LOS CAZADORES

Entre   las prácticas que la necesidad impuso al hombre, tal vez no haya ninguna tan antigua como el ejercicio de la caza. De ésta debieron necesariamente derivar la subsistencia nuestros primeros padres; de ella surgió la inquina de Caín contra su hermano Abel; el hambre de Esaú, después de infructuosa cacería, lo compelió a vender su primogenitura por el célebre plato de lentejas. Nemrod mereció ser citado en la Biblia como |gran cazador delante del Señor; casi todos los monarcas y guerreros de la antigüedad se ejercitaban en la caza de fieras, para no caer en la molicie mientras se les proporcionaba la ocasión de hacer la guerra a sus semejantes; de la caza y de la pesca viven los pueblos salvajes, y al pasar de este estado al de hombres civilizados, se cambia la necesidad en placer: los potentados se reservan extensos bosques en que se propagan los animales destinados al sacrificio, y con lo que se invierte en los arreos de cazador y mantenimiento de la jauría indispensable, podrían fundarse muchas casas de beneficencia, esto sin tener en cuenta los fuertes gastos que implica la condición de gran señor afiliado en el gremio de los cazadores fastuosos.

La mitología erigió altares a Diana Cazadora, que se vengó de Acteón convirtiéndolo en ciervo para que fuera devorado por los perros, en castigo de haberla sorprendido solazándose desnuda en el baño.

La fábula del fin trágico de Adonis muerto en la caza por un jabalí, y de Venus que llora el desastroso fin de su amante, fue origen de inmortales estrofas de Shakespeare.

San Eustaquio se convirtió al cristianismo porque un ciervo, con un crucifijo en la cornamenta, se le presentó en una cacería.

San Patricio arrojó de Irlanda todos los lagartos y culebras.

San Jorge dio muerte al dragón que desolaba a Inglaterra, cuando ésta se conocía con el nombre de Isla de los Santos; y hasta Santa Margarita y Santa Marta tuvieron que habérselas con otros dragones.

Cuentan, pues, los cazadores con ilustre abolengo, y comonobleza obliga, debieran éstos ceñirse a las prácticas de los antecesores en el oficio, armonizando la necesidad de matar con la conservación de los animales que proporcionan el recreo de la cacería, sin dejarse dominar por la manía de la destrucción que reina entre nosotros. A juzgar por el sistema empleado para pescar en los ríos y lagunas,  especialmente en el Bogotá y Tunjuelo, mediante el bestial envenenamiento de las aguas con el zumo del |barbasco;  la guerra implacable que se hace a los pájaros por el estúpido placer de matarlos, y la tala de bosques y malezas sin atender a su reproducción, podría creerse que la leyenda del que mató la gallina que ponía huevos de oro fuese colombiana. Veamos qué pasa a este respecto.

La previsión inglesa conminó con pena de pérdida de la vida al que cortara un árbol en su isla sin permiso del guarda bosque y sin proveer a su reproducción; merced a tan sabia medida, las aguas no han disminuido en el Reino Unido, cuyo territorio continúa siendo uno de los más frondosos y mejor cultivados de Europa.

La antipatía de los |orejones contra todo vegetal que no sea gramínea o cereal, dio por resultado la extinción de los árboles que había en la Sabana y sus contornos, especialmente al Este de Bogotá. Consecuencia forzosa de tan absurdo proceder ha sido el cuasi agotamiento de los que fueron ríos San Francisco y San Agustín, que ya no alcanzan ni a mitigar la sed de los bogotanos, y mucho menos a proporcionar siquiera un baño anual a nuestro pueblo, de suyo refractario al agua. Bajo el punto de vista de la higiene del aseo, apenas habrá ciudad en peores  condiciones que la capital de Colombia.

No ha tocado mejor suerte al reino animal. Ya hemos visto cómo se trata a los peces cuya propagación se ataca en su origen; esto contribuye a que cada día se acentúe más la disminución del |capitán y los cangrejos, que antes abundaban en los ríos y ciénagas de la Sabana.

¿Qué diremos de los pájaros? Las gallinazas constituían nuestro más eficaz agente de aseo, y las destruimos o ahuyentamos a fuerza de perseguirlas; de muchas especies de aves acuáticas que se alimentaban con los enjambres de lombrices y larvas que al morir en el verano infestan los campos, suele verse una que otra refugiada en lugares recónditos, fuera del alcance de los proyectiles que les envía la crueldad del hombre que las sacrifica al capricho de probar la puntería. De los millares de garzas que daban animación a las llanuras con su vuelo majestuoso, en especial las bellísimas garzas reales de plumaje nacarado color de rosa, no quedó ni una para contar el cuento; los |chirlovirlos, mirlas negras y otras variadas avecillas canoras de reconocida utilidad en la agricultura, porque destruyen el muque roedor del |ramaje de la papa, y los insectos que atacan el trigo, pasaron a la historia como fábula mitológica, lo mismo que otras especies de pájaros apreciables, ya por la belleza del plumaje, ya por los servicios que prestan al hombre.

Nos queda uno que otro gorrión de los refugiados en los parques y malezas, únicos en Bogotá que saludan gozosos con sus trinos la aparición de la aurora; pero siempre viven azorados por la implacable persecución de que son víctimas por parte de los muchachos que los destruyen con las malditas flechas de caucho de reciente importación.

En los jarales que cubrían parte de las haciendas de |La Conejera y Fute, vivían manadas de ciervos que proporcionaban abundante y fácil cacería, hasta que se resolvió destruirlos mediante la compra de boletas con derecho a divertirse matándolos a balazos.Con excepción de los venados, que aún existen en la hacienda de Canoas, porque los dueños saben hacerse respetar de los cazadores furtivos, aquel animal inofensivo emigró de la Sabana a los páramos, donde a lo menos tropieza el hombre con algunas dificultades para exterminarlo.

Innumerables son los incidentes felices o desgraciados que han ocurrido en las cacerías, siendo más frecuentes los últimos por el peligro que entraña el manejo de armas de fuego en que el menor descuido suele ser fatal; esto sin tenerse en cuenta los percances y accidentes que acontecen cuando  la cacería tiene por escenario terrenos  quebrados  y montañosos.

Variadísimas son las condiciones que  se exigen entre nosotros a quien desee que se le repute por buen cazador. Mencionaremos las principales.

El postulante debe gozar de robustez a toda prueba, para sufrir sin murmurar las penalidades de la profesión.

Es indispensable que el cazador no tenga |pulso de bandola o trémulo.

El estómago de los cazadores debe tener más fuerza digestiva que las entrañas del volcán Cotopaxi, para poder dominar los atracones de fiambre que por vía de merienda engullen antes de entregarse al sueño; y  en cuanto a la resistencia cerebral para soportar los efectos del licor, se les exige, cuando menos, la potencia del alambique que destile vapores alcohólicos sin riesgo de explosión.

Requisito |sine qua non para el buen cazador es que pueda montar en cualquier cabalgadura, mansa o bravía; poco importa que en la faena de perseguir cualquier animal sea derribado con montura y todo porque este percance no se considera desdoroso entre los del gremio.

Lo único que no se permite a los cazadores, en ningún caso ni por motivo alguno, es que caigan en alguna verdad.

Entre el vivac del soldado que busca calor a la lumbre en noche oscura en víspera de la batalla, y el cazador que se tiende sobre mullido frailejón en espera del asomo del alba para dar principio a la cacería, hay mucha diferencia: el primero piensa en la realidad del peligro que lo amenaza; el segundo se entretiene forjando mentiras inocentes de puro burdas.

De imperecedera memoria es el renombrado cura del Guamo, doctor Luis Sarmiento, por las consejas que refería con la mayor frescura en el primer cuarto del siglo pasado. Inveterado cazador en todos los ramos, el cura era muy solicitado entre los cofrades en el oficio de la caza, pues además de ser ducho en el manejo de toda clase de armas, los entretenía con alegre cháchara durante las noches pasadas a la intemperie en acecho de la presa codiciada.

Imaginaos, paciente lector, una cabaña o campamento de bohemios establecidos en la montaña, en un sitio plano rodeado de sotos que dominan riente arroyuelo, en cuyas vegas se oye el grito de las ranas, único ruido que turba el solemne silencio de aquellas soledades, bajo negra bóveda celeste, donde lucen con brillante nitidez las constelaciones de |La Cruz del Sur y Orión, divididas por los millones de nebulosas de la Vía láctea que encierran el misterio de mundos desconocidos y parten en dos la inmensidad de los cielos. A los árboles inmediatos están atados los corceles de mirada inteligente y oreja inquieta; al rededor de gran fogata se halla tendida la jauría, y al abrigo de los toldos, con el reflejo de las llamas, se ven personajes fantasmagóricos con la cabeza cubierta por monteras tejidas de lana sin lavar y enormes bayetones con que se envuelven, tendidos sobre los zamarros de piel de león y reclinados en las sillas chocontanas que les sirven de almohada. De vez en cuando se observa que los cazadores sacan del bolsillo una vejiga de buey en que guardan el recado de encender fuego, arreglan el |nolí | sobre el pedernal que despide chispas al frotarlo con el eslabón de acero, y prenden la mecha con que encienden la pipa de cuerno atestada de migas de tabaco; las cantimploras circulan sin descanso para atender a los repetidos |embites que se hacen unos a otros, y de la algazara que producen las libaciones a boca de jarro, sale una voz que dice con imperio:

— ¡Tiene la palabra el señor cura del Guamo!

—Sí! Si! que nos entretenga nuestro verídico cura refiriéndonos sus aventuras!, dice en coro la comparsa.

El interpelado es complaciente y culto, no se hace rogar, y empieza así:

"Pues señores, la verdad ante todo. No sé si ustedes oyeron hablar o conocieron a mi difunto compadre Roque Castrillón, que en paz descanse; pero es el caso que en una ocasión me convidó a cacería de venado en el páramo de |Mal vasa. Dormimos en el tambo Gabriel López, y a la madrugada soltamos perros, que se dividieron en dos pistas; mi compadre siguió la que iba en dirección a Totoró, y yo la que conducía al Puracé, montado en Comadreja, que era una mulita retinta muy ágil, que había comprado en Guambia a seña Rosa Mengano; por más señas que la herraron por equivocación en la nalga derecha en lugar de haberlo hecho en la izquierda. Cuando menos lo pensaba, sentí que alguien me seguía dando fuertes resoplidos: vuelvo la cara para ver lo que era, y.. .adivinen ustedes!. . .Un toro barcino de doce cuartas de alto y seis varas de largo, con la cornamenta proporcionada al cuerpo del animal que me acometía con furia.

"Mi mula se asustó y emprendió  carrera tendida, saltando precipicios, hasta que llegamos al pie del |Chorro del Vinagre, que brota del Puracé. La situación se puso crítica porque no había otro camino para escapar del toro sino la hendidura hecha en las rocas por el continuo golpear del agua; y como el toro ya se me venía encima, no vacilé en espolear con fuerza los ijares de |Comadreja, y emprendimos camino chorro arriba. Con los pujos y repujos de la mula para subir, arrojó cuanto había comido sobre la cabeza del maldito toro, que nos siguió a retaguardia; pero entonces advertí que yo llevaba un machete, lo saqué, corté el chorro, cayó el toro, y yo subí; cuando me vi sano y salvo, pude observar desde arriba que el toro se lavaba la cara para limpiarse el verdacho de la mula".

Después de referir la anterior conseja, el buen cura dio gran bostezo, al mismo tiempo que se acariciaba uno de los carrillos, y continuó:

"Antes de la revolución de1840estuve en Tierradentro para bautizar un hijo del famoso indio Ibito, con quien arreglé una cacería de osos; al efecto, escogimos por punto de parada el volcán del Huila, al propio pie de la nieve, donde levantamos barraca de frailejón y ramas para pasar la noche.

"Aunque soy partidario de la cacería, he tenido afición a la lectura divertida, especialmente la que discurre sobre alta teología, por lo que siempre llevo conmigo algún volumen |in-folio, de las obras del Tostado; al mismo tiempo me sirvo del libro para reclinar la cabeza cuando duermo, y así logro que no se me olvide lo que he leído. Por un descuido imperdonable no tengo aquí ese compañero de mis aventuras.

"Desde que oscureció nos acostamos; pero el frío arreció de tal manera, que el termómetro señalaba cuando menos500°bajo cero, lo que nos impedía dormir.  Entonces recordé que tenía en mi maleta un cabito de vela de esperma; lo encendí, tomé mi libro y me puse a leer con el fin de matar el tiempo. Ya había leído más de ocho mil fojas cuando advertí que el tamaño del cabito no disminuía un ápice de cuando lo encendí; quise averiguar la causa del fenómeno, y observé la llama congelada por el frío. Cansado de leer llamé a mi sirviente Nicanor para que me hiciera una jícara de chocolate; pero el muchacho no me oía, porque el frío también helaba las palabras. Al fin vino la aurora, y al subir la temperatura, se consumió instantáneamente la vela, y se me presentó Nicanor con el chocolate que le había pedido a media noche: era que la llama de la vela y mis palabras se |descongelaron a la salida del sol".

El doctor Sarmiento dejó escapar un segundo bostezo, acompañado  de la consiguiente rascadita en la mejilla, y prosiguió:

"Durante unos ejercicios a que fue llamado el cura de Purificación, quedé encargado de esa parroquia, a la que iba los sábados en compañía de mi perra |Guanábana. En cierta ocasión quise curiosear un |champán que había llegado al puerto, y fui acompañado de mi perra; pero ésta tenía sed, y al aproximarse al río para beber, la atrapó un caimán y se la llevó al fondo. Mucha pesadumbre tuve por el desastroso fin de mi animalito, mas como todo en el mundo es perecedero, me resigné.

"Después de mes y medio me vi obligado a bajar por el río hasta Nare, y antes de arribar observé un gran caimán estirado en la playa. La actitud del monstruo era provocativa para darle un balazo; tomé mi escopeta, disparé y lo maté: sorprendido de lo abultado del vientre del caimán, lo hice abrir, y, ¿qué creen ustedes que era la causa de ello?

Pues mi perrita parida de cuatro cachorros sanos y robustos!"

Al concluir el relato de la anterior peripecia, el historiador soltó un tercer bostezo, se rascó con ambas manos las dos mejillas, después de lo cual terminó con este otro verídico cuento:

—"En el Chaparral me regaló una hija de confesión la lora de siete colores que llevé al Guamo, y la puse en estaca junto a la iglesia: allí trabó amistad con el sacristán y los acólitos, de los que aprendió a rezar; pero el día menos pensado se presentaron otros loros, y mi lora se fue con ellos para no volver.

"Un día me encontraba confesando en la iglesia, cuando oí distintamente que cantaban las letanías de todos los santos: supuse que del pueblo vecino vendrían en rogativa para que lloviera, porque el verano era aselador; pero cuál sería mi asombro al ver que mi antigua lora seguida de una legión, cuando menos de cuarenta mil loros, hacía cabeza! —" |Sancta María,cantaba la lora. —" |Ora pro nobis,contestaban los loros, y así hasta el fin de la letanía sin errar en un punto".

Al llegar aquí el relato del cura y dar éste el último bostezo, no eran los loros quienes le respondían, sino los compañeros  de cacería con ronquidos semejantes

Al de enjambre de leones,
Celosos o mal dormidos,

   según Rafael Pombo en su |Bambuco.

En los albores de nuestra juventud fuimos invitados a cacería de patos en |Cerrogordo, a orillas de la laguna de |La Ramada, por unos cazadores alegres y traviesos, capitaneados por don Gregorio de Elorga, alias El Cholo, todos ellos a cual más chistoso y ocurrente.

En cabaña inmediata a la laguna vivía una lamilla de pescadores indígenas,  compuesta de los cónyuges, dos aldeanitas preciosas y tres mozos robustos encargados  del menaje de los cazadores que allí acudían en cada estación de caza.

Serían las nueve de la noche cuando llegamos a la casita con nuestro imberbe compañero, provistos de un fusil mohoso que había sido de chispa, de los cogidos a los españoles en la batalla de Palacé en1814,degradado del género masculino al femenino cuando lo transformó en escopeta de percusión el herrero que nos la alquiló por la suma de cuatro reales diarios, salvando  su responsabilidad por lo que pudiera ocurrir, porque al arma que llevábamos debía aplicarse la frase atribuida a GuillermoII,Emperador de Alemania, con relación al ejército italiano:

"¡Lo temo más a mi lado que si lo tuviera al frente!"

En la punta de un cuerno tapado con corcho guardábamos la pólvora, en un calabacito la munición, y en cajita de cartón de expender píldoras llevábamos los fulminantes: tal era todo nuestro equipo de cazadores.

Nuestros anfitriones nos recibieron con señales de amoroso cariño y especiales consideraciones.

—Buenas noches, |cachifitos,  desmóntense los hijitos; y otras cuantas frases almibaradas repletas de adjetivos terminados en |itos, que nos aplicaban con espíritu  manifiestamente burlón, cuyo verdadero sentido nuestras cabezas de chorlito eran incapaces de desentrañar. No bien hubimos entrado en la única pieza de la cabaña donde se hallaban reunidos los cazadores, cuando fuimos presa de exagerados agasajos de su parte. |El Cholo dio principio a la jarana presentándonos un trago doble de brandy, dizque para abrirnos el apetito, cuando era lo cierto que ladrábamos de hambre y cansancio después de recorrer, sin tomar ningún refrigerio, veinticinco kilómetros a todo galope de caballos trotones: los demás comparsas nos obsequiaban a porfía, quién con suculenta tajada de cabeza de cerdo, quién con una caja de sardinas, otros con pedazos de queso de Flandes, bocadillos de guayaba y pan candeal; las aldeanitas nos suministraron tazas de espumoso chocolate servido con sus correspondientes arandelas, y entre sorbo y sorbo y bocado y bocado, nos compelían los muy tunantes a libar vino de Oporto, con el fin, decían, de facilitarnos la digestión.

Terminadas la merienda, comida y cena, se apresuraron los cazadores a prepararnos lecho confortable, faena en que se mostraron aún más solícitos, si cabe, de lo que habían sido al "dar de comer al hambriento": todos aparentaban disputarse el honor de contribuir con pellones y cobijas para que durmiéramos como marmotas, y al vernos tendidos en el suelo dando señales evidentes de que pronto caeríamos bajo el dominio de Morfeo, empezaron los truhanes a arrullarnos con cariñoso afán, remedando a la nodriza que hace dormir al nene, cantándonos con refinada zalamería:

Duerman los niños con tanto llorar
        Que sólo su madre los pueda aguantar.


Y quedamos profundamente sumidos en sueño parecido al del justo, sin maliciar el significado de aquellos agasajos.

     No obstante el cuidado que tuvieron los cazadores de levantarse a las tres de la mañana en el mayor silencio posible, no pudieron lograr que dejáramos de sentirlos, porque nuestra excitación, avivada con la perspectiva de la futura cacería, fue superior a cuantos esfuerzos hicieron nuestros anfitriones para que durmiésemos, a fin de entregarse a las fruiciones del oficio sin la zozobra que naturalmente debía causarles nuestra reconocida inexperiencia en el manejo de las armas de fuego. En vano se insistió en hacernos creer que el frío de la mañana nos sería muy nocivo, y en los peligros que correríamos de ser mordidos por imaginarias culebras, y escupidos por los sapos: ante nuestra decidida actitud de funcionar por activa en la diversión, no hallaron aquéllos otro medio para precaverse de nosotros, que situarnos dentro de una corraleja cercada de piedra, algo distante de las orillas de la laguna, fuera del posible alcance de nuestros proyectiles.

    Los cazadores se desplegaron en guerrilla, y cada cual se colocó en el sitio que creyó más a propósito, teniendo en cuenta el vuelo de las aves que, al oír la detonación de las armas de fuego, cambian de ruta y se ponen estúpidamente al alcance de los proyectiles de otros tiradores que las diezman sin compasión, pudiendo aplicárseles aquello de que "por huir de las llamas caen en las brasas".

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