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Revolución
y Caudillos
Otto Morales Benítez
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CAPITULO III
Padre de los
Pobres
TUPAC AMARU Y LA
REBELION CONTINENTAL
A medida que crece su
prestigio, se conviene en legendario el título que se le otorgó a Túpac Amaru: Padre de
todos los Pobres y de todos los miserables y desvalidos. En esa calificación está la
síntesis de su lucha, el agónico padecimiento por su pueblo. El nombre de Túpac Amaru
cubre ancha faja de la historia americana. Siguiendo a Daniel Valcárcel, erudito y serio
investigador de este personaje peruano, podemos puntualizar muchos de sus hechos heroicos.
Actos, además, que tuvieron una intensa y prolongada influencia en el espíritu del siglo
XVIII. En ese viento de liberación que corría por América, el apelativo de Túpac Amaru
vuela por las veredas; se va infiltrando en la imaginación como un símbolo para evitar
los padecimientos; su patronímico se vuelve conjura contra los poderes centrales. Y su
ejemplo ilumina la beligerancia de una ardentía creadora. De allí el vigor continental
de su acción; la irradiación de su hazaña en los años en que agonizaba la Colonia.
Túpac Amaru era de
importante genealogía. José Gabriel Condorcanqui Noguera o Túpac Amaru, era de origen
ilustre. Estaba aferrado a la más alta y limpia tradición de los jefes incaicos. Su
prestigio resonaba, como un eco del fervor y adhesión que despertaron los gobiernos de
sus antepasados. Recibió una vivaz formación cultural, de acuerdo con las precariedades
del tiempo. Llegó a escuchar en la Universidad de San Marcos lecciones de arte.
"Física y
espiritualmente, José Gabriel representaba al mestizo". Su actitud era humanamente
noble, inclinada a la ayuda de su raza. Su vocación de servicio le llevaba a colaborar,
permanentemente, en la solución de las dificultades de los menesterosos. Cada vez que un
indio padecía una injusticia o era apremiado para el pago de impuestos excesivos, Túpac
Amaru aparecía buscando aminorar la aplicación de la inclemente sentencia o socorriendo,
con largueza, a quien estaba sitiado por los recaudadores exigentes. Su mano era pródiga.
Túpac Amaru era arriero.
Este admirable varón estuvo al trote de sus recuas, midiendo palmo a palmo su tierra.
Oyendo relatos escalofriantes de cómo el sufrimiento se hincaba en el mitayo: sabiendo
cómo operaban los repartos de indios, presenciando las cargas excesivas que reclamaban
corregidores y gamonales. El iba de fonda en fonda adivinando ese hondo rumor de soledad
que agitaba, con pavor, el alma del criollo americano. Y en torno de él se iban
aglutinando mestizos, indios, pardos. Todos encontraban en su silencio, en su introvertido
mundo, un sitio para que llegara su adjetivo de protesta. Su corazón se iba ampliando en
vórtices de angustia en sus frecuentes viajes.
El arriero es un ser de
distancias y meditaciones. Al paso lento de sus animales, va mirando el paisaje,
confundiéndose con él, y reflexionando sobre los motivos que advierte y presiente. El es
el correo natural en las primeras épocas de América. Además quien comunica la crónica
de comarca en comarca y la estimula en la hablilla en torno al fogón improvisado al pie
de la carpa protectora. Primitivamente, era quien se encontraba con mejores oportunidades
para conocer la realidad de un territorio, el ánimo de sus habitantes, la congoja de su
estirpe. El arriero, era persona de fiar, pues toda la riqueza de una sociedad pasaba por
sus manos. Por ellas, también, iban las cartas de amor, las razones que aseguraban un
negocio y los papeles que garantizaban futuros cumplimientos. En nuestros días aparece
como un héroe mítico, pues su honradez era proverbial. Alguien sostenía que los seguros
para las mercancías sólo se crearon cuando se cambió el sistema de transporte de la
arriería. José Gabriel Túpac Amaru pertenecía a esta orden magnífica, que lentamente
fue ayudando a la conformación de la unidad nacional en cada país. Su estampa alta,
endurecida en su oficio, se iba destacando a su paso por los caseríos. Meditando, detrás
del lento avance de las acémilas, iba uniendo todos los ovillos, de miseria y de
extorsión, de que estaban zurcidas las resellas campesinas.
¿Cómo era nuestro
personaje? Valcárcel hace una descripción que no debemos eludir en estas líneas:
"Sobre la persona
física del caudillo, su sociabilidad y su espíritu, ha quedado una versión directa y
otra indirecta. Era Túpac Amaru un hombre más bien alto, grueso pero "con
proporción muy regular", los ojos negrísimos, penetrantes y mayores que los comunes
entre los naturales, la nariz aguileña y la barba de obstinado, el pelo largo, signo de
distinción entre la nobleza autóctona, y la piel muy clara para indio pero oscura para
un peninsular. Las personas que lo vieron hablaban de su agradable fisonomía. Se asegura
que su retrato fue pintado por el zambo Oblitas, antiguo esclavo del corregidor Arriaga,
fervoroso partidario de la rebelión".
"En su vestir
mostraba elegancia y pulcro esmero, viviendo su familia con mucha comodidad. Lucía trajes
a la moda, confeccionados con el más fino terciopelo. Se le describe llevando casaca,
calzón corto, camisa bordada y chaleco "hilado de oro tejido", medias de seda
blancas y zapatos que ludan grandes hebillas de oro. Sobre la casaca poníase el uncu de
lana, mostrando bordados de oro en fondo morado, donde se descubrían las armas de sus
antepasados. En los hombros veíanse dos hondas tejidas en seda, entrecruzadas en forma de
banda, y otra que le envolvía la cintura. Completaba su indumentaria un sombrero de tres
picos, una pluma al costado y en la copa una pequeña cruz de paja o chilligua".
"Sus maneras
externas tenían dignidad y cortesanía para los superiores, tanto como benevolencia y
seriedad para con los subordinados. Hablaba el castellano en forma perfecta y el quechua
con gracia muy especial. Franco y agradable con sus amigos íntimos, tenía poquísimo
sufrimiento ante las impertinencias de los extraños y no desperdiciaba ocasión de
retornar las ofensas. El sobrino del corregidor Arriaga decía que Túpac Amaru era indio
muy orgulloso de su origen noble. Sin embargo, esta expresión de rango personal no se
trocó en pedantería ni en odio racista; y si persiguió a corregidores y oficiales de la
Real Hacienda, lo hacía como sanción por los abusos que cometían contra los indios y
por sus defraudaciones a las arcas reales. Por esto, las cartas y proclamas futuras del
jefe rebelde estarán plenas de un deseo de colaboración, sin distingos de razas, actitud
que contrasta fuertemente con el pensamiento de sus principales capitanes y con el sentir
de la masa indígena que lo sostenía. Los que trataron más de cerca al cacique alzado,
señalan la majestad de su semblante y la natural severidad en su gesto y acciones. Un
interior apasionado moraba bajo la aparente tranquilidad externa".
¿Qué relación, podría
indagar el lector, hay entre este cacique de Pampamarca, Surima y Tungasuca, y "La
Revolución Económica de 1850", que se cumplió en Colombia? En verdad que el
interrogante tiene su hondo y serio interés. Túpac Amaru se vuelve un símbolo. Si
nosotros seguimos nuestra historia con atención, y especialmente la de los Comuneros,
hallamos que sus consignas van impulsando el viento de rebeldía, con un aire de dignidad
y franqueza audaz en todos los mestizos. Y advertimos que va recibiendo consagraciones de
admiración. En Silos, un pueblecito del Norte de Santander, el 24 de mayo de 1781, se
promulgó un bando de Túpac Amaru y se le juró obediencia como Emperador de América. En
Neiva, cuando el gobernador trata de debelar el motín, los indios, negros y mestizos le
contestan que obran inspirados por Túpac "Amaro". Y a su nombre lo degüellan.
En Santa Fe, Jorge Tadeo Lozano hace circular los romances escritos en torno a su acción
y en los villorrios los recitan con tono beligerante. Y a un joyero del Perú, que le
llegan las proclamas y versos que cruzan por su tierra, cuando el pronunciamiento de
Tinta, se le vigila como un representante directo del Inca. Túpac Amaru va cubriendo, con
su valor y su leyenda, todos los caminos americanos. Va haciendo resurgir en la conciencia
de los labriegos el derecho a librar su tierra, y su existencia, de todas las trabas
políticas y económicas impuestas por la metrópoli. Sus postulados son los mismos que
pregonaron aquí los Comuneros, en el Socorro; sus principios son idénticos a los que
iluminan de resplandor creador a la Independencia. Su sentido económico de la libertad,
es el que viene a culminar en 1850, en Nueva Granada, con la primera reforma fundamental
del sistema tributario de la Colonia.
Todos los hechos sociales
coinciden, en América, en el siglo XVIII. Ya hemos visto en los capítulos anteriores
cómo, por todos los medios, el criollo busca manifestar el acento propio de su
personalidad. Principia a reclamar, no sólo mejores condiciones económicas, sino mayor
capacidad política. Es un aliento de grandeza y de libertad el que atraviesa su alma.
Claro que todo es lento. Se llevarán años, muchos días antes de cumplirse mínima parte
de ese programa revolucionario:
"El trecho que
espacia la idea revolucionaria de la acción revolucionaria en América, por su
trascendentalismo gigante, hubo de abarcar ancho trozo de tiempo y quizás todo el siglo
XVIII. Efectivamente, no es posible negar a todo el siglo XVIII, en Iberoamérica, un
incubado espíritu de subterránea rebeldía. Rebeldía sofocada, polarizada, por ejemplo,
en 1780 por Túpac Amaru, pero rebeldía al fin. Y la atmósfera social que descubre en la
intrahistoria de que habla Unamuno es casualmente de polo insurrecto.
Insurrección por la reconquista de la tierra. Insurrección espiritual y telúrica.
Insurrección por la reconquista de América, brutalmente sojuzgada por el español y por
el portugués".
Este es el sentido de la
revuelta de Túpac Amaru. La situación económica era la misma para toda la América
conquistada por España. El corregidor, que impartía justicia y cobraba los tributos,
recibió en la mitad del siglo XVIII autorización de Fernando VI para comerciar en las
provincias. Las tenaza de la opresión económica de esa manera quedaba cerrada. Un
arriero, como Túpac Amaru, irá presintiendo, y comprobando, por propia observación,
cómo el circulo de la miseria crece a través de esos métodos de expoliación.
Para ayudar al corregidor
estaba el cacique o curaca, que era institución de origen indígena. Se había conservado
para que sirviera de enlace: el tributo así se podría recaudar más fácilmente y el
servicio personal en la mita no se rehusaría. España aprovechaba una organización que
favorecía sus intereses.
Venía a operar sobre la
raza con eficacia destructora, la encomienda y la mita. En el Perú, a la llegada de
Pizarro, se contaban diez millones de indios. A los tres siglos de dominación, el censo
arrojaba un millón. El sistema agrario de los naturales era el colectivismo. Ello se
sustituyó por un tipo de propiedad feudal individualista, que impedía el cultivo y
rompía con el proceso de industrialización. El encomendero nació como una consecuencia
del arrasamiento económico producido por el conquistador. En vista de que el indio no
tenía recursos para el tributo, se buscó que compensara con servicios personales. Era
una gracia que se dispensaba a los "servidores de América", según la Real
Cédula de Felipe II, del año de 1576. Se daba por una vida, es decir, por el tiempo que
durara el encomendero. Pero en ocasiones se extendía a dos o tres generaciones. De esa
manera una o más tribus debían entregar su capacidad de rendimiento a ese nuevo tipo de
esclavitud. Inicialmente no se pensó en una relación de dependencia de las personas y de
las tierras de los indios, al encomendero. Pero en la práctica si ocurrió. La pobreza
del indio llevaba al pago individual del gravamen. También, así, se fue produciendo la
apropiación de la tierra por el encomendero.
La mita fue una
deformación del régimen incaico. Los indios por tribus, explotaban las minas para el
servicio público y otras necesidades colectivas. Luego, para hacer la colonización iban
de un punto a otro, enseñando a laborar la tierra y mejorando las condiciones de trabajo
de tribus inferiores. Los españoles hicieron la incorporación de ese método, por medio
de la disposición de 17 de julio de 1622, en favor del encomendero, para no perder sus
tributos. Y no sólo debían laborar en el fundo del encomendero o en la mina, sino que
aquél podía alquilar la mano de obra cuando no tenía en que emplear al indígena por
suficiente tiempo. Es otra monstruosidad humana que favorecía a curacas y autoridades.
Zubieta Zagarnaga condena
la mita en palabras que descubren su horror:
"La mita fue lo más
horrendo y torturador que pueda concebirse. Una raza entera, rindió su vida
miserablemente a la avaricia colonial. El socavón, la mazmorra, el látigo, la entraña
traicionera del cerro, la molienda, los trabajos forzados. Ocho millones de indios
quechuas y aymaras se tragó el cerro".
Podríamos reproducir el
mismo cuadro descrito al tratar de la inquietud económica de la protesta de los
Comuneros. Sería posible enumerar, siguiendo las leyes de Indias, las mismas desazones
para cada uno de los países que luego han venido a formar nuestro continente. Pero la
desesperación crece, el malestar se ahonda, taladrando con su angustia todos los
espíritus. Veamos en breves líneas cómo la resistencia fue permanente galardón de la
raza indígena. Ella se condecoró con episodios que deben ser levantados como ejemplos de
carácter, como verdaderos manifiestos de coraje:
"Históricamente, el
hombre autóctono había sido externamente vencido pero no absorbido y ni siquiera del
todo dominado. La reacción de los indios aparece desde el comienzo de la conquista y
está simbolizada en la actitud de Chalcuchímac, dejándose quemar en la hoguera antes
que abjurar de sus dioses tutelares. La posterior reacción de Manco II fue altivamente
continuada en Vilcabamba, hasta los tiempos del Virrey Toledo en 1572. Ya desde 1565
existen noticias acerca de un levantamiento que debía abarcar la totalidad de las
provincias. Un peninsular comunicó la noticia a las autoridades de Lima, señalando cómo
el golpe debía comenzar el jueves santo "al tiempo que anduviesen las procesiones de
la disciplina por las calles". Una nueva conjuración fue descubierta en Lima el año
1666; los conjurados pretendían incendiar la ciudad por diferentes partes y provocar el
anegamiento de un sector de la población. En 1742, Juan Santos Atahualpa se levantaba en
las montañas de Chanchamayo y moría sin haber sido derrotado, de ahí que en las
leyendas de los naturales perdurase la creencia en su resurrección. Finalmente, en 1750
brotaba en Lima una conjuración. Habiendo sido delatada, uno de los comprometidos se
levantó en Huarochirí; y aun cuando fracasó, las autoridades quedaron muy alarmadas por
un alzamiento tan próximo al foco del poder español. Esta mención sucinta acredita la
constante resistencia de los indios y el favorable terreno para todo movimiento de
protesta".
Lo que vendrá a
continuar Túpac Amaru, como combatiente, no es sino una tradición de sacrificio heroico
de su gente. Un antepasado suyo, el primer Túpac Amaru, murió, en el Cuzco, sufriendo
crueles torturas. La historia se repite con una tremenda insistencia de pavor y de
escarnio.
A comienzos del año de
1780, en Arequipa irrumpe una gran preocupación colectiva. Se habían lanzado nuevos
impuestos. Advirtamos la similitud con los episodios del Común en Nueva Granada. El
tributo venía con su cohorte de persecuciones, de angustias, de zozobras. Hasta
desembocar en el avasallamiento personal, en vista de la incapacidad económica. Era que
avanzaba el régimen de la esclavitud en forma aberrante. Las nobles prédicas, y los
artículos generosos, no alcanzaban a la tortura del corregidor y del encomendero. Los
cholos, los mestizos, los pardos, que estaban excluídos de ciertos gravámenes, ahora
tendrían que ser tributarios. Y como en Nemocón, y en Quibdó y en Guarne, y en
Simatoca, allá atacaron a los funcionarios fiscales. Se estrellaron contra el símbolo
opresor: la oficina de recaudación. Los mestizos se conmovieron con tal audacia que
marcharon contra la ciudad. A la vez, en el Cuzco se iniciaba la llamada
"conjuración de los plateros", encabezada por Lorenzo Farfán de los Godos y
por el indio Bernardo Pumayalli Tambohuasco.
Túpac Amaru, como buen
arriero, que ha aprendido a esperar y cavilar, con su ancestro galopando en la sangre, con
su matiz de mestizo, con su pasión humanitaria, apela a las reclamaciones pacíficas.
Pide que los indios no tengan que cumplir la "mita" en el Potosí. Ya vimos
cuál era la causa de la derrota, del sacrificio de toda una población. Ocho millones de
hombres se había tragado el socavón. Que es misterio y es leyenda. Que es embrujador y
que lleva al agotamiento y la desintegración humana adheridos al hilo frenético y
luminoso de la esperanza. La mina tiene un poder de convicción, que somete; y de alegría
futurista, que hunde en su padecimiento. El caudillo, entonces, aprovecha la presencia del
Virrey Guirior, quien ha entrado a ejercer el cargo en 1776. Habla en representación de
varias comunidades. Puntualiza los conflictos afirmando que no es posible continuar
cumpliendo la mita en el Potosí, pues hay una "disminución en el número de los
naturales, la gran desproporción entre la cantidad exigida de mitayos y la totalidad de
la población, la enorme distancia hasta el lugar de laboreo, la sevicia e inobservancia
en el pago del leguaje, proporcional a la distancia que recorrían y al alquiler de los
mitayos en provecho de traficantes inescrupulosos". El Visitador Areche opinó que no
se debía acceder a esas peticiones. Vuelve nuevamente Túpac a intervenir. La negativa se
repite.
Observamos que el reclamo
tiene un profundo sabor económico y humano. Se está protestando contra un arbitrio
excesivo y se asiste a la defensa de la persona humana. Esos enunciados de sus primeras
controversias no desaparecerán de la fuerza combativa de Túpac Amaru. Será el norte de
su odisea por la libertad americana. Túpac Amaru debe citarse como uno de los grandes
precursores de la independencia americana. Porque él planteó la liberación política y
la liberación económica. Adjetivos que recorrieron, con su furor, todas las aldeas
americanas. Que se fueron convirtiendo en mandamiento. Afirmaciones que se introdujeron al
mundo creador de la contienda por la libertad.
El virrey Amat había
amortiguado la inclemencia de muchas cargas. Las había suprimido en ocasiones. Areche, en
vista de las urgencias fiscales de España, en atención a los apremios de la metrópoli,
había redoblado sus cantidades. Se acentuaba la rapiña de los funcionarios. El afán de
enriquecimiento. El deseo inmoderado de hacer carrera y adquirir preeminencias a través
de expoliaciones y humillaciones a los indígenas. Por ello Túpac decía que se
necesitaba el cambio de funcionarios para "cortar el mal gobierno de tanto
ladrón".
Túpac Amaru resuelve
tomar una iniciativa de acción en favor de sus postulados. Exponerlos con energía y
hacer del sentimiento colectivo una bandera. Como buen arriero, conocía en su largo y
paciente oficio muchas crónicas. Ellas venían a su memoria, logrando inflamar su
espíritu de ardentía revolucionaria. Esta tenía dos direcciones: la primera iba contra
las formas socio-económicas que padecían los indígenas. Al efecto, en carta al
Visitador Areche, Túpac Amaru le dice: "este maldito y viciado reparto nos ha puesto
en este estado de morir tan deplorable con su inmenso exceso". La segunda, pedía ya
un régimen político que se ejerciera por personas arrancadas del propio estrato
americano.
Lo que solicitaba Túpac
Amaru puede sintetizarse así: 1º-Nombramiento de alcaldes mayores, indios;
2º-Extinción de los repartos; 3º-Suprimir algunas contribuciones; 4º-Crear una Real
Audiencia en el Cuzco, para que la defensa de los naturales fuese más rápida y efectiva.
El problema de los mitayos de Potosí y los sacrificios de los indígenas en el Cuzco eran
suficientes preocupaciones para un individuo atento a interpretar los signos de su pueblo.
Estas llamadas hacia la Revolución, ya hemos visto que corresponden a un proceso
continuo. Se detienen con mano dura: pero vuelven a resurgir con vigor creciente. Se
cobran, en crueldades que levantan aún más la levadura de la indignación interior, con
saña y cobardía que repudia toda concepción humana. Siguiendo la lectura de las cartas,
de los documentos que Túpac Amaru dejó, comprendemos aún más el significado social y
económico de sus juicios. El significado de precursor de Independencia que tiene su
gesta, no puede ser olvidado continentalmente. Cuando Simón Bolívar estaba triunfante,
Juan Francisco Túpac Amaru, hermano del caudillo y su compañero en la revuelta de 1780,
quien estuvo preso en Madrid por más de veinticinco años por tal causa, le escribía
unas letras que reviven el sentido evidente de la revolución.
"Si ha sido un deber
de los amigos de la Patria de los Incas, cuya memoria me es la más tierna y respetuosa,
felicitar al Héroe de Colombia y Libertador de los vastos países de la América del Sur,
a mí me obliga un doble motivo a manifestar mi corazón lleno del más alto júbilo....,
cuando he sido conservado hasta la edad de 86 años, en medio de los mayores trabajos y
peligros de perder mi existencia, para ver consumada la obra grande y siempre justa que
nos pondría en el goce de nuestros derechos y nuestra libertad; a ella propendió D.
José Gabriel Tupamaro, mi tierno y venerado hermano, mártir del imperio peruano, cuya
sangre fue el riego que había preparado aquella tierra para fructificar los mejores
frutos que el gran Bolívar había de recoger con su mano valerosa y llena de la mayor
generosidad".
Debemos recurrir a
Valcárcel, que nos ha servido de guía en estas notas. En su enfoque sintético, hallamos
que la polémica tiene un claro origen popular. No es más que el obedecimiento a un
clamor de la agonía del pueblo:
"Los Virreyes de
Lima y Buenos Aires pronunciaron sendas opiniones sobre los motivos de la rebelión.
Jáuregui cree ver el origen de las revueltas en el exceso de los repartos, en el
agobiante trabajo en las minas y obrajes, recargos en los impuestos o creación de otros
desagradablemente novedores, el estado de barbarie entre indios que los hacían propensos
a creer en las promesas más ilusorias y lo indefensas que se encontraban las provincias
del interior. Vértiz afirmaba, en 1780, que la opresión y codicia de las autoridades
había colaborado en forma decisiva al estado de agitación general, y al año siguiente,
sostenía, de manera explícita, como verdaderos motivos: los excesos en los repartos,
mitas, impuestos excesivos, no habiendo "influído menos la novedad de empadronar los
cholos y los zambos".
La importancia de Túpac
Amaru reside en haber interpretado, a cabalidad, los sueños de su gente. En no haberlos
abandonado. Su actitud no es providencial, pues solo obedece a la formación del verdadero
héroe, que busca integrar, por diversos medios, esa ansia colectiva de tener una
nacionalidad. Su propia nacionalidad. El 4 de noviembre de 1780 se realiza una fiesta en
Yanacoa. Asisten el corregidor Arriaga y Túpac Amaru. Este espera, entre Yanacoa y Tinta,
al corregidor. Allí lo arresta. Arriaga fue condenado a la horca, "como represalia a
sus repartos excesivos y a la crueldad usada en las cobranzas contra los indios".
Después del entierro, Túpac arenga a la multitud. Habló con acento de caudillo y
descubrió la raíz económica de su querella: destacó lo mal que "vivían por los
repartos mercantiles, la mita, los obrajes y las innumerables cargas que los
abrumaban".
No es posible olvidar una
página importante dentro de la historia de la esclavitud americana. El 16 de noviembre de
1780, Túpac Amaru, para atraer grupos nuevos, proclama la libertad de quienes se le
adhieren: "Aunque sea esclavos a sus amos con aditamento de que quedarán libres de
la servidumbre y esclavitud en que estaban". Este mismo sistema de atracción lo
repetirá José Antonio Galán, por la misma época. Las causas iban apareciendo todos los
días más reiteradas. Se hacía hincapié en dos aspectos fundamentales: cambiar las
autoridades y rebajar, para esa masa anónima, las cobranzas y evitar los trabajos de
servidumbre.
Esas declaraciones
despertaron el fervor revolucionario, que estaba latente. En trescientas leguas a la
redonda la palabra libertad fue ampliándose, golpeando el corazón de esperanza. Túpac
Amaru inicialmente tuvo un éxito militar en Sangarara. El terror tenía su asiento en el
revuelto Cuzco. Pero el conductor no aprovechó la oportunidad para someter la ciudad más
importante. Al contrario, trató de imperar en otras villas, para luego invadirla. Grave
error de táctica, pues mientras tanto se lograron refuerzos, y Cuzco dejó de estar en la
defensiva para tomar una actitud ofensiva. La victoria de Túpac Amaru era aparentemente
fácil, lo cual es natural si no se olvida que la población sentía como suyas todas las
exigencias que él predicaba. Túpac no las había inventado. Apenas había advertido la
angustia colectiva, y la había levantado como bandera. No era un caudillo que obedecía a
poderes ocultos y misteriosos. Era, únicamente, un hombre que confundía su ansiedad con
la agonía de su pueblo. Y que entendía que un nuevo pulso tenía la corriente de la
sangre en las venas mestizas.
No debemos olvidar aquí
a doña Micaela, que fue esposa y camarada en la brega revolucionaria de Túpac Amaru.
Ella, con visión aguda, solicitaba un ataque inmediato. Un asedio, hasta la rendición
del Cuzco. El jefe no escuchó esa admonición entrañable. Pero doña Micaela, que es un
nuevo blasón de las mujeres americanas, estuvo a su lado en la batalla. Con una lealtad
que estremece por su fidelidad. Ella atendía a la recaudación de dineros. Con su
carácter enérgico, infundía nuevos arrebatos al jefe de la revolución. Con sus
mensajes, indicadores de aguda y penetrante conciencia, va señalando imprudencias que se
deben corregir: frentes que se deben atender: sitios que se deben vigilar. Con una
intuición maravillosa va enunciando lo que se debe evitar. Doña Micaela es legendaria,
además, por su valor. Al momento de la muerte, no hubo posibilidad alguna de que sus
labios sirvieran para la delación, ni para decir apellidos amigos, ni para pedir perdón.
Inclusive cuando sus verdugos la iban a sacrificar, no pudieron abrirle la boca para
cercenarle la lengua. Sólo cuando murió se la mutilaron. En esa forma querían
significar que la lengua que infundió fe; que llamó con adjetivos que daban orientación
creadora; que enumeró las frases que destruyen una tradición, no podía pronunciar
hechos, apelativos, sitios que eran ya patrimonio de la leyenda. Doña Micaela queda, a la
par de Manuela Beltrán, como otro símbolo de la revolución americana. En este
continente siempre se ha recibido el impulso de las mujeres anónimas; de las madres
silenciosas, que inclinan a sus hijos al combate; de las esposas y novias que alimentan de
decisión la lucha. Doña Micaela destaca el sentido previsor de la mujer americana. Es la
hembra que con amorosa dedicación, intuye los signos dispersos que amenazan a su varón.
La paciente y constante deidad que inclina sus ojos, en silencio, indicando en dónde
están la injusticia y el dolor. Y por dónde es que se ronronean palabras de traición.
Por dónde caminan, emponzoñadamente, la delación y la cobardía. Ella es el sexto
sentido de la revolución de las gentes del común.
Debemos registrar, en
este breve estudio sobre la Revolución de Tinta, los capitanes que fueron fieles a Túpac
Amaru: Diego Cristóbal, Ramón Ponce, Nicolás Sanca, Andrés Ingaricona, Felipe
Bermúdez, Tomás Parvina, Juan de Dios Valencia, Antonio Bastidas y Pedro Mendigure. Cada
uno fue soberbio y altivo. Ninguno, como buenos mestizos de origen indígena, delató al
caudillo. Ni incumplió sus órdenes. Ni olvidó sus consignas. Cada uno renovaba su
pasión libertaria en cada amanecer. Al calor del fuego del hogar improvisado en el vivac
guerrero, repetían las frases de Túpac Amaru. Y las volvían consigna de libertad y de
esperanza. Reciamente laboraron, sin pensar que estaban abriendo, como precursores, el
camino de la independencia americana. Y lo hicieron así, anónimamente, sin aspavientos
grandilocuentes, porque cumplían lo que soñaba el pueblo. Y ellos mismos eran el pueblo
americano.
En carta del 3 de enero
de 1781, Túpac Amaru puntualizó sus pedimentos. Inmediatamente se rechazaron. Pero años
más tarde, Carlos III, interpretando ese mensaje lejano de América, consciente o
inconscientemente hizo una serie de reformas que coincidían con el acento humano que
atravesaba los reclamos del jefe indígena. Su revolución tenía tal respaldo
multitudinario, y tal valor de independencia económica, que para contenerlo, el Virrey
Jáuregui, el 7 de diciembre de 1780, decretó la abolición de los repartos. De esa
manera se trataba invalidar la acción revolucionaría de Túpac. Cuando éste fue vencido
en el Cuzco, y dominada Tinta, las autoridades aseguraban el indulto a quienes se
entregaran y revelaran personas que hubieren estado comprometidas en las montoneras. Pero
especialmente anunciaban que serían eximidos de los repartos, del impuesto de aduanas, de
las alcabalas y de los servicios odiosos. Estos falaces ofrecimientos ponen, en evidencia,
cómo la controversia económica de América tenía ejes comunes, con enunciados
idénticos, pues el tratamiento político y socio-económico era el mismo en todos los
territorios. Ese es el sentido continental de la revuelta. Arranca, también, el natural
impulso para explicarnos, más tarde, la generalidad del afán emancipador en este
continente. El dolor y la zozobra colectivas eran los mismos. Continentales, en ese
instante histórico, eran la servidumbre económica y la opresión política.
Todas esas ofertas
coinciden con lo que pedía y solicitaba la revolución. "Las autoridades efectuaban
concesiones en los momentos de peligro, para invalidarlas calladamente cuando llegaban
tiempos de normalidad". Pero después vienen las retaliaciones; la traición a esos
indicios de benevolencia. El mismo fenómeno operado después de la firma de las
capitulaciones con los Comuneros de Nueva Granada. Y se vigorizó, como en Nueva Granada
también, el régimen de persecuciones sistemáticas. Siguiendo la trayectoria
político-cultural de España, se avanzó contra todo aquello que despertase la emoción
del antiguo brillo de la raza indígena. Uno de los aspectos de la conquista española,
muy interesante por cierto para descubrir nuestro coloniaje mental, es el de haber
impuesto unos valores culturales, aboliendo los que aquí apuntaban con signos de
perdurabilidad. Leopoldo Zea sintetiza el fenómeno en palabras felices:
"En el campo
cultural España impone a la América una filosofía que es propia del mundo que ha sido
puesto en crisis: la escolástica. Pero no es ya la filosofía escolástica creadora de un
Tomás de Aquino, ni tan siquiera la renovada filosofía de un Suárez. La filosofía que
se impone oficialmente en estas tierras de América es una filosofía anquilosada,
endurecida en la defensa de los intereses y fines del Mundo medieval en pugna con el
modernismo. Ya no es la filosofía creadora de un orden ecuménico, sino la defensora de
un orden que se derrumba en torno suyo. Ya no afirma creando, simplemente se conforma con
decir "no" a todo lo contrario al orden de que es una expresión".
"La idea de orden
medieval creada por la escolástica será impuesta en la mente de los americanos de esta
parte de América bajo su dominio. Con esta idea se impuso también el respeto y sumisión
al orden teocrático representado por España. Se estableció un modo de pensar de acuerdo
con el cual se formaron súbditos fieles de la teocracia española y creyente, no menos
fieles, del credo que la justificaba. El Santo Oficio cuidaba muy bien de que el orden
mental impuesto no fuese alterado. De esta tutela habrán de surgir también muchos de los
complejos que aquejarán al americano".
Pues bien: en ese
momento, los españoles recuerdan que es bueno y conveniente impedir toda posibilidad de
que los símbolos americanos insurjan con su oculto mensaje. Ellos en el fondo saben que
no han podido desterrar los mandatos íntimos de este conglomerado. Por ello vuelven a
hacer caer silencio y sombras sobre sus valores anteriores: "El Orden de la Colonia
depende, así, de un orden mental, previo". Vienen las nuevas censuras:
1º-Se prohibió recibir
informes sobre la descendencia de la antigua nobleza incaica;
2º- No podían agregar
el término "incas", a su firma;
3º- El cargo de cacique
pasó de hereditario a personal;
4º- No podían usar sus
vestidos, sino los modelos españoles;
5º- No debían llevar
vestiduras reales en sus festividades; ni vestidos negros por los muertos que produjo la
conquista, que "ellos tienen por fatal y nosotros por feliz";
6º- Quitaron todos sus
retratos y los de sus antepasados;
7º- Se impidió el uso
de los pututos "o caracoles marinos de un sonido extraño" y lúgubre con que
anuncian el duelo y la lamentable memoria" de su antigüedad;
8º- No admitieron las
fábricas de cañones y pólvora;
9º- Quedaban excluidos
de sus lecturas los libros de Bartolomé de las Casas; la historia americana de Robertson;
los" Comentarios Reales" de Garcilaso Inca de la Vega.
Luego principiaron los
arrasamientos, los encarcelamientos, las muertes. Y el cobro de los mismos impuestos; la
obligación de cumplir las encomiendas; la temeraria necesidad de ir a la mita minera y
agrícola. Pero el movimiento de Túpac Amaru no fue detenido. Vencido guerreramente, si.
Pero no destruido intelectualmente. Más tarde algunos de sus postulados se convirtieron
en reformas. Pero no sólo ello: las aduanillas mentales no lograron detener su avance
hacia la historia de la independencia americana. Era una luz en medio de la sombra que se
erguía sobre nuestro suelo.
Túpac Amaru fue
arrestado por traición de un antiguo compañero. Pero las banderas continuaron en otras
manos. Ya sin el éxito y vigor de las horas iniciales. Pero no se arriaron. Esa protesta
continúa oscura, subterráneamente, alimentando el futuro. El 14 de abril llegó al Cuzco
Túpac Amaru. En una mula venía cargado de cadenas. Hubo un juicio. El visitador Aseche
le prometía disminuir la pena si delataba a sus amigos. Su reciedumbre interior le
impedía denunciar a quienes le habían sido fieles. Acosado por la intriga, por la
simulación, por la perfidia oficial que aparecía en zalamerías y en el anuncio de
retribuciones concupiscentes al obtener su apostasía, contestó al visitador Areche con
un gesto de afirmación humana y de fidelidad al pueblo:
"Aquí no hay más
cómplices que tú y yo; tú por opresor, y yo, por libertador, merecemos la muerte".
El 15 de mayo la
sentencia ordenaba el "descuartizamiento en vida para el jefe principal, mutilaciones
y pena de muerte para los otros reos, amén de otros castigos". Aseche se confesó,
comulgó y oyó misa por los condenados y por su salvación. El que reza y peca empata,
pensaría.
Berdejo, Castelo,
Bastidas y el esclavo Oblitas fueron ahorcados. Hipólito, hijo mayor de Túpac y su
anciano tío don Francisco, sufrieron igual castigo y les cortaron la lengua. A la cacica
Condemayta le dieron garrote hasta producirle la muerte. Túpac Amaru, su esposa y su hijo
menor Femando, contemplaban las ejecuciones.
A Túpac Amaru lo ataron
de pies y manos, y cuatro jinetes se dispersaron, a velocidades fantásticas, hacia los
cuatro puntos cardinales. El Caudillo, el jefe, el precursor, quedó en aire,
"remedando una araña gigantesca". Pablo Neruda, en su "Canto
General", dejó consignada su enseñanza y su ejemplo. Y nos dijo, con honda emoción
americana, que su nombre se confunde con la tierra:
Condorcanqui Tupac Amaru,
sabio señor, padre justo,
viste subir a Tungasuca
la primavera desolada
de los escalones andinos,
y con ella sal y desdicha,
iniquidades y tormentos.
Señor Inca, padre cacique,
todo en tus ojos se guardaba
como en un cofre calcinado
por el amor y la tristeza.
El indio te mostró la espalda
en que las nuevas mordeduras
brillaban en las cicatrices
de otros castigos apagados,
y era una espalda y otra espalda,
toda la altura sacudida
por las cascadas del sollozo.
Era un sollozo y otro sollozo.
Hasta que armaste la jornada
de los pueblos color de tierra,
recogiste el llanto en tu copa
y endureciste los senderos.
Llegó el padre de las montañas,
la pólvora levantó caminos,
y hacia los pueblos humillados
llegó el padre de la batalla.
Tiraron la manta en el polvo,
se unieron los viejos cuchillos,
y la caracola marina
llamó los vínculos dispersos.
Contra la piedra sanguinaria,
contra la inercia desdichada,
contra el metal de las cadenas.
Pero dividieron tu pueblo
y al hermano contra el hermano
enviaron, hasta que cayeron
las piedras de tu fortaleza.
Ataron tus miembros cansados
a cuatro caballos rabiosos
y descuartizaron tu luz
del amanecer implacable.
Tupac Amaru, sol vencido,
desde tu gloria desganada
sube como el sol en el mar
una luz desaparecida.
Los hondos pueblos de la arcilla,
los telares sacrificados,
las húmedas casas de arena,
dicen en silencio: "Tupac",
y Tupac es una semilla,
dicen en silencio "Tupac",
y Tupac se guarda en el surco,
dicen en silencio "Tupac",
y Tupac germina en la tierra.
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