CORRIDA DE GALLOS

LA Natividad de San Juan Bautista y el  martirio de San Pedro se celebran en el mundo cristiano con solemnísimas funciones religiosas, para perpetuar el recuerdo de dos de los hombres más notables que ha producido la raza humana. Del primero de ellos dijo el Salvador del mundo que no había nacido hombre superior a su Precursor, y del segundo hizo la piedra angular de la Iglesia, con el atributo de la infalibilidad: al tosco e inculto pescador del mar de Tiberíades lo transformó en pescador de hombres y en cabeza visible de la institución más colosal y portentosa que hayan visto los siglos.

El Bautista no desmintió un solo instante su carácter de Profeta de Jehová: afrontó sin vacilaciones la tarea de censurar los vicios de su tiempo, y entregó tranquilo la cabeza al verdugo, para que fuera presentada en el infame festín de Herodes, como presente  del amor incestuoso.

Pedro era hombre de corazón ardiente; medía sus fuerzas por la intención que lo dominaba, y no por el valor efectivo de ellas; lleno de sinceridad y amor hacia su Maestro, se exaltaba a la sola idea de que se dudara del origen divino de Aquél, y no dejó pasar ocasión que no aprovechara para hacer pública profesión de sus creencias. Sin embargo, estaba escrito que en un momento desgraciado, debía, como dicen, borrar con el codo lo que había hecho con la mano, y negó cobardemente a Jesús, añadiendo así un pesar al Hijo del hombre, abandonado de los suyos y escarnecido por los sayones de Caifas.

Pero esa falta tuvo reparación sublime el día que la crueldad de Nerón condenó al discípulo del Galileo a morir como Este en la cruz. En el momento de elevarlo para clavar en tierra el instrumento del suplicio, Pedro, el pescador humilde de casi noventa años de edad, suplicó a los verdugos que lo colocaran con la cabeza hacia abajo, porque no se creía digno de morir en la misma posición que su Maestro.Así dio su último suspiro el Jefe del Apostolado, perdonando a sus perseguidores y contemplando en su lenta agonía el cielo en donde le aguardaba el que iba a ser su galardón.

Aparte de las fiestas religiosas que, como dejamos dicho, se celebran dondequiera que se ostenta la cruz sobre las torres y cúpulas de los templos, los pueblos sudamericanos dedican los días aludidos a diversiones en que reina el buen humor y la más absoluta franqueza y cordialidad.

En todo el valle del Cauca se engordan los caballos con anticipación, para que en esos días sirvan en las carreras y paseos que indefectiblemente tienen lugar: en esas diversiones desaparecen las diferencias sociales, pues el único objetivo de las gentes es divertirse sin tregua ni descanso, de día y de noche, ora en paseos campestres, ora en bailes que preparan en cualquier sitio aparente para ello. La animación que presentan las poblaciones de las tierras calientes en el San Juan, como llaman esas diversiones, es indescriptible. Por todas partes se ven cabalgatas magníficas formadas por hombres y mujeres, éstas adornadas con trajes vistosos, aquéllos cantando sentidos |bambucos y canciones amorosas; se preparan las comidas o piquetes sobre la hierba fresca, a orillas de algún río de cristalinas aguas que convidan a sumergirse en ellas, en la sombra de aromáticos |guamos y espléndidos |carboneros, cubiertos de penachos de colores brillantes; sobre los manteles se colocan pirámides de frutas tentadoras, se distribuyen aguas frescas y el licor suficiente para |levantar el espíritu, e imitando a los antiguos viñadores que se coronaban de pámpanos, se obsequian guirnaldas de bellísimas y perfumadas flores, con las que también se coronan para volver ebrios de contento, entrada la noche, a la población en que viven, sin llevar en el -corazón un solo remordimiento,  porque, salvo algún ligero pero censurado abuso, todo es cordialidad y decencia en esas diversiones populares.

Por la noche se reúnen las familias y bailan hasta que amanece, sin que se note el más ligero disgusto, pues parece que en esos días yacieran bajo tierra las pasiones humanas, incluso las políticas.

No sucede así en Santafé de Bogotá y sus alrededores, sin que hayamos podido darnos cuenta del por qué de semejante antítesis: podemos decir, sin riesgo de equivocarnos, que no ha llegado a nuestro conocimiento la ejecución de hechos más crueles, brutales y repugnantes como los que tienen lugar con motivo de lo que aquí llaman celebrar el San Juan y el San Pedro.

La función empieza por robar los gallos de los gallineros para procurarse las víctimas que se han de sacrificar; desde la víspera se oyen por todas partes gritos  articulados con voz aguardentosa y estentórea. |Iiii San Pedro! Iiii San Juan! es el aullido que atormenta a los infelices que tienen la desgracia de hallarse próximos a esos hombres y mujeres del pueblo bajo, cubiertos de andrajos, cundidos de piojos, y en tal estado de embriaguez, que no saben lo que hacen, ni a dónde van ni de dónde vienen.

El día de San Juan o de San Pedro clavan los aficionados dos postes largos, a distancia uno de otro de cinco o seis metros, y en los extremos se fija un rejo, de manera que uno de los cabos pase por una polea o cosa parecida, a fin de atesar o aflojar la cuerda cada vez que se desea: el espacio que queda entre los postes, el rejo y el piso, debe ser suficiente para que puedan pasar varios hombres a caballo.

En la inmediación de toda venta o ventorrillo de las afueras de las poblaciones, y en dondequiera que se cruza algún camino de consideración, se erige ese aparato infame, acompañado de unos cuantos barriles de chicha | y damajuanas de aguardiente para vender a los |fiesteros, y de los destemplados tiples, que al zumbido monótono de un tambor ronco, de panderetas y |chuchos desapacibles, ponen en movimiento esas zambras infernales.

La función empieza por |enterrar un gallo vivo con la cabeza fuera de tierra: los protagonistas se arman de |estantillos | para defender el gallo de los furibundos mandobles que con machete afilado le asesta un hombre o una mujer vendados.

Por lo regular desorientan al que ataca al gallo, y lo conducen en dirección opuesta de la escena, guiado por los golpes que da contra los |estantillos; pero sucede con frecuencia que el machete cae como palo de ciego sobre alguno de los defensores, y entonces se arman |trifulcas que terminan de manera trágica. En el caso posible de que el asaltante corte la cabeza del gallo, éste pertenece al que lo decapita. Desde luego que mientras |palos van y vienen, la chicha y el aguardiente no se están tranquilos en los envases, y las libaciones se suceden con pasmosa alternabilidad, sin descuidar echarse algo sólido al estómago, como |patas de puerco, sobrebarriga asada, cabezas de cordero, hilado sancochado, papas guisadas con cebollas, ají y tomate, chunchullos y otros allegados capaces de hacer reventar una montaña, los que al caer a las cavidades estomacales de nuestros héroes, se les convierten en vigoroso quilo: tal es la fuerza digestiva de los gañanes.

Después de las doce del día la fiesta cambia de aspecto: el |bello sexo, o mejor dicho, los marimachos que concurren a esas diversiones. vestidas de enaguas y mantilla de bayeta negra, sombrerito de paja que cubre las despeinadas melenas, calzadas con alpargatas, tan sucias en sus personas, que no parece sino que tienen el microbio de la rabia, tal es el horror que esas gentes profesan al agua, prescinden del poco pudor que solían tener, y empiezan a cantar, sí señor, a cantar, pero en tales modos y términos, que no queda burro que no les haga el contrapunto: de ahí para adelante entran de lleno en la diversión.

Toman un infeliz gallo y lo sujetan de las patas, con la cabeza hacia abajo en la horca maldita: un verdugo coge la cuerda, y todos a cual más borrachos, a pie o a caballo, pasan corriendo e intentan agarrar la cabeza del ave. El que tiene el cabo de la cuerda la hala con fuerza para que suba el gallo que da chillidos de dolor, lo que sólo provoca feroces carcajadas de parte de aquellos desalmados. A veces alcanzan a tomar un alón que arrancan del animal vivo, y este acto, que debiera erizar los cabellos a los espectadores, produce  en ellos una hilaridad digna de salvajes: al fin llega algún afortunado patán que logra prenderse al moribundo animal, y entonces lo destroza para manchar con la sangre a los competidores y presentar el resto a su dama, como talismán irresistible para ser correspondido por la adorada Severiana, a la cual le espeta a quemarropa, y con voz cavernosa, una estrofa por el siguiente estilo:

"Qué haremos vidita mía,
|Tan chanchirientosque estamos;
Juntémonos, pues, los dos
Y un solo |chanchiro hagamos.
¡Ay! ¡ay! porque así es el mundo
Déjame, negra, llorar!...

Terminado el horrible suplicio del primer gallo, atormentan otro, otro y otro, hasta que la falta de luz les hace suspender tan abominable ferocidad; pero los fiesteros se encuentran ya en tal estado de beodez, que ninguno tiene conciencia ni aun de que existe: apoyados unos contra otros, van tomando indistintamente el camino que creen que los lleve a sus casas, y si llegan a caer, no los levanta nadie, porque los efectos de la chicha hacen más estragos en el organismo que los licores alcohólicos.

Si la corrida de gallos tiene lugar en algún sitio de relativa importancia, se suelen llevar toros en soga para que los toreen los aficionados, y así añaden una barbaridad más a tan atroces festejos.

No faltará quien nos tilde de exagerados en la descripción que dejamos bosquejada; pero a los que así piensen, los emplazamos para que en el próximo |San Juan se acerquen a Tres esquinas de Fucha, a las colinas de Egipto y de La Peña, al alto de San Diego, al río del Arzobispo, a Chapinero y hasta pocos pasos al occidente del cementerio, sitios en los que se entregan con cinismo inaudito a toda clase de torpezas y vicios groseros, y lo que aún es más extraño, ante un público numeroso, entre el cual se encuentran las sirvientas de la ciudad, que con permiso de los amos y acompañadas de los niños puestos a su cuidado, vienen a ser las principales víctimas, por no decir el indispensable elemento, de aquellas inmundas y sangrientas saturnales.

Y lo que dejamos dicho que sucede en los arrabales de la capital, es apenas pálido reflejo de lo que pasa en los demás puntos de la altiplanicie con las malditas corridas de gallos, en cuyas gazaperas se atropellan todas las leyes morales, sin consideración a las más triviales reglas de la decencia.

La autoridad se contenta con enviar al teatro de semejantes escenas uno que otro agente de policía para que haga guardar el orden; pero estos agentes de seguridad no van a estas diversiones sino a ser testigos actuarios de los escándalos que se cometen, pues si llega la ocasión de ejercer las funciones de que se hallan investidos, son los primeros apaleados, caso en que vuelven maltrechos a su cuartel a referir el percance que les aconteció. El hecho tangible es que después de las diversiones de San Juan y San Pedro se llena la cárcel de detenidos, los médicos reconocedores no alcanzan a examinar todos los heridos que se les presentan, y en el Hospital de San Juan de Dios no queda cama disponible, especialmente en el departamento de mujeres.

Toca a cada uno en particular, y a los encargados de velar por la extirpación de las costumbres escandalosas, trabajar sin tregua ni descanso hasta lograr extinguir en absoluto la costumbre, por desgracia popular, de despedazar vivos a los gallos y de infligirles otros tormentos no menos crueles, para celebrar las fiestas de dos de los mayores santos de la cristiandad, costumbre que hace aparecer a nuestro apacible pueblo como el prototipo de la ferocidad y de costumbres relajadas.

 

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