Juicio y ejecución de don José Raimundo Russi y sus compañeros VIII

     Hacia mediados del mes de junio del año a que nos referimos, se instaló el Jurado en el entonces espacioso salón de la Cámara de Representantes, situado en el centro de la casa consistorial: el público se mostraba ávido de conocer a los corifeos de aquella serie de crímenes y escándalos.

A las once de la mañana se llevó al local del Jurado a los procesados, en medio de numerosa escolta, en donde eran ya esperados por un público impaciente y curioso. Solo y altivo marchaba delante Russi, con su conocido vestido de capa española y sombrero de copa gris; detrás iban los otros enjuiciados, vestidos con buenas ropas y ruanas, más o menos preocupados con la situación en que se hallaban, todos en el vigor de la edad, robustos, y en general bien parecidos. Rodríguez era de mediana esta­tura, color amarfilado, pelo negro y sedoso en una cabe­za correctamente modelada, mostachos negros y crespos, bien cultivados; pie pequeño, calzado con borceguí de cha­rol: en todo tenía el aspecto del pirata griego descrito por Byron.

A mediados del año de1850,salió de Bogotá con di­rección a la ciudad de Cali el doctor Fracisco Eustaquio Alvarez, encargado de varios asuntos judiciales: recién gra­duado y sin bienes de fortuna, viajaba con la posible eco­nomía.

Al llegar nuestro viajero al río de |La Vieja, cerca de Cartago, lo halló tan crecido que no habría podido atra­vesarlo sin grave peligro de naufragio: viose, pues, for­zado a tener paciencia y a esperar que disminuyera la avenida para continuar su camino.

Pocas horas hacía que el doctor Alvarez permanecía en la orilla de dicho río, meditando en los innúmeros obstá­culos que detienen a los transeúntes en nuestros abandonados caminos, cuando se presento un viajero de gallarda presencia, bien montado, seguido de un sirviente, que arria­ba la acémila que conducía la carga de equipaje, y llevaba de cabestro dos magníficas mulas.

— |A ver la canoa! gritó el recién llegado con imperio.

—No hay paso, respondió un negro, dueño de la que estaba amarrada a un árbol.

—¿Por qué? preguntó el viajero.

—Porque nos ahogaríamos, contestó el negro.

—Tengo urgencia de llegar al otro lado del río, aña­dió el caminante. ¿Cuánto quieres por pasarme?

—Nada, porque aprecio más la vida que el dinero. añadió el negro.

—Toma una onza de oro por la canoa, que te dejaré amarrada en la otra orilla, y uniendo la acción a las palabras, el viajero sacó una rica bolsa de seda roja, de la cual tomó la moneda ofrecida, a cuya vista se despertó la codicia del negro, quien aceptó el buen negocio que se le ofreció tan inopinadamente.

Sin más preámbulos, aquellos dos hombres colocaron en la frágil embarcación las monturas y el equipaje, e invitaron inútilmente al doctor Alvarez a que los acompa­ñara en su arriesgada expedición.

El sirviente ocupó la proa, con un canalete en la mano, el caballero tomó posesión de la popa, después de atarse a la cintura los cabestros de las bestias para obligarlas a seguirlos, e imitando a Guillermo Tell cuando huyó de los esbirros de Gesler, sobre mísero esquife en el borras­coso lago de los |Cuatro Cantones en Suiza, dio impulso a la canoa, lanzándola con vigor sobre la violenta corrien­te del río, y remando con admirable destreza e intrepidez, arribaron a la otra banda sanos y salvos, amarraron la em­barcación al primer árbol que hubieron a la mano, hicie­ron con los sombreros un saludo de despedida y prosi­guieron su camino en dirección al Sur.

El doctor Alvarez continuó al día siguiente al lugar de su destino, sirviéndose de la perezosa mula de alquiler, guiado por el peón que le conducía a espalda su pobre equipaje. Al llegar al llano de |La Paila se encontró con los dos viajeros que habían pasado el río de |La Vieja con la sola diferencia de que en vez de mulas, el sirviente traía soberbios caballos del diestro.

Después del respectivo reconocimiento y saludo, el ca­ballero invitó al doctor Alvaresasestear debajo de una corpulenta ceiba que los preservara de los rayos del sol a las diez de la mañana, y a tomar un abundante almuer­zo que sacaron del equipaje bien provisto de aquél: avi­vado el ingenio de los comensales por las libaciones de vino generoso, el anfitrión increpó al doctor Alvarez su falta de ánimo al no embarcarse con él en el río.

Vengo de Cali. continuó el caballero, mal lugar para hacer fortuna: por aquí sólo hay negros |perreristas y blan­cos indolentes, dedicados a la política. Me voy a la pro­vincia de Antioquia, país del oro. de las bellas mujeres y de grandes facilidades para enriquecer, ¿Quiere usted acompañarme? Le garantizo que no se arrepentirá de ello.

El doctor Alvarez no tenía carácter aventurero, dio las gracias a su generoso interlocutor, de  quien se despidió sin ocurrirsele preguntarle su nombre; bien que cre­yó habérselas con algún potentado.

En el año de1851,en víspera de reunirse el Jurado que debía fallar la causa de Russi y sus compañeros, fue nombrado Fiscal el doctor Alvarez, quien no conocía de vista a los procesados. ¡Cuál sería su sorpresa al reconocer en el famoso Ignacio Rodríguez al distinguido caballero que le quiso llevar a la provincia de Antioquia!

El Jurado, presidido por el respetable ciudadano don José María Triana, empezó sus tareas con la lectura del sumario, que se componía de varios abultados expedien­tes: Russi observaba continente reposado y en apariencia se ocupaba en la lectura de las |Pruebas judiciales de Benthan; pero hacía de vez en cuando apuntaciones de los documentos que se leían.

Rodríguez reía cada vez que oía referir sus hazañas. Al ver en cierta ocasión en algunos de los que asistían a las barras hilaridad por el relato de la mayor de sus in­famias, dio rienda suelta a la mal contenida risa y se fro­tó las manos en señal de satisfacción. Indignado el público por aquella sin igual impudencia, amenazó a Rodrí­guez con la horca; pero éste se levantó del banco de los acusados, y dirigiéndose a los asistentes les gritó con in­creíble audacia: |¡Pueblo infame, yo saldré de aquíl En esa ocasión, por fortuna para el bandido, no era posible llegar hasta él; de otra suerte, en ese día no más hubiera terminado su peregrinación en este mundo. El presiden­te del Jurado lo amenazó con hacerle poner una mordaza sí no permanecía en silencio: Rodríguez ofreció guardar compostura; pero antes sacó un pañuelo de seda en que estaban estampados los retratos de los miembros de la Ad­ministración Ejecutiva, presidida por el General José Hi­lario López, con el programa político al pie, en que esta­ban consignadas las avanzadas ideas del doctor Manuel Murillo Toro, lo enseñó a los circunstantes, y exclamó con insolencia:

—"Véanse en este espejo!"

Por una singular coincidencia, un ejempar de aquel pañuelo fue lo último que sirvió al doctor Nicolás Esguerra para enjugar el rostro del doctor Murillo en su agonía, el veintiséis de diciembre de1880.

Terminada la lectura del sumario, pidió la palabra el Fiscal doctor Alvarez.

Empezó por hacer una breve relación del estado de la sociedad santafereña durante el reinado del crimen, que hacía más de un año la tenía atormentada. Examinó, pie­za por pieza, cada una de las pruebas que demostraban la culpabilidad de los acusados; pero especialmente hizo incapié en la criminalidad de Russi, favorecido por la Pro­videncia con dotes intelectuales que puso al servicio del delito, para extraviar el criterio de los hombres, tal vez an­tes honrados, pero incultos, a fin de convertirlos en asesi­nos y ladrones.

Llamó la atención hacia las agravantes circunstancias de que Russi como Juez, había prevaricado en otra épo­ca, con el objeto de favorecer a sus cómplices, para lo cual taron la hacienda de Achuri, cerca de Suesca, sin que hu­les prestaba sus auxilios de abogado o los amparaba con su fianza personal, como lo hizo con los bandidos que asal biera solución de continuidad en aquella cadena de delitos. que debían conducirlos al cadalso, a unos, y al presidio a otros, si se quería contener la desmoralización del país y restablecer la seguridad perdida. Al concluir pidió la pe­na de muerte para Russi, Castillo, Carranza,Alarcóny Garzón, por el delito de asesinato de su cómplice Manuel Ferro; para Rodríguez y Valbuena, como jefes de ladro­nes en cuadrilla, y la de veinte años de presidio para los quince restantes.

Un respetuoso silencio de mal agüero para los enjui­ciados, acogió la tremenda pero justa exigencia de aquel atrevido novel en el foro, que no medía la fuerza ni con­taba el número de los adversarios.

En el banco de los acusados se sentaba un joven Gar­zón, más imprudente que culpable y fue el único que sa­lió absuelto: al ver el efecto producido por la acusación, dijo a Rodríguez: |¡esto huele a pólvora! El capitán se encogió de hombros

Al tomar asiento el doctor Alvarez, pidió la palabra Russi y empezó su defensa por la siguiente peroración re­citada en estilo ampuloso:

"Señores Jurados:

Estamos en e! recinto sagrado en donde los apodera­dos del pueblo granadino se reunieron en el presente año, para proveernos de lo que creyeron necesario a nuestro reposo; esta era su misión.

Dieron aquí mismo una ley que se les pidió urgente­mente. Así lo ha dicho el señor Agente Fiscal al formular su acusación. Tal ley miró atrás como la Aquilia de los romanos y unció a su carro a cuantos quiso que adornasen su triunfo.

Esta ley, señores Jurados, según los hombres que la manejen, tenderá indistintamente sobre inocentes o culpa­bles el negro crespón de la muerte, o socavará tan sola­mente el sepulcro del criminal. Si Cromwelles y Atilas son los aplicadores, se verá lo primero; si Titos o Trajanos, será lo segundo.

Si los jueces al entrar al lugar del juicio dejaren afuera las pasiones malévolas, representarán a la misma Divinidad distribuyendo la justicia; pero si fueren los sentimientos be­névolos los que dejaren, el altar de la justicia será un infierno.

Jueces! Navegando vuestras conciencias en un océano de límites infinitos, solamente veréis el faro del puerto, si la brújula que guía vuestro convencimiento íntimo fuere la de la religión y la ley.

Los jueces de hecho tienen indispensablemente que atender las pruebas, porque son ellas el fanal brillante que habrá de alumbrarlos para formar esa conciencia recta que es necesaria para fallar.

Entro en materia. El señor Fiscal apoyó su acusación en un indicio simple que ha adornado poéticamente, trans­formando una rama seca en una encina robusta, a la cual apropia veneno para que mate. Voy a presentaros sus cargos para que veáis si es exacta mi proposición.

1º Manuel Ferro dijo bajo juramente, estando agoni­zante, lo siguiente: "Raimundo Russi, mi amigo, y esos picaros ladrones de los molineros, Nicolás Castillo, Vicente Alarcón y Gregorio Carranza me hirieron". También dijo que habían sido los ladrones del señor Caicedo.

2º Carranza, Alarcón y Casillo iban donde Raimundo Russi y paseaban juntos.

3º Ignacio Rodríguez, famoso delincuente, vivía en casa de Russi.

4º Los que habitan en la casa de Russi, habiendo sido Manuel Ferro herido en el portón de ella, no oyeron lo que allí pasó.

5°Tres individuos que pasaron a las siete y media de la noche por la casa de Russi, vieron a éste parado en el portón de ella.

6º Buenaventura Cuevas saludó a Russi entre las siete y las ocho de la noche; Federico Rivas y Francisco Antonio Uribe lo vieron bajar por la carrera de Antioquia entre las siete y ocho de la misma noche.

7º Russi entró a la bonica de los Roeles, calle de Florián, a las siete y media, según Melitón Ortiz, a las siete y media pasadas, según Ignacio Roel, que dice hacía un momento había visto en su reloj las siete y media.

8°A las ocho ymedia entra Josefa Andrade a la dicha botica implorando auxilio de un médico para el |niño Manuel Ferro (así decía), a quien habían herido en el portón de la casa del doctor Russi, con cuya relación se había quedado este inmóvil, sin decir una palabra, lo cual indujo a Eusebio Acevedo a penetrar que tal vez fuese delincuente.

9°Cuando salió Russi con el doctor Juan Roel para donde Ferro, le dijo a aquel señor |que se fueran por las calles más públicas; y al ser aprehendido por la policía no pre­guntó siquiera cuál fuera el motivo de semejante aprehen­sión, siguiendo inmediatamente para donde se le mandó.

10°Domingo Amaro González y diez personas más, declaran que oyeron decir que el moribundo Ferro había dicho que quien lo había herido había sido Raimundo Russi.

11°Que en el careo que tuvo en la Jefatura política con Ignacio Rodríguez, no desmintió enérgicamente la aser­ción de éste, de no haber vivido en su casa.

El señor Fiscal analiza uno por uno dichos cargos, de la manera siguiente:

1°Manuel Ferro, herido de muerte y convencido de que iba a bajar a la tumba, no pudo mentir: él dijo que Raimundo Russi, su amigo, lo había herido, y lo dijo bajo de juramento; luego es cierto, luego es indudable el dicho de Ferro.

2Los ladrones del señor Andrés Caícedo hirieron a Manuel Ferro porque no los denunciara: Castillo, Alarcón y Carranza, están sindicados en el robo hecho al referido señor Caicedo: Raimundo Russi tiene amistad con tales individuos: aquéllos para evitar el denuncio hirieron a Fe­rro; luego Raimundo Russi lo hirió.

3°Ignacio Rodríguez, alias Vicente Páez y alias Ramón Mendoza etc., vivía en casa de Raimundo Russi: tal Rodríguez es un famoso criminal, jefe de bandidos, sindi­cado en el robo de Caicedo; luego Russi es jefe de bandi­dos y asesino de Ferro.

4°En el portón de la casa de Raimundo Russi hirie­ron a Manuel Ferró: los que vivían en dicha casa no oyeron algún ruido al tiempo del suceso: Manuel Ferro dijo que Raimundo Russi lo había herido allí; luego es cierto el di­cho de Ferro.

5°A las siete y media de la noche tres individuos vie­ron a Raimundo Russi en el portón de su casa: Cuevas, Uribe y Rivas lo vieron bajar entre las siete y las ocho: los que estaban en la botica del doctor Roel declaran que entró allí a las seis y media de la noche poco más: Russi dijo en su de­claración instrucitva que había salido de su casa a las seis y media; luego mintió; y no pudo metir sin interés alguno que no pudo ser otro que el de no estar en su casa al tiem­po del asesinato; luego es asesino.

6°Cuando la criada de Manuel Ferro entró en la bo­tica pidiendo auxilio para su amo, que había sido herido en el portón de la casa de Russi, éste no se movió, y Eusebio Acevedo observó en él la marca del delito; luego es delin­cuente.

7°Cunado Russi salió para donde Ferro, como a las nueve de la noche, poco más o menos, en compañía del doc­tor' Roel, dijo a éste que se fueran por las calles más pú­blicas, es decir, por la diagonal de la plaza a tomar la ca­rrera de Bolivia para arriba: aquellas calles forman la línea más larga para llegar a la casa de Ferro; luego Russi las escogía para no verse pronto con Ferro, porque temía su presencia.

8°Quea la voz de los que oyeron de la boca de Ferro que Russi era su asesino, se repitió lo mismo en todo el pueblo; luego el dicho de aquél es cierto.

9°Russi no contradijo con dureza a Ignacio Rodríguez cuando aseguró no haber vivido en su casa: esto prueba relaciones estrechas entre los dos: Rodríguez estaba intere­sado en la muerte de Ferro; luego Russi era cómplice de Rodríguez.

Este es, señores Jueces, si no me equivoco, el cuadro fiel de los materiales Jurídicos con los que el señor Fiscal acusador edifica la grande obra de la ruina de mis dos existencias, la honra y la vida material: la segunda la des­precio sin la primera, y es por ésta que vengo a la arena. El punto fijo a donde se ata el primer eslabón de la cadena de cargos que se me hacen, esta en el dicho de Manuel Ferro. El señor Fiscal no conoció ni trató en vida a Manuel Ferro: de lo actuado no consta la pureza de costumbres morales y religiosas de este individuo, lo cual se le atribuye gratuitamente; luego al raciocinar sobre semejantes datos, se edifica en el aire.

Manuel Ferro, según el dicho de varios individuos du­rante el tiempo de su agonía deliraba con venganzas y mal­diciones; sus costumbres consta que eran impuras; hay prue­bas de que era hombre de taberna, que se embriagaba siem­pre, que su señora lo espionaba por celos, y que en la mis­ma noche que fue herido, ésta le seguía los pasos para ob­servar sus acciones en prostitución. Semejantes antecedentes pueden ser una buena base de razonamiento.

Compárense los atributos que se regalan por el acusador público al memorado Ferro, con los expresados últimamente, que tuvo por legado de su educación; y quien compare falle sobre los hechos circunstanciales en que el acusador y yo buscamos la verdad. El resultado será que aquél la busca en la oscuridad de un sofisma, y yo la busco a la luz de los hechos.

Os presenté la historia de mi vida en mi alegato pri­mero: la fidelidad de aquella relación la testifican mis ac­ciones y mi frente, sobre las que esta incrustada mi honra, que no ha sido mancillada sino por la malevolencia de mis semejantes.

Entre la verdad que merezca un individuo degradado, y la que pueda merecer un hombre de algunos precedentes y de intachable conducta, siempre ha decidido la sensatez en favor de este último, porque en toda causa en que los hechos se prueban por declaraciones testimoniales ,debe atenderse mucho a la delicadeza e incorruptibilidad del tes­tigo.

Suponga gratuitamente que Manuel Ferro estuviera cuando declaró en completo juicio, en un estado fisiológico perfecto; yo niego el hecho que él afirma; valórense los di­chos de ambos por los antecedentes de uno y otro, y venga la prueba que el acusador debe dar en tal caso; porque el más miserable rábula sabe que el que niega un hecho en derecho, arroja sobre su contrario la obligación de probarlo.

El dicho aislado de Ferro no da ni un simple indicio. |Indicio, según nuestra ley adjetiva, es un hecho que indica la existencia de otro hecho, o de que alguna determinada persona lo ha ejecutado. |Me hirió el doctor Raimundo Russi; he aquí el primer hecho; y éste ¿cuál señala? Ninguno, porque aquél no dice el motivo porque yo lo asesinara, cuál el móvil que me compeliera a ello, ni el muy noble y justo funcionario de instrucción lo preguntó siquiera. Para él, y no comprendo el misterio, lo que le importaba era mi nom­bre, era abismarme en los dolores que ha tenido la com­placencia de hacerme sufrir, era mantenerme en una estre­cha prisión, cargado de hierros y comiendo la ración dura y mezquina del desgraciado preso. Ya demostré en mi ale­gato anterior, que ningún móvil tuve, ni pude tener, para cometer la acción que se me imputa; y el dicho del desgra­ciado Ferro, llamándome |su amigo demuestra que yo era su bien queriente, y estando él en posesión de mi cariño, ningún mal pude pretender hacerle, como en efecto se lo hice. Pero, repito, no existiendo el hecho anterior al hecho presente, consistente en el simple dicho del herido, no existe tampoco el indicio que se ha querido encontrar allí.

Da el señor Fiscal una base segura para raciocinar por su clara inteligencia, por su buena fe, por su finura lógica, por su conciencia pura, por su temor a los juicios eternos, por su amor a la inocencia, por su compasión al criminal, por respeto a su profesión, por amor a su prójimo..., porque sus méritos sean los que lo eleven... sus virtudes las que lo coronen cívicamente, y porque, en fin, los escalones por donde suba al solio sean patíbulos y sangre. ¿Y cuáles aquella base? Es otro sofisma, digno de su puro discernimiento, digno, sí, de ser aplaudido por lobos hambrientos que apetezcan carne (hablo con el debido respeto al señor Fiscal). Su razonamiento es éste: Ferro ha dicho que los ladrones de Alsina le asesinaron: Castillo, Alarcón, Carranza y Rodríguez están sindicados de tal robo: éstos tenían amistad con Russi (se le llenaba la boca al pronunciar mi nombre... dígalo el pueblo), porque paseaban juntos, porque los defendía, porque Rodríguez vivía en su casa: Carranza cuadrillero de Rodríguez, Rodríguez jefe de cuadrilla; lue­go Russi ladrón, primer jefe. Castillo, Alarcon y Carranza nombrados por Ferro como sus asesinos, nombrado también Russi: aquellos, interesados en que Ferro no los denunciara. también éste: es cierto que aquéllos como tales ladrones lo asesinaron; luego Russi también es asesino.

Señores Jurados: para el que quiso oír, demostré ya que Castillo, Carranza y Alarcon, no tenían, ni tienen amistad conmigo. Bajo de juramento oísteis los dichos de ellos mis­mos, en que aseguran no ser sino conocidos míos, a quienes he servido como profesor del derecho, por su dinero, aun­que no me han pagado. Pero bien, los testigos que dicen que aquéllos eran mis amigos ¿han dado razón de su dicho como lo manda la ley? No, señores Jurados, tales testigos son de la masa del pueblo ininteligente, que conoce por amistad el que un individuo salude a otro. Yo no tendría por qué negar relaciones con tales individuos, si las tuviera: pero exceptuando las que he mencionado antes, no tengo otras; y en pormenor son éstas: haber hecho a Castillo unos escritos, entrado a su casa una vez, y otra haber cobrádole desde la muralla del Molino del Cubo lo que me debía; ha­ber ido con Alarcon y Carranza a Zipaquira a prestarle al primero un servicio en mi profesión, regresando también con el último; haber estado el día de año nuevo conAlar­con,Manuel Ferró y su familia en el río llamado |Los Lu­ches. Estas relaciones, Jueces, pueblo?, no forman amistad íntima, de aquella amistad que es necesaria para confiar en otro la vida y el honor... Tal vez no me replica en esta parte el hombre elevado por sus méritos a la magistratura acusadora.

Ignacio Rodríguez vivió en mi casa, comía en mi me­sa por su dinero, y lo visitaba en su posada con frecuencia hasta en la tarde víspera del día en que tuvo lugar el robo cometido en la casa del señor Andrés Caicedo. Esto lo he confesado francamente, porque es la verdad, como lo es que antes no conocía yo a Rodríguez: que desde la víspera mencionada no lo volvía a ver, sino hasta en la cárcel un día, en el cual reconocí a mi huésped |Vicente Pérez; de cuyo reconocimiento y demás que me constaba, declaré bajo del sagrado juramento con la sencillez del hombre de bien. Mas ahora debo preguntar: ¿Ferro o alguno otro, caballero o canalla, rico o pobre, grande o pequeño, mu­lato o mestizo, sabio o ignorante, ha denunciado jamás co­mo ladrón principal o subalterno de algún hurto o robo de los cometidos desde el principio del mundo hasta hoy? Se me ha denunciado como cómplice auxiliador o encubri­dor de semejantes delitos? No, no, no, mil veces no; y si hay denunciante, que salte al circo, porque en este tribu­nal no se admiten denuncios por los leones de bronce, no se admiten alevosos que hieran a mansalva. ¿Dónde están los cuerpos de los delitos? La prueba, señor Fiscal, la prue­ba, porque Dios nos mide con la misma vara con que me­dimos; porque el presente os está mirando, la posteridad también mira por los hechos del presente, y los juicios del tiempo, son los de Dios. SteE  juicio fue el juicio de Antíoco.

¡Jueces! en la boca del terrible boa está el aliento que atrae hasta el inocente pajarillo que surca el viento bus­cando la comida que para alimentar su vida le propor­ciona el Ser Supremo: en la boca del señor Fiscal está el aliento que quiere matarme; y de su dicho aislado quiere que salga el problema que arrastre con su peso con cuan­tas razones encuentre en su tránsito, empujando con él a la muerte para que quiera a oscuras la víctima que elige.

¡Jueces y pueblo! en el proceso no hallaréis la menor prueba, el más ligero indicio contra mí. ¡Juristas, sacer­dotes de la ley! venid conmigo al sacrosanto templo de la justicia, no a hollarlo con planta fratricida, sino a absolverme del temerario cargo que la equivocación más per­niciosa puede haber formulado; no a derribar el altar de la inocencia y a construir en su lugar el del odio contra un infeliz, cuyo principal delito toma forma y colorido en que es solo en el mundo, en que sus relaciones están sobre su cabeza, pero sin el apoyo del dinero, sino a construir el monumento sólido ante el cual edbe rendirse culto a la razón y a la justicia.

Y si no existe prueba de que yo sea ladrón principal, auxiliador o encubridor etc., ¿por qué, Fiscal, tomáis tal hecho por base de vuestro raciocinio, ¿por qué olvidaros de vuestro santo ministerio, y tener el placer de confundirme con el criminal? ¿No sabéis que el oro no se amalgama con el plomo: Si no hay leves indicios de que yo haya sido pueda ser, ni sea ladrón, cómplice ni auxiliador de los que merezcan tal nombre, como tal, pues, no he podido herir a Manuel Ferro; y tomar por hecho anterior el hecho pre­sente, el dicho de Manuel Ferro para calificarme como |infame bandido sería una falta grave en un individuo del bajo pueblo;pero es un crimen nefando en un magistrado pago, no para oír parcialmente pasiones malévolas o pa­ra atender a sentimientos benévolos, sino para distrubuír la justicia, o para pedir la distribución de ella igualmente al inocente que al criminal. Ah!, señor Fiscal! ojala que en los decretos eternos esté el borrar del gran libro esta fal­ta vuestra, para que vuestra familia no arrastre la soga de Caín por el puñal que públicamente me habéis clavado en el corazón con declamaciones de poderoso, con declama­ciones que han ido directamente a obrar ¿sobre quién? so­bre un cadáver, porque un preso a quien se mira con pre­vención, sin relaciones y sin dinero, es poco menos que un cadáver.

Decir, pues, que por tener relaciones con algunos de los sindicados como ladrones, únicos que pudieran tener interés en salir de Manuel Ferro porque no los denuncia­ra, ya es indudable que se fue asesino, es suponer gratui­tamente lo que no existe es oír a la pasión ciega que con­dena, más no a la razón que absuelve, es levantar sobre un pedestal falso el trono de los domicianos.

Con Ignacio Rodríguez viví y comí unos días, nos abrigamos bajo el mismo techo, y así lo he confesado bajo de juramento, no lo he negado. Respondedme, ahora señor acusador: ¿cuando admití en mi casa al referido señor,, sabía yo que estaba manchado con el delito que la ley lo necesitaba para purificarlo, que la autoridad lo pedía para el escarmiento? Al proceso. Jueces, al proceso, pueblo, al proceso, no hay más remedio. Allí no hay constancia de semejante hecho; luego es bajo la palabra del señor Fiscal que él se quiere dar por sentado y probado. Los juicios deben llevar por cabeza los hechos y por pies la aplicación del derecho: no existiendo los primeros, es visto que no puede tener lugar la aplicación de ninguna consecuen­cia legal.

Si hubiera querido el señor Fiscal fundarse en una co­sa sólida, hubiera informándose de la situación de mi casa, hubiera visto que del portón de ella a la pieza en que vive una pobre vieja tía mía, enferma, y una joven cansada de lidiarla, hay más de treinta varas de fondo, en una pen­diente, y convencido de la imposibilidad de oírse adentro lo que pasaba afuera, no habría formulado uno de los car­gos que me hace.

Cómo! no contradice enérgicamente, dice el señor Fis­cal. a Ignacio Rodríguez el día del careo en la Jefatura po­lítica. Sin embargo, no atiende a que allí sostuve mi dicho bajo de juramento y con la firmeza de un hombre de mi clase; pero hay muchos que no entienden esta firmeza, no obstante, que, aparentando semejante virtud, hablan más que el lenguaje de las verduleras. ¡Oh, Dios mío! yo he oído aplausos dentro del recinto, dirigido a este último lenguaje.

Conseguí que Juan Roel (ah Juan Roel!, Dios le per­done!) fuera conmigo en auxilio de Ferro, de un mucha­cho a quien quise porque me sirvió con cariño cuando pudo, y le dije que tomáramos la dirección más corta a la casa de aquel desgraciado: tomamos en efecto la plaza de Bo­lívar por su diagonal, a seguir por la carrera Bolivia; y cuando íbamos llegando al punto donde nos dirigíamos, un comisario de policía me ordenó que le siguiera.—¿Por qué? le pregunté yo con la calma del que tiene su concien­cia tranquila. Nada se me respondió. El jefe político ¿dón­de está? volví a replicar.—En la casa de Ferro, me con­testó el comisario.—Adiós, Juanito, le dije al tal Roel, que ha manifestado públicamente desprecio al manifiesto que di inmediatamente después de mi prisión, y me separé de él. No es cierto, pues, que yo siguiera al agente de policía que me intimó la orden, sin hablarle; y con el mismo señor y su partida de comisarios desmentiría el dicho de Roel en tal punto, si no estuviera cerrada ya la puerta para 1a prueba.

Las cuadras que con Roel tomé aquella noche para ir a donde Ferro, muy lejos de ser las más largas, son las más cortas, como lo notara el que cuente de la esquina |de la calle Florian en la plaza, tomando la diagonal y su­biendo luego por la carrera de Bolivia hasta aquel punto y compare después el número de cuadras que hay al mis­mo sitio, tomando la carrera de la puerta falsa de La Ca­tedral o sea del Oriente.

Como a las nueve de la noche del24de abril, Josefa Andrade, criada de Manuel Ferro, pidió auxilio de su médi­co en la botica de Roel para su amo que había sido herido en la puerta de mi casa.—¡En el portón de mi casa!, ex­clamé yo fuertemente (así lo ha declarado Roel en con­tradicción con Acevedo que dice |que yo quedé mustio y que vio en mi cara el síntoma de la delincuencia). Tam­bién en su estudio vio el señor Fiscal, como el indio Te­gua en el fondo de un platón de agua, mi fisonomía estam­pada con el sentimiento del criminal. No al juicio de los que piden sangre, sino al de los inteligentes humanitarios cristianos, llamo a que sean sentenciados estos dos cele­bres dinámicos espirituales.

Muchos del pueblo han asegurado que Manuel Ferro había dicho que Raimundo  Russi era uno de sus asesinos. Hay declaraciones de todo el bajo pueblo sobre aquello, si lo quiere el ilustre acusador; y si las busca en el pueblo llamado culto, también las halla con el mismo fundamen­to; porque en la masa casi total hay la misma facilidad pa­ra circular lo que oye, para creer sin examinar. Empero, el dicho general se funda en el de Manuel Ferro, y tiene tan­to fundamento como el que tuvo el pueblo ateniense para creer delincuente a Sócrates, por el dicho de sus acusadores Anito y Melito, sacerdotes de Baco.

Salí a las seis y media, poco más, de la casita que forman las piezas altas de la casa grande en que habitaba el24de abril, a cuya casita me había retirado desde las cuatro y media de la tarde en que comí: allí permanecí has­ta las cinco y media con Pardo y Ramos, citados en mi de­claración instructiva: con Cáceres y Barragán estuve en aquel punto desde tal hora hasta las mencionadas seis y media, en que me separé de ellos, lo mismo que de la señora Nie­ves Alarcón de Quintana, que fue con el objeto de que le diera unos pesos por cuenta de lo que le debo, como cons­ta de mi diario y apuntamientos. Inmediatamente me vine para la calle de Florian a la botica del doctor Roel, en cu­yo sitio permanecí hasta que con el mismo Roel salí en auxilio de Ferro. ¡Dios y el tiempo juzgaran al señor fun­cionario de instrucción, por no haber evacuado las decla­raciones de Ramos, Pardo y demás que yo cite para mi justificación!

Como no tengo reloj, no vi la hora de que voy a ha­blar: tampoco oí la campana que pudiera anudármela; en una palabra, no pude fijar instantes. Así que, pude equi­vocarme cuando dije que había salido a las seis y media. poco más. y en esto no podía haber nada de particular. Las personas acostumbradas a cargar y a ver reloj, se equi­vocan muchas veces cuando quieren dar razón de las ho­ras por cálculo y sin ver la muestra. ¿Qué, pues, tendría de particular que se equivocase en ella el que no tiene se­mejante finca ni semejante costumbre? Nada. Pero lo que hay de cierto es lo siguiente, que un momento después de las siete y media (declaración de Ignacio Roel, con vista de su reloj) estuve en la botica; y siete y media pasadas son en efecto las que señalan Melitón Ortiz y Juan Roel. De siete a ocho dijeron Cuevas, Rivas y Uribe haberme visto: serían, pues, escasas siete y media  cuando esto sucedió. puesto que a la botica llegué un instante después.

La señora Rafaela Escandón, cuyas ventanas de las piezas en aire habita están inmediatas al portón en donde Manuel Ferro recibió las heridas, sintió que al momento de ser atacado éste gritó diciendo: |auxilio doctor Russi que me asesinan los ladrones. Esta señora fija la hora del suceso a |las ocho de la noche.

Simón Bonilla, que fue el que inmediatamente pasó do a llevarlo a su casa, fija la hora del suceso a lasocho por junto al sitio donde estaba. Ferro tendido y que ayu­de la noche. Francisca González, esposa del finado, |dice: "que a los tres cuartos para las ocho se vino para su casi­ta a aguardar a su marido, a quien hasta esa hora estuvo espionando, y que un poco después se lo llevaron herido". Es de notarse que la casa de dicha señora, dista de la mía como tres cuartos de cuadra, y que para ir a ella o se pasa por el portón de mi casa, o por la cuadra de encima a volver por la carrera de Bolivia, y entonces hay que atravesar la bocacalle que mira hacia mi dicha casa de habitación; y cuando la señora González pasara casi a las ocho, nada sintió en tal cuadra, lo cual es muy de notarse. La mu­jer Andrade, criada de donde Ferro, salió corriendo a bus­car el auxilio de un medico, y llegó a la botica del doctor Roel, en donde estaba yo, a las nueve de la noche u ocho y media; y habiendo en el transito de su casa a la boti­ca, siete y media cuadras, gastaría en andarlas medio cuarto de hora a lo más (así lo declaró la dicha señora González a solicitud mía en el jurado). Cuando el señor jefe político fue a donde estaba el herido, dice el mismo que serían las nueve de la noche. Como un cuarto de hora des­pués de que la criada Andrade estuvo en la botica, nos fuimos el doctor Roel y yo para la casa de Ferro, y ya el se­ñor jefe político estaba allí y había tomado la declaración del herido y había mandádome aprehender.

De las declaraciones, pues, de los testigos más inme­diatos al tiempo del suceso, tomo la hora que ellos fijan y es la de las ocho de la noche. Desde las siete y media, según los testigos que me vieron bajar, estaba yo en la bo­tica Roel, calle de Florián: pues, que allí entré a las siete y media, un momento pasadas, y la botica dista de la casa señalada algo más de ocho cuadras. En la botica perma­necí hasta las nueve o nueve y media de la noche, en cuya hora nos fuimos con el doctor Roel: yo no podía estar a las ocho de la noche en el portón de mi casa y a la vez encontrarme también en otro punto ocho o nueve cuadras distantes de ella, porque esto es materialmente imposible; luego por una deducción de las más rigurosas en lógica, no fui yo quien hirió a Ferro, no fui yo quien pudo hallarse en capacidad física de hacerlo.

Dos testigos contestes e intachables os convencerían perfectamente, según la Ley32,Título16,Parte3ªy el Artículo184del código de procedimiento en los negocios criminales; pero yo os he presentado siete cuyos dichos se encuentran en el sumario obrando en mi favor; por manera de que, con tal prueba, mi inocencia está en claro, mi inculpabilidad patente; y no se ha podido, sino infrin­giendo abiertamente las leyes, declarar que el sumario pres­taba mérito para proceder contra mí, cuado el artículo140 del código de proceder exige para ello dos cosas: 1ª que haya plena prueba de la existencia del delito; y 2ª que exista un testigo idóneo |o graves indicios contra el delin­cuente. Y el señor Fiscal quedará también convencido de­que los tres testigos que declaran que a las siete y media de la noche del24de abril me vieron en el portón de mi casa, son miserables que mienten por solo el gusto de men­tir; que están perjurados por el dicho de los testigos que he presentado, y además contradichos notablemente, por­que uno de ellos dice que me vio con |capa y sombrero fieltro, el otro |que con ruana redonda, y sombrero fieltro y el tercero |que con capa y sombrero chiquito, ¿Se podrá dar algún crédito a semejantes testigos contradichos mu­tuamente en puntos tan sustanciales? ¿Oué base de raciosinio pudieran ellos suministrar? Y además, auncuando fue­sen tres cuatreros los que así declarasen ¿no es verdad que están manifiestamente desmentidos?

Agrego a este cuadro de pruebas en mi favor, los si­mientes hechos que os debe dar presunciones tan vehe­mentes y decisivas, que por sí solas hacen cada una de ellas plena probanza.

La noche del24de abril último era oscura. era 1a tercera o cuarta después de lamenguante:la calle donde se perpetró el asesinato es por sí misma oscura aun en la noche de luna; Manuel Ferro estaba ebrio, porque había bebido mucha chicha, como así lo declaran la madre y la hermana de él mismo; el asesino no tuvo voces con él, porque si no lo hubieran oído; los golpes del criminal fue­ron dados con precipitación, y el escape ha debido ser en el momento; todo lo cual lo colegiréis de que al recibir las heridas gritó, y la señora Escanden abrió al pronto su ven­tana, no viendo más que al herido en aquel paraje. Aho­ra, respodedme: ¿pudo conocer aquel desgraciado clara­mente a sus asesinos, pudo contar  el número de ellos, pudo distinguir quién le diera tal puñalada, cuál otra?

Esto es de todo punto inverosímil, y su misma inverosi­militud arguye contra el dicho del paciente a que se ha querido dar tánto valor.

¡Pasad a mi lugar un momento, señor Fiscal! Un móvil dado os compele a dar muerte a un hombre, y tenéis o no tenéis cómplices; decidme, ¿elegiréis por sitio el portón de vuestra casa para perpetrar el delito? ¡No, que ésta sería la mayor de las torpezas!, torpeza que yo rechazo y que no se me puede aplicar en gracia de la justicia.

Más, pretendéis la muerte de un hombre, tenéis la fa­cilidad de atraerlo a vuestra casa en el día o en la noche, aquella casa es grande, vivís casi solo, tenéis conocimiento del tiempo en que esta en la calle, del en que puede estar en su habitación, del cuidado que la familia tenga por él, sabéis positivamente que muy rara vez va a su casa antes de las doce de la noche, y muchas veces al amanecer; ¿y con todos estos datos le haréis el daño en la calle a una hora en que todo el mundo vela y anda, arriesgando vuestra honra, vuestra fortuna y vuestra vida, en lugar de condu­cirlo a! punto más conveniente y apropiado para la seguridad y para el secreto? ¿Por qué, pues, señor, considerarme a mí tan torpe que fuera a faltar a aquellas consideraciones que al más palurdo de los hombres se le hubiere de ocurrir?

Si algún móvil me hubiera compelido a dañar a Ma­nuel Ferro, yo hubiera procedido con alguna cordura, puesto que tenía amistad con él y conocía su vida; y hoy no sabrían, nó, quién hubiera quebrantado con él el quinto precepto del decálogo.

Señores Jurados: comparad la prueba que os doy para acrisolar mi inocencia, con la que os ha presentado el señor Fiscal para cubrirla de luto; y fijando vuestra vista en Dios y la ley, es imposible que no halléis que la primera despeja evidentemente la incógnita que buscáis, es imposible que no os veáis movidos a declararme altamente inocente e indigno de los martirios que he sufrido y a que la fatalidad me ha conducido. Al brillo de la luz que me rodea, ponién­dome casi diáfano para poderme penetrar, no es posible, nó, que se puedan resistir vuestras conciencias, y tanto más hoy que creo que la suerte os presenta con claridad los ejecutores del crimen, en los propicios términos en que los mencionó Manuel Ferro, según los denuncios de varios individuos que os han instruido ya bastante en el particular. No dudo tampoco que la sabiduría y penetración del señor Juez sabrán descubrir perfectamente la verdad, la verdad, sí, que disipará la tiniebla, que rasgará el velo y que hará desaparecer la duda, conduciendo al jurado a acertar con el criminal para escarmentarlo, más no a cometer un horri­ble asesinato oficial, que socavaría el sepulcro de la sociedad, que haría temer a la virtud, que haría reír al criminal, llevando el anatema de la imparcialidad y de la historia sobre las cabezas de los que quisieran sellar con la sangre de un inocente el libro de los destinos del pueblo

Vais a juzgar por ladrón de cuantiosas sumas a un hombre que para presentarse ante este augusto tribunal no ha tenido otro traje sino este que veis!"

Quitándose la capa se adelantó hacia los jurados y les dijo con dignidad:

—"¡Mirad al ladrón! ¡Tiene rotos los vestidos que le sirven de abrigo! En mi casa sólo se encontró un pobre le­cho para descansar, los códigos de leyes que me han de servir para defender mi inocencia, y a Napoleón que con­templa la tumba del gran Federico, cuadro que conservo por el pensamiento elevado que inspira".

La defensa de Russi tenía por base principal impresio­nar al auditorio con golpes teatrales y alusiones picantes dirigidas al Fiscal. Hacía hincapié acerca del ningún valor jurídico que tenía, según él, la declaración de Ferro, y pro­testó, al mismo tiempo, contra la retroactividad de la Ley de Jurados, con que se le juzgaba. Terminó así:

"¡Juez omnipotente del cielo y de la tierra! ¡Mi Dios! bendigo mil veces vuestros decretos soberanos y adorables. Soy inocente y he vivido con pureza! ¡Hoy soy herido de muerte por hombres que no saben lo que han hecho! ¡Se me cierra, yo lo veo, el templo de la justicia, observo de­rribar su altar, miro que se ciegan sus fuentes, siento des­pedazar el fiel de su sagrada balanza!

“Pues bien, si es que me quitan la vida, muero inocente, no llevo remordimiento alguno, pero sí, ¡Dios mío llamad conmigo a juicio a mis jueces de la tierra... yo os pido justicia y misericordia... yo los cito para ante vuestro tribunal santo, único que da perfectas garantías, a la vez que da consuelos al alma".

Desde que Russi dio principio a su alegato, empezó el |claque de la |compañía compuesta de los socios |honorarios que no cayeron por entonces, a atronar el salón con ruido­sos aplausos en que les hacían coro los acusados desde sus bancos: de esa circunstancia procedió, sin duda, la idea con­fusa que se apoderó de algunos espíritus superficiales para propalar la especie de que aquel gran criminal era inocente.

Llamó a varios testigos de los que habían dado declara­ciones que no le eran favorables, con el objeto de ver si amenazándolos con la justicia de ultratumba lograba que se contradijeran: pero perdida la esperanza por ese lado, se arrojó al suelo como poseido de un ataque nervioso, ofre­ciendo su sangre a los que estuviesen sedientos de ella. Abstracción hecha de esos monólogos y pantominas, que sólo impresionaban a los optimistas, Russi no presentó una sola prueba que lograra desvanecer |ninguno de los tremen­dos cargos que sobre él pesaban.

Los demás acusados tuvieron defensores que nada po­dían hacer en favor de sus clientes, porque se trataba de una causa perdida.

Hubo un incidente asaz curioso: Alarcón manifestó que un abogado que estaba en la barra lo había dejado sin de­fensa, después de que le había cogido |cuatro pesos y una ruana; el aludido se escurrió entre el tumulto, probable­mente diciendo para su capote que, |ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón.

La impresión producida en los miembros del Jurado desde antes de dar su fallo, era la de que, de los |veintidós hombres que aparecían sentados en el banco de los acusa­dos, todos, menos uno, eran culpables de los delitos por que se les juzgaba.

Sin embargo, con el propósito de poner en juego todos los medios conducentes a tranquilizarse por el fallo que pronunciaran, los Jurados oyeron una misa en la iglesia de San Ignacio, a fin de implorar la asistencia del Espíritu Santo, y fueron en comisión a la casa del señor Joaquín Gómez Hoyos, con el objeto de exigirle la ratificación de los decires que de tiempo atrás circulaban respecto del in­cidente del fontanero Bernal, que ya dejamos referido, y le advirtieron que de sus palabras dependía la vida de un hombre. Don Joaquín les repitió punto por punto lo ocu­rrido con Russi en aquella ocasión, con lo que quedaron más persuadidos aquellos caballeros de la culpabilidad de éste

Reunidos los jurados para deliberar, después de termi­nados los debates, que duraron quince días, acordaron que para tener más independencia, adoptarían el sistema  de votar con balotas al emitir los votos que implicaran pena de muerte: todas las cuestiones quedaron resueltas por unani­midad.

A las cinco y media de la tarde del día dos de julio, si no estamos equivocados, se abrieron las puertas del re­cinto en que se hallaban los jueces. El público se agolpó en confuso tropel hacia las tribunas, y en todos los semblan­tes se notaba el presentimiento, por no decir la certidumbre de que se iba a presenciar algo trágico. En efecto, restablecido un silencio que dejaba oír las pulsaciones de las arterias de los circunstantes, se puso de pie el presidente Triana y con voz grave, pero profundamente conmovido, leyó la siguien­te sentencia que escucharon todos con temerosa atención.

"Se ha cometido el delito de asesinato premeditado en la persona de Manuel Ferro.

José Raimundo Russi, Nicolás Castillo, Gregorio Ca­rranza y Vicente Alarcón son responsables en primer gra­do.

"Se ha cometido el delito de robo en cuadrilla de mal­hechores.

"Ignacio Rodríguez, su jefe, es responsable en primer grado".

¡Aquellos desgraciados estaban condenados a muerte! A dieciseis de sus compañeros se les sentenció a veinte años de presidio en los climas mortíferos del Istmo, de donde ninguno volvió.

Pasado el primer estupor producido por las consecuen­cias que entrañaban aquellas pocas palabras, se oyó el gri­to breve y sonoro de |¡viva el Jurado! repetido en seguida por más de cuatro mil personas. ¡El pueblo confirmaba la sentencia!

Algunos días después ocurrieron al Presidente de la República los condenados a muerte, menos Russi, por medio de un memorial en el que imploraban la gracia de la vida, y decían, entre otras cosas, que eran jóvenes y aún tenían tiempo y voluntad de corregirte y ser útiles a la patria. Ne­gado el recurso de gracia, no quedaba otro arbitrio que el de ejecutar la sentencia.

¡DIES IRAE!

 

El quince del citado mes de Julio, a las cinco de la tarde, acompañado de otros sacerdotes, se presentó en la cárcel, que estaba situada a pocos pasos de la esquina nor­oeste del Capitolio, el doctor Fernando Mejía, con el objeto de llenar el triste deber de poner a los reos en capilla. Esta era un salón lóbrego que ocupaba toda la parte alta de la cárcel, con dos ventanas que daban al corredor, guarnecidas de gruesas rejas de hierro y una puerta en el centro, todas tres angostas y colocadas debajo de dinteles que apenas te­nían la altura suficiente para que un hombre de regular estatura pudiera pasar inclinando la cabeza. En el interior se encontraba hacia el Este, el altar, consistente en una mesa con grada y un Crucifijo con dos velas; al extremo opuesto, había un gran cuadro con la imagen de Nuestra Señora del Carmen; el techo, sin cielo raso, dejaba ver la arboladura, soporte del tejado, blanqueada con cal, lo mis­mo que las paredes en las que se leían recuerdos de los infortunados que habían sufrido allí su agonía! Tenemos presente la siguiente inscripción:

|"Teodoro Rivas paga con la vida el asesinato de su esposa, el27 |de marzo de1846"

Encendidas las velas del altar y colocados conveniente­mente los centinelas de vista que debían custodiar hasta su última hora a los condenados, el jefe político les notificó que era llegado el tiempo de que se prepararan para dar cumplimiento a la sentencia que sobre ellos pesaba. Todos oyeron silenciosos tan terrible notificación, y acaso, por pri­mera vez, se dieron cuenta los reos de la verdadera situa­ción a que los habían conducido sus crímenes. Se les qui­taron los grillos como medidas inútiles de precaución, pues a no ser que algún ángel del cielo viniera a librarlos, como aconteció a San Pedro, con toda propiedad podían aplicarse allí las fatídicas palabras del Dante:

"Lasciale ogni speranza, o voich´entrate!"

Los sacerdotes se acercaron a los reos. y los invitaron a pasar a la capilla. Todos los siguieron cabizbajos, con aparente tranquilidad; pero pocos instantes después se apo­deró de Russi un acceso de terror y desesperación que lo rindió por tierra y lo hacía revolcarse en ella dando aullidos espantosos. Castillo, Alarcón y Carranza lloraban a gritos; Rodríguez estaba sereno, y al ver la actitud de Russi, le dijo con desprecio: |El doctor tiene miedo!

De acuerdo con los consejos que para tales casos dan místicos experimentados, los sacerdotes esperaron a que pa­saran esos primeros accesos de amilanamiento y pavor, para dar principio a su penosa cuanto heroica tarea. Con dulzura y llorando con ellos, lograron tranquilizar a los reos hasta conducirlos al pie del altar, a fin de dar principio a sus trabajos espirituales, invocando la poderosa intercesión de la Virgen María, en su advocación de los Dolores, por me­dio del rosario que rezaron de rodillas, a las siete de la noche.

La autoridad eclesiásticaarreglólas cosas de manera que los condenados tuvieran siempre a su lado sacerdotes competentes que, sin fatigarlos, los confortaran en tan duro trance; así fue que durante esa primera noche de agonía. en que ninguno durmió, se oían en ese antro de lágrimas y de tristezas infinitas, sollozos y suspiros desgarradores, producidos en parte por los primeros albores del arrepenti­miento

A las seis de la mañana del día dieciséis se celebró el sacrificio de la Misa, se hizo tomar ligero desayuno a los reos y se dio principio a las confesiones.  Rodríguez, sin prestar atención a las exhortaciones de los sacerdotes, se fue a sentar en el poyo de la ventana situada a mayor distancia del altar; miraba distraído hacia el patio de la cárcel y dirigía la palabra de vez en cuando al oficial de guardia. que permanecía en el corredor.

A las nueve, los reos almorzaron alguna cosa, a instan­cias de los sacerdotes. El completo insomnio de la noche anterior y la angustiosa situación empezaban a producir en esos hombres, sanos de cuerpo, los mismos síntomas de excitación nerviosa que se notan en los moribundos: pulso acelerado e intermitente, desgano y sed abrasadora, mirada extraviada, laxitud en el sistema muscular y agudas neural­gias en la región estomacal.

A las once llegó la escolta del Batallón Artillería que a las órdenes del entonces capitán don Casimiro Aranza, debía ejecutar la sentencia al día siguiente. El oficial recibió a los reos que debía entregar cadáveres, y les manifestó lo penoso que le era el cumplimiento de tan terrible deber.

Hacia el medio día se permitió la entrada a la capilla a los deudos y amigos de los que ya se consideraban como moribundos. Dictaron sus disposiciones testamentarias sobre lo poco que tenían, y Castillo consintió en que el señor Luis García Hevia tomara su retrato en daguerreotipo. Aún re­cordamos aquella escena conmovedora por demás: Castillo con su hijo de siete años, que lo tenía abrazado, del cuello como en actitud de proteger a su afligido padre.

A las tres de la tarde creyeron que no debía prolon­garse más la escena, que desgarraba el corazón de los cir­cunstantes y quitaba al desdichado reo un tiempo precioso. No tenemos palabras para dar ligera idea de lo que pasó, al separar a esos dos seres al niño lo sacaron dando alari­dos de dolor y a Castillo lo tomó el doctor Pedro Antonio Vesga, y lo condujo abrazado, al pie del altar, donde logró que se fijara en el Crucifijo.

Durante la comida, que llevaron los parientes o amigos, se les pudo hacer tomar de casi todas las viandas acompañadas con algún vino generoso: la labor de los sa­cerdotes había empezado a producir sus frutos y, excepción de Rodríguez, quien aún no había querido confesarse, los demás reos se manifestaban un tanto serenos y resignados.

A las cinco de la tarde se acercó a Rodríguez el Padre Valentín Zapata, candelario, con el objeto de ver si lo re­ducía a que se confesara. El reo permanecía sentado en la misma ventana, entretenido en jugar |tute con una |su amiga que ni en esos críticos momentos lo abandonó. El religioso manifestó al terrible hombre, que tuviera la seguridad de que un día después, a la misma hora en que estaban ha­blando, estaría enterrado; le suplicó con lágrimas en los ojos y en los términos más expresivos, que aprovechara las pocas horas que le quedaban de vida, para implorar el au­xilio del Patriarca Señor San José, a fin de que le alcanzara buena muerte. El reo miró de soslayo al religioso, se son­rió con aire burlesco y repitió las palabras |Patriarca Señor San José, en seguida se dirigió a la amiga y le dijo con voz imperiosa: |echa cartas!

Entrada la noche permanecieron todos en religioso re­cogimiento, y hasta el mismo Rodríguez no pudo sustraerse al sentimiento melancólico que, aun en las épocas bonan­cibles de la vida, se apodera del espíritu en esa hora que marca el fin del día para dar principio al imperio de las tinieblas

A las siete salió el capellán de La Veracruz, en dirección a la cárcel, conduciendo |el Crucifijo del Monte Pío; una cruz negra en que está pintada la imagen de Jesús crucificado con la Dolorosa a los pies; dos faroles de hoja de lata agujereados, con las velas de los agonizantes, pues­tos en la extremidad de dos astas, y la campana esquilón, con que se anunciaba la muerte de los hermanos terceros, objetos todos que hoy existen en la misma iglesia.

Se iba a cumplir con lo estipulado en una antiquísima fundación, para imponer a los reos de muerte, la víspera do ejecutarlos, la mortaja que, como símbolo de reconcilia­ción con el cielo, debían vestir, la que consistía en una túnica blanca, correa atada a la cintura y el escapulario de la cruz de Jerusalén.

Silencio profundo reinaba en el recinto de la capilla, apenas alumbrada por la débil luz de las dos velas encen­didas en el altar, al pie del cual permanecían arrodillados los reos en tranquila meditación, cuando sonó en la puerta de la cárcel el esquilón que precedía la comitiva de La Veracruz. Russi se puso de pie y con voz solemne y repo­sada, dijo a los circunstantes: "Vamos, señores, a recibir al que nos ha de juzgar mañana!"

Todos se aproximaron a la puerta de la capilla y acom­pañaron en seguida hasta el pie del altar al capellán y su séquito. Puestos de rodillas y después de rezar el |Confiteor Deo en alta voz y muy despacio, el capellán entregó a cada reo los objetos que le correspondían. Estos se los pusieron después de besarlos con señales de gran veneración, en me­dio de los suspiros y lágrimas que brotaban de lo íntimo de sus almas. En seguida el sacerdote recitó sobre ellos las oraciones de |bien morir, les aplicó la indulgencia plenaria y se despidió, no sin ofrecerles volver al |día siguiente!...

Apenas hubo salido el cortejo que acabamos de des­cribir, cayó Rodríguez al pie de un religioso franciscano y permaneció así hasta las nueve de la noche. Los lobos es­taban convertidos en corderos.

Después de una sentida y patética exhortación del Padre Pedro Martínez, candelario, en que les aconsejaba que tu­vieran plena confianza en la infinita misericordia del Divino Jesús, muerto como ellos iban a morir, en un patíbulo in­fame, por redimir y salvar al pecador arrepentido, los obligó con señales de la mayor ternura y compasión, secundado por los demás sacerdotes, a que se recostaran en sus lechos, a fin de que tuvieran fuerzas y ánimo para afrontar con re­signación los sucesos del día siguiente. La relativa tranquili­dad de espíritu que ya sentían y la tristeza mortal que los dominaba, hizo que esos hombres tan próximos al sueño eterno, durmieran en completo reposo hasta las tres de la mañana del día siguiente, término fatal de su borrascosa y criminal existencia. Al relevar los centinelas a aquella hora. despertó Russi, dio un grito estentóreo, y exclamó con acento de intenso dolor: "¿'Es cierto que debo morir?"

Los otros compañeros, menos Rodríguez, despertaron sobresaltados; prorrumpieron en llanto, y se lamentaban de la suerte que les esperaba. Rodríguez se incorporó en la cama y continuó impasible sus conferencias con uno de los sacerdotes. Calmado Russi, se puso a escribir hasta las cin­co. Hubo un momento en que se le enredó una pelusa en la pluma, y con sorpresa de los circunstantes, la acercó a la luz de la vela e hizo desaparecer, sin temblarle las ma­nos, el obstáculo que le fastidiaba.

La mañana del día diecisiete se presentó serena y brillante: todo en ella convidaba a gozar del don precioso de la vida. y así debieron comprenderlo los condenados, por­que hacían constantes alusiones al buen tiempo! Con el fin de quitarles todo pensamiento en los intereses terrenales, uno de los sacerdotes les manifestó que, si como era de es­perarse, ofrecían a Dios con buena voluntad el sacrificio de sus, vidas, esa mañana en la cual admiraban las obras de! Creador, sería el principio de un día eterno y feliz para ellos.

A las seis se celebró el sacrificio incruento del altar, al que asistieron los reos con marcadas señales de recogi­miento; después se rezaron las oraciones adecuadas para la preparación de quienes van a comulgar por ultima vez.

A las siete llegó el cura de la parroquia de La Cate­dral, conduciendo el |Pan de los Fuertes para administrarlo a los condenados en forma de Viático que los confortara en el próximo y tenebroso viaje a la eternidad! Todos co­mulgaron con el mayor fervor y unción: no se les pusieron los Santos Oleos, porque este Sacramento sólo se puede aplicar a los enfermos, y aquellos hombres gozaban de per­fecta salud...

A las ocho les introdujeron en la capilla un delicado almuerzo, preparado por la virtuosísima matrona señora do­ña Dorotea Duran, esposa del Presidente, General José Hi­lario López. Ninguno de los reos estaba ya en capacidad de tomar alimento: tal era el estrago producido en su or­ganismo por la prolongada agonía de treinta y siete horas que llevaban de capilla; sin embargo, los sacerdotes los obligaron a tomar unos sorbos de sopa y de café acompañado con brandy, a fin de producir algún calor en esos cuerpos que, vivos aún, se sentían ya helados por el beso de la muerte.

Entretanto, los ministros del Dios de las misericordias no cesaban de prodigar a esos desgraciados todos los con­suelos que les sugería el acendrado espíritu de caridad de que estaban poseídos, tomando ellos mismos en esa inago­table fuente, valor y serenidad, a fin de llenar en tales supremos instantes, las delicadas y azarosas funciones de acompañar a los ajusticiados en los últimos momentos.

A las diez, el capellán de La Veracruz, con el mismo aparato con que se había presentado la noche anterior en la capilla, y cumpliendo además con la oferta que les había hecho, volvió para llenar el penosísimo cuanto tremendo deber de acompañar a los reos al lugar del suplicio. Estos permanecían arrodillados al pie del altar y escuchaban con marcada atención las oraciones que les recitaba el presbítero doctor Antonio Herrán, entonces canónigo, más tarde arzo­bispo de Bogotá. Ya parecía que aquellos hombres estuvieran desprendidos de toda esperanza material, y que, empapados en la sublime idea de ver y poseer a Dios en toda su inmensidad, vieran con indiferencia las miserias de este valle de lágrimas; pero no fue así: al oírse el esquilón que entraba en la cárcel, despertó en los reos desesperado instinto de conservación, natural en todo ser viviente. Se arrojaron al cuello de los sacerdotes; les pedían la vida en cambio de los mayores tormentos que quisieran imponerles; gemían y aullaban como fieras encerradas en estrecha jaula y busca­ban con miradas de angustia indefinible, alguna salida por dónde escapar de su espantosa situación. La sangre se les agolpó al cerebro y les produjo los síntomas precursores de fulminante apoplejía.

Fue aquel un momento de gran consternación para los sacerdotes, que creyeron perdido sin remedio para esos hombres, el fruto de sus pacientes y asiduos trabajos. En medio de aquella inesperada confusión, logró el doctor Vesga apoderarse de Castillo y lo condujo al pie del cuadro que representa Nuestra Señora del Carmen; se arrodilla­ron juntos, y con la voz sonora que caracterizaba al doctor Vesga, acompañó a Castillo a rezar el incomparable |Memorare de San Bernardo. Todos los demás siguieron aquella oportuna inspiración, y como por milagro se cambio el sen­timiento de espanto que dominaba a los reos, por el de humilde resignación, luego que pidieron a la Madre de Dios amparo y conformidad en aquella pavorosa situación

A las diez y cuarto estaban los circunstantes arrodi­llados al pie del altar, oyendo las sentidas y conmovedoras oraciones que la Iglesia católica prescribe para los agoni­zantes: el alcaide de la cárcel los interrumpió a fin de que se revistieran de las túnicas con que, según la ley, debían marchar al cadalso. Las de Russi, Castillo, Alarcón y Ca­rranza, eran de lienzo blanco manchadas de sangre, como asesinos, con capucha del mismo color; la de Rodríguez, era de valencina negra, con sambenito en vez de capucha. como jefe de malhechores en cuadrilla. Russi manifestó gran repugnancia para vestirse el infamante sayal; pero el doctor Pedro Duran, que era el sacerdote escogido por aquél para que lo acompañara al banquillo, lo abrazó con ternura, derramó el torrente de lágrimas que ya lo ahogaba y le dijo con la mayor suavidad: "Recuerde que el inocente y dulcísimo Jesús aceptó con humildad el manto de escarnio que le pusieron sus verdugos". Por toda.respuesta, lo mis­mo que los otros compañeros, Russi besó la túnica y se vistió con ella.

Aún faltaba a los reos, para terminar su agonía, en la capilla, recitar por última vez la |protestación de la fe, ceremonia imponentísima y de excepcional importancia en aquellos solemnes momentos.

Arrodillados al pie del altar y en actitud de dolorida resignación, los reos repetían palabra por palabra los cortos períodos que les recitaba el doctor Mejía. Al oír Rodríguez las primeras frases de aquella sublime oración, que dicen: "Creo en Dios, espero en Dios", se puso de pie y como inspirado por sentimiento sobrenatural, exclamó con acento que ya no tenía nada de mundano: Sí, creo en Dios, espero en Dios...!

Allí perdonaron los reos a sus enemigos y pidieron perdón a los que hubieran ofendido; manifestaron sus sentimientos de tierna gratitud hacia los sacerdotes que, como únicos amigos en el infortunio que sobre ellos pesaba, los habían consolado y asistido hasta sus últimos momentos, y concluyeron por abrazarse entre ellos, después de lo cual se dieron el ósculo de paz y mutuo perdón...

Desde por la mañana, en el lado sur del espacio cua­drado formado al efecto por hileras de soldados, aparecieron los banquillos, cada uno al frente del respectivo cimiento de las columnas que hoy existen en el frontispicio del Ca­pitolio, a contar por la del Occidente, en este orden:

En el centro, el de Rodríguez; hacia el oriente de éste, el de Russi, y después el de Castillo; al occidente del de Rodríguez, el de Carranza: y el último de ese lado, el de Alarcón. Todos tenían en la parte superior del poste, en letras gordas y negras, la inscripción que expresaba el nom­bre del reo, el lugar de su nacimiento y el crimen por que se le ajusticiaba. Sobre el de Russi se leía lo siguiente:

JOSE RAIMUNDO RUSSI

natural de Santo Eccehomo(*)sufre la pena de muerte por el delito de asesinato.

Al frente de los banquillos estaba fijada en un poste, en letras que podían leerse desde lejos, la siguiente adver­tencia:

"Al que levantare la voz o hiciere alguna tentativa para impedir la ejecución de la justicia, se le impondrá la pena de seis años de trabajos forzados".

En los lados oriental y occidental de la plaza, estaban formados, desde las nueve, los batallones |Artillería y Gra­naderos, y en el lado norte, el escuadrón de |Húsares, al mando del Coronel José María Melo.

Dos toques de campana en la torre de La Catedral, anunciaron al jefe de la escolta que había llegado para los reos la hora de emprender el viaje del que no se vuelve. Inmediatamente entraron a la capilla, provistos de lazos, los cabos que debían atar a los condenados, quienes an­tes de levantarse del pie del altar, besaron el suelo, recibieron la absolución en común, y se entregaron a los cabos que les ataron por los lagartos, sujetos hacia atrás; pero dejándoles libres los brazos para que pudieran llevar cada uno un crucifijo, del que no apartaban las mi­radas.

Todas las campanas de las iglesias de la ciudad tocaban a plegaria, para invitar a los fieles a rezar por los que iban a ajusticiar; y en los monasterios de las órdenes contem­plativas, sus moradores estaban en oración continua, implo­rando la clemencia del Cielo en favor de aquellos desgra­ciados.

Precedía el fúnebre convoy el esquilón que sonaba pau­sadamente, y las demás insignias correspondientes a la |Co­fradía del Monte de Piedad; en seguida iban los reos, en el mismo orden en que estaban colocados los respectivos ban­quillos, cada uno acompañado de su confesor y conducido por el cabo que lo llevaba atado, rodeados de los otros sa­cerdotes que los habían acompañado durante su lenta ago­nía, que rezaban ahora en voz baja las preces de los mo­ribundos, y de la escolta que debía ejecutar a los condena­dos. La pavorosa procesión marchaba al compás regular de un tambor destemplado.

Desfilaron por los corredores altos de la cárcel, en cuyo gran patio estaban formados los otros presos, quienes profundamente impresionados con aquel imponente espec­táculo, cayeron de rodillas como movidos por irresistible impulso. En cuanto a los que iban a morir, caminaban len­tamente y oían con profunda atención los consuelos que les prodigaban al oído los confesores que los acompañaban y tenían abrazados, como hace una madre cuando quiere defender el fruto de su amor!

Al asomar los reos a la puerta de la cárcel, se oyó gran murmullo en la muchedumbre que ocupaba la avenida del sombrío edificio con el fin de presenciar el sangriento dra­ma. Fue menester emplear la mayor prudencia con el ob­jeto piadoso de que no distrajeran ni llamaran la atención de los que apenas tenían pocos instantes para prepararse a comparecer ante el Juez que posee eternos los atributos de Justicia y Misericordia! A Russi se le oyeron las últimas invocaciones de las Letanías de la Virgen, en voz clara: |Regina Angelorum! Regina Patriarcharum...!

En cuanto al aspecto físico de los condenados, en todos ellos se acentuaba e! síntoma mortal que los médicos distinguen con el nombre de |cara hipocrática.

Al llegar el convoy a la esquina occidental del Capi­tolio. vio Russí al doctor Andrés Aguilar, se dirigió hacia él con el objeto de despedirse, y al efecto le alargó la ma­no: pero éste retrocedió y se ocultó en medio del tumulto.

¡Extraña conincidencia! Diez años después, el 19 de julio de1861,el doctor Aguilar moría también fusilado por causa política

Al llegar los reos al lugar del suplicio, se situaron ocho soldados al frente de cada banquillo; se levó en alta voz la sentencia que iba a ejecutarse, y se arrodillaron los condenados al pie de los respectivos confesores.que los acompañaban, quienes se sentaron en los cadalsos, abrazaron a los penitentes y los cubrieron con el manteo a fin de poderlos exhortar con más eficacia; sólo Russi permaneció de pie. y en esa actitud hablaba con el doctor Durán.

Pocos minutos después de sonar en el reloj de La Catedral los tres cuartos para las once, los cabos que conducían a los condenados, los separaron de los cofesores. Castillo, al levantarse, alzó los ojos al cielo y exclamó con amorosa pañaba el franciscano Padre Pontón, besó el cadalso antes expresión: "Señor... perdónalos!” Carranza, a quien acomde ocuparlo.

Ya estaban los reos sentados en los banquillos, atados y vendados, esperando la muerte, menos Russi, que per­manecía aún de pie con su confesor. Entregó por último a éste unos papeles impresos, se volvió hacia el Norte y se dirigió a la muchedumbre para gritar con estentórea voz: |"Pueblo, delante de Dios y de los hombres, muero inocente.. ."Dijo tras otras palabras que ahogó el redo­ble del tambor. Contrariado con este incidente, se despidió de su confesor, se sentó y se acomodó bien en el banquillo, al cual ataron, y luego se le vendó.

Antes de sentarse Rodríguez en el poste fatal, se qui­tó la rica esmeralda que llevaba montada en un anillo de oro y se la obsequió al cabo que lo conducía. En ese mo­mento se aproximó a éste una hermosa joven, muy bien vestida, y en voz baja le dirigió algunas palabras; se dijo entonces que ellas tenían por objeto encarecerle que apun­tara bien a la cabeza del reo, a fin de que hubiera certeza absoluta de su muerte!

Rodríguez estiró las piernas y las cruzó con la mayor indiferencia: Castillo y Carranza estaban resignados; Alarcón parecía un cadáver.

El silencio aterrador que reinaba en esos momentos, sólo era interrumpido por las preces de los agonizantes, recitadas por los sacerdotes, quienes se retiraron poco des­pués y se colocaron detrás de la escolta.

A una señal del capitán Aranza. una descarga cerra­da atronó los ámbitos de la plaza, a la que sucedió la rechifla general de la multitud allí reunida, como para rendir homenaje a la Justicia, que en esa ocasión se manifestaba impecable con los criminales. Sólo Alarcón quedó inmediatamente muerto. Siguió un ruego graneado sobre los ajusticiados, y como éstos hacían movimientos convulsivos en su terrible agonía, el pueblo gritaba: "El doctor Russi esta vivo"

“Tírenlea  a Rodríguez". El último que daba señales de vida era Carranza, quien probablemente por la posi­ción en que quedó fuera del espaldar del banquillo, a cada tiro que recibía movía la cabeza; a este infeliz le dieron más de dieciocho balazos. Rodríguez recibió, entre otros, uno en la mandíbula inferior.

Loscadáveres, despedazados y chorreando sangre, quedaron expuestos en la misma posición hasta las dos de la tarde.

En el anfiteatro del Hospital de San Juan de Dios, adonde llevaron los cuerpos de las ajusticiados, se les hi­zo la autopsia: Russi tenía destruida, la frente del esternon, la columna vertebral, cuyos fragmentos quedaron in­crustados en el espaldar del banquillo.

Se les dio sepultura en el cementerio circular, en el mismo orden que ocupaban en el banquillo, hacia la mitad, a la izquierda de la calle central que conduce a la capilla. El sermón de costumbre, después de la ejecución, lo pronunció el doctor Alvarsánchez, cura de La Catedral.

Hemos visto que Russi dijo un momento antes de comparecer ante el |Juez incorruptible, que moría inocente, y aquellas palabras impresionaron aun a las personas que tenían íntima persuación de la delincuencia de aquel hombre.

En cierta ocasión referíamos este incidente a un ilus­trado sacerdote, quien por toda respuesta nos puso en las manos, abierto un libro que llevaba por título: |El porqué de las ceremonias de la iglesia y explicación de casos gra­ves de conciencia. Allí leímos consignada la siguiente doc­trina: |El reo que no haya sido convencido del delito que se le imputa, por medio de la prueba plena exigida en derecho, puede negarlo hasta la última hora, cuando esa negativa tenga por objeto salvar la vida. Este era el caso en que se hallaba Russi, quien por los conocimientos que demostró en esas materias, no es creíble que ignorara la teoría casuística. Hay más: Castillo, Alarcón y Carranza, compañeros de Russi en vida y en muerte, si bien es cierto que tuvieron la |lealtad de no inculparlo, guardaron rigurosa re­serva sobre todo lo que pudiera contribuir para establecer el hecho de la inocencia de aquél. Al ser inocentes, los sacerdotes que los confesaron los habrían compelido, bajo penas morales gravísimas, a que hicieran restablecer el cré­dito y salvaran la vida de aquel hombre. Ya hemos visto que todos ellos marcharon al suplicio después de recon­ciliarse entre sí, sin hacer la menor alusión a la preten­dida inocencia de Russi.

Hay hombres que dan que hacer hasta después de muertos, y Russi fue de ese número.

En el año de1852se hallaba en Granada, de Espa­ña, el señor Andrés Caicedo Bastida, en busca de la salud perdida por la cal que le echaron en los ojos los bandidos que asaltaron su casa. Naturalmente tuvo deseos de cono­cer la maravilla que en esa ciudad dejaron los árabes, co­nocida con el nombre de Alhambra. Pues bien, al mostrar la boleta de entrada al palacio, se le presentó una persona, con el mismo aspecto y metal de voz de su |antiguo cono­cido Russi: todo fue ver el señor Caicedo a su nuevo |Co­mendador y emprender la retirada. Atónito su compañero con semejante proceder, creyó que el americano se había vuelto loco.

Llegados al hotel, manifestó don Andrés a su ami­go, que su sorpresa provenía de haberse encontrado de manos a boca, en cuerpo y alma, con un bandido a quien habían fusilado hacía más de un año en Santa Fe de Bogo­tá, capital del antiguo Nuevo Reino de Granada.

El asunto llegó a noticia de la autoridad, la que sacó en limpio que el supuesto e imaginado Russi, que tanto alarmó al señor Caicedo, no lo habían fusilado en América en el año de1851,por la sencilla razón de que hacía más de diez años que desempeñaba la función de guardián del palacio de Yezid

Sin embargo, don Andrés prefirió no conocer la Al­hambra, a trueque de no volverse a encontrar con aquel hombre que le despertaba tan amargos recuerdos.

En1872,transcurridos veintiún años después de fu­silado nuestro héroe, se propaló la |chispa de que antes de morir un sujeto en Tocaima, había declarado que él ha­bía sido la persona con la cual confundió Ferro a Russi y que en tal virtud, la muerte de éste había sido un asesinato oficial. A la sazón era Gobernador de Cundinamarca el señor Julio Barriga. Apenas llegó a oídos de este magistrado la noticia aludida, dispuso que por el entonces Prefecto del Departamento de Tequendama, se levantara, de oficio, la información que pusiera en claro aquel grave asunto.

La respuesta del Prefecto no se hizo esperar: asegu­raba aquél que, de las más escrupulosas investigaciones, resultaba comprobada la falsedad de semejante aserción, y añadía, que tal noticia tendría origen probable, en los desocupados paseantes del atrio de La Catedral, quienes se complacen en componer el mundo desde aquella per­manente tribuna.

Algo para concluir. El respeto que nos liga a la religión que profesamos, nos veda presentar al público el funda­mento en que se apoya nuestra concienzuda persuación de la criminalidad del desgraciado que se llamó José Raimundo Russi.

 

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