relaciones cordiales de amistad, y en tal sentido fue la respuesta que dio.
Sin embargo, los trabajos parece que iban más despacio de lo que se creía y al fin resolvió el señor Gómez hacer una inspección de ellos. De la cañería apenas había proyecto; pero sí estaban en comunicación por las respectivas huertas, las tres casas, por agujeros practicados en las paredes con el pretexto del arreglo del agua; de manera que con la llave de la casa desocupada de los señores Castillos, se podía llegar hasta la de la señora Caro. Alarmado el inmediatamente interesado con semejante descubrimiento, ordenó a su hijo Teófilo que pasara donde la expresada señora y le hiciera presente, que visto lo peligroso de la situación y que la obra no adelantaba, había resuelto despedir al obrero y hacer tapar los agujeros de las paredes, y que le expresara, al mismo tiempo, la pena que sentía al verte obligado a contrariar los deseos de la señora.Esta contestó inmediatamente el recado recibido, diciendo que lejos de haber solicitado la aquiescencia del señor Gómez, era ella quien había recibido recado de don Joaquín para que permitiera que por su casa se arreglara la tal cañería.
Descubierto el plan, se contentó don Joaquín con tomar precauciones a fin de poder dormir tranquilo: la señora de Ordóñez no se creyó segura hasta que puso de por medio el Atlántico.
Al rondar la casa de Russi, se supo que allí había habitado hasta el día nueve de abril de ese año, fecha en que tuvo lugar el asalto a la casa del señor Caicedo, |Ramón Mendoza, alias |Vicente Pérez, alias |Ignacio Rodríguez, quien dejaba por donde quiera que pasaba una estela luminosa de nombres, todos ilustrados con notables hazañas. En la casa se encontró la capa raída que solía llevar aquél en algunas de sus excursiones y los diversos sombreros que llevaba en las campañas.
Nunca pudo averiguarse con certeza quién fuese ni de dónde procediera hombre tan terrible y misterioso: era muy sociable e insinuante, gustaba de cultivar relaciones con personas de alta posición, entre otras, con la familia de la respetable matrona doña Martina Torres de Cárdenas, hija del gran Camilo Torres y madre de don Cecilio Cárdenas, durante el tiempo que permanecieron veraneando en el pueblo de Ubaque, donde se le solicitaba como excelente cuarto en el juego de tresillo, antes de que cometiera los crímenes que lo condujeron al cadalso.
Al huir los bandidos de la casa del señor Caicedo, dejaron una lanza de empatar y asegurar en el asta por medio de un resorte especial: en la casa de Russi halló la autoridad el asta respectiva en que empataba la lanza que quedaba perfectamente ajustada con el expresado resorte o muelle.
Los médicos doctores Andrés María Pardo, Tomás Pérez y Juan Roel, declararon, bajo la gravedad del juramento, que el estado psicológico de Ferro era de completa lucidez al tiempo de rendir las declaraciones. El herido suplicó al doctor Pardo que le salvara la vida como lo había hecho con un herido, amigo suyo en la acción de Aratoca: Pardo le manifestó que los casos eran diversos, y que tuviera la persuación de que pocas horas le quedaban de vida.
Los doctores Pardo y Jorge Vargas hicieron a las cuatro de la tarde, en el anfiteatro, la autopsia de Ferro y declararon que en el estómago de éste, sólo habían encontrado algunos restos de sopa de pan, pero ningún rastro de licor.
Terminada la actuación del caso, hubo necesidad de proveer el destino de Fiscal de la causa, vacante por terminación del período para el cual había sido nombrado el doctor Benigno Guarnizo, sujeto ilustrado e inteligente abogado; pero que, por sus condiciones especiales, no era el llamado a desempeñar ese delicadísimo puesto en aquellas excepcionales circunstancias.
Poco tiempo hacia que se había recibido de abogado un joven oriundo de Gigantenotable población del sur del Tolimasin fortuna, inteligente, y que podía decir como el sabio: |omnia mea mecum porto. En el Colegio de San Bartolomé, donde hizo sus estudios, había sido distinguido por sus compañeros con singular cariño, debido a su entereza de carácter, que, a primera vista, lo hacía aparecer como hombre áspero; pero que ocultaba un corazón de oro envuelto en dura corteza.
Si alguna vez hubo que hacer elección acertada de Fiscal, fue sin disputa en aquella solemne ocasión. Es verdad que el puesto estaba rodeado de peligros mediatos e inmediatos, y que, lo que era más grave aún, no se conocían los enemigos que se ganarían en aquella tarea, por cuanto era evidente que, de la compañía de bandidos, sólo se juzgaba a los socios activos, y habían quedado por fuera los |honorarios, quienes tenían que hacer desesperados esfuerzos a fin de salvar a sus amigos para que no los delataran.
!Cuán cierto es que la fortuna es calva y el que no la coge es un tonto!
Se necesitaba un hombre de brío, de elocuencia concisa, de palabra fácil y de valor a toda prueba. Quienquiera que indicara el nombre de |Francisco Eustaquio Alvarez para Fiscal en esas circunstancias, prestó gran servicio a la sociedad, e hizo conocer a uno de nuestros más notables abogados
Aceptado el puesto por el Dr. Alvarez, afrontó la situación, sin ambages ni contemplaciones, y empeñó una lucha a muerte con aquellos malvados, hasta hacer caer sobre ellos todo el peso de la ley, como en seguida lo veremos.
