LAS FIESTAS DE LOS TOROS

 

ES indudable que de las diversiones a que se entregan los pueblos de origen español, ninguna alcanza la popularidad de las corridas de toros. Puede decirse que hay en nuestra |idiosincrasia | algo de |toril, inseparable de nuestro modo de ser. Todos, cual más, cual menos, tenemos inclinación a torear, y es muy raro el niño que al pasar por cerca de una res, aunque sea manso buey uncido a enorme carro, no se quite el sombrero para provocarle; y si alguno de los bueyes en que traen su mercancía los carboneros o leñadores llega a derribar a fuerza de corcovos la carga, en el acto se arma la francachela y aturden los silbidos y gritos de los muchachos, entusiasmados con la perspectiva de que el animal se enfurezca y les proporcione un rato de diversión.

Hasta el año de1890,en que vino a esta ciudad la modesta compañía de toreros americanos compuesta del director Ramón González ( |Clown), torero; de los banderilleros Rafael Parra ( |Cara de piedra) y Vicente González, ( |Chamuparro); de los capeadores Julián González ( |Regaterín) y Julio Ramírez ( |Fortuna), no tenían idea los santafereños de lo que era una corrida de toros al estilo español, en las que todo son reglas fijas y posturas académicas, con cierta gravedad y compostura aun en las suertes más arriesgadas; vestidos los toreros con los elegantísimos trajes clásicos del oficio, sin tomar parte el público, a no ser para aplaudir o censurar; pero sin comunicar al espectáculo la animación de nuestras antiguas fiestas de toros, que ofrecían aspecto especialísimo de confusión y bullicio.Esta debió de ser sin duda la causa de que las primeras corridas que dio la compañía tuvieran mediano éxito.   Posteriormente vinieron toreros  de cierta reputación y formaron otra compañía, compuesta de los espadas Tomás  Parrondo ( |Manchao) y Serafín Greco ( |Salerito), del picador Salamanquino, del banderillero Vicente González ( |Chamuparro), y de los capeadores Ramón García ( |Chaval) y Julio Ramírez ( |Fortuna) a los cuales se les permitió matar el toro.

El16de junio del año de1892hizo su estreno la mejor cuadrilla de toreros  españoles que hasta la fecha de estas crónicas ha venido al país, compuesta de Leandro Sánchez de León, ( |Cacheta), primer espada, Benito Antón |(El Largo), sobresaliente espada, Saturnino Arancey ( |Serranito), Santiago Sánchez ( |El Cerrajero), Pablo Fuentes ( |El Barbero), Federico Manso ( |ElChato) y Casto Díaz.

Puede decirse que en la actualidad ya hacen parte de nuestras costumbres las verdaderas corridas de toros; pero desearíamos que en ningún caso se permitieran las suertes de los picadores, que presentan indefensos los infelices caballos para que los bichos les saquen los intestinos o hagan presenciar al público escenas de la laya no menos repugnantes que crueles.

Antaño tenían lugar las corridas de toros en cada uno de los barrios en que estaba dividida la ciudad. Empezaban en Las Nieves, seguían en Santa Bárbara y terminaban en San Victorino, para lo cual se aprovechaba la plazoleta del mismo nombre, la que en esa época era suficiente para que pudieran concurrir a divertirse los habitantes de la ciudad que estuvieran en actitud de hacerlo.

Pero desde el año de1846,en que se inauguró por el entonces Presidente General Tomás C. de Mosquera la estatua del Libertador en la Plaza principal, se adoptó la costumbre, apoyada en el mandato oficial, de celebrar el 20de julio como aniversario de la proclamación de nuestra Independencia nacional, con espectáculos más o menos rumbosos y variados, entre los cuales figuraban en primer término los conocidos con el nombre de fiestas; palabra que encierra un mundo de logogrifos, para descifrar los cuales no bastaría la Enciclopedia Británica ni los Diccionarios de todas las lenguas habladas y por hablar.

Vamos a hacer el esfuerzo intelectual de que podamos ser capaces, para presentar a la generación que actualmente surge, aunque sea una mezquina y desaliñada descripción de lo que pasaba en la capital de Colombia, a contentamiento tácito y expreso de sus moradores,

 Desde el primer ciudadano
    Hasta el último mendigo,

al poner en ejecución los hechos prácticos que se desprendían del cabalístico y misterioso disílabo |fiestas, puesto en desuso para bien y provecho de muchas y muchos, desde el año de1880.

Una vez resuelto por la Municipalidad y por los |metálicamente interesados, que debíamos divertirnos con fiestas, fijaba el Alcalde un aviso en letras gordas y rojas, en que llamaba a licitación, para adjudicar en remate al mejor postor el área de la plaza en donde tendrían lugar los espectáculos ofrecidos, con la obligación de suministrar los toros, pagar y vestir a los toreadores, proporcionar tablados al Presidente de la República, al Alcalde y a los músicos—que también debía pagar el rematador y a construir la barrera y el toril.

Llegado el día del remate se presentaban en el local de la Alcaldía los que estaban en el busilis del negocio, echándolas de patriotas resueltos a sacrificarse en aras de la patria por divertir a sus conciudadanos, y se daba principio a un simulacro de pujas y repujas entre bellacos licitadores que de antemano se habían puesto de acuerdo. El Alcalde, por su parte, les encarecía la conciencia con la reflexión de que el producto |neto del remate estaba destinado a los establecimientos de beneficencia; pero los taimados se encastillaban en la carestía de los víveres y en la pobreza general del país para no alzar más el precio. Por último, cansado aquel de oír tanto alegato y disputa en pro de los codiciosos rematadores, declaraba cerrada la licitación y adjudicaba el terreno, a razón de cuatro pesos el metro cuadrado, durante los |nueve días que debían durar las fiestas.

La operación financiera de la Municipalidad quedaba reducida a recibir unos veinte mil pesos por los cinco mil metros que ocuparían las construcciones de los tablados; pero deducido el valor de los espectáculos que debía costear aquella corporación, los fuegos artificiales y el alferazgo que le correspondía en uno de los días de las fiestas, quedaba una utilidad líquida de ocho a diez mil pesos, suma por la cual estamos seguros de que ni el más desesperado tahúr vendería el alma al diablo. Sin embargo, con las fiestas no era una, sino millares, las que se le ofrecían dotadas al espíritu de las tinieblas, que se reiría a carcajadas al considerar la abundante cosecha que se le preparaba sin poner él nada de su parte, y antes bien, podría dormir apierna tendida, seguro de que al despertar, pasadas las fiestas, encontraría  considerablemente  aumentado su imperio, por consecuencia de las |diversioncillas de los nueve días, sin contar el producto del prólogo y del epílogo.

Una vez adjudicado el remate del terreno a los primitivos licitadores, éstos a su turno lo volvían a sacar a licitación particular, para lo cual lo dividían y subdividían de manera que no quedara lugar aprovechable, por pequeño que fuera, sin que les produjera una utilidad del ciento por uno en relación con lo que a ellos les costaba. Tan luego como se tenía conocimiento en la ciudad de que ya era de |clavo pasado el asunto de las fiestas, se empezaban a publicar avisos por todas partes, en los que anunciaban los usureros las facilidades y ventajas  que ofrecían al público para darle dinero a préstamo, a fin de que no le faltaran medios para divertirse en las brillantes y nunca vistas diversiones que se preparaban. Al mismo tiempo los especuladores en el asunto distribuían grandes programas en que se convidaba a los forasteros para que viniesen a la capital a gozar de las maravillas que les ofrecían, mediante el insignificante sacrificio de algunos pesos gastados en el viaje, puesto que en los |hoteles preparados al efecto llevaban la filantropía hasta  hospedarlos casi de balde, nada mas que porque estuvieran concurridas y animadas las próximas fiestas, en que |campearían la decencia, buen humor y moralidad consiguientes a la ciudad, que era considerada |comoAtenas de América!

El1de julio empezaban los constructores de tablados y toldos la tarea de acarrear la madera necesaria para las obras proyectadas, y desde entonces tomaba la plaza el aspecto de una gran feria en que se veían llegar de todas partes enormes carretadas de madera en diversas formas y clases, tiradas por bueyes enyuntados que conducían estúpidos y sucios gañanes: cada carretero se creía con derecho a ser preferido en el recibo de su cargamento; pero como esto era materialmente imposible, se desquitaban profiriendo las mayores desvergüenzas a voz en cuello y maltratando horriblemente a los pacíficos animales, sin que nadie les dijera |oxte ni moxte, porque se estaba en el prólogo de las fiestas.

Al ver los habitantes de la ciudad que ya principiaban a tomar forma las suspiradas diversiones, empezaban a salir de la apatía ingénita a los santafereños, y podía decirse que el termómetro fiestero comenzaba a subir como si tuviera una fragua inmediata. Todos  hablaban de las próximas fiestas y se preparaban para ellas con tal entusiasmo como si se tratara de la Exposición de París; pero lo raro del asunto era que las personas menos acomodadas, y por consiguiente aquellas que tenían que hacer mayores sacrificios para divertirse, eran también las que se manifestaban más entusiasmadas.

Desde entonces se notaba un movimiento inusitado en la ciudad: por dondequiera se veían viejas que llevaban a las casas de préstamo y usura objetos que representaban cualquier valor para empeñarlos por la décima parte de su justo precio, con pacto de venta y retroventa, y con el infame e inicuo interés de diez centavos diarios por cada peso!

Los notarios tenían que cuadruplicar el número de escribientes para poder atender a las exigencias de los interesados que acudían a elevar a escritura pública los contratos  de préstamo al |módico interés de dos por ciento mensual, asegurados con garantías hipotecarias, y por lo común con las cláusulas de venta y retroventa: el movimiento de la propiedad raíz alcanzaba proporciones desconocidas en las épocas normales, y podía asegurarse que apenas había finca cuyo precio fuera inferior a diez mil pesos, que no saliera a danzar en este torbellino de traslación de dominio y de gravámenes, a fin de procurarse dinero para figurar en las fiestas, por activa o por pasiva, cada cual según su posición social.

Los condescendientes padres de familia, acosados por las exigencias de las hijas, vendían o hipotecaban lo que poseían, por lo regular alguna casita, para tomar |tablado en la plaza, y presentarlas ante el público que no alcanzaba a distinguirlas, con traje distinto en cada una de las nueve corridas de toros; y como no debía desperdiciarse ni un momento de ese tiempo tan precioso, se acordaban de que |la economía es madre de la riqueza, lo que en lenguaje fiestero se interpretaba así: |durante las fiestas no se prende candela en la casa ni se hace mercado, porque las vulgares necesidades de comer y beber se satisfacen más fácilmente, con múltiples variantes, en los toldos que les quedaban del |codo a la mano.

En cuanto a los empleados, el negocio era aún más ruinoso si cabe: vendían un año entero de sueldos anticipados, con el descuento de setenta y cinco por ciento, que los agiotistas les compraban después de tener asegurada la colocación de las respectivas órdenes de pago, en el cumplimiento de alguno de tantos contratos celebrados con los Gobiernos nacional o del Estado; y para el caso de muerte o destitución del empleado se estipulaba  que responderían de la quiebra los descendientes de éste hasta la cuarta generación, con los bienes pretéritos, presentes y futuros.

A medida que se aproximaba el20de julio, aumentaba la desazón y movimiento febril de la ciudad: se hablaba de las fiestas, se preparaban para las fiestas, se comentaban y se preparaban las diversiones que tendrían lugar en las fiestas, las muchachas tenían fundadas esperanzas de encontrar novio en las fiestas, las viejas tenían seguridad de rejuvenecer con las fiestas, las venteras creían que iban a formar un capitalito en las fiestas, los tahúres tenían intención de desplumar muchos pájaros en las fiestas, y hasta el Gobierno creía que aseguraría el orden en las fiestas. Fatídica palabra llamada a ser la esperanza de tantos y el desengaño de todos!

Cuando la epidemia de las fiestas había alcanzado mayor intensidad, podía decirse que hasta los más cuerdos perdían  la chaveta: doquiera se experimentaban los estragos de tan extraña situación. Apenas se estaba en el prólogo y ya el desorden había invadido todas las esferas sociales: los estudiantes se declaraban en huelga; las sirvientas notificaban a sus señoras que |tenían la pena de irse, porque se veían en la necesidad de cuidar a un hermano gravemente enfermo, o les habían robado la ropa y debían buscarla, o bien iban a ver a la madre, que era ya vieja, o porque le sacaron |la muela al |gallo; pero se iban. Los deudores no pagaban, porque  esos no eran tiempos de pagar, y los comerciantes que sólo tenían mercancías de las llamadas |pan y carne, se la pasaban mano sobre mano, bostezando sentados en sus mostradores, sin vender un cuarto; en cambio no quedaba en esos días ningún articulo de fantasía, por estrafalario que fuese, que no saliera a lucir a la plaza de toros.

La noticia de las próximas fiestas en la capital levantaba la polvareda hasta cien leguas a la redonda: desde entonces empezaba la peregrinación de los provincianos acomodados, que venían a disfrutar de las delicias sin cuento que les brindaban los rimbombantes programas, sin advertir los desgraciados que venían a meterse de cabeza en una hornaza que devoraba todo cuando dio Dios al hombre; honor, fortuna y salud! Y así como los buitres de los páramos acuden presurosos al festín que les brinda la mortecina res, del mismo modo se veían llegar de todos los cuatro puntos cardinales, hombres de aspecto sombrío, montados en soberbios caballos o mulas, bien aperados, con vistosos revólveres al cinto, zamarros de cuero de león o polainas lujosas, valiosos anillos y prendedores, gran cadena de oro con abultado cronómetro; las |alforjas de la montura dejaban traslucir que no era fiambre su contenido, sino algo pesado digno de especial atención, a juzgar por las constantes miradas que les echaba el jinete, detrás del cual seguía un muchacho, también montado, que conducía dos o tres buenas cabalgaduras de diestro: eran los tahúres que iban a tomar posiciones para las fiestas, sin pensar que tal vez tendrían que mendigar vergonzosa |cancha para regresar a sus guaridas!

Al fin llegaba el impacientemente esperado día diez y nueve, en que debían empezar las tan apetecidas fiestas, con los fuegos artificiales de ordenanza.  Desde medio día estaban terminados los trabajos de construcción de las tres filas de palcos, coronados de gallardetes tricolores que agitados por el viento, daban a la plaza aspecto risueño y alegre:  cada localidad la adornaba el respectivo locatario con colchas de damasco del color que a bien tenía; entre las barreras y los tablados se dejaba un andén para que transitaran por él los que no querían entrar a la arena; debajo de los palcos se instalaban las cantinas, presididas por antiguas veteranas |hijas de la alegría, que después de crudas campañas del oficio se contentaban con |ver los toros desde la barrera, ya que no podían hacer parte del ejército activo, por aquella razón de que la cruda mano del tiempo todo lo desbarata!

Pululaban las mesas de juego en que se ostentaban sin ruborlas |cachimonas, las blancas y coloradas, el bisbis, el pasadiez, las rufetas, el gallito, el monte dado, la popular lotería de figuras y otros juegos afines en que el noventa y nueve por ciento de las probabilidades están a favor del impudente tallador; estos eran los sitios dedicados para desplumar al pueblo de todas edades, sexo y condición, pues las jugarretas en grande estaban establecidas en la mayor parte de las casas situadas al rededor de la plaza y sus inmediaciones. En éstas se jugaba únicamente al |dado corrido en los departamentos reservados, y al |monte dado | en todas las localidades que presentaran fácil acceso al renovado concurso, que ocurría atraído por los montones de dinero que se exponían sobre las mesas, como cebo tentador para los que allí entraran.

A las siete de la noche estaban encendidos los faroles de diversos colores colocados en los palcos y restaurantes: el centro de la plaza se veía iluminado con luces de Bengala, y doquiera reinaba la mayor animación. Los muchachos de la ciudad tomaban puesto en las barreras, en donde metían tanta bulla como los pericos en tierra caliente cuando van de tránsito a saquear la apetecida roza de maíz; y de todas partes llegaban enjambres de gentes ansiosas de tomar buen puesto. Las madres del pueblo llevaban a las muchachas |entramojadas y en el centro de la familia, a fin de preservarlas de los |cachacos | atrevidos, o de que se les perdieran entre aquella vorágine. Los |Tenorios pasaban revista a todos los grupos que ofrecían probabilidades de aventura amorosa, y si llegaban a pescar en aquel río revuelto, se perdían en uno de tantos toldos preparados al efecto.

De repente se elevaba con estruendo un gran cohetón que iluminaba el cielo con multitud de luces de colores brillantes: la gritería de veinte mil almas y los agudísimos silbidos do los muchachos contestaban, llenos de alborozo, ese anuncio de que empezaban los fuegos. Las bandas de música del ejército alternaban tocando |bambucos, pasillos |y otros aires nacionales de no muy buen gusto; la función pirotécnica duraba hasta las nueve de la noche, y en ese intervalo se quemaban |idas y venidas, triquitraques, bombardas, buscaniguas |o ruedas encendidas que se lanzaban sobre la apiñada multitud que, para no quemarse, remolinaba en todas direcciones, estropeándose y gritando: ese era el momento propicio para que los amantes contrariados se desquitaran en menos que se |limpia un ojo. Luego seguían los |castillos, que figuraban fuentes, estrellas, abanicos u otras alegorías; pero siempre terminaban con el castillo grande, o Fuerte de |San Mateo que, al reventar el último gran trueno dejaba ver a Ricaurte dando fuego al Parque. Seguían los globos de vistosos colores que se atacaban con cohetes, y si llegaba el caso de atravesarlos, estallaba estrepitosa salva de aplausos y risas. Terminados los fuegos, empezaban a funcionar los juegos: aquello sí que semejaba una |Caja de Pandora. Los que de buena fe habían concurrido a la plaza para ver las maravillas de la pólvora, se retiraban ansiosos de salir de aquel atolladero peligroso; pero las personalidades que estaban allí atraídas por el incentivo de tomar parte activa en las mil aventuras de todo género que ofrecía aquel |pandemónium, se dirigían  en busca del sitio en donde pudieran entregarse impunemente a la práctica del vicio de su predilección, sin malicia, como dicen los bogas de Mompós.

Curioso, por no decir repugnante, era  el aspecto que presentaba la plaza durante las diez o doce noches que duraba aquel desenfreno, superior en mucho a las saturnales o bacanales del paganismo: dondequiera se veían mesas de juego en prodigiosa actividad, rodeadas de innumero concurso, entre el cual se contaban las mujeres de mala vida y las desertoras sirvientas de las casas, que acudían a ese inmenso lupanar en seguridad de pelechar con la infracción de todos los diez mandamientos de la Ley de Dios y los cinco de la Iglesia, que en tiempo de fiestas quedaban suspendidos de hecho! Los gariteros o |talladores invitaban a voz en cuello a los concurrentes a que jugaran en sus respectivas mesas, para lo cual ponderaban las ventajas evidentes que se obtendrían en la clase de juego que regentaban; por todas partes se oían exclamaciones o invitaciones del tenor siguiente:

 Apuntarse a la cachimona!
    A la |roleta que da treinta y dos por uno!
    A las blancas y coloradas!
    Se va la ficha por siete cuartillos libres!
    Lotería!
    Casa grande!
    Casa chica!
    Rebulla el tallador!
     Ases! Senas! Par o pinta!

 

El juego preferido de las viejas era la lotería de figuras, cantada por muchachos adiestrados en la materia, porque toman el oficio de viajar como gitanos para exhibirse en dondequiera que hay fiestas.

No deja de tener cierta originalidad la manera como se anuncia la salida de la figura de cada ficha, y el modo de atrapar la oportunidad para satirizar lo que les parecía, por ejemplo: para gritar la beata, decían:— |El rosario en la mano y el diablo en la faltriquera.—La bota chirriando y el bolsillo silbando, se aplica a los gorrones o petardistas; pero el tono general de cantar la lotería, aun cuando es monótono y rutinero, revela el espíritu malicioso y picaresco que domina al tallador. Distribuidos los carteles a los jugadores apuntados, se sienta el muchacho sobre la mesa alumbrada con vela de sebo en sucio farol; sacude el talego que contiene las fichas y empieza a gritar:

 El corazón de una dama
Con botella catalana!
Lachiquita |y lo que gana...
Y másdetrasito viene
Lapiña chorreando caldo,
Y las mujeres chupando!...
El toche buche amarillo
Medejó sin un cuartillo!

Latorre de Babilonia
Dondehacen agua Colonia;
Y másdetrasito viene
El negrito Cordobés
Con lastripas al revés!
El toro salió a la plaza
En busca de ña Tomasa...

El grito de ¡lotería! dado por el ganancioso, termina la partida, y vuelve a seguir la misma jerga de día y de noche durante las fiestas.

Respecto a las casas de juego adyacentes a la plaza, no merecen la pena de que hagamos especial descripción de ellas, pues allí pasaba lo que sucede en todas las de su clase: hombres y mujeres que entraban contentos con dinero en el bolsillo, para arriesgarlo en una o más paradas, con la esperanza de la ganancia, y los mismos que salían renegando con la rabia de la desesperación y del remordimiento, porque habían perdido cuanto llevaron y no tendrían con qué desayunarse al día siguiente!

Mientras tanto Mefistófeles tomaba posesión de la cumbrera del tejado sobre la Casa Consistorial, y desde allí contemplaba con satánico contento la consumación de todas las abominaciones de que era teatro escogido el lugar más notable de la ciudad: las estridentes carcajadas se confundían con los impetuosos vientos que desencadena en esa época la serranía oriental.

La aurora del veinte de julio sorprendía a los trasnochados fiesteros, cual moscas prendidas en asquerosa llaga, que no se apartaban ni un instante de su objeto, y las venteras reponían las viandas y licores consumidos durante la noche, a fin de mantener latente en los parroquianos el deseo de permanecer como arraigados en el riñón de las fiestas.

En ese día de la Patria se empavesaban las casas con banderas nacionales y se exponían en la galería de la Casa Municipal los abigarrados retratos de los próceres de la Independencia, presididos por el de Morillo el |Pacificador; los militares que aún quedaban de la guerra magna, vestidos con sus antiguos uniformes y medallas de honor, acudían a felicitar al Presidente de la República. En la Catedral pontificaba el Arzobispo en la misa solemne que se celebraba en acción de gracias al Todopoderoso; predicaba algún orador notable, y terminaba la función con un solemne |Te Deum, actos a que asistían los altos empleados civiles y militares y el Cuerpo Diplomático, presididos por el primer Magistrado.


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