Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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CAPITULO II
(1 Parte )


La travesía- Llegada a Savanilla – Barranquilla- Viajes de Barranquilla hasta Riohacha por la Ciénaga y Santa Marta

 

 Diré poco sobre la travesía, siempre es lo mismo, generalmente poco divertida.

Invariablemente los primeros días, con algunas excepciones, el barco parecía un hospital.

Cuántas figuras acostadas se ven! El comedor está vacío, el puente desierto, cada uno paga más o menos su tributo al mar.

Pero pronto el estómago más delicado se acostumbra al movimiento del barco, las jaquecas desaparecen y todo cambia de aspecto; las mesas se llenan como por encanto. Vuelve el apetito, las cucharas, tenedores hacen oír sobre los platos el alegre ruido y muy particular, se recobra el tiempo perdido.

Sobre el puente se forman los grupos, las conversaciones se inician; se pasea, se fuma, se extiende sobre su silla a leer, soñar o dormitar y mientras que en la sala los aficionados tocan el piano y en el fumadero algunos juegos se establecen.

Por la noche, se toca música y todo el repertorio de canciones conocidas. Se organizan pequeños bailes familiares, si se tiene suerte de viajar en compañía de algunas jóvenes damas. No es de sorprenderse ver hasta coquetear. El mar tiene de esas virtudes que vuelven a los señores muy amables.

Cada viaje trae casi siempre algún esbozo de romance que se vuelve la distracción de todas las personas de abordo. Se siguen las diversas peripecias con un interés en el cual se percibe, a la verdad, cierta punta de envidia. Los chismes agridulces circulan y son siempre muy divertidos, uno se cree trasportado a una pequeña ciudad en lo más recóndito de una provincia

Las escalas que se producen durante el viaje, son muy conocidas hoy; todo el mundo sabe por los innumerables relatos de los viajeros, lo que son nuestras bellas islas de las Antillas, la Guadalupe y Martinica.

¿Quién no ha oído hablar de Ponte-a Pitre y de Basse-Terre, de Saint-Pierre y especialmente de Fort-de-France? Todo esto es casi del dominio público.

Debo por escrúpulo hablar de esas negras, las cuales, en el último puerto traen sobre los vapores, la provisión de carbón.

Es esto uno de los episodios salientes, uno de los recuerdos de la travesía. Mucho tiempo antes de llegar a la Martinica, cada pasajero está advertido del espectáculo que le espera allí, se le promete como una gran curiosidad, una “great attraction”, con frecuencia con bastante exageración, lo reconozco.

En realidad, el vistazo es pintoresco. Nada más curioso que el efecto de ver todas estas negras, llevando un vestido corto, la piel y el vestido enteramente negros pasando y volviendo a pasar en fila, en número de cincuenta por lo menos, con una canasta en la cabeza.

Caminando, ellas se balancean y cantan un estribillo criollo, monótono.  De repente, cuando su canasta se vacía, interrumpen un instante su trabajo para bailar una ronda del país, con poses y contoneos extraños. Un negro sentado golpea con las manos sobre un tambor que tiene entre las piernas y acompaña sus retozos.

Cuando ese trabajo se hace de noche, y la luz eléctrica acompaña la escena con sus reflejos y tonos crudos, todas con cara gesticuladora, con sus ojos ardientes y su amplia hilera de dientes blancos, producen sensación.

Involuntariamente  hacen pensar en las brujas de Macbeth, ejecutando algún baile macabro.

El tipo indígena es muy feo, por lo general en hombres y mujeres.  Aquellas conservaron las modas Imperio, del tiempo de su compatriota la Emperatriz Josefina: llevan faldas con cintura corta y las telas ligeras con grandes dibujos.  Lo que les cubre la cabeza consiste en un madrás enrollado alrededor del cabello terminado en dos puntas.

El domingo, cuando todo el mundo se reúne en la iglesia, usted no puede imaginarse el aspecto imprevisto que presenta esa mezcolanza de colores de los vestidos.

A veces se encuentran una o dos jóvenes bastante bonitas.

En los alrededores de Fort-de-France hay tres paseos que hacer: la fuente Didier, la fuente de Absalón y el campo de Balata. Aquel, que tuve el honor de visitar, está situado sobre una meseta rodeada de montañas, abajo y lejos, la vista no abarca sino selvas que parecen impenetrables.

En esa época había dos baterías de artillería.

Los edificios amplios y espaciosos, el sitio magnifico y muy sano, jardines bien cultivados por algunos hombres, daban casi todos las legumbres que se encuentran en Europa.

Las dos escalas siguientes, en Venezuela, la Guaira y Puerto Cabello, la primera con sus casas construidas sobre el flanco de la Cordillera de los Andes, la segunda con sus pequeñas casitas pintadas de rojo, azul, amarillo, marrón, no ofrecen sino un interés mediocre.

Si fuera el caso presentar un relato humorístico, habría cosas muy curiosas que anotar.

Forzosamente en el curso del viaje, uno se encuentra con personas que son lo que convenimos en llamar, unos “tipos”. Desde el agente de vinos y líquidos que siempre sabe todo, y dice agudezas como para adormecer varias generaciones; el comerciante en diamantes y joyas, judío por lo general, quien, en eso fiel a su raza, se extiende en todas partes como una mancha de aceite, acaparando los buenos puestos, los mejores bocados; se encuentra toda una colección de seres humanos bastante variada, original; viejas parejas “prudhomescas” que hubiesen hecho la felicidad de “Gavario  de Cham" Rastacueros, Horizontales en quebrantamiento de confinamiento, etc. etc...

Esto, desgraciadamente no entra en mi programa, no hablo de ellos sino de memoria.

Tanto como lo puedo hacer, quiero evitar el reeditar aunque bajo forma diferente, cosas ya publicadas y tengo afán por llegar lo más pronto posible al término de mi viaje: Riohacha, puerta de entrada a la Guajira.

Sin embargo para que mi relato sea completo necesitaré decir algunas palabras sobre los sitios que tuve que atravesar antes de llegar al lugar de destino final, y dar mis impresiones sobre los colombianos de la costa norte y sus costumbres. Ellos son los amos, los gobernantes de mis salvajes guajiros y como tales, me pertenecen.

El primer puerto en Colombia donde hacen escala los vapores de la Compañía Trasatlántica es siempre, según la guía oficial de esa Compañía, Savanilla; en realidad, desde hace tres años es Puerto-colombiano, como anteriormente era Salgar . Savanilla es desde hace muchos años, enarenada por los acarreos del gran río Magdalena.

Pero fue en Puerto Colombia donde desembarqué un día, a las 9 a.m.; el barco francés ancló a una milla de la orilla. Un pequeño remolcador vino a buscamos a bordo y nos dejó en el muelle construido por contratistas de los ferrocarriles de Barranquilla.

Apenas bajé a tierra me di cuenta que estaba en un país autócrata y atrasado.

Tenía en la mano una maleta sencilla, que contenía los objetos de tocador indispensables y algunas ropas; un empleado me la quitó diciendo que no podía llevar nada conmigo, que todo debía pasar por la aduana.

A pesar de mis protestas no quiso entender nada y puso mi pequeño maletín con las maletas de los viajeros en una gran sala reservada. No es todo: lo más fuerte fue saber que no me la entregarían sino al día siguiente después del tren de medio día o del de las 5 p.m. en Barranquilla.

La aduana es evidentemente hasta nueva orden en todas las naciones, un mal obligatorio, que los pasajeros deben sufrir. No trataré de no constatar la absoluta necesidad en Colombia, puesto que no existen otras alternativas. Hay sin embargo diversas maneras para aplicar reglamentos. Cada pueblo, me parece, debía esforzarse lo más posible para aminorar los inconvenientes y atenuar los rigores.

Ante todo es necesario evitar hacer perder el tiempo a los interesados.

En Europa a veces, en algunas fronteras, gritamos por esperar veinte minutos o media hora, la entrega de nuestro equipaje; ¡qué podríamos decir aquí, gran Dios! donde esa formalidad no se lleva a cabo sino al día siguiente por la noche.

Es, realmente hacer poco caso y no considerar al extranjero. Es por otra parte, entre los colombianos no tener ninguna consideración para con él. Desde el desembarco me di cuenta de eso: lo supe mas aún en el departamento del Magdalena.

No quisiera ser desagradable con ellos, puesto que tengo dentro de ellos algunas buenas gentes amigas, pero en conciencia creo prestarles un servicio en lugar de criticar sus defectos. Les diré pues, muy francamente, que están equivocados al recibir a los extranjeros con pesar, mirarlos con malos ojos, tener celos de ellos, como lo hacen.

No es útil pero si contrario a sus intereses.

Parecen creer que el extranjero viene para despojarlos, para coger sus bienes, y sin embargo ¿no es con frecuencia lo contrarío, lo que sucede?

El desgraciado que conoce muy imperfectamente los recursos, las vías de trasporte del país, se arruina en empresas agrícolas o mineras; y la plata que gastó se quedó en Colombia; los habitantes se benefician de ella. Y, suponiendo que el extranjero en su labor pertinaz se enriquezca. ¿no es también un bien para toda la región?¿No es trabajo asegurado para obreros, y la ciencia del Europeo o del americano del Norte, puesta al alcance de todos, divulgada y propagada?

¿Por qué los colombianos no pueden, tomando como modelo ese trabajo, crearse ellos mismos una posición análoga y conquistar la fortuna? Entonces, ¿por qué ese odio que nada justifica? Esa aberración es, en mi humilde opinión, un error grosero, una falta capital. Que ellos vuelvan a leer la historia y verán que trayendo a su país extranjeros, utilizando sus luces, su dinero, sus progresos, numerosas naciones hoy poderosas, adquirieron su prosperidad, su situación preponderante en el mundo.

Colombia tiene un suelo virgen muy rico, muy fértil que necesita colonos y gentes de iniciativa, ¿por qué hacer todo lo humanamente posible para alejarlos?

Actualmente para el extranjero todo se vuelve obstáculo, molestia; y no hablo de las privaciones y sacrificios de toda clase que debe imponerse en la vida material.

Lo que falta en esa república, son verdaderos hombres de estado, de visión amplia, con conceptos razonables y prácticos que abran de par en par las puertas a la inmigración, y atraigan por todos los medios posibles gentes de Europa y los Estados Unidos, facilitándoles en una palabra todas las empresas cualesquiera que ellas sean.

Soy amigo de ese país pintoresco y bello, con ese título me permito formular ese voto. Ojalá que un día pueda realizarse, pues su porvenir depende de ello.

Bajo la impresión de estas reflexiones y de una irritación bien comprensible, me dirigí hacia una casa que me indicaron, donde podía encontrar algo de comer. La comida me  sosegaría tal vez, pensé en mí mismo, no hay nada como la mesa para distraer el espíritu.

Entré. Encontré un fogón infecto, apenas unas malas sillas, para sentarse y una acogida que en nada recordaba la cortesía castellana.

Una mujer con mirada dura, de un aspecto general contestó con un tono muy seco que se almorzaba a las 11 y media en la mesa redonda y no antes.  

Esperé cuarenta minutos más o menos.  

Sin embargo, frente a estas dos primeras recepciones, pensé involuntariamente en el hombre fuerte del cual nos habla Horacio “oes triplex et robur”, y como él pensé que debía protegerme con la triple coraza de energía y sangre fría. Esto no será en vano.  

A las once y media trajeron el almuerzo.

Pensaba bien que no iban a regalarme con una langosta a la manera americana ni unos perdigones trufados,  un paté de hígado, pero suponía sin embargo que a puertas de una ciudad de 35.000 almas, como Barranquilla, era más fácil conseguir una alimentación variada y comible.

Nos sirvieron “un sancocho”, que es el plato principal indígena, base de la alimentación. El caldo era un poco de agua caliente, amarilla, sin sabor, y la carne de res, partida en pequeños trocitos compuesta de hueso en su mayor parte, estaba acompañada por legumbres, bananas, yuca, que veía por primera vez. Después fueron los huevos fritos bañados en grasa, la carne deshilachada con los dedos, un plato enorme de arroz. Y lo que pomposamente bautizaban con el nombre de “bistec” no era más que lamelas de carne desecada, delgada como una pieza de cien centavos.

No crea que soy goloso: durante casi seis meses viví en la montaña únicamente con el producto de mi cacería. No tenía opción para mis comidas, le aseguro, y me contentaba muy bien, sin quejarme jamás, con huevos de tortuga, pecarís, micos, aves de rapiña a falta de otras cosas. Pero ese día, el estómago que tiene sus caprichos, a la vista de estos guisados tan exóticos como poco apetitosos con sólo mirarlos, y olerlos no pude comer nada fuera de un pedazo de pan y una taza de café.

El apetito exige ante todo la limpieza, y sobre ese punto, cocina así como cocinera no me inspiraban ninguna confianza.

El tren para Barranquilla salía a las cuatro. El tiempo me pareció interminable, y que calor hacía, chorreaba.

El ferrocarril construido por un Americano, M.C... une esa ciudad al puerto colombiano; se extiende a lo largo del mar hasta Salgar.

A partir de ese punto pasa a través de sabanas, praderas y plantaciones de algodón, hasta llegar al desembarcadero. La distancia que se debe recorrer es de 35 kilómetros  más o menos, el trayecto se hace en hora y media. El terreno es enteramente plano, entrecortado por pequeñas ciénagas; los pastos son vivaces y propios para la cría de ganado y caballar.

  A las cinco y tres cuartos, bajamos del tren con 15 minutos de retraso.

No tenía  nada en las manos que pudiera molestarme y dificultar mis movimientos merced a las atenciones de los señores aduaneros que me “desvalijaron” en la mañana, entonces resolví caminar hasta el hotel. Así se aprecia mejor la belleza como también los defectos de una ciudad.

La primera impresión no fue buena.

En un recorrido de trescientos metros, tuve que chapotear sobre una arena blanda, como si fuera cieno; me hundía hasta más arriba del tobillo, fue un verdadero trabajo. Además las largas calles alrededor de la estación, bordeadas con casas bajas, cubiertas con hojas de palma, hacen que Barranquilla parezca un gran villorrio en una de nuestras viejas provincias.

Al llegar cerca a la Gran Plaza y de las calles adyacentes, se ven  habitaciones parecidas a las europeas, especialmente en la dirección del mercado. Llaman ese barrio, el barrio europeo.

El único monumento público es la catedral que con sus dos torres, no ofrece nada de particular.

Una cosa, por ejemplo, me sorprendió el primer día y me pasmó más allá de cualquier expresión; fue la libertad de los señores cerdos. Circulaban tranquilamente por las calles como verdaderos dueños; uno de ellos, en una esquina se botó contra mis piernas y por poco me hace caer.

Desde entonces, un decreto del alcalde prohibió ese abuso; aunque un poco tardío,  la medida era necesaria.

Me hice llevar al principal hotel y pedí una habitación. Me introdujeron en un pequeño dormitorio con cuatro camas de las cuales tres estaban ya ocupadas por viajeros; me ofrecieron la última. Aquel nuevo disgusto imprevisto, tan opuesto a nuestras costumbres me hizo vacilar. Al fin acepté pensando que en otra parte estaría en las mismas condiciones. La pieza, bastante espaciosa era de una sencillez primitiva - Las paredes blanqueadas con cal; por muebles, cuatro asientos y cuatro minúsculos veladores de hierro como lavabo. Las literas eran sencillamente catres con dos almohadas y una sola sábana, todo cubierto con un mosquitero.

Ese mosquitero no me indicaba nada que valiera la pena.

La cena fue casi buena y abundante, me desquité de mi almuerzo. Tenía un hambre desordenada.

Después di un paseo por diversos lados, para hacer la digestión y conocer mejor la ciudad.

En todas partes oí tocar piano, valses principalmente, "Indiana", "la vague" "Faust" etc... para mi gran sorpresa, oí hasta el aire "En revenant d’la revue" (Al regresar de la revista) ¡Cuántos pianos, por Dios, cuántos pianos!

Poca gente fuera al atardecer; nadie sale; por consiguiente ninguna animación, todo queda melancólico y triste.

Regresé al hotel y no tardé en dormirme con un sueño pesado. Desgraciadamente fue de corta duración. Pronto me desperté con el zumbido continuo alrededor de las orejas y comezón en las manos, los brazos y la cara. Eran los mosquitos, que encontraron el medio de pasar por el velo de gasa y me fastidiaban por todas partes.   

Daba vueltas y vueltas sin poder escapar de ellos y sin poder entonces cerrar los ojos.  Con el alba se retiraron y logré al fin adormecerme.

Barranquilla es la ciudad más comercial y poblada de la costa norte, cuenta con 35.000 almas, hemos dicho. Situada en la desembocadura del Magdalena, alcanzó especialmente en el curso de los diez últimos años un desarrollo relativamente considerable.

El río le trae desde el interior, cacao, café, algodón, varios remedios y otros productos, los cuales hacen parte de una gran exportación hacia Europa.

En ella me quedé tres días, para conocerla bien; después de ese lapso del tiempo la impresión del principio no había cambiado.

El mercado únicamente es interesante con el ir y venir permanente de compradores, su variedad de frutos exóticos tropicales y vendedores, hombres y mujeres.  Pero en él reinaban los malos olores, intolerables, debido a la gran cantidad de pescado seco y a la vecindad de un canal infecto, lleno de detritus.

En medio de toda esa gente, de todas estas vendedoras, hubiera querido descubrir, aunque fuera unos bellos ojos, o al menos una fisonomía agradable; los busqué en vano.

Decididamente la raza no era bella.

Después fui a saludar a las hermanas francesas de la Caridad, las cuales dirigen el hospital con tanta abnegación y afecto.

Pobres mujeres que se ponen tan felices al ver a alguno de sus conciudadanos y le reciben con alegría.  En el extranjero se ama doblemente a la patria, por una gran cantidad de razones, igualmente se ama más a las personas queridas de las cuales se está separado.  Efecto de la ausencia.

En el intervalo hice preparar el itinerario más corto para llegar lo más pronto posible a Riohacha.

Debía en primer lugar llegar a “La Ciénaga” en canoa o bongo “a través de ciénagas desiertas, infestada de cocodrilos, después a “Santa Marta” y desde allí en goleta, llegar al final de mi viaje.

Al finalizar el tercer día hice un trato con el patrón de uno de estos “bongos” y nos pusimos en camino.

Había tenido la prudencia de escoger un patrón cuyo aspecto y actitud, así como la de sus remeros me dieran toda garantía de seguridad; otros me parecieron sospechosos.

¡Vaya! estar veinticuatro horas en compañía de gente completamente desconocidas, dentro de una soledad total, no era para descuidarse, había que tomar precauciones.

Estaba, naturalmente listo a arriesgar la vida, si fuera necesario, en la realización de mi misión donde los indios, pero no para dejarme asesinar estúpidamente desde el principio sin defensa alguna.

Llevaba dinero conmigo y ellos debían saberlo o adivinarlo. Era peligroso ser atacado durante la noche por estos compañeros y que me botasen fuera de borda para robarme y hacer aparecer después este hecho como un accidente. Hubiese sido inútil gritar para pedir ayuda, nadie habría oído mis gritos.

Todos estos pensamientos vinieron a mi mente; por lo tanto me puse en guardia, y dormí a la manera de gendarmes.

A la salida nuestro bongo entró en un canal estrecho que nos llevó al Magdalena.

Cruzamos el más grande río de Colombia en todo su ancho, en medio de troncos de árboles y de islotes flotantes llevados por la corriente, lo que es bastante peligroso y sucesivamente entramos después en el “Río Viejo” y en la ciénaga de “Latas Cosas”.

En ese momento la noche sucedió al día casi repentinamente.

Usted sabe que cerca del Ecuador, no hay por decirlo así, crepúsculo; eran las seis.

Llegó la hora de comer; absorbí de prisa dos huevos cocinados con un pedazo de pan, seguidos de una taza de café frío y no pudiendo distinguir nada a través de la espesa oscuridad de la noche, extendí mi cobertura en el fondo de la barca a manera de colchón y sobre ella me acosté.

Aunque bien decidido a quedarme despierto, había infaliblemente sucumbido a la fatiga, si los sempiternos mosquitos no se hubieran encargado de tocarme la generala.

¡Fue peor que en Barranquilla! una nube me envolvió de pronto, hizo tal alboroto que me sobreexitó de tal manera que me volví positivamente rabioso. Tuve que envolver mi cabeza en un pañuelo y las manos en una  servilleta para tener algo de reposo.

 

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