Un diarista de grande olfato para repórters, mí amigo Jerónimo Argáez, le oyó contar por casualidad, hace dos años, no sé cuál de estos casos de historia bogotana, y le dijo al punto: "Escríbame eso".Yo no soy escritorPues díctelo... Interrumpido el primer ensayo de dictado, porque estaba de Dios que Pepe no tendría nunca maestros pedagogos, siguió escribiendo él mismo en su casa. Dado a luz aquello en El Telegrama, gustó mucho al público. Así se descubrió escritor (y no es el primero que Argáez descubre), se aficionó ya viejo a la travesura de pluma: tal es la génesis de estos dos tomos y de los que vendrán después, si el hogar modelo sigue, como es natural, conservándolo sano y flamante como un muchacho, a la misma edad (año más o menos), de su actual vecino y antiguo compinche, el esqueleto que suscribe.
Y ésta es, ni puede ser otra, la edad del historiador, la de los recuerdos y la experiencia, la de la perspectiva justa del pasado, cuando ni la ambición ni el interés ofuscan y la general desilusión impone la imparcialidad. Aquí me permito llamar a los jóvenes que por viejos y concluidos no quieran leernos, para preguntarles a qué edad escribieron sus historias Herodoto, Tucídides, Tácito y Jenofonte, los supremos del oficio; y a qué edad las suyas, y al par nuestras, Juan de Castellanos, José Manuel Restrepo (refundida y concluida a los 73),José Manuel Groot, Joaquín Posada Gutiérrez, Manuel Antonio López, José María Espinosa, y aquel exquisito Juan Rodríguez Fresle, el de la crónica escandalosa del primer siglo de Santafé, contada con la pluma entre santiguamientos, conjuros y toses, a los72 años; predecesor legítimo de Cordovez, con más de tres siglos y medio de intervalo.
La escuela del mundo y de la vida real, y la falta de blanquete y remilgos letrados que se interpongan, es lo que nos concede ver en Fresle y Cordovez las cosas vivas y calientes como pasaron, olvidar que estamos leyendo, y oír a sus personajes como debieron de hablar, con más espontaneidad y verdad local que diccionario y gramática; y después de todo, estos son los ingenuos testigos de la lengua hablada, cuyos adefesios mismos suelen constituir parte útil del testimonio histórico que suministran.
A escritores jóvenes, de notoria honradez y talento, debemos extensos fragmentos de historia contemporánea que son meros alegatos de partido; ¡cuánto más que esas diatribas o desahogos valen los amenos artículos de recuerdos de don José Caicedo Rojas, don José Belver, don Venancio Ortiz y don Próspero Pereira Gamba, ancianos los cuatro!y probablemente olvido a otros. No comprendo, en fin, cómo ocurrió a los griegos en su Mitologíadivina comedia de la verdad humana, confiar el ministerio de la Historia a la musa Clío, doblemente inhabilitada para él por mujer y por joven (lo primero porque su juventud de amor y parcialidad es perpetua), en vez de encomendarlo a Kronos o al Tiempo, el Saturno romano, que es quien siempre lo ha desempeñado satisfactoriamente.
Paréceme que estas Reminiscencias prueban cuan útil es que los viejos escriban, y el preferente caso que los historiadores formales deben hacer de su testimonio. Liberal desde su niñez hasta la fecha, y sin abjurar de su credo, aquí mitiga Cordovez, sus antiguos entusiasmos, y creo rectificará muchos de sus juicios juveniles, como en casos graves y conceptos opuestísimos sobre nuestros pronombres lo hicieron Restrepo y Groot, y la generación actual concurre, si no me equivoco, en sus conclusiones. Así hoy veo yo mismo el 7 de marzo de1849como Cordovez en su relato, o él lo juzga como yo entonces, aun cuando hace45años estábamos en polos opuestos. El verdadero Bolívar, tan desfigurado por obra de sus propios amigos, aparece tal como él era en el vergonzoso incidente de |La fiesta de San Simón; esa carta privadísima que él ordenó a Córdoba romper, una vez leída, ahora cooperaría a reintegrarlo en su grandeza moral, si necesario fuera, y prueba que el titán se dejaba decir la dura verdad, y aun salía al encuentro de ella.
Hoy el autor y sus lectores vemos de un mismo modo, como una ópera bufa de tristes consecuencias personales, nuestras agitaciones de1850a1851en el interior, y que por el mismo tono deben historiarse igualmente en su parte política, salvo breves temporadas de armonía nacional, los veinticuatro años que más tarde vinieron de régimen federalista. Así consideramos hoy todos, hasta el señor Restrepo, la primera patria, que por el tono épico más alto fue tratada en sus días por sus venerables autores; y tenemos que inferir cuánto ganaría el mundo si la percepción general de lo ridículo fuese contemporánea, y cuan cuerdo y feliz sería todo pueblo, si pudiese ver siquiera cuatro o cinco años más adelante.
En este ramo, sólo el tono sinceramente nacional resiste a la
prueba del tiempo; y confirman esto, a su turno, algunas páginas
serias de las
|Reminiscencias. Ningún descuento sufre ahora,
a los41años de su fecha, el acto de conciencia del deber oficial
con que el Presidente Obando se sobrepuso en1853al clamor de una
parcialidad gobiernista, negándose a conmutar la pena de muerte del
asesino de Antonio París, y hoy es ocasión de recordarlo, porque
honra al doctor Rafael Núñez, que acaba de morir, y fue quien lo
concibió y autorizó como Secretario de Gobierno. Al presente, como
en su día, tienen grato calor de patria dos alocuciones del
Presidente Murillo, citadas por Cordovez en el alegre capítulo de
|Diversiones públicas, y nadie disentirá del cronista
bogotano en su concepto sobre
"la siempre bendecida Administración Mallarino".
Concluyamos también que en la política, como en el arte literario
la pasión extrema y la sublimidad se excluyen, y sólo la templanza
ática y su diáfano carácter nacional aseguran el aplauso de la
posteridad, hija emancipada que reirá de nuestros figurines de
modas, y a quien ha de llegar frío el manjar de nuestros odios.
Difícil es presumir qué capitulo de estos tomos cautivará más el gusto de los lectores. Tal vez, por motivo de tradicional cariño, me encanta particularmente, entre tantos héroes y heroínas, el bosquejo de la señora doña Juana Sánchez de Moure, enérgica cepa de esta familia, transplantada de Popayán a Villeta, y la Baucis o hada hospitalaria de esa población. Fue la abuela del autor, y allí encontrarán los lectores en acción, y como en su fuente, la cordial neutralidad a que antes aludimos, que reinaba en la clásica tertulia Cordovez, de esta capital, donde como hechizados por el |genius loci, departían amigablemente Santander,los Mosqueras (el primero el Arzobispo), Obando, López, Canabal, don Mariano Ospina, Murillo, Florentino González, el doctor Cuervo, el doctor Cheyne, Vicente Lombana, Mallarino, José Eusebio Caro, Julio Arboleda, Lino de Pombo.. .¿Dónde vemos hoy aquí nada semejante? ¿Y qué documento más elocuente puede aducirse en prueba de que la política egoísta e incivil ha matado, de años atrás, la sociedad entre nosotros?
El hogar domésticoremata con la elección conyugal y el hogar del autor mismo, pagando un tierno tributo a los que fueron sus padres políticos adoptivos, don Ignacio Ospina Umaña y su santa señora: bello ejemplo y final artístico maestro, de los que inspira el corazón y despiden al lector con una impresión agradable y sana.
Sin embargo, por antítesis frecuente en las letras, obra tal vez de una ley fisiológica de complemento o de compensación, nuestro amable y casero autor no sobresale en la pintura de lo apacible, sino, con numen cancano, en lo melodramático y pavoroso. Así dicen que el diablo baila en los quietos, que siempre sueñan volando y corriendo el mundo Marroquín admira justamente como modelo la descripción de la capilla de Russi y compañeros; yo recomendaría a nuestros criminalistas el capítulo de El bandido Juan Rojas Rodríguez. Esa gradual educación del bandido por el mal ejemplo y la injusticia, hasta consumarse en el presidio o universidad del crimen, es de fantasía y mano fuerte; y el tipo manso de valor de don Miguel Camacho, su duelo a muerto con Juan, sin decirse palabra, a media noche solos y en el riñón del desierto, escogido por éste para su guarida, espantará en el sueño a los lectores impresionables. El juez que lea estas páginas, sentirá aguda espina cuando tenga que mandar a nuestras casas penales a un delincuente primerizo.
El segundo tomo, aunque tocaba a Bolívar presidirlo, comienza y acaba ingratamente, como recuerdo sucede, y peor aún, en el encantador viaje de Amicis por España, introduciéndonos por la gallera de Madrid, y sacándonos de ella por el barrio de los gitanos de Granada; pero entre esos dos cabos las segundas Reminiscencias abundan en asuntos de grande interés y toques trágicos y cómicos de primer orden. Aquí el capítulo de nombre más odiosoEl Alacránque contiene, sin embargo, para mi seca sensibilidad, la página sublime, la única que me ha traído lágrimas a los ojos. Aquel cuadro de Germán Piñeres moribundo, en una pocilga inundada por el río San Agustín en su famosa avenida del6 de noviembre de1872,con la magnánima señora Elena Miralla acudiendo a cuidarlo, Joaquín Posada haciéndolo confesar, el Arzobispo Arbeláez llegando a ese fin por entre el lodo, y Germán pidiéndole a Elena que le lea despacio el Kempis para saborearlo, y prometiéndole que "si me levanto te inmortalizo"; aquella verdad, compite con lo mejor inventado, es un original Miserere del trovador calavera. Compleméntalo el fin de Posada, ocurrido ocho años después, soltando de la pluma unas décimas tan lindas como deplorables, para tomar el crucifijo y morir.
Dios no podía ser con ellos menos misericordioso que los
hombres.
La propensión piadosa y litúrgica del señor Cordovez, como
fiel hijo que es de Popayán, se denuncia a cada paso en sus
Reminiscencias, tanto por faz como por nefas.Ya nos enseña la
historia del Pange lingua y las ceremonias de excomunión y
desagravio, a propósito del robo sacrílego de La Capuchina; ya
expone técnicamente toda la parte religiosa de la capilla de Russi
y compañeros malhechores; ya pinta de mano maestra, como por propia
experiencia, la tarea de los curas rodando de pueblo en pueblo al
modo de piezas de ajedrez, celebrados al llegar por las gentes de
mal vivir, porque mientras no las conozcan están de suelta, y
perseguidos por los gamonales en liga, tan pronto como la
moralización de los vecinos empieza a mermar sus gustos y
utilidades; ya consagra a tres caucanos de muy vario estiloel
músico Velasco, Joaquina la heladera y el negro Victoriacon
tres obras de devoción; ya recuerda como los ora pro nobis de las
letanías los rumores de la barra del Congreso a cada voto que oía
leer para Presidente el7de marzo de1849.Pero a su turno, por el
reverso da un sabor mefistofélico de grande efecto a las fechorías
de sus bandidos, con las venias que hacían al Santísimo, la lectura
del Año cristiano a la avara señora Fuenmayor, y demás incidentes
devotos con que las sazona. En ese género, su tipo del doctor
Prieto, amoroso factótum y envenenador del cura López, de Santa
Bárbara, excede a los imaginarios de Moliere y Víctor Hugo.
Al revés de cierto gran novelista que cuida mucho no vaya a
llegar un libro suyo a ojos de nadie en su casa, sin duda por la
conciencia que tiene de que su negocio es apestar las ajenas, José
María escribe estas memorias a puerta abierta en su cuarto, o en
cualquiera otra donde estén su señora y niños, como en consejo de
familia, por el mucho ingrediente infantil y doméstico que entra en
lo que escribe. Además, amigo y servidor nato de todas las monjas y
hermanas religiosas, tiene gran partido entre ellas y sabe que han
de leerlo (y que ya lo leen en inglés las del Buen Pastor), por
todo lo cual, obligado a contar proezas de muy mala ley siempre
escoge contra qué mandamientos, y "no se la rebaja a
nadie", como rudamente decimos, en la descripción de su
castigo, de donde resulta aquí cada crimen convertido en
inolvidable ejemplo de justicia humana o divina; y un célebre
duelo, en clásica lección contra todos ellos.
Para ser comedido, justo sin animosidad, en el tratamiento de
nuestros partidos políticos, bajo la presión de todas las
atmósferas caldeadas que ellos mantienen en Colombia, cuenta José
María, además de su edad, escuela doméstica y universales
relaciones, con una medalla sagrada que lleva en la mejilla
izquierda, el agasajo que le hizo su ardorosa madre el7de marzo
de1849,cuando volvió a su casa gritando viva López! siendo ella
entusiasta cuervista. Aquello que él describe, fue el espaldarazo
o paz tecum de su ordenación en el ministerio de la Historia, que
cuarenta y tres años más tarde había de comenzar a ejercer.
No obstante las ningunas pretensiones literarias, ni políticas,
de mi querido amigo Cordovez, espero que los lectores sacarán
conmigo de su obra otra lección, doble literaria y social, de
trascendencia: que en política de partidos se pueden llamar las
cosas por sus nombres, sin dejar a nadie justamente agraviado; y
que es muy posible escribir libros que circulen mucho, por
interesar sobremanera a todos, sin halagar con ellos las pasiones
viles, sin deslizarse siquiera a un renglón impuro, y sirviendo a
la sociedad más agradable y eficazmente que con la elaboración de
pretendidos estudios patológicos y sociales que a nadie curan ni
mejoran, porque su mira única es dar que hablar para obtener el
mayor número posible de compradores.
Otros, imitando a Voltaire a su manera, escogen
deliberadamente asuntos grandes, serios y aun religiosos, por tema
para zurcir obras burlescas, pesadas, de vuelo rastrero y
desmoralizador; Cordovez tiene el raro mérito de haber hecho, por
acaso, sin plan ni designio previo, un libro amenísimo, y no sólo
inofensivo, sino útil y edificante, de un tejido (en no poca parte)
de crímenes y de pequeñeces y ridiculeces nuestras, que ojalá
queden únicamente como reminiscencias por la sensatez y buena
índole de sus contritos originales.
Ya escritas tantas páginas con abuso de la hospitalidad
editora, observo que lo que estos tomos necesitan son índices
completos, a la antigua, por la abundantísima copia de noticias
históricas, descriptivas y personales que contienen; y siguiendo el
buen ejemplo de mi amigo Marroquín, me permito proponer al autor
los siguientes temas, a su elección, para futuros tomos:
Establecimientos de Beneficencia, en que Cordovez es autoridad; Los
penales; Las fábricas; Los niños; Los viejos nobles, y cómo
lograron aquí llegar a viejos; Los pobres de Bogotá; Los olores, El
veraneo, con sus varios lugares, personajes y aguas; Los paseos al
Salto; Los monasterios; El doctor Cheyne, deuda no menos de la
familia Cordovez que de la nuestra y ciento más de esta ciudad; el
Presbítero don Francisco Jiménez Zamudio; doña Fernanda Heredia;
don Judas Tadeo Landínez; Los extranjeros bogotanos; Los bochinches
y asonadas; Los santuarios o tesoros escondidos, y espantos; El
mercado y las comidas; Los tipos: locos, graciosos, bobos, guapos,
etc.; Los ricos benéficos; Las calles y casas viejas; El servicio
doméstico; Huertas, árboles y flores; Las Exposiciones industriales
y artísticas; La República en Bogotá; su estadística representativa
de la Nación.
Por el espíritu de las Reminiscencias ya conocidas, los lectores
podemos prometernos de su continuación un conjunto higiénico y
apostólico, para beneficio de la hija de Gonzalo Jiménez de
Quesada; y el retrato de su autor en el salón de nuestra
Municipalidad agradecida.
RAFAEL POMBO
Noviembre de1894.
